jueves, septiembre 29, 2005

EL ARTE DEL MINICUENTO

Damas y caballeros, venga de donde venga, el minicuento siempre me ha parecido un arte de flojos. No importa si el finado Augusto Monterroso o si los poetas japoneses, cultores del haikú o de los cuentos zen, hicieron maravillas con este medio de expresión parco y breve. Nadie me quitará de la cabeza que quienes cultivan el minicuento son unos redomados flojos. Eso sí: sepan también que la flojera me parece una exquisita manera de vivir la vida. Llevada con glamour (y con un whiskicito en las manos), la pereza puede darnos grandes satisfacciones, sobre todo porque siempre despertaremos la envidia de quienes viven para trabajar.

No se hable más del asunto. Entretengámonos con unos cuentos enanos que he compuesto para Uds., acostado en mi cama y en calzoncillos.

Ahh, y no lo olviden: si quieren ser escritores, deben saber que lo más difícil de alcanzar es un equilibrio entre el desarrollo de una capacidad autocrítica demoledora y la confianza suficiente para firmar y publicar un texto. Besos y saludos a las niñas.


LOS TALADRISTAS

Juanita Hipodérmica tenía doce años casada con Natación Esparragoza. Ella era un ama de casa ejemplar y él un obrero muy bien calificado. Ella cuidaba a los nueve retoños que eran producto del amor más serio del mundo, mientras él rompía calles como loco utilizando su taladro querido.

Juanita no se quejaba nunca de nada. Era feliz con su marido y sus nueve hijos varones. Lo que más le gustaba era el empeño que su esposo ponía en su trabajo. Natación Esparragoza constituyó siempre un ejemplo para sus muchachos. El fervor que aquel hombre mostraba por su diaria labor era una cosa que llegaba a extremos delirantes. Imagínense que Natación Esparragoza tenía quince años grabando el sonido de su bello taladro. Este ejemplar obrero grababa cada sesión de ruptura de calles en la que participaba. Una vez terminado el arduo trabajo cotidiano, se reunía con toda su familia a escuchar la taladrada que sudó feliz durante ocho horas ese día.

Rupertico, el hijo mayor de Juanita y Natación, ya agarró su primer taladro. El orgulloso padre comenzó a hacer las grabaciones correspondientes para oírlo de noche y enseñarle, por el sonido, dónde tuvo aciertos, dónde errores, dónde tiene que mejorar y dónde hacer énfasis, porque antes que nada, Natación es un buen padre.

Lo mejor es que Juanita Hipodérmica y Natación Esparragoza se ríen de la gente que cree que taladrar deja impotentes a los hombres. Natación dice que todos los espermatozoides que viven en el interior de sus bolitas ya traen consigo un taladro chiquito. Por eso sus hijos vienen listos y felices para gozar haciendo bien su faena. ¿Cómo se puede sufrir en esta vida teniendo tanto optimismo? ¡Qué maravilla que exista gente tan compenetrada con su trabajo!


MERCEDES BOCA ARRIBA

Roberto se encontraba en su propia fiesta de cumpleaños y no se divertía. Sus amigos se enfrascaron a hablar de un tema que desde esa noche los hermanó para siempre: las hemorroides. Todos, a excepción del cumpleañero, habían sido mártires de las almorranas. Por eso se sintieron bien revelándose unos a otros sus cuitas, sus vergüenzas, sus ungüentos, sus idas al médico y sus horribles ardores. Sin saberlo, esa noche fundaron una secta que podríamos llamar «La Suprema Hermandad del Culo».

Nano Abreu era el único de los amigos de Roberto que no había tenido una experiencia demasiado dilatada con esas várices horribles. Por eso, al igual que el homenajeado, iba y venía del bar con un ron en las rocas entre pecho y espalda. No había que ser un genio para adivinar que pronto su vida se transformaría en una borrachera.

Mientras los amigotes continuaban hablando de la preparación "H" y de los médicos chinos que «culan» con las manos, Nano encendió su Mercedes rojo, puso un disco de Eric Burdon, y se fue a pasear su borrachera. Todo habría quedado ahí, si no hubiese pasado algo horrible.

Por alguna razón que sólo supo el ron, Nano Abreu tomó la carretera a Valencia y, entre dos islas de concreto, puso las dos ruedas del carro a mirar el cielo estrellado.

A pesar del accidente, el conductor no perdió la conciencia ni derramó sangre. De lo único que se quejaba era de una pieza fría y metálica que le aprisionaba el pie derecho y que le impedía la salida de aquel Mercedes Benz vuelto nada. A pesar de la ansiedad que Nano Abreu sentía por salirse del auto, había algo que lo desesperaba aún más. Era la presencia cada vez más rotunda, y cada vez más abultada, de una turba de míseros que salieron de la oscuridad no para ayudarlo, sino para robarle sus pertenencias. Como zopilotes negros y malquistados, los saqueadores de este cuento se llevaron los libros de Nano, su walkman, su chaqueta, sus lentes, sus llaves, su cartera y los discos de Doors y Portishead que alguien le había prestado en la fiesta.

En aquel revuelo, las manos anónimas estaban prestas para abrir a la fuerza la maleta del carro y sacar la llanta de repuesto para llevársela a quién sabe dónde.

Nadie movió un dedo para ayudar al pobre Nano.


BALACERA A RITMO DE «YESTERDAY»

La otra noche, como a las 3 de la mañana, Eduardo Molina pensaba en las musarañas acostado en su cama, mientras oía el disco de la orquesta de Count Basie interpretando a los Beatles.

En la calle todo era calma y paz hasta que algo horrible sucedió: de pronto se armó una balacera en la calle "Mis coquitos" donde queda el apartamento que habita Eduardo. Balas iban y venían con nuestro amigo arrebujado entre sábanas y almohadas.

Eduardo oía el tiroteo y lo escuchaba con la comodidad de quien escucha algo ajeno, algo que no es de su incumbencia, pero en un instante esa distancia se rompió. Uno de los vidrios de su cuarto estalló en miles de cristales que, como filosas gotas, ahogaron la alfombra. Sin pensarlo mucho, Eduardo se lanzó al piso para protegerse. Irónicamente, el disco mantenía su giro en Yesterday, en esa maravilla de canción compuesta por Paul Mc Cartney.

El tiroteo duró veinte minutos en la calle. Cuando todo acabó, Eduardo se levantó del piso frío y encendió la luz. Al ver su cama, sintió un corrientazo surcándole la columna vertebral. El colchón tenía un hueco de cinco centímetros de diámetro en todo el centro.

Al verlo, Eduardo metió la mano y encontró un trozo de plomo gris y abollado que era, a todas luces, una bala perdida.

Si Eduardo hubiese estado durmiendo, no nos habría contado este horrible cuento de la vida real.


