jueves, junio 23, 2005


Loro recibiendo tratamiento correctivo Posted by Hello

Iris Chacón Posted by Hello

EL HOMBRE INTERMITENTE

Juan Atómico se movía rodeando con sus brincos y sus lances violentos al pobre sparring agobiado a golpes en el ring. En cada embestida del enorme boxeador, el pobre muchacho, con sus piernitas casi adolescentes, temblaba adolorido ante la vista y el silencio de Don Claudio, un empresario viejo, fúnebre y elegante que ofreció desde antaño la viva estampa del cáncer a quienes lo acompañaron en el negocio del boxeo.

Aquella tarde las cosas lucían aburridas. Juan Atómico derrumbó, como siempre, al sparring y a todos los que se pusieron los guantes para medirse con él en los combates de entrenamiento. Al mismo tiempo, un hombre gordo como de treinta años tocaba un cuatro en el rincón más oscuro del gimnasio. Una ola de calor reducía el aire a cenizas. Hacia las tres y media hizo su entrada Gorila luciendo con elegancia su máscara y un saco de lana gris. Venía jovial, sonriente, venturoso. Traía en sus manos un pequeño maletín negro y un sobre manila amarillo que dejó en una mesita frente al viejo chupado por su cigarrillo.
—¿Cómo está, Don Claudio? —Preguntó Gorila sacudiendo el sobre—. Aquí está lo que nos pidió. El jefe me dijo que se lo entregara en sus propias manos.

El viejo extendió uno de sus flacos brazos amortajados en una chaqueta oscura y atajó el delicado envío. En el ring, Juan Atómico bailoteaba burlándose del entrenador y del pobre muchacho noqueados en la lona.
—¡Don Claudio, a ver si me manda unos hombres de verdad! Éstos que me envió no comen completo —gritó el boxeador orgulloso.
—No te la eches, Juanito. El día menos pensado te atropella una gandola —repuso el gordo rasgando su instrumento.
—¿Qué quieres, Manteca? Suelta esa mierda y ponte unos guantes.

El viejo sólo miraba. Miraba a su boxeador y luego recorría con las cuencas huecas de sus ojos el techo sucio de aquel gimnasio. Cinco, diez, quince segundos le pasaron violentos en aquella actitud meditabunda. De pronto, algo le iluminó el rostro y le hizo sonreír mientras señalaba con la línea austera de su brazo a Gorila.
—¿Qué pasó, mi don? —Preguntó el duro mensajero desde su máscara, pero Don Claudio no contestó palabra. Lo único que hizo fue señalarlo y sonreírle con una mueca traviesa.

En ese momento, dos tipos vestidos de chaqueta oscura se acercaron a Gorila. Uno de ellos, el que cubría sus ojos con unos Rayban rayados, le dijo:
—Que dice el jefe que te subas al cuadrilátero.
—¿Quién? ¿Yo? —Preguntó Gorila.
—¿Quién más? —Contestó el otro de los sujetos.
—¿Yo?
—Tú mismo —y le mostró una navaja brillante que tenía empuñada en el bolsillo de la chaqueta.
—Pero, ¿y si no traje ropa?
—Eso lo arreglamos ahora mismo —dijo el de los lentes, llevándoselo a un vestidor contiguo al área donde se encontraban las gradas y el ring. En ese lugar desvistieron a Gorila, le dieron unos ridículos pantaloncillos azules que parecían de su talla y le colocaron unos guantes negros que pesaban como plomo. Cuando lo invitaron a quitarse la máscara y a dejarla colgada en un gancho de aquella sala mal iluminada, recibieron un no tan rotundo por respuesta que decidieron dejarle su rostro de hule. Así, con aquella estampa casi ridícula, salieron al cuadrilátero...
—Jefe, aquí está el hombre. No se quiso quitar la máscara. Si usted quiere se la quitamos― dijo el tipo de los lentes.
—Si me la quitan, no peleo un carajo y me voy a mi casa. ¿Ustedes creen que yo le tengo miedo a su navajita?

El viejo hizo una señal con el brazo. En realidad no le importaba para nada el hecho de que Gorila pelease con su máscara terciada en el rostro.
—¡Jefe, yo le pedí que me pusiera a pelear con un hombre de verdad, no con un mono!— Gritó Juan Atómico muerto de la risa.
—¡Ahí tienes a tu gandola! —Dijo Manteca afinando su instrumento musical.
—¡Qué gandola ni qué niño muerto! A éste también me lo despacho rápido.

Gorila se sentó en un pequeño banco que le ofrecieron en la que sería su esquina. Uno de los muchachos que le ayudó a colocarse el protector bucal se irguió como árbitro de la contienda. Cuando alguien tocó la improvisada campana hecha con una botella de Coca Cola vacía, Juan Atómico y su enmascarado contendor se fueron saltando al centro del ring. En ese instante, Gorila levantó los brazos y gritó:
—¡Un momento! ¡Paren este relajo! Yo no peleo, si no callan el cuatro.
—¡Manteca! —Espetó Atómico.
—Yo no peleo con fondos musicales. Esta vaina no es una película.
—¡Éste sí se queja! —Exclamó el de los Rayban.
—¿Qué quiere que haga, Don Claudio? A mí no me gusta la música... Además, aquí se supone que ustedes me colocaron estos guantes y estos calzoncillos para verme a mí, no al miserable fracasado que toca el cuatro.

