martes, noviembre 29, 2005
viernes, noviembre 25, 2005
CUENTO DE UN TAXISTA AGRADECIDO
Enrique Enríquez estaba parado en una esquina en la 5ta avenida de Nueva York y de repente, frente a él, se detiene un taxi en el que el chofer y el cliente se encuentran discutiendo. Los dos tipos discuten acaloradamente porque el chofer no quiere recibir el pago del cliente y éste argumenta que cómo no le va a cobrar por llevarlo de una urbanización a otra, si ése es su trabajo…
—No, de ninguna manera. Yo no le puedo cobrar. Ud. me ha hecho pasar los mejores momentos de mi vida —dijo el taxista.
Nuestro amigo Enrique Enriquez lo comprendió todo cuando se dio cuenta de que el cliente en cuestión era Paul Mc Cartney.
—No, de ninguna manera. Yo no le puedo cobrar. Ud. me ha hecho pasar los mejores momentos de mi vida —dijo el taxista.
Nuestro amigo Enrique Enriquez lo comprendió todo cuando se dio cuenta de que el cliente en cuestión era Paul Mc Cartney.
jueves, noviembre 24, 2005
LA ATMÓSFERA
El sonido amplifica la vida, la hace más intensa, más viva, más interesante. Por eso es que en las películas que vemos los golpes, las patadas y los batazos suenan más duro que en la vida real. El sonido hace que las cosas ganen otra identidad, y si no me creen vean cómo al encender un aparato de música el ambiente cambia y se llena de las reminiscencias que el propio ruido produce en nosotros.La música le modifica el aire al espacio y eso se comprueba cuando vemos que hay quien dice que la arquitectura es música congelada, aunque difícilmente encontraremos a alguien que diga que la música es arquitectura derretida…
En todo caso, la música llena el aire y lo transforma todo en algo más respirable para todos.
lunes, noviembre 21, 2005
EL SILENCIO
Nuestra época se caracteriza porque el silencio no existe. El silencio es una extraña cualidad que nos inquieta y nos hace pensar en los monstruos que llevamos por dentro. La muerte, la enfermedad, la desesperación y la debilidad viven en la falta de ruido que nos invita a revisarnos y a vernos tan débiles como somos. Por eso no nos gusta el silencio. Por eso hemos inventado miles de aparatos que lo anulan, convirtiendo nuestra existencia en un bullicio, en un ruido perenne que nos aturde y hasta nos hace felices.sábado, noviembre 19, 2005
LAS MUJERES Y LA MÚSICA
Nunca he entendido por qué a las mujeres no se les puede hablar de ningún disco ni de ningún músico. Las pocas veces que lo he intentado he salido con las tablas en la cabeza. La última vez que quise hablar con una dama sobre lo bien que suena el disco nuevo de Metallica terminé conversando sobre adminículos de cocina y sobre cubrecamas hindúes. Hay una lista de temas de los que no se puede hablar con una mujer: discos, boxeo, cerveza, películas porno, navajas, novelas de ciencia ficción, ventriloquia y para tú de contar. miércoles, noviembre 16, 2005
MODELO DE NOTICIERO DIGITAL
* Buenos días, buenas tardes o buenas noches. Hoy comenzamos nuestro recorrido por el apasionante mundo de las noticias con una mirada al arte y a sus protagonistas.* Hoy tenemos el caso de Ramón Ignacio Alberti, quien es artista y se la pasa haciendo las propuestas más extrañas que se hayan visto.
* Resulta que Ramón Ignacio acaba de inaugurar una exhibición de sus piezas en la galería Los Tres Mamarrachitos de Las Mercedes. A esa galería Ramón Ignacio nos trae “Pataletas y Karatekas”, una muestra que reúne lo último de este original artista.
* Para que Uds. se hagan una idea de lo que hace Ramón Ignacio, piensen en una galería normal y corriente con piso de parqué y lamparitas de 90.000 bolívares cada una.
* Pues bien, en ese espacio el artista le abrió unos huecos al piso y en cada uno puso cien hormigas recogidas en el jardín de su casa, previamente lo preparó todo para que los huecos en el piso tuvieran en sus paredes unos dibujitos mínimos hechos por el artista con tinta y papel de algodón.
* “Arte para hormigas” se llama esa obra especialmente preparada para que el público se agache y vea a las hormigas viendo dibujos a través de unas planchas de acrílico transparente que cubren cada hueco en el piso.
