domingo, enero 29, 2006

GUSTOS Y DISGUSTOS

Hacia el final de Mi último suspiro (libro al que me acerco cada dos semanas para autoinsuflarme ánimo), Luis Buñuel escribió una lista de las cosas que le gustaban y que le disgustaban. Aparte de ser una exquisitez, tal ejercicio representa una auténtica declaración de principios. De ahí que haya decidido escribir mi propia lista de amores y manías a saber:

* Me gusta el Bloody Mary.

* Me gustan las orquestas.

* No me gusta el anís.

* No me gusta la gente que usa prendas doradas.

* Me gustan las gerberas.

* No me gusta la Salsa.

* Me gustan los bolígrafos de tinta negra.

* Me gustan el whisky, el vodka, el ron Pampero Aniversario y el tequila 100% agave.

* Odio la literatura de vampiros.

* No me gustan los periodistas.

* Odio la ropa de lana.

* Prefiero PC a MAC.

* Me gusta oír radio.

* Me gustan las películas de mafiosos.

* Detesto la lluvia.

* Me gusta beber Coca Cola.

* Me fascina dibujar.

* Detesto los médicos.

* Me gustan los discos de Miles Davis.

* No me gustan las feministas.

* No me gustan los músicos.

* Me gustan los elefantes.

* No me gustan los intelectuales.

* Me gustan los caballos, pero sin jinete.

* Detesto los aeropuertos.

* Me gusta la comida japoesa.

* Me gusta Bogotá.

* Me fascina la ropa de algodón.

* No me gustan los artistas.

* Odio acampar y hacer pupú al aire libre.

* Me fascina el jamón serrano.

* No me gustan los poetas.

* Me fastidian las conferencias.

* Detesto el color beige.

* Detesto la música de protesta.

* No me gustan los militares ni su mundo.

* Me gustan los chaguaramos, las palmeras y las washingtonias.

* Me gustan los volkswagenes.

* Me fascinan las ferreterías.

* Me gustan los supermercados.

* Me incomodan los abogados.

* Me aburre la navidad.

* Me disgustan las medias blancas.

* Me gusta usar guayaberas.

* Detesto los teléfonos celulares.

* Me gustan los bares.

* Me fascinan las plantas.

* Me molestan los deportistas.

* Detesto el mercadeo, los «sondeos de opinión», los «focus groups» y las encuestas.

* Me gustan los barcos.

* Me gustan los juguetes.

* Me disgusta probarme ropa en una tienda.

* Me molestan los comunistas, los izquierdistas, los guerrilleros y los terroristas; también los falangistas, los fascistas, los chauvinistas y afines porque básicamente son lo mismo.

* Me fascinan los cactus.

* Me gustan las abejas y las hormigas.

* Me disgusta que los gringos me llamen «latino».

* Me fastidian los vendedores que ponen cara de que los vas a robar.

* Me fascina tomar café.

jueves, enero 26, 2006

EL IDIOMA DE LA MÚSICA

Hay gente que cree que no puede escuchar música que «no tenga letra». Hay gente que cree que el único idioma con que se puede hacer música contemporánea es el inglés. Hay gente que cree que en alemán, francés, danés, portugués, italiano o croata no se puede grabar un disco «exitoso». Hay gente que cree que el español es un idioma desde el que sólo se pueden cantar salsa, merengue, boleros y baladas. Hay gente que cree que si se canta en español, debe hacerse evitando los localismos. Hay gente que cree que la música acepta definiciones o que sirve para algo acotarla en términos idiomáticos, ignorando que sólo existen buena y mala música. Nadie es quién para ponerle trabas a este arte universal que nos hace la vida más agradable.

miércoles, enero 25, 2006

JEVITAS FOREVER

¿Qué define a una jevita?

En esta época en que las mujeres quieren hacer todo lo que hacen los hombres y más, hay mujeres que quieren mantenerse a raya y continuar siendo damas.

Pero no se engañen: una jevita que quiera seguir siendo jevita no se cala que la ninguneen ni que vengan a aplicarle una de machismo.

Lo que define a la jevita contemporánea es que hace kárate, levanta pesas y maneja un jeep 4 x 4 sin despeinarse y sin dejar de andar bien arregladita.

Jevita que se respete siempre huele bien.

Jevita que se rspete no se despeina ni que se zumbe en parapente desde el Empire State.

Jevita que se respete juega dominó con los amigos del novio o del hermano.

Jevita que se respete te invita a que la acompañes a «la tasca más cercana a tu domicilio».

Jevita que se respete tiene gato o perro con nombre de computadora.

«Ven acá, laptop».

Jevita que se respete tiene su propio negocio o es gerente de una gran empresa multinacional.

Jevita que se respete no gana en Cesta Tickets.

Jevita que se respete se paga ella misma la operación de sus lolas.

Jevita que se respete invita al cine a sus papás.

Jevita que se respete se come una morcilla y luego pide otra.

Jevita que se respete no se cala que el novio le sea infiel.

Jevita que se respete puede tener un hijo siendo o no soltera.

Jevita que se respete entiende de beisbol y de fútbol, pero no es marimacha.

Jevita que se respete sabe de mecánica.

Jevita que se respete, duerme en carpa.

Eso sí: ninguna jevita sabe de computadoras.

Jevita que se respete no tiene novio manganzón.

Jevita que se respete no ve por décima ve El retorno del rey.

Jevita que se respete no se molesta si su novio va a ver King Kong solo.

Jevita que se respete maneja por carretera sin importarle fallas de borde ni viaductos caídos.

Jevita que se respete no espera a nadie en la puerta de ninguna discoteca.

Jevita que se respete no es amiga de la tipa que le quitó el novio.

martes, enero 24, 2006

LA CIUDAD LITERARIA DE FRANCISCO MASSIANI

Obertura

El otro día me sucedió una de esas cosas que parecen tomadas de un relato de Francisco Massiani. No sé por qué extraña circunstancia me dio por dar una vuelta a la manzana antes de llegar a mi cama. Venía de conversar, de beber cerveza y de reírme con sincera alegría de los cuentos verdes que siempre cuentan mis amigos. Las calles que rodean mi casa y la oscura soledad nocturna, me sedujeron hasta el punto de hacerme caminar despacio, muy despacio, lo más despacio que me fue posible... Era como si de pronto me embargase el lento disfrute del viaje a pie, del aire agradable y del olor a dulce savia que se desparrama por toda Caracas cuando es de noche. Y es que el perfume que brota de los rincones de mi ciudad es un aroma que nos remite a otra Caracas, a una que no ha existido y que probablemente no exista más que como utopía. No sé a qué extraños acordes me suenan esos olores, pero me barrunto que es a algo escondido que tenemos que descubrir. Cuando descubramos eso que no es evidente, entenderemos que somos unos privilegiados por vivir en un valle tan bonito...

