viernes, abril 29, 2005

PRAGA

Peabody y Sherman se encontraban hoy en la Panadería “Mis Coquitos” que queda en la Roca Tarpeya. Ambos, como ha sido normal en estos días, tomaban café y conversaban de lo más animados. Esta vez Sherman le contaba a Peabody sobre su viaje a Praga.

En Praga, Sherman caminó por todas partes, se maravilló por lo hermosa que es la arquitectura de esa ciudad; visitó los lugares históricos, el centro de Praga, la casa de Kafka y la de Gustav Meyrick.

Sherman se quedó extrañado de que en la puerta de la casa de Kafka hubiera una estatua gigante de una cucaracha de bronce. Peabody se rió de la ingenuidad de su amigo, y éste continuó contando sus experiencias en una de las urbes más bellas de Europa.

Sherman habló de que allá los perros pasean a sus dueños y no al revés... Los perros sacan a sus amos para que hagan pipí y pupú, mientras ellos leen el periódico de Purina.

Y así, contando historias de ese tenor, nuestros amigos Peabody y Sherman continuaron disfrutando de la tarde en medio de la panadería de la Roca Tarpeya.

Para terminar, Sherman le preguntó a Peabody:
—¿Sabes para qué hizo Dios a los homosexuales?

—No.

—Para que lleven a las gordas a las discotecas.

miércoles, abril 27, 2005

LAS DOS MAESTRAS

El Sr. Peabody y Sherman se encontraban sentados en la panadería “la raqueta” que queda en La Castellana. Ambos conversaban muy animados. Entre cachitos y cafés con leche el Sr. Peabody le contó dos historias a Sherman. Una de ellas trataba sobre la vez en que el Sr. Peabody vivió algo nunca visto en la historia de un hombre. Resulta que, cuando era niño, Peabody estaba enamorado de su maestra.

Como es natural, Peabody describió a su maestra como una mujer muy hermosa. Sin embargo, lo más extraño de la historia arribó cuando contó que pasados los años, y siendo ya adulto, Peabody se encontró a su maestra.

Según Peabody, a pesar de la edad, su maestra seguía siendo hermosa. Él ya era un joven adulto y no podía dejar pasar esa oportunidad que le daba el destino. Así que como todo un caballerito, cortejó a su antigua maestra de quinto grado y… señoras y señores… ¡coronó!

Sherman quedó sorprendido ante semejantes revelaciones. Por eso pidió dos cachitos y dos cafés más.

El segundo relato de Peabody tuvo que ver con otra de sus maestras…

Según Peabody, dos días antes de aquel encuentro, fue al velorio de la maestra que lo enseñó el abecedario, y como Peabody es un escritor muy famoso, ahora no puede escribir. Sherman le dijo que se dejara de tonterías, que escribiese sus cuentos para que otros se diviertieran. Pero Peabody es terco… Para él es todo un drama que la maestra que lo enseñó a leer y escribir se haya muerto.

Y por eso se dedicó a seguir saliendo con la otra maestra.

lunes, abril 25, 2005

LA FIESTA DE LOS ORIFICIOS

La pornografía no me hace efecto desde que cumplí 25 años

Un borracho

Todo evento pornográfico es variación sobre un mismo tema: el sexo; sexo en todas sus formas, sexo pervertido, fogoso, por delante, por detrás, por arriba, por abajo, con hombres, mujeres, animales, muñecos, objetos, fetiches y demás variantes de lo mismo: de la piel, de los genitales, de los orificios corporales, del “old in and out” que engendra la vida toda la vida.

La pornografia es una forma de sexualidad sin celos y sin complejos. Todos lo hacen con todos y son felices, celebrándose sus hazañas. Sin embargo, y para que no queden dudas, hay que decir que no todo acto sexual es pornográfico. Para que haya pornografía debe haber una cierta malicia, una cierta travesura que se encuentra comprimida en las raíces griegas de la propia palabra que nombra el fenómeno cultural que aquí comentamos. “Pornographos” quiere decir “el que escribe sobre las prostitutas”, sobre las hetairas, heteras o, en buen cristiano, putas. Describir lo que hacen las putas o, más bien, las personas “licenciosas” (porque en este mundo hay también “putos”), lo que nos imaginamos de ellas, lo que queremos que nos hagan y lo que hacemos con uno de esos seres cuando tenemos la suerte de cruzárnoslos en el camino, es un acto siempre subversivo capaz de dinamitar, con inexplicable eficiencia, el orden del mundo. Y luego dicen que el sexo y hablar de sexo son actos sencillos como respirar, como tener tos o morirse...

Así como existe una “pornografía” en la que hubo, hay y habrá escritores dedicados a contar escenas de sexo descarnado; dibujantes, pintores prestos a pintar frescos pornográficos como los de las villas romanas; escultores listos para crear piezas con falos dignos de Priapo; fotógrafos, cineastas y programadores dispuestos a llenar la red digital de sitios “para adultos”, existe también una “pornofonía” que no sólo trata de las bandas sonoras llenas de los gemidos ficticios típicos de toda película porno, sino de que hubo, hay y habrá en todas partes alguien dispuesto a amenizar una reunión con un cuento verde extraído de su propia experiencia o de su propia fantasía. Hablar de sexo, oír las exageraciones de cama, reseñar la espectacularidad de las supuestas hazañas y creerse o no los cuentos eróticos de los otros es algo que la pornografía tradicional nunca considera de su dominio, pero seamos francos: el sexo nos mata. Queremos hablar de coitos, penes y vaginas porque son tópicos que nos preocupan. Por eso existen los bares y las compañías telefónicas que prestan el servicio de las llamadas “líneas calientes”.

El sexo, en cualquiera de sus variantes, es difícil, y la pornografía, con su eterna referencia a licenciosos, viciosos y adictos fornicadores, exhibicionistas y afines, es una manera de hacer que el sexo parezca fácil. He ahí su encanto y su trampa.

A estas alturas, es muy probable que unos cuantos se hayan reído de las afirmaciones anteriores. Quizás, luego de cerrar estas páginas, se hayan puesto a regar las matas o a ver televisión. Quién sabe. Quizás crean que el sexo es fácil, que uno anda por la vida teniendo relaciones sin conversar, sin involucrarse un mínimo con el otro, sin dar nada a cambio, sin someterse a ningún escrutinio, cuando menos, de la propia conciencia o del propio cuerpo. Tal vez piensen que el sexo es simple, tan simple como coser y cantar. Quizás lo sea para los miserables que se satisfacen solos o para aquéllos que no reparan en el prójimo, pero el sexo es complejo porque amerita interacción, y todo contacto verdadero con el otro es doloroso... Y no digan que no es así porque nadie se los creerá. Y menos si sabemos que, del Dr. Freud para acá, hay millones de sexólogos en el mundo entero que se lucran tratando y curando los traumas que los enredos del sexo producen...

Uno de los temas más complejos y más interesantes que van ligados a la actividad sexual humana es el desnudo. Para nosotros, hombres y mujeres occidentales, lo normal no es andar por la vida en cueros; es estar vestidos. La gente se viste no sólo para cubrirse del frío o de los demás elementos: cubre su cuerpo para enviar mensajes, para comunicar cosas, para decir cuán interesante, glamouroso, millonario, conservador, liberal o idiota es. En ese particular, el desnudo humano parece bastante insípido. La piel tostada de un hombre cualquiera y la constelación de pecas que en el pecho lleve una mujer hermosa jamás tendrán el poder comunicativo de una chaqueta Armani o de un taller Chanel; mucho menos tendrán la posibilidad salvadora que ofrece la piel camuflada del camaleón, de la serpiente o de ciertas mariposas. Por muchos tatuajes que usemos, el desnudo humano es, comparándolo con la piel de un tigre o de una cebra, contundente en su debilidad. Vernos al espejo desnudos es ver a un ser extraño al que, para colmo, le enseñaron que quitarse la ropa es algo que se hace en privado, que mostrar los genitales en la calle es algo impensable y hasta vergonzoso. Verse desnudo en el espejo es raro, es ver a alguien que tiene los pechos caídos, que luce una barriga demasiado prominente, que tiene demasiados pelos aquí o allá, celulitis, las piernas demasiado cortas o demasiado largas, papada o joroba y que, para colmo de males, en su bajo vientre se dibuja un órgano sexual cuyo nombre tiene decenas de pseudónimos (graciosos algunos y vulgares los más).

