martes, noviembre 03, 2009

ALFREDO ESCALANTE EN DOS CUENTOS Los lentes de Freddie Mercury

El día de la llegada del grupo Queen a Venezuela, Alfredo Escalante era el único reportero apostado en el aeropuerto listo para entrevistar a los miembros de la prestigiosa banda británica. Los demás representantes de los medios venezolanos eran fotógrafos, camarógrafos y luminitos. Así que nada impediría la conversación de Alfredo con estos distinguidos visitantes.

Lo extraño del asunto fue que los integrantes de Queen llegaron en distintos aviones. Por eso el único entrevistado de esa tarde sería Freddie Mercury.

Mercury se apareció con unos pantalones blancos y una camisa roja que le daban una apariencia sencilla. Quizás el único detalle de estrella de la música, de hombre que ha vivido y sobrevivido a muchos escenarios, fuera el par de Rayban (iguales a los de Alfredo) con los que cubría su mirada de lince.

Durante la entrevista, Freddie Mercury hablaba con amabilidad sobre la música y sobre los grandes planes del grupo; hablaba sobre tal o cual canción, sobre la gira por Latinoamérica y sobre otros grupos... Freddie Mercury hablaba y a Alfredo no se le quitaba algo de la cabeza; algo que lo distraía y que no lo dejaba oír lo que estaba diciendo el mismísimo cantante de una banda legendaria. Ese detalle, esa pequeña cosa que no dejaba en paz a Alfredo Escalante era algo imperdonable: los espejos de los lentes de Freddie Mercury estaban rayados...

David Lee Roth en peligro

En los ochenta, cuando el cuarteto norteamericano Van Halen vino a Venezuela, a Alfredo Escalante le tocó acompañar al cantante David Lee Roth a una conocida discoteca caraqueña que quedaba en el CCCT. Una vez allí, Alfredo y David se divirtieron conversando y tomándose unos tragos en compañía de unas amiguitas hasta que algo extraño sucedió.

Resulta que a la mesa donde nuestros amigos pasaban un buen rato se acercaron cuatro armatostes forzudos vestidos con camisas ceñidas y sin mangas, mostrándole a todo el mundo sus brazos tallados a fuerza de mancuernas.

Los cuatro gorilas llegaron llamando la atención de la gente sacudiendo sillas y poniendo a temblar las botellas de la mesa, inquiriendo a David Lee Roth para que saliera a darse unos golpes con los cuatro inútiles de gimnasio que tenía en frente.

Alfredo, viendo que aquellos centuriones de la brutalidad preguntaban por el cantante de Van Halen para decirle que a ellos no les gustaban sus tongoneos en el escenario y que encima le caerían a patadas, les dijo:
―Dejen quieto al míster aquí o se las verán con unos amigos míos que tienen un galpón en Turumo lleno de sopletes y estopa.

Al oír esas palabras de Alfredo, los gorilas no entendieron nada y por unos instantes dejaron tranquilos al pobre David Lee Roth y a sus amigos. Ese breve espacio de tiempo fue el necesario para huir ilesos de la discoteca e irse a comer unas arepas bien resueltas en Bello Monte.

miércoles, octubre 28, 2009

NUEVOS COMEDIANTES, VIEJOS VICIOS En estos días abundan en nuestro país los cultores del stand up comedy, los tipos que literalmente se paran ante un micrófono y comienzan a contarle al público sus monólogos llenos de agujas. De la noche a la mañana surgieron decenas de seinfelds, de woodyallens, de conanobrians, de jaylenos y de georgecarlins venezolanos. Ahora hasta el más circunspecto filósofo tiene sus cinco minutos de fama como comediante.

En nuestro caso ese fenómeno resulta interesante. Pasamos de disfrutar a los sempiternos contadores de chistes, como el Conde del Guácharo y Álvarez Guédez, a ver con interés a sujetos anónimos que se paran en el escenario y se lanzan una perorata llena de verdades sobre un tema cualquiera.

Visto así todo es bello y pareciera como que entre nosotros se está gestando una generación de nuevos Aristófanes que llevarán al humor venezolano a cotas jamás alcanzadas y blablablá… Y es cierto: hay algo loable en encausar las frustraciones por los derroteros de la risa en lugar de promover el intercambio despiadado de invectivas. Sin embargo, todo hay que decirlo, este movimiento de cultores del stand up comedy venezolano debe recorrer un camino muy largo antes de superar los típicos tics nerviosos que caracterizan al humorismo escénico venezolano.

Que ¿cuáles son esos tics? Pues las groserías, el exceso de referencias locales y el miedo a tratar sobre temas complejos que vayan más allá del pequeño lío callejero o del devenir político. ¿Quieren más?

Lo de las groserías no necesita mucha explicación. Somos groseros, decimos palabrotas y encontramos placer en embutir tres o cuatro vulgaridades en una oración simple, lo cual nos lleva a pensar que si somos unos boquisucios en la vida real, es lógico que también lo seamos en nuestra vida artística. Igual es extraño que en estos monólogos la grosería funcione como el pie que necesita el público para saber cuándo debe reírse con comodidad y a coro…

Abramos un paréntesis con estos dos puntos: (¿por qué la gente se queja de que en el cine venezolano se digan tantas groserías y cuando ve cine español se desopila de la risa al oír a los españoles diciendo las mismas obscenidades que dicen Carlota Sosa y Jean Carlos Simancas en las películas venezolanas? Sabrá Octavio y cerremos el paréntesis con este otro punto).