En tales pensamientos andaba cuando de pronto me vi caminando por la Avenida Principal de La Carlota. Para quien no la conozca, esta avenida se caracteriza por tener dos vías de circulación divididas por una larga y angosta plaza donde siempre juegan cartas y dominó las decenas de italianos y españoles que viven en la zona. Juro que seguí con paso lento, gozando de aquel mundo apenas habitado por unos cuantos gamberros nocturnos cuyo disfrute máximo era hacer ejercicios en las barras paralelas de la plaza. Los tipos subían y bajaban sus cuerpos esculpidos, sosteniendo todo el peso en sus brazos tensos y brotados de venas. Tales manganzones hacían ejercicio lenta y metódicamente hasta que venía uno que estaba sentado en el suelo y les pasaba un tabaquito encendido a ésos que hasta hacía unos minutos gastaban todas sus energías encaramándose en un tubo... Andar por allí y ver a aquellos tercios templarse el carácter a fuerza de gimnasia y marihuana me hizo gracia. Sin embargo, lo que más me dio risa fue continuar mi recorrido por esa avenida flanqueada de edificios pequeños cuyas ventanas del primer piso están casi al nivel de la calle. Fue muy curioso y muy bonito pasar por allí y escuchar los ronquidos de alguien que se me antojó gordo y en calzoncillos. Me lo imaginaba durmiendo boca arriba, sobre un catre viejo cubierto por unas sábanas y unas cobijas también viejas pero pulcras gracias a los oficios de una buena esposa. Con sólo el rugir continuo de aquella respiración se me vino a la mente la imagen de aquel troglodita que cimbraba toda la extensión de la noche. No sé por qué, pero aquel grueso roncar me trajo el recuerdo de los libros de Francisco Massiani. Habría que investigar el efecto proustiano que en mí producen los ruidos de otros al dormir...

Fuera de bromas, cada vez que paseo por la Caracas de la madrugada, evoco la escritura de Pancho Massiani. Debe ser que él siempre ―y más a la hora de escribir― tiene a la ciudad circulándole por todas las células del cuerpo. Si el lector no me cree, tome Piedra de Mar y lea la descripción de Sabana Grande, de El Ávila con todo y teleférico, de las areperas, y de las fuentes de soda, del paseo de Corcho (su personaje principal) por las calles caraqueñas luego de la fiesta de donde lo botan a golpes. Si con todo ese material el lector no queda convencido, búsquese Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal y lea la escena del bar o la de la óptica o la de la fiesta que termina a tiros. En todas esas páginas se lee, se respira y se intuye una ciudad, una Caracas amable y graciosa al mismo tiempo...

La obra literaria de Francisco Massiani no puede entenderse sin un análisis de lo que han significado y significan el espacio y la arquitectura de una ciudad como Caracas... Caracas, la grande, la que era llamada “sucursal del cielo” y “ciudad de los techos rojos”; Caracas la que tantos dolores de cabeza le ha traído y le trae a sus habitantes, a la gente que la ha visto y la ve mutar todos los días... Caracas, la que fue ciudad de neblina tranquila y que de la noche a la mañana se transformó en una metrópolis infernal... A esa Caracas, a la que fue mutando sus formas entre ruidos de taladro, catástrofes políticas, fiestas y mucha alegría de vivir, es a la que remiten todos los libros de Francisco Massiani. Las claves de su escritura están íntimamente relacionadas con el pulso de cada cambio físico que ha tenido la capital de Venezuela desde la segunda mitad del siglo XX. A eso, a sacar a flote esas relaciones entre una obra literaria y el compendio de obras arquitectónicas que hacen a una ciudad como Caracas, dedicaremos las siguientes páginas.


El espacio urbano

Toda ciudad representa un proyecto racional, un proyecto que niega de plano el mundo silvestre y salvaje ajeno al hombre. Ese espacio urbano centra su existencia y su perpetuidad en dos premisas básicas: el intercambio de información y el respeto a unas reglas de convivencia ciudadana. Sin esos elementos fundacionales no puede existir ese gran entramado físico, sígnico, vivencial y político que representa la ciudad. Y es que el espacio urbano es una experiencia que va mucho más allá del concreto, de las calles y de los edificios; es un sentimiento interno que pasa a ser parte vital del ciudadano, del que vive y padece la pesada carga de alegría y fatalidad que supone el orden de la urbe. La ciudad representa un espacio físico creado por el hombre que a la vez influye sobre el hombre. La cultura de una sociedad está inevitablemente determinada por la manera en que sus miembros ordenan el espacio y hacen uso de él. Una ciudad es el primer espejo de un grupo humano. Como sea la ciudad serán sus habitantes. Más aún: como sea la ciudad, así será el sedimento sobre el que flota el alma de cada uno de sus habitantes. Si llevamos esta premisa a los libros y al autor que nos ocupa, nos percataremos de que los momentos más importantes de la evolución literaria de Francisco Massiani prácticamente corresponden a los momentos estelares de la evolución arquitectónica que ha tenido Caracas desde 1944 hasta el presente (hoy es 12 de febrero de 1999). Si hiciésemos un ejercicio de cronologías comparadas obtendríamos infinidad de datos que subrayan la certeza de esa intuición.

1) Primer gran remozamiento moderno de Caracas (1941-1952). En este período la ciudad pasó de ser una aldea grande, repleta de resabios rurales, a ser una pequeña y naciente metrópolis. Era el momento de transición entre el mundo gomecista y el de la naciente democracia. Allí comenzó una suerte de delirio constructivo signado por el optimismo que produce el deseo de acercar al país a las ilusiones de progreso, prosperidad económica, libertad y desarrollo industrial. El petróleo ayuda a que la capital se reorganice y se vuelva más compleja y se lance en una carrera por renovar sus formas y sus modos de vida. Caracas quiere dejar de ser monte y culebra y se monta sobre la propuesta de un plan urbanizador impulsado por Manuel Mujica Millán, Luis Roche y Carlos Guinand Sandoz. En esta época la ciudad conoce por primera vez lo que es un proyecto urbanístico coherente. Se fundan urbanizaciones como Altamira, Los Caobos, El Silencio, Lídice, Sabana Grande y Campo Alegre. Se fundan, además, grandes pasos peatonales y de vehículos como son la avenida Bolívar, la avenida Urdaneta y la avenida Victoria... El diseño y la construcción se diversifican. No sólo se construyen las grandes y tradicionales casonas burguesas (verbigracia las mansiones diseñadas por Mujica Millán en la urbanización Campo Alegre), sino que también se alzan los primeros edificios importantes de Caracas (El Silencio, el edificio Altamira). Poco a poco la ciudad se ve envuelta en un espíritu renovador que carga consigo el germen higienista y modernizante propuesto por los grandes arquitectos y las grandes escuelas de diseño del mundo (la Bauhaus, el constructivismo, Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Louis Kahn...). Semejante espíritu renovador genera una ciudad amable y optimista que tiene espacios abiertos a montón. En esa época Caracas era en realidad dos Caracas: una era pretendidamente clásica (piénsese en los edificios oficiales de Alejandro Chataing ―la Escuela Militar de La Planicie, por ejemplo―, o en toda esa herencia afrancesada de los edificios de los tiempos de Guzmán Blanco). La otra era moderna, higiénica, construida con materiales imperecederos según un diseño inmanentista que despreciaba los afeites demasiado rebuscados. La segunda ciudad se superponía a la primera como un palimpsesto... Ahí comenzó esa tradición caraqueña de la ciudad que se construye y se monta grosera e irrespetuosamente sobre su pasado...