“...La vieja sacó de su seno una redecilla tejida de hilos de variados colores con la que rodeó mi cuello. Luego amasó con su saliva un poco de polvo que levantó en su dedo medio y, pese a mi repugnancia, me señaló con ello la frente...

Acabado este embrujo, ella me mandó escupir tres veces y echar por tres veces en mi seno unas chinas que ella había encantado anteriormente y había envuelto en púrpura, y acercando sus manos comenzó a comprobar el vigor de mis ingles. Más rápido que la palabra, el nervio obedeció a la orden recibida y llenó las manos de la vieja con su enorme sobresalto. Ella entonces, llena de alegría, dijo:
—¿Ves tú, mi querida Crisis, qué hermosa liebre he levantado yo para otros?”

Petronio: El Satiricón, Cap. CXXXI


En la mayoría de las personas, el tema del desnudo es fuente de pudores y hasta de complejos que llevan a Calvin o a María a sentirse mal si no se ven a sí mismos como el modelo de belleza que inculcan los medios de comunicación. Desnudarse en público requiere de un valor, de una libertad que no todos en este mundo de reprimidos y de enfermos de doble moral poseen. Por eso, el desnudo verdadero, el que lo muestra todo, el que deja ver los rincones más oscuros de la anatomía, el que no se avergüenza de sus imperfecciones o trabaja para corregirlas, el que se aleja del traje de baño, de la pantaletica o del sostén chiquito que cubre lo que casi no puede cubrir, es siempre subversivo, siempre libertario, siempre envidiado y siempre bienvenido entre los fisgones sin oficio. Por eso, y porque las putas trabajan desnudas, el tema de mostrar el cuerpo sin ropas va unido al de la pornografía, y el público durante siglos así lo percibió; que le pregunten a los obispos romanos que, en el siglo XVII, comisionaron al artista Danielle Da Volterra (Il bragghetone) para que pintara unos velos que cubrieran los sexos de las figuras desnudas de la Capilla Sixtina pintadas por Miguel Ángel.

El desnudo subvierte el orden desde el momento en que cuestiona el prurito según el cual exhibir lo que debería permanecer escondido supone una pérdida del honor, y no hay nada que apetezca más en este mundo que camina dando tumbos entre la libertad y la idiotez, que apostar o vender la honra para ganar dinero fácil y obtener los favores fáusticos de la vida galante. De ahí que hoy exista una gran diferencia entre el desnudo tonto que muestra partes del cuerpo, como por accidente erótico, y el desnudo pornográfico que enseña con todo detalle el culo, el vello púbico, las tetas, el pene, la vagina, los testículos, la boca, la piel... Todo.

En el desnudo pornográfico, hay algo que produce el efecto más demoledor del mundo: la exhibición desprejuiciada de un monstruo húmedo y peludo con dos labios que, como Escila y Caribdis, se tragan todo a su paso. A diferencia del desnudo calificado de erótico, el desnudo de la pornografía muestra en toda su extensión ese algo que nos imaginamos, ese fascinante instrumento engendrador de vida que tratamos de ver —con la visión de rayos X de Superman— por debajo de la ropa y de nuestros pudores. Aunque la pornografía sea una fiesta de todos los orificios corporales, el órgano sexual femenino gobierna en ese reino donde todos los huecos son hurgados. Ni siquiera el ano, con toda su carga de placeres escatológicos la mayoría de las veces desconocidos, suscita la curiosidad hipnótica que ese aleph, que ese hueco de los huecos, produce. He ahí, en ese deseo oscuro y secreto que nos impulsa a imaginar una vagina o una interacción entre nosotros y los orificios de los que nos rodean, la fuente de todo evento pornográfico.

“...¿Los descubrimientos se producen por casualidad? Nunca por casualidad. Cabral sabía muy bien a dónde iba. Uno siempre quiere descubrir algo y yo al final lo descubrí, después de muchos días. Aquel día, cuando metí el dedo en aquel canal viscoso y ardiente, que más parecía una máquina rudimentaria de trinchar carne, aquel día descubrí algo espantoso. Era la vagina dentada de los antiguos, que siempre pensé que era una ficción literaria o una invención de los apóstoles de la represión sexual, pero que estaba allí, a mi disposición, royendo mi dedo después de haber devorado mi verga. ¡La vagina dentada! ¡Cielos! Mi alma se llenó de horror...”.

Rubem Fonseca: El gran arte


La imaginación (nuestra imaginación) es el espacio donde se gesta la pornografía cada vez que algo o alguien la estimula. ¿Qué hombre no ha visto alguna vez a una mujer hermosa y se ha imaginado a sí mismo refocilándose con y en ella? ¿Quién no ha tenido fantasías eróticas con tetas y nalgas descomunales, con bocas de labios —horizontales y verticales— y lenguas prodigiosas que se pasean por todo nuestro cuerpo? ¿Qué mujer o qué “hombre al que le gustan los hombres” no le ha visto el culo a un sano espécimen y se ha visto en un trance de posesión física cercano al éxtasis y a la muerte?

La pornografía comienza en la imaginación y busca su cauce a través de cualquier medio que le permita expresarse sin que esto signifique un coito, una fornicación con el primer ente que se nos cruce en el camino. ¿De qué otra manera se explica la necesidad que todos sentimos por hablar de sexo, por contar lo que hemos visto, vivido o fantaseado? ¿Qué explicación hay para que la mitad del repertorio universal de chistes sea dedicado al tema del sexo? ¿Qué, sino un impulso pornográfico, lleva a los hombres a contar sus experiencias sexuales?

Eso nos lleva a detener nuestra reflexión y contar una breve historia protagonizada por un amigo al que llamaremos Carlos Javier para ocultar su verdadera identidad.

Un día cualquiera, Carlos Javier se encontraba en su oficina lidiando con unos enrevesados documentos que esa misma tarde debían ir a parar a un juzgado penal. Su apuro y sus cuitas laborales eran tantas que muy pronto le dijo a Flor, su vieja secretaria, que tomara nota de cualquier mensaje que le llegara durante ese mediodía porque él, aparte de almorzar, iría un momento al “banco”. Así, serio y silencioso como siempre, Carlos Javier bajó al vestíbulo de su edificio, saludó con un manoteo a los muchachos de la recepción y se fue con paso seguro hacia la calle. Allí se tropezó con los transeúntes y esperó a que el semáforo detuviera a los infinitos vehículos que a esa hora convierten en infierno a toda la ciudad. Cuando por fin cruzó la congestionada avenida, se dirigió al edificio que queda frente al suyo. Entró y se puso a esperar el ascensor. Ya en el piso quince, miró la puerta amarilla que dice “Fairchild y Asociados” y se dijo a sí mismo que la solución al dolor que sentía en el cuello estaba a un timbre de distancia.

Ligia, una hermosa mujer madura muy bien arreglada, lo recibió, le dio un beso, le dijo que pasara, que qué maravilla su presencia, que hacía tiempo no las visitaba, que él ya era de la casa y sabía cuál era el procedimiento, que si quería un whisky, que se sentase en una de las poltronas de cuero porque ya venía Amanda con el menú para que él mismo escogiera su masaje.

Al rato, cuando ya Carlos Javier se sentía a años luz de los problemas jurídicos que dejó en su despacho, apareció Amanda tallada en un bonito traje anaranjado. Ella lo saludó, le mostró el menú y escuchó la misma pregunta y el mismo monólogo que siempre hacía Carlos Javier:
—¿Qué será mejor para esa tarde: el masaje “Oriental”, el “Latino” o el “Completo”? Vamos a tomar el mismo de la otra vez.

Y Amanda se sonreía, sabiendo que las tensiones de aquel hombre elegante que daba buenas propinas desaparecerían en breve; que desaparecerían como desaparecieron cuando vino aquella primera vez en la que descubrió que con tan sólo cruzar la calle, frente a su oficina, encontraría un paraíso en el que, por un módico precio, le darían un condón, un albornoz, una mamada y un baño que lo dejaría feliz durante el resto del día; tan feliz que no dudó en llamar de inmediato a su amigo Carlos Ignacio para invitarle una copa y contarle con todo detalle cómo eran las tetas “naturales” de Amanda, cómo estuvo el combo masaje-puñeta-felación-jacuzzi, cómo era la oficina convertida en refinado sitio de lenocinio y cómo era la cara de felicidad que tendría al volver a su nido de papeles y ocupaciones aburridas. De nada vale vivir en carne propia una sesión de sexo satisfactorio si no puedes contársela a tus amigos...