Más preocupante resulta el darse cuenta de que los monólogos de muchos de nuestros comediantes hablan sobre hechos intrascendentes. Que si la jevita tal vino o se fue. Que si el borracho se asomó y dijo. Que si el político Z apuntó tal cosa. Que si había un tuqueque en el plato del embajador… Puras necedades que pueden dar risa o no, pero que si uno las ve con atención, no tienen densidad ni están, por lo general, ensambladas de manera coherente. En otras palabras: muchos de estos monólogos fueron escritos a trancas y barrancas; sus exponentes no le prestaron la debida atención a la escritura del material antes de presentárselo al público porque a) quizás crean que la comedia es hermana de caña y pasapalos, y porque b) tal vez confíen demasiado en el talento que creen tener.

Y esto vale para todos los comediantes; en especial para toda la sarta de periodistas, astrólogos, locutores, bachilleres y demás que ahora se las dan de comediantes, como si la comedia no fuera cosa seria. (A Henrique Lazo no lo meto en ese saco porque en la escuela donde estudió cinematografía tuvo que estudiar hasta para ser mimo. Así que ése sí sabe cómo se bate la peluca).

Podríamos seguir hablando sobre este asunto, pero mejor lo dejamos hasta aquí, no sea que a estos comediantes de nuevo cuño se les salga lo medieval.

Y —muajajajá— acaben conmigo.

domingo, octubre 25, 2009

LA AGILIDAD DE LA SEGUNDA PERSONA
A Lady Stapleton, con todo mi amor

Ya te compraste tu camión Mack. Ya sabes que el metálico perrito sirve para halar el capó y dejar al descubierto el motor del chuto.

Ya tienes tu camión. Ya conseguiste una compañía a la cual afiliarlo y a un chofer que lo maneje. Tú sólo esperas tu plata. Sabes que ella llegará junto a infinitos dolores de cabeza. El conductor se retrasará mil veces; cometerá travesuras incalificables; amarrará su hamaca debajo del eje de tu camión y dormirá largas y telúricas siestas. Tú (a veces) te reirás de sus peripecias; las contarás en almuerzos familiares y verás todo con sorna hasta que llegue el día en que tu chofer vaya preso porque se quedó dormido y terminó empotrando tu camión en una gandola cargada de jeeps.

Tú no sabes qué cara poner. Eres la solista y te fascina tocar este concierto. Mendelssohn siempre te pone de buen humor. Tú y tu violín se contentan cada vez que tienen que interpretar esa partitura, pero hoy, no sabes por qué, no te sientes feliz.

Miras el techo del teatro. Ves que los frescos están en perfecto estado. Te fijas en la iluminación de la sala. No falta un bombillo. La temperatura del ambiente es perfecta. Los aparatos de aire acondicionado funcionan a la perfección. Nada es como te dijeron tus coterráneos que eran las cosas en este país en el que estás de visita; al contrario: todo es perfecto. ¿Y el aforo? No cabe un alma. Está repleto de gente que vino a aplaudirte. ¿Y entonces qué diablos te molesta?

Es tu turno. Debes tocar tu parte. Tocas. Le imprimes alma al Concierto en Mi Menor para Violín y Orquesta, de Felix Mendelssohn. Mueves el arco. Mueves tus dedos. La precisión y la fuerza son tu marca, tu firma sobre todo lo que interpretas. Dejas a la gente boquiabierta. Sabes que estás haciendo bien tu trabajo, pero no estás contenta. ¿Qué te pasa?

De pronto lo ves. La fuente del malestar no está frente a ti; está al lado. Es él, el director de la orquesta. Lo ves tan joven, tan chiquito, tan prendado y seguro de sí mismo. Lo ves abriendo y cerrando la boca. Los ojos exorbitados, la melena batida como en medio de un huracán. Y tú ahí, viéndolo y sabiendo que todo eso es disimulo, que la música entusiasma y te hace hacer el ridículo, pero todo tiene sus límites. Quien dirige una orquesta no puede permitir que la música lo lleve a ese estado de paroxismo posado, so pena de no dirigir a nadie o de estar trabajando para un público (o un patrocinante) ignaro.

Tu chofer no dice palabra cuando le comunican su admonición. Tú sólo sabes que ese choque te costará una fortuna. Tu esposa y tus amigos te dicen que saliste barato porque no hubo muertos ni heridos. Tú con eso no te consuelas. Tú sólo ves plata que se aleja de tus arcas. Sólo el gruero está feliz porque hizo su semana en un solo día gracias a un camionero irresponsable que comió (y seguro también bebió) más de la cuenta.

Sigues con el Mendelssohn. Ahora que sabes que el batido de melenas del joven director es lo que te tiene de malas pulgas, ni lo miras. Allá él con su performance. Tú en lo tuyo. Cuando llegue el momento de los aplausos y te llamen por tercera vez al escenario, te vengarás del mechudo. Tomarás tu violín, moverás tus greñas (porque tú también las tienes) y los dejarás locos a todos con un mix de Paganini, Alban Berg y Metallica. Luego te irás del escenario y no regresarás ni que te lo pidan de rodillas.

No quieres saber nada de ningún camión. No quieres invertir tu dinero en más negocios estúpidos. Prefieres irte de viaje con tu mujer y gastar tu plata en interiores y camisas.

Tú estás contenta. Dejaste atrás al directorcito. Vas rumbo adonde sí saben de música.

viernes, octubre 23, 2009

PAÍS IRRESPONSABLE (o Transformers venezolanos)AFP PHOTO/Diario Últimas Noticias/Daniel Hernández

lunes, octubre 19, 2009

EL ÚLTIMO CORTE Un cronista encuentra buenas historias hasta debajo de las piedras y cuando no las encuentra, las inventa con la seguridad de que a alguien en ese preciso instante, debe pasarle algo parecido a lo que a él se le acaba de ocurrir.

