miércoles, junio 25, 2014

CONTRA LA DESINTEGRACIÓN GENERAL

 En medio de la lluvia de bombas lacrimógenas que tuvimos entre febrero y abril de este año, recibí de amigos y de gente cercana varios volantes que hablaban sobre la necesidad de asistir a unas reuniones donde psicólogos y especialistas se dedicarían a aconsejar a los padres sobre qué hacer, cómo tratar y cómo hablarles a sus hijos sobre los acontecimientos que ocurrían a nuestro alrededor.

 Por supuesto: nosotros no asistimos a ninguna de esas reuniones. Aquí consideramos que la honestidad y, en algunos casos, la crudeza son mejores que cualquier rodeo conceptual dispuesto para tratar lo inexplicable.

 Lo inexplicable es y punto. No hay que darle tantas vueltas. 

 Hoy, esos mismos que me enviaron aquellos volantes se van o se fueron de Venezuela; dejaron, en algunos casos, esposos, hijos, casas, negocios... Nos dejaron. Dejaron a sus padres, a sus hermanos, a sus perros... Dejaron sus afanes, sus libros. Lo dejaron todo y no nos hicieron llegar ni un pequeño panfleto ofreciendo ayuda psicológica ni espiritual a quienes hoy nos sentimos abandonados por esos familiares y amigos que partieron (y partirán) a otras landas a buscarse sus vidas.

 La cruda honestidad con la que hablamos de las bombas lacrimógenas servirá para hablarles a nuestros hijos sobre estos abandonos masivos, pero no estoy seguro de que sea suficiente para ayudarnos a asimilar el fenómeno ni atenuar las cárcavas que producirá en quienes nos quedamos. 

 Lo inexplicable (la muerte, el abandono, el horror, la ruina) es y no hay que darle tantas vueltas.


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 La patria es donde me gano la vida.

 Donde no pueda ganarme la vida, no es mi patria.


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 La imaginación es una facultad mental o espiritual (vaya usted a saber) que transmuta las sensaciones y los conocimientos en imágenes que se combinan y recombinan a cada instante. 

 Una idea no es más que la recolección (porque casi siempre es involuntaria) de una de esas mixturas que sirve como materia prima a procesos de mayor complejidad. 

 Crear consiste en conectar imágenes crudas, unir ideas propias y ajenas con el fin de modelarlas y transformarlas hasta crear un discurso coherente.

 Detrás de las imágenes acabadas, hubo imágenes crudas de las que apenas tenemos noticia a través de bocetos y borrones perdidos en libretas.


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 La batalla de Carabobo sin agua.


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 La batalla de Carabobo con chinos.


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 La batalla de Carabobo a oscuras. 


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 La batalla de Carabobo con futbolistas.


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 La batalla de Carabobo con leguleyos.

  
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 La batalla de Carabobo con gente que mata por un teléfono.


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 La batalla de Carabobo en leggins (aunque la de 1821 también fue en leggins). 


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 Ayer me enteré de la suspensión del concurso de cuentos de El Nacional. Si la noticia es cierta, nos encontramos ante otra de esas pérdidas, ante otro de esos huecos en que se nos ha transmutado la vida en estos años. 

 «La crisis económica», dirán los organizadores del concurso. 

 «La crisis de papel», acotarán los dueños del periódico. 

 «¡La censura!», gritarán los políticos. 

 «La gente no lee», dirá el asesor. 

 El inexorable desastre, que existe y está aquí, en mi propia casa, como en las de casi todos los venezolanos, también se ha trocado en la excusa ideal para quienes no quieren hacer nada, para quienes no tienen el temple ni la fe ni la determinación ni la necesidad de producir cosas poderosas a pesar de las carencias y del horror mentado una y mil veces, y se rinden y se entregan a la molicie del twitter y, en definitiva, le dejan todo a los mandarines para que lo destacen o lo conviertan en una caricatura desteñida de lo que alguna vez fue.

 Como todo hay que decirlo, es hora de que los dolientes del concurso de cuentos de El Nacional (los escritores, los lectores de los cuentos, los miembros de los jurados) abandonen el éxtasis místico de ojos virados que les producen los libros, y expresen sin chistecitos ni faramallas su indignación, si es que de verdad la sienten. 

