domingo, julio 19, 2009

HUMO NOSTÁLGICO Quien ve películas viejas, ve una enorme chimenea. En ellas todo el mundo fuma: actrices, actores, extras, dobles, directores, productores… Hasta los animales que aparecían en pantalla eran fumadores pasivos. ¿Cuánto humo no habrá tragado Lassie?

Aparte de historias maravillosas y de actuaciones memorables, lo que vemos cuando vemos esas películas, es a Hollywood y a las compañías tabacaleras diciéndonos que fumar es una maravilla. Todavía a estas alturas, uno cree que si fumara como fumó Humphrey Bogart, uno adquirirá su personalidad de cuchillo.

Claro, esa estupidez se te pasa cuando recuerdas que Bogart murió de un cáncer espantoso en la garganta.

Cuánto dinero, cuánto esfuerzo, cuántas vidas, cuánto humo costó que la humanidad creyera que fumar era una maravilla para que, décadas después, los fumadores hayan sido expulsados a las calles o confinados a los rincones más miserables de la arquitectura universal.

En los aviones se podía fumar a pierna suelta. Hoy no se puede. Hasta te advierten que estarías violando una ley, si se te ocurre encerrarte en el baño a fumar escondido.

En el aeropuerto de Miami hay un mini-jardín que más que sala de fumadores, parece cenicero. El sitio es tan incómodo que la gente debe sentirse triste al darle rienda suelta a su vicio en un lugar tan exiguo. Lo extraño es que al pasar frente a ese fumadero, te da la sensación de que tú, que no fumas y que caminas por un espacio cerrado entre maletas y pasajeros apurados, eres el que está libre, mientras que el que fuma a la intemperie en ese micro espacio con árbol incluido es el que está encerrado.

Definitivamente la condena universal a la nicotina ha puesto patas arriba al mundo. Menos mal que, para equilibrar fuerzas, en Madrid hay bares en cuyas puertas cuelgan letreros directos e indubitables que rezan: «En este local se permite fumar a toda hora».

La verdad es que impresiona darse cuenta de que los recursos que se utilizaron para introducir en la gente la idea de que fumar era cool, son los mismos que se usan hoy en día para convencer a la gente de que fumar no es cool. Los recursos son los mismos; lo que cambia es el mensaje. Lo que era bueno antes, hoy no lo es.

Si querían una prueba de que la Tierra es un manicomio esférico, ahí tienen una.

Hace años no se obligaba a la gente a fumar como hoy en día se obliga a los fumadores a soplar humo al aire libre sin importar si hace frío o si llueve a cántaros. Ni siquiera en la calle pueden los fumadores estar tranquilos porque nunca falta el purista al que le molesta el vaho de un habano encendido a decenas de metros. Los fumadores de hoy podrían alegar que los marginan de ciertos locales y formar una de esas lloraderas que tanto agradan a los telenoticiarios y a los defensores de los derechos humanos. Sin embargo, no lo hacen porque la guerra contemporánea contra el tabaquismo utiliza la información científica como arma que demuestra el enlace directo entre el cigarrillo y la corrosión progresiva e irreversible de la salud.

Esa información hace que los fumadores se inhiban de encender la máquina del drama televisado y que se vayan con el rabo entre las piernas cuando los manden a la esquina a consumir su vida en cada cigarro.

Los fumadores de antes ignoraban que eran los mensajeros del enfisema. Los de hoy sí lo saben y por eso abren la boca sólo para expulsar sus dibujos de humo.

En resumen: fumar es un hábito mal visto y en decadencia.

Tal vez veamos las películas de antes no tanto para admirar a los astros del pasado como para recordar cómo era ser cool.

Y eso, en nuestro presente, no tiene precio.

jueves, julio 16, 2009

martes, julio 14, 2009

ALÓ NOCTURNO Doscientas una, doscientas dos, doscientas tres... La idea era quedarse dormido contando ovejas, pero qué va. No podía. Una rara ansiedad no lo dejaba hundirse en el sueño.

Estaba así por culpa de dos llamadas telefónicas separadas por un lapso no mayor de una semana.

Dos y sólo dos.

—Aló. ¿Carlos Pérez Gutiérrez?
—Sí. ¿Quién es?
—Mira, tú no me conoces. Yo te acabo de robar el carro.
—…
—¿Aló?
—Sí. Dime.
—Mira, te llamo para ver si podemos hacer un trato… ¿Estás ahí?
—Sí. Sí.
—La cosa es simple: tú me das diez mil bolos, yo te devuelvo el carro y tú te libras de los trámites del seguro y de toda la vaina.
—¡Verga! ¿Diez mil?
—Sí. ¿Qué pasa: te parece mucho?
—¿Tú qué crees?
—Que no es nada, si piensas en el tiempo que vas a perder yendo a la policía, a Tránsito, al seguro y reuniendo ese papelero. Además, hablemos claro: tú tienes plata. No te hagas el loco.
—…
—¿Aló?
—Aquí estoy.
—Entonces: ¿quieres tu carro o no?
—Sí.
—Bueno. Diez palos.
—Okey. ¿Y cómo hacemos?
—Bueno, anota este número de cuenta corriente. Tú me lo depositas hoy y cuando la plata se haga efectiva, yo te dejo el carro en el estacionamiento del C.C.T.
—…
—Pana, yo cumplo lo que prometo. Si depositas los reales, ten por seguro que vas a tener tu carro en un santiamén.
—Okey.