A HARD LORO

Y ahora, damas y caballeros, para no ser tan sobrios (porque miren que el exceso de sobriedad lo vuelve a uno gris), aquí les traigo un cuento.

Resulta que ayer, mi loro Raúl me ayudó a realizar una importantísima labor en la cocina de mi casa.

La tapa del sumidero estaba floja y la muchacha de servicio, quien baila cuando pasa coleto, hizo que la mencionada tapa volara por los aires, dándole puerta franca a las ratas, a las cucarachas y a las alimañas del mundo entero para que entraran a mi apartamento del piso 7.

En la mañana, le pedí a Raúl, mi loro cara sucia, que me ayudara a buscar la tapa. Él afirmó con la cara más seria del mundo que seguro estaba debajo de la lavadora. Yo no le creí, pero él, obstinado como siempre, me dijo con su voz de loro que me esperara un momento porque él buscaría refuerzos para comprobar su hipótesis.

Raúl encendió un puro que le trajeron de Cumaná, abrió la puerta y salió muy circunspecto a la calle. Yo me quedé tranquilo en mi casa, denostando por lo bajo a mi loro, quien se fue y me dejó buscando la pieza que nos separaba a mi esposa y a mí de la suciedad. Entonces, como a los 5 minutos, sonó el timbre y de pronto se abrió la puerta. Era Raúl con los tres loros que lo acompañan en sus borracheras de los viernes. Sin siquiera saludarme se fueron a la cocina, y entre los cuatro, cargaron la lavadora.

—¡Ahí está, coño de tu madre! ¡Te lo dije! ¡Ahí está! —Me gritó con su voz tunante.

Yo, sin decir nada, me arrodillé, miré debajo de la lavadora, metí el brazo y saqué la tapa del sumidero.

Luego sin decir nada, Raúl y sus amigotes bajaron la lavadora y la dejaron en su puesto.

Como a la media hora me llamaron para que me tomara una cerveza con ellos y les pidiera perdón por mi desconfianza.

martes, septiembre 27, 2005

LAS PIEDRAS HABLAN

En la calle donde vivo hay una panadería en la que entra y sale gente a toda hora. Afuera, en la plaza, hay un montón de ancianos cuya única preocupación en la vida es el dominó. Ellos pasan el día entre el doble seis, el cinco-cuatro y el doble blanco. Nada los detiene.

Una tarde, cuando empezaba a llover, vi cómo uno de esos señores se levantaba de su asiento y se cubría la cabeza con su propia silla. En otra oportunidad, mientras los viejitos jugaban dominó, un par de transeúntes violentos comenzaron a darse golpes, a sacarse sangre, a empujarse y a darse patadas. Los viejos sólo se movieron cuando uno de los dos, habiendo tumbado al otro, corrió hacia la plaza en busca de una piedra para reventarle la cabeza a su oponente caído. En ese momento los viejos sí dejaron las piedras de dominó y asumieron su dignidad de hombres respetables para evitar una desgracia.

jueves, septiembre 22, 2005

PRESENCE OF THE LORD

I have finally found a way to live just like I never could before.
I know that I don’t have much to give, but I can open any door.
Everybody knows the secret, everybody knows the score.
I have finally found a way to live in the color of the lord.

I have finally found a place to live just like I never could before.
And I know I don’t have much to give, but soon I’ll open any door.
Everybody knows the secret, everybody knows the score.
I have finally found a place to live in the presence of the lord.
In the presence of the lord.

I have finally found a way to live just like I never could before.
And I know I don’t have much to give, but I can open any door.
Everybody knows the secret, I said everybody knows the score.
I have finally found a way to live in the color of the lord.
In the color of the lord.

(Eric Clapton)

miércoles, septiembre 21, 2005

ANATOMÍA DE LOS DIBUJOS ELÉCTRICOS


La electricidad es una forma de energía que poseen los cuerpos cuando en sus átomos hay falta o exceso de electrones con relación al número de protones. En verdad sorprende comprobar que la mayor o menor cantidad de unas inquietas partículas atómicas determina el movimiento de nuestro mundo. La electricidad es (¿para qué dudarlo?) el don omnipresente que modula nuestros días. El planeta entero funciona gracias a la energía que viaja invisible en las infinitas redes de nervios entretejidos y hasta enredados en el subsuelo, en las paredes de nuestros hogares, en el alumbrado público y en todas partes. Cada uno de los objetos producidos en nuestra época está concebido desde esa energía generada por la excitación de unos protones y de unos electrones a los cuales nunca vemos. El mundo está cubierto e interconectado por una trama de líneas y por un impulso que recorre distancias a veces hasta sin importar que exista el alambre de cobre porque las ondas hertzianas, emitidas eléctricamente, pueden viajar por el aire y ser recibidas y recodificadas por otros aparatos también eléctricos. Hoy es posible, y hasta obvio, afirmar que la Tierra entera es un enorme formato en el que están definidos cientos de miles de puntos unidos por líneas de electricidad. El planeta se ha convertido en un gran dibujo hecho de líneas físicas y visibles en forma de cables, pero también se ha transformado en un dibujo hecho de líneas virtuales, de ondas que viajan por el aire desde un punto emisor hasta un punto receptor. Según esta perspectiva, el mundo no es sólo una gran mensajería; es también un gran dibujo abstracto hecho de líneas que se cruzan por todas partes.

Aparte de esa concepción absolutamente plástica de las instalaciones eléctricas, podemos afirmar, parafraseando a Marshall Mc Luhan, que vivimos un tiempo y un espacio que ha logrado extender y llevar al estadio real todo el conocimiento que la humanidad ha acumulado acerca del cerebro, convirtiendo al mundo en una madeja de nervios por la que circulan frenéticamente, y a la velocidad de la luz, energía e información.

Todo esto viene a cuento para reflexionar sobre la naturaleza de las formas que hacen a Mickey Mouse, a Heidi, a Bart Simpson, Meteoro, Pokemón, Pedro Picapiedra, Batman, Mazinger Z, Hulk, Bob Esponja y a todos los personajes que pueblan la imaginería animada de nuestra época. Se trata de un pretexto para hablar del dibujo que se presenta ante nuestros ojos en forma de impulsos eléctricos, de las líneas que se actualizan en los monitores de nuestras computadoras y en las pantallas de cine y televisión del mundo entero.

Esos dibujos eléctricos son dibujos animados que tienen una calidad totalmente distinta a la calidad que se encuentra en sus homólogos hechos en papel. Los dibujos eléctricos que aparecen en las pantallas tienen una calidad líquida, distinta a la calidad táctil que tiene el dibujo en otros soportes. Hablar de cualidades formales como ésas es el motivo de la presente reflexión.