Don Claudio miró alrededor y con una seña le pidió a Manteca que se sentara a su lado. Cuando el silencio se hizo en toda la sala, volvió a sonar la campana de la botella y al fin comenzó el combate. Gorila se cayó tres veces, pero al final le reventó la nariz a Juan Atómico y lo mandó al hospital con una hemorragia severa que avisaba fractura. Don Claudio no hizo sino reír a carcajadas hasta que tuvo que intervenir para evitar que el odio se propagara como pólvora en su gimnasio. Cuando todo estuvo arreglado, el viejo se dirigió con amabilidad a Gorila, le propinó una cachetada débil y paternal a la que agregó las gracias por haberle prodigado un rato de solaz a un inocente anciano. Luego le dijo que ya podía ponerse su ropa e irse cuando quisiera.

Gorila salió de aquel antro sintiéndose feliz de haber puesto en su sitio a un maldito afeminado de los que tanto abundan en este mundo enfermo de orgullo y estulticia salvajes.
Breviario galante; 2004.

domingo, junio 19, 2005


Roberto Echeto, Carlos Zerpa, Carlos Medina y Enrique Enriquez, Corpbanca, noviembre de 2002. Posted by Hello

UN NUEVO GÉNERO

La idea de las deponencias nació en 1997, cuando la Escuela de Filosofía de la Universidad de Los Andes nos invitó a Enrique Enríquez y a mí a participar en un Simposio Internacional de Estética que se celebró en Mérida entre el 25 y el 29 de noviembre. Nos invitaron para que conversáramos con el público sobre nuestra experiencia artística que, a la sazón, era poco tradicional y generaba más resultados polémicos que estéticos... Por esos días andábamos haciendo girar buena parte de nuestras neuronas y de nuestro trabajo alrededor de una idea muy seductora: el cruce entre el arte y los medios de comunicación, y la mejor manera que encontramos para divulgar nuestros descubrimientos en ese terreno fue organizarlo todo para transmitir un programa de radio desde el propio Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber, en el marco del III Salón Pirelli de Jóvenes Artistas.

Enrique y yo diseñamos un espacio de humor con entrevistados y distintas secciones que se llamaría Corte de Pelo. El plan era transmitirlo todos los domingos de 12 del mediodía a 1 de la tarde por 92.9 FM, el tiempo que durase el Salón Pirelli. Lo único extraño de la producción era hacer radio en vivo ahí, en pleno museo, sentados en unas sillas a la vista del público. Para resolver esa tensión y convertirla en fortaleza, Enrique y yo nos fuimos a una tienda de disfraces y nos compramos un par de pelucas de goma que utilizaríamos en cada emisión de nuestro programa desde el museo. Debo decir que recuerdo Corte de Pelo como una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida, y eso porque era la primera vez que hacía radio y porque era la primera vez que me veía dentro de los afanes del espectáculo con peluca amarilla incluida...

Desde el punto de vista de la producción, Corte de pelo fue un programa exitoso. La idea central era entrevistar a nuestro invitado y ponerlo a actuar en un radioteatro, aparte de pedirle que nos contara un cuento en el que debían aparecer dos o tres elementos que nosotros le señalábamos... Hagan ustedes el ejercicio. No es nada fácil que alguien venga y te diga que tienes que contar una historia de un minuto en la que aparezcan un camello, un asta de bandera y un par de calzoncillos...

Pues bien, por andar haciendo este tipo de gracias en el museo, Mauricio Navia, de la Escuela de Filosofía de la ULA nos invitó a su simposio. Allí nos vimos en la obligación de escribir algo que justificara la auténtica amabilidad que esos profesores nos prodigaron al invitarnos a ese serísimo encuentro de filósofos. Desde un principio, Enrique y yo estuvimos de acuerdo en todo lo que queríamos decir. El contenido de nuestra participación no nos preocupaba. El problema era cómo divulgarlo sin la típica aridez que despliegan todos los conferencistas y todos los académicos que preparan un material muy bien escrito durante un rato que se hace más o menos eterno, dependiendo de lo fastidioso del tópico tratado. Después de darle vueltas al asunto, nos dimos cuenta de que la mejor manera de participar en ese evento era haciendo lo mismo que hacíamos todos los domingos en la radio. La única diferencia es que esta vez prepararíamos un guión para ser leído en su totalidad, sin improvisaciones ni espacios en blanco. El éxito de lo que íbamos a hacer dependía del equilibrio entre el texto, que para nosotros debía ser a la vez denso y chistoso, y la entonación con la que lo leeríamos. Así nuestra presentación estaría a tono con lo que estábamos postulando y haríamos algo que no aburriera al público. Quizás en este último punto radique el principal encanto de las deponencias. El hecho de estar diseñadas para no aburrir hacen que su lectura en público (en medio de conferencistas, panelistas, moderadores y demás intelectuales de oficio) sea tomada siempre con regocijo. Además, en ellas siempre existe espacio para la reflexión seria, para la parodia de otros géneros, para el comentario agudo y para el cuento.