Carlos Pérez Gutiérrez depositó el dinero y a las dos horas recibió una llamada en la que el ladrón le dijo con exactitud en qué lugar del C.C.T. le dejaría su auto estacionado.

Dos días después, Carlos Pérez Gutiérrez tuvo que salir de la ducha porque su teléfono sonó con insistencia cinco veces.
—Aló.
—Aló. ¿Carlos Pérez Gutiérrez?
—Sí. ¿Quién habla?
—¿Qué más, pana? ¿Cómo te va?
—¿Quién es?
—Soy yo, el que te robó el carro. ¿Te acuerdas?
—…
—¿Aló?
—Ajá. Dime.
—¿Todo bien, no?
—Sí.
—Bueno, mira. Te llamo por lo siguiente: tú sabes que anoche le robé el carro a una señora… ¿Aló?
—Sí, sí. Aquí estoy.
—Es que este teléfono suena raro… Le robé el carro a una señora y hace un rato la llamé para decirle lo mismo que te dije a ti: que yo se lo devuelvo, si me deposita diez palos, pero no me cree.
—Ajá.
—¿Tú puedes creer esa vaina?
—Sí. Me lo imagino…
—Yo te estoy llamando para ver si puedes hacerme un favor...
—…
—¿Aló? ¿Estás ahí?
—Sí.
—Le acabo de dar tu número a la vieja ésa. Atiéndela, hermano, y dile que yo te robé el carro, que te cobré los diez palos y que te lo devolví sin problemas.
—Coño…
—¿Tú me haces ese favor, panita? Es que yo no quiero joder a nadie. Yo, dentro de todo, soy una persona decente.
—Sí…
—Dile la verdad, que el carro tuyo volvió intacto y que no le faltó ni un botoncito… Por cierto, bróder, mándale a revisar el cloche a ese vehículo. A mí me crujió varias veces.
—Sí. Tengo que llevarlo al taller, pero tú sabes cómo es…
—¿Me lo vas a decir a mí? ¡En esta vaina todo está carísimo!
—Así es.
—¿Entonces cuento contigo, pana mío?
—Ni modo…
—Gracias, hermano. Gracias. Ya sabes: cuando la doña te llame, tú le das letra para que sepa que yo soy gente seria, ¿sí?
—Está bien.
—Gracias, hermano. Gracias. Estamos hablándonos, pues. Cuídese mucho. Chao.

Carlos Pérez Gutiérrez pasó todo el día con el teléfono en las manos, pero no recibió ninguna llamada. Quizás fuera hora de dejar el aparato sobre la mesa de noche y encender el televisor a ver si alguna película de monstruos lo ayudaba a conciliar el sueño.

viernes, julio 10, 2009

LA LUZ DE JOHN COLTRANE Cada disco de John Coltrane es una avalancha.

Ballads, Giant steps, My favorite things… Puro magma sonoro que abrasa y retuerce.

Llegar a Coltrane es inevitable. Cualquier puerta que abras para entrar al jazz, te llevará a este gigante en cuyo saxo se condensan los estilos de otros gigantes, valga decir: Lester Young, Coleman Hawkins, Dexter Gordon y Sonny Rollins. John Coltrane sonaba como ellos y como él mismo a la vez, un milagro que sólo se explica porque hablamos de un titán que forjó su estilo estudiando los estilos de sus predecesores y de sus contemporáneos, retando además su propio talento.

John tocó junto a Duke Ellington, Thelonious Monk, Miles Davis, Bill Evans, Freddie Hubbard, Eric Dolphy, Stan Getz… Podríamos continuar nombrando monstruos, pero sería injusto ignorar que lo mejor de su obra lo produjo junto a su cuarteto clásico, ése que formaron el propio Coltrane, McCoy Tyner, Jimmy Garrison y Elvin Jones. ¡Dios! Ese pequeño grupo produjo obras maestras y, entre ellas, una: A love supreme.

Estás en tu casa y nadie te molesta. Sacas A love supreme y lo pones a todo volumen. Sigues el primer movimiento de esa suite grabada en 1964, coreas el mantra y le pones atención al larguísimo solo que cruza buena parte del segundo movimiento. No hayas qué decir. Miras a la pared y piensas que quizás haya una conexión secreta entre la música de Coltrane y las pinturas de Jackson Pollock. Mientras el sonido del saxo hace giros y avanza sobre los demás instrumentos, tú recuerdas los chorretes de colores que abundan en las pinturas del maestro del dripping. Tanto las manchas de los cuadros como los ribetes que adquiere el solo del saxo tenor son muestras de una violencia contenida, un asomo al caos o, más bien, a la belleza del caos.