Así funciona este género extraño.

Hagamos un ejercicio para comprobar la veracidad del anterior aserto. Por favor traten de identificar cuál de las historias que a continuación les referiremos, es inventada.

I


Hace dos noches vi a un extraño equilibrista. El hombre se había subido en una de las barandas del Elevado de Los Ruices y caminaba puente arriba sin importarle el abismo ni los autos feroces.

¿Qué hacía ese hombre en la oscuridad de esa baranda? ¿A quién quería probarle su talento: a los peatones indiferentes, a los enervados conductores, a la ciudad derretida devenida en circo?

Quién sabe.

Yo pasé, lo vi y no supe más de él.


II

Carlos Eduardo y Felicia fueron al cine Altamira. Cuarenta minutos después del comienzo de Brian muere tres veces, Carlos Eduardo sintió que algo pequeño y contundente le dio en toda la cabeza.
—¿Qué te pasa, gordo?
—Nada. Me acaban de dar una pedrada.
—Ay caramba. Quédate quieto.
—Seguro fue un coñodesumadre sentado allá atrás.
—Quédate tranquilo. Ven acá para sobarte.

Felicia y Carlos Alberto continuaron callados viendo la película, pero pronto sintieron una lluvia de pequeñas piedras sobre ellos. Él se levantó de su asiento y ya iba a comenzar una lluvia de improperios contra la oscuridad, cuando un meteorito de cielorraso cayó sobre su silla.

Décadas después, cuando un ejército de obreros demolía el edificio donde alguna vez estuvo el cine Altamira, Carlos Alberto experimentó un extraño deja-vu. El golpe salvaje de una mandarria contra una pared hizo que una piedra anónima fuera a dar a la testa ya calva del pobre transeúnte que iba a recoger su auto en un taller cercano a la obra.

Carlos Alberto rugió la mentada de madre que no pudo gritar la noche en que vio Brian muere tres veces y terminó en la Clínica El Ávila con cinco puntos de sutura en su mollera meridiana.

Riéguenlo por el mundo: nadie escapará de la piedra a la que estaba destinado.


III

Fui al Village Vanguard por primera vez el 3 de abril de este año.

Fui a ver a un maestro que nació en 1927. Fui a ver a Lee Konitz.

Para que se den una idea de la importancia de este intérprete del saxo alto, sepan que fue uno de los discípulos más aventajados del pianista Lennie Tristano. Sepan también que, en 1949, participó en las grabaciones de Birth of the cool junto a Miles Davis. Sepan que trabajó junto a Stan Kenton y Claude Thornhill, que grabó discos memorables junto a Gerry Mulligan y Warne Marsh. Sepan que fue uno de los músicos más destacados de los movimientos Cool y West Coast Jazz. Sepan todos que fue uno de los pocos saxofonistas que se resistió a la avasallante influencia de Charlie Parker.

El Village Vanguard queda en un sótano pequeño y oscuro. A diferencia de cómo me lo imaginaba, está en perfecto estado; no tiene pinta de antro ni se le siente la vejez a pesar de ocupar el mismo local desde 1935. Para entrar, debes hacer una reservación y pagar 35 dólares por los que puedes tomarte una cerveza y ver el show.

35 dólares por ver a Lee Konitz en vivo y tomarte una Samuel Adams en un emblemático club de jazz en el que una larguísima lista de artistas extraordinarios han tocado y grabado sus discos, son 35 dólares perfectamente bien invertidos en algo que sólo entienden los que saben de estas cosas.

Y ya.

Hubo un momento en mi visita en el que cerré los ojos y di las gracias. No todos los días se va a un lugar de peregrinación como el Village Vanguard en Nueva York.

jueves, octubre 15, 2009

PAISAJE INTERIOR
Ves las noticias, sales a la calle y te dices que no te interesan ni las noticias ni la calle. En realidad no te interesa nada o, más bien, no te interesa nada de lo que ocurre y se cacarea con gritos destemplados. Más bien te importa aquello que ocurre por debajo de las aguas, aquello que se torna invisible y que nadie ve porque a tu alrededor los seres humanos se tornaron ciegos.

Allá los que no defienden como deben aquello que dicen defender. Allá los pusilánimes que terminan abrazados a sus espermatogramas. Allá ustedes con su necesidad de crear miseria y de hablar y de hablar y de hablar para abstraernos del fin del mundo que conocimos.

Yo sigo encerrado, viendo el universo desde este postigo de luz, y de aquí sólo me moveré cuando sea posible construir algo mejor.

martes, octubre 13, 2009

LISTA DE COSAS INSOPORTABLES 1) Bañarse con totuma porque se fue el agua.

2) El pegoste de arena que queda en los asientos del carro luego de un día de playa.

3) Los que, en el metro, en una camioneta o en un autobús, te recuestan el bulto y no van a la escuela.

4) Los domingos por la tarde.

5) Los calvos que se dejan crecer las greñas a los lados de la cabeza y se las peinan de manera que les cubran el coco pelado. Cerca de nosotros siempre hay un sujeto peinado así.

6) El chistecito que hace que la gente crea que a los «pelos» siempre se les debe llamar «cabellos». Si ese chiste tuviera razón iríamos a «cabellerías» en lugar de «peluquerías».

7) Ir a velorios, entierros, novenarios y afines. Dar pésames y comer sándwiches de funeraria.

8) Un apagón.

9) Las entrevistas de Hollywood en las que todo el mundo habla bien de todo el mundo.

10) La lluvia venezolana con la ristra de desastres y de malos recuerdos que nos vienen a la mente cada vez que en este país pronunciamos la palabra «lluvia».