Bien. Frente a un producto pornográfico cualquiera, hay muy poco que imaginar. Cuando ante nosotros se desarrolla el eterno juego de la vulva omnívora y del erguido cíclope que se comporta como una bestia feroz (pero boba), no hay nada que hacer. Sólo nos queda mirar, si es el caso, u oír, si nos lo están contando. Sólo cuando el hecho sexual ha pasado, comienza la imaginación a trabajar, a procesar esos culos desnudos que tenemos en la memoria.

A pesar de lo que digan algunos puristas pacatos, la pornografía, como todos los productos culturales que valen la pena, es una representación del mundo que estimula procesos mentales capaces de influir en la conducta de la gente, en sus manías, en sus comportamientos íntimos y sociales. Su fuerza radica en estimular el pensamiento, los recuerdos, la imaginación. De ahí que la imagen pornográfica siempre tenga público, que sea tan seductora y que nos haga detenernos ante su presencia. No importa que lo pornográfico cumpla un mismo libreto o que la calidad de los tinglados escenográficos o argumentales que lo rodean sean de segunda o de tercera. Lo que interesa es el centro de la pornografía: las variantes del coito, y además las mil y una maneras de presentarlo. Esto es tan cierto que día a día la industria pornográfica inventa géneros que supuestamente responden a las necesidades sexuales del público, cuando en verdad todo apunta a que cada género es producto de un ejercicio imaginativo cada vez más calenturiento hecho por gente que vive calculando los beneficios que obtendrían estimulando el vicio de la imaginación sexual ajena. Hoy podemos encontrar pornografía que trata de estirar por todos los medios la “normalidad” del acto sexual y los elementos que intervienen en una interacción común y corriente. De eso habla el porno sadomasoquista, el pedofílico, el zoofílico, el coprofílico, las snuff movies, las películas con las famosas chicks with dicks, las que contienen fist fucking, gang bangs (o todos contra uno), las que muestran deformidades físicas, las que incluyen “tramas”, las que se hacen llamar “softs” y pare Ud. de contar.

“...Yo, que no necesitaba ninguna invitación para ello, ligeramente embriagado por el mucho vino añejo, excitado por el perfume con el que me había embadurnado y viendo la hermosura sin tacha de la jovencita, me acuesto. Pero tenía el enorme problema de no saber cómo iba a montar a un ser humano, pues desde que me había convertido en asno no había tenido relaciones sexuales de las habituales entre asnos ni tampoco había montado a una burra. Y además me hacía sentir un miedo desmedido el pensar que la mujer, al no poder contenerme, resultara desgarrada y yo tuviera que cumplir una bonita condena por homicida.

Pero ignoraba que mis temores eran infundados. En efecto, la mujer, incitándome con muchos besos, y además apasionados, cuando vio que yo perdía ya el control, como si estuviera acostada junto a un hombre me abrazó y levantándome me recibió en su interior. Yo, cobarde de mí, estaba todavía temeroso y trataba de retroceder poco a poco, pero ella me agarraba del costado para que no me retirase y ella misma seguía a aquello que se le escapaba.

Y cuando me convencí de que la mujer todavía requería de mis servicios para su placer y disfrute, en adelante me dediqué a servirle sin temor, considerando que para nada era yo peor que el adúltero amante de Pasifae. La mujer tenía tal disposición para el sexo y era tan insaciable del placer de nuestras uniones que se pasó la noche entera conmigo...”

Luciano de Samosata: “Lucio y el asno”; Relatos fantásticos



Aparte de esa necesidad por crear nuevas variables de lo mismo, aunque éstas resulten extremas y hasta repulsivas, la industria pornográfica se caracteriza por jugar al circo; es decir: por explorar y explotar los límites normales del cuerpo humano. De ahí que existan obras pornográficas donde aparecen las más extrañas posiciones y las más raras combinaciones de participantes en el acto sexual: hombres con hombres, mujeres con mujeres, transexuales con mujeres, transexuales con transexuales y un gato, un hombre con dos mujeres, una mujer con cuatro hombres, un hombre de pie metiéndosela a una mujer de espaldas mientras le hace un cunilingüis a otra que tiene sentada entre su cuello y su pecho... El sexo espectacularizado es una actividad que se manieriza fácilmente; es un reducto de la cultura —como tantos otros— que al quitarle su carácter utilitario (la procreación), adquiere un valor estético que pocos están dispuestos a aceptar.

De todo ese mundo condenado a las catacumbas del vicio, el único elemento que no se asume con espectacularidad —a menos que se trate de otro fenómeno circense— es el pene. Si el espectador mira con atención, en todo evento pornográfico el miembro masculino actúa como el objeto que viene a horadar los orificios. Su modestia, si cabe el término, se debe a que la especie humana no concibe o, más bien, no ve como normal un pene que no funcione. Para todo hombre no existe ni puede existir un órgano sexual masculino que no funcione, que no sirva para entrar en otros cuerpos; es imperdonable. Por eso, y por razones anatómicas que hacen que el pene esté más expuesto al mundo, las vergas de los actores porno no tienen, ni de cerca, el mismo nivel que los chochos de las actrices. En el desnudo de ellas siempre hay sorpresas, rincones, detalles que nos hacen querer resolver el enigma de lo femenino. El desnudo de los hombres es siempre directo, no da lugar a la imaginación, a dudas o a misterios. Hay en él un estar ahí demasiado rotundo como para que su presencia cause sorpresa. En el cine porno, la eterna escena de eyaculación, del cum shot sobre el cuerpo o, casi siempre, sobre el rostro del otro participante de la relación (iba a decir “sobre la actriz”, pero no hay que olvidar el respeto por las “minorías”) es el único gesto “espectacular” que se le permite al pene.

“...Y no bien estaban fuera bálano, prepucio y glande cuando ya ella me estaba masturbando, pero tal como ella procedía, era más hacerme una paja que masturbarme; yo me masturbaba, ella me hacía una paja, y aunque había mucho más arte en mi modo, había efectividad en su manera porque enseguida estaba consiguiendo ese murmullo inaudible para un segundo que precede a la venida, esa agitación que viene antes de la eyaculación, ese momento en que el pene busca una penetración que no existe más que en la imaginación de su glande, la ha estado buscando hacia un coño y ahora sabe que no la conseguirá, idea fija en su prepucio que desecha, y circunciso él solo, bálano sin vagina, como con vida propia (con individualidad, en efecto) va a producir los movimientos siempre bruscos, siempre hacia arriba, siempre convulsos, que por una simpatía incomprensible del apéndice vermicular pasan al cuerpo y la agitación se generaliza, como se estaba propagando ahora en que el pene, al revés de la pila de agua de la Plaza de Alvear, se convierte en un surtidor, en regadera, fuente natural brotando, manando, regando las inmediaciones, saltando por sobre la fila delantera, finalmente en manguera que dispara en chorro hasta la impoluta pantalla, borrando a los actores, bañando a las actrices, desdibujando a los personajes (que me maten simiente), pegando en el espaldar de los asientos de adelante, cayendo sobre mis piernas, en un movimiento inverso, cada vez menos intenso, ella sosteniendo el guisopo de mi pene asperjando apenas ahora y es entonces que oigo las frases que me ha estado diciendo esta muchacha, murmurando primero, después hablando alto, luego gritando: Vas a ver...”

Guillermo Cabrera Infante: La Habana para un infante difunto



El semen es uno de los elementos de la pornografía que relacionan al sexo con el mal y lo monstruoso. Quizás sea la exposición de un fluido que debe estar dentro del cuerpo, que nunca debe aparecer fuera de la carne. Es como la exposición de la sangre: si ella aparece a la vista de todos es porque algo horrible ha sucedido. En el caso del semen, esa muestra de algo íntimo, de algo que no debe estar expuesto, genera las sensaciones más contradictorias del mundo. Por un lado, su presencia denota, como el punto final en un párrafo, la culminación de una actividad, el sello de una despedida que se supone gozosa. Por otro, el semen es, a la vez, exceso de vida al ser abundante y generoso, y señal de muerte al formar parte de algo que los hombres llevan dentro de su cuerpo al igual que las vísceras. Por eso, por la contradicción de vida y muerte, de goce y vicio, la pornografía golpea al espectador, por eso es un arte que siempre subvierte el orden de la sociedad.

