sábado, abril 29, 2006

A SHORT STORY

Karina Sáinz Borgo: Estatua de El Santo en Tulancingo, México; 2005
Y ahora, no se asombren…Tampoco se asusten porque aquí puede pasar cualquier cosa.

Este es otro magnífico día en caracas, pero cuál sería nuestra sorpresa cuando, repentinamente, todo se nubló y de inmediato comenzó a caer una espesa lluvia de peluquines. Por todas partes la gente se escondía ante el diluvio de bisoñés que le caía en el cogote y le llenaba incómodamente el cuerpo de pelos postizos. Como siempre, las calles de caracas se llenaron de pozos de bisoñés y el tráfico se trancó en forma de colas descomunales.

El Ávila podía venirse nuevamente abajo por culpa del pelero caído del cielo.

Afortunadamente no hubo víctimas ni refugiados producidos por esta furibunda lluvia de peluquines caída hoy.

En vez de un palo de agua, esto fue un palo de peluquín.

Karina Sáinz Borgo: Estatua de El Santo en Tulancingo, México; 2005

jueves, abril 27, 2006

CUENTO CON CATASTRO

Hoy se supo que las autoridades del Registro del Segundo Distrito de Boleíta se encuentran en ascuas ante la presencia de un individuo de nombre Carlos Alberto Aranguren, quien va todos los días a dicha oficina a leer los libros de Catastro.

Todas las mañanas, a las nueve y media, Carlos Alberto Aranguren se presenta en el registro segundo que queda en Boleíta sur calle Santa Ana, Edf. Peña fiel, PB, al lado de Materiales Guayabal (subiendo por el Alazán) y pide el documento N° 23, Tomo 33 Protocolo 1°, Folio 125.

Carlos Alberto Aranguren se va todos los días muy bien peinado y en flux al archivo a leer su libro y a divertirse como los buenos.

La risa que a Carlos Alberto le produce el material que contienen esos libros de catastro es lo que tiene en ascuas a los pobres empleados de la mencionada oficina, quienes alegan no sentirse cómodos ante la presencia de semejante fenómeno...

¡No señor! Ningún trabajador de esa oficina puede realizar con efectividad su labor diaria viendo a alguien divertirse... Sobre todo el viejito que tiene un gorra que dice “Captain” y que atiende el archivo de dicha entidad.

¡Saquen del registro a Carlos Alberto! ¡Sáquenlo rápido antes de que vuelva locos a los trabajadores de Catastro!

miércoles, abril 26, 2006

MARAVILLAS

Aunque aquí todos los días pasan cosas extrañas como para llenar un mamotreto del tamaño de Los Hermanos Karamazov hablando pestes de algo, hoy no tengo ganas de meterme con nadie ni de despotricar ni de dejar la bilis en esta maravillosa página de opinión. Hoy quiero hablar de cosas buenas, pero como no puedo contar aquí todas las que me gustaría, entonces les contaré dos pequeñas historias edificantes. Veamos pues.

Comienzo por recordar el día en que me puse una máscara de la lucha libre en una reunión en el Banco del Libro, lugar en el que trabajaba sintiéndome un poco incómodo por miles de razones que no vienen al caso. El asunto es que me puse mi poderosa máscara azul y blanca del Huracán Ramírez una tarde en que se celebraba un encuentro solemne en el que participaban la Presidenta, la Directora Ejecutiva y los gerentes principales de la mencionada institución. Mi idea era protestar por alguna barbaridad que ya ni recuerdo. Cubrirme el rostro con esa capucha que hasta lentejuelas tenía, valió la pena sólo por entrar a la sala y verles las caras a todos oscilando entre la risa, el extrañamiento, el miedo y una especie de simulación de la indiferencia que a todos incomodaba. En tal oportunidad supe por fin que ese sentimiento tan extraño al que llamamos “pena ajena” no es otra cosa que un remordimiento por lo que otro está haciendo frente a ti y no por lo que tú haces frente a los demás. Fue extraordinario verles los labios temblorosos a mis compañeros de trabajo al no saber si reír, llorar o retorcerse. Yo, simplemente, entré a la sala, tomé una silla y me senté de lo más cómodo con mi máscara de la lucha libre adquirida en Ciudad de México, esperando a que pasara algo, a que un magma se saliera de su cauce y hubiera gritos, furia e indignación. Sin embargo, nada de eso sucedió. Tuve que esperar tres meses hasta que me dieran mi carta de despido. Tres meses fue lo que tardaron en entender el chiste… Así pasa siempre en nuestro país: la gente entiende el significado de las cosas tres semanas, tres años, tres lustros, tres siglos después.