Francisco Massiani nació en 1944. Sus primeros años estuvieron marcados por la visión de esta ciudad amable que llenaba el alma de sus habitantes con esa superposición de historias arquitectónicas alzadas en cada calle. A pesar de haber vivido una parte de su adolescencia en Chile, en la escritura de Francisco Massiani se sienten la influencia y la experiencia de esa primera ciudad sentida. Recorrer los espacios del lugar donde se ha nacido deja huellas imborrables, y en Massiani esas primeras marcas de Caracas pueden rastrearse en detalles narrativos como la superposición de imágenes, de escenas y de sensaciones en un mismo plano. Véase como ejemplo la siguiente escena de Piedra de Mar (novela publicada en 1968):

“(...) Total que seguí andando y por fin se metió en un café que está muy cerca de la Cervecería Alemana. Es un café que tiene las mesas adentro, José. Un día que estábamos ahí, nos encontramos con Nancy, ¿te acuerdas? Bueno. Yo también me metí en el café y me le senté al frente. La negra abrió la cartera y se miró la cara en un espejito. Después sacó la pintura de labios y se retocó un color rosado pálido que le quedaba muy bien. Y después llamó al mozo y le pidió una Coca-Cola. El mozo se me acercó a mí, ella me miró y pedí un chocolate. Si hubiera estado solo, no se me hubiera ocurrido jamás pedir una cosa así. Que si chocolate. Pero es que estaba nervioso. En serio. Bueno (supongo que en el caso de que esto fuera una novela habría que hacer punto y aparte ¿no?)... La negra esperó su Coca-Cola y creo que se fumó un cigarro pero no estoy muy seguro. Lo que quiero, José, es que te imagines bien esos ojos. Palabra que es algo sencillamente maravilloso. Son como dos lagunas de miel negra. Y no son ganas de hacer frases bonitas. Es verdad. Son como dos profundos lagos de miel negra, donde tú te sumerges y te sientes feliz... Lagunas de agua tranquila. Buena gente. Dos lagunas amigas que te lavan el cuerpo y las manos y los ojos. Y ves pichones que se elevan del agua. Pichones que vuelan y parpadean en tu piel. Y sientes en tu piel las alas tibias. Y cuando los pichones te han mojado, regresan a las lagunas profundas y allí se quedan dormidos(...)”[1]

En esta breve escena se lee una superposición de imágenes que perfectamente puede compararse con lo mejor de la poesía surrealista o, por lo menos, con un uso premeditado de imágenes oníricas en la escritura. En todo caso, lo interesante es notar cómo esos flashes poéticos se superponen en un contexto que es el de la ciudad (el café y la Coca-Cola son detalles que hablan de esa vida urbana contemporánea). En una urbe grande o pequeña las experiencias éticas y estéticas conviven en un mismo plano como en un gran collage. Por eso, por hacer que convivan en un ecosistema absolutamente urbano, esas mismas imágenes no se sienten forzadas hacia lo literario. Esas imágenes no son parodia ni remedo del surrealismo, son impresiones que parecen extraídas de la vivencia de una ciudad. Nótese cómo se habla de dos lagunas, dos lagunas que pueden ser perfectamente los espejos de agua formados en la Plaza Altamira o en Las Toninas de El Silencio... Esta Poética de la superposición es un asunto absolutamente contemporáneo que nació bajo el influjo de la experiencia citadina, industrial y metropolitana. De esas mismas raíces nacieron los recursos de superposición y montaje del cine; nacieron además los recursos expresivos del periodismo que por cierto están muy presentes en toda la obra de Francisco Massiani. Nótese la parquedad de estilo, lo corto de las frases y la síntesis que hay en todo el extracto citado. Quizás el lector vea en el estilo parco de Massiani la influencia de Ernest Hemingway, y es verdad, quizás exista esa influencia, pero hay que hacer notar que el estilo telegráfico del autor de El viejo y el mar también es fruto de la influencia periodística. Y es que el periodismo es un género que nació gracias a las necesidades urbanas. Fue en los años cuarenta (con William Randolph Hearst y su emporio de la prensa) cuando el periódico alcanzó todo su prestigio de medio de comunicación masivo... Si al lector todavía no le convence la influencia de lo periodístico en la narrativa de Massiani, véase Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal. En esa novela de 1976 hay un personaje que colecciona recortes de prensa “para enseñárselos a sus amigos”. En un momento del relato este personaje le entrega al protagonista esos fragmentos que no son otra cosa que breves noticias recogidas en los años setenta. Entre esas notas periodísticas pueden leerse las siguientes: “(...) Se les fueron los ojos a los moscovitas detrás de Sofía Loren(...)” o “(...) Navío de EEUU se acercó a la flota rusa que navega hacia Cuba (...)”[2]


2) Segundo gran remozamiento (1952-1975). Si en el apartado anterior vimos cómo el nacimiento de la Caracas contemporánea (con sus yuxtaposiciones, su optimismo y sus productos culturales) generó, a los ojos de los ingenuos, una influencia poco evidente en la obra de Francisco Massiani, la década siguiente dejó una huella profunda y perfectamente verificable en la escritura que estudiamos. Durante ese período de poco más de veinte años, Caracas experimentó los cambios más profundos de su historia arquitectónica. Si bien durante la década anterior se llevaron a cabo infinidad de proyectos que le cambiaron la fisonomía a la capital de Venezuela, fue justo entre los cincuenta y los setenta cuando Caracas dejó de ser definitivamente una ciudad pequeña y se convirtió en una enrevesada maraña de edificios, autopistas, calles, urbanizaciones, bulevares... Todo lo urbano se volvió más complejo. De Caracas se apoderó un afán constructivo que en pocos años produjo maravillas arquitectónicas como La Ciudad Universitaria de Carlos Raúl Villanueva, el Centro Simón Bolívar de Cipriano Domínguez, el edificio del Banco Central de Venezuela de Tomás José Sanabria, el Círculo Militar y el Paseo Los Próceres de Malausena, el Planetario Humboldt de Carlos Guinand Sandoz, la autopista Francisco Fajardo, la Cota Mil, la avenida Libertador... Podríamos pasar un buen rato enumerando las obras arquitectónicas y de ingeniería que fueron construidas en esta época y que hoy constituyen verdaderos hitos de la Caracas contemporánea... Todas esas obras participan del mismo afán progresista, purista y moderno de la arquitectura de la década anterior, sólo que sus características de diseño amplifican hasta el máximo de sus posibilidades esos mismos preceptos de la arquitectura moderna. Si buscásemos un denominador común en todas esas construcciones, encontraremos una concepción muy parecida del espacio y de la escala. Todas son amplias, asépticas (en el sentido visual), grandilocuentes y hasta faraónicas (¿qué otro adjetivo puede dársele a la delirante construcción del Hotel Humboldt en lo más alto del cerro Ávila?). Todas tienen además un tono absolutamente caraqueño que se amolda a la geografía de nuestro valle... Esas características no sólo son propias del momento que vivía la arquitectura en esa década, también son producto de una sensación de riqueza económica, de progreso y de “avance hacia una vida mejor” que se apoderó de los venezolanos. Nadie, ni siquiera Francisco Massiani, podía desvincularse de ese impulso desmedido que movía al país. De eso dan cuenta sus cuentos y novelas. En casi toda su producción literaria podemos encontrar rastros de ese “optimismo espacial” que ya existía en la propia ciudad. Veamos un ejemplo extraído de Piedra de mar que da cuenta de los presupuestos anteriores:

“(...) Durante esos días fuimos al Museo de Bellas Artes, y al Museo de Ciencias. Estuvimos paseando y hablando, y mirando los árboles del parque. Recuerdo que Carolina se detuvo en varias ocasiones a observar con placer las hojas de los caobos. Los árboles inmensos se sacuden cuando hay brisa, y millones de hojas tiemblan y parecen taladradas por el viento. Entonces me pareció muy agradable el cielo y era tan bueno como los árboles y Carolina (...)”[3]

En este extracto se percibe una comunión entre los edificios, los árboles del parque y el ánimo del protagonista. La escritura de Massiani juega mucho con esa consustanciación entre el personaje, la ciudad y el paisaje. Hay como una armonía entre los elementos que convierte a la obra en una suerte de voz de aquel mundo en el que había una pretensión de clasicismo y de orden. El equilibrio real ―y no sólo literario― entre estas fuerzas (la ciudad y la naturaleza) es prácticamente el telón de fondo para las historias de amor, soledad, timidez, fracaso, humor y delirios que reiteradamente nos ha presentado nuestro narrador. En Piedra de mar hay otro ejemplo que demuestra aún mejor ese orden que también estaba presente en la arquitectura:

“(...) Llévame al teleférico. Quiero respirar aire fresco, y etcétera, porque me sentía demasiado mal... Y subimos. En el funicular estábamos calladitos. No nos hablábamos. Yo miraba la ciudad que se alejaba, que se empequeñecía y de vez en cuando la miraba a ella(...) Quería mirar solamente. Quería olvidar todo. Mirar los árboles. El cielo. Las nubes. Quería descansar sobre la hierba. Ver las flores y cerrar los ojos para siempre amén... No. En serio. No hablo en broma. Quería estar un rato en paz. Por fin llegamos arriba, y nos buscamos un lugar plano. O sea que caminamos por el caminito que llega al Hotel Humboldt, y nos echamos a un lado del cerro(...) Desde arriba se puede ver la ciudad. Es muy hermoso. Se ven los edificios. El azul tan ancho. Las colinas. El sol, que se ve tan rojo en la tarde (...)”[4]

Con tales datos sólo podemos afirmar y repetir que la literatura escrita por Massiani también es fruto de esa Caracas optimista que se veía a sí misma como un emporio de belleza y de eficacia arquitectónica, como un lugar casi paradisíaco donde cada hombre podía vivir su historia hecha de miserias y grandezas en un espacio digno y hermoso.


3) El despecho (De 1975 hasta quién sabe cuándo) Toda esa fiebre constructiva que hizo de Caracas el marasmo que es hoy, fue apagando sus fuelles a medida que pasaba el tiempo. La atención de graves problemas económicos y sociales apareció como la única prioridad válida de los gobernantes venezolanos desde 1975 hasta esta fecha. Poco a poco se fue apoderando de aquel ciudadano que vivía en comunión con su entorno, una sensación de fracaso, de despecho y de desilusión que se hace evidente en la miseria, en los ranchos que pueblan los cerros, en la lenta y tenaz descomposición de las construcciones que fueron motivo de orgullo en el pasado. Si hace unos párrafos afirmábamos que la ciudad formaba el ánimo de sus habitantes, ahora podemos decir que no hay otro momento de la historia venezolana que mejor ejemplifique esa afirmación. Hoy Caracas es un enredo, un pasticho, un merengue de datos arquitectónicos y sociales que conviven sin conexiones aparentes. En nuestra ciudad todo es promiscuo. Todo está apretado. Hoy la mirada del caraqueño es profundamente agresiva, limitada e inmediata. Los caraqueños no miramos hacia espacios abiertos, no soñamos, no miramos más allá de nuestras narices. Por un lado el apretujamiento de los edificios, y por otro las montañas que forman el valle, nos niegan la posibilidad de ver el horizonte, de imaginarnos otro mundo y otra vida. Hoy la arquitectura en Venezuela no es una disciplina que ayude al ciudadano a fundirse con su entorno; al contrario: pareciera que la gracia de ser arquitecto, radica en diseñar y construir como se diseña y construye en otros países y en otros contextos socio culturales.

La escritura de Massiani no ha escapado a esa realidad. Un profundo pesimismo se apoderó de sus escritos... Más bien un despecho, una sensación desgarradora, que se ve en los cuentos dedicados a las borracheras, a los amores perdidos, a las miserias y a las situaciones límite. En Las primeras hojas de la noche (1970) hay un cuento que ejemplifica esa melancolía urbana teñida de agresividad. Se trata del cuento “Yo soy un tipo”:

“(...) Con la piel sucia como la sucia piel de todos los civiles de esta sucia city. Un tipo no. Un tipo sabe que algún día tiene que partirse el sombrero, y quemárselo de una bala, y un tipo sabe que es un tipo, y que todavía no se ha partido el sombrero, ni le ha llegado la edad de decirle chao a sus podridos amigos, y a su podrida city y a su podrida tipa y a su podrido grupo y a su podrida familia(...)”[5]