Antes se decía que la pornografía era mala porque generaba malos pensamientos y perversiones extrañas. Hoy se piensa lo mismo, y se afirma que quien no tenga dos dedos de frente —o veintiún años de edad— debe exponerse a lo pornográfico. Lo peor es que los malos pensamientos vienen sin importar si se ven escenas sexuales o no... El sexo nunca es malo en sí. Lo malo radica en creer que es tan fácil como aparece en la pornografía. Y es que esa “facilidad” tiene menos que ver con el desempeño sexual (ya complejo de por sí) que con el acto siempre peligroso de relacionarnos con el prójimo.

La pornografía es, casi siempre, una religión para solitarios, para ociosos que deciden alquilar una porno o llamar a una “línea caliente” en lugar de tomarse el trabajo de salir con alguien, conversar, generar las empatías necesarias y tener sexo con vino, responsabilidad, condón y de más. Conste que ese trabajo hay que tomárselo hasta para conseguir prostitutas... Quizás ése sea uno de los verdaderos daños que produce la pornografía: el convertirnos en solitarios observadores del riesgo y de la felicidad de otros. Ante eso, la visión de una polla erecta o de un panoche húmedo es una tontería.

“...—Escucha, nena...
—¡Que te den por culo!
—Escucha, nena, contempla...

Entonces sacó el gran martillo... Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo.

Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:
—¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
—Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
—¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
—¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
—¡La estoy mirando!
—¿Pero por qué no la deseas?
—Porque estoy enamorada del Niño.
—¿Amor? —dijo Big Bart riéndose—. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!...”

Charles Bukowski: “Deje de mirarme las tetas, señor”; Se busca una mujer



Hace años un grupo de mujeres protestó porque les atrajo, como bandera feminista, la idea de que la pornografía era un producto de la cultura en el que se explotaba a la mujer. Si bien es cierto que hay de todo en la viña del Señor (y más si es malo), y hubo, hay y habrá explotadores, también es cierto que en el mundo de la pornografía se adora, se idolatra, se venera a la mujer. ¿Cómo no hacerlo si todos quieren rendirse ante sus cuerpos desnudos, ante sus escondrijos olorosos a biología? En casi todo evento pornográfico la figura femenina es la que lleva las riendas de la situación sexual; es la que se abre, la que se cierra, la que dispone y la que genera, a fin de cuentas, el interés hacia el producto pornográfico. No es casual que el estrellato de las actrices sea más duradero y más contundente que el de los actores porno. Ellas, con sus jadeos de mentira, con su desparpajo sobreactuado, su voluntario-voluntarísimo proceder y su jerarquía de supermujeres, le están diciendo al mundo que les encanta follar, y que no hay nada en este mundo que se los impida. A los hombres sólo les queda un par de opciones: decirle a todos sus amigos que ellos son los que dominan a su pareja durante la relación sexual y ver a Traci Lords, Savannah, Jenna Jameson, Asia Carrera, Danni Ashe, Linda Lovelace, Moana Pozzi, Cicciolina o Ginger Lynn (por sólo nombrar a unas cuantas putas famosas) fornicando en la pantalla como unas salvajes... Quizás en esas conversaciones quede espacio para rendirle homenaje a Ron Jeremy, John Holmes y Rocco Sifredi por haberle clavado su cuchillo a todas las actrices anteriores...

La pornografía es un reino infinito que a cada momento está a punto de desbordarse de su espacio de ficción para llenar la realidad con su vicio de fantasía. De hecho, el sexo sin ese impulso de imaginación, de perversidad, de vocación artística, puede convertirse en algo mecánico y hasta aburrido. De ahí el eterno éxito de la industria pornográfica. Algunos piensan que en ella se encuentra un respaldo para esa imaginación que no hay que perder y que hay que refrescar siempre. Por eso en los anaqueles de los clubes de video nunca falta uno reservado para la pornografía, y lo mismo sucede en los catálogos de las grandes casas editoriales del mundo, en las ofertas de la televisión por cable y en algunos horarios de la tele abierta. Necesitamos vivir nuestras fantasías sexuales y por eso cada día abren —con hermosas letras de neón rojas— más sex live shows y más tiendas donde venden condones de todos los colores, formas y sabores, artefactos para la estimulación, dildos, vibradores, máscaras de cuero, látigos, cadenas, lencería y muñecas inflables que son tan voluptuosas, tan prestas a dar y recibir placer como nos imaginamos que hacen los seres que pueblan nuestros sueños húmedos. Hay pornografía y se ofrece pornografía porque cada persona y cada hogar necesita algo, aunque sea una pizca, de ella para sobrellevar el peso de la vida aburrida que nos rodea.

domingo, abril 24, 2005

LA PLAYA DESNUDA

Todos hemos ido alguna vez a la playa. Todos hemos sentido esa rugosa e indescriptible sensación de la arena bajo nuestros pies descalzos. Todos hemos caminado por ese punto exacto donde el mar y la tierra se tocan, se revuelven, se mezclan, se hacen grumos de sal y espuma. Todos hemos disfrutado del viento que viene con el ruido de las olas, con ese mar azul e infinito que vemos desde nuestras huellas en la franja húmeda de la arena. Todos hemos vivido el calor, el pegoste salitroso, la rara dejadez que se expande entre quienes visitan la playa, como si todo el mundo cayera bajo el influjo de un narcótico que flota en el aire y siembra en la gente el abandono gozoso que disfrutamos frente al mar.

Vivimos en el cansancio. Por eso nos acercamos al océano: para librarnos del dolor que nos exaspera. Allí, en ese espacio que no es más que un paisaje de agua y polvo, nos abandonamos a un sistema de convenciones sobre el que nunca discurrimos. Asumimos como si nada la construcción de castillos de arena, el juego de tenis con raquetas de madera, acostarnos (cual milanesas hedonistas) sobre el suelo arenoso a dormir y a tomar sol durante horas. En la playa no pensamos en lo que hacemos, simplemente nos olvidamos de nosotros mismos hasta que comenzamos a formar parte del paisaje natural y del paisaje de signos que nos rodean. En esa misma geografía de piedras y palmeras se repiten cientos de actos comunicativos que están muy cerca del arte y de sus caprichos. Porque (ya a estas alturas deben haberse percatado): ir a la playa es un ejemplo de cómo vivimos y generamos situaciones artísticas sin darnos cuenta, como si el arte estuviera en otra parte (en los museos dirían los reaccionarios) y no en la propia vida.

Ir a temperar frente al mar tiene cientos de lecturas, amén de cientos de detalles que en conjunto forman un lenguaje (el lenguaje de ir a la playa). Baste ver la fruición de los cuerpos desnudos en contacto con el agua, con el aire, con la nada o con esa pequeñísima porción de ropa que se llama traje de baño. En la playa se encuentra el único lugar de nuestra cultura que permite y propicia el desnudo legal, no trasgresor ni ofensivo para nadie. Muy lejos de lo que nuestras abuelas vivieron y creyeron, la playa es hoy el espacio cultural que obliga al desnudo y, aún más: es el espacio que tolera todos los desnudos y no sólo la desnudez de los cuerpos perfectos, como ocurre en el arte tradicional y en los medios de comunicación. Frente al mar todos nos desnudamos y mostramos nuestra barriga desmedida, nuestra piel de naranja, nuestras arrugas, estrías, cicatrices y demás vergüenzas corporales. También los cuerpos agraciados y esculpidos en horas de sudoroso gimnasio muestran con orgullo sus marcas de perfección como sucede siempre, al menos en nuestras playas caribeñas, con una maravilla andante: el culo femenino, las nalgas duras de piel lisa y estirada, semejantes a grupas mecánicas, a un almacén de carne dividido en dos paredes de formas redondeadas.

El cuerpo, para el común de los mortales, es fuente de complejos y negaciones. La playa es el espacio para afirmarse, para aceptarse, para mostrarle a los otros eso que somos y que no podemos dejar de ser a menos que dejemos de comer como trogloditas, que hagamos ejercicio o que entremos, cual corderos, al quirófano de un carnicero plástico.