Piensas en todo eso y sonríes. Te dices que estás loco, que mejor destapas una cerveza y te buscas a alguien con quien compartir esa audición porque si no, terminarás aullando por la ventana. Te calmas. Sigues oyendo el disco. Recuerdas lo que dicen las liner notes de Olé Coltrane. Ahí se cuenta que un tal Franzo King y su esposa Marina llegaron a Nueva York en 1971 y fundaron una iglesia en honor al gran saxofonista. Te ríes. No eres ni de lejos como ese par de locos que exageraron y malentendieron el misticismo de John Coltrane. Quizás él fuera un hombre de fe sincera que buscó y entrevió algo de la luz divina en la música. Pero los locos (los locos que nunca faltan) cargaron las tintas y fundaron la «Church of Saint John Will I Am Coltrane», canonizando de paso a ese músico extraordinario que llevó al jazz hasta lugares donde nadie lo había llevado.

Sigues sentado y la música continúa. Tienes en tus manos el libro de Ashley Kahn sobre A love supreme, pero no lo lees. De pronto te dio por imaginarte el funeral de John Coltrane. No sabes cómo ni por qué ves ante ti a Ornette Coleman y a Albert Ayler tocando durante el servicio fúnebre. Es 21 de julio de 1967. St. Peter’s Lutheran Church, en Manhattan, está llena de gente. Hay músicos, Panteras Negras, periodistas, niños, mujeres, ancianos, hombres normales y corrientes que fueron a rendirle homenaje a un genio.

Tal vez la música de ese disco extraordinario sea un réquiem y sólo ahora nos damos cuenta.

Te quedas perplejo. Una vez más la música te ha llevado a lugares insondables, a sitios que no sabes si existen o no, a momentos que no pudiste vivir, pero que vives porque la música tiene el poder de hacerte recordar aquello que no has vivido y de forjar en tu imaginación lo inimaginable.

De pronto tu mente se calla y acepta una sola verdad: la música es como la luz.

Y la de John Coltrane más.

domingo, julio 05, 2009

SOPA DE LETRAS VOLUMEN CINCO V

En la puerta del edificio Dakota la gente se para y se toma fotos. Todo el mundo sabe que en ese punto exacto de la calle 72 con Central Park asesinaron a John Lennon.

¿Acaso no es pavoso convertir en lugar de peregrinación turística el sitio donde asesinaron a alguien? Claro, ustedes dirán y requetedirán que la víctima no era un señor desconocido, que era —¡ohhhh!— John Lennon.

Como si los muertos famosos importaran más que los otros muertos…

La humanidad está muy mal. Por eso cuando me dijeron que nos tomásemos una foto en la puerta del edificio Dakota, me negué rotundamente. A mí que me lleven al edificio donde nació John Lennon o al estudio donde dibujaba y componía sus canciones, o al cuarto donde se tomó fotos desnudo junto a Yoko Ono.

Eso sí: si Yoko anda por esos lares, que esté vestida, por favor… Porque no hay cámara ni público que resista otras fotos de Yoko Ono desnuda…

Dios nos libre.


W

Me gusta ver 24. Las aventuras de Jack Bauer son tan enredadas como entretenidas. Lo único malo es que uno queda agotado después de ver cada capítulo. Agotado y molesto… Es un fastidio tener que esperar una semana para ver qué hace o deja de hacer el atribulado Jack Bauer. Menos mal que existen opciones digitales y, a cambio de un poquito de paciencia (y de un buen servidor), puedes bajar los capítulos que quieras y verlos cuando te plazca. Eso sí, repetimos: ver 24 cansa. Uno suda tanto como Renee Walker o como cualquiera de esos agentes ficticios que luchan por mantener el orden y la paz.

Lo terrible de ver esta serie es percatarse de que el mundo es como 24, que detrás de cada malvado, hay tres o cuatro villanos más que, a su vez, están asociados a una organización secreta y poderosa que tiene tentáculos en todas partes, recursos inagotables, armas y pocos escrúpulos para llevar a cabo sus planes siniestros. Espanta ver que los amigos de Jack Bauer tienen dos y tres caras, que hoy te ayudan y mañana se te oponen con el mismo empeño.

Ver 24 es una lección para comprender que el mundo va más allá de lo aparente, y conste que uno puede aplicarle a la serie lo que ella misma nos enseña. De ese modo quizás podamos creer que los seres humanos no somos tan perversos, tan dúctiles ni tan volubles como aparecemos en 24.

Mejor cerremos la boca y mantengámonos en estado de alerta porque siempre hay un Doctor Hell tramando algún desastre…


X

Los paisajes que más me gustan de mi país son los del oeste margariteño. Esa sequedad, esa aspereza que acompaña a la tierra color naranja, tiene algo de marciana.

¡Cuánta belleza, cuánta serenidad hay en esos desiertos que rematan en Punta Arena!

No diré más. No sea que a alguien se le ocurra llenarlos de vallas o de quién sabe qué barbaridad contemporánea. Déjenlos como están, con sus tunas y sus piedras agrestes e inmutables.