Ese pesimismo denota un fracaso que es el fracaso de toda una sociedad. Es una sensación de derrota y de reconocimiento ante una pérdida histórica. La ilusión de progreso que hubo en las décadas anteriores se desvaneció en el aire. Todo era mentira, todo era ilusión... La ciudad racional cedió sus espacios a la barbarie, a la superpoblación y a la ignorancia. Pronto los requiebros propios de la arquitectura moderna se convirtieron en un chiste y en una ruina. Los edificios dejaron de ser asépticos y se instauró el mal gusto mezclado con la poca funcionalidad. En Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal se encuentra la mejor representación de ese sentimiento de abandono y de derrota que dejó detrás de sí el delirio constructivo de los cincuenta. En esa novela se cuenta la historia de Vitilio Fonegal, un hombre trabajador que llegó a la cúspide del ascenso social y económico gracias a su esfuerzo y a haber trabajado para el gobierno. Cuando pudo, Vitilio contrató a destacados arquitectos y se mandó a construir una casa moderna: un edificio de formas redondeadas, con grandes salones y grandes jardines. Aquella mansión representaría la lucha de su vida. Vitilio deseaba que aquella lucha fuese coronada con un edificio moderno que hablara de su ascenso, de su haber comenzado de cero y de haber llegado a la cima... Lo malo fue que su esposa, en el día de la inauguración de su nuevo hogar, le dijo que aquella casa parecía una torta y que no le gustaban aquellas paredes curvas que simulaban un recorrido infinito para locos... Eso, y varias tragedias familiares, hicieron que a Vitilio se le revolviera la existencia. Desde aquel día, a Misterdoc Fonegal no se le conoció más sosiego que el que le propinaban el whisky Buchanams, las rancheras y un perro fiel que luego murió atropellado por la propia hija del protagonista... Quizás todo este despecho, toda esta ruina de alma, quede mejor representada en la siguiente descripción de la piscina vacía de la casa de don Vitilio Fonegal:

“(...) Donde alcanza mayor profundidad, las aguas de las lluvias se estancan y crean un charco donde degeneran las porquerías que arrojan los hijos por no poder faltar al segundo mandamiento de la casa; las frutas, huevos y la orina se mezclan fermentándose de tal manera que a poco se convierte el charco en un espeso aceite limoso y maloliente. Criadero de toda clase de bichos, los mosquitos que allí se reproducen fomentan cada año, durante los meses de invierno, la desesperación de los Fonegal y de todos los vecinos (...)”[6]

Esa visión del fracaso arquitectónico representa, en este caso, una visión del fracaso personal. Por eso decíamos antes que la ciudad hace a sus habitantes... Lo curioso y lo bonito es que a pesar del dolor y de la derrota, siempre quedan el consuelo y la esperanza. Nada (ni siquiera el peor desastre económico; ni el mal gusto de los arquitectos; ni la mala educación de sus habitantes) destruye la belleza de Caracas. Nuestra ciudad tiene algo escondido que la vuelve siempre bella, siempre esperanzada a nuestros ojos, a nuestra vida siempre... Massiani y todos los habitantes de la ciudad lo sabemos... Por eso nunca está de más una descripción como la que sigue a continuación:

“(...) Vitilio se frotó la cara. Luego se incorporó y se dirigió a la ventana. Tiró del cordel de la cortina y luego corrió las hojas. El aire era fresco, olía a tierra mojada. Al frente, iluminada por un día impecable, la enorme montaña del Ávila parecía movida de lugar. Era julio y el aguacero de la madrugada había lavado los árboles, había purificado las plantas; los caminos se sentían cercanos, parecía más bien una mañana de enero (...)”[7]

La ciudad con su montaña estará ahí siempre. A nosotros sólo nos queda padecerla y disfrutarla; cantarle y quererla como ha hecho Francisco Massiani.


Caracas, 12 de febrero de 1999

BIBLIOGRAFÍA

COLMENARES, José Luis: Carlos Guinand Sandoz; Caracas, Claderca, 1989, 235 pp.


GASPARINI, Graciano y POSANI, Juan Pedro: Caracas a través de su arquitectura; Caracas, Fundación Fina Gómez, 1969, 573 pp.


MASSIANI, Francisco: Piedra de mar; Caracas, Monte Ávila Editores, 1975, 129 pp.


__________________: Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal; Caracas, Monte Ávila Editores, 1976, 152 pp.


__________________: Las primeras hojas de la noche; Caracas, Monte Ávila Editores, 1979, 101 pp.


__________________: El llanero solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes; Caracas, Monte Ávila Editores, 1979, 137 pp.


SANABRIA, Tomás José: Sketches de Venezuela; Caracas, Edición Fundación Sánchez, 1995, 254 pp.
[1] MASSIANI, Francisco: Piedra de mar; Caracas, Monte Ávila Editores, 1975, pág. 65
[2] MASSIANI, Francisco: Los tres mandamientos de Misterdoc Fonegal; Caracas, Monte Ávila Editores, 1976, pág. 85
[3] Ob. Cit. 1975, pág. 24
[4] Ibid. Pág. 123
[5] MASSIANI, Francisco: Las primeras hojas de la noche; Caracas, Monte Ávila Editores, 1979, pág. 49
[6] MASSIANI, Francisco: Ob. Cit.; 1976, pág. 30
7 Ibid. Pág. 27

lunes, enero 23, 2006

A POWERFUL MIND

A cada momento, estando dormidos o despiertos, vivimos fascinados por esas ensoñaciones inmateriales que en conjunto conforman nuestra imaginación. Ese proceso puede permanecer como algo incontrolado o puede convertirse en algo mucho más complejo que funcione a voluntad. Me refiero a la conformación de un pensamiento visual en el que se tenga plena conciencia de que esas imágenes mentales son la materia prima de las ideas, del conocimiento y de la propia manera de ordenar nuestra respuesta a todos los eventos que nuestros ojos capturan.

viernes, enero 20, 2006

LOS DISCOS PIRATAS

Caminar por Sabana Grande, el Centro, La Candelaria y otras zonas de Caracas se ha convertido en una experiencia sórdida en la que pulula una extensa variedad de malvivientes. En estas calles caraqueñas hay toda clase de loquitos, pedigüeños, ladrones y pícaros de oficio. Uno de los integrantes de esta oscura fauna urbana es el pirata de discos, especialista en vender, en cada acera, una grabación obtenida gracias a que algún vivo se compró un quemador de discos para ponerlo al servicio de una rudimentaria industria que no paga derechos de autor, impuestos ni nada que se le parezca.

Hoy es fácil caminar por cualquier calle y observar cómo ante la vista de todos, y sin vergüenza alguna, estos piratas musicales venden copias baratas del disco menos pensado. Lo peor es que la gente los compra sin importarle la calidad de la grabación o que la portada del disco sea una fotocopia roñosa de la original.

Desde aquí, desde este humilde espacio, no llamaremos a las autoridades (¿para qué?); más bien, apelaremos al buen gusto de la gente, a su capacidad de disfrute de un buen sonido, de una buena portada y de saber que no se está apoyando a unos piratas.

martes, enero 17, 2006

RODRIGO Y RAÚL ESTRECHAN VÍNCULOS DE AMISTAD

Dos fuerzas de la naturaleza se unen para hacer el bien.