En el fondo, “nuestro invento” no es más que una variante del guión radiofónico, de la ponencia, del performance y del discurso público típico de políticos y autoridades en general. Sin embargo, lo que le da fuerza es tener elementos de todos esos géneros y no ser propiamente ninguno de ellos. Al final las dos cosas que terminan de darle vida propia a las deponencias son el elemento humorístico y el deseo de decir verdades desnudas (o con poca ropa) en vivo, en un espacio donde mucha gente las oiga. Por eso le pusimos ese nombre: “deponencias”... En el fondo hay un deseo morboso, casi escatológico, por decir barbaridades, por mezclar géneros, por divulgar mensajes que por igual se manejan en distintos registros y se adaptan a distintos públicos.


Primera deponencia
27 de noviembre de 1997
Centro Cultural Tulio Febres Cordero, Mérida, Venezuela

Enrique: Señores representantes de las autoridades universitarias.

Roberto: Comité organizador del Simposio Internacional de Estética.

Enrique: Ponentes que han venido del exterior.

Roberto: O los que vinieron por Venezuela como Zapato 3 en el concierto de Soda Stereo...

Enrique: Filósofos en uso o en desuso.

Roberto: Investigadores fatigables o infatigables.

Enrique: Artistas curados o sin curar.

Roberto: Curadores en busca de cariño.

Enrique: Fanáticos del Magallanes.

Roberto: Fanáticos del Caracas.

Enrique: Estudiantes interesados.

Roberto: Estudiantes obligados a venir.

Enrique
: Autoridades en lo civil.

Roberto: Autoridades en lo contencioso administrativo...

Enrique: Ánima de Lady Di...

Enrique y Roberto: ¡Buenas días!

Enrique: Antes de proseguir, les recordamos a todos aquéllos que nos escuchan aquí, en vivo y directo, desde el Centro Cultural Tulio Febres Cordero...

Roberto: En este Simposio Internacional de Estética...

Enrique: Que esta deponencia llega a ustedes gracias a Estética Magalys...

Roberto: Lo mejor en limpieza de cutis, masaje y depilación con cera fría.

Enrique: Esta deponencia también llega a ustedes gracias a CAAAARNE.

Roberto: Una publicación que circula mensualmente encartada en el periódico Urbe porque “chaborro es vanguardia”.

Enrique: Y que trata de constituirse en un espacio disponible para todo aquél que esté interesado en la idea de un cruce entre la noción de artes plásticas y los medios de comunicación.

Roberto: ¿Para qué vamos a ir a un museo, si en una revista hay imágenes y sensaciones más fuertes y más reveladoras que en una exposición tradicional?

Enrique: Y nadie te dice que no se puede fumar.

Roberto: Además, una revista es más barata que una obra de Eugenio Espinoza.

Enrique: CARNE también tiene para ustedes los Productos Carne, diseñados por el Profesor Joaquín Ortega en el FCI (Frankfurter Carne Institute) en su sede de Mucurubá.

Roberto: Productos Carne tiene para usted el Esteticómetro...

Enrique: El único medidor de vivencias estéticas que usted puede conectar a la obra de arte y saber cuánta densidad poética está sintiendo al encararse con aquella propuesta.

Roberto: Este artefacto funciona con dos bornes, una agujita y un medidor que le indicarán si usted debe tomarse un Lexotanil para no morirse contagiado por la angustia del hombre contemporáneo ante la soledad del espacio pictórico.

Enrique: Y bien amigos, ya entrando en materia nos pidieron que viniéramos aquí a hablar de arte y estética y no sabemos si podemos hacerlo.

Roberto
: Sobre todo porque yo, desde chiquito, no he visto nada de eso en este país.

Enrique: Vemos sí, un gran interés de algunos sujetos tal vez poco aptos para estudiar ingeniería, medicina o contabilidad...

Roberto: Que nos han montado un gran simulacro de movimiento cultural, igualito al de cualquier otro país del mundo.

Enrique: No sabemos si nadie, en un país como éste, necesita pintores ni danzarinas de ballet, pues pensamos que tal vez su existencia sólo se explique a través de un fenómeno al que hemos dado en llamar el “Síndrome del ñame y la sandalia”.

Roberto: Desde hace algo más de un año, la moda ha decretado de buen gusto el que las mujeres usen unas sandalias de escasísimo cuero y elevados tacones, cosa que ha sido asumida por nuestras damas con rapidez y regocijo, supongo que un poco por nuestros calores...