Frente al mar el goce del cuerpo no tiene límites. Se da allí uno de esos momentos de erotismo total. Se ve, se escucha, se huele, se toca, se saborea una serie de acontecimientos sensitivos que sólo se pueden disfrutar en ese accidente geográfico tomado por el turismo, por el descanso y por la creencia contemporánea de que el contacto con la naturaleza renueva la salud. Nada más erótico que los cuerpos untados con cremas bronceadoras, con protectores solares y con cuanto menjurje transforme, proteja o hidrate la piel. No olviden que el bronceado es metonimia de bienestar; es señal de que se ha nadado hasta convertirse en pez, de que se ha tenido tiempo para dormir a pierna suelta o leer un buen libro acostado bajo el sol. El tema del bronceado es tan importante en nuestra cultura que, desde hace años, los que no tienen el tiempo suficiente para asumir a plenitud el solaz playero, pueden acostarse durante varios minutos bajo una lámpara que tuesta la piel y genera bronceados tan duraderos como los que pueden adquirirse exponiendo el cuerpo a los rayos del sol.

En la playa se ve arte de la mejor factura en los colores de los pareos y de los trajes de baño, así como en los sabores de todas esas bebidas tildadas de “exóticas” o “tropicales”. También hay una disposición artística en los artefactos que, por lo general, utiliza la gente para divertirse: tobos y palas de plástico, salvavidas de hule, mascarillas, trajes y tanques de buceo, tablas de surf, motos acuáticas, instrumentos de pesca, botes de remos, guayaberas con flores “a la hawaiana” y un largo etcétera que casi siempre viaja con nosotros, en nuestras maletas, cada vez que nos acercamos al mar.

Ante las olas, nos acompañan dos actitudes: una tiene que ver con la contemplación de los milagros cotidianos que se suceden en la playa. La otra se centra en la voluntad de cierto tipo de turista que cifra su vivencia playera en tratar de evadir el escozor que produce la siniestra cotidianidad de la vida citadina. En el primer caso, las gaviotas, los pelícanos, los pequeños cangrejos que entran y salen de sus cuevas en la arena, las piedras y conchas, la brisa marina, la sombra que nos prodigan los cocoteros, los cirros lejanísimos, la gente chapoteando en el agua, el ruido del mar espumoso y las rocas que se vuelven polvo con los años y con los siglos, representan un gigantesco espectáculo para los sentidos. En el segundo caso es fácil ver a los bárbaros que encienden equipos de sonido a todo volumen y a los ebrios que cargan consigo una cava enorme repleta de toda clase de bebidas espirituosas, como aquella vez en que varios amigotes se fueron a la playa y se dedicaron a emborracharse hasta que uno de ellos cometió el error de beber hasta que su conciencia se difuminó. Los otros, que estaban como unas cubas también, pero no tanto como para no poder inventar una rubiera, decidieron gastarle una broma al amigo dormido. Para ello arrastraron dos palos enormes que se encontraban abandonados al lado de un malecón. También esculcaron la playa y consiguieron algunos cabos de cuerda, así como uno que otro bejuco que les sirviera a sus propósitos pervertidos. Más tarde se dieron a la tarea de utilizar toda su industria borracha para amarrar los dos palos de manera que formaran una enorme cruz. Cuando semejante tarea estuvo lista, la alcohólica hermandad decidió, entre risas, amarrar al amigo dormido a los dos palos, cual Jesucristo de los ronquidos. No contentos con atarlo a esos palos de pies y manos, le pusieron una corona de algas. Luego alzaron la cruz y la clavaron en la arena de aquella playa hereje para horror de los bañistas beatos que vieron esa tarde al Glorioso Señor del Bronceador Ilustre y de la Botella Vacía...

En la playa todos somos iguales porque estamos desnudos y porque, sin saberlo, somos los ministros de un culto solar verdaderamente profano. En él los ritos son los del cuerpo y de su manutención gozosa, ora exagerada ora comedida, pero siempre dispuesta a prodigar pequeñas felicidades a la carne que trabaja, que suda, que se esfuerza en todos los ámbitos de la vida que se alejan del mar.

La playa es sombrilla, lumbre nocturna y carpas de gente que se acerca al paisaje virgen con el único propósito de descansar. Allí, sobre la arena, las conchas de caracol y las piedras con formas monstruosas preludian la visión de otro paisaje inhóspito y salvaje que late por debajo de las aguas. Al abismo donde reside toda belleza sólo llegan en carne propia algunos privilegiados que soportan tanto silencio donde nadar y hundirse en medio de brazadas y burbujas. En el fondo del océano habitan seres que retan nuestra sapiencia; criaturas de todos los tamaños, colores y rugosidades, monstruos que no se sabe si pertenecen al reino animal o vegetal. Por eso la sima de las aguas, con toda su crueldad, es territorio fértil para la imaginación, para el horror y el asombro creadores que se sienten en los relatos protagonizados por Jonás y Luciano por los capitanes Ajab, Nemo y Cousteau, por naufragios que esconden tesoros en las más oscuras profundidades.

El fondo del mar no es de los que vamos a la playa. Para el común de los mortales esas llanuras cubiertas de corales son sólo una bella fantasmagoría de las que aparecen en televisión. El reino de los peces más extraños, de los tiburones, de las ballenas y de las ostras perladas no pertenece a la pusilanimidad de los que hacen del mar un arrullo para su sueño de arena. Todo lo que está más allá de la playa, del lado del mar, es pelea y embrujo, muerte y espuma, trabajo y peligro que se cierne en todo momento bajo el engaño de un sol abrasador, de un cielo azul y de unas nubes que dibujan formas cambiantes a cada momento. Ese paraíso mata. En él viven fauces dentadas que se tragan todo lo que encuentran a su paso.

Al ciudadano común le está reservada una playa de pocas emociones. En ella el paseo hacia la naturaleza que brinda solaz y salud es apenas una ilusión. Si la gente fuera a una playa virgen (por no decir salvaje) de verdad, no habría quioscos de pescado frito ni salvavidas a lo Baywatch. Tampoco encontraríamos vendedores de ostras ni de cerveza. Mucho menos habría peñeros que lleven turistas y carritos de helado a otros predios. Sería una playa áspera de ésas que parecen primorosas durante el día, pero que se llenan de mosquitos y aguamalas al atardecer.

El mar acompañado por el sol y una pequeña franja de tierra marcada con un cocotero es el típico paisaje que colgamos en las paredes de nuestras casas, como si el mar sólo nos ofreciera esa estampa, ese lugar común visual como espacio de sosiego. Quizás haya que proponer como “otro” paisaje marino a ése que nos figuramos y que está lleno de imágenes de todo tipo: batallas entre carabelas, buzos con escafandras, barcos balleneros, banderas piratas, paquebotes, cruceros, submarinos, islas desiertas, monstruos gigantes, civilizaciones antiguas hundidas bajo las aguas, peleas a cuchillo entre hombres y tiburones... La literatura y el cine dan para todo.

Tal vez todos los avatares de la vida valgan la pena para luego ir a purgarlos frente al océano, con una cerveza, o, en último término, frente a una pecera... con una cervecita entre manos también...

jueves, abril 21, 2005

BREVIARIO GALANTE

La literatura venezolana está llena de historias interesantes, pero ningunas como éstas que verán a continuación:

* Un loco que come hielo le pellizca las nalgas a una mujer policía.

* Un par de mafiosos dejan encerrados a un zamuro en la habitación de un hotel.

* Un sujeto inventa un cohete y termina paseando sobre Caracas con sus amiguitas.

* Un hombre armado con una escopeta acaba con una sesión de pornografía entre un enano y una estrella de televisión.

* Unos ociosos zumban un gato desde la azotea de un edificio.

* José Gregorio Hernández aparece montando bicicleta en el estacionamiento de un conjunto residencial.

* Un hombre se lamenta porque sólo le sonríen las borrachas.

* Un hombre desnudo y armado con una bola criolla acaba con una situación de rehenes en un hogar caraqueño.


Todas estas historias plagadas de humor se encuentran en BREVIARIO GALANTE, el segundo libro de cuentos de Roberto Echeto editado por la Fundación para la Cultura Urbana.


Breviario galante está a la venta en las librerías más importantes de todo el país.
Roberto Echeto (Caracas, 1970): Artista, productor de espacios radiales y escritor. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Ganador del 2do Premio del IV Salón Pirelli de Jóvenes Artistas (1999-2000). Ha colaborado con ensayos, crónicas y artículos en distintas publicaciones períodicas de circulación masiva como el diario El Nacional y la revista colombiana El Malpensante. Ha publicado dos libros de relatos: Cuentos líquidos (Ballgrub, 1997) y Breviario galante (Fundación para la Cultura Urbana, 2004).

