viernes, mayo 25, 2007

UN PARÉNTESIS
Queridos amigos, hagamos un alto en lo que es normal en este espacio y hablemos por un momento sobre el desastre que ocurrirá el próximo domingo cuando salga del aire la señal de Radio Caracas Televisión.

RCTV nunca ha sido santa de mi devoción. En este momento me parece que está recogiendo la cosecha de ignorancia, estupidez y mediocridad que ha sembrado a lo largo de muchos años. Buena parte de la morralla que hoy apoya la medida de cerrar el canal, creció arrullada con la estulticia que en forma de programas difundieron los canales de televisión venezolanos. ¿Qué quieren ahora: que la gente tenga el criterio y la ecuanimidad que ellos no contribuyeron a formar?

Con todo y que a este servidor Radio Caracas Televisión le ha parecido siempre un difusor de ignorancia, un espacio que tradicionalmente despreció a la gente, ofreciéndole basura conceptual, hace un alto en sus diferencias con este canal, se pone de su lado y rompe lanzas por lo que en este momento representa RCTV: la defensa de la libertad de expresión.

Que el presidente y sus seguidores nos digan que no se trata de un cierre, sino de la no renovación de un permiso para salir al aire es una vergüenza que se añade a la gandola de infamias que algún día tendrán que pagar. Con ese sofisma nos están queriendo decir, palabras más, palabras menos, que el gobierno considera que la libertad de expresión está sujeta a que él la permita, a qué él le conceda a la gente la venia para expresar su pensamiento, y eso, señoras y señores, es inaceptable.

Pero no todo es pérdida para los que nos oponemos a esta medida caprichosa. Cegado en su soberbia y borracho de poder, el gobierno ignora los alcances de este desaguisado. Habrá que tener paciencia y dureza de espíritu para llegar a ver en su momento las consecuencias de tanta arrogancia.

Mientras tanto, ofrezcámosles toda nuestra solidaridad a los trabajadores de RCTV.

jueves, mayo 24, 2007

LAS EXCUSAS DE PIEDRA
Hay gente experta en llegar tarde a todos lados y para ello tiene un repertorio de cuentos. En esos cuentos abundan los choques, los accidentes y los fiscales de tránsito. Con esas excusas hay que tener cuidado porque hay quien ha matado más de una vez a su abuelita. En otras palabras: tienes que tener cuidado de no repetir la misma excusa con la misma persona.

Lo único bueno del tráfico contemporáneo es que tienes la excusa perfecta para llegar tarde a todas partes.

Hay gente que es experta inventando cuentos extraños. Hay gente capaz de comprarse un collarín en una de estas farmacias gigantescas para llegar a la oficina diciendo que tuvo un accidente.

Todavía a estas alturas de la humanidad hay maridos que llegan tarde a la casa y tienen que inventar un cuento para que no les armen un peo. Hay unos sinvergüenzas que después de tremenda juerga con mujeres, tragos y demás, paran el carro a media cuadra de la casa, abren el capó y le jurungan el radiador, el alternador y los bornes a la batería. De ese modo, llegan a su casa diciendo que “tuvieron un problemita con el carro”.

Lo importante de dar excusas es lograr dos cosas:

1) Que la gente las sienta no sólo como una explicación de por qué no cumpliste con tu deber, sino que las sienta además como una disculpa.

2) Que logres cambiar de tema inmediatamente.

Cuando des una excusa, trata de lograr que la conversación gire hacia otro tema. Por ejemplo: si dices que pasaste la noche en la policía poniendo una denuncia, gira la conversación de inmediato hacia el tema de la inseguridad.

Para inventar una buena excusa tienes que cultivar la imaginación de un escritor. Veamos algunas excusas ejemplares:

* “No pude ir porque se me rompió un tubo en el baño de la casa” (las excusas con plomero siempre son buenas).

* “No pude ir porque Jorgito se cayó de la bicicleta” (las excusas con hijo nunca fallan).

* “No pude ir porque algo me cayó mal en el almuerzo y estuve evacuando toda la noche”.