11) Un apagón tres líneas después del primer apagón de esta página.

12) La gente que siempre llega a tu casa a la hora del almuerzo dizque de «imprevisto».

13) El cine y la literatura de vampiros.

14) El reciclaje de estrellas en la radio y en la televisión venezolana. A todos los programas van los mismos entrevistados.

15) El estrellato de la AH1N1, como si no hubiera más enfermedades…

16) Las galleticas de la suerte, los muñequitos y los tests en Facebook.

17) La música que hacen Huáscar Barradas, Luis Julio Toro, Yordano y El Guajeo.

18) La música que hacen Jorge Drexler, Fito Páez, Charly García, Kevin Johansen y todos esos narizones del sur.

19) («Narizones del sur» es el título para una novela).

20) Echarle agua a la salsa de tomate y a la mostaza «para que rindan».

21) La mezcla del olor de la basura con el olor de la creolina.

22) Un tercer apagón ante el que sólo vale preguntarse si la era de Thomas Alva Edison se acabó en nuestro país.

23) Que la vida sedentaria sea dañina para la salud.

24) La gente que dice «esel» en lugar de excel o «ésito» en vez de éxito.

25) El vestuario de Carla Angola.

26) Los amigos que no ponen un centavo a la hora de pagar la cuenta después de haber jartado y bebido como bárbaros.

27) Nuestra debilidad ante los ladrones de cualquier calibre.

28) Una calle sin alumbrado público a estas alturas del siglo XXI.

29) Caer en un hueco y sentir que a partir de ahí tu carro no suena igual.

30) Los griticos de la gente viendo los juegos de la Vinotinto.

31) Un perro chillando a las dos de la mañana.

32) Una alarma huérfana sonando a las dos de la mañana (si suena al mismo tiempo que el perro anterior es que está pasando algo serio en esa calle. Llamen a la policía).

33) La gente que te invita a ver las fotos de su último viaje.

34) Tener tos y diarrea al mismo tiempo.

35) Las discusiones entre los fanáticos del Caracas y del Magallanes. ¿Hasta cuándo?

36) Tener un pelo asomado de una de las ventanas de tu nariz.

37) Cortarse con una hoja de papel bond.

38) Semana santa, navidad y carnaval.

39) Una tubería rota en el baño o en la cocina.

40) La cantidad de accidentes aéreos que se han producido en los últimos tiempos.

41) Que tu hijo le pegue un pelotazo al plasma y le quiebre la pantalla. (Hasta ahí te durará el orgullo porque tu hijo pertenezca a los Criollitos de Venezuela).

42) Viajar en un autobús oscuro y congelado en el que no puedes mirar hacia fuera porque no te dejan correr las cortinas.

43) Los vendedores que te tratan como si te fueras a robar algo de la tienda.

44) Que tu hijo haya usado las linternas de tu casa para jugar a Anakin Skywalker y que, cuando se produzca el tercer apagón de esta página, ninguna sirva.

45) Que tu hijo llore porque le están masacrando su piñata del Hombre Araña.

viernes, octubre 09, 2009

EL ARTE DE ESCRIBIR CRÓNICAS Al igual que los humanos, cada crónica es única e irrepetible; ninguna es igual a la otra; sus características se mueven y varían.

«Es el género en el que me siento más cómodo por lo versátil que es y porque se ajusta al modo en que funciona mi cabeza: tengo una inclinación natural a contar historias y a hacerme preguntas».

Rafael Osío Cabrices

La médula de la crónica está en el equilibrio que debe existir entre narración y reflexión. Quien no entienda esa regla básica corre dos riesgos:

a) Convertir su escrito en una simple reseña de acontecimientos (lo cual lo acercaría peligrosamente al relato).

b) Convertir su escrito en un sesudo análisis de las implicaciones y de las consecuencias que trajeron los hechos referidos (lo cual no es tarea de cronistas, sino de ensayistas e historiadores).

«Cuando dejé el periodismo deportivo (fue mi oficio durante dos años) empecé a fijarme en la vida de los otros. Sentí la necesidad de hacer retratos urbanos. Esa curiosidad y ese interés por todo lo que no tenía que ver conmigo, me empujaron a conocer gente y preguntarle por lo más superficial (qué comen, dónde trabajan, quién manda en su casa) y a partir de ahí, describir un microcosmos que fuera capaz de mostrarle a los otros ese universo desconocido conformado por todo aquello que ocurre en mis narices».

Leo Campos

La crónica sirve para realzar aquello que ocurre ante todo el mundo y que, de tanto pasarle por encima todos los días, nadie ve.

«Llegué a la crónica por necesidad. Para entender lo que me rodeaba (y rodea). Ella te permite mirar a tu alrededor, recoger, escuchar, preguntar y luego organizar, bordar, vaciar y verter toda esa información en el papel. La crónica es un recipiente literario que no necesita los funambulismos de la ficción. Es sincera. En ella hablas tú y hablan otros».

Karina Sáinz Borgo

Quien escribe sobre la realidad, debe aprender a expresarse en dos registros: en el de la narración y en el del comentario. Quien no entienda la abismal diferencia entre estas dos situaciones comunicativas, no podrá escribir crónicas.

«A mí un buen cuento o una buena novela me atrapan, me sorprenden, me conmueven, me hacen reír, pero no es lo mismo que con la crónica. Lo noté porque de unos años para acá me descubrí prestando una atención desmedida a los prólogos de los libros. Esos prólogos, por lo general, te sitúan en un momento histórico, te hablan del autor y de la ciudad en la cual escribía sus textos; te echan un cuento que está más atado a la realidad, o a la impresión de una realidad. Esos prólogos tienen ínfulas de crónica, de perfil periodístico; algunos son auténticas crónicas. Y a veces, después de leer el prólogo, busco otro libro, y me sorprendo habiendo leído 5 prólogos y apenas media novela».