El dibujo hipertextualizado

La idea del hipertexto no es, ni por asomo, una idea contemporánea. Digamos, más bien, que es un concepto viejo, con nombre nuevo, que fue potenciado a partir del reacomodo en la gramática de los medios que trajo consigo la revolución digital. En su definición más laxa y filológica, texto (del latín textum) significa “tejido”, “red”, “interconexión” de ideas y de símbolos. Esa definición ha sido desde siempre aplicada sólo al terreno lingüístico, pero ahora, ese concepto se ha ampliado a todo lo que tenga o simule una naturaleza discursiva, incluyendo al lenguaje icónico. La idea de texto tiene que ver con las relaciones que somos capaces de establecer entre imágenes, palabras, párrafos, ideas, conceptos, signos... Tradicionalmente esas relaciones se establecían en la escritura y en los demás medios de comunicación de una manera bastante engorrosa. Por ejemplo: hacer la cita de un libro en una tesis o en un ensayo es y será siempre un proceso lento en el que pierden tiempo y energías tanto escritores como lectores. Hoy en día el hipertexto ofrece la posibilidad de establecer vínculos inmediatos (sin la necesidad de trasladarse a una biblioteca y rebuscar en intrincados anaqueles) entre textos que se encuentren en el mismo soporte; es decir: en el digital. En ese medio basta con pulsar un icono o una palabra especialmente subrayada para caer en su propia red de paradigmas o en la red que el autor diseñó para ese icono o para esa palabra. Este proceso no es más que una reproducción de cómo pensamos, de cómo atamos cabos en nuestra mente y de cómo conectamos información.

El dibujo animado (aún el que no es eléctrico, aún el generado en un flip book, en un zoótropo, en un tambor mágico de William Horner o en el fenakistoscopo de Joseph Antoine Plateau) es una presencia concebida desde el hipertexto. Esos dibujos basan su existencia en la fugaz vinculación de unas imágenes a una velocidad mayor que nuestra capacidad retiniana para leerlas como imágenes independientes. Al ver cualquier animación, el espectador observa una imagen que es sustituida por otra; ésa, a su vez es sustituida por otra y ésa por otra y otra y otra... Los dibujos de una animación se remiten y se sustituyen en secuencia hasta el infinito. En ese eterno vincularse surge la ilusión del movimiento. Lo maravilloso es que esa ilusión nace de un juego hipertextual que no tiene límites en sí mismo, sino en la voluntad del animador. Esto trae como consecuencia que los dibujos lleven la naturaleza del discurso; es decir: la naturaleza de un tiempo moldeado para contar una historia.

Cuando observamos un dibujo hecho en papel recorremos visualmente sus detalles, pero nos es muy difícil darnos cuenta de que en ese recorrido existe el tiempo como variable. Eso sucede porque un dibujo único, hecho en papel, parece una cosa absoluta cuya existencia es cerrada en sí misma, sin depender del tiempo ni de nada fuera de él. En un cómic o en un dibujo animado de los que vemos en televisión, el tiempo sí es una variable importante que forma parte del proceso dibujístico. Una comiquita no es otra cosa que una sustitución de dibujos en los que el tiempo del recorrido visual ya ha sido planificado por sus autores. Eso hace que los dibujos en la pantalla sólo tengan sentido cuando cuentan una historia. Esa historia y ese recorrido visual, mencionados anteriormente, se generan gracias a la edición. Editar un video es ordenar las imágenes en el tiempo, es hipertextualizarlas para crear un ritmo y contar una historia que no necesariamente es el relato de unos personajes; puede ser el relato de unas formas, de unas imágenes concebidas desde el mismo formato de la animación, como sucede en las películas experimentales de Norman Mc Claren y de todos aquéllos que hicieron animaciones de manchas, líneas y texturas.

La visión hiperbólica

Dibujar es una de las actividades más crueles que pueden desarrollarse en este mundo. El dibujo es cruel porque es consciente. Si tú quieres que tu personaje aparezca tullido, sólo tienes que dibujarle unos pies torcidos. En este terreno, basta con desear algo para que se pueda cumplir... En el caso de los dibujos animados, de nada sirve dibujar con una intención realista o demasiado regodeada en el detalle porque la animación es un lenguaje diseñado para vivir en el ecosistema de los medios. En ese ecosistema no interesan la visión mimética de las cosas ni lo real, ni lo cotidiano, ni lo apegado a “lo normal”; interesa, por el contrario, una imagen sintética e hiperbólica creada a partir de los universos imaginados por los artistas que controlan los medios de comunicación. Si el dibujo en sí es una actividad que sirve para pensar los objetos reales en un código de imágenes, el cómic y la animación, con sus respectivas gramáticas, sus respectivas intenciones artísticas y sus respectivas naturalezas masivas, convierten al dibujo en algo que va mucho más allá: en algo que sirve para plantear otros objetos, otros espacios y otros mundos.

Los dibujos eléctricos refuerzan el carácter omnipresente de las imágenes en nuestra época. Esas imágenes están en cualquier parte ayudándonos a pensar la realidad que vivimos de otra manera. Todos los medios de expresión y comunicación han sido diseñados para documentar, divulgar y estimular los requiebros de la fantasía. Aunque desde siempre se nos haya vendido la idea de que lo racional priva por encima de todo, los medios no hacen sino mostrarnos, con imágenes, un reflejo que resume las diferentes caras de nuestra propia fantasía. Todo lo que aparece en los medios aparece diseñado para estimularnos la imaginación con todo su cartapacio de morbos y delirios. Lo interesante es que “imaginación” en este contexto significa ampliar (aunque sólo sea en la mente humana) las posibilidades del hombre más allá de las propias leyes naturales. Démonos cuenta de que las imágenes concebidas por la humanidad siempre han apuntado hacia esa meta: hacia la comunicación de lo que hiperbólicamente imaginamos. ¿Qué otra cosa son los relatos de seres fantásticos, de personajes (religiosos o no) que bajan del cielo y luego se elevan en un pestañear? ¿Qué otra cosa son los noticieros de televisión, sino el reflejo del deseo humano de ser como Dios y estar en todos lados? ¿Qué son las cámaras, las películas y las grabadoras, sino un intento desesperado por guardar una memoria milimétrica que no pierda un sólo instante de la vida? Todo esto genera una manera de concebir el mundo y de generar imágenes que hablen de él, que no están basadas en una exacta analogía entre la representación y lo representado, y esto puede aplicarse al arte de cualquier época. En nuestro mundo esta opción artística se ha abierto hasta niveles que rayan en el paroxismo. Hoy existen medios y discursos diseñados para ser formato de la imaginación pura y no ser más analogía de lo real. Tal es el caso de la animación, del cine y de la cultura digital. Todo lo que sale en las pantallas tiene una lógica propia que no se asemeja en nada a las aspiraciones miméticas de los artistas del pasado. A principios de siglo XX el cómic planteaba una realidad mucho más delirante y poética que la que planteaban los movimientos artísticos de vanguardia.