 Nota al margen añadida el 29 de julio: no eliminaron el concurso de cuentos de El Nacional. Retrasaron su lanzamiento porque uno de los infalibles organismos del gobierno cuestionó el uso de la palabra concurso, so pena de tener que seguir los reglamentos a que están obligados los organizadores de rifas y demás actividades de entretenimiento. De manera que ya no se llama concurso de cuentos, sino jornada de cuentos. 

 'Patafísica de la mediocridad, pues.

miércoles, junio 04, 2014

FANTASMA

  No me gusta usar móviles sofisticados. Prefiero las tecnologías baratas y libres de periquitos. Con que pueda llamar a mi casa, me conformo.   

  Ayer, en un rato de ocio, puse a cargar el Nokia desportillado que me sirvió antes del Samsung de juguete que uso ahora. Cuando estuvo listo, me puse a revisar la libreta de contactos y me llevé una extraña sorpresa. La mitad (o más) de los nombres anotados en ese aparato pertenecen a personas, amigos y conocidos, que ya no viven en Venezuela.

  La gente que no está, que se fue, deja huecos por todas partes. Huecos como los que quedan en una fotografía cuando se recorta el retrato de alguien y se deja la silueta. En este caso la vida, los lugares, las calles, se llenan de huecos, de gente que estuvo y ya no está, que se fue y te dejó con los vanos, con las memoria de lo que se hizo en determinada calle, en tal casa, en tal edificio. Es así como, de pronto, te das cuenta de que vives en una ciudad (o en un país) fantasma.

  Vivir entre vanos está bien. Uno se acostumbra. Lo raro es que cada cierto tiempo me pregunto si quienes se fueron, te ven como un hueco en la fotografía de su propia y nueva realidad.

lunes, mayo 19, 2014

A.R. Penck: Rinoceronte
 Cuando oigan que alguien dice «porque más pronto que tarde» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice que «no debemos convertirnos en aquello que combatimos» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite la oración «hay que organizarse» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice algo sobre «la luz al final del túnel» fracasamos.

 Cuando oigan que alguien propone «introducir el caso ante las autoridades competentes» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «la oposición no ha hecho sino crecer» es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien sentencia «a pesar de todo, hay que sentarse a dialogar», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien dice «tenemos que hacer algo» es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre la brutalidad de los mandarines es que fracasamos.

 Cuando oigan que alguien pronuncia o escribe la palabra «polarización», fracasamos.

 Cuando oigan que alguien repite una y otra vez la palabra «inconstitucional» es que fracasamos.

 Cuando llaman a un abogado «constitucionalista» para tratar cualquier asunto es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que esperar a que la gente se desencante de esto», fracasamos.

 Cuando alguien dice cualquier cosa y remata con «de lado y lado» es que fracasamos.

 Cuando alguien repite «no hay estado de derecho» es que fracasamos.

 Cuando oigan a alguien diciendo que «tenemos que buscar otras formas de lucha» es que fracasamos.

 Cuando alguien apunta que «este no es el país que queremos» volvimos a fracasar.

 Cuando alguien propone «que todos somos hermanos y que debemos unirnos» es que fracasamos.

 Cuando alguien muy cercano les diga «estoy buscando opciones en otro lado», ya saben que fracasamos.

 Cuando alguien habla sobre «la comunidad internacional», fracasamos.

 Cuando alguien habla del «palo a la lámpara» o del «trapo rojo» es que fracasamos.

 Cuando alguien manifiesta «estamos mal, pero podemos estar peor» es que fracasamos.

 Cuando alguien sale con que «esto no es una dictadura, sino una autoritarismo con ropaje democrático», fracasamos.

 Cuando alguien menciona la existencia de una «agenda de la violencia», fracasamos. 

 Cuando alguien canta «yo me quedo en Venezuela porque soy optimista» fracasamos.

 Cuando se usa «imperio» por «Estados Unidos», fracasamos.

 Cuando alguien discute la importancia o no de «tener bolas» en el ejercicio de la política es que fracasamos.

 Cuando alguien dice algo sobre «militares institucionalistas», fracasamos.

 Cuando alguien dice que «hay que sentarse a ver cómo se comen entre ellos», fracasamos.