La próxima vez que algo me moleste en un trabajo, prometo ponerme la máscara plateada de El Santo y entrar a otra reunión, pero esta vez lo haré en interiores y con un paño amarrado al cuello.

Otra de las maravillas que guardo en mi memoria ocurrió hace poco. Estaba yo recostado en la estupenda y cómoda silla que la Doctora Claudia Charr tiene en su consultorio odontológico, cuando, de repente, me di cuenta de que, al estarme reparando una caries que era del tamaño del Cañón del Colorado, la doctora se me transformó en una suerte de Camille Claudel o de Miguel Ángel Buonarrotti que en lugar de andar esculpiendo inútiles héroes de mármol, se dedica a esculpir dientes con toda la gracia y maestría del mundo para que otros mastiquen y sean felices comiendo. Ese día, observando el trabajo de la doctora Charr, comprendí que en nuestra época la escultura ha tomado un camino inusitado y que el arte, además de ocupar espacios tradicionales como el museo, puede encontrarse también en sitios tan poco usuales como nuestra propia boca. La verdad es que no sé si Claudia le echó algo raro a la anestesia, pero ese día llegué a esa verdad.

Podría contar otro montón de cosas estupendas (como la vez en que dormí en una cama clínica que tenía unos cables pelados o como las veces en que mi amigo Enrique Enríquez y yo nos poníamos una peluca de goma amarilla y transmitíamos un programa de radio desde el Museo de Arte Contemporáneo), pero no hay tiempo ni espacio. Yo sólo quiero decirles que por más que el lema de nuestro país sea «Si podemos hacer algo para que su vida sea más miserable, nosotros lo haremos», me siento feliz encontrando la alegría de la vida en las cosas más pequeñas, más insulsas, más ligeras.

martes, abril 25, 2006

LAS ENSEÑANZAS DEL COLESTEROL

El otro día Roberto fue con sus exámenes de sangre al consultorio del doctor Pérez Legórburu a hacerse un chequeo médico. Si no hubiesen aparecido los astronómicos niveles de colesterol que aparecieron, aquel examen se habría convertido en un paradigma de buena salud. Por eso, como en todos estos casos en que el mal colesterol aprieta, el cardiólogo le recomendó a nuestro amigo hacer ejercicio y sudar y cerrar el pico y tener una vida menos sedentaria.

A regañadientes, Roberto se puso a cumplir con el tratamiento del doctor Pérez Legórburu y una tarde se fue a caminar al Paseo Los Próceres. Cuál sería su sorpresa al llegar a ese parque y ver las baldosas del piso destruidas, los bancos arrancados, las caminerías en ruinas, la grama seca, los leones de mármol llenos de grafitis y, lo peor de todo, el espejo de agua cercado por una reja que le impide a los niños poner a flotar un barco de papel tripulado por inocentes bachacos. Este panorama le produjo a Roberto un dolor de cabeza tremendo. ¿Cómo es posible que el Paseo Los Próceres esté al lado del Círculo y de la Academia Militar, del Ipsfa y de Fuerte Tiuna y se encuentre en ese estado tan lamentable? No hay derecho.

Roberto tardó en comprender que su dolor de cabeza se debía a que de pronto el Paseo Los Próceres se le convirtió en metonimia del país y supo también que todo en este territorio quedaría desmantelado por culpa de esa actitud tan facilista de darle a los problemas la solución más bruta de todas: como hay gente cochina que se baña en el espejo de agua de Los Próceres, vamos a ponerle al bendito charco una reja para que a nadie le dé por remojarse allí; como hay mucho enfermo pobre y no se nos ocurre una manera eficiente de organizar la seguridad social, entonces convirtamos a Venezuela en un país exportador de enfermos y enviémoslos a Cuba; como a nadie se le ocurre una simple idea para que la educación pública sea buena, destruyamos los colegios privados imponiéndoles supervisores mediocres. ¿Qué tal? ¿Qué les parece? Una belleza, ¿verdad? Si seguimos así, terminaremos convertidos en una Biafra de las ideas. Lo peor es que luego se preguntan por qué hay tanta gente que se quiere ir de esta tierra...