Enrique: Y otro tanto porque de algún modo esta prenda repotencia a la “mamita” que cada uno lleva adentro.

Roberto: Pues bien, a nosotros nos llama la atención que este objeto tenga un poder tan definitivo a la hora de legitimar “la belleza” de una dama, que su uso llega a pasar inclusive por encima de la más mínima noción estética.

Enrique: Con espeluznante frecuencia, se topa uno con mujeres en la calle cuyos juanetes optan fácilmente a la categoría de sexto dedo y que sin embargo portan unas sandalias lo más descubiertas posibles, dejando ver unos pies que aclaran completamente la figura metafórica del ñame.

Roberto
: Y nos resulta sumamente curioso este modo de pensar en el que se asume sin revisarlo dos veces que al portar una sandalia ya se es bella, aun cuando se oponga ese concepto de belleza a la noción estética que supuestamente venden esos mismos objetos de consumo; o que al andar con el ombligo afuera ya se encaja con el patrón estético imperante, independientemente de si se tiene grasa en la barriga.

Enrique: O que al cumplir con un horario de trabajo ya se trabaja; o que si tenemos ópera, pintores, escultores, libros y ballet, tenemos actividad cultural.

Roberto: Si intentásemos leer al país desde las manifestaciones artísticas que en él han sucedido...

Enrique: Tendríamos una radiografía perfecta de cómo es París o Nueva York, pero nunca podríamos desentrañar cuál es la verdadera naturaleza de lo venezolano.

Roberto: A menos que nos contentemos con diagnosticarnos como un país eternamente dependiente y por lo tanto estéril en lo cultural.

Enrique: Espérate, Roberto, recuerda que en estas conferencias siempre es bueno citar a alguien.

Roberto: Bueno, entonces... como dijo Charlton Heston en la última escena del Planeta de los Simios: “Lo hicieron, malditos, lo hicieron”.

Enrique: En todo caso, si nos permitimos toda esta digresión signada por la moda es porque vemos en esa actitud algo que conspira contra la posibilidad de que nuestros objetos artísticos devengan en productos culturales. Para seguir citando, como dijo Sadel en Hojas Mustias: “estamos sentenciados en el foso del olvido”.

Roberto: Un producto cultural es un objeto comunicativo y mercadeable, capaz por sí solo y por el ordenamiento de sus formas de hablar de la sociedad que lo genera.

Enrique: En Venezuela los artistas fabricamos objetos artísticos sustentados en la premisa de legitimarnos como artistas, de que nos crean. Hacemos lo mismo que se hace en otras partes y manejamos los mismos códigos y materiales para parecer tan artistas como los de aquellos países que veneramos. Venezuela es la Etiopía de las ideas.

Roberto: Nosotros dos no estamos muy seguros de poder hablar de “esa cultura” porque no estamos interesados en ese proceso de legitimación personal.

Enrique
: Nos interesa la idea de producto cultural como una herramienta que ayude al individuo a relacionarse con su contexto, llámese éste nación, país, territorio, hogar...

Roberto: Nos interesa la idea de producto cultural como herramienta fundamental en la confección de la noción de identidad.

Enrique: Un producto artístico siempre llama a lo poético, a lo inaprensible, a lo yermo.

Roberto: En cambio, un producto cultural es algo mucho más complejo. Su ambición no es apenas generar un goce estético, sino el aglutinar una serie de valores (históricos, tradicionales, culturales) con los que un grupo humano se sienta plenamente identificado.

Enrique: Los países medianamente organizados poseen elementos que le permiten al individuo común sentirse parte de un espíritu colectivo con una manera de ver el mundo; en fin, le da un criterio de pertenencia a una nación.

Roberto: ¿Y nosotros aquí qué producimos?

Enrique: Nosotros sólo producimos la negación de lo que produjimos, o como diría Charles Chaplin:

Silencio. Roberto y Enrique se limitan a abrir la boca y a no decir nada durante unos cuantos segundos. Luego comienzan a leer...

Roberto: En ese contexto de nada, sólo pueden surgir manifestaciones espontáneas pero inocuas y débiles a la hora de cargar consigo la responsabilidad de representar una cultura.

Enrique: Como por ejemplo, la pasión venezolana por la fiesta, el único elemento que homologa nuestros intereses. El único proyecto colectivo exitoso y sostenido a lo largo de años.

Roberto: A ese respecto, y como diría el Doctor en Ciencias Políticas Carlos Abreu: “fichera fea se muere de hambre”.

Enrique: Y bueno, amigos, no olviden que esta deponencia es cortesía de Tomás Beteta, Doctor en Cirugía Estética...

Roberto: Que no se diga que Beteta dejó sola a una dama en su lucha por sus lolas...

Enrique: ¡Muchacho, vas a tener que ir a la Bienal de Literatura, aquí mismo en la Mariano Picón Salas!

Roberto: Y volviendo al tema...