Que el viento siga el curso que quiera por esas tierras ásperas. Yo siempre estaré contento de volver a ellas.


Y

¿Qué les pasa a los aviones? ¿Por qué han sucedido tantos accidentes aéreos en los últimos tiempos? ¿El aire se puso pesado o una nube de negligencia se apoderó del mundo?

Quién sabe, pero ya basta de tragedias aéreas.


Z

Si tu jefe te llama a su oficina un viernes a las dos de la tarde, escríbelo: te botará del trabajo.

Si tu jefe te llama un domingo por la tarde y te dice que quiere hablar contigo el lunes a las nueve en punto de la mañana, júralo: te botará del trabajo.

Si tu jefa te escribe para decirte que debes presentarte en la oficina del jefe de ella, júralo también: tu jefa no se presentará a la reunión y el jefe de ella te botará del trabajo.

Botar gente es un arte de lo más extraño.

domingo, junio 28, 2009

SOPA DE LETRAS VOLUMEN CUATRO Q

Comunicado del partido Queremos Querer:

«En la estipulación, consideración y facilitación de la redacción de la reglamentación ante la activación de la institución en la disolución de la iluminación sobre la argumentación que produce estupefacción, se recomienda la reasignación de la afirmación en la tramitación de la facturación para, de tal manera, lograr la adecuación y la circunscripción con precisión de la habilitación y hacer de nuestra gestión una cuestión de circunspección. Gracias».

R

El otro día le dije a M que no se le ocurriera molestar a sus jefes durante la final de la Champions porque no la iban a atender.

Como Uds. saben, las esposas suelen partir del principio de que uno está equivocado, así que la mía hizo caso omiso a mi recomendación y se fue a las tres de la tarde de aquel miércoles a ver a su jefe para pedirle que revisara un memo que debía enviarle a no sé quién en Colombia. Al llegar a la puerta de la oficina del big boss, la secretaria le dijo que el hombre se encontraba en la sala de reuniones con los jefes del almacén y de servicios generales, así como con el director de mercadeo.
—¿Y esa reunión? ¿Qué habrá pasado? —Preguntó mi esposa.
—No sé. Pero tienen un buen rato encerrados…
—¿Tú crees que yo pueda entrar para darle este memo al jefe?
—Yo creo que no porque me dijeron que esa reunión era importante…
—Un momentico nada más. Esto también es importante.
—…Es que me pidieron que no les pasara llamadas y que no los interrumpiera.
—Es un instante.
—…Chama, lo que pasa es que están viendo el fútbol…

Dicho y hecho. M me contó que cuando entró a la sala y se encontró con los cuatro caballeros mirando felices la enorme imagen que, del partido, ampliaba el video beam, le vino a la memoria lo que yo le había dicho.

Por supuesto, el jefe estuvo más pendiente de Eto’o y de Messi que del bendito memorando.

¿Quién le mandó a no hacerme caso?

S

En las jugueterías de Nueva York venden unos pipotes de dos litros que contienen jabón.

Sin embargo, ese jabón no es para lavar la ropa; es para hacer bombitas.

¿Cuántas de esas bombas efímeras y felices pueden salir de dos litros de jabón?

Ni siquiera Bart Simpson puede resistirse a la belleza y a la fragilidad de esas burbujas que flotan en el aire.

Es increíble cuánta felicidad puede ofrecer algo tan simple como un pipote de jabón.

Eso sí: los padres que adquieren semejantes bidones y los abren ante sus hijos, deben armarse de paciencia. Quien ve una bombita, siempre quiere verlas todas… Y debe haber millones de ellas en un pipote de dos litros.

T

En Soho, entre las esquinas de Spring y Mercer, queda la casa-taller de Donald Judd, el escultor minimalista.

Nadie vive en ese edificio desde hace años. El artista dispuso en su testamento que dejasen el edificio tal y como estaba, que no lo tumbaran ni lo vendieran.

En la planta baja hay un espacio vacío que contiene un escritorio de madera y una escultura que consiste en cuatro ladrillos rojos montados de canto uno sobre el otro. En los distintos ambientes hay esculturas, lámparas, sofás, cortinas y objetos que son auténticas reliquias.

La casa-taller de Donald Judd es el único edificio de Soho que es propiedad de una sola familia. Más de un experto en bienes raíces le mentará la madre a Judd, imaginando cuántos beneficios se podrían obtener de tan extraordinario inmueble.

Enrique Enriquez pasa todos los días frente a esa casa-taller y se ríe porque ve en el testamento (y en los cuatro ladrillos sobre el escritorio) la concreción del deseo de un hombre de fastidiar a los demás aún después de muerto.