Ese delirio presente en las primeras tiras cómicas de este siglo se vio potenciado con la electricidad hecha primero imprenta y luego cine y video. Los libros y las pantallas no son otra cosa que los espacios donde hemos objetivado lo que tenemos en la cabeza, nuestros sueños y pesadillas, nuestros deseos y frustraciones. Todos tenemos en la memoria un cargamento descomunal de relatos literarios, cinematográficos y televisivos. Todos tenemos en la cabeza miles y miles de neuronas ocupadas con información de programas y personajes televisivos. Cuando lleguen el Alzheimer o cualquier otra enfermedad neuro-degenerativa lo primero que se llevarán será el alijo de imágenes que tenemos guardado en la memoria...

El medio natural de los dibujos eléctricos

El medio natural de los dibujos eléctricos es la animación en cualquiera de sus formatos. Esos formatos van desde las imágenes cinematográficas y televisivas hasta la electrografía de neón presente en las vallas publicitarias de nuestras ciudades, los ecosonogramas, las radiografías, los iconos animados de computadoras y otras máquinas, los videojuegos y un largo etcétera donde podemos incluir la simulación de la visualidad tridimensional y la multifocalidad de la mirada. En todos estos espacios de la cultura visual el dibujo vive en movimiento. El sentido de su presencia está íntimamente ligado a la capacidad que tiene de potenciar hasta el infinito los caprichos de una voluntad visual puesta al servicio de la fantasía. Y es que resulta apasionante el hecho de que estimulemos y satisfagamos nuestra imaginación con millones de imágenes y casi sólo con millones de imágenes extendidas a la velocidad de la luz... Parece un hecho obvio, pero lo que hace que este proceso sea especialmente interesante es que esa potenciación se lleve a cabo gracias a la electricidad. El medio eléctrico permite el movimiento, y el movimiento es característica esencial de la vida. Al final, las fantasías visuales que se generan en la electricidad nos satisfacen porque nos parecen vivas y porque provienen de una parte de nuestro ser que suponemos sensible a los hechos estéticos. Sentimos hambre de esas creaciones porque son arte, porque son síntesis de percepciones, y porque se mueven al igual que nosotros lo hacemos. Todo eso sin contar con que la gráfica que se agita en las pantallas es metáfora del pensamiento y del impulso neuronal que genera la aparición de ideas y de imágenes mentales, gracias a que las redes eléctricas de nuestro mundo funcionan a la usanza de las conexiones que tienen los nervios en nuestro cerebro. Allí, en la mente humana, como en una pequeña sala de cine, nuestra conciencia admira las imágenes que nuestro propio sistema nervioso codifica y transmite sólo para nosotros. Así que nada de raro tiene el hecho de que nos la pasemos imaginando; es decir: creando imágenes iguales a las que tenemos en nuestro cerebro en simuladores que imiten el espectáculo que sólo admiramos en la íntima oscuridad del alma. La imaginación, en nuestro tiempo, no es sólo inventar mundos, como afirmáramos hace unos párrafos; es también la capacidad que hemos adquirido de entender las cosas a través de las imágenes y de, a su vez, crear imágenes que hablen de ellas. La imaginación se ha convertido en un gran diálogo en el que el mensaje se emite y se responde con dibujos de diferentes calidades y naturalezas en un medio que es eléctrico.

Mirar

Todo esto nos lleva a una reflexión sobre las obras de arte y las imágenes producidas en el pasado. Cada época definida en ese gran compendio al que llamamos Historia del Arte supone un modo de ver. Así que la Historia del Arte puede ser tomada como una Historia de las Maneras de Mirar. En cada época se mira distinto y se objetiva la mirada de manera diferente. Desde el siglo XV hasta el uso de la electricidad, se tuvo a la visión como un impulso que atrapaba momentos para la posteridad. Los recuerdos mismos eran cifrados en forma de imágenes únicas que tenían poco valor discursivo y mucho valor en su unidad. Ese es el caso de la mayoría de los cuadros renacentistas y de las primeras fotografías que alguna vez se tomaron. Curiosamente la fuerza iconográfica no fue siempre la idea preponderante en esa historia de las imágenes. El arte grecolatino y medieval tienen excelentes ejemplos de imágenes diseñadas para contar historias, para entrelazarse con otras imágenes y para generar vínculos capaces de moldear un discurso con principio y fin. ¿Qué otra cosa son los frontones del Partenón ateniense, la Columna de Trajano, el tapiz de Bayeux y tantas otras maravillas artísticas de las que no podemos hablar en este instante? Esa voluntad de la imagen discursiva desapareció de la Historia del Arte porque no tenía el componente realista que debía tener toda obra que se preciara de tal. ¿Cómo es que en un mismo cuadro aparece un mismo santo en varias posiciones o realizando varios actos? ¿Cómo se explica en términos realistas y no narrativos el que el emperador Trajano aparezca docenas de veces en el mismo formato? La posibilidad de narrar con imágenes desapareció del deseo artístico occidental hasta que la imprenta alcanzó auge y prestigio en el mundo. La era de la narrativa gráfica volvió por sus fueros en la era de la reproductibilidad artística inaugurada con la imprenta. Esa época alcanzó su cúspide cuando se cruzaron en el camino tecnológico la imprenta y la electricidad. Al darse ese encuentro sucedió algo extremadamente interesante: el objeto artístico perdió no sólo su carácter único, sino su intención trascendente para convertirse en un medio masivo de comunicación. En semejante contexto las imágenes adquieren sentido por su presencia y por la historia que cuentan. Los dibujos que las hacen se adaptan a los rigores de la reproductibilidad técnica y poco a poco se vuelven más y más escuetos en formas y detalles. Los comics, las ilustraciones y las viñetas reproducidas en la imprenta fueron (vistos desde nuestra perspectiva) los primeros dibujos eléctricos, y esto porque fueron los primeros dibujos concebidos para funcionar dentro del sistema de la máquina y de los cambios en la sociedad que ella trajo consigo. Las distintas gramáticas que esos dibujos generaron son la base de los dibujos animados. Tales gramáticas regulan varios estados de la existencia de los dibujos en el medio masivo: por un lado sostienen la existencia del dibujo como un medio de comunicación (con todo lo que ello implica) y, por otro regulan la existencia de los dibujos como parte de un discurso narrativo. Esta última instancia incorpora la variable temporal en el hecho dibujístico, y eso es especialmente importante porque allí es donde radica la simulación del movimiento y de la vida, que comentamos anteriormente, y que es lo que genera en definitiva el placer, la importancia y la difusión de los dibujos en el mundo contemporáneo.