* Otra obra que hizo el niño en la sala Los Tres Mamarrachitos de Las Mercedes es una instalación en la que hay una nevera que usted puede abrir y sacar una Coca-Cola si le da la gana.
* En el congelador de esa nevera hay un montón de fotos de mujeres desnudas recortadas de Playboy y de otras revistas. Lo mejor es que Ramón Ignacio le hizo un trajecito de lana a cada una de las fotos de las mujeres desnudas para que no pasen frío en ese congelador.
* Y pasando a otros temas, hoy los habitantes de Macuto se encuentran asustados porque vieron al fantasma de Fucho Tovar en su ferry errante, deambulando por las costas guaireñas.
* “¡¡¡A correr!!!” Dijeron los vecinos de la zona.
* Y continuando en el Estado Vargas, hoy los vecinos de Camurí Grande vieron cómo salía del mar un par de holandeses cargando un escaparate repleto de ropa.
* Al ser entrevistados, los holandeses dijeron que ellos estaban tratando de darle la vuelta al mundo en un escaparate para ver si rompen el récord mundial de “escaparate-boarding”.
* Los dos holandeses salieron del mar y dieron una vuelta por los alrededores de Camurí Grande a ver si alguien les daba posada, pero como todo aquello estaba en ruinas, decidieron montarse otra vez en su escaparate e irse hasta Bonaire.
* Y hasta aquí las informaciones. Sigan Uds. con más del fascinante mundo de la red.
lunes, noviembre 14, 2005
CARTA ABIERTA A JUAN CARLOS MÉNDEZ GUÉDEZ
Querido Juan Carlos, espero que tus cosas vayan bien allá en España. Por aquí estamos en guardia, rodeados de las desgracias habituales. Mi vida es una belleza mientras estoy en mi casa. Eso sí: en cuanto pongo un pie en la avenida Francisco de Miranda, mi existencia se desdibuja y se vuelve miserable, pero ¿qué vamos a hacerle? Supongo que esa sensación nos marca a todos los que vivimos en Venezuela. En el hogar estamos bien, pero en la calle nos volvemos paranoicos ante tanta desgracia que se ha vuelto normal. Paciencia, carajo. No queda otra.
Oye, Juan Carlos, no creas que esta carta es para relatarte mis cuitas. En realidad te escribo porque acabo de terminar de leer Árbol de luna y no quiero que esa lectura se pierda en el olvido.
Hermano, ¡qué cojonuda esa novela! ¡Qué divertida! ¡Qué necesaria para entendernos y entender esta realidad aplastante que tenemos encima! ¡Qué oportuna para reconocernos, para tratar de ver lo que somos! Y, ojo, no se trata de que Árbol de luna sea un manojo de eventos históricos más o menos transformados por el talento de un artista; se trata de otra cosa: de reinterpretar nuestra historia reciente, de crear personajes y situaciones que, si bien no son reales, son reflejos de personas vivas, de gente que camina, suda y la mayoría de las veces, le fastidia con su negligencia, su mala fe o su pequeñez, la existencia a los demás.
En Árbol de luna hay —conste que nombro los siguientes personajes y situaciones, que debes conocer al dedillo, porque esta carta es pública— un coronel pusilánime (¡qué raro!) que, por seguir las normas burocráticas del ejército, deja sin papel sanitario a los soldados de su unidad. Hay también un político menor capaz de mandar a derogar la ley de la gravedad en Barquisimeto y comprar máquinas recolectoras de nieve para un país tan caliente como Venezuela. Por si fuera poco, aparece una secretaria experta en el arte de chantajear, un presidente y una comitiva con el sempiterno whisky en las manos, un gerente cultural que usa los recursos del estado para promocionarse a sí mismo, un escritorzuelo que adula a todo el que se le atraviesa en el camino para que le publiquen un libro de poemas y, por si fuera poco, un grupo de militares que creen que a su lado siempre se encuentra Simón Bolívar. En esta novela están representados todos esos personajes de la realidad criolla cuya presencia en nuestras vidas daría risa si los desaguisados que arman no produjeran tantas lágrimas, tantos dislates, tanta miseria y tanta penuria. Así es el humor, el humor de verdad, el que tiene un límite difuso entre tragedia y comedia, el que desnuda verdades, el que nos muestra nuestras desdichas para verlas y burlarnos de ellas.