U

¿Y Uds. qué prefieren: cebiche o kibbe crudo?

sábado, junio 27, 2009

ADIÓS, GUAPA

viernes, junio 26, 2009

LA MUERTE DE MICHAEL JACKSONLa muerte de Michael Jackson ocurrió hace años. Sólo que ayer cerró por fin los ojos y dejó de moverse.

domingo, junio 21, 2009

SOPA DE LETRAS VOLUMEN 3 M

Ves televisión y te indignas. Los noticieros deportivos nacionales tienen una manera muy peculiar de ofrecernos los resultados de los juegos de las Grandes Ligas. En lugar de decirte cómo quedaron los distintos partidos, te hablan y te vuelven a hablar sobre los encuentros en los que participaron jugadores venezolanos. ¿Qué es eso: unas Grandes Ligas paralelas? Quizás sean unas ganas tremendas de sentirnos partícipes de la gloria de un compatriota, aunque no hayamos movido un músculo para ayudar a que ese jugador alcanzase el éxito.

Hay algo raro en que nos felicitemos tanto por los logros de nuestros peloteros en las Grandes Ligas. Es como si quisiéramos reconocernos en su éxito, como si sólo por ser venezolanos, sus triunfos fueran nuestros… Aún más raro es sentirnos partícipes de la gloria de Gustavo Dudamel, cuando en verdad nos fastidia la música clásica y apagamos la radio en cuanto empieza a sonar la Quinta de Mahler.

Ese amor por Dudamel es extraño. Nadie me dirá que este país abandonó el gusto por Wisin y Yandel para abrazar, de la noche a la mañana, a Jan Sibelius porque sí, porque el éxito de Dudamel «también es mío».

A otro dog con ese hueso.

N

Quisiera trabajar como cuidador de los perros salvajes africanos que viven en el zoológico del Bronx.

A esos perros sólo los visitan cuando se comportan como lo que son: criaturas salvajes.

Quisiera trabajar cuidando a estos animales porque me siento como ellos. Sólo cuando me comporto como un salvaje, llamo la atención.
Qué extraños somos los seres humanos.

Ñ

Los escritores y las editoriales parecen gastar todos sus esfuerzos en organizar «bautizos de libros». Para ello han desarrollado toda una serie de modalidades que van desde echarle el popular espumante al opúsculo hasta «bañarlo» con pétalos de flores o sopas de letras.

(¡Por Dios! Y pensar que yo también he bautizado libros…).

¿Por qué mejor no gastamos ese tiempo, ese esfuerzo, esos ramos de rosas y esos sobres de sopas Maggi, en promover nuestros libros y hacer que se vendan como se venden otros productos?

Aquí, en nuestro país, nos ha dado por ser enólogos y ahora resulta que sabemos de vinos y tomamos vinos a diestra y siniestra… ¿Por qué las campañas para convertirnos en lectores han sido menos efectivas que las campañas para transformarnos en expertos vinícolas?

Quién sabe.

O

En estos días no he tenido tiempo para soñar. Debe ser que estoy muy cansado o estoy preocupado por algo que no sé qué es.

Y que conste: no soy insomne. Sólo soy tartamudo del sueño.

Cuando uno es tartamudo del sueño, y sufre un ataque agudo de gaguera, la relación entre los sueños y la creación se hace difícil.

Por eso hay que hacer todo lo posible para dormir como un angelito.

Si sufres de gaguera somnífera, te aconsejo que no tomes pepas. Mejor trata de resolver los problemas que te aquejan e invita a dormir contigo a una jeva que te deje bizco de felicidad. Eso siempre ayuda.

P

Estábamos en Central Park, frente a unos jazzistas.

La mujer de la batería cantaba Autumn leaves mientras movía las baquetas. Todo era un encanto hasta que, de pronto, una gorda que pasaba por detrás del conjunto, se tropezó con la raíz de un árbol y PAPUM...

El intérprete del saxo siguió con su solo, pero el trompetista corrió a socorrer a la gorda que sangraba por la nariz. Primero la ayudó a levantarse y luego fue hacia el perrocalentero más cercano a pedirle unas servilletas.

Cuando la gorda pudo valerse por sí misma (y la sangre no le subrayaba las facciones), el trompetista regresó junto a sus compañeros a hacer su solo.

Ese momento fue toda una improvisación sanguínea que obtuvo los más sonoros aplausos.

lunes, junio 15, 2009

SOPA DE LETRAS VOLUMEN DOS H
Hubo una diáspora. La gente abandonó los blogs y se fue a Facebook.

Facebook es la versión digital de la tierra prometida… Claro, la tierra prometida de los faramalleros, de los que quieren encontrar «amigos», de los que quieren intercambiar tonterías y de los que quieren exhibir las fotos que se tomaron en su último viaje.

Por cierto: ¿por qué las fotos de la gente son todas iguales? Cambian los personajes, pero las fotos son las mismas…

¡Qué fastidio!


I
Michel Petrucciani fue uno de los más grandes pianistas que en el mundo han sido; medía sólo un metro, pero era un gigante. Henri de Tolouse-Lautrec también era enano, pero sus pinturas conmueven hasta al más bistec.

Hay cuerpos pequeños en los que la genialidad se comprime o se concentra, y a la menor posibilidad, sale al exterior con una fuerza inconmensurable que nos deja pasmados y sin habla.

No hay más que agregar.


J
Desde hace años no veo «películas culturales», ni voy a festivales de cine francés, checo, iraní, ruso o alemán.