* “No puder ir porque era el cumpleaños de mi mamá”.

Hay situaciones inexcusables. Por ejemplo: que te pierdas tres días de tu casa y luego regreses bronceado; que te tomen una foto con otra jeva; que te vean con un tipo agarrado de manos.

El mundo de las excusas puede llegar a ser infinito en una ciudad comcontemporánea. Pero, a
veces, lo que de verdad sucede es más sorprendente que cualquier excusa y la gente no te cree. Cuando eso pasa, es mejor no decir nada y soportar el bochorno de haber llegado tarde o de no haber cumplido con una tarea.

Tres excusas sorprendentes:

* “No, mi amor, yo no me hice la cirugía plástica. Es que he estado haciendo muchos ejercicios y por eso me crecieron estos pectorales”.

* “No, señor, no hay línea porque una rata se comió la banda ancha”.
* “No, mi vida, yo le estaba dando respiración boca a boca porque se estaba ahogando en el lounge”.

lunes, mayo 21, 2007

DEL LUGAR COMÚN A LA LITERATURA EN 15 MINUTOS
Roberto Echeto ®Para un escritor que se inicia siempre resulta difícil entender que el lenguaje no es inocente, y que si no estás atento, se puede transformar en tu cárcel.

El lenguaje puede ser una Rotunda, una prisión en la que de nada vale que te tatúes sus planos para escaparte de ella. Allí las palabras serán tus carceleras y te dementarán a punta de rolazos conceptuales que te mantendrán sedado en una celda de confort.

Si no pones atención, el lenguaje te hace una Doble Nelson, te domina y te pone a hablar como hablan —y a escribir como escriben— los que tienen el poder de llevar el lenguaje a todos los rincones de nuestro pequeño y sucio planeta. De ahí a verte como una cifra sólo hay un paso.

Un escritor que se inicia debe entrenarse en el difícil arte de detectar cuándo se acerca la jaula oxidada que viene a encerrarlo, y eso se logra, señoras y señores, afilando las orejas y convirtiéndolas en alfanjes de fuego listos para destruir la caja de los barrotes. Oír el paisaje, entender el entorno lingüístico y saber que eres un jedi solitario en una guerra oscura es lo único que garantiza tu supervivencia como artista.

Aguzar el oído es tan importante para un escritor como lo fue para Bruce Lee lanzar patadas. Entrenarse en el arte de oír le ofrece a quien escribe la posibilidad de otear a sus congéneres, de entender que el orden de las palabras en un discurso produce un ritmo que aburre o seduce a las personas. Por si fuera poco, entrenarse en el arte de escuchar le permite al escritor descubrir que la cárcel del lenguaje está hecha de lugares comunes que pasan de seso en seso a través de las lenguas azules de algunos descerebrados.

Los lugares comunes, señoras y señores, son ideas muertas cuyos cadáveres siguen andando por ahí, cual momias legendarias a las que no les hacen daño las balas.

Si en un discurso periodístico oyes que en lugar de «agua» se habla del «vital líquido», que en lugar de «carnaval», se habla de «fiesta carnestolenda» o que en lugar de «Semana Santa», se habla de la «semana mayor», pues respira hondo porque estás frente a las momias que vienen a por ti.

Si estás viendo una telenovela y Carlos Ramiro le dice a Mercedes Teresa que la ama con todo su corazón y que quiere hacerla suya para siempre, sal corriendo porque esas momias quieren acabar contigo, desmembrarte y tirar tus huesos en el pozo sin nombre, el lugar donde van a morir la inteligencia y la sensibilidad.

Si estás viendo un partido de fútbol y el locutor se refiere a «la pelota» llamándola «esférica», al «estadio» llamándolo «coso» o al «arquero» llamándolo con el nombre del perro de tres cabezas que cuida las puertas del infierno, cuádrate, saca tu daga de plata y resiste porque estás frente a las momias otra vez.