Lo mejor es que tú, querido Juan Carlos, no te quedaste en la presentación de esos seres que los lectores de otras latitudes deben creer inventados porque se supone que no puede haber gente tan mediocre en este mundo, y ni se imaginan que en Venezuela no sólo la hay a borbotones, sino que es la que gobierna como una casta abyecta cuyo único interés es acumular fortunas y mantenerse a cualquier precio en el poder.
Tú retrataste también a ese personaje típico de la calle española contemporánea que es frívolo, jovial, liberado, recién vestido y perverso, a la vez que ingenuo en muchos aspectos, como sucede con la actriz y las lumbreras de la prensa rosa para los que trabajan Estela y Tulio o como el editor furtivo que no puede ver a un cubano porque cree que tiene no una sino varias novelas inéditas y que es la quintaesencia de esa sarta de lugares comunes que llaman lo latino.
Es inteligente y poderosa tu decisión de colocar los retratos de estas dos tipologías que además se encuentran conviviendo en la España contemporánea repleta de inmigrantes de todas partes. La razón es que existe una correspondencia entre realidad y literatura que va mucho más allá de la estampa (a veces melancólica, a veces descarranchante) de unos venezolanos en España, y esto es importante porque deslastra a esta novela de la cómoda etiqueta que la situaría en el anaquel de las obras dedicadas al tema del exilio y del desarraigo, y la colocaría en la tradición de la novela picaresca.
Los personajes de Árbol de luna que tú inventaste, Juan Carlos, son unos pícaros que medran para ver qué consiguen. Tulio y Estela, por ejemplo, viven inventando triquiñuelas para proveerse el diario sustento: a veces, comparten un tarro de miel, otras tantas se roban los sobres de azúcar que obsequian en las cafeterías, se hacen pasar por notables organizadores de eventos o llevan a cabo lo indecible para que les inviten una cena o un almuerzo. En el hambre y en el hacer lo que sea necesario para sobrevivir, Tulio y Estela son parientes del niño que le abría huecos a la tinaja de agua en la que bebía el famoso ciego de El Lazarillo de Tormes. Por si fuera poco, tus dos pícaros, Juan Carlos, son los herederos directos del pícaro-estudiante retratado por Francisco de Quevedo en El Buscón. Al final de esa novela, el personaje principal decide cruzar el Atlántico para continuar dándole rienda suelta a sus mañas en Hispanoamérica, mientras que Tulio y Estela, casi cinco siglos después, se van de un país hispanoamericano como Venezuela a esquilmar tontos en España. Pícaros con pícaros se paga...
Tu Árbol de luna, Juan Carlos, es una novela picaresca que condensa la idea de que el mundo contemporáneo es una gavilla que enfila su saña, en todas partes, contra el tonto que se deja, contra el débil que no se crece ante las adversidades. Frente a las manías de una época que se comporta como el ciego de Los olvidados de Buñuel, o como el malquistado Monipodio de Rinconete y Cortadillo de Cervantes, no queda otra que dejar la debilidad de lado y hacer todo lo que sea necesario para no dejarse tragar por la jauría. De ahí que en Árbol de luna sean tan importantes los episodios en los que Tulio habla del sufrimiento que a lo largo de su vida le ha producido el alcoholismo de su madre o aquellos capítulos en los que Estela cuenta (con toda la expresividad del habla guara) su vida en Yaritagua, las veces en que, junto a Cristina, se subía a la pasarela de la autopista y divisaba durante horas los autos y los camiones que iban a Barquisimeto.
En resumidas cuentas, esta novela es fascinante; está llena de un sentido del humor que duele; es un libro que revisa y transforma, con un ojo muy agudo, la estulticia, la dejadez, la vagabundería, la brutalidad y el hambre de todo tipo, que conformaron a paso lento la tragedia real que nos agobia. En nuestro caso, la picaresca no es una tradición literaria; es una vil realidad que se ha ido transformando en un monstruo lleno de tentáculos y de cabezas que escupen fuego. ¡Que alguien nos diga cómo aplacar de modo gracioso a esta fiera real! En nuestra realidad, las acciones del pícaro ya no dan risa; se han vuelto trágicas. Nuestra vida comienza a parecerse a esa película de Lina Wertmüller que se llama Pasqualino Siete Bellezas.
Espero que vengas pronto de visita y que podamos volver al Lai King a comernos el arroz chino que tanto detesta Chirinos (el otro Juan Carlos) para celebrar tu Premio Fernando Quiñónez o cualquier otro que de seguro te vas a ganar porque eres un carajo muy talentoso que no hace sino hacer quedar bien a su país donde quiera que estés.