Enrique: Tal vez en Venezuela no haya malos artistas o autores, sino malos publicistas. Malos especialistas en el trabajo de potenciar esas manifestaciones artísticas para amplificarlas y situarlas en capacidad de oponerse a la avalancha de productos culturales foráneos.

Roberto: La herencia izquierdosa de nuestros intelectuales, que los ha llevado a desdeñar los medios de comunicación y a verlos como elementos satánicos, nos ha situado en la posición de consumidores de cultura, de eterno público.

Enrique: O como diría Oscar Yanes; “de asomados”.

Roberto: Se nos ocurre pensar que, asumiendo los medios de comunicación como material a ser intervenido por el artista, estaremos en capacidad de amplificar la figura del creador como constructor de conciencia.

Enrique: Lamentablemente, nuestros creadores e intelectuales no están entrenados para insertarse en los medios de comunicación.

Roberto: ¿Pueden imaginarse a un filósofo conduciendo un programa de radio o de televisión?

Enrique: ¿Te imaginas a un filósofo narrando un partido de béisbol, o una pelea?

Roberto: Aquélla donde Tyson le arrancó la oreja a Hollyfield, para citar a Carlos Zerpa...

Enrique: Sería algo así (poner voz de filósofo): En el inconmensurable tropos poiético y poético del cuadrilátero cuadrado, están, o más bien son (porque una cosa es ser y otra estar) los dos gladiadores, descosiendo la meta-costura de sus guantes densos y acompasados al son del movimiento telúrico y metempsicótico de los brazos...

Roberto: Que golpean transvanguardística y metafóricamente a la conciencia vivencial, vívida y yuxtapuesta del oponente antitético.

Enrique: De pronto, Tyson abraza y constriñe el ser y la nada post ontológica del verbo hecho carne del pobre Hollyfield...

Roberto: Y le muerde epicúreamente el lóbulo de la oreja dionisíaca y luego la expectora y la esputa con soberbia hibris...

Enrique: Y lo peor es que está hablando de un negro que se comió a otro negro.

Roberto: ¿Por qué crees tú que aquí en Venezuela nunca veremos una valla gigante en la autopista con la cara de Rafael Cadenas anunciando su nuevo libro de poemas?

Enrique: La respuesta que un típico intelectual venezolano daría a esa pregunta es que eso no es así en ningún otro lugar del mundo, y que como eso no pasa allá, no tiene por qué pasar aquí.

Roberto: El problema es que nos negamos a imaginarnos el mundo distinto a como es.

Enrique: Esa es la perfecta definición del bruto.

Roberto: ¿Cuál?

Enrique: La incapacidad de desprendernos de los paradigmas.

Roberto: Como diría Cirilo, el negrito de Carrusel (en mexicano): “nooo, yo decía”...

Enrique: Concretando, en un contexto de fin de siglo donde para algunos la noción de goce estético ha mutado del goce individual frente a la obra de arte a una experiencia de goce compartido que nos hace sentir parte de “algo”, se hace inevitable revisar la idea de objeto artístico y confrontarla con la idea de modelo de comunicación.

Roberto: El objeto artístico está hecho en la soledad y lamentablemente va a parar a la soledad. No necesita un modelo de comunicación a través del cual vehicularse. En cambio, el producto cultural vive y se hace desde una estructura mediática sin la cual pierde toda fuerza y todo interés.

Enrique: Un objeto artístico posee una significación poética individual innegable, pero estructuralmente es incapaz de trascender esa individualidad. Un buen producto cultural, para ser asumido como tal, debe poseer una significación estética (si quiere ser leído desde ese punto de vista), pero estructuralmente trasciende lo individual y reformula la relevancia del fenómeno cultural frente al individuo y a lo cotidiano.

Roberto: Tómese como ejemplo Los Simpsons. En esa serie (o si se prefiere, en ese producto cultural) el trabajo sobre las formas (el trabajo estético) es de una calidad innegable y a la vez, su valor comunicativo tiene la fuerza suficiente para aglutinar los valores de casi todo el mundo occidental...

Enrique: Curiosamente partiendo de un discurso absolutamente local... El creador venezolano desdeña lo local; desdeña su propio entorno como sujeto y objeto de su reflexión; habla de lo universal como punto de partida y al final genera productos frágiles.

Roberto: Los Simpsons es un producto universal construido sobre la base de referencias locales.

Enrique: Incluso podríamos afirmar que Los Simpsons constituye una manifestación cultural costumbrista...

Roberto: Que al ser vehiculado a través de un sistema de medios de comunicación de un país que le da importancia a los medios, es capaz de seducir a cualquier individuo del planeta.

Enrique: Esa seducción se puede constatar, aparte de la maravillosa serie televisiva, en cachuchas, franelas, juegos de video, vasos, discos y cuanta chuchería sea posible imaginar.

Roberto: Como dijo Neil Armstrong: “Échate Irudoid”.

Enrique: En Venezuela los medios de comunicación están desatendidos.