Yo sólo quiero ver películas de plomo con bastantes explosiones y chistes baratos.

Tengo siglos que no veo nada de Fellini, Pasolini, Rosellini, De Sica y compañía.

Gracias a Dios.


K
Me gusta la pintura expresionista. Mis favoritos son Oskar Kokoschka, Emil Nolde, Ernst Ludwig Kirchner, Egon Schiele, Edvard Munch, Franz Marc, Georg Grosz, Max Beckmann y unos cuantos más.

En Nueva York hay un lugar donde puedes ver obras de todos estos señores. Se llama la Neue Gallery.

Si vas, no lleves niños porque no los van a dejar entrar. Según los dueños de esa colección, en muchos de sus cuadros hay «desnudos ofensivos».

Ofensivo me pareció que puedes ver las pinturas de jueves a lunes. Los martes y los miércoles la galería permanece cerrada, aunque puedes ir a tomarte un café o visitar la librería.

Fui a ese sitio, sobándome las manos y pensando que vería en persona a mis amados Kokoschkas, pero qué va. Recibí una decepción. Un portero muy amable me dijo que ese día el museo estaba cerrado.

Al principio me dio rabia, pero luego me di cuenta de que ésa era una razón para volver a esa ciudad llena de tesoros.


L
Y hablando de tesoros expresionistas, Egon Schiele se puso de moda gracias a los libros de la editorial Taschen.

Cómo sería el furor que sus acuarelas, sus dibujos y sus pinturas produjeron entre quienes no conocíamos su obra, que hasta Mario Vargas Llosa lo incluyó casi como personaje en Los cuadernos de don Rigoberto.

Los cuadernos de don Rigoberto es la continuación de Elogio de la madrastra, una extraordinaria (de verdad extraordinaria) novela erótica. En este caso, como suele suceder, la segunda parte no es tan buena como la primera, pero (siempre hay un «pero» que salva a la patria) en la novela se habla de Egon Schiele, de sus pinturas pornográficas, de su extraordinario talento… También se habla de otras cosas fascinantes, como las prohibiciones a la belleza, la carta al lector de Playboy o la andanada contra el deporte y los deportistas…

La verdad es que estoy dispuesto a reconsiderar lo que acabo de escribir. Cualquier libro donde se hable bien de Egon Schiele y se hable mal del deporte, tiene que ser una maravilla.

Léanlo si no lo han leído.


LL
El más reciente temblor sacó de sus camas a un gentío.

Como no pasó nada más que el susto, hoy en día los jodedores eternos se dan el lujo de contar que vieron a sus vecinas en ropa de dormir.

En unos casos elogian la bondad de la transparencia de las pijamas, en otros (como era de esperarse) denigran de ella.

En todo caso, queridas damas, sepan que tiemble o no tiemble, haya o no una emergencia, los hombres siempre nos fijamos en ustedes (y más si se les ven las pantaletas).

Así que tomen las medidas que consideren pertinentes.

La ilustración es de Ana Carolina Palmero.

jueves, junio 11, 2009

UN ÁNGEL LITERARIO Una mina se topa con Borges en un ascensor y le dice:
—Señor, disculpe, límpiese la comisura porque se está babeando.
—Ah, perdone, es que soy ciego.
—No importa. Ciego o no ciego no hay que babearse la corbata.

domingo, junio 07, 2009

EL FALAFEL Y LAS TETAS Según el DRAE, «teta» es: «cada uno de los órganos glandulosos y salientes que los mamíferos tienen en número par y sirven en las hembras para la secreción de la leche». Así que «teta» no es palabra altisonante; es fuente perenne de alimento físico, de inquietud espiritual, de solaz, de deseo y de hormigas en la barriga.

Las tetas son ojos que hacen que te pierdas, hipnotizado, en su perfección. Cuando ves unas tetas (unas tetas de verdad, de esas que se imponen como fieras silenciosas), son ellas quienes te escrutan para ver si eres digno de ellas.

Antes de continuar hablando sobre tetas, sepan que las pecas en el pecho de una mujer son como un cielo lleno de estrellas, y tú, como un buen marinero, debes saber orientarte en ese cielo para llegar a tu destino, que son las tetas, por supuesto…

Pero volvamos a la circunspección.

Este país es inaudito. Te sientas, te comes un sándwich de faláfel y de repente aparecen unas tetas. Estás en el taller discutiendo con el mecánico sobre latonería y pintura y de pronto aparecen otras tetas. Miras a tu derecha, a tu izquierda, arriba, abajo, y siempre verás tetas. Uno trata de alejarse de ellas y no puede porque ellas siempre están ahí.

Sin embargo, no todo lo que brilla es teta. Es cierto que uno agradece este bombardeo de escotes, pero hay tetas de tetas, que lo digan las flacas que van adonde su cirujano plástico de confianza y se mandan a poner los tetones del siglo, como si la proporción entre sus pequeños huesecillos y su busto no importara a la hora de medir la elegancia femenina. Ojo (o teta, no me confundan): nunca faltará un pervertido que denueste del equilibrio físico para satisfacer sus gustos desbordados. Hay faunos a los que no les importa la mujer que viene pegada a las tetas que tanto admira.