LEO MATIZ EN VENEZUELA

Corrían los años cincuenta y teníamos una Caracas contradictoria. Por un lado la ciudad mostraba una grandeza extraña, casi de utilería, simétrica, monumental y perfecta, como suelen serlo las arquitecturas que nacen al calor de los regímenes militares. Por otro lado teníamos una población dada al jolgorio, al baile amenizado por estruendosas orquestas, al carnaval con sus floridas carrozas repletas de chicas rollizas enmascaradas y felices. Caracas era una paradoja; era, al mismo tiempo, una utopía de autopistas nuevas y edificios faraónicos recorrida por unos habitantes que guardaban dentro de sí el conflicto de ser personas que vivían en medio del concreto, pero manteniendo ciertas maneras, ciertos usos y costumbres propios del campo recién abandonado. Ese es, en principio, el espíritu que se nota en las fotografías que tomó Leo Matiz cuando, en 1958, vino a Venezuela junto a Gabriel García Márquez a cubrir para la revista Momento los últimos días de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.

Para quienes no tengan el placer de conocer su vida y su obra, sería bueno decir que Leo Matiz nació en 1917 en Aracataca, Colombia, que fue caricaturista, pintor, viajero incansable, fotógrafo, reportero gráfico de los periódicos El Tiempo y El espectador, de las revistas Así, Life, Harper's y Reader's Digest entre muchas otras; que trabajó para la ONU cubriendo el conflicto árabe-israelí; que fundó en Bogotá la galería donde expuso por primera vez Fernando Botero; que en México fue amigo y colaborador de Gabriel Figueroa, de Manuel Álvarez Bravo, de Frida Kahlo, Diego Rivera, María Félix y David Alfaro Siqueiros; que en los cincuenta y los sesenta vino a Venezuela varias veces y con su cámara capturó un sin fin de imágenes que representan para nosotros un documento de incalculable valor histórico; también podemos decir que Matiz perdió su ojo izquierdo en un atraco del que fue víctima en la ciudad de Bogotá en 1978; que siempre tomó fotografías en las que aparecen unas serenísimas composiciones ajenas a cualquier artificio y a cualquier barroquismo; que murió en 1998 luego de haber recorrido el mundo entero, de haber publicado decenas de libros, de haber expuesto en Estados Unidos, Europa, Latinoamérica y Asia.

Aparte de su economía visual, las fotografías de Matiz se caracterizan por la presencia de tres o cuatro elementos que resumen no sólo la situación documentada, sino el modo de ser del colectivo donde suceden los acontecimientos. Tómese como ejemplo una de esas imágenes donde aparece un conjunto de personas celebrando el advenimiento de la democracia después del 23 de enero de 1958. Véase la escena central a veces protagonizada por un tanque de guerra o por una multitud de individuos comunes y corrientes portando una bandera o un estandarte. Nótese que detrás de estos grupos hay casi siempre unos edificios pulcros o unos postes bien erguidos que le crean al espectador un marco de referencias que habla de eso que sucede detrás de lo aparente, de cómo es en verdad el personaje, el objeto o el suceso retratado. Esa manera de fotografiar no puede ser sino el producto de alguien que ha alcanzado la maestría en el arte de observar; maestría que se obtiene paseando mucho, conversando con el prójimo, viviendo, acercándose a la gente de distintos orígenes, de distintas edades, de distintos oficios y de distintos estratos sociales. En el caso de Leo Matiz podemos decir que se cumple a cabalidad el deber de todo fotógrafo (y, en general, de todo artista visual) que se precie de serlo, que es el de ser, antes que un artista de la cámara, un artista de la observación, del mirar lo que nadie ve, de encontrar belleza donde aparentemente no la hay. Por eso las fotografías de aquella Caracas nos dicen tanto. Si las miramos con ligereza, notaremos dos elementos: primero, una ciudad que nacía prodigiosa para la modernidad y luego una población que vivía en una felicidad casi idílica que traspasaba y unía a todos sus integrantes fueran éstos militares, civiles, obreros, estudiantes, empresarios, amas de casa o señoras del criollo jet set... Sólo si observamos con detenimiento, veremos las señas de los conflictos y comprenderemos por qué la ciudad idílica de aquellos años se transformó en el desastre que padecemos los que vivimos en ella hoy en día. En esas fotografías no sólo se documenta la vida cotidiana de unas personas que vivieron tiempos muy importantes en el devenir de nuestro país; también se documenta la lucha entre el afán higienista de una modernidad impuesta a golpes de dictadura versus una naturaleza ganada para el desorden y el libertinaje. ¿Qué otra cosa expresa, por ejemplo, esa foto donde aparece un hombre que celebra la huida de Marcos Pérez Jiménez disfrazando a un cerdo —al que lleva montado en su propio auto— con unos lentes a la usanza del mismísimo general?

Matiz vino a Venezuela justo en el momento en que ocurrían cambios muy profundos en nuestro país. Con su cámara documentó nada menos que el fin de una era y el comienzo de otra. Tal vez nos interese clasificar su trabajo de acuerdo a las fotografías que corresponden a los últimos años de la dictadura militar y de los primeros de la naciente democracia, y comparar las imágenes sin entrar en demasiados detalles sobre los acontecimientos y los personajes. Si hiciésemos ese ejercicio, nos daríamos cuenta de que las fotos de los primeros años de la democracia no tienen el “aura clásica” que tenían las de los tiempos perezjimenistas. En estas últimas había una propensión a lo monumental que fue trocada por lo menudo. Mientras en unas el centro era el gran dictador rodeado de toda una parafernalia, en las otras el protagonista era un Rómulo Betancourt austero que inauguraba obras rodeado de la gente sin tanta marcialidad ni tanto afeite. Algo similar sucede cuando comparamos las fotografías que documentan las fiestas de ambas épocas. Mientras en unas abundaba el uniforme militar de gala, la pompa, el confeti, la orquesta y el boato, en las otras reinaba una cordialidad que, al menos en un principio, trató de mantenerse ecuánime.

Abruma darse cuenta de que el cambio del sistema, junto con todas las reformas de índole política y social que ello implicó, trajo también un cambio en la manera como se ven los objetos. La visualidad cambió por completo y he ahí una prueba del valor que para nosotros tiene el trabajo de Matiz. Él no sólo fue testigo y documentalista de unos hechos históricos; fue además el encargado de registrar para nuestro patrimonio el cambio de un sistema de referencias estéticas y visuales por otro que, con el tiempo, también se fue empobreciendo hasta agotarse.

Pero, no nos alejemos de ese momento en el que se cruzan todas las miradas. Detengámonos en las fotos de enero de 1958. Entre ellas hay unas que muestran los tiroteos, otras la confusión, los militares en la calle, las manifestaciones y el júbilo... Quizás ésas no sean las más interesantes. Como reportero gráfico, Matiz no siguió el dinamismo ni el camino dramático que abrió Robert Capa con sus fotografías de los combates de la Guerra Civil española o de los bombardeos de la 2da Guerra Mundial. A pesar de haber tomado imágenes de las refriegas de aquel 23 de enero, el fotógrafo colombiano prefirió poner el acento en las escenas cotidianas, en los caballeros que el 24 o 25 de enero de 1958 salían a comprar el periódico o las señoras que, muy tranquilas, conversaban como si tal cosa con los soldados que, armados hasta los dientes, rodeaban un tanque de guerra. Esas fotos que registran la vida cotidiana de aquellos días nos permiten revisar el episodio histórico en cuestión de una manera menos heroica y menos propagandística, en favor de una visión más espontánea, más natural y más humana donde se ven unos rostros marcados por la alegría de saberse libres, por poder proponer otro nombre para la urbanización donde viven o por tener la posibilidad de pasear en un auto enarbolando la bandera que represente sus creencias políticas.

