miércoles, mayo 30, 2012

EMPERA
Llevo días tratando de escribir sobre Empera. Las palabras nunca vienen sin esfuerzo. Algo (un nudo ciego) las ata al otro lado. Quizás por eso, porque las palabras y mi mamá están en la otra orilla, no puedo traerlas y unirlas con facilidad en un mismo párrafo.

Haré el intento una vez más.

Empera pertenecía a otro tiempo. Para ella no había nada más importante que el buen nombre y, por supuesto, el amor a y de su familia. No quiero redundar en elogios innecesarios, en llantos que, aunque sinceros, no ayudan a retratar en toda su humanidad a mi mamá. Ni yo soy Jorge Manrique ni estas breves palabras pretenden ser una elegía en mármol.

Empera no tenía sentido del humor.  Si le contabas un chiste o compartías con ella algún sarcasmo, tenías que ofrecerle toda clase de explicaciones. No era que no entendiera (aunque en los últimos tiempos andaba sorda); era que quería cerciorarse de si en verdad tú habías querido decir lo que dijiste, porque, para ella, la palabra era sagrada.

Empera era seria. Excusen la repetición de ese adjetivo, pero es que no cabe otro. Mi mamá era seria, pero sin llegar a la sequía de ánimo. Todo lo contrario: tenía alegría, esperanza, fe. Aunque observaba con estupor el desbarranco de este mundo, creía sin ingenuidades que los seres humanos tendemos a la bondad.

Fuerte de espíritu, débil de salud, mi mamá tenía el don de oír a las personas, de hacerlas sentir bien en su compañía. Por eso entabló amistades duraderas. Yo siempre admiré la gentileza y el don de gentes que tenía Empera, cualidades que no sé cómo compaginaba con su natural circunspección. Supongo que esas cotas espirituales no están reñidas entre sí, pero su coincidencia en la misma persona siempre me maravillaron y me produjeron toda clase de interrogantes sobre cómo alguien podía ser a la vez tan cálido y tan severo, tan exigente y comprensivo.

Mi mamá no tenía nada extraño; no era «genial» como pretende ser tanta gente en esta época descocada. Era una señora de copete y peluquería, decente, conversadora, feliz abuela de dos nietos que la entretuvieron y le regalaron esas gigantescas y oraculares alegrías de las que sólo tienen noticia los abuelos.

Desde que se fue hasta hoy, acumulo cuentos y temas de conversación que no he podido compartir con nadie. Digo que los acumulo porque mi mamá y yo hablábamos todos los días. Ustedes ríanse si quieren o sorpréndanse de saber de alguien que tenía cosas que platicar con su madre más allá de los tópicos habituales relativos a dolores (propios y ajenos) y a chismes familiares. Empera y yo intercambiábamos historias y pareceres sobre cualquier cosa como lo harías con una amiga o con alguien muy cercano. Es curioso… Tenía que morirse para que yo me diera cuenta de que nuestra relación iba un punto más allá de la típica y complicada relación entre una madre y un hijo, que había algo luminoso entre nosotros, algo que no tiene otro nombre que el de la amistad.

Mi mamá falleció el 26 de marzo de este 2012.

El corazón que nunca le falló para querernos, ampararnos y tratar de comprendernos, dejó de funcionarle una mañana caraqueña, radiante y calurosa.

Media hora antes de que sucediera, conversamos por teléfono, como siempre. Hablamos mal del prójimo. Hablamos de sus nietos. Hablamos de que continuaría buscando presupuestos para operarse las cataratas que la tenían ciega. Hablamos de que la noche anterior no había sido una buena noche. Hablamos de que yo debía ir al médico y cuidarme…

Y ya.

El recuerdo de esa conversación, que fue la última (de este lado), mitiga el peso de estos días estrechos, y me pone a pensar en que hay que abrirse y seguir cultivando el amor y la decencia, aunque tengamos el planeta entero en contra.

martes, mayo 22, 2012

ÁRIDO ESTRUENDO
El ruido es una plaga sin forma. En la calle se materializa en una disfonía de taladros, cornetas y motores. En las casas se oyen los martillazos de otras casas, gritos, alarmas y equipos de sonido. Ni siquiera en la soledad de hueso que sentimos cuando cerramos los ojos, nos libramos del ruido que produce la suma de las angustias. 

Deberíamos tener párpados en las orejas. 

Y un telón en la memoria. 

Y un botón para apagar la máquina de nuestros cráneos. 

La vida ha traído inefables inventos que han esparcido el ruido por el mundo. El ruido físico y el ruido que resuena en la oscuridad del cerebro. Las diatribas macheteras que vemos día a día en nuestras pantallas líquidas son ruido disfrazado de diálogo benéfico. La bulla es como Proteo y está en todas partes. 