En nuestra época la mirada está profundamente marcada por los dibujos que se mueven, que hablan, que interactúan y que participan en un relato. Si la Historia del Arte es una Historia de las Maneras de Mirar, entonces estamos en un momento histórico en el que la mirada se hace en el movimiento, desde el movimiento y demandando movimiento de los sustratos que la estimulen. Esa es una de las razones por las cuales el pensamiento artístico tradicional pierde espacio frente a la demoledora presencia del arte ampliado que aparece en los medios de comunicación, y que se envuelve en la aparente frivolidad del entretenimiento para disgusto de los cultores de la tradición. Tales premisas explican además la misma naturaleza de los dibujos en el mundo contemporáneo. Antes el dibujo era sólo un arte preparatorio que servía para proyectar pinturas, edificios, esculturas y hasta story boards. Hoy el dibujo es una forma de pensamiento que puede acercarnos a las cosas y que tiene una autonomía estética y conceptual. Esa autonomía hace que no importe la finalidad del dibujo. No importa que el dibujo sea usado para ilustrar un libro o que forme parte de una secuencia de un video musical o que funcione como fragmento de un capítulo de una serie animada al estilo de Los Simpsons, Los Picapiedras o Los Supersónicos. No importa porque lo que interesa en su existencia es que esté bien realizado y no si es puesto al servicio de un medio de comunicación masivo (al que algunos consideran frívolo) o al servicio de una obra artística trascendente. Más bien resulta curioso ver cómo el público no admite mediocridades en el mundo del entretenimiento y, por el contrario, se traga fácilmente obras de arte mediocres con aires de trascendencia. Lo interesante en este caso es entender que el criterio de “lo bien hecho” en el dibujo eléctrico inserto en los medios de comunicación es un espacio ilimitado, extenso y sin más obstáculos que las reglas de la misma electricidad que lo multiplicará en periódicos, álbumes, computadoras, programas de televisión, cintas cinematográficas o de video, y esto porque vivimos en una época donde sólo nos interesa el dibujo bien concebido y realizado que se mueve y que nos objetiva desde el medio eléctrico. Este pensamiento está tan metido en nosotros que no nos es fácil aceptar que dibujamos, imaginamos y somos exactamente como vemos... Y vemos como nos ha enseñado la electricidad, lo que ha producido una ampliación de las posibilidades artísticas y de las formas en que las imágenes se presentan ante nosotros. Ante eso no queda otra que estar atentos y asumir que el dibujo es parte de un arte ampliado.

ELEFANTES

Elefantes; 2005

martes, septiembre 20, 2005

ROBERTO ECHETO

(Caracas, 1970): Artista, productor de espacios radiales y escritor. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Ganador del 2do Premio del IV Salón Pirelli de Jóvenes Artistas (1999-2000). Ha colaborado con ensayos, crónicas y artículos en distintas publicaciones periódicas de circulación masiva como el diario El Nacional y la revista colombiana El Malpensante. Ha publicado dos libros de relatos: Cuentos líquidos (Ballgrub, 1997) y Breviario galante (Fundación para la Cultura Urbana, 2004). En la actualidad produce el espacio Papelón con limón que se transmite de lunes a viernes entre 11 am y 1 pm a través de la Mega 107.3 Fm.

lunes, septiembre 19, 2005

UN CUENTO


El otro día me sucedió una de esas cosas que parecen tomadas de un relato de Francisco Massiani. No sé por qué extraña circunstancia me dio por dar una vuelta a la manzana antes de llegar a mi cama. Venía de conversar, de beber cerveza y de reírme con sincera alegría de los cuentos verdes que siempre cuentan mis amigos. Las calles que rodean mi casa y la oscura soledad nocturna, me sedujeron hasta el punto de hacerme caminar despacio, muy despacio, lo más despacio que me fue posible... Era como si de pronto me embargase el lento disfrute del viaje a pie, del aire agradable y del olor a dulce savia que se desparrama por toda Caracas cuando es de noche. Y es que el perfume que brota de los rincones de mi ciudad es un aroma que nos remite a otra Caracas, a una que no ha existido y que probablemente no exista más que como utopía. No sé a qué extraños acordes me suenan esos olores, pero me barrunto que es a algo escondido que tenemos que descubrir. Cuando descubramos eso que no es evidente, entenderemos que somos unos privilegiados por vivir en un valle tan bonito...

En tales pensamientos andaba cuando de pronto me vi caminando por la Avenida Principal de La Carlota. Para quien no la conozca, esta avenida se caracteriza por tener dos vías de circulación divididas por una larga y angosta plaza donde siempre juegan cartas y dominó las decenas de italianos y españoles que viven en la zona. Juro que seguí con paso lento, gozando de aquel mundo apenas habitado por unos cuantos gamberros nocturnos cuyo disfrute máximo era hacer ejercicios en las barras paralelas de la plaza. Los tipos subían y bajaban sus cuerpos esculpidos, sosteniendo todo el peso en sus brazos tensos y brotados de venas. Tales manganzones hacían ejercicio lenta y metódicamente hasta que venía uno que estaba sentado en el suelo y les pasaba un tabaquito encendido a ésos que hasta hacía unos minutos gastaban todas sus energías encaramándose en un tubo... Andar por allí y ver a aquellos tercios templarse el carácter a fuerza de gimnasia y marihuana me hizo gracia. Sin embargo, lo que más me dio risa fue continuar mi recorrido por esa avenida flanqueada de edificios pequeños cuyas ventanas del primer piso están casi al nivel de la calle. Fue muy curioso y muy bonito pasar por allí y escuchar los ronquidos de alguien que se me antojó gordo y en calzoncillos. Me lo imaginaba durmiendo boca arriba, sobre un catre viejo cubierto por unas sábanas y unas cobijas también viejas pero pulcras gracias a los oficios de una buena esposa. Con sólo el rugir continuo de aquella respiración se me vino a la mente la imagen de aquel troglodita que cimbraba toda la extensión de la noche. No sé por qué, pero aquel grueso roncar me trajo el recuerdo de los libros de Francisco Massiani. Habría que investigar el efecto proustiano que en mí producen los ruidos de otros al dormir...

viernes, septiembre 16, 2005

jueves, septiembre 15, 2005


El arma del hombre inteligente; 2005 Posted by Picasa

UN HOMBRE DE VERDAD

* Un hombre de verdad no acepta esas clasificaciones de metrosexual, technosexual, pansexual ni nada de eso.

* Un hombre de verdad lleva una cartera abultada en el bolsillo, en la que no puede faltar un calendario con una mujer desnuda.

* Un hombre de verdad usa flux y, si va a una fiesta, no se lo quita nunca; llega a la fiesta en flux, baila en flux, come en flux, bebe en flux y regresa a su casa en flux.

* Un hombre de verdad es aseado, aunque sea obrero, plomero, camionero o jardinero.