Leo Campos

La crónica puede ser tan flexible como tú quieras. Puedes usarla para referir los hechos más importantes o para dar fe de los hechos más triviales de la vida. En ese sentido, más que un género literario o periodístico, estamos hablando de un formato en el que caben todas las posibilidades, todos los deseos y todas las ambiciones.

«La crónica es el género más cercano, el más indulgente. Es el ornitorrinco literario por excelencia, como dice Juan Villoro. Tiene algo de entrevista, de reportaje, de ensayo... Tiene todo lo que importa: la palabra puesta y no encaramada en un gancho de ropa».

Karina Sáinz Borgo

Quien escribe crónicas lo hace porque siempre encuentra a su paso los hilos de unas historias que merecen contarse. Sin su presencia los hechos insólitos, las personas extrañas y los paisajes estremecedores se perderían para siempre.

domingo, octubre 04, 2009

Acabo de terminar de leer esta novela y se las regalo. Yo entiendo que la Historia no le pertenece a nadie, pero (digo yo): buena parte de los cuentos que aparecen en esta novela, ¿no los contó ya Vargas Llosa en La fiesta del chivo? Uds. podrán alegar que eso no es relevante, y quizás tengan razón, pero, al menos en mi caso, me pone a dudar sobre la gente que entrega el premio Pulitzer. Dudo porque me parece que esa gente ignora la relación que existe entre La maravillosa vida breve de Óscar Wao, La fiesta del chivo y otros libros escritos por dominicanos donde se habla de las barbaridades cometidas durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. En otras palabras: los que entregan el Pulitzer parecen expertos en mirarse el ombligo y en creer que la literatura en inglés no tiene nada que ver con otras literaturas.

¡Ah, claro! Uds. dirán que es una novela escrita por un «latino» y que el que haya ganado el premio Pulitzer es algo extraordinario. Yo les diré que qué conveniente es eso de darle el premio a un «latino» que escribe en espanglish como «latino» y llena su novela de tetas, de culos, de mangostas sobrenaturales, de golpizas y torturas propinadas por los esbirros de una dictadura ominosa. Es decir: de todos los lugares comunes de la literatura latinoamericana con todo y su realismo mágico.

Entre paréntesis: los dominicanos deben estar felices con todos estos escritores que no viven en República Dominicana y que escriben tan bien sobre su país... Uno lee La fiesta del chivo o La maravillosa vida breve de Óscar Wao y le provoca ir a pasarse una temporada en la isla que alguna vez se llamó La Española.

(Piensen que aquí les pinto una paloma con los deditos de mi mano izquierda).

Lo que sí es resaltante de esta novela es su estilo agilísimo, su sentido del humor y algo indescifrable pero que tiene que ver con la construcción de personajes como La Inca, Beli o el propio Óscar.

Al final, el gran aporte de esta primera novela de Junot Díaz es haber divulgado beyond las fronteras de República Dominicana el concepto del fukú, de la pava macha-machísima, de la mabita, del gafe descomunal y diabólico que gobierna no sólo a Latinoamérica sino al mundo entero.

Pronto saldrán los entusiastas de profesión a convertir esta novela (que merece tres chocolates y medio) en una película.

Que la disfruten tanto como disfrutaron la versión cinematográfica de La fiesta del chivo.

miércoles, septiembre 30, 2009

domingo, septiembre 27, 2009

EL EXPERTO EN HABLAR SOLO En estos días me he dado cuenta de que tengo más amigos fuera que dentro. Si lo veo con ojos optimistas, diré que es una maravilla porque cuando viaje a ciertas ciudades del mundo, no tendré que gastar plata en hoteles. Si, por el contrario, veo el asunto desde el lado trágico, pensaré lo que pienso todos los días: que me hacen mucha falta mis panas; que estoy envejeciendo lejos de gente muy querida y que, poco a poco, me he ido convirtiendo en eso que dice el título de esta crónica.

Hablar por el chat de Gmail o dejar mensajitos en Facebook es cosa de locos, pero a veces no queda más remedio que aceptar que los panas adquirieron la cara de la pantalla de la computadora. Es eso o despedirse para siempre de esas personas con las que compartiste rones, trasnochos, cuentos y peligros.

Menos mal que la vida sigue su curso.

Voy solo en el carro, oigo a Lee Morgan, tarareo partes de su música y, de pronto, comienzo a hablar en voz alta sobre que a Lee Morgan lo mató su mujer en un bar. Me digo a mí mismo (con todo y pleonasmo) que esa dama estaba loca y que cómo es posible que esas cosas ocurran… De inmediato digo que ocurren todos los días, que cualquier persona, por inocente que parezca, puede volverse loca… En ese instante señalo a una jeva que cruza una esquina. La miro y sigo con mi monólogo a lo Molly Bloom.

Claro, el loco soy yo que voy en el carro hablando solo y reflexionando en vivo y directo sobre la música y sobre lo que veo a través de las ventanas. Ahí es donde me pregunto si uno hablaría solo si tuviera cerca a los panas o a alguien divertido con quién hablar. Seguramente no. Lo más probable es que el comentario sobre la loca que mató a Lee Morgan despierte una larga disertación sobre humo, jazz y mujeres celosas.

Lo malo de acostumbrarte a hablar solo es que comienzas a creer que el mundo es como te lo imaginas, lo cual es el primer paso para embrutecer sin remedio.