 Cuando alguien repite que al gobierno «se le cayó la careta democrática» es que fracasamos.   

 Cuando alguien pronuncia o escribe la palabra «tolerancia» nos encontramos ante otro fracaso.

 Cuando alguien dice «todavía no hemos aprendido nada» es que fracasamos.   

 Cuando alguien, a estas alturas, habla de que «hay que subir cerros», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «guarimbas» y las opone a «barricadas» es que fracasamos.

 Cuando alguien habla de «lo social» para arriba y de «lo social» para abajo, es que fracasamos.

 Cuando alguien dice que lo que ocurre en Venezuela es «incomprensible», fracasamos.

 Cuando alguien habla de «la derecha» y de «la izquierda» es que fracasamos.

 Cuando alguien suspira y dice «por lo menos estamos vivos», volvimos a fracasar.

martes, abril 15, 2014

«(…)»

 Podríamos discutir los detalles, devanarnos los sesos y puntualizar ciertos matices, pero este largo disparate de tres lustros ha tratado sobre la destrucción de un modo de vida para imponer otro más primitivo. 

  Lo que se ha visto en estos meses es la reacción contra esa tragedia que ha corrido de manera solapada, pero inexorable, a través de los años.

  Y ya.

  No es hora de discutir si debimos ser más cautos o menos apasionados. La máquina demoledora sigue encendida y hay que detenerla cuanto antes, no sea que el vórtice de la desintegración nos termine de tragar.

  El panorama pinta mal para todos, pero luce peor para los próceres poderosos. Pretender destruir un modo de vida sin destruirse a sí mismo es la trampa que le espera a todo émulo de Robespierre, y más en este paraíso del desorden con petróleo y buen clima. La corrupta mediocridad de los mandarines les impide ver su destino. Por eso debemos mantener la guardia en alto, no darles tregua y no dejarnos llevar por la desesperación.

«(…)» es el ideograma de un suspiro.

jueves, abril 03, 2014

LA SOLEDAD DE LOS SOLOS

Chacao; 30 de marzo de 2014
    Uno de los detalles más rudos de estos días es darse cuenta de lo solos que estamos, de lo difícil que resulta mantener conversaciones en las que reine la cordura a pesar de la diversidad de opiniones que nos producen los eventos de este largo mes y medio.

  Las diferencias más pronunciadas se encuentran entre quienes creen que todo lo que ha ocurrido se debe a una suerte de locura colectiva, de un extremismo impaciente que decidió embarcarse en una sedición contra un gobierno mañoso, y quienes creemos que todo tiene un límite, que las cosas marchan demasiado mal en Venezuela porque al país lo conduce una cáfila de mediocres que lo mantiene arruinado y en una situación de dependencia ideológica con ese alambique de desgracias que es la Cuba castrista.

  Duele no poder conversar sobre esto con serenidad. Apenas planteas tus puntos de vista, te dejan hablando solo, te dan la espalda y siguen despotricando de las protestas callejeras y reprochándote de manera indirecta que las apoyes, como si los muertos, los heridos, los apresados y vejados no te dolieran ni te produjeran profunda indignación.

  Esas discrepancias son muestras de las diferencias que mellan la unidad opositora y que no tendrían nada de particular, si la situación venezolana no fuera tan grave.

  ¿No se supone que ante la violencia desembozada que ha desplegado el gobierno, las violaciones a los derechos humanos, la censura y el desprecio a la voluntad de los electores que puede advertirse tanto en las encarcelaciones de los alcaldes de San Cristóbal y San Diego como en el veto a María Corina Machado para seguir ejerciendo su diputación en la Asamblea Nacional, deberíamos estar unidos y buscar entre todos un acuerdo que nos permita ser más eficaces contra los gorilas?

  En el bando de los demócratas hay un grupo que no acepta otras formas de lucha que no sean las del voto y las de la atildada contemporización con el verdugo. No les importa que las elecciones estén plagadas de irregularidades ni que los agentes del gobierno ejecuten todas las trampas habidas y por haber porque para estos demócratas es más importante  que los vean portándose bien que alcanzar la victoria. A su actitud le añaden el agravante de creer que están haciendo alta política y que gracias a sus buenos oficios se llega a un tipo de paz republicana que, en realidad, no es tal paz republicana, sino algo que sirve de bozal contra la inconformidad, de chantaje contra el que se queja, de aplacador contra el que cree que las cosas van muy mal y que hay que corregirlas. A estos personajes se les olvida que la libertad y la democracia no las regalan, que para conquistarlas hay que sacrificarse y, a veces, hasta hacer cosas que no son muy gratas que digamos.

