jueves, abril 30, 2015

DEL GUIÑO A LA MÁQUINA MENTAL O CÓMO CUENTA SUS HISTORIAS MARIO BELLATIN

 A los libros se llega cuando se tiene que llegar. La vida de cada lector tiene su propio ritmo. Unos se afanan por lo que acaba de salir de las imprentas y otros, como yo, leemos lo que buenamente nos provoca, sea viejo, nuevo, clásico o rareza desacreditada en el tremedal de modas y estilos. Dicho esto, declaro que llevo días leyendo dos libros de Mario Bellatin. Antes no había tenido el gusto. Sabía de la rareza de sus historias y de la exuberancia de las prótesis que usa para suplir la ausencia de casi todo su brazo derecho por Rafael Osío Cabrices, quien insistió en que debía fijar mi atención en el trabajo de este autor mexicano nacido en 1960.

 He tenido conmigo El gran vidrio y Tres novelas, dos libros poderosos cuyo interés radica en el diseño de un universo en el que importa más el tejido literario (es decir: el texto) que aquello que se cuenta. No me malentiendan. No quiero decir que Bellatin sea un autor de «obras experimentales» llenas de artificios. Quiero decir eso: que lo importante de estos libros (al menos en una primera lectura) no se encuentra en las historias que cuentan; está en la escritura precisa, fría y demoledora que se nos muestra inocente, cuando la vemos acostada en sus páginas.

 Pero vamos por partes. ¿Por qué interesa el texto?

 El gran vidrio contiene: «Mi piel luminosa», «La verdadera enfermedad de la sheika» y «Un personaje en apariencia moderno». Tres novelas reúne «Salón de belleza», «Jacobo el mutante» y «Bola negra». Es decir: dos volúmenes en los que se nos presentan seis relatos, a cuál más inquietante y extraño con su presentación de elementos inconexos, con personajes que cambian frente a los lectores, que en un momento son mujeres y, de pronto, pasan a ser hombres, o jóvenes que, un párrafo más allá, se transforman en ancianos... Perplejidad es la sensación más recurrente que se tiene al leer estos relatos. Perplejidad que no surge de lo fantástico ni de sus variantes, como ocurre con otros autores que cultivan el terror o la fantasmagoría. Bellatin propone un tipo de tramas irresolutas, flotantes, en las que algo de la sensibilidad lectora queda suspendido, paralizado en un limbo donde se agolpan distintas sensaciones. Ese truco (si es que podemos llamarlo así) funciona unas veces mejor que otras, depende de la novela y de lo que trate, del tipo de personajes que actúe y de las peripecias en las que se vea envuelto.

 Quisiera ahondar unos milímetros en la idea de la perplejidad y la suspensión. Hay autores que descolocan al público para luego darle un mazazo y sorprenderlo. Eso no ocurre en las historias de las que hablamos. Aquí no hay sustos ni sorpresas; hay tejido literario, escritura en la que ocurren pequeñas situaciones cuyo desarrollo a veces deshace nudos y, a veces, no. Bellatin maneja una estética del fragmento, de lo incompleto que, tengo para mí, se asocia con su brazo invisible, con esa extremidad que se completa con los garfios barrocos (auténticas esculturas) que a veces exhibe. Sus historias son como prótesis esta vez no físicas, sino espirituales, de sí mismo. En sus relatos está él, aparece, se nombra; deja claro que sus personajes son máscaras de él mismo reflejándose en un espejo imaginario. (Entre paréntesis: en «Un personaje en apariencia moderno» la mujer de treintitantos años que protagoniza la historia finge una parálisis para entrar en el metro sin tener que hacer una larga fila. De pronto, se encuentra con alguien que ella conoce: un periodista cultural. Ella masculla su mala suerte. El periodista no ve a la mujer que aparenta la atrofia muscular; ve a Mario Bellatin dando semejante espectáculo frente a un oficial de policía). Ustedes dirán que no hay sorpresa en ello, que los relatos contenidos en El gran vidrio, están agrupados además por el rótulo Tres autobiografías como subtítulo.