PARA QUE NADIE SE LLAME A ENGAÑO

Si quieres ser escritor, debes saber que lo más difícil de alcanzar es un equilibrio entre el desarrollo de una capacidad autocrítica demoledora y la confianza suficiente para firmar y publicar un texto.

miércoles, abril 20, 2005

EL ARTE DE CONTAR HISTORIAS

Peabody y Sherman se encontraban en la panadería-pastelería Los tres portuguesitos que queda en Chacao. Allí, tomándose un café, nuestros amigos mantenían su consecuente coloquio vespertino. Esa tarde conversaban sobre el arte de contar historias. Para Sherman saber cómo se inspiran los escritores era todo un misterio . Por eso Peabody tomó la palabra y explicó:

—Es muy fácil, Sherman. Fíjate: aquí afuera hay tres jugadoras de kicking ball lesbianas. Hay también un indigente y un grupo de palomas comiéndose los restos de un perro caliente que se cayó al suelo —Sherman arrugó la frente y se acomodó en la silla para oír bien la explicación que le prodigaba su amigo. —Las jugadoras de kicking ball lesbianas no están haciendo nada, el indigente y las palomas tampoco... Pero imagínate qué pasaría si nosotros las pusiéramos a hacer cosas...

—¿Qué cosas? —Preguntó Sherman.

—Imagínate que las jugadoras lesbianas de kicking ball están pateando aquí mismo una pelota anaranjada con todas sus fuerzas.

—Ajá… ¡Qué feo, Peabody!

—Imaginemos que una de esas patadas hace que la pelota vuele a toda velocidad hacia el sitio donde están las palomas comiéndose los restos del perro caliente, que le caiga encima a una de ellas y la deje aplastada en el suelo mientras las otras salen volando.

—Muy buen punto.

—Imaginemos también que ahora el indigente se levanta y camina hasta donde se encuentra la paloma aplastada...

—Y cuando llega frente a ella, se agacha, la recoge y se la lleva para prepararla con un poco de sal...

—Exacto, mi querido Sherman. Veo que aprendes con rapidez.

—O sea que los cuentos están por todas partes desarmados y nosotros somos los encargados de armarlos, como quien juega con un Lego, ¿no?

—Así es. Nosotros los armamos y los aderezamos como nos dé la gana. La imaginación, Sherman, todavía es gratis.

—Ahh.

De ese modo, Peabody y Sherman continuaron conversando sobre lo humano y lo divino mientras se tomaban otro café.
Así de lenta y provechosa es la felicidad.

martes, abril 19, 2005

VENEZUELA, UN PAÍS PARA QUERER (Sergio Márquez)

* VENEZUELA ES UNA BOLSA DE SUSPIROS LLENA DE HORMIGAS POR DENTRO.

* VENEZUELA ES COMO UN SANCOCHO DENTRO DE UNA LATA DE MANTECA DONDE FLOTA UNA CABEZA HUMANA.

* VENEZUELA ES UNA MATA DE TUNA CON UN MODESS PEGADO ENCIMA.

* VENEZUELA ES UN MELANOMA EN LA PIEL DE AMÉRICA.

* VENEZUELA ES UNA CHIVERA EN DONDE, DE VEZ EN CUANDO, SUENA UNA CORNETA. (Joaquín Ortega)

* VENEZUELA ES UN GENTÍO EN UN SITIO AHÍ. (Meyer Vaismann)

* VENEZUELA ES UN DULCE ABRILLANTADO CON UN ALACRÁN ADENTRO.

* VENEZUELA ES UN ROLL DE PERNIL CON TOPPING DE GUASACACA.

* VENEZUELA ES LA CACHULOCA DEL TERROR.

* VENEZUELA ES UN 747 LLENO DE OSOS PANDA ESTRELLÁNDOSE EN EL MAR DE CHINA.

* VENEZUELA ES COMO ANDAR DESNUDO ENFUNDADO EN UNA SOTANA DE CUERO.

* VENEZUELA ES LA TRAICIÓN DE DIOS.

* VENEZUELA ES EL CADÁVER DE UN ACURE CON JERINGAS EN LOS OJOS.

* VENEZUELA ES EL MENSTRUO DE LA HISTORIA.

* VENEZUELA ES UN ZAMURO DECAPITADO EN UNA CUNETA.

* VENEZUELA ES TOMARSE UN BUCHE DE MALTA CALIENTE CON LA BOCA LLENA DE METRAS.

* VENEZUELA ES UN HOMBRE MADURO FRENTE A UN ESPEJO ESCONDIENDO SUS GENITALES MIENTRAS OYE A RUDY LA SCALA.

* VENEZUELA ES UN FESTÍN DE PERRARINA CON KOOL*AID.

* VENEZUELA ES MALARIA, MALARIA Y MÁS MALARIA.

* VENEZUELA ES UNA TORTA DE CASABE HECHA CON VIDRIO MOLIDO.

* VENEZUELA ES UN CONTAINER VARADO EN LA GUAIRA LLENO DE CHINOS INDOCUMENTADOS.

* VENEZUELA ES UN FRENAZO EN EL INTERIOR DE LA CULTURA.

* VENEZUELA ES UNA PEREZA SODOMIZANDO A UN CADETE DE LA EFOFAC.

* VENEZUELA ES EL TESTÍCULO FANTASMA DE LA AUTOCRACIA.

* VENEZUELA ES LA CONJUNTIVITIS DEL CORAZÓN.

* VENEZUELA ES EL DEDO ÍNDICE DEL ARTILLERO DEL “ENOLA GAY”.

* VENEZUELA ES COMO ESCUCHAR UN DESFILE MILITAR POR RADIO.

* VENEZUELA ES UNA CADENA DE ORO ENSANGRENTADA DENTRO DEL BUCHE DE UN MALANDRO.

* VENEZUELA ES EL GOLDFILLED DE LA MISERIA.

* VENEZUELA ES UN DRY MARTINI HECHO CON LIGA DE FRENOS.

* VENEZUELA ES UN FETO ABANDONADO EN UN ESTACIONAMIENTO DENTRO DE UNA CAVA DE ANIME.

* VENEZUELA ES LA GUINDA EN EL BANANA SPLIT DE LA OSCURIDAD.

* VENEZUELA ES COMO UN CIRUJANO PLÁSTICO PERUANO GRADUADO POR INTERNET.

* VENEZUELA ES EL TALK SHOW DE LA IGNOMINIA.

* VENEZUELA ES EL DINOSAURIO BARNEY SELLANDO UN CUADRO DEL 5 Y 6.

* VENEZUELA ES UN TRAVESTI JUGANDO BOWLING EN TACONES.

* VENEZUELA ES UN JABÓN AZUL LLENO DE PELOS TIRADO EN UNA PLATABANDA.

* VENEZUELA ES EL TAMAGOTCHI DE LA IRA DEL SEÑOR.

* VENEZUELA ES UNA LOBOTOMÍA FRONTAL PRACTICADA CON UN LÁPIZ MONGOL N° 2.

* VENEZUELA ES UN DICCIONARIO DE BOLSILLO AL QUE LE FALTA LA LETRA “V”.

* VENEZUELA ES UN CHINGO CANTANDO KARAOKE.

* VENEZUELA ES EL PARASISTEMA INMARCESCIBLE DEL FRACASO.

* VENEZUELA ES EL “LOUVRE” DE LA MÁS PURA Y LUMINOSA IGNORANCIA.

* VENEZUELA ES UNA MODELO MUERTA TAPADA CON LAS TAZAS CROMADAS DE UN LTD LANDAU.

* VENEZUELA ES UN FRASCO SEMIVACÍO DE MAYONESA CON UNA RATA ASFIXIADA DENTRO.

* VENEZUELA ES EL MANUAL DE CARREÑO LEÍDO AL REVÉS POR SATANÁS.

* VENEZUELA ES UN COCHINO PADROTE COMIÉNDOSE UN TOBLERONE.

* VENEZUELA ES LA CABEZA DE UNA MUÑECA ENVUELTA EN UN PAÑAL CAGADO, TIRADO EN EL FONDO DE UNA QUEBRADA.