* Un hombre de verdad no usa camisas de equipos de beisbol fuera del estadio y mucho menos con los nombres de los peloteros en la espalda.

* Un hombre de verdad no le tiene miedo al sudor.

* Un hombre de verdad se combina el color de la correa con el de los zapatos.

* Un hombre de verdad no usa tirantes y correa al mismo tiempo.

* Un hombre de verdad trata bien a su jeva tanto en público como en privado.

* Un hombre de verdad tiene perro y no lo llama con diminutivos.

* Un hombre de verdad sabe comer con cubiertos, pero no teme comer con las manos.

* Un hombre de verdad sabe cambiar cauchos.

* Un hombre de verdad tiene tarjeta de crédito.

* Un hombre de verdad no ve novelas y ronca cuando duerme.

* Un hombre de verdad no lee a Conny Méndez.

* Un hombre de verdad no compra interiores; se los compra su esposa, su novia o su mamá.

* Un hombre de verdad no usa lentes de contacto de colores.

* Un hombre de verdad tiene o ha tenido navaja.

* Un hombre de verdad sabe quiénes fueron el almirante Nelson, Winston Churchill y Jack Palance.

* Un hombre de verdad no usa cadenitas, esclavas ni dijes.

* Un hombre de verdad acaba con un rollo de papel sanitario en dos días.

* Un hombre de verdad no es homofóbico ni racista ni machista.

* Un hombre de verdad preña a su secretaria a los 80 años (como hizo Anthony Quinn).

* Un hombre de verdad tiene trabajo, no depende de nadie, no ruega ni adula.

* Un hombre de verdad no se depila el pecho y le pide a su jeva que lo ayude a quitarse los pelos de las orejas con unas pinzas.

viernes, septiembre 02, 2005


Marsolaire Quintana; Naturaleza Muerta; 2005

MEDEA EN LOS CAYOS

Anita Cortés dibujaba una línea recta hacia el fondo. El movimiento pausado de sus piernas hacía que su cuerpo se desplazara sin esfuerzo, cortando la pesada liviandad del mar. A su alrededor sólo había agua, agua en movimiento que es espacio líquido y hogar silente para que los peces y los hombres atrevidos naden, hagan proezas y experimenten esa laxitud propia de lo eterno.

A pesar de estar nadando de noche, la temperatura era agradable. El azul del ambiente brilló con la luz viscosa de la luna durante los primeros metros de aquel viaje. El horizonte que sedujo a Anita Cortés era tan ancho como un hueco que la invitaba a seguir adelante. Tanto avanzó en su nado esforzado, que pronto pudo llegar al punto donde se movían las aguas borrosas de sus compañeros. Allá estaban Papi Adriano y Jasón, rodeando con sus lámparas de luz cortante un viejo barco que dormía sus vergüenzas de óxido y naufragio.

Aquella ruina de nave parecía una visión fantasmal suspendida entre los corales silenciosos. La embarcación impresionaba por lo grande, por lo íntegra a pesar de las corrientes corrosivas capaces de podrir la esperanza de sacar al barco y ponerlo a servir para algo. En el mar, el exceso de sustancias moviéndose al ritmo constante de un péndulo universal que agita y revuelve las aguas, acaba con todo.

Quien traspasa la tela que separa nuestro mundo hecho de aire y tierra de la inconmensurable oquedad marina, traspasa también los límites que separan el dolor de la alegría. Cruzar esa línea visible era la razón que movía a Anita a aprender el arte del buceo. No había nada que le gustase más que la sensación de desnudez espiritual que se experimenta cuando se está buceando, flotando, braceando, pataleando con chapaletas y todo. El mar es como la noche y los buzos son como los astronautas que se dejan llevar por la naturaleza del medio en que flotan. Por eso Anita se imaginaba a sí misma como una conciencia única viajando en el vacío de su propia respiración. A ese ritmo pasaba por su cabeza un océano tan inmenso como el que acogía su lento nadar. Ese océano estaba hecho de palabras, de recuerdos que en un viaje al fondo de cualquier piélago se vuelven a mezclar para convertirse en una memoria nueva hecha de historias listas para que alguien las cuente. Por eso de pronto le pareció que viajaba a través del vacío en el que permanecían, como suspendidas, sus propias memorias.

En un resquicio de aquella inmensidad, Anita Cortés sintió en el estómago el aleteo de la bestia con la que vivía. Su propio padre, don Adriano Cortés, estaba en un concesionario automovilístico decidiendo si se compraba o no un Ford nuevo. De pronto, sentado al volante, vio cómo el obrero, que hasta ese momento había estado barriendo el lugar, soltó la escoba, empuñó un arma que llevaba escondida en algún bolsillo de su uniforme, disparó contra el vendedor que le mostraba el auto a Papi Adriano, abrió la puerta del carro nuevo, se sentó a su lado, le dio la llave y le dijo: «enciéndelo y no preguntes nada». Papi Adriano hizo lo que el conserje le había pedido, pero cuando sacaba el Ford del concesionario, apretó el acelerador a fondo y se estrelló contra un auto de la policía que pasaba por esa calle a esa hora.

Lo peor fue que, al salir del hospital, de entrar y salir de los tribunales, de lidiar con abogados, fiscales y magistrados, inclementes todos, Papi se metió en otro lío.

Un día el viejo Adriano iba con su Ford Sedán viejo y, esperando la luz verde en una esquina, vio cómo del Mercury que llevaba adelante, se bajó un gamberro que, sin mediar palabra, le robó la silla de ruedas a un pobre tullido que pretendía cruzar la calle. El hombre imprecó, maldijo y mentó madres desde el suelo, mientras el grandísimo hijo de puta volvía al auto muerto de la risa con el ignominioso trofeo. Aquella imagen, por supuesto, indignó a Papi Adriano y lo predispuso al heroísmo. De ahí que acelerara su Ford Sedán y golpease por detrás al Mercury del que se bajó el conductor con una oscura Beretta en las manos.

Después de haber sacado —no se sabe de dónde— un revólver y de haber cosido a tiros a los dos gamberros que le robaron su silla rodante a un pobre infeliz y trataron de asesinarlo a él, que no era más que un pobre viejo tan inocente como el tullido, Papi Adriano encendió su pipa, se apoyó en su Ford y se quedó de lo más tranquilo esperando a las autoridades.

Al ver las líneas de luz alumbrando el barco, Anita Cortés sintió que el fantasma de dos cabezas escamosas que le soplaba la barriga se esfumó. La memoria siempre está ahí, como una boca presta a devorarte que se abre en el escondrijo menos pensado. Sólo la actividad física ayuda a borrar las desgracias y las vergüenzas. Por eso, desde el principio, Anita sintió que lo arduo del entrenamiento valió la pena. Nadar y nadar a lo largo de una piscina, hacer ejercicios de inmersión con snorkel y chapaletas, oír interminables explicaciones sobre válvulas y bombonas de aire e ir a la playa a mirar cómo hacían su oficio unos buzos excelentes, fueron el pan vespertino de la muchacha durante los dos años y algunos meses en los que se ocupó de disolver el tremedal en que se metió su familia por culpa de un padre que no se dejaba ni se deja arredrar por nada ni nadie.