¿Y qué decir de esas mujeres que se ponen unas tetas rocallosas que más que tetas parecen balcones? Esas tetas así (que son como de concreto armado) no se mueven, no tiemblan, no ríen, no se angustian, no lloran, no crepitan, no nada… Mucha gente se muere por ellas, las admiran, las idolatran, las bucean felices… Quizás sea porque no parecen humanas.

A la gente le encanta ir en contra de la naturaleza del cuerpo. Por eso se sienten incómodos con algunas tetas naturales. Muchas mujeres jóvenes ahorran para ponerse (o quitarse) tetas. Muchas mujeres maduras quieren arreglarse las tetas… Es como si en las tetas se concentrara un pedazo muy grande de la autoestima femenina… Y que conste: esa concentración es tan seria, que hoy en día (en pleno desastre económico mundial) los bancos de muchos países ofrecen planes de crédito para operarse las tetas.

Los sátiros del mundo vivimos felices. Entre mordisco y mordisco de faláfel vemos tetas por doquier, tetas que son prótesis físicas, pero también prótesis para una sensibilidad, que se siente más segura de sí misma con una talla más grande de sostén.

Lo que no saben (o no quieren saber) las mujeres que desean ponerse tetas, es que las tetas naturales tienen su encanto. No olviden que hay tetas de tetas y que a veces son preferibles unas chancleticas llevadas con gracia que unos tetones de ésos que acaban destruyendo columnas vertebrales… Claro, también hay tetas inescrupulosas que le llegan a las rodillas a su dueña, pero no estamos hablando de monstruos…

Y hablando de helicópteros, el otro día fuimos a una fiesta con nuestro pequeño hijo. En el momento de tumbar la piñata, mi esposa se me acercó muerta de la risa para decirme que pilló al papá del cumpleañero viéndole las tetas a la mamá de otro niñito. Yo le dije:
—Gran cosota. Yo llevo tres horas viéndoselas también.

Tetas, tetas… ¡Oh delirio! ¡Oh fascinación!

domingo, mayo 31, 2009

SOPA DE LETRAS A
Octavio estaba feliz porque al fin le vio utilidad a sus aparatos. Había mordido al perro-lobo que, a su vez, acudió a morderlo. Ahora el animal lo miraba jadeante y chillón desde una esquina del jardín.

B
Después de haber ido al Metropolitan Museum of Art saqué una sola conclusión: no puedes —ni debes— permanecer demasiado tiempo alejado de aquello que te hace pensar en la perfección.

Ese día vi un dibujo de Degas que me interrogó sobre por qué me he alejado tanto de obras tan perfectas como ésa.

Yo no sé ustedes, pero yo tengo la costumbre de hablar con las obras de arte. Y ese dibujito me hizo darme cuenta de que, pase lo que pase, no debo alejarme de las grandes obras de arte.

C
Estoy harto de ver canales de televisión donde sale gente en chancletas.

No quiero ver gente en chancletas apareciendo en la pantalla de mi televisor.

Con la gente en chancletas que hay en la realidad, basta y sobra.

La gente que usa chancletas en televisión y que transmite programas con gente en chancletas, tiene, a su vez, chancletas en la cabeza.

D
Veo el fútbol inglés porque me gustan los nombres de los equipos.

Fulton, Tottenham, Arsenal, Manchester City, Chelsea, Aston Villa, Middlesborough, West Ham United, Wigan, Newcastle, Portsmouth, Everton, etcetera, etcetera.

Veo los partidos de la Barclays Premier League porque los nombres de los equipos me suenan a marcas de whisky o a poesía seria.

Ni hablar de los emblemas… El cañón del Arsenal, el león del Chelsea, el diablo del Manchester United…

Y hablando del Liverpool, ¿ustedes saben qué dicen las rejas del estadio de Anfield, el escudo del equipo y el brazalete del capitán? «You never walk alone».

Nada más por eso, quisiera que me gustara el fútbol.

E
En estos días terminé de leer un reportaje sobre Alain Robert, el «hombre araña francés».

Resulta que Robert ha escalado cinco de los diez edificios más altos del mundo. Cuando les digo que los ha «escalado» es a mano pelada. Nada de cuerdas ni de arneses ni de cascos ni de nada. Alain Robert es un freak que se pone una franela del Dalai Lama y escala una de las Torres Petronas, en Kuala Lumpur, dizque para que la gente tome conciencia sobre el calentamiento global. Al final, siempre lo meten preso por alterar el orden público, pero lo sueltan a los pocos días o a las pocas horas. Lo peor es que los policías que lo apresaron, terminan pidiéndole autógrafos...

Hacia el final del reportaje, Alain Robert dice algo interesante: «En la adultez supuestamente tienes libertad para hacer lo que quieras, pero a cambio de no divertirte. Yo escalo rascacielos por diversión. Prefiero hacer eso que acompañar a mi esposa a Ikea».