Un gran abrazo, pana.
Roberto Echeto
P.S. Aquí en Caracas desapareció El libro de Esther. No lo hay en ninguna librería y yo me lo quiero comprar. ¡Por el amor de Dios, que alguien tome cartas en el asunto!
Oye, Juan Carlos, no creas que esta carta es para relatarte mis cuitas. En realidad te escribo porque acabo de terminar de leer Árbol de luna y no quiero que esa lectura se pierda en el olvido.
Hermano, ¡qué cojonuda esa novela! ¡Qué divertida! ¡Qué necesaria para entendernos y entender esta realidad aplastante que tenemos encima! ¡Qué oportuna para reconocernos, para tratar de ver lo que somos! Y, ojo, no se trata de que Árbol de luna sea un manojo de eventos históricos más o menos transformados por el talento de un artista; se trata de otra cosa: de reinterpretar nuestra historia reciente, de crear personajes y situaciones que, si bien no son reales, son reflejos de personas vivas, de gente que camina, suda y la mayoría de las veces, le fastidia con su negligencia, su mala fe o su pequeñez, la existencia a los demás.
En Árbol de luna hay —conste que nombro los siguientes personajes y situaciones, que debes conocer al dedillo, porque esta carta es pública— un coronel pusilánime (¡qué raro!) que, por seguir las normas burocráticas del ejército, deja sin papel sanitario a los soldados de su unidad. Hay también un político menor capaz de mandar a derogar la ley de la gravedad en Barquisimeto y comprar máquinas recolectoras de nieve para un país tan caliente como Venezuela. Por si fuera poco, aparece una secretaria experta en el arte de chantajear, un presidente y una comitiva con el sempiterno whisky en las manos, un gerente cultural que usa los recursos del estado para promocionarse a sí mismo, un escritorzuelo que adula a todo el que se le atraviesa en el camino para que le publiquen un libro de poemas y, por si fuera poco, un grupo de militares que creen que a su lado siempre se encuentra Simón Bolívar. En esta novela están representados todos esos personajes de la realidad criolla cuya presencia en nuestras vidas daría risa si los desaguisados que arman no produjeran tantas lágrimas, tantos dislates, tanta miseria y tanta penuria. Así es el humor, el humor de verdad, el que tiene un límite difuso entre tragedia y comedia, el que desnuda verdades, el que nos muestra nuestras desdichas para verlas y burlarnos de ellas.
Lo mejor es que tú, querido Juan Carlos, no te quedaste en la presentación de esos seres que los lectores de otras latitudes deben creer inventados porque se supone que no puede haber gente tan mediocre en este mundo, y ni se imaginan que en Venezuela no sólo la hay a borbotones, sino que es la que gobierna como una casta abyecta cuyo único interés es acumular fortunas y mantenerse a cualquier precio en el poder.
Tú retrataste también a ese personaje típico de la calle española contemporánea que es frívolo, jovial, liberado, recién vestido y perverso, a la vez que ingenuo en muchos aspectos, como sucede con la actriz y las lumbreras de la prensa rosa para los que trabajan Estela y Tulio o como el editor furtivo que no puede ver a un cubano porque cree que tiene no una sino varias novelas inéditas y que es la quintaesencia de esa sarta de lugares comunes que llaman lo latino.
Es inteligente y poderosa tu decisión de colocar los retratos de estas dos tipologías que además se encuentran conviviendo en la España contemporánea repleta de inmigrantes de todas partes. La razón es que existe una correspondencia entre realidad y literatura que va mucho más allá de la estampa (a veces melancólica, a veces descarranchante) de unos venezolanos en España, y esto es importante porque deslastra a esta novela de la cómoda etiqueta que la situaría en el anaquel de las obras dedicadas al tema del exilio y del desarraigo, y la colocaría en la tradición de la novela picaresca.
Los personajes de Árbol de luna que tú inventaste, Juan Carlos, son unos pícaros que medran para ver qué consiguen. Tulio y Estela, por ejemplo, viven inventando triquiñuelas para proveerse el diario sustento: a veces, comparten un tarro de miel, otras tantas se roban los sobres de azúcar que obsequian en las cafeterías, se hacen pasar por notables organizadores de eventos o llevan a cabo lo indecible para que les inviten una cena o un almuerzo. En el hambre y en el hacer lo que sea necesario para sobrevivir, Tulio y Estela son parientes del niño que le abría huecos a la tinaja de agua en la que bebía el famoso ciego de El Lazarillo de Tormes. Por si fuera poco, tus dos pícaros, Juan Carlos, son los herederos directos del pícaro-estudiante retratado por Francisco de Quevedo en El Buscón. Al final de esa novela, el personaje principal decide cruzar el Atlántico para continuar dándole rienda suelta a sus mañas en Hispanoamérica, mientras que Tulio y Estela, casi cinco siglos después, se van de un país hispanoamericano como Venezuela a esquilmar tontos en España. Pícaros con pícaros se paga...