* VENEZUELA ES UN CONDÓN RECICLADO.

* VENEZUELA ES UNA GUANABANA FERMENTADA REVENTADA SOBRE EL ASFALTO.

* VENEZUELA ES PALUDISMO, PALUDISMO Y MÁS PALUDISMO.

* VENEZUELA ES UN SUPOSITORIO DE CREOLINA PARA EL ALMA.

* VENEZUELA ES UN MUÑECO DE SILENCIADORES HERMAFRODITA.

* VENEZUELA ES UN TUMBARRANCHO PSICODÉLICO.

* VENEZUELA ES EL AFRO QUE ADORNA LA TESTA DE BEHEMOTH.

* VENEZUELA ES UN TEPUY INVADIDO POR DAMNIFICADOS.

* VENEZUELA ES UN INTESTINO RELLENO DE CEREZAS MARRASCHINO.

* VENEZUELA ES UN INCESTO ENTRE HERMANOS VARONES.

* VENEZUELA ES UNA TORRE PETROLERA QUE ESCUPE PÚS.

* VENEZUELA ES LA SINAPSIS DE RICARDO ARJONA.

* VENEZUELA ES UNA ORGÍA DE PELLEJOS.

* VENEZUELA ES LA ÚNICA LICORERÍA GAY ATENDIDA POR SUS PROPIOS DUEÑOS.

* VENEZUELA ES UN BORRACHO EMPANIZADO A LA ORILLA DE UNA PLAYA ABRAZANDO UN LEBRANCHE.

* VENEZUELA ES UN ORZUELO EN LA MEMORIA.

* VENEZUELA ES LA PEPA DE GUÁSIMO SOBRE LA CUAL ALGÚN DÍA RESBALARÁ TU ALMA.

* VENEZUELA ES UN CARBURADOR DE MALIBÚ 82 PUESTO EN LA VITRINA DE UNA FARMACIA.

* VENEZUELA ES UN PROFITEROLE DE TRES CABEZAS.

* VENEZUELA ES UN VIEJO CON UN BLUYÍN NEVADO BRINCAPOZO MONTADO POR LAS COSTILLAS.

* VENEZUELA ES UN RABIPELAO SACANDO UN CONEJO DE UNA CHISTERA.

* VENEZUELA ES DENGUE, DENGUE Y MÁS DENGUE.

* VENEZUELA ES UN BAJANTE DE BASURA TAPADO QUE HUELE A RECIÉN NACIDO.

* VENEZUELA ES UNA MEDIA DE NYLON LLENA DE TITIAROS PODRIDOS.

* VENEZUELA ES MUSIUITO CORRIENDO DESNUDO POR LA AUTOPISTA DEL ESTE A LAS TRES DE LA MAÑANA.

* VENEZUELA ES TOTONA.

Sergio Márquez /2005.

viernes, abril 15, 2005

MIERDA DE DRAGÓN; COLMILLOS DE FIERA

Un dragón azotaba las regiones equinocciales. Los pueblos del lugar vivían aterrados ante la presencia de esos monstruos capaces de quemarlo todo a su paso... Si bien era cierto que el pánico incendiario era el ingrediente principal de la relación entre la gente y el saurio volador, había otro detalle que enturbiaba aquella extraña convivencia.

El dragón se la pasaba volando por las cercanías de estos caseríos y la verdad es que a la gente no le importaban tanto los incendios como las desmesuradas cagadas que esos engendros dejaban caer desde el aire.

Por si fuera poco, y para mayor molestia de los habitantes de las regiones equinocciales, los cagajones de los dragones tenían hocico y dentadura, y se la pasaban mordiéndole las pantorrillas a todo el que se les acercaba.

Eso es para que Uds. vean que los dragones son menos dañinos que su propio detritus y que la mierda nunca es inocente.

martes, abril 12, 2005

LEER DEMASIADO

Esta es la bella historia de Carlos Marmota Rodríguez, un oficinista que se volvió loco por culpa de leer en exceso. Hace pocos días se le vio montado en un escritorio blandiendo un bolígrafo como si fuera una espada y diciendo que él era “el contador de Montecristo”.

La insania de Carlos Marmota Rodríguez lo llevó a convertirse en el ingeniero Heathcliff de “Oficinas Borrascosas”, en el abogado Jean Val Jan de “Los Recepcionistas Miserables”, en el Doctor Ahab del “Dick, Pequod y Asociados”, en el Corredor Samsa de “Seguros Kafka” y en Fausto, el mecánico de la “Rectificadora Hermanos Goethe”.

Daba tristeza ver a Carlos Marmota Rodríguez. Todo lo que veía lo relacionaba con las novelas que había leído.

Por eso, amiguito, te recomendamos que mantengas una pequeña cuota de ignorancia en tu vida. Leer tanto es malo.

El elefante lector; 2003 Posted by Hello

lunes, abril 11, 2005

¿PARA QUÉ SIRVEN LOS ARTISTAS CONTEMPORÁNEOS?

Arte y nuevos medios

¿Pueden crearse obras de arte con los recursos que nos proporciona la nueva tecnología? La respuesta es, y será siempre, afirmativa. Si algo nos han enseñado los creadores de todas las épocas es que la necesidad humana por transformar cualquier material en productos más complejos y depurados es ilimitada. Por eso no debe extrañarnos que los medios tecnológicos despierten la curiosidad de los creadores contemporáneos. Es más: si quisiéramos encontrar una definición de lo que significa ser artista, diríamos que es la de una persona curiosa que toma los recursos que su época le ofrece para hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre la naturaleza de los materiales con los que trabaja y sobre su entorno. El arte es un largo y tortuoso camino de conocimiento.

Un artista puede utilizar cualquier medio para que el público reciba el producto de semejante labor inquisidora del orden del mundo y de la propia sensibilidad. Sin embargo, todo lo que podamos preguntarnos sobre el “arte y los nuevos lenguajes” pasa también por otras dudas que tocan tópicos tal vez menos amables que el de la función del artista en la sociedad. Una de esas preguntas tiene que ver con el hecho de que eso que llamamos “nuevos medios” no sólo no son nuevos, sino que tienen una historia fuera de la institución cultural a la que tradicionalmente llamamos Arte. Hoy hay artistas que se apoderan de recursos que pertenecían y pertenecen a otros ámbitos que por alguna razón nunca hemos considerado, en todo el sentido de la palabra, “artísticos”. En nuestro mundo hay creadores cuya obra se desarrolla desde el cine, la publicidad, las tiras cómicas, el teatro, la danza, el video, la televisión, la prensa y la literatura. Eso nos trae un interesante problema a la hora de definir los hechos y de ordenar su historia. Observar que los artistas trabajan desde hace tiempo con semejantes recursos, mezclándolos, interviniéndolos y manipulándolos, suscita algunas polémicas que tienden a convertirse en proclamas apocalípticas.

Una de tales diatribas tiene que ver con que, para mucha gente, el arte se encuentra detenido y atrapado en sus propias manías. Dicen que es una institución cultural muerta, que ya no hay artistas importantes y que para ver “obras de verdad” hay que visitar el pasado que se guarda en los museos. De todas estas afirmaciones, la única que parece acercarse a la realidad es la que habla sobre los artistas, y conste que no es porque no existan o porque no trabajen; es que la labor desde los medios contemporáneos les da un tipo de importancia, de figuración y de presencia pública distintas a las que tenían en el pasado.

Hoy es posible que el artista ni siquiera toque los materiales con los que desarrolla su obra. A aquella idea del artista-artesano que manoseaba la tela, los pinceles y los lápices, que preparaba sus propias pinturas y que armaba sus propios bastidores, se le ha sumado la idea del artista que actúa a la usanza de un gerente que manda a su equipo de profesionales a tomar fotografías, a filmar y digitalizar imágenes, a dibujar, a pintar y a crear moldes y mezclas de toda clase. En esa “nueva” manera de ser artista y de producir obras resulta difícil hablar, como hablamos en el pasado, de términos como autoría o talento, y más en un punto de la historia del arte en el que cualquier superficie (una pared, una tabla de surf, una patineta, un vestido, una lámpara o una silla) puede convertirse en formato y en objeto de manipulación estética.