 Un relato es una memoria inventada, un simulacro de experiencia. En el caso de Bellatin ese simulacro tiene su lugar en la página con la sintaxis atropellada de la memoria; atropellada, fragmentaria, cambiante. El texto es el espacio donde se desarrolla esa memoria artificial. Por eso, porque reproduce las formas de la memoria, no siempre existe una relación causa-efecto en los hechos o, al menos, no una relación directa como suele ocurrir en una narrativa más tradicional. A veces, el lector se enfrenta con relatos donde ocurren hechos desconectados o que no concluyen o que apenas esbozan un paralelismo fugaz con una o varias situaciones que ocurren en la propia historia. Esa yuxtaposición, en apariencia azarosa, de eventos descoloca a más de un lector y le hace suponer que está ante a una escritura fraudulenta o frente a un narrador que no sabe lo que hace o que se encuentra, a estas alturas, (re)enamorado del surrealismo, de la literatura del absurdo y de las novelas que hablan de novelas. La pregunta que me hago frente a tales diatribas es ¿por qué toleramos la yuxtaposición con más facilidad en la poesía que en la narrativa? ¿Por qué la toleramos bien en la primera, aunque los objetos yuxtapuestos no tengan mucho que ver entre sí, y no en la segunda? Es una pregunta que cada quien debería responder.

 Tomemos como ejemplo «Bola negra», donde hay una relación directa entre las muertes del profeta Magetsu y del insecto que captura el entomólogo Endo Hiroshi. Obsérvese, además, la mención a los dientes negros de la madre del protagonista, la visita al dentista del padre, la desaparición de la última muela de la cocinera de la casa. Quienes lo hayan leído, saben que las relaciones entre esos elementos son extrañas, directas, en algunos casos y lejanas en otros, aunque siempre perturbadoras. La inquietud que producen se debe a que se alinean en una lógica que une dientes a creencias religiosas no muy explicitadas. Así el narrador nos muestra raros paralelismos, pequeñas extravagancias cuyos enlaces parecen salidos de un misticismo oscuro. Las tensiones en estos textos no se expanden desde el principio hacia el fin como ocurre en los relatos tradicionales; se extienden hacia dentro, hacia los significados ocultos de las propias palabras. Esa condición se acentúa en las historias en las que el autor añade imágenes fotográficas, como ocurre en «Jacobo el mutante». En esa novela breve las peripecias del rabino bañista se mezclan con la referencia a una novela apócrifa de Joseph Roth y a unas fotos en blanco y negro. El resultado es desconcertante. Las imágenes muestran unos paisajes anodinos en los que aparecen pequeños objetos que ayudan a crear unos vínculos apenas perceptibles con el texto. Si el lector no les presta la debida atención, no les encontrará sentido a las fotografías. Si la lectura no es todo lo abierta (lo osada, lo libre, lo desprejuiciada) que se necesita para condensar texto e imagen en un mismo proceso de comprensión, el relato pierde parte de su fuerza.


 Quizás la obra de Bellatin enjuicie nuestras creencias sobre lo que es narrar de manera efectiva o cuestione el dogma de que el designio secreto de una historia (aparte de crear un mundo autónomo y coherente) es acentuar la importancia de una determinada secuencia de eventos o la reacción emocional que producen las peripecias de unos héroes creíbles o la inexorable naturalidad con la que lo inesperado nos debería arrollar al final de una narración. Tal vez nos encontremos ante un tipo de escritura que busca otras maneras de contar, otros modos que amplíen y complementen los ya existentes, que jugueteen con ellos, que los estiren, que los reten, que los hagan funcionar a otros ritmos, que los hagan crear nuevas texturas y densidades. Eso es lo que se percibe al leer estos relatos raros que apelan a una lógica fragmentaria hecha de símbolos y a la que se accede guiándose más por un tipo de intuición desnuda que por nuestro talento deductivo. Así como existe un arte conceptual hecho de los pensamientos que suscitan las instrucciones que un artista emite (casi siempre) con precisa brevedad, Bellatin parece proponer una «ficción conceptual», que introduce pequeñas órdenes en nuestras mentes lectoras para que las imágenes que pueblan sus cuentos se «muevan» y sigan su propia lógica a contramano de la lógica cotidiana y de lo que nosotros creemos o queremos. Lo importante (lo verdaderamente importante) de su obra no ocurre en las páginas que la forman; ocurre en alguna parte oscura de nuestra intimidad de lectores quebradizos, más o menos sugestionables, prestos a dejarnos llevar por el horror y la maravilla. El folio impreso (el texto) es el vehículo del mensaje cifrado, del guiño que enciende nuestra involuntaria capacidad para asociar ideas, para aceptar las mutaciones de los personajes, de los ambientes y de las situaciones; para acatar el poder devastador de ciertas metáforas y abandonarnos a lo que haya que abandonarnos, sea esto la incertidumbre, el miedo, la sorpresa, la conmiseración o lo que sea que produzca en nosotros cada una de estas aceradas ficciones conceptuales.