Tu Árbol de luna, Juan Carlos, es una novela picaresca que condensa la idea de que el mundo contemporáneo es una gavilla que enfila su saña, en todas partes, contra el tonto que se deja, contra el débil que no se crece ante las adversidades. Frente a las manías de una época que se comporta como el ciego de Los olvidados de Buñuel, o como el malquistado Monipodio de Rinconete y Cortadillo de Cervantes, no queda otra que dejar la debilidad de lado y hacer todo lo que sea necesario para no dejarse tragar por la jauría. De ahí que en Árbol de luna sean tan importantes los episodios en los que Tulio habla del sufrimiento que a lo largo de su vida le ha producido el alcoholismo de su madre o aquellos capítulos en los que Estela cuenta (con toda la expresividad del habla guara) su vida en Yaritagua, las veces en que, junto a Cristina, se subía a la pasarela de la autopista y divisaba durante horas los autos y los camiones que iban a Barquisimeto.
En resumidas cuentas, esta novela es fascinante; está llena de un sentido del humor que duele; es un libro que revisa y transforma, con un ojo muy agudo, la estulticia, la dejadez, la vagabundería, la brutalidad y el hambre de todo tipo, que conformaron a paso lento la tragedia real que nos agobia. En nuestro caso, la picaresca no es una tradición literaria; es una vil realidad que se ha ido transformando en un monstruo lleno de tentáculos y de cabezas que escupen fuego. ¡Que alguien nos diga cómo aplacar de modo gracioso a esta fiera real! En nuestra realidad, las acciones del pícaro ya no dan risa; se han vuelto trágicas. Nuestra vida comienza a parecerse a esa película de Lina Wertmüller que se llama Pasqualino Siete Bellezas.
Espero que vengas pronto de visita y que podamos volver al Lai King a comernos el arroz chino que tanto detesta Chirinos (el otro Juan Carlos) para celebrar tu Premio Fernando Quiñónez o cualquier otro que de seguro te vas a ganar porque eres un carajo muy talentoso que no hace sino hacer quedar bien a su país donde quiera que estés.
Un gran abrazo, pana.
Roberto Echeto
P.S. Aquí en Caracas desapareció El libro de Esther. No lo hay en ninguna librería y yo me lo quiero comprar. ¡Por el amor de Dios, que alguien tome cartas en el asunto!
sábado, noviembre 12, 2005
UN NEGRO Y UNA RATA CONTRA LA FELICIDAD
El viernes mi esposa y yo queríamos tener una "noche romántica" porque cumplíamos 6 años juntos. Lo curioso fue que nuestra velada se vio interrumpida por un vecino que tocó el timbre de la casa. José Antonio es un negro gigantesco que vive 2 pisos más arriba de donde vivo y es un tipo chévere, aunque en esa oportunidad no pudo ser más inoportuno. José Antonio me pidió que lo ayudara a mover un saco lleno de escombros en la planta baja del edificio, donde están haciendo unas reparaciones. De uno de los tantos huecos que han abierto en el piso, salió una rata gigantesca que asustó a los dos ancianos que viven en uno de los apartamentos de la planta baja. No me quedó más remedio que ayudar al negrote a mover el saco lleno de piedras y oírle media hora de cuentos sobre su esposa preñada, sobre las bondades de la cerveza, sobre su labor como entrenador de un equipo de basket en Chacao y sobre las barras paralelas que mandó a poner en la plaza de La Carlota...
¿Han visto? Yo no sé por qué la gente se ríe viendo Friends, si mi vida es más absurda que cualquier programa de televisión.
jueves, noviembre 10, 2005
LA RESURRECCIÓN DEL BARBERO
Desde su silla giratoria, don Roque se miraba en el espejo. Se veía a sí mismo cubierto con una impecable capa de tela blanca y se detallaba el rostro moreno y algo cansado. A su lado, Nicola sorbía los últimos centímetros de un cigarro, mientras le ponía una nueva hojilla a la máquina eléctrica. Ambos se preparaban para dar inicio a un pequeño ritual: el del corte de pelo.Como barbero, Nicola era silencioso y voraz. En sus manos cincuentonas, una cabeza pasaba de la pelambre descuidada a la poda medida en pocos minutos que podían hacerse más, dependiendo de los caprichos o de la conversación del cliente. Nicola era de esos barberos que no decían palabra si no se les hablaba. Por eso sus colegas de la Barbería Estrella lo tenían por un hombre prudente en quien se podía confiar.