Los discursos que rodean a la política, al deporte, a la publicidad y al erotismo son como fosas ahítas de zombis, de cadáveres que salen a caminar por el mundo para obligarnos a unirnos a sus huestes descompuestas. Contra ellos, contra los muertos vivientes, sal y crucifijo, paciencia y soplete literario, mucho trabajo y mucho Hellboy.

Un escritor es, entre muchas otras cosas, un superhéroe (como El Santo, el enmascarado de plata) que pelea contra las fuerzas del mal, contra los vestiglos del lenguaje, contra las momias que abundan en el mundo entero. El Santo —que eres tú— debe luchar todos los días contra los muertos vivientes que salen de sus féretros cuando la gente produce discursos llenos de frases hechas y de imágenes que ha visto en televisión, que ha oído en miles de conversaciones, que ha leído en decenas de libros.

¿Que cómo sabemos que un evento lingüístico se ha transformado en un lugar común? Pues no es fácil saberlo. Por eso es que quien se inicia en la escritura debe aprender a escuchar, a memorizar y a entender que si observa una momia saliendo de la boca de alguien aquí y ahora, y que si luego la ve saliendo de otra boca a diez mil kilómetros de este lugar, pues estará en presencia de uno de esos monstruos poderosos que casi tienen el don de la ubicuidad.

Un escritor lucha contra las momias invocando la luz de la palabra, sacándole brillo y lumbre a su sonoridad, creando nuevas relaciones entre los adjetivos y los sustantivos, inventando y cuidando un estilo y, sobre todo, cultivando la propia voz, la de cada quien, la que traduce una visión y una versión del mundo.

La voz se cultiva en la lentitud solitaria de la lectura, en la oquedad de la duda, en la observación minuciosa de nuestras vidas, en el trabajo aterrador de aprender los nombres de cada gloria, de cada pena, de cada gris que separa el día de la noche.

Cultivar tu voz supone convertirte en tu propio verdugo, en la sombra anaranjada presta a señalarte tus errores y a burlarse de ti con saña. Si entras al ruedo de la escritura con seriedad, esa sombra será tu maestro. Él te enseñará, sin clemencia, a crear belleza a tu alrededor, a lanzar patadas de humo, a romper bloques de concreto neuronal, a disolver las cenicientas gasas de los monstruos sin tocarlos.

Aunque son más, las momias nunca pueden con el que cultiva su propia voz. Ante alguien así, los muertos vivientes (cuando no son de corazón mal tañido) mutan; dejan de ser los esbirros del mal y se transforman en una mariposa de sangre, sangre que hay que dejar en la vida y, por supuesto, en la página cada vez que se escribe.

No lo olviden.

Paz y rock and roll.

sábado, mayo 19, 2007

PALABRAS PARA LA POSTERIDAD
Hay frases célebres que todos decimos en velorios, bodas, piñatas, bautizos y demás celebraciones de la vida.

· Palabras que debemos aprender para usarlas en los momentos duros de la vida:

· Si te pillan en la cama con otra jeva, hay unas palabras que nunca fallan:

· «Esto no es lo que tú crees, mi amor».

· Esas palabras van acompañadas del célebre: «déjame explicarte, mi vida».

· Hay gente que cree que todo lo que se diga en una funeraria es pavoso.

· En un velorio nunca falta el clásico «quedó igualito».

· Otra de velorio: «al menos ya descansó».

· En un velorio también decimos: «tan bueno que era».

· Otra de velorio: «parece como si estuviera dormido».

· Eso sí: nadie sabe qué quiere decir «sentido pésame».

· A uno desde chiquito le enseñan cómo comportarse frente a la vida, pero no cómo comportarse frente a la muerte.

· Uno no sabe a ciencia cierta qué quiere decir «sentido pésame».

· Otras palabras célebres en funerarias y cementerios:

· «Se le ven los algodones».

· «Pero si era un hombre joven; tenia 60 años».

· «Cuando te toca te toca».

· «Es indudable que él disfrutó su vida como quiso».

· «Nosotras acabábamos de hablar».

· «Se despidió de una forma extraña y me dio un mal pálpito».