En nuestro mundo los conceptos de obra y de artista dependen de un complicado sistema de convenciones culturales, económicas y sociales, según las cuales un objeto cualquiera deja el anonimato y se convierte en obra de arte. Tales convenciones tienen que ver con el grado de reconocimiento público que reciba el artista y por el valor monetario que puedan alcanzar sus producciones. Suena fácil decirlo, pero no es tan simple como parece porque: ¿qué es lo que se le concede a un “artista reconocido”? O ¿qué hace que una obra sea “valiosa”?

Para contestar semejantes preguntas debemos volver a definir lo que es un artista. Si hace unos párrafos dijimos que un artista es una persona que utiliza los recursos que su época pone a su alcance para hacerse preguntas sobre sí mismo, sobre su entorno y sobre los materiales con los que trabaja, también debemos decir que es el artista quien provee a la sociedad de nuevas y arriesgadas miradas a las cosas más simples, a los objetos más cotidianos, a las costumbres más comunes. Un artista se vuelve “reconocido” cuando sus preguntas y sus nuevas miradas golpean a la sociedad en que vive, cuando ésta no sólo acusa recibo del impacto, sino que reacciona ante él... Obviamente, hay sociedades estúpidas que no se dan cuenta —o no quieren darse cuenta— de las bofetadas que están recibiendo de parte de sus propios artistas. Con tristeza hay que decir que así son los pueblos fracasados que no le dan importancia a ninguna manifestación cultural.

Pero, volviendo al tema que nos ocupa, todo aquello que no entre en el sistema de convenciones ya mencionado, de ningún modo se considera Arte. Muchas veces el papel que cumplen hoy los artistas y los intelectuales es mostrar, contra viento y marea, que ciertos discursos tienen suficientes méritos para cumplir con tales convenciones. Por eso trabajan con la estética de otros medios; por eso producen historietas, videos, programas de radio y películas; por eso se tatúan, graban discos, producen libros, fotocopian fanzines, diseñan objetos y creen que legitiman con su trabajo la contundente existencia artística de tales discursos, cuando en verdad es al revés. El artista contemporáneo llega a medios y a discursos que son legítimos desde hace años en la cultura popular. Sólo aquel artista que sea capaz de cuestionarse a sí mismo desde esos medios y de cuestionarlos a ellos, estará haciendo un verdadero trabajo importante.

El arte tiene varias caras: una que genera la mirada transversal que puede estar en todas partes, otra que produce el star system de las legitimaciones y otra que supone que el arte es un espacio para realizar experimentos estéticos. Quizás es en esta última instancia donde la institución artística golpee con más fuerza a la cultura. Hoy es fácil ver exquisitas vallas publicitarias en las que se exhiben fotos de altísima calidad; también se pueden encontrar revistas y comerciales televisivos con un delirio y una poesía visual que ya quisieran para sí algunas obras de eso que llamamos, casi con pedantería, arte contemporáneo. Allí probablemente no haya grandes artistas tal como los conocimos en el pasado; es posible que haya grandes firmas publicitadas a la manera de marcas comerciales y que bajo ellas se amparen los talentos de decenas de verdaderos artesanos cuyos nombres sólo aparecerán en el colofón de una revista o en los créditos finales de una película. Hoy, como en la edad media, el oficio artístico visto en su dimensión artesanal depende de proyectos colectivos que convierten a cada artista en un sujeto anónimo. Si no lo creen, pregúntense cuántos fotógrafos, maquilladores, escenógrafos, diseñadores, arquitectos, músicos y escritores trabajan en una cinta de Hollywood, en la portada de un disco, en un concierto de rock o en un desfile de modas.

¿Y dónde está el arte contemporáneo?

Pese a lo que los expertos y los fanáticos digan, el arte más importante de nuestro tiempo no se encuentra en museos y galerías; se encuentra en la calle, en los centros comerciales, en la ropa de la gente, en la televisión, en el cine, en la radio, en la internet, en la publicidad, en cualquier supermercado y en todos los rincones del planeta. El poder seductor del arte (visto como una intervención sobre las formas) se ha esparcido por el mundo con una fuerza inusitada que sólo se explica por la necesidad de que todos los objetos de consumo que nos rodean estén cargados de algo que los haga parecer únicos a pesar de ser producidos bajo un sistema industrial y masivo. Hoy, por ejemplo, es fácil encontrar en una tienda cualquiera un simple cepillo de dientes, un peine o un tenedor diseñados para que simulen una dimensión espiritual, aunque hayan sido diseñados bajo variables de economía y mercadeo. Y aún más: el arte se salió de sus límites, se salió de sí mismo y de sus formatos tradicionales; quiso diseminarse en el espacio proponiendo instalaciones, obras penetrables y piezas hechas con toda clase de materiales efímeros, y terminó convertido en ciencia que decora interiores, en variante de la arquitectura, en arte que, para bien de la humanidad, vuelve más interesantes a discotecas, bares y restaurantes en el mundo entero. El arte quiso que el público interviniera, que participara y no fuese pasivo; con ello logró la expansión definitiva del arte hacia la vida cotidiana, y para demostrarlo, ahí están los karaokes, las fiestas multitudinarias con ácidos, dj’s y vj’s, los programas de radio con intervención telefónica del público, las “salas” de chats, el correo electrónico, los juegos de video, los multimedias interactivos, las máquinas de pin ball, la telefonía celular, el video digital, las teletiendas, las “líneas calientes” y un largo, larguísimo, etcétera.

Desde hace tiempo, eso que llamamos arte contemporáneo se mueve en un espacio que le da la oportunidad a cada persona de sentirse en libertad de verse a sí misma como un formato o como una obra de carne y hueso que camina por las calles y que puede decidir qué hacer consigo misma porque tiene todos los medios a su alcance. Eso nos demuestra que el arte contemporáneo se ha convertido en una prolongación de la vida, en una extensión que se hace preguntas y busca orden y coherencia. Por eso el arte (en cualquiera de sus formas) es tan importante para los que estamos vivos. Y conste que no se trata de promover la siempre sospechosa idea de que el arte “salva”; se trata de poner el acento en que una pintura, un grafiti, una película o la impresión del rostro de Jim Morrison en una franela están ahí para preguntarnos cosas, para decirnos que estamos en este precioso mundo para interrogarnos sobre nuestra propia vida y —¿por qué no?— para divertirnos.

sábado, abril 09, 2005


Groucho Posted by Hello

SHAPESHIFTER (Por Enrique Enriquez)

En septiembre del año 2001, luego de tomar dos aviones en nuestras respectivas ciudades, tras haber rebasado todos los chequeos de seguridad que la natural histeria post Torres Gemelas hizo parecer indispensables, y viajar en autobús por cuatro horas desde Ciudad de México, mi amigo Roberto Echeto y yo llegamos a Morelia, Michoacán.
Pisar el suelo de la estación de autobuses y sentir que entrabamos en una película de Robert Rodríguez fue la misma cosa. La diferencia estaba en que nosotros eramos “el mariachi”.
Roberto y yo caminamos por las calzadas de Morelia, cada uno con una bolsa tejida en la mano, ambas regalo del director del Museo Ex-Teresa. En aquellas bolsas, junto con un par de calzoncillos y un cepillo de dientes, iban nuestras armas.Llegamos a “Solaris”, una fundación dedicada a la fotografía y las artes digitales a la hora prevista. Nuestro anfitrión Juan Pablo Arroyo nos recibió cordialmente, y tras invitarnos unas tortas de mole y un agua de Jamaica, nos condujo a una sala de cine en el tercer piso de esta casa de trescientos años que desde hace poco sirve de cuartel general a Solaris. Allí nos esperaba nuestro público, ávido de escucharnos hablar sobre animación digital.
Subimos a escena bolsas en mano, nos sentamos, y en perfecta sincronía sacamos de ellas unos lentes de Groucho Marx que nos colocamos sin decir palabra. Así, transfigurados en el judío más famoso de la historia después de Jesucristo, cambiamos de forma frente a un montón de extraños como lo hacen los shamanes, los drúidas, las selkies de escocia, los hombres delfín del Amazonas, las mujeres zorro del japón y los hombres lobo de Hollywood. Tomamos nuestra “poción” de goma, nuestro peyote de plástico, y convertidos en seres de otro mundo hablamos por un par de horas de cosas muy serias ante cuarenta pares de ojos que perdieron la lubricación de tanto abrirse atónitos.
Viajamos miles de kilómetros durante días, sólo para ese momento.