Esa mañana del sábado en que Roque se miraba los lunares, las facciones y los pliegues de la cara, habría transcurrido tranquila como todas las visitas que una vez al mes le hace a su barbero. Sin embargo, ese día ocurrió algo que marcó la vida de los dos hombres.
Hacía rato que Nicola le había mojado la testa a don Roque y le cortaba el pelo con un peine y una navaja. La acción era rápida. El barbero movía sus manos con la precisión de un artista que sabe darle forma al cabello con una, dos o tres pasadas de cuchillo pero de pronto, los mechones de pelo dejaron de caer al piso. Nicola detuvo sus manos y se quedó mirando un punto en el espacio entre él y el espejo. Don Roque lo miró con extrañeza y se dijo a sí mismo que nunca le había visto un semblante parecido a su barbero. Ya estaba abriendo la boca para preguntarle a Nicola si le sucedía algo cuando, sin decir palabra, el italiano se desplomó.
Don Roque y todos los que estaban ese día en la Barbería Estrella se abalanzaron preocupados sobre el cuerpo inerte de Nicola. Sus colegas buscaron agua, sacudieron toallas para darle aire y hasta intentaron salir a la calle en busca de un médico. Sin embargo, fue Roque quien se dio cuenta de que aquel italiano fumador necesitaba algo más que buenas intenciones y agua con azúcar. Por eso se quitó la capa blanca llena de pelillos picosos y le pidió ayuda a otro barbero para que entre los dos cargasen a Nicola y se lo llevaran a una clínica. Cuando Roque y el Antonino lo cargaron, todos vieron que su rostro se había puesto azul, pero gracias a que Roque condujo sin escrúpulos su Mustang amarillo hacia el hospital, la desgracia no pasó a mayores. Nicola había sufrido un infarto y fue atendido a tiempo en una sala de emergencias de color blanco igual al de las capas de la barbería, gracias a la acción de un cliente que no sólo actuó a tiempo, sino que tuvo la bondad de pagar el ingreso del barbero a la clínica.
Pasó un mes y muy pronto el émulo de Fígaro recuperó la salud. Nicola se reía con las pequeñas bromas que sus colegas le jugaban (eran frecuentes las preguntas sobre si le iba a afeitar las barbas a San Pedro o si le iba a aplicar un enjuague a los ángeles). Cada vez que Roque iba a visitar a su barbero, a éste se le salían unas lágrimas de gratitud que Roque trataba de enjugar diciéndole que se tenía que recuperar pronto para que terminara la afeitada que dejó a medio camino.
Más rápido que tarde, Nicola regresó a su peine y a sus navajas. Eso sí: jamás le volvió a cobrar un céntimo a Roque, el cliente que le había salvado la vida.