Las fotografías que tomó Leo Matiz en Venezuela nos exponen a un venezolano que fue capaz de librarse de una feroz dictadura que trató de imponerle un modelo al que llamamos “modernidad” y al que suponemos benéfico y progresista a priori, aunque ese venezolano no congeniara con ese modelo o no estuviera en disposición para continuar por esa vía y para mantener los hitos físicos y espirituales que en los años cincuenta lucían prometedores de una felicidad por perpetuarse.

Leo Matiz fue testigo de excepción de las expresiones, ora marciales, ora frívolas, ora rumberas, de la Venezuela que creyó en el proyecto de la modernidad y de la otra Venezuela que para la época despertaba y se hacía cargo de su propio destino. Quizás, si hubiese vuelto a Caracas, se habría dado cuenta de que aquel momento optimista del que él dejó constancia se fue desvaneciendo poco a poco en medio de otras rumbas y de otros enmascarados.

sábado, enero 14, 2006

¡SALVE, DIVINA PASTORA!

El 14 de enero del año pasado tuve la oportunidad de asistir por primera vez en mi vida a la procesión de la Divina Pastora en Barquisimeto. Digo que fue la primera vez porque pienso ir todos los años (hasta que alguna debilidad física me lo impida) y recorrer el mismo camino desde Santa Rosa hasta la Catedral. Es más: si todo ha ido bien, cuando Ud. lea este artículo, yo estaré allá, admirando la hermosa imagen de la Virgen recorriendo en su caja de vidrio las calles de la ciudad de los atardeceres anaranjados cargada en brazos de la gente y rodeada de miles de almas que sólo por hoy dejan de tener ese color gris tan humano.

Es cierto. Ese día la multitud toma las calles de Barquisimeto y todos nos volvemos uno en una comunión urbana que se refleja en el hecho de que no hay un solo callejón vacío ni existe un solo rincón de la ciudad donde no se sienta la presencia de la Divina Pastora con su Niño en brazos, su sombrero, su cayado y su vestido nuevo. Esa sensación está en el aire porque todo el mundo elogia a la Virgen a su manera: unos la acompañan durante el recorrido, otros rezan y pagan promesas en la iglesia de Santa Rosa, otros esperan el paso de la Virgen en una esquina, otros le lanzan flores y le gritan vivas y piropos desde los balcones, otros desfilan y tocan en una banda marcial al tiempo que sobran los participantes en carreras de bicicletas o en maratones en honor a la Patrona. Nadie se queda fuera de la fiesta porque todos la hacen suya de alguna manera. Ese día todos somos uno y estamos en lo mismo. Los dueños de las casas sacan las mangueras a los pórticos y a los jardines para que los fieles caminantes se refresquen y estemos bien para rendirle homenaje a la Virgen y no empañar la fiesta con un desmayo o con cualquier otro beriberi.

Pocas cosas hay tan placenteras como recorrer Barquisimeto con ese aliento tan cálido, tan humano y divino flotando en cada avenida. Todo, desde la mañana, trasluce ese espíritu que hace que uno se conecte de inmediato con la procesión. Por eso es una maravilla irse con una gorra o un sombrero y ver cómo el hilillo de gente que germina desde la madrugada en el pequeño pueblo de Santa Rosa se va transformando en una masa humana que curiosamente se porta bien y forma un grueso tumulto ordenado que pasea a la Virgen y la lleva por todas partes al son de sonoros aplausos y de una alegría que por desbordada no deja de ser solemne.

Uno camina y camina y siente que la ciudad, que el valle del Turbio y que el mismísimo cielo del Estado Lara te pertenecen por un derecho que está unido a la fe que se muestra y se vuelve palpable en la imagen que pasea dejando a su paso una estela de buenos deseos. Tú recorres la ciudad y te encuentras en todas partes eso que es difícil de definir pero que es lo mejor que tenemos los venezolanos y que casi siempre llevamos escondido con sólida terquedad detrás de nuestras amarguras. Durante un día completo lo malo desaparece y sale a flote todo lo bueno que llevamos por dentro en forma de sonrisas, lágrimas, emoción, fe y solidaridad.

Antes del catorce de enero del año pasado yo me consideraba una persona poco religiosa, pero ese día descubrí que hay miles de formas de orar y que hasta tomando una foto o comprando un cachito de jamón se puede sentir ese instante de recogimiento espiritual que nos hace mejores, que nos hace repensarnos y vernos a nosotros mismos como seres que cargamos con el deber de trascender las trivialidades de este mundo y generarnos una vida mejor, más decente, más digna a partir de nosotros mismos y de nuestra capacidad de hacer el bien y de ver a Dios en las cosas más pequeñas. Así que yo también me acomodo el sombrero y grito con todo fervor mis loas a la Virgen, a la Divina Pastora.

viernes, enero 13, 2006

EL MICRÓFONO

Si existe un instrumento típico del siglo xx, ése es el micrófono. No hay cantante, músico, presentador o locutor que no tenga como herramienta de trabajo a esa pieza que permite convertir los sonidos en electricidad para amplificarlos, intervenirlos y hasta grabarlos.

Para nosotros resulta de lo más normal ver a alguien hablando frente a un micrófono, y lo más interesante es que creemos que esa acción es así tan simple y tan común, cuando en verdad su uso requiere de un sólo requisito. Pararse ante un micrófono implica, por obligación y decencia, tener algo que decir. Sólo los tontos se ponen a hablar frente al público teniendo la cabeza en blanco.

De nada vale que hagas muecas o que te hagas el simpático. Si no tienes nada que decir, se notará. La inteligencia y la cultura se delatan a leguas aunque no se tenga una bella voz. Por eso es que el micrófono es un objeto complejo que tiene muchas más implicaciones que las que a simple vista parece.

Después de todo, estamos hablando de un instrumento que potencia la presencia física de la voz, de esa única comprobación de que estamos vivos aquí y ahora.

lunes, enero 09, 2006

MARAVILLAS DE HARPO


Harpo Marx y Ed Sullivan (circa 1961) powered by Castpost

La obra de Harpo Marx lo convierte en uno de los grandes artistas de la humanidad. En sus manos cualquier objeto se transformaba en un pretexto para dinamitar la lógica de la vida, para quitarle lo normal (y lo fastidioso) al mundo. Gracias a él comprendimos que el absurdo es subversivo, que es una bomba contra la cárcel del lenguaje y contra el acartonamiento de la existencia.

¡Duro contra los malos, Harpo! ¡Duro contra los malos de todas las épocas!