Por supuesto que ante aquel espectáculo, Roberto se fue a su casa y se encerró a ver televisión. ¿Para qué ir al Paseo Los Próceres a ponerse triste? ¿Para qué querer bajar el colesterol y tener una larga vida en este país donde todo el mundo atenta contra la alegría y la tranquilidad de los demás? ¿Para qué querer vivir sin demasiados triglicéridos ni ácido úrico en la sangre si aquí al ciudadano promedio le parece normal que haya más de 100 muertos a manos de malandros y felones los fines de semana? ¿Para qué hacer ejercicio, comer yogur y otras porquerías semejantes, si a todo el mundo le parece chévere encerrarse en su casa y no participar en nada mientras el país entero se pone igual al Paseo Los Próceres?

Después de pensar en todas estas cosas, Roberto se sintió deprimido. Por eso decidió visitar nuevamente a su cardiólogo. Quería decirle al médico que estar bien para nada, para no poder tener proyectos, para no poder salir con tranquilidad, para desconfiar de todo el mundo, no vale la pena. Pérez Legórburu, al oír esa retahíla pesimista, levantó una ceja y dijo: ¡Amigo mío, cuando te sientas así, cómprate una botella de ron, búscate una negrita y enciérrate en un cuarto con ella.

Esa fue su única recomendación durante aquella consulta. A Roberto no le satisfizo el consejo. No por la negrita ni por el ron, sino porque implicaba más de lo mismo. Aquí en Venezuela toda la gente de bien parece haber ido a la consulta de Pérez Legórburu. Definitivamente los prohombres de este país están encerrados con su negrita, gozando, mientras el mundo entero se cae a pedazos a su alrededor.

lunes, abril 24, 2006

CUENTO CLÁSICO Y VIOLENTO

Teseo se encontraba en la puerta del laberinto donde vivía el minotauro. Tenía sed y fastidio por tener que entrar a ese sótano inmundo debajo del Palacio de Cnossos en Creta.

Teseo estaba obstinado de repartir violencia. Antes de entrar ahí, había tenido que matar a 12 soldados cretenses que trataron de atraparlo.

Teseo cojeaba. Uno de sus enemigos le había golpeado un tobillo con una lanza. Aún así avanzó hacia el interior del laberinto con lentitud hasta que por fin llegó a la cámara central, la más grande de aquel espacio tan enrevesado como el cerebro de su creador. Allí el héroe se sentó en una pequeña mesa. Esperó diez minutos en silencio hasta que comenzó a escuchar el vaho de la respiración del Minotauro.

Teseo abrió bien los ojos. Cuando se hubo acostumbrado a la penumbra, apareció por fin el enorme monstruo con su cabeza de toro y su cuerpo de humano.

Ambos se abrazaron. Se dieron sonoras palmadas en la espalda y se dijeron uno a otro:
―¡Caramba, bróder, estás más delgado!

Y el otro contestó:
―Es que estoy comiendo menos carne...

Y así, Teseo y el Minotauro se sentaron a conversar durante horas al tiempo que se bebieron dos botellas de Old Parr y se comieron dos bandejas de chistorras.
Y colorín colorado, este bello cuento se ha terminado.

jueves, abril 20, 2006

MUERTE Y MARAVILLA CON NIÑO Y COBRA

El niño de once años estaba ahí, de rodillas, inmóvil, con sus ojos abiertos como dos universos en los que flotan infinitos puntos de luz. Frente a él, la cobra erguía la cabeza escamosa sobre su cuerpo enrollado y esperaba, congelada, el próximo lance que haría las delicias de un mudo auditorio circular.

El niño hizo un rápido movimiento hacia la izquierda y, como respuesta, la sierpe siempre flexible, se movió hacia la derecha. El niño se balanceó hacia adelante, la culebra hizo retroceder su cuello plano, irguió más la cabeza y abrió la boca monumental. El niño estiró un brazo hacia adelante, la cobra le lanzó un mordisco eléctrico. El niño retrajo su brazo y, con un inimitable movimiento, puso la mano de tal manera que detuvo el avance de la serpiente sin siquiera tocarla.