Roberto: Están en manos de gerentes y de periodistas que subestiman al público...

Enrique: No hay conciencia verdadera de su alcance; se supone que apenas sirven para informar y recrear...

Roberto: Dejan vacío el espacio y se convierten en amplificadores ideológicos de estructuras de poder más organizadas que la nuestra.

Enrique: Ni los gerentes ni los dueños de medios ni el poder político venezolano se han percatado de que quien dicta al individuo lo debe esperar de la realidad, y cómo debe relacionarse con ella, es el medio de comunicación.

Roberto: Y como aquí nadie está preocupado por eso, ese control viene desde afuera.

Enrique: Sólo así se explica que en Maracaibo haya galanes que usen chaquetas de lana.

Roberto: Y que invariablemente todas las mujeres piensen que están gordas porque no son como las muchachas de Bay Watch.

Enrique: Por citar sólo dos ejemplos tontos.

Roberto: Sólo puede calificarse como un gesto irresponsable la ausencia de intelectuales en los medios de comunicación.

Enrique: De irresponsabilidad y de comodidad.

Roberto: Nos resistimos a imaginarnos al artista como un sujeto dedicado a la decoración de interiores...

Enrique: Lo suponemos idóneo, por su entrenamiento y por su sensibilidad, para influir sobre la calidad de los mensajes que se transmiten a través de los medios.

Roberto: La responsabilidad de la pobreza formal y conceptual e nuestros medios de comunicación...

Enrique: Y por lo tanto del carácter frustrante de nuestro contexto...

Roberto: Es nuestra.

Enrique: Nuestro arte autocomplaciente y onanista no le interesa a nadie, simplemente porque él mismo no está interesado en nadie más allá del pequeño grupúsculo de supuestos entendidos.

Roberto: Sólo en ese gueto el simulacro resiste.

Enrique: Hay que erradicar del vocabulario de nuestros creadores las frases: “no me comprenden”, “aquí no hay interés por el arte”, “es que aquí no hay las condiciones para hacer lo que yo quiero”.

Roberto: Como dijo Clint Eastwood: “Yo sólo lo hago con humanos”.

Enrique: Como dijo Tin-Tán: “Lo que vaya a pelarse, que se vaya cociendo”

Roberto: Como dijo Cantinflas: “¿Cómo dice que dijo?”

Enrique: Como dijo Freddy Galavís: “A la mía que le pongan huevo”.

Roberto: Como dijo mi vecinita: “Mamá, cómprame un Tamagotchi”.

Enrique: Como dijo Doña Florinda: “Vámonos, Tesoro, no te juntes con esta chusma”.

Roberto: Y como dijo el Doctor en Ciencias Políticas Carlos Abreu...

Enrique: Y ésta sí es de verdad...

Roberto: El problema que hay con lo bellas que son las mujeres merideñas...

Enrique: Es que no hay tiempo para amarlas a todas.

Enrique y Roberto: Gracias.

sábado, junio 18, 2005


One after one... Posted by Hello

¡MALDITOS, LO HICIERON, MALDITOS!

Últimamente, cuando paseo por Caracas, me da por rememorar a Charlton Heston gritando “¡malditos, lo hicieron!” al final del Planeta de los simios. El lector recordará que Charlton Heston gritó a todo gañote semejante jaculatoria llorando frente a la Estatua de la Libertad derruida en una playa del futuro, cuando se dio cuenta de que el planeta donde estaba era la Tierra luego de una masacre nuclear. Cada vez que paseo por Caracas y veo los iconos arquitectónicos de mi ciudad convertidos en ruinas, grito lo mismo que Charlton Heston y le agrego un “otra vez” resignado porque sé que a la vuelta de la esquina volveré a recordar la escena final de la bendita película de los monos, que dicho sea de paso, me da dolor de cabeza cada vez que la veo.

Aquí en Caracas los edificios más hermosos no envejecen. La música de los taladros no los deja. Es como si le tuviéramos asco a lo vetusto, a lo que hay que cuidar. Resulta horroroso ver cómo los edificios que alguna vez fueron orgullo de nuestra ciudad se encuentran hoy sólo en las fotos de los libros de arquitectura. Es obsceno también que la gente que no mueve un dedo por cuidar nuestro patrimonio arquitectónico, vaya a otras ciudades del mundo y vuelva hablando maravillas de las construcciones antiguas que allá sí cuidan. No sé cómo no les duele tanta blandura de espíritu...

En Caracas tumban un edificio bello y funcional todos los días y lo peor es que no lo sustituyen por algo mejor, sino por un mamotreto horrible de dudosa calidad constructiva. En menos de un decir “seibó” arrasaron con las casas diseñadas por Mujica Millán en Campo Alegre y con los simpáticos conjuntos residenciales de Las Mercedes; tumbaron el edificio Galipán, comenzaron la demolición del Centro Comercial El Trebol en Los Dos Caminos y por si fuera poco, le arrancaron el portentoso indio a la fachada de la Tasca Maracaibo para sustituirlo por un anuncio de pollos en brasa. ¡Qué barbaridad! Lo peor es que este afán demoledor no ha terminado. Por ahí anunciaron la destrucción del Hotel Ávila... Seguro lo tumban y construyen un adefesio como el Sambil o como el hotel Four Seasons en Altamira, que si a ver vamos parece la poceta de Godzilla.