domingo, noviembre 06, 2005
UNA TARDE CON CHARLES MINGUS
"Para mí, la música es un lenguaje en su sentido literal. Hace algunos años tenía bastantes dificultades para utilizar el lenguaje hablado. Mi boca traducía mal mis pensamientos. Ahora he mejorado mucho en este aspecto pero mi contrabajo sigue siendo mi modo de expresión favorito. Puedo hablar con la música. No sé si usted se da cuenta de las posibilidades de mi instrumento. Les voy a dar un ejemplo preciso. Hace un tiempo mi psicoanalista, el doctor Finkelstein, realizó un pequeño experimento. Escribió en un trozo de papel la frase "Mingus I think is a genius", frase voluntariamente incorrecta porque hubiera tenido que escribir: "I think Mingus is a genius". Y me pidió traducir esta frase con mi contrabajo. Primero toqué aquello que me parecía que se correspondía con esta idea ante un joven saxofonista que acababa de ingresar en mi grupo y quien, tal vez por este motivo, no se enteró de nada. Hice la misma experiencia con Dannie Richmond, el batería que toca conmigo desde varios años. Dannie me pidió tocarlo una segunda vez y me dijo: "No lo comprendo perfectamente pero me parece haber reconocido las palabras "Mingus" y "genius", algo así como "Mingus is a genius", pero la frase me parece incorrecta. Hay algo que está invertido". Ahí está. Si ustedes no me creen, les puedo dar la dirección del doctor Finkelstein y él les confirmará sin ningún problema lo que acabo de contarles.Antes de este experimento a él también le era difícil imaginarse que era posible hablar gracias a un contrabajo. Y, sin embargo, es lo que hago a diario. Soy el primero en haber "domado" el lenguaje musical. No, perdone, me olvidada de Parker que empezó antes que yo. ¿Se han dado cuenta de que a Bird le gustaba expresarse con pequeñas frases y que, para aquellos que sabíamos escuchar, eran perfectamente claras? Éramos así unos pocos a quienes Bird "hablaba". Bud Powell, Fats Navarro. Observe a Bud hoy. Cuando toca siempre da la impresión de que espera que alguien le diga algo, musicalmente hablando. Pues yo sé hablar a Bud. Si tuviera la posibilidad de tocar con él, le ayudaría mucho a restablecerse a nivel musical y corporal. La música es capaz, casi por sí sola, de hacer vivir a la gente. Te puede volver feliz, hacerte llorar, amar y hasta matar. Pero para llegar a este resultado hay que llevar al cuerpo al nivel de la música. Por mi parte, trabajo con mi batería casi en un estado de hipnosis. Cuando tocamos juntos, estamos verdaderamente en estado de trance. En cuanto empiezo a tocar con Dannie Richmond, estoy seguro de que va a pasar algo. Es fantástico sentir que está sintiendo al mismo tiempo que yo las mismas cosas".
"Una tarde incómoda". Jean Clouzet y Guy Kopelowicz entrevistan a Charles Mingus para Jazz Magazine; 1964
viernes, noviembre 04, 2005
NO HABRÁ FINAL (extracto)
"...Cuando todo parecía de lo más normal, se oyó un escándalo de gritos y de puertas batidas en el gimnasio que fueron el preludio para que apareciera un sujeto contrahecho, retaco y siniestro que cruzó todo el recinto lleno de máquinas, pesas, barras y espejos hasta que agarró por las greñas a una mujer rubia de contextura atlética mucho más grande y más fuerte que él, y de un solo tirón se la llevó entre gritos e insultos al propio estacionamiento del edificio para darle una golpiza ahí mismo, sin miramiento alguno.
Recuerdo que la físicoculturista gritaba:
—¡Perdóname, Ricardo! ¡Yo no lo quise hacer! ¡Fue un impulso! ¡Un impulso! —Y el tal Ricardo le daba más duro con el puño derecho —el izquierdo no lo movía porque parecía como si llevase un arma debajo de la chaqueta o como si le faltara el brazo—, y le decía que él iba a remover cielo y tierra para encontrar al batracio ése y cortarle las bolas porque esto no se puede quedar así. ¡Yo te mato, puta!
Lo cierto es que ese divertimento en el que un marido trataba de lavar su honor, duró poco porque «la Juan Carlos» y otros tres ociosos que hacían ejercicios a esa misma hora, salieron al estacionamiento seguidos de todas las mujeres que hacían aerobics y, entre todos, lograron detener a Ricardo y salvarle el rostro a la físicoculturista que no había movido un solo músculo para defenderse, y mira que semejante mujer pudo haber cargado en peso al retaco ése y lanzarlo por los aires para luego molerlo a patadas. Así sería el remordimiento de la mujer, que eso no pasó...".
Recuerdo que la físicoculturista gritaba:
—¡Perdóname, Ricardo! ¡Yo no lo quise hacer! ¡Fue un impulso! ¡Un impulso! —Y el tal Ricardo le daba más duro con el puño derecho —el izquierdo no lo movía porque parecía como si llevase un arma debajo de la chaqueta o como si le faltara el brazo—, y le decía que él iba a remover cielo y tierra para encontrar al batracio ése y cortarle las bolas porque esto no se puede quedar así. ¡Yo te mato, puta!