martes, abril 14, 2015

EL NÚCLEO VORAZ

 Quienes desean escribir sobre cualquier asunto, deben apropiarse del tema que desean tratar; hacerlo suyo hasta convertirlo en una parte de sí mismos. Porque de eso trata este oficio: de transformar los datos en células propias para luego transmutarlas en palabras también propias, vivas, que los contengan y nos contengan; reproducir nuestra experiencia; hacer que otros vivan una cuota de su indescifrable complejidad.

 Las palabras unidas en oraciones y párrafos hablan de lo que hablan y hablan también de lo que somos y de nuestras relaciones con los eventos del mundo. Esa memoria contenida acaso encriptada— en las líneas que trazamos puede ensancharse y contener, además de las efemérides patrias o la nomenclatura de los huesos, la minuciosa gradación emocional que una experiencia nos produjo en algún instante del anchuroso pasado. De eso también trata este asunto: de dotar la expresión de palabras que comuniquen las sensaciones que hemos experimentado a lo largo de nuestros días. En ese proceso cada vocablo pierde su habitual sencillez y se convierte en un objeto tan preciso o tan mudable, tan opaco o tan brillante como se requiera.

 Lo que interesa es retratar la multiplicidad de lo vivido, entendiendo por tal aquello que nos cala y comienza a circular dentro de nosotros como un río oscuro de sensaciones dormidas. El objetivo es develar aquello que permanece debajo de la piel, guardando u ocultando su propio nombre; mostrar su volumetría, sus sombras, su densidad. Se escribe para traer de las honduras aquello que permanece inerte y fluyendo hacia el olvido, la materia residual de nuestras emociones, el cieno primigenio del que estamos hechos y que nos une a los demás, aunque no lo sepamos.

 Viajar a la noche personal es el oficio invisible, la tarea perpetua de cuyos métodos no se habla porque cada quien los ejerce como mejor puede. La soledad de los párrafos contiene las trazas de ese tránsito. No se trata de huellas exactas, de oraciones nítidas donde se declaran sin pudor afanes y agonías. Se trata, más bien, de una cualidad que adquieren las formas cuando son el producto de una búsqueda en el lugar de las sombras. Todo lo que sale de allí tiene una dignidad especial, un carácter hondo, un vacío que les permite resonar, cual eco, y hacer que aquello que signifique, lo haga en distintos niveles.

 Así como cada persona es el país por donde corre el río que arrastra las sensaciones dormidas, en cada página hay una landa dispuesta para que esa corriente distinta comience a fluir. He ahí el lugar infinitesimal donde ocurre el posible misterio de la literatura: el infradelgado silencio entre una palabra y otra, el vasto lago donde desemboca el río y se producen la transformación de las partículas en palabras, el desplazamiento y la combinatoria de los significados, el abrazo a veces díscolo entre las formas gramaticales; todo a la vez, en un instante blanco.

 En ese espacio (que también es tiempo) microscópico se forja la materia que hace único al texto, la cualidad innombrada que le da su brillo y su ritmo, que permite convertir en música el sentido de las palabras y en sentido su música.

 Así, nuestra escritura adquiere algo parecido a una vida propia capaz de irradiar aquello que deseemos que irradie: quizás belleza o dignidad o fulgor sobre algún asunto de nuestro interés.