ESPARTACO MERECE EL PANTEÓN

Nosotros, los abajo firmantes, queremos rendirle homenaje al venezolano más ilustre de este siglo. No crean Uds. que ese hombre grande es Úslar Pietri, Jacinto Convit o Rómulo Gallegos... No... Esa figura emérita es la de Espartaco Santoni.

Desde los tiempos del Generalísimo Francisco de Miranda nuestra patria no contaba con un hijo del carisma, la donosura y el buen vestir de este excelso carupanero. La vida de nuestro prohombre, al igual que la de muchos de nuestros próceres, estuvo signada por la funesta sombra del exilio. Un exilio, en su caso, fascinante, pero en modo alguno voluntario. Espartaco partió de su natal terruño a la muy tierna edad de diecisiete años. La leyenda que aún recorre las polvorientas calles de Carúpano, lo retrata tomando un aventurado autobús con los cantos de los gallos, vestido tan sólo con una ajustada franela a rayas, shores de barlón e incómodas chancletas de goma y sin más equipaje que sus sueños. La leyenda, también, nos asoma una hipótesis de esta precipitada huida a la nada: un difuso affair con una dama del pueblo le agenció la incomprendida ira del marido cornudo. A partir de este hecho, germinal y profético, podemos datar el inicio de la exuberante singladura de nuestro héroe.

Espartaco Santoni fue el gigoló latinoamericano más cotizado en el jet set internacional desde que Porfirio Rubirosa quedara en el olvido.

Espartaco era el perfecto caballero venezolano. Era alto, buenmozo, elegante y puyón... No hubo mujer del jet set internacional que se escapara de las garras de este bon vivant nacido en Venezuela en 1939 y fallecido en Cannes en 1998.

Con motivo de celebrarse el octavo aniversario de la sentida desaparición física de quien en vida fuera nuestro más connotado representante internacional, hemos constituido la asociación sin fines de lucro ESMEPAN (Espartaco merece el Panteón) con el fin de adelantar oficiosas diligencias para agenciar el traslado de las cenizas mortales de tan ilustre venezolano desde Puerto Barnús (Marbella) hasta nuestro glorioso Panteón Nacional.

Espartaco fue la crema y nata del puyón venezolano y por eso un grupo de venezolanos le rinde un merecido homenaje, organizando una cruzada para que sus restos sean repatriados al país y guardados en el panteón nacional.

Espartaco Santoni le dio luz al gentilicio nacional satisfaciendo a las damas de la alta sociedad europea e internacional. Por eso, si quieren que los restos de Espartaco Santoni descansen en el suelo patrio, consignen sus firmas en este mismo blog.

La patria agradecida exalta a sus héroes.

Firman este documento: Salvador Fleján, Roberto Echeto, Henrique Lazo, Enrique Enriquez, Israel Centeno, Fedosy Santaella, Sergio Márquez, Karina Sáinz Borgo, Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndez Guédez, Nicolás Melini, María Fernanda Paz Castillo, Joaquín Ortega y Carlos Medina.

jueves, enero 05, 2006

LA MEDIOCRIDAD EXPANDIDA

Queridos amigos, no sé si me esté dado, pero quisiera consultarles una duda que no me deja dormir bien desde hace tiempo: ¿Son ideas mías o este país y este gobierno de verdad se están superando cada vez más en su afán de ser mediocres? Lo digo porque tanta mala vibra, tanto grito, tanta porquería, tanto trabajo mal hecho y tanta mala fe me molestan. Yo no sé a ustedes, pero a mí me molestan. Aclaro esto porque me parece que la niebla que deja a su paso tanto tullido moral que declara fanática y frenéticamente no nos está dejando ver el horizonte (por no decir el futuro). De verdad, damas y caballeros, ¿a ustedes no les horroriza lo mediocre que se nos ha vuelto nuestro país? A mí sí. Me horroriza, me ahoga y me fastidia porque veo que nadie hace bien su trabajo. Si esta mediocridad estuviera centrada en los electricistas que van a mi casa o en los zapateros que ponen tapitas en Sabana Grande, vaya y pase, pero resulta que esa tendencia a la chapucería y a la escualidez moral emanan del gobierno, de su gente, de sus ritos y de sus jefes. Es decir: de donde no debería emanar mediocridad alguna. Ejemplos de chuscadas mediocres sobran. No hace falta nombrarlas. Faltarían aquí papel, tiempo y espacio para nombrarlas todas, para decir quiénes son los responsables, para señalarlos y bajarles los pantalones y darles una pela poderosa para que nunca olviden que las faenas de la vida hay que hacerlas bien, que no hay que mentir ni creer que los demás son idiotas. Pero, ¿para qué gastar energías y neuronas imaginando Jaujas, si esto no ocurrirá nunca?

De verdad, en serio, pregúntense cómo es posible que hayamos rebasado todos los niveles permitidos y razonables de mediocridad. Porque déjenme decirles que está bien, es chévere eso de ser sabrosones y no trabajar mucho y gozar de la vida y no ser neuróticos como los gringos o como los alemanes, pero no hay derecho a que esa ligereza de espíritu se desborde de la manera en que se está desbordando en estos momentos, y menos a que se propague en espacios donde deberían reinar la ecuanimidad y la mesura. Lo peor del asunto es que a uno le queda la sensación de que no hay nada que hacer, de que estamos irremediablemente sentenciados al foso del olvido, de que los mediocres seguirán gobernando sencillamente porque no existe un bando distinto que no sea así. Todos somos mediocres... Aceptémoslo. Estamos formados para serlo. Nuestra educación en la casa, en la escuela, en el liceo y en la universidad nos forma para ser mediocres, para chupar, para no producir ni un alfilercito, para dárnoslas de sabios, para reparar demasiado en banalidades, para atravesarnos y entorpecerle el camino a los que sí producen, a los que sí le ponen fe a la vida y a lo que sí importa.

Lo más triste de esta expansión de la mediocridad es que lentamente mina todos los rincones de nuestra existencia y, cuando nos demos cuenta de eso, será demasiado tarde porque ya estaremos cundidos por el mal irreparable incrustado para siempre en nuestro espíritu. Las calles de nuestras ciudades, nosotros mismos y todo lo que hagamos nos recordarán todo el tiempo cuán mediocres, cuán ligeros, cuán faltos de voluntad somos y seguiremos siendo. Lo peor es que después de eso viene el borrón, la nada, el no darnos cuenta de que nuestro entorno es de mala calidad, una chapuza, un remedo, una intención que no nos permitirá soñar con ser mejores, con ser otros y capaces de construir otra realidad mejor para el futuro. Seremos unos olvidados de la historia, unos salvajes que no saldremos del famoso vivir para sobrevivir, y cuando lleguemos a eso, será como pasarnos la vida dentro de una lata de atún, en un mundo pequeño y hediondo, siempre hediondo. Hediondo para siempre. Lo único que me queda en este momento es el alivio de habérselos advertido. Seguramente a partir de hoy podré volver a dormir en paz. Amén.