Lo cierto es que ese divertimento en el que un marido trataba de lavar su honor, duró poco porque «la Juan Carlos» y otros tres ociosos que hacían ejercicios a esa misma hora, salieron al estacionamiento seguidos de todas las mujeres que hacían aerobics y, entre todos, lograron detener a Ricardo y salvarle el rostro a la físicoculturista que no había movido un solo músculo para defenderse, y mira que semejante mujer pudo haber cargado en peso al retaco ése y lanzarlo por los aires para luego molerlo a patadas. Así sería el remordimiento de la mujer, que eso no pasó...".
jueves, noviembre 03, 2005
INDIGENTES EVERYWHERE
Esta es la historia de Carlos Manirroto Álvarez, un muchacho que se asustó al entrar en la “Panadería Pastelería Mi Junquito”, ubicada en Montalbán. Ahí se dio cuenta de que los panaderos, el cafetero, el quesero y la cajera no eran portugueses.
El hecho de que ninguno de los dependientes de la panadería fuera rosado, que no tuviera los ojos azules y un bolígrafo pegado a una de sus orejas peludas, causó una profunda extrañeza en Carlos Manirroto Álvarez.
Sin embargo, su estupor aumentó cuando se dio cuenta de que los panaderos no sólo no eran portugueses, sino que todos y cada uno de ellos tenía manchas de sucio en todo el cuerpo, el pelo grasiento y un saco de yute lleno de latas a su lado...
Carlos Manirroto Álvarez casi se desmayó cuando se dio cuenta de que todos los que atendían la “Panadería Pastelería Mi Junquito” eran indigentes...
Como lo oyen: indigentes, pordioseros, mendigos, recogelatas...
Carlos Manirroto Álvarez salió despavorido de la mencionada panadería. Corrió con todas sus fuerzas al puesto policial más cercano a su casa y ahí también se llevó una sorpresa: los policías también llevaban la ropa hecha jirones, estaban sucios, tenían el pelo grasiento y portaban un costal lleno de latas.
Carlos Manirroto salió de la prefectura corriendo y se metió en el bar “Mother Mine”. Allí se terminó de desmayar cuando se dio cuenta de que los mesoneros y el barman también estaban sucios, andrajosos y pegostosos...
Nuestro protagonista se pellizcó varias veces para ver si estaba soñando... Como no se despertó, se dio cuenta de que no estaba dormido...
Carlos Manirroto Álvarez se dio cuenta de que el país donde vive es así; que su patria es una patria de indigentes...
Y colorín colorado… el pordiosero se ha acostado.
El hecho de que ninguno de los dependientes de la panadería fuera rosado, que no tuviera los ojos azules y un bolígrafo pegado a una de sus orejas peludas, causó una profunda extrañeza en Carlos Manirroto Álvarez.
Sin embargo, su estupor aumentó cuando se dio cuenta de que los panaderos no sólo no eran portugueses, sino que todos y cada uno de ellos tenía manchas de sucio en todo el cuerpo, el pelo grasiento y un saco de yute lleno de latas a su lado...
Carlos Manirroto Álvarez casi se desmayó cuando se dio cuenta de que todos los que atendían la “Panadería Pastelería Mi Junquito” eran indigentes...
Como lo oyen: indigentes, pordioseros, mendigos, recogelatas...
Carlos Manirroto Álvarez salió despavorido de la mencionada panadería. Corrió con todas sus fuerzas al puesto policial más cercano a su casa y ahí también se llevó una sorpresa: los policías también llevaban la ropa hecha jirones, estaban sucios, tenían el pelo grasiento y portaban un costal lleno de latas.
Carlos Manirroto salió de la prefectura corriendo y se metió en el bar “Mother Mine”. Allí se terminó de desmayar cuando se dio cuenta de que los mesoneros y el barman también estaban sucios, andrajosos y pegostosos...
Nuestro protagonista se pellizcó varias veces para ver si estaba soñando... Como no se despertó, se dio cuenta de que no estaba dormido...
Carlos Manirroto Álvarez se dio cuenta de que el país donde vive es así; que su patria es una patria de indigentes...
Y colorín colorado… el pordiosero se ha acostado.
martes, noviembre 01, 2005
TERROR EN EL MUSEO DE CERA
George Melies; 1905Hoy no queremos contar cuentos. Más bien tenemos ganas de hablar de los museos de cera. Allí hay figuras que recuerdan a los grandes monstruos del cine: momias, hombres lobos, vampiros... En todo museo de cera hay una cosa rara: las figuras no son tenidas por esculturas... Son réplicas de gente... o de monstruos salidos del cine. Las figuras de cera de estos museos no se valoran como obras de arte. ¿Por qué? No lo sabemos. Lo cierto es que si a Uds. les da por pasar una noche en un museo de cera londinense, llévense un secador de pelo para que acaben con los vestiglos que quieran asustarlos.
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