 Lograr el dominio de las formas, volverlas materia dúctil que nos exprese… La (adictiva y siempre difícil) razón de ser de este oficio raro que nos esclaviza y nos hace felices.

martes, marzo 24, 2015

PASEO INTERIOR

 Los días corren pesados. A donde volteo, veo degollinas. Por eso me dedico a la lectura ansiosa, como no había hecho ni me había pasado antes. Leo, devoro folios, me voy de mí mismo a ratos porque la ansiedad de lo real pesa como un mar de lava. Leer me salva por instantes. El mundo arde, pero yo no estoy. Las calamidades se suceden mientras el sofá de mi sala muestra un hueco que tiene la forma de mis huesos en el acto de la lectura. No estoy. Camino por los abetos y los arces junto a Cósimo Piovasco de Rondó. Acompaño a Mario y a la sheika en la búsqueda del plomero que debe reparar la fuente de la mezquita. Veo los sapos demediados, las flores cortadas por la mitad en el mundo del vizconde de Terralba. Y no es que soy feliz en esas tierras; es que soy; me siento yo mismo, ligero, ajeno a las truculencias que llenan los días.

 Siempre me burlé de quienes hablaban de la lectura como quien hablaba de una forma laica de redención. Me parecía que exageraban, que aquello no era más que una manera barroca de referirse a una actividad sobre la que cuesta mucho disertar sin ponerse pedante. Hasta este momento de mi vida, leía porque leía, porque me gustaba, porque me dejaba llevar con fascinación a las entrañas de los libros, pero esa minúscula sed ha cambiado en los últimos tiempos. En estos meses (o quién sabe con exactitud desde cuándo), siento la necesidad de huir, de salvarme, de encontrar cobijo en mundos menos extraños que este que habito, y entonces me digo que sí, que era verdad lo que decían todos aquellos de quienes me burlaba, que la lectura salva. Sus palabras tenían razón, pero la mayoría de esos declarantes no; simplemente repetían lo que es fácil repetir: que la lectura es buena y que salva y que ayuda a que uno sea mejor persona y toda esa monserga loca e interminable que hace que casi todos los que no leen, terminen por huir de los libros.

 Pero mi caso es distinto. La salvación de la que hablo no es retórica; es real, aunque no sé si la alcanzo (creo que no). Lo que busco es suspender la acción corrosiva de esa invisible sustancia viscosa que se ha apoderado del planeta. Por instantes, muy breves, lo consigo. El efecto se acaba cuando cierro el libro. Sin embargo, algo de la lectura que funciona como una armadura mínima, queda en mí y me protege de las sorpresas que producen las conductas humanas. Leer nos hace conscientes de que, en todo momento, cualquier cosa puede ocurrir, incluso lo bueno, y eso ofrece una calma fugaz pero propicia para que el guía interior mire más allá de las apariencias y se resista a la tristeza.

 Los libros de estos días no han sido distracciones ni compañeros de solaz; han sido escudos contra la desesperación. La historia del cura sin nombre que huye de la autoridad de un país sumido en la locura, el relato de la familia cuyos integrantes fueron convertidos en monstruos, el cuento del niño al que su madre exhibía desnudo porque su piel era fosforescente, me han rescatado todos estos días; me han puesto a pensar en que no todas las vidas tienen que estar sumidas en el horror. Leer nos ayuda a ponerle nombre a aquello que nos quema, a recordar que el fuego es pasajero, que dentro de cada persona hay algo que no puede ser tocado sin que ocurran desgracias.

 La escritura tiene algo que brilla en las catástrofes: en los predios de las páginas el mundo se mueve a una velocidad distinta, a un ritmo austero que nos cobija y nos ayuda a recuperar el centro de la gallardía, un detalle esencial cuando la balsa de la vida se hunde con nosotros encima.
La tortilla es para celebrar los diez años de este blog.

martes, marzo 10, 2015

BREVES LUMBRES

 ¿Y si en el río el agua resiste a la piedra?

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 Navegar a ciegas, con los instrumentos rotos, salvo la intuición.

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 Aprender a hablar con el fuego.


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 Nombrar el olor del relámpago. 

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 Ser capaces de dar cuenta de un estado de contemplación. 