El mundo entero, concentrado en esa escena, se detuvo otra vez.

El niño estiró su torso, movió su cintura, se arrastró sinuoso por el suelo y se volvió a erguir. La cobra siguió sus movimientos, pero en dirección inversa. En tres o cuatro ocasiones durante la repetición de aquella extraña danza, la culebra enfiló sus agujas hacia el muchacho, pero otras tantas veces el dueño del pequeño cuerpo repelió el ataque con una astucia semejante a la de la propia muerte.

En uno de aquellos pases complicados, el niño estiró un brazo hacia el monstruo, abrió y cerró la mano a una velocidad indescriptible al tiempo que la cobra se le fue encima con la ira de las bestias que matan porque sí. Él sólo alargó el otro brazo y, con su pequeña mano, atajó en el aire la cabeza venenosa de la sierpe, inmovilizándola.

El niño esperó unos instantes; se arrodilló con la cobra en las manos, se levantó y la mostró para que el público por fin respirara y rompiera en atronadores aplausos.

lunes, abril 17, 2006

DIOS METIÓ SU MANO GIGANTE EN LA TASCA RÍO CHICO

¿Por qué las fachadas de nuestras tascas se parecen a las cabinas de las fragatas del siglo XIX?
Hace dos sábados Joaquín y yo tuvimos una experiencia psicomimética en la Tasca Río Chico. Había cinco cuarentones bebiendo whisky y uno de ellos le dio al barman un dvd, advirtiéndole además al dueño de la tasca que si no lo ponían o lo ponían y lo quitaban, ellos se iban a beber el whisky 18 años que estaban bebiendo en otro local.

Aquella advertencia parecía innecesaria, pero cuando vimos que el dvd contenía el concierto de Deep Purple con la Orquesta Sinfónica de Londres en el Royal Albert Hall en 2001 y que tocarían el Concerto for Group and Orchestra, nos dimos cuenta de que semejante amenaza era pertinente.

El espectáculo comenzó en el enorme monitor que está sobre la barra de la tasca entre jamones de cerámica, botellas y tortillas. Jon Lord canoso, Ian Paice con lentes oscuros, Roger Glover cubriéndose la calva con un pañuelo, Ian Gillan con una batola blanca y el pelo corto, Ronnie James Dio en una actuación especial y Steve Morse, sustituyendo al insustituible Ritchie Blackmore, salieron al escenario junto a la Orquesta Sinfónica de Londres dirigida por Paul Mann.

Queridos lectores, alumbrados, amigos todos: esa noche fue muy extraña porque bebimos whisky en el ambiente familiar de la Tasca Río Chico arrullados por la música de Deep Purple.

Cuando terminó la función, nos acercamos al dueño del dvd y le dimos las gracias. El sujeto, henchido de orgullo, nos dijo:

—Hay que hacer esto más a menudo para que la gente aprenda que la música va más allá de Olga Tañón.

¡Qué felicidad!

sábado, abril 15, 2006

V FOR VENDETTA

V for Vendetta es lo mejor que he visto en mucho tiempo. Es una película repleta de maravillas, entre las que destacan la construcción de un héroe extraordinario: V.

V impresiona porque está hecho de trozos de mucho héroes que hemos visto en la literatura y en el cine; en él conviven el modo galante de Edmundo Dantes, el Zorro y Dartagnan; la contundencia terrorista de Guy Fawkes, la tristeza de Batman y del Fantasma de la Ópera, la portentosa crueldad argumentativa de los personajes shakesperianos y la claridad de un hombre que asume sin ambages la violencia terrorista para luchar contra un estado totalitario.

Cuando salí de ver V for Vendetta, no supe qué fue lo que tanto me impresionó. Tuvieron que pasar dos días para darme cuenta de que el discurso de V sobre la invulnerabilidad del hombre que se mueve por una idea, me pegó durísimo.