(Por si acaso no lo saben, Ikea es el nombre de una tienda gigantesca donde venden productos para el hogar).

F
Toda la vida nos vendieron que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Sin embargo, yo hoy puedo decir que Nueva York es la ciudad que sí duerme.

Mi amigo Enrique Enriquez y yo estuvimos caminando por Union Square a las doce de la noche y no conseguimos un solo diner abierto para comernos unas hamburguesas después de habernos tomado unas cuantas Samuel Adams.

Esa noche pasamos por el Flatiron building y nos quedamos viendo a unos carajos que dedicaban sus energías borrachas a voltear los pipotes de basura y a dejarlos dando vueltas en medio de la calle silenciosa.

Los tipos se reían y gritaban felices mientras Nueva York trataba de dormir en paz.

G
Quiero escribir un cuento donde salga un coyote, pero sé que Juan Villoro ya escribió uno.

Quiero escribir un cuento donde aparezca Miles Davis en un gimnasio, dándole coñazos a un saco de boxeo. Ése no lo ha escrito nadie…

Todavía.

viernes, mayo 29, 2009

miércoles, mayo 27, 2009

LOS LADRONES
Carlos Soto Duque escuchaba un disco de Curtis Fuller en su camioneta. De pronto, un Maverick destartalado se le atravesó y lo hizo detenerse. Del vehículo se apearon dos hombres armados con sendas escopetas. Carlos se quedó en el borde de la vía dando gracias porque no le dispararon.

Henry Márquez Pérez se fue en la camioneta, mientras su compadre Yojan Yépez se iba con el Maverick y las dos escopetas. Como a Henry no le gustó la música que sonaba en el aparato, desconectó el Ipod y sintonizó una emisora de radio donde sonaba un reguetón.

Yo soy el maleante,
el que todos persiguen.
Muchos quieren darme muerte.
Pocos los que sobreviven

Henry Márquez Pérez y Yojan Yépez manejaron durante dos horas y cuarto. Cuando se detuvieron a orinar y a comprar queso, una mujer en estado y un hombre flaco y lampiño como un obelisco, se les acercaron y les mostraron dos pistolas. Ellos quisieron sacar sus escopetas, pero la mujer en estado no se anduvo por las ramas y le dio un tiro en un pie a Yojan Yépez, quien terminó en un hospital, mentando madres y llamando a su mamá.

La mujer en estado y el hombre flaco y lampiño como un obelisco se hicieron con las escopetas y se sentaron en el asiento trasero de la camioneta. A punta de pistola, Henry Márquez Pérez les sirvió de chofer. Dos horas más tarde, la mujer en estado dijo que quería ir al baño. Henry Márquez Pérez se detuvo frente a una iglesia. Él y el hombre flaco y lampiño como un obelisco la vieron alejarse con las dos escopetas y una pistola en las manos. El hombre flaco y lampiño como un obelisco le pidió a Henry Márquez Pérez que encendiera la camioneta y que se fueran de ahí a toda velocidad.

Una hora después, la camioneta estaba estacionada en una bomba de gasolina. Jesús Sanabria Ugueto fue el encargado de llenarle el tanque a esa Blazer tan bonita y de darle chicle a los dos tipos que viajaban en ella. Jesús les dio los chicles sin chistar porque aquellos dos tenían caras de perros y hacía mucho que había aprendido que para sobrevivir en el negocio de las estaciones de servicio no había que contradecir a las personas con caras de animales.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, Henry Márquez Pérez pensaba en cómo deshacerse del hombre flaco y lampiño como un obelisco o en cómo bajarse de la camioneta. Hacía rato que Henry Márquez Pérez había dejado atrás su destino. Aparte de eso estaba harto porque el hombre flaco y lampiño como un obelisco se puso a manipular el Ipod y había encontrado la carpeta de Metallica.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco llevaba la mente en blanco; sólo reaccionó cuando vio que el sol estaba a punto de desaparecer del horizonte y que delante de ellos había una alcabala.

Como lo que iban en la camioneta no supieron simular su propia inocencia, el oficial Oliver Rafael Parra Gómez los mandó a orillarse. Nunca supo por qué no se extrañó cuando, parado frente a la ventana del vehículo y a punto de pedirle los papeles al conductor, le sacaron una pistola.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco les pidió a Henry Márquez Pérez que manejara y al oficial Oliver Rafael Parra Gómez que le diera su arma de reglamento y se quitara su uniforme.

Cuando el oficial quedó en calzoncillos, el pistolero se sorprendió porque el chofer abrió la puerta de la camioneta en movimiento y se lanzó hacia la oscuridad.

El hombre flaco y lampiño como un obelisco detuvo la camioneta y cuando estuvo a punto de abrir la puerta, el oficial Oliver Rafael Parra Gómez tomó sus esposas y le amarró una mano al volante.

En la noche sonaron catorce disparos. No hubo muertos.

Seis días después, Carlos Soto Duque recibía la llamada del oficial Oliver Rafael Parra Gómez para decirle que fuera a buscar su camioneta.

Y todos en paz.