Las palabras han perdido su densidad; también han mutado en ruido. ¿Cómo luchar contra las iniquidades con algo que no pesa o que se confunde con el fondo que lo contiene? 

El silencio es el reverso de este presente nervioso e iracundo; ha quedado proscrito de muchas vidas porque se le considera una propiedad de la muerte o de aquello que nos hace meditar sobre la finitud de la vida. Por eso se le tapia debajo de los escombros sonoros de un universo agrio. 

El ruido es una distorsión de la conciencia que salta de los oídos a la nariz, de los oídos al tacto, de los oídos al gusto, de los oídos a los ojos. El ruido está en todas partes, obligándonos a creer que la vida es ese deforme estruendo que nos anestesia. 

Es cierto. La vida es bulla, pero también timbre y ritmo…; no esa cosa que flota entre nosotros y nos atraviesa mientras nos embrutece. 

Por eso debemos tener cuidado y no confundir los términos. El escándalo nos vuelve sordos de espíritu, zombis de los sentidos. Lo que está vivo (y se niega a entregar la guardia del silencio) busca la contemplación en aquello que le ofrece espacio, aire, claridad. 

Las artes ofrecen eso. 

La música es eso. 

Por eso son tan importantes y tan serias. 

El ruido no ofrece treguas; se apodera de todo cuanto somos y creemos; nos hace bajar la cabeza, desear frivolidades, conformarnos con chucherías. Cada quien debe engastarse en sí mismo la memoria de grandes obras. Es la única manera de contrarrestar la ruidosa marea que trata de arrastrarnos en el curso de esa corriente atorrante y destructora. 
Quien quiera por otra vía liberarse del árido estruendo, corre el peligro de hacer el ridículo o de convertirse en eso que desea desterrar. No hay más que una vida y malgastarla en el cultivo de cualquier variante del ruido resulta un crimen extraño. Es como si abandonáramos la decencia y nos entregásemos con regocijo a una oscuridad mezquina.
Por eso a esta hora enciendo mi IPod, observo las listas de mis discos y no sé si oír Complete Communion, de Don Cherry, o Quintet, de Ingebrigt Håker Flaten.

No importa.

Lo que oiga me ayudará a luchar contra el ruido de este mundo y me llevará a conocer otros universos (quizás) mejores.

lunes, mayo 14, 2012

COSAS QUE UN PADRE DEBE ENSEÑARLES A SUS HIJOS
A no ser idiotas.

A amarrarse los zapatos.

A hacerse, por lo menos, tres tipos de nudos de corbatas.

A montar bicicleta.

A manejar sincrónico.

A descubrirse a sí mismos.

A ser autónomos e independientes.

A comer sushi, percebes y kokotxas.

A sumar, restar, multiplicar, dividir y perder.

A cantar, al menos, tres canciones de Iron Maiden.

A usar cubiertos y a tener modales.

A usar una afeitadora.
Que Dios existe más allá (o más acá) de las teologías.

Que las mujeres están locas y que no hay más remedio que quererlas como son.

Que los malos también ganan.

Que la vida es efímera y el amor eterno.

Que los hombres también lloramos.

Que los hombres tenemos que tener una ocupación que mitigue nuestras ansiedades de carne, mugre y abstracción (por eso no nos gusta ir a Ikea).

Que la amistad es la forma más refinada del amor.

Que los discos se tocan con cuidado.

martes, mayo 08, 2012

Y HOY EN EL LIBRODELDÍA...
Lenín Pérez Pérez presenta su visión de La máquina clásica

jueves, mayo 03, 2012

LEER LA MENTE
Llevo días en las páginas de Leer la mente. Leo con atención y me digo a cada momento que me gusta más Volpi ensayista que Volpi novelista. Debe ser porque percibo en sus párrafos el don de explicar de manera fácil aquello que es difícil. Para cultivar ese talento natural hay que tener por dentro una extraña mezcla de imaginación y conocimientos, aparte de una enorme elocuencia capaz de hacer del lenguaje una materia tan dúctil que contenga información compleja en palabras sencillas. 

Según Volpi, la ficción es una herramienta evolutiva que le ha servido a los seres humanos para crear distintas versiones de la realidad y, a través de ellas, hacerse preguntas sobre sus propias vidas. 

En este ensayo se explica que el cerebro es un instrumento que predice el futuro comparando la experiencia presente con una serie de patrones almacenados en la memoria. Esos patrones no son otra cosa que recuerdos y que, de alguna manera, la ficción proporciona patrones que provienen de las experiencias de otros. De esa manera, el cerebro encuentra insumos para reaccionar ante los distintos estímulos a que se ve sometido cada día. 