De verdad verdad, ¡qué belleza!

viernes, abril 14, 2006

CARACAS HARDCORE

Hay experiencias urbanas que se parecen mucho al veneno que destilan ciertas canciones. En este sentido, Caracas es una ciudad que está más allá del heavy metal; una ciudad que es un enredo de sonidos violentos que producen miedo y muerte. Curioso es que nuestra Caracas no se identifique con esa música, y que por el contrario, se sienta arrullada por las baladitas azucaradas y por el pulso de la salsa, como si fuéramos una patria alegre y sin problemas de ninguna clase.

Caracas es una ciudad hardcore, llena de demonios tamboreando, gritando, apestando y siendo terribles. De nada vale que nos escondamos detrás de una canción romántica porque, querrámoslo o no, a nosotros nos sale música podrida, como el reggaetón.

miércoles, abril 12, 2006

LA PLAYA

Jim Moe Clayton vivía en una casa de madera levantada a pocos pasos del río. Su hogar era un modesto y delicado edificio de dos plantas cuyo techo de ramas descansaba sobre cuatro serchas que le dieron siempre a la casa un aspecto de obra inconclusa, de esqueleto apenas cubierto de carne. Así era el hogar que Jim Moe heredó de su madre y que en aquel momento compartía con Mira Morse, una hermosa estudiante de química en la Universidad de Tampa que le aguantaba todos sus delirios de hombre rudo dedicado a la caza y al encierro de cocodrilos.

El edificio en cuestión quedaba muy cerca de Belle Glade, a orillas del lago Okeechoobe en Florida. Por alguna causa misteriosa y ceñida a la humedad natural del terreno, el sitio vivía plagado de lagartos de todos los tamaños. Allí hubo desde siempre babas somnolientas, estáticos caimanes, cocodrilos enormes, gigantes, grotescos y de piel áspera, corroñosa y cubierta de protuberancias que parecen dientes, que parecen piedras, rocas anudadas en una estructura que respira, que se mueve y que vive una vida lenta entre el sueño soleado y el baño en un agua oscura y repleta de tortugas. Esos cocodrilos eran los que Jim Moe vivía persiguiendo. Él y sus socios pasaban horas esperando el mejor momento para atrapar uno de aquellos saurios grandes para venderlo a zoológicos, a traficantes y a curtidores de pieles finas. Por eso se iban días enteros a lidiar con los cocodrilos metidos en el agua, con los mosquitos y el barro que apenas permitían la presencia de una carpa llena de navajas.

Como buenos amigos, Jim Moe, Pike Henderson y Archie Jordan se internaban en la oscuridad de la playa pantanosa con la seguridad que les ofrecía el haber nacido en semejante barrial silencioso y marrón. Por no sentir el vaho de misterio que transpira el pantano, Pike Henderson perdió una mano de la manera más tonta que pueda imaginarse. Un día, después de una larga borrachera, le dio por irse solo a un pozo de apariencia tranquila. Allí metió las manos en el agua, y de la nada apareció un cocodrilo gordo y sin un ojo que retó la hombría del viejo, haciéndolo desenvainar de inmediato su enorme cuchillo. Todo iba bien hasta que Pike dejó los insultos al lagarto y se lanzó, con todo y ropa, al agua. Lo malo fue que en vez de clavarle el frío filo al monstruo, se clavó el cuchillo en su propia mano.

Después de ese episodio, Jim Moe y sus socios entraron con más recato al pantano a pesar de que continuaron llevándose siempre una botella de whisky alambicado y una armónica para acompañar las espesas noches repletas de cuentos. En cada expedición los tres hombres hablaban de lo mismo: que si los indios de ciertas regiones de Suramérica son mixofílicos porque adoran verse desnudos unos a otros, que si los pingüinos son aves que saben a pescado, que si Mike Tyson es el último eslabón de una cadena de boxeadores negros que van desde Jack Johnson hasta Marvin “Marvelous” Hagler, pasando por Joe Louis y Sugar Ray Robinson, Sonny Liston, Ken Norton, George Foreman, Leon Spinks, Joe Frazier, Sugar Ray Leonard, Tommy Hearns y el más grande de todos: Cassius Marcellus Clay, El Gran Mohammad Ali. Hablaban sobre boxeo y les daban las tres y las cuatro de la madrugada recordando combates entre botella y botella de whisky: el de Jack Johnson contra Jessie Willard, el de Cassius Clay contra Floyd Patterson, el de Hagler contra Hearns... Todo era conversación hasta que al negro Archie se le ocurría sacar su armónica y tocaba con sus delgadas manos un montón de melodías de aire que, según el viejo Pike, eran tan tristes que alejaban hasta a los zancudos. Así se les iba la vida a Jim Moe Clayton y a sus amigos: emborrachándose y cazando cocodrilos; a veces disparándoles con escopetas, a veces atrapándolos con palos y cuerdas llenas de complicados nudos diseñados para inmovilizar al saurio cada vez que abriera sus fauces o moviera su larga cola para barrer al que se le atravesara. Con esto Jim Moe se probaba a sí mismo en cada sesión de cacería que era un hombre capaz de lidiar con fuerzas más grandes que él. Eso fue lo que más le gustó a su compañera hasta el día en que el heroísmo se hizo insuficiente para el amor y ella lo abandonó sin dejar rastros.