  En lo que sí tienen razón estos amigos severos es en el tema de aumentar
nuestro número, en buscar la manera de rebanarle gente al chabismo. Eso sí: sin dorarle la píldora, sin necedades, sin dejar de ser quienes somos ni ofrecer lo que no tenemos ni tendremos, dado el desastre económico en que nos encontramos. El chabismo ha sido objeto de un proceso continuo de lavado mental que lo ha convertido, antes que nada, en un robot pedigüeño, en un receptor de regalos y halagos sin límites. Así que lo único que tenemos que ofrecer es esto que somos y que deberíamos empezar a limar para convertirlo en algo serio y duradero.
R.E.M. Torre Británica, Altamira; febrero de 2014
  ¿Qué hacemos entonces: seguimos así, divididos, rumorando unos de otros en los pasillos o nos juntamos y discutimos a viva voz de una vez? Porque, permítanme acotar que solos o divididos (que para el caso es lo mismo) no vamos a ninguna parte. El camino que tenemos en frente es largo y pedregoso.

jueves, marzo 27, 2014

REFUGIO

  Esta noche mi casa luce llena de humo otra vez. Sin embargo, no estoy. Me encuentro en las profundidades silenciosas de los océanos, mirando el paisaje desde la ventana principal del Nautilus.

 Sí. He vuelto a Veinte mil leguas de viaje submarino mientras rocian de odio mi calle.

  A este lugar no llegan los vahos que irritan ni los intentos desaforados de los mandarines por hacerme desistir de aquello que considero correcto.

  Aquí, al cobijo de una prodigiosa máquina imaginaria, estaré durante unos cuantos días ocupándome de mí mismo y de mi imaginación.

  Ese es mi muro inexpugnable.

  Mi hogar.

viernes, marzo 21, 2014

RECAPITULEMOS

  En estos días resulta imposible cambiar de tema. Nada de lo que hagamos nos distrae de nuestra gran preocupación. El amparo momentáneo de las pequeñas tareas no aplaca a la piraña que nos muerde las entrañas.

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  En las calles muere gente, seres humanos, vidas jóvenes, afiebradas, hambrientas de belleza. Se sacrifican porque están hartos del mareo, de la promesa de un futuro que no llega, mientras el hoy se torna cada vez más grotesco.

  Eso y nada más que eso debería ser suficiente para acompañarlos y ayudarlos en su lucha.


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  El pacifismopacifista nos pide que nos esperemos hasta las próximas elecciones, como si pudiera garantizarnos que serán limpias y justas o como si, por el solo hecho de quererlo, serán así, limpias y justas.

  El pacifismopacifista pide que trabajemos para crear una mayoría que asegure la paz y la estabilidad de la república. Díganselo a los miembros de los escuadrones motorizados que entraron hace dos días a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela y amenazaron a los estudiantes y los golpearon y los dejaron en ropa interior.

  El pacifismopacifista nos pide que trabajemos para crear una mayoría como si la democracia tratara sobre engordar encuestas.

  El pacifismopacifista pretende que confundamos no hacer nada (o hacer tonterías simbólicas) con ser pacíficos.


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  Diálogo no es (como dice Alfredo Escalante) muela y mareo.

  «Muela y mareo» es lo que aplican los mandarines cuando quieren ganar tiempo.

  «Muela y mareo» es lo que se ve en televisión mientras las calles se asfixian.

  «Muela y mareo» es lo que se oye como justificación a todos los horrores que prodigan los mandarines y sus ayudantes.

  «Muela y mareo», tiros en la cabeza, rociado de gases, planazos, perdigonazos, manguerazos, culatazos, métodos mandarines de diálogo.

  «Muela y mareo» es lo que quieren aplicar los mandarines en la versión 2014 de la mesa de negociación y acuerdos de 2002.