Una pausa que contiene unas cuantas preguntas importantes: ¿los patrones o recuerdos que proporcionan los cuentos, las novelas, las películas y las obras de teatro, son artificiales? ¿O, ya convertidos en patrones a ser comparados con estímulos presentes, no importa si provienen de la experiencia directa o de un relato? En esto de la creación de patrones mentales y de su posterior comparación con la información que recién entra al cerebro, ¿cómo quedan la poesía, la pintura y la escultura? ¿Cómo queda la música? ¿Qué clase de recuerdos o patrones suponen una sonata o una improvisación al piano? Cuando hablamos de ficción, ¿hablamos únicamente de historias con tramas, personajes, enclaves, narradores y demás? ¿De qué más hablamos cuando hablamos de ficción? 

(Esas últimas preguntas no están en el libro, pero están aquí y eso es lo que importa). 

Todo este intercambio de información me trae el recuerdo de un extraordinario documento que, hace un año, me envió mi amigo Enrique Enríquez. Se trata de un diálogo entre Jacques Derrida y Ornette Coleman en el que el músico le dice al filósofo que el cerebro es una conversación, un diálogo perenne con todo cuanto nos rodea en el que nos construimos a nosotros mismos. 

Para el saxofonista y compositor, el sentido de ese cotilleo mental tiene que ver con un proceso de metamorfosis, con transformar la información que recibimos a cada momento en nueva información, con desarmar los patrones existentes y rearmarlos, creando nuevos patrones a partir de un proceso que parece espontáneo, intuitivo e improvisado, pero que, en verdad, esconde una estructura creada a partir de experiencias y conocimientos. 

La estructura a la que se refiere Ornette Coleman no es otra que la del funcionamiento del cerebro humano. 

En Leer la mente, se enuncian algunos de los comandos que forman el marco funcional sobre el que se produce la «conversación» de la que habla el maestro saxofonista: 

1) En el cerebro todo está diseñado para regir el mantenimiento de la vida y el equilibrio entre los distintos valores físicos y químicos que la permiten. 

2) El cerebro se extiende por todo el cuerpo a través de redes nerviosas que garantizan la recepción de estímulos y la devolución de respuestas variadas frente al medio. 

3) El cerebro se anticipa al futuro a partir del almacenamiento de datos del pasado. 

4) El cerebro material evoluciona y produce una conciencia inmaterial e individual que trata de expandirse y de preservarse a pesar de la inexorabilidad de la muerte. 

5) El diseño de una inteligencia social que permite la cooperación entre distintos individuos y el aprendizaje de todos a partir del intercambio de experiencias. 

La mayoría de los temas que toca este libro son de una complejidad desesperante, pero, como Jorge Volpi los trata en aras de explicar la ficción como uno de los productos más depurados del cerebro, el hermetismo y la abstracción se hacen llevaderos. Ese quizás sea uno de los grandes méritos de este ensayo: libera a la ficción del pozo de facilidad en el que la encerraron los ministros del pragmatismo y de la seriedad estéril. 

Su lectura es amena y, si lo lees con atención, terminarás lleno de preguntas. Como debe ser. 

Jorge Volpi: Leer la mente; Alfaguara; Madrid, 2011, 168 Pp. En Caracas no se consigue gracias al control de cambio y a la genialidad gerencial de quienes deberían traerlo a estos predios.

miércoles, abril 25, 2012

TRANQUILIDAD DE LECTOR
Me gusta escribir sobre libros; contar mis experiencias de lector; hacerme preguntas; compartirlas con los demás; conversar; discutir. Eso es lo que nos hace civilizados: hablar sobre asuntos que, por un lado, nos distancian de las contingencias cotidianas y, por otro, nos acercan de distintas maneras a la propia vida.

Siempre me ha parecido que hablar sobre las cuitas de Raskolnikov o sobre las andanzas de Tom Ripley no resulta muy distinto a platicar sobre las peripecias vitales de cualquiera de mis amigos. Quizás lo único que diferencie estas dos posibilidades (aparte de que una pertenece al reino de la literatura y la otra al del chisme) es que en el caso de los personajes literarios, su definición existencial se encuentra unida a las tramas narrativas a las que pertenece cada uno, mientras que la de nuestros amigos y conocidos se encuentra diluida en los accidentes y en las pequeñeces de sus propias vidas.

Igual no importa. Observamos a los demás buscando una guía para trazar el sentido de nuestra propia existencia, para ordenar el relato de nuestra vida, para aprender cómo se llama o cómo funciona eso que fluye dentro de cada uno de nosotros y que nos anega todos los días.

Para mí la literatura es eso, además de una forma de hacer nuevos amigos y de fortalecer viejas amistades. Cualquier otro uso, cualquier otra definición, se las dejo a ustedes, que seguramente son más profundos y letrados que yo.