Antes que eso sucediera, Mira distribuía siempre su tiempo entre los cocodrilos de Jim, la escritura de una larga tesis sobre los formaldehidos, la contemplación de un largo tren de juguete y el cuidado de Pal, un cachorro de bulldog que ladraba a cada rato y le hacía compañía en medio de aquel lodazal solitario que Mira había aprendido a querer a fuerza de discos de Bing Crosby y muchas salchichas en lata. En apariencia todo marchaba de maravillas entre esa chica menuda y Jim Moe Clayton. Así fue hasta que llegó el momento en que a ella se le hicieron demasiado pesadas las borracheras y las interminables pláticas insulsas de los cazadores. En realidad lo que terminó de hartar a la delicada Mira fue algo horrible... Un lunes, como a las nueve de la noche, llegaron los tres socios cansados y en compañía de dos cocodrilos enormes amarrados a cada lado del viejo bote de Pike. A diferencia de otras oportunidades, Jim y el anciano arribaron en silencio con los rostros derrotados.
―¿Y Archie? ―Preguntó Mira.
―Herido. En la lancha.

Mira no pudo sino imaginarse lo peor, pero cuando llegó al bote, se encontró con el negro hundido en lo más hondo de una borrachera y sangrando en el hombro izquierdo.
―Fue horrible, Mamá. ¡Fue horrible! ¡Horrible!

Archie Jordan no hacía sino gritar. Pal ladraba y ladraba al tiempo que Jim Moe y Pike cargaron a su amigo para recostarlo dentro de la casa y poderlo curar. Mientras tanto, Mira buscaba el alcohol y otros adminículos médicos en medio de la tensión de aquel momento aderezado por más ladridos de perro y por el relato mareado de Archie.

―Yo estaba haciendo lo que ustedes me pidieron: recoger la cuerda... Yo tenía la cuerda en mis manos; la estaba enrollando de lo más tranquilo cuando, de debajo de la lancha, apareció un monstruo gigantesco de cuatro cabezas y con ojos de fuego que lanzó una dentellada y haló la cuerda, haciéndome tambalear, caer al agua y ser su cena suculenta. Yo me defendí lo mejor que pude, pero qué va... Con un monstruo de siete cabezas y cuatro brazos nadie puede...

La herida en el hombro izquierdo de Archie se puso fea. Era casi un mordisco profundo rodeado de otras marcas moradas. A pesar de eso, Jim Moe y Pike se rieron con el negro al tiempo que Mira le curaba las marcas que le dejó el cocodrilo transmutado en alienígena por obra y gracia del whisky barato.
―Te salvaste porque el monstruo que te atacó, no come negros.
―Si te hubiera comido, a esta hora ya se habría muerto de una diarrea horrible.
―Ya sabemos que los extraterrestres no comen mierda.
―Jodan... Jodan a este pobre negro que tanto los ha ayudado a limpiar de cocodrilos este asqueroso pantano. Díganme si ustedes no se han forrado de billetes gracias a mi olfato para oler a esos bichos...
―Ya, ya, negrito. Ya. Pike y yo te estamos fastidiando para que mi mujercita pueda limpiarte las heridas. ¿Verdad, Pike?