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 Dibujarnos rayas; ser la cebra.

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 Cultivar el instinto que oye música en los árboles.

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 Vivir atentos, preparados para las revelaciones mínimas.

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 La belleza de las antenas, luz contra el silencio.

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 Resistir, ser agua en vez de piedra.

sábado, febrero 07, 2015

REFLEJOS INVOLUNTARIOS

 El gran tema de estos días no es la inútil discusión entre los organizadores de elecciones y los asiduos zumbapiedras; es la posibilidad de un colapso económico que dé pie a un estallido social. ¿Qué se hace ante eso: nada? 

 Creo que es tiempo de hacer política, de explicar lo que sucede y de crear las condiciones para conducir a la población en medio del desastre. De no hacerlo, nos exponemos al vacío, y el vacío en política no existe. Al vacío lo llenan las organizaciones criminales o los militares.

 Sí. Ya sé lo que están pensando, pero dejémoslo hasta ahí.

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 Si quieres elecciones, no entorpezcas el trabajo de quienes quieren lanzar piedras.

 Si quieres lanzar piedras, no entorpezcas la labor de quienes quieren elecciones.

 Si quieres dialogar, no fastidies a quienes quieren zumbar piedras u organizar elecciones.

 (Llamemos «Unidad» a ese no atravesarse en el camino de nadie).

 El momento de hacer todo esto a la vez pasó hace años, pero como no hay nada más que hacer, hay que volverlo a hacer, pero llenándolo de contenido político. Porque eso es lo que ha faltado y sigue faltando: contenidos. 

 No hay nada más carente de contenidos que los políticos venezolanos actuales.

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 Por cierto: «contenido político» no es lo mismo que hablar de economía o de corrupción o de todo lo que no funciona en Venezuela. 

 Crear contenidos políticos supone crear consensos en torno a valores, ideas, sueños, deseos y proyectos.

 Donde se hace política sin contenidos se corre el riesgo de cometer idioteces, y, como se sabe, algunas idioteces son peligrosas.

 ¿Quién en mi país produce y difunde contenidos políticos?

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 Quiero preguntar algo.

 Vamos a elecciones pensando que ganaremos, pero las perdemos, como casi siempre.

 ¿Qué haremos? 

 La pregunta tiene interés si pensamos que lo que se pierde no es un cargo, sino los jirones de una forma de vida civilizada.

 Si las elecciones terminan refrescando a los tiranos, las elecciones no sirven, y menos si se llevan a cabo entre rapacerías, amenazas y todas esas indiscriminadas licencias que se toman los mandarines para asistir con ventajas a las contiendas electorales.

 De manera que la pregunta no es tan baladí como parece. En realidad, lo sería, si Venezuela fuera un país normal.

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 Sí. Todo lo que he dicho es obvio.

viernes, enero 16, 2015

MEDITACIONES

 Los temas pertinentes en estos días son tan espinosos como limitados. ¿Qué hacemos entonces: entramos en el tremedal o nos sustraemos a la glosa constante de aquello que nos perturba?

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 Dibujar para traducir a formas reconocibles la fugacidad de lo que vemos. Dibujar para entender el mundo, para traducirlo a movimientos del cuerpo, de los ojos, de los brazos, y dejar en un soporte físico los rastros de ese proceso. 

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 Cuando el ruido alimenta al ruido, lo mejor es callarse.

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 Todo discurso que no sea directo, exige un esfuerzo de atención. Por eso las truculencias tienen tanto éxito en un mundo maleducado y perdido.

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 Filas en todas partes. Filas frente a farmacias y supermercados. Filas a las puertas del desastre.

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 La desesperación no sirve para nada en el fin del mundo.

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 Arces, glicinias, robles, jabillos, acacias, mangos, pinos, cedros, aguacates, olivos... Los árboles imperturbables.

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 «SW6796 Blue Plate» o azul en una pared.

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 ¿Qué se hace con los bárbaros? La pregunta es pertinente porque ellos parecen saber muy bien qué hacer con los demás. 

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 Mejor dibujar... Dibujar para entender la danza de los bordes. Dibujar para recordar que somos criaturas espaciales.