Los que hablamos solos tendemos a desarrollar una lógica propia que puede tornarse obsesiva. Quienes hayan recorrido el mundo a bordo de innumerables taxis, habrán notado que a muchos taxistas les encanta narrar el camino y hablar del hueco en el asfalto cuando ven el hueco en el asfalto o del perro abombado cuando ven al perro abombado en la cuneta. En otras palabras: a falta de una amena conversación con el pasajero, bueno es charlar con la carretera. Si eso no se acerca a un comportamiento extraño, digan ustedes a qué se acerca.

La ausencia de interlocutores puede ser terrible para un hombre.

Aquello que nos gusta, nos da vida y aquello que nos gusta vive en la medida en que lo conversamos con los carnales. Sin panas aquello que nos gusta se queda en nosotros, se pasma y hasta se vuelve en contra nuestra. ¿Cuántos no dirán, cuando me ven, que por ahí viene el loco que habla solo? Menos mal que no soy taxista.

De nada valen los lamentos. Los amigos que se fueron, se fueron y ya. Ojalá que les vaya bien y que nos ayuden a contradecir esa máxima lapidaria que dice que la amistad es más frágil que la vida.

Bueno, dejemos el tono elegíaco porque no se ha muerto nadie.

Las dos o tres veces que he cruzado océanos y me he quedado en las casas de mis amigos, he vivido la felicidad de poder andar sin zapatos, de pedir comida china y de tomar cerveza echado en sus sofás. He conocido a sus nuevos amigos, me he muerto de la risa discutiendo peperas, he disimulado una que otra lágrima y, en síntesis, he sido feliz porque en cada una de esas visitas, mis amigos y yo hemos renovado los votos del afecto y del cariño que son los que mantienen viva a la amistad a pesar de las distancias y de las fronteras.

Así deben ser las cosas. A los panas hay que cuidarlos del olvido.

viernes, septiembre 25, 2009

ALFREDO ESCALANTE EN TRES CUENTOS La mentada de madre de Freddie Mercury

Cuando Queen vino a Venezuela, yo, Alfredo Escalante fui con las cámaras del canal 8 a cubrir el concierto.

Todo había salido muy bien durante los previos de la visita. Los horarios para la banda y para mi equipo cuadraron a la perfección. Cada cosa estaba en su sitio. Por eso pudimos entrevistar con comodidad a Brian May, a Roger Taylor, a John Deacon y a Freddie Mercury.

(Un detalle para la posteridad: Freddie Mercury usaba unos lentes Rayban iguales a los míos, pero rayados).

Las cosas marcharon muy bien hasta que un par de horas antes de la presentación en el Poliedro, volvimos con las cámaras a cuadrarlo todo para filmar el concierto. Como arreglamos las cosas temprano, decidimos hacer unas tomas del ensayo, y ahí fue cuando la nota discordante afloró como el humo de un cigarrillo.

Freddie Mercury estaba ensayando frente al piano. Recuerdo que se le oía tararear muy concentrado y con verdadera entrega Somebody to love.

Nosotros lo estábamos filmando y, como es normal, conversábamos sobre ciertos ajustes. En eso se voltea Freddie Mercury muy molesto, me mira, me señala y me dice: fuck you. Lo que en español se traduce exactamente como eso, como fuck you.


Los tres pantalones de Michael Anthony

Michael Anthony, el bajista de Van Halen, se enamoró de un pantalón que yo llevaba puesto el día en que lo entrevisté por primera vez. Luego, cada vez que nos veíamos, me preguntaba que dónde podía conseguir unos bluyines como ésos. Yo siempre le contestaba que en una tienda caraqueña que se llamaba Carnaby (como la famosa calle londinense), y que en algún momento libre que le dejaran sus ensayos, iríamos juntos a comprarlos.

Pasaron los días y, por supuesto, el momento libre no llegó. Michael Anthony cumplió con sus compromisos, pero no hubo chance de adquirir los fulanos pantalones. Por eso le dije que no se preocupara, que yo mismo se los llevaría a su habitación para que se fuera tranquilo y con la impresión de que los venezolanos somos una maravilla.

Esa misma tarde fui con mi esposa al centro comercial Chacaíto a comprarle su ropa a Michael Anthony. En realidad no le compré uno; le compré tres pantalones para que dejara el fastidio.

Al llegar a la habitación del hotel, Michael Anthony nos recibió con el rostro alegre y agradecido de quien sabe que le deben algo. Él vio la bolsa de Carnaby y supo de inmediato que allí estaban sus amados pantalones. Lo único malo fue que se puso a revolver su cartera para pagármelos. Yo, por supuesto, no acepté ni un sólo dólar por aquellos pantalones que fueron el único souvenir que de aquí se llevara el bajista norteamericano.

Sabrá Dios qué fue de la vida de aquellos bluyines.


La ceguera de Edgar Winter

Un día antes de su concierto en Caracas, fui al Poliedro a reunirme con Edgar Winter, el albino bluesista, el hermano de Johnny, el mismo de Tobacco road y de otros temas poderosos.

Yo no sabía que Edgar Winter tenía una ceguera tan severa galopándole en los ojos, y cuando nos presentaron, le pedí un autógrafo. El hombre tomó un lápiz y un papel y se inclinó ante mí hasta arrodillarse en el piso para poder acercarse al formato donde estamparía su rúbrica.

Después de ese raro episodio, Edgar Winter y yo conversamos muchas veces sobre el blues, la radio, las guitarras... Curioso fue que cuando se enteró de que yo usaría una capa para presentarlo a él en el escenario, mandó a llamar a uno de sus asistentes para que me prestaran la suya. Así fue como yo, Alfredo Escalante, salí a presentar a Edgar Winter con su capa que medía como dos metros de largo... Toda una experiencia.

domingo, septiembre 20, 2009

YES, MY LOVE 0
Antes de comenzar esta crónica, quiero que se sepa que mi esposa me acusa de no ser romántico. Y todo porque no le regalé un anillo de compromiso.