Así, hablando tonterías, pasaron un rato hasta que Mira terminó su labor de enfermera y salió de la casa a ver dónde estaba Pal. Cuál sería su sorpresa profunda cuando puso un pie en la puerta y vio que uno de los cocodrilos se había escapado. Allí, en la playa, descansaban los restos sangrantes de su pequeño perro adorado. Hasta ahí llegó la paciencia. Hasta ahí llegó el amor.

martes, abril 11, 2006

EL ESTIMULANTE CRIOLLO

Curiosa es la información que los músicos demuestran cuando llegan al aeropuerto de Maiquetía. Casi todos, al sentirse en confianza, le preguntan a cualquier interlocutor criollo dónde se consigue yopo para ellos probarlo y poder hablar con propiedad, en sus respectivos países, de cuán bien o de cuán mal les cayó este estimulante que los indígenas de nuestra patria se soplan mutuamente en los orificios nasales.

Lo interesante de este cuento es preguntarnos cuál de los músicos que ha venido a visitarnos fue el primero en probar el yopo. La verdad es que debe haberle ido muy bien si les contó a todos sus colegas su experiencia.

LOS INFIERNOS

Herrería de la Maestranza César Girón; Maracay, Venezuela

No hay grupo de rock donde no aparezca una mención al infierno, al diablo o a algún demonio con cara de maluco. La verdad es que esa afición por la imaginería satánica ya huele raro, ya huele a invento mercadotécnico.

El uso de la iconografía diablesca viene asociado al rock and roll desde el momento en que éste se vendió a sí mismo como un movimiento «rebelde», como un corpus artístico y musical en contra del orden establecido. Obviamente, no hay nada que simbolice con más fuerza semejante rebelión que un demonio. Lucifer fue un ángel que se rebeló al estamento político y celestial instaurado por Dios desde antes de la creación. De ahí que los músicos contemporáneos usen la imagen del diablo y recreen infiernos en sus canciones y espectáculos. En estas sociedades enfermas, todo el que se rebela tiene rating. Por eso, en la música, lo satánico es un invento mercadotécnico que se repite y se repite hasta el infinito.

viernes, abril 07, 2006

MARÍA CELINA, EL HUMO Y LAS ESPINAS

Kasimir Malevich: Círculo negro; 1923; óleo sobre tela

Para algunos, la palabra «maleza» sugiere la visión de una selva tupida y repleta de bóvedas hechas de copas entrecruzadas de árboles y de arbustos que se enredan entre sí, cubriendo la tierra y a todo bicho que se atreva a cruzar sus umbrales. Para otros (con una imaginación menos calenturienta) «maleza» remite a esas plantas que crecen raquíticas, pero persistentes, en las ranuras que se abren entre las piedras de un camino; matas que nadie riega, que nadie admira, que no son alimento para ninguna criatura, pero que están y estarán ahí, abriéndose paso en el mundo de los vivos, a pesar de las adversidades y de la infinita displicencia que las rodea. «Maleza» es también el zarzal que crece entre las ruinas, el matorral que nadie quiere, la mala hierba que acaba con la soñada belleza de la primavera.

Todas esas imágenes definen muy bien al espíritu que flota en todos los relatos de este nuevo libro de María Celina Núñez. De ahí que semejante título sea el pórtico de un volumen signado por la precisión, por el rigor, por la coherencia y por un sentido del equilibrio que no puede ser tildado sino de artístico.

Tómese un elemento que comparten los escritos en cuestión, digamos la brevedad, y nótese que podemos hacer un ejercicio en el que sobresalen de inmediato las ideas que su título inspira, por ejemplo: «maleza, espesura que sobra». En un primer momento podemos creer que sus cuentos son breves porque en ellos no hay espacio para remanente alguno, porque ellos en sí son una superficie a la que se le ha podado todo ornamento y toda tiña, pero también somos libres de concebir su brevedad como el resultado de que ellos representan la maleza que le sale a la vida humana, corroyéndola como si se tratara de un parásito imperfecto que mata a su víctima de a poco. Así como es pequeña la terca hierba que crece sin que nadie la haya plantado entre las piedras de una pared, así son los cuentos de este volumen: exiguos, intensos, incómodos y tan profundos que concentran toda una historia de la decadencia individual en sus pocas líneas.