Por todo eso, y porque veía los rayos de luz que se abrían paso a lo largo de tanta inmensidad, Anita se sintió emocionada.

Lentamente, como disfrutando y rindiendo el descenso, Anita Cortés llegó hasta el punto exacto donde los dos hombres de su vida jugaban como niños a los exploradores submarinos. Aquella euforia que no podía ser otra cosa que felicidad, se manifestaba en el menearse inquieto de los dos buzos al lado de las paredes ahora cubiertas de corales arenosos.

Anita observaba extasiada los peces y las arrugas adheridas al casco del barco, mientras su padre anciano y su esposo curioseaban con sus focos en el interior de una nave antes roja y ahora vuelta óxido. Allá vieron maravillas hechas pátina, hechas regocijo de arrecifes coralinos que construían su propia arquitectura dentro del puente de mando, al lado del timón, en los pasillos, en el cuarto de máquinas, en todas partes. Allá vieron la chalupa medrosa pegada aún a la cubierta cubierta de conchas, bigarros, abrojines, guaruras, botutos, madréporas, estrellamares de colores púrpuras, añil y azafrán... La vida entera pululaba en aquella nave hundida en un punto incierto de la bahía de Los Cayos.

Ana Cortés los miraba sin comprender cómo se articulan la alegría y el afán en un pedazo de océano donde el mal puso a un pequeño y elegante barco que tenía un nombre mítico.

La embarcación se llamaba Argos y para Ana era gracioso porque un nombre como aquél no podía ser sino la evocación de una tragedia griega extendida por todo el orbe de su memoria, por toda el alma llena de vida junto al marido devenido en dueño aburrido de una incipiente cadena de ferreterías luego de ser hombre de acción y amo de su propio imperio… Entonces el monstruo de dos cabezas le enseñó el día en que conoció a su Jasón.

Fue hace cinco años cuando ella, Gloria y Adela decidieron pasarse unas vacaciones en Los Cayos, y, al llegar al pueblo, no sólo se encontraron con las salinas, con el calor, con el cielo azul, con las botellas de cerveza por todas partes y con el pueblo siempre hipnotizado por el mar. Ese día pasaba algo extraño que hacía que no hubiera un alma en las calles calurosas, que la iglesia estuviera cerrada, que los señores que a esa hora de la noche temprana se reunían a jugar dominó, no estuviesen meditando su próxima jugada. Era raro porque ni siquiera en la recepción de la posada donde siempre llegaban Ana y sus amigas estaba el sempiterno negrito sin camisa tomando cerveza y oyendo vallenatos en un aparato de radio tan pequeño y tan ruidoso que parecía una cigarra.

Aquella noche las muchachas se dejaron llevar por el ruido del viento que traía unas voces lejanas. No tuvieron que caminar mucho; tan sólo un par de cuadras y una pequeña cuesta hasta las ruinas de las cinco murallas a las que el pueblo de Los Cayos llamaba con orgullo «El castillo», en memoria de la fortaleza española que por años protegió la zona del asedio de las fragatas inglesas. En ese espacio rectangular y salpicado de basura se agolpaba la gente, ora silenciosa, ora solemne, ora displicente, ante un grupo de actores que tenían sus rostros cubiertos por unas extrañas máscaras triangulares y los cuerpos envueltos en unas telas que parecían raídas a propósito.

Ana y sus amigas se quedaron sorprendidas cuando vieron que aquello iba en serio. Una mujer salió de detrás de una de las paredes corroídas mientras un sujeto alto y barbudo se mesaba los cabellos y se le enfrentaba a gritos, al tiempo que los enmascarados alzaban los brazos y decían a coro unas palabras oscuras. ¿Cómo era posible semejante milagro? ¿Cómo era posible que en medio de aquella nada salitrosa, ellas, que venían del tumulto y de la diversidad, se encontraran con una función de Medea que tenía como telón de fondo al Mar Caribe?

La obra siguió su curso. A lo lejos y ya a oscuras, el mar se extendía en calma. Ana miró hacia el puerto y vio cómo se acercaba un pequeño barco rojo que al poco tiempo arribó al muelle de tablas rotas y cauchos viejos para que su tripulación bajara a tierra y caminase, como en procesión, hacia el improvisado teatro desde donde el portentoso barbado les hacía señas para que se esperaran un rato.

En el escenario, y como siempre, Medea se vengó de su marido desleal.

Al terminar la función, las gentes sencillas se levantaron de sus asientos sin prodigar aplausos ni entusiasmo, y se fueron silenciosas a sus casas.

Al día siguiente, luego de pasar horas tumbada frente al mar, de comer ostras, de tomar cerveza y de broncearse al sol junto a Gloria y a Adela, Ana se cambió y volvió sola al recinto en el que permanecían erguidas las murallas corroídas. Ahí estaba otra vez la gente de aquel pueblo lista para ver la tragedia de la mujer que se vengó de su marido adúltero matando a sus hijos: Medea.

¿Qué fuerza hacía que la gente volviera a aquel improvisado teatro, si nadie aplaudió al final de la función del día anterior? Esa pregunta atormentaba a Ana en aquel extraño paraíso en el que se ofrecía algo más que mar, rumba y cielo.

Todo estaba listo para Medea, salvo Jasón, que no había llegado. Esa tardanza le gustó a Ana porque a pesar de la dignidad de aquel montaje, había una atmósfera poco común en el «teatro»: por aquí un actor del coro se colocaba su máscara, por allá Medea encendía un cigarrillo; a la izquierda el director hablaba con el electricista, más allá, una señora le cosía un ruedo de última hora a la túnica del corifeo, hasta que por fin, a lo lejos, en el mar, los actores y el público avistaron el pequeño barco de casco rojo en el que venía Jasón de nuevo.

Ya en tierra firme, Jasón caminó en compañía de tres hombres hasta el foro y como si alguien hubiese movido una palanca, comenzó la obra.

Ana miraba el espectáculo y no podía creer que estuviera frente a semejante milagro. Medea, Jasón, Eurípides, Creonte, Egeo, un coro griego con todo y máscaras en Los Cayos… ¡Un milagro! Aquello era un prodigio que deleitaba a Ana y la ponía atenta a todo y no sólo a lo que pasaba en el escenario. Por eso, en uno de los tantos recorridos que sus ojos furtivos hicieron por aquella arquitectura extraña y ruinosa, la muchacha vio cómo se asomaba por uno de los resquicios de la cariada muralla un hombre armado con una escopeta que apuntaba directamente hacia Jasón.