· Otras palabras célebres:

· En una boda: «¡qué bella está la novia!»

· «No hay novia fea». (eso es una verdad de la vida).

· «Y pensar que yo me la cogí primero».

· «¿Hacia dónde va nuestra relación?».

· «¿Qué soy yo para ti?».

· Cuando nace un niño, la gente siempre repite: «es igualito al papá».

· «No eres tú, soy yo».

· «Yo te quiero… pero como amigo».

· Otra para terminar una relación: «vamos a darnos un tiempo».

· La dicen las amigas cuando otra amiga termina con el novio: «todo pasa por algo».

· «Te lo dije».

· Para terminar una relación: «deberíamos ver otra gente».

· Las frustradas sentimentalmente dicen: «más vale sola que mal acompañada».

· «Mi amor, esta es la primera vez que me pasa esto».

· La gente sin novio o novia dice: «yo estoy solo porque quiero».

· O «a mí no me hace falta un marido para ser feliz».

· Otras palabras para la posteridad:

· «Yo te gusto; lo que pasa es que no te has dado cuenta».

· «¡Tú no sabes quién soy yo!».

· Esa frase célebre tiene una variante: «tú no sabes de quién soy hijo yo».

· «Véngache con papá».

· «Quien coge feas, coge más».

· «Papi, ¿tú me quieres?».

· «¿Con cuánto arreglamos esto?».

· «No, señor, no me haga eso».

miércoles, mayo 16, 2007

EVOCACIÓN DEL TAXISTA
Las grandes crónicas de las ciudades las cuentan sus taxistas. Haga la prueba. Móntese en un taxi y pregúntele al conductor cómo está la vida en esa ciudad. Él le responderá, entre risas o suspiros, algo que deberá tomarse muy en serio porque si alguien lidia con los mil y un problemas de una metrópolis, pequeña o grande, ése es el taxista.

Viajar en taxi es entrar en una dimensión habitada por hombres y mujeres expertos en los antros y en los monstruos que abundan en la oscuridad. ¿Quién de ellos no ha visto (o quizás hasta llevado en su auto) al hipogrifo de piedra?

La otra noche, el conductor José Nucete Altuve montó en su LTD negro a un pasajero que el barman del Ashgrove Bar escoltó desde la barra borracha hasta la puerta del auto. José Nucete apenas enarcó las cejas cuando el barman le indicó que su pasajero llevaba un billete de veinte mil y un papel con su dirección adheridos a la solapa de su chaqueta con un trozo de teipe.

En cada ciudad los taxis tienen su mitología. En México D.F., por ejemplo, son verdes, son marca Volkswagen y todo el mundo te advierte que no los tomes en la calle porque si lo haces, puedes terminar protagonizando un cuento de Juan Villoro o una canción de Los Tigres del Norte. En los Estados Unidos los taxis son amarillos. Sus conductores viajaron miles de millas para terminar sentados detrás de un volante, llevando y trayendo gente entre rascacielos y calles infinitas.

El amarillo de los taxis norteamericanos se ha institucionalizado como el color de los autos con los que se ejerce tan noble profesión. En nuestro país los taxis no tienen un color específico. Algunos (cuando pertenecen a ciertas compañías) son negros y espaciosos, otros, cuyos choferes los llevan como veloz azogue por los rincones citadinos, recibieron el nombre de «patas blancas», en honor a los fastidiosos insectos que se te aparecen por aquí y por allá, que te pican y te asustan cuando menos te los esperas.

Nuestros taxis siempre han sido un prodigio de decoración y de arte pop. Nunca han faltado en ellos el zapatico del hijo del chofer amarrado al retrovisor, el perro de juguete cuya cabeza se mueve con el vaivén de las troneras en el asfalto, la estampita de El Señor del Veneno, el mini extintor de incendios, el aparato de radio sintonizado en una emisora AM, la esterilla de pepas verdes en el asiento del conductor y, por supuesto, el volante y la tapicería delantera cubiertos de peluche.