1
«Sí, mi amor» es el final de un viejo chiste, pero también es una verdad inexorable de la vida. «Sí, mi amor» es lo único que tenemos derecho a responder los que ya pisamos ese cadalso disfrazado que es el altar.


2
Detesto a los tipos que llaman «pareja» a su novia y a las mujeres que llaman «pareja» a su novio. Me gustaría decir que cierta jerga homosexual se coló en el lenguaje heterosexual, pero creo que no todos los homosexuales tratan así a sus respectivos amorcitos. En todo caso, y en este contexto, «pareja» es una palabra que adquiere un dejo biológico que mata (cual Raymax) cualquier pasión.


3
De cierto os digo, oh, hermanos, que así como los niños deben saber que el Niño Jesús, el Ratón Pérez, San Nicolás y los Reyes Magos son sus papás, los adultos deben saber algún día que a la felicidad le salen pelos.

La chica hermosísima de la que hoy estás enamorado, en poco tiempo engordará y andará siempre de mal humor.


4
Me gusta mucho una actriz porno que se llama Shyla Stylez. Esto no tiene nada que ver con el tema del que estamos hablando, pero busquen a Shyla en www.freeones.com y díganme si no valió la pena la digresión.


4,5
Hoy se produjo una singular competencia en el estacionamiento principal del Banco Power Ranger de Venezuela.

La competencia en cuestión consistió en una carrera de planchas en la cual compitieron quince señoras y tres caballeros, quienes tuvieron la responsabilidad de planchar de manera impecable treinta camisas blancas.

Quien terminara de planchar las camisas en menos tiempo, ganaba la competencia.

Eso sí: cada camisa planchada era sometida al análisis de unos jueces exigentes que tenían como misión certificar que cada camisa estuviera bien planchada de verdad.

Al competidor que entregara una camisa mal planchada, se le obligaba a plancharla nuevamente.

El ganador de la competencia fue Roberto Echeto, quien planchó las treinta camisas en 2 horas y 15 minutos, utilizando como ayuda un Ipod lleno de canciones de Marilyn Manson.

¡Felicitaciones, Echeto! ¡Enhorabuena por tu premio! ¡Por fin ganas algo!

El premio consiste en un año de lavandería y en la apertura de una cuenta corriente en el Banco Power Ranger de Venezuela con 100 mil bolívares fuertes.


5
Un hombre llamado Tirso Borenmeiker termina caminando desnudo por su cuadra cada vez que pone In rainbows, de Radiohead.

Cuando los vecinos escuchan los primeros acordes de In rainbows, ya saben que Tirso Borenmeiker terminará mostrando sus partes pudendas a toda Santa Cecilia.

Más de una vez los padres de Tirso Borenmeiker han tratado de meter en cintura al joven, pero Tirso les dice que no pasa nada, que él no está loco, que es simplemente que la música le gusta tanto que tiene que oírla en pelotas.

Hay vecinos a los que les da igual si Tirso oye Radiohead desnudo o vestido. Sin embargo, hay habitantes del sector que no pueden con El Bolero de Tirso.


6
Quisiera no tener que repetir nunca más la frase «sí, mi amor». Quisiera encerrarme en un clóset con Jessica Alba durante todo un fin de semana, pero eso es sólo un sueño adolescente.

martes, septiembre 15, 2009

CINCO FANTASÍAS CROMÁTICAS Los músicos de sombra

Este término se utiliza para designar a esos músicos que aparecen acompañando a las estrellas invitadas que salen en los maratónicos adefesios que transmiten por televisión. Como es del conocimiento general, ninguna de las estrellas que pisa esos escenarios canta o toca una simple nota. Allí, en medio de esa tarima iluminada por la fastuosidad parpadeante de cientos de bombillos bailarines, los músicos se limitan a doblar una pista y a hacer morisquetas en imitación a los sonidos que emanan de las grabaciones. Los músicos de sombra no soplan ni tañen ni pulsan ni golpean; ellos son como mimos mudos puestos ahí para montar un paro y engañar a los ingenuos que se tragan el cuento de que los músicos de sombra tocan sus instrumentos.
Los usos de la música

Con la música pasan cosas extrañas, como el uso que de temas musicales famosos hacen los creativos publicitarios. Si no lo creen, traigan a su memoria la voz de Janis Joplin en un antiguo comercial de Arequipe Alpina… Arrancaba la cuña y veías a una mujer acostada estirándose feliz de la vida. En el fondo sonaba la versión de Summertime mientras uno se preguntaba qué diablos tenía que ver el arequipe con Janis Joplin y una mujer bella sumida en un largo bostezo.

Todavía hoy no damos con la respuesta.
Cuento de un taxista agradecido

Esta historia la hemos contado varias veces, pero como la memoria es porosa, aquí va otra vez.

Nuestro amigo Enrique Enríquez estaba parado en una esquina de la 5ta avenida de Nueva York. De repente, frente a él se detuvo un taxi en el que el chofer y el pasajero discutían con encono.
—Pero ¿cómo es posible que no me vaya a cobrar, si ése es su trabajo? ¿Usted está loco? —Preguntó el pasajero.
—No. Usted me ha regalado millones de momentos de felicidad. Así que yo no le puedo cobrar. Bájese del auto y váyase, por favor.

El pasajero terminó riéndose y estrechándole la mano al taxista.