Antes que se oyera el gran disparo, Ana pegó un alarido tan fuerte como los de la propia hija del rey Creonte y, en el mismo instante, Jasón se lanzó al suelo mientras sus argonautas reales, también armados hasta los dientes, acabaron con la vida del improvisado asesino que cayó de súbito bañado en su negra sangre.

Más tarde, cuando todo se hubo calmado, se supo que el francotirador había venido de otra comarca a acribillar a Jasón por un asunto de negocios. Al parecer, no le perdonaban que no hiciera a tiempo los embarques acordados por andar haciéndose el galán en una obra de teatro.
—Mándenle su tragedia griega —dijo el que envió al de la escopeta.

Jasón quedó muy complacido cuando sus argonautas le presentaron a la chica que lo había salvado de una bala con su grito abismal. Así conversaron y vieron que a pesar de la violencia que aún dominaba el ambiente, tenían cosas en común. Él le dio las gracias, ella no le ocultó su turbación, él le habló de las olas, de los negocios, de la locura que produce la mezcla de sol, barcos, teatro y dinero; de lo maravilloso que era (y es) Los Cayos, de la belleza de las ruinas, de la aridez de la zona, de lo buenos que son los pescaditos fritos en casa de Alberta, de lo alegres que son los hijos de los pescadores, de lo ricas que son las cervezas en medio de ese calor, de lo ordenada y limpia que es la posada de Juanita, que era donde se hospedaban los turistas de bien…

Después del episodio del pistolero, las funciones tuvieron más público y fueron más aplaudidas que antes, lo cual llenó de beneplácito a la compañía que participaba en la obra, a Jasón y a los verdaderos argonautas, cuyo número, por cierto, había aumentado. Ana seguía yendo a las funciones y cada noche veía nuevos detalles y nuevos colores en el montaje de aquella tragedia tan antigua como colosal.

Luego de cada función, durante más de una semana, la muchacha esperaba al protagonista de todo aquello y se iba con él a comer y a conversar. Cena tras cena, tomando cervezas y comiendo frituras de mariscos, Anita Cortés fue armando el rompecabezas de Jasón, sin importarle las risas de Gloria y de Adela y el que en algún momento la hubiesen dejado sola en Los Cayos sin siquiera despedirse.

Ana supo que Jasón no se llamaba Jasón (y no le importó su nombre real), que Jasón era dueño de un barco con el que comerciaba “la felicidad de otros”, lo cual le permitía obtener lo necesario (y más) para hacer lo que él quisiera, incluso montar Medea, Macbeth, Otelo, o lo que a él le diera la gana porque él, Jasón, era quien mandaba en ese pueblo abúlico en el que la gente iba a ver Medea no porque le interesara el teatro, sino porque en cualquier momento podía ocurrir una tragedia real con él, con Jasón. De paso supo que nadie aplaudía ni se emocionaba con el eco de las palabras de ningún poeta —así fuera Eurípides— porque durante los pocos siglos que llevaba de fundado, Los Cayos había tenido una y otra vez, en la realidad y no en la ficción, su Medea matando a sus hijos, su Edipo matando a su padre y refocilándose con su madre, su Electra, su Orestes, su Ifigenia y todo su repertorio de héroes trágicos capaces de empañar, con sus desgracias reales, a los héroes literarios.

Así pasó el tiempo y Jasón llegó a casarse con la muchacha que ahora lo veía metido en el cascarón de su barco hundido. Ana lo miraba de lejos y de nuevo se vio a sí misma riéndose con Jasón mientras veían aquel anuncio de Coca-Cola donde aparecía un elefante nadando en el mar, un elefante enamorado que meneaba sus patas y su trompa graciosa debajo del agua... Jasón le había jurado que su amor era tan grande como un elefante, como el elefante de la Coca-Cola, o como un elefante cualquiera porque todos los elefantes son tan puros y rotundos como el amor. Por eso Ana se vio otra vez en Nueva York, Madrid y Budapest, en un circo, rodeada de elefantes grises y arrugados, acompañada por Jasón el infalible, por Jasón el hombre de las herramientas, por Jasón el marinero, por Jasón el contrabandista, por Jasón el que dice que le gusta el sonido de las burbujas, por Jasón a quien le hundieron su barco, le mataron a la mitad de sus argonautas en un tiroteo descomunal y lo pusieron a recorrer mundo para que no dijera todo lo que sabía y para que no inventara todo lo que podía inventar.

Fue evocando esas imágenes cuando Anita Cortés recordó que Jasón estaba en lo correcto cuando decía que el reino de la calma y de la felicidad eterna se encuentra debajo del agua... Por eso es que en el paisaje que tenía frente a sí, Ana vio todo el amor que aquel hombre le prodigaba y le seguía prodigando desde donde estuviera; toda la dulzura, todo la paciencia que ambos se intercambiaron desde que se conocieron, toda la comprensión, todos los sustos, todas las peleas, todos los insomnios, todas las pantuflas, todos los cigarros, todas las escopetas, todas las tardes lluviosas, todas las borracheras en las que Jasón dejaba colar el dolor que le producía la rutina de la decencia y le espetaba su temerario deseo de volver a Los Cayos a buscar algo que de seguro estaba aún en un rincón oscuro de su barco, algo que no era otra cosa que el vellocino de oro encerrado en una caja cubierta de percebes o de cualquier alguna otra criatura abisal.

Ana sintió al monstruo de nuevo y se vio a sí misma en el mar, en las memorias que se abrían paso en la pared de agua; vio su rostro; vio su cuerpo; vio su piel; vio a su padre dementado por una ira heroica y a su marido ansioso por volver a ser el que fue, por volver a la aventura, por volver a ser el Jasón de verdad (aunque con el pelo pintado), el Jasón de los mitos, el héroe capaz de traficar mercaderías químicas de un puerto a otro, de un país a otro, de un mundo a otro, sin que le importaran los matones, los infantes de marina, los cobradores de impuesto y el mal tiempo en el mar, su mar, el mar que lo esperaría siempre hasta que el mundo fuera mundo y él tuviera fuerzas para gastar su fortuna montando espectáculos para seres abúlicos e inconmovibles.

A la luz de las linternas, Ana vio a Jasón y a su padre, abriendo una caja dispuesta a un lado del timón. De ahí sacaron otra caja más pequeña envuelta en una bolsa plástica sellada al vacío. A partir de ese momento, los dos hombres se movieron como lo que eran: dos fieras aletargadas reencontrándose con aquello que los hacía fuertes. Por eso halaban felices hacia la superficie el bulto, mientras Ana miraba hacia el fondo del mar y veía a la bestia que sonreía recordándole que pronto le tocaría a ella llorar alguna tragedia.