Yo quiero que alguien me explique por qué no restauran la estatua del Rey del Pescado Frito, por qué a las torres de Parque Central les crecen unos champiñones verdes en las paredes y por qué en las escaleras del piso 15 de la torre norte del Centro Simón Bolívar siempre hay miles de huesitos de pollo tirados en los escalones. También quisiera que alguien me explicara por qué aquí las construcciones se vuelven ruinas antes de ser inauguradas (verbigracia el “Partenón” de materiales prefabricados que queda en la avenida Casanova) y por qué todas las construcciones del estado terminan siendo meaderos públicos, como la sede de la Biblioteca Nacional al lado del mismísimo Panteón. ¿No será que somos unos insensibles que no cuidamos lo que tenemos? ¿No será, sencilla y llanamente, que somos unos cochinos?

No hay derecho a que el Hotel Humboldt esté cerrado y sin mantenimiento, a que la Universidad Central de Venezuela esté tan ruñida como está, a que haya que esperar a que en cualquier momento se produzca una desgracia (o a que Pedrito Fernández done su quijada para ponerla como cuña) en el puente de la autopista a La Guaira. Tampoco hay derecho a que las calles estén brotadas de buhoneros vendedores de porquerías (provoca soltar un león de El Pinar en la Plaza Bolívar) ni a que las escaleras mecánicas del Metro se echen a perder así, sin más ni más, sin que nadie proteste ni le duela la ciática.

Me niego a aceptar como normal que la vida en Caracas sea este salvajismo, este no querer nuestro patrimonio, este reventar paredes para no tener que repararlas, este eterno recordar a Charlton Heston llorando en su playa.

miércoles, junio 15, 2005


A bordo del Surprise Posted by Hello

ENTREVISTA

¿Cuáles son los tres títulos de la literatura universal a los que se acerca constantemente a releerlos?
* La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa
* Las formas del fuego, de José Antonio Ramos Sucre
* Crónicas marcianas, de Ray Bradbury


¿Qué haría por obtener un ejemplar de la primera edición de algún libro famoso de la literatura y cuál sería ese título?
La verdad es que no haría nada. Aparte de que soy perezoso, no cultivo el delirio fetichista que producen los libros.


¿En qué libro ha encontrado su definición de “Vida”?
En la Odisea.

Esa definición es: acaba con los malos antes de que ellos acaben contigo, se queden con tu casa y se cojan a tu mujer.


¿Qué historia de amor de la literatura le hubiera gustado vivir?
La de Harpo Marx con su arpa.


¿Qué obra de la literatura le gustaría ver en el cine?
La verdad es que no sé. Por lo general, las adaptaciones cinematográficas de las mejores obras de la literatura no dejan satisfecho ni al espectador que va al cine ni al lector. A veces, claro está, uno se topa con alguna sorpresa como sucede con El señor de los anillos, con El nombre de la rosa, con Master and Commander o con Brother, where are thou?, de los hermanos Coen.


¿Con qué autor de la literatura le hubiera gustado conversar y compartir en una velada bohemia?
Con ninguno (la vida disipada no se me da). En todo caso, me habría gustado almorzar en un restaurante chino con Guillermo Cabrera Infante y, por supuesto, habría dejado que pagara él.


¿A qué autor de la literatura universal considera injustamente olvidado?
A José Antonio Ramos Sucre. Sólo una pequeña parte de la población venezolana conoce su obra. Si eso es así, es obvio suponer que no la conocen en ningún otro lugar… Por supuesto, por culpa de los mismos venezolanos y para mal de quienes ignoran que existe una prosa como la del gran José Antonio.


¿A qué autor de la literatura universal considera sobre valorado por la crítica y el tiempo?
Los lectores somos muy dados a imaginar escalafones en los que colocamos a los escritores que leemos. Lo más divertido de ese juego es que hoy ponemos a uno en la cúspide del podio y mañana lo sacamos y ponemos a otro sin que se nos mueva una ceja. Al final, creo que en ese divertimento hay algo escondido y que, a su vez está relacionado con lo más íntimo de la literatura. Me refiero a la libertad. Quien decide escoger quién o quiénes son sus escritores favoritos, cuál es el libro que más o que menos le gustó, está ejerciendo su derecho a la libertad individual.

Cada quien que decida. Yo, como sé que hoy diría que está sobrevaluado fulano y subvaluado mengano, y mañana diría otra cosa, pues no digo nada. Así no pasaré una vergüenza, si leo esta entrevista dentro de diez años.