«Maleza» también significa materia descompuesta, pus. De ahí que estos relatos puedan verse como un trabajo sobre aquellos excedentes de nuestra cultura contemporánea cuyo tratamiento se deja en manos de taimados que se hacen pasar por especialistas del espíritu. Para muestra está «París», un relato donde un personaje le hace creer a sus allegados que se va de viaje, cuando en verdad se larga a un sitio miserable donde pide que le permitan dormir en un catre añejo a cambio de que asuma la tarea de alimentar a los cerdos; o ese otro cuento («Desacato») en el que una mujer pide una limonada en un bar cualquiera, un indigente se le acerca, toma el vaso, bebe un trago y se lo escupe, bañándola de pies a cabeza.

El hilo que une estas historias no sólo es el mood que se esconde detrás de la palabra que le da título al libro; es la utilización recurrente de la primera persona, es el carácter fragmentario de unos textos que conciben la vida como una agonía. En ese particular, Maleza se nos presenta como un dignísimo eco en clave femenina de la obra de José Antonio Ramos Sucre. Al clásico «Yo adolezco de una degeneración ilustre; amo el dolor, la belleza y la crueldad...», la voz de Maleza responde: «Sólo tengo estos dedos manchados de nicotina para acariciarte y esta boca, cuyo olor desprecias, para hablarte de mi amor...».

Los cuentos de María Celina son tan rudos como las espinas de los zarzales y tan breves como los cigarrillos que ella misma y sus personajes fuman no sólo en este libro, sino en el anterior, titulado La fumatrice... Y hablando de tabaco, al lector se le antoja que estos relatos fueron escritos en una caligrafía de humo de la que sólo quedaron unos extractos en los que se lee la historia de la mujer repulsiva que se esconde dentro de un escaparate para poder fumar en paz sin que nadie la vea ni la moleste, o el de la mujer sin nombre que medita en los cafetines sobre una boca de la que sale humo sin necesidad de lumbre.

El imaginario de María Celina Núñez está plagado de personajes solitarios que cavilan en sitios ordenados, desiertos y de enfermiza pulcritud, como los que muestran las películas de Michelangelo Antonioni y los cuadros de Edward Hopper. Los lectores nunca conocemos las razones que mueven a estos personajes adoloridos y estigmatizados por el fracaso. Tampoco sabemos de sus meditaciones ni del curso que sigue su mundo interior. Lo único que vemos son las explosiones, las lágrimas, las consecuencias, el desastre, el desánimo, el silencio, la pared que separa a una persona de otra hasta que llegue un rayo de luz dorada y se produzca el milagro de la resurrección.

A pesar del dolor que ellas destilan, en más de una página de Maleza se nota un sentido del humor tan afilado que se confunde con las púas más hirientes de la mala hierba, y tan exquisito que casi pasa desapercibido como ciertas fragancias que flotan sin delatar de dónde vienen. También hay algo que contrasta con el tono apocalíptico del libro. Se trata de cierta amabilidad en las descripciones de los objetos, sobre todo de cuadernos, plumas, tinteros, trenes, barcos, flores, muebles, que muestran con su delicadeza una suerte de felicidad congelada de la que nos asimos con todas nuestras fuerzas los lectores a la par que los personajes de cada cuento.

Maleza de María Celina Núñez es un libro atormentado que nos acerca a esa belleza que nace después de los naufragios que todos, de alguna manera, hemos tenido y tendremos a lo largo de nuestras vidas. Por eso, para recordar que siempre llevamos con nosotros las semillas de una mala hierba, hay que leerlo.

jueves, abril 06, 2006

«Y abiertamente ofrecí mi corazón a la ciudad noble y dolorida. Y prometí amarla con fidelidad, hasta la muerte, sin miedo, con su pesada carga de fatalidad, y no despreciar ninguno de sus enigmas; así me ceñí a ella con una atadura moral».

lunes, abril 03, 2006

NOCIONES ELEMENTALES DE MINIMALISMO LITERARIO

El jamón minimalista

El relato minimalista se caracteriza por:

1) Parquedad de lenguaje.

2) Uso casi telegráfico de los signos de puntuación.

3) Pocas acciones. Pocos personajes.

4) Finales abiertos.

5) Impresionismo literario (vale más la impresión que el relato íntegro).

El relato minimalista cuestiona la definición clásica según la cual... «todo relato es la dinamización literaria de un deseo».