Enrique comprendió el motivo de la querella, cuando se dio cuenta de que el pasajero en cuestión era Paul McCartney.
La eterna juventud

Ya es un lugar común ver a los rockeros negarse al paso del tiempo. Ahí está Mick Jagger, todo arrugado y todo abuelo, pavoneándose como un adolescente lleno de energías. ¿Cómo hará para aguantar el trajín?

No lo sé ni quiero saberlo.

Mick jagger anda por el mundo como si eso de ponerse viejo no fuera con él. Su oficio no se lo permite. Él es y será joven hasta que su cuerpo aguante, hasta que los Rolling Stones (que también están bien viejos) sean un negocio rentable.

Lo más loco del asunto es que en ese «estiramiento de la juventud» Mick Jagger no está sólo. Con él están Keith Richards, Steven Tyler, Gene Simmons y Angus Young. (¡Dios, cuánto vicio en tan pocas líneas!).

Quién sabe si en el futuro habrá un ancianato para estrellas de rock... Eso sería una belleza...


Otra vez la vejez

Si los rockeros se niegan a ponerse viejos, con los bluesistas pasa lo contrario. John Lee Hooker, Robert Johnson o Muddy Waters nunca se vistieron de quinceañeros.

Los cultores del blues parecen tipos pacíficos que ponen todo su esfuerzo en la música y no en la parafernalia (cree uno). Por eso es común verlos vestidos sobriamente con elegantes trajes y sombreros que no se quitan ni siquiera en el escenario.

Al ser un arte de la tristeza y de la melancolía, el blues no se solaza (al menos descaradamente) en el escándalo o en el espectáculo visual. Muy al contrario, el blues se basa en el sentimiento, en el dolor que viene de adentro, en lo rudo de una vida que sólo tiene en la música un consuelo o una palabra de ternura.

Con esos detalles, ¿quién no se va a poner chaqueta y corbata para cantar blues?

lunes, septiembre 07, 2009

LA CIENCIA DEL PAN CHINO En estos días terminé de leer El buscón de Quevedo. Quería sentarme a escribir un artículo donde hablara de la extraordinaria experiencia que viví al reencontrarme con esa novela. Quería sentarme a escribir ese artículo y citar el libro de Raimundo Lida o alguno de los ensayos que viene en el tomo dedicado al siglo de oro en la Historia y crítica de la literatura española coordinada por Francisco Rico, pero me ganó el estrés por tener en casa a mi pequeño Rodrigo de vacaciones y reclamando atención durante todo el día. Escribir agota y más si tienes que hacer un doble o triple esfuerzo para abstraerte de los desastres que con las tijeras hace un niño cuyo héroe es Mister Maker.

Decía que quería hablar de la Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, y eso haré aunque termine con dolor de cabeza.

Me fascinó releer esta novela que más que una novela parece una traca del mal, un rosario de barbaridades en las que al protagonista le pasa de todo: desde caer a una letrina hasta participar en el asesinato de un corchete; desde robarle sus respectivas espadas a unos soldados hasta ver su rostro dividido por el tajo que le propinó un sicario…
—Papá, mira.
—Caramba, ¡qué belleza!

El buscón es un palmarés de hechos violentos que espeluznan al lector de cualquier época no sólo por la propia violencia, sino por la manera como don Francisco los ordenó. Tómese como ejemplo el recorrido geográfico que a lo largo del libro realiza Pablos. Véase cómo el primer viaje (Segovia, Alcalá de Henares, Madrid, Segovia) es un desplazamiento esperanzado en el que el protagonista sale de su casa rumbo a la escuela. En ese itinerario, Pablos realiza decenas de fechorías menores, travesuras que tienen más de chusca inocencia que de auténtica maldad. Sin embargo, en el segundo traslado (Segovia, Madrid, Toledo, Sevilla, América) don Pablos aprende toda suerte de fullerías y conoce a los mil y un impostores, tahúres, tracaleros, estafadores, ladrones y asesinos de distintas pelambres.

(En este punto Rodrigo me interrumpe otra vez y me pide que vea la mano de monstruo que acaba de hacer con un rollo de cinta adhesiva y un marcador verde. Yo le ofrezco un pan chino, se lo doy y sigo escribiendo mientras él —ñaca ñaca— mastica que te mastica).

Entre los episodios de la novela que más me impresionaron hay dos que me encantaría reseñar. En uno don Pablos se encuentra con un loco que lee con fruición un tratado de esgrima. Este hombre se baja de su caballo, empieza a hacer piruetas y a nombrar cada posición que asume con la nomenclatura del álgebra, hasta que un cuchillero de verdad le da su merecido. El otro momento memorable es aquél en el que don Pablos se reúne con los cófrades de la banda de pícaros y recibe instrucción sobre cómo debe hacer para que sus ropas harapientas parezcan trajes de altísima costura…
—Papá, otro pan chino, por favor —me interrumpe Rodrigo implacable.
—Voy.

…Ese capítulo es una obra maestra de la literatura. La descripción de cómo los doctores de la trácala pespuntan los cuellos de sus chaquetas, encajan los rotos y bordan con hilos de distintos calados es sólo superada por la escena en la que los corchetes allanan la guarida de los predadores mal cosidos y, al tratar de prenderlos, no hallan de dónde asirse porque cada vez que agarran la pernera, la manga o la gorguera de un ladrón, éstas se les quedan en las manos sin los cuerpos a las que pertenecen.

Rodrigo me interrumpe nuevamente y me pregunta si quiero compartir con él su pan chino. Yo le digo que sí y pienso que el hambre es uno de los grandes temas de la picaresca española, pero sólo me queda espacio para repetir que El buscón de Quevedo es una maravilla.

Y ojalá ustedes puedan leerlo algún día.