¿Qué personaje de la literatura le hubiera gustado que exista, efectivamente?
Ninguno. Es mejor que estén donde están. Así no les huelen los pies.


¿En qué personaje de la literatura se ha visto reflejado en virtudes y defectos?
En casi todos los personajes de las obras que he leído en mi vida. Cuando leemos, somos los personajes, sufrimos sus cuitas y nos alegramos de sus éxitos. Leemos para convertirnos en otros, para entrar en otra realidad diferente a la nuestra y luego volver a nuestro mundo y verlo de otra manera, una manera que ha sido tocada por esa lectura.


¿Cuáles son las cinco palabras que utiliza con obsesión en su literatura?
Odio, optimismo, escopeta, calzoncillo y belleza.


¿Con qué está comprometida su literatura?
Con la necesidad de producir entretenimiento, con la necesidad de ser optimistas, con la necesidad de producir belleza… Porque si algo tiene este mundo es que se ha vuelto aburrido, peligroso y necio.


¿Cómo sería su vida sin la literatura?
Sería tan aburrida, tan miserable, tan reprimida y tan cuadriculada como un aeropuerto.

domingo, junio 05, 2005


Sofá Posted by Hello

LOS TRENES ELÉCTRICOS

Hace dos noches tuve uno de los sueños más interesantes que he tenido en toda mi vida. Soñé que sostenía en mis manos una pequeña maleta anaranjada en la que llevaba un tren amarillo de metal y plástico.

Yo iba por la calle con mi maleta, y a mí mismo, que era el dueño del sueño, me causaba curiosidad aquella imagen. Digamos que se apoderó de mí una extraña sensación de querer saber a dónde me dirigía dentro del sueño. Así que arrellané la cabeza en la almohada y de pronto me vi persiguiéndome a mí mismo por las calles voluptuosas de mi cerebro. En semejante actividad estuve un buen rato hasta que el Roberto Echeto soñado entró en el lugar más maravilloso de la tierra. Se trataba de una casa enorme donde había un mesón de madera gigantesco que cubría toda la extensión de la planta baja. Sobre esa tabla se dibujaban las líneas curvas y rectas de metros y metros de numerosos rieles de trenes a escala. Era un sitio donde tú llegabas pagando una cantidad exigua de dinero y podías poner a rodar tu propio tren en miniatura el tiempo que quisieras. Lo mejor era que había mesoneros que te traían sandwichs o refrescos, y tú podías pasar allí horas embebido con la belleza de tu tren o con la elegancia de los modelos de los colegas que estuvieran a esa hora rodando el suyo.

Cuando me desperté, sentí nostalgia verdadera. Había visto trenes hermosísimos. Vi locomotoras negras, vagones viejos y nuevos, trenes que eran reproducciones de trenes que eran reales en el tejido de mi imaginación... A todos los vi rodando alrededor de aquella mesa plagada de maquetas de colores delicados, y entonces me quedé en mi almohada, pensando que no tenía por qué sentirme triste. El Roberto del sueño la estaba pasando muy bien con sus trenes de juguete en una ciudad más divertida y más interesante que la mía.

miércoles, junio 01, 2005


Ventana Posted by Hello

LOS TALADRISTAS

Juanita Hipodérmica tenía doce años casada con Natación Esparragoza. Ella era un ama de casa ejemplar y él un obrero muy bien calificado. Ella cuidaba a los nueve retoños que eran producto del amor más serio del mundo, mientras él rompía calles como loco utilizando su taladro querido.

Juanita no se quejaba nunca de nada. Era feliz con su marido y sus nueve hijos varones. Lo que más le gustaba era el empeño que su esposo ponía en su trabajo. Natación Esparragoza constituyó siempre un ejemplo para sus muchachos. El fervor que aquel hombre mostraba por su diaria labor era una cosa que llegaba a extremos delirantes. Imagínense que Natación Esparragoza tenía quince años grabando el sonido de su bello taladro. Este ejemplar obrero grababa cada sesión de ruptura de calles en la que participaba. Una vez terminado el arduo trabajo cotidiano, se reunía con toda su familia a escuchar la taladrada que sudó feliz durante ocho horas ese día.

Rupertico, el hijo mayor de Juanita y Natación, ya agarró su primer taladro. El orgulloso padre comenzó a hacer las grabaciones correspondientes para oírlo de noche y enseñarle, por el sonido, dónde tuvo aciertos, dónde errores, dónde tiene que mejorar y dónde hacer énfasis, porque antes que nada, Natación es un buen padre.

Lo mejor es que Juanita Hipodérmica y Natación Esparragoza se ríen de la gente que cree que taladrar deja impotentes a los hombres. Natación dice que todos los espermatozoides que viven en el interior de sus bolitas ya traen consigo un taladro chiquito. Por eso sus hijos vienen listos y felices para gozar haciendo bien su faena. ¿Cómo se puede sufrir en esta vida teniendo tanto optimismo? ¡Qué maravilla que exista gente tan compenetrada con su trabajo!