También hay unidades destartaladas cuyos letreros deberían decir «tétano» en lugar de «taxi», que cada vez que arrancan, explotan y luego ruedan, dejando a su paso una línea prieta que dibuja un caballo de fuego en humo o aceite sobre el mapa de su ciudad.

Los taxistas venezolanos son los reyes de las areperas y los creadores de una «neolengua» que haría las delicias de Aurelio Baldor en tanto los números sustituyen a las palabras cuando hablan por radio.
—Central, aquí veinticuatro Nicaragua. Voy en treinta y seis cero uno.
—Ok, treinta y dos. Aquí dos cuatro. Tráigame una siete cero.
—Copiado, central. ¿Con queso?
—Afirmativo, veintisiete. Con queso y un cuatro tres en un vasito con hielo, si me hace el favor.
—Copiado, central.

El mundo de los taxistas es el reverso del mundo de las oficinas. Su lugar de trabajo se mueve y su regreso a la casa, como el de Ulises, depende de su juicio a la hora de esquivar el tráfico, de huir de las alcabalas, de los ladrones, de las sirenas, de los autobuses, de las gandolas y de un enemigo mortal de esta profesión: el calor que cocina los rincones corporales y que convierte al taxista en un ser desesperado cuya mano va siempre fuera del auto.

Por éstas, y por muchas otras razones, tenles paciencia. No olvides que los taxistas son tus amigos.

domingo, mayo 13, 2007

BANDAS SONORAS
Todas las ciudades tienen su banda sonora. En unos casos los ruidos que la forman tienen que ver con el escándalo de los autobuses, con las cornetas de los carros, con el traqueteo de los monorrieles y con esos huecos extraños que se abren en pleno asfalto, y de los cuales siempre sale una bulla continua acompañada de un humo ligero que queda muy bien en las películas futuristas.

Hay ciudades donde el metro marca el pulso de la urbe y le da una suerte de identidad al aire. Si Ud., por ejemplo, se montara en el metro de París, en el de Caracas o en el de Tokio, oiría una secuencia de sonidos que empieza con el susurro del tren que está por llegar y que continúa con el estruendo de los vagones arribando a la estación, con el zumbido siempre sibilante de las puertas abriéndose, con el tuuuuuuuuu de la señal que indica la proximidad del arranque, con el tracatracán del cierre definitivo de las puertas y luego con un ruido raro que parece música y que surge justo en el momento en que el tren avanza, coge velocidad y se pierde en la oscuridad de los túneles.

Como dice mi amigo José Urriola, hay metros de metros. En el de México D.F. y en el de Buenos Aires, por ejemplo, el usuario viaja con las ventanas abiertas por debajo de la tierra. Lo peor es que, más allá de los ruidos mecánicos, del golpeteo entre los rieles y las ruedas metálicas de cada vagón, el usuario de estos sistemas de transporte puede oír ruidos extraños, gritos de momias aztecas, tangos y milongas cantadas hace siglos, aullidos de licántropos enterrados en la oscuridad sin que los porteños ni los mexicanos se inmuten. Tal es lo que ocurre cuando la banda sonora de una ciudad te acompaña a lo largo de tu vida.

Entre nosotros los ruidos tienen una diversidad que va desde los electrónicos y sofisticados hasta los más primitivos. En cualquier ciudad de Venezuela es posible estremecerse con el reluctante ruido de los taladros que, a coro, revientan las calles sin piedad. A la vez, y de noche, puedes dormir arrullado con el canto de infinitos grillos o desvelarte con los múltiples uiuiuiuiuiuiuiuiuiuius que conforman el tormento de una alarma que se le pega a un carro al que le rompieron los vidrios y lo dejaron sin volante ni reproductor. A esa bulla que se ha vuelto natural en nuestra vida citadina, habría que añadir la percusión de los perrocalenteros, ésa que suena clac clac, cada vez que sus pinzas abren y cierran el compartimiento del pan, clac clac, de las salchichas, clac clac, de las papitas fritas, clac clac, de la cebolla, clac clac, y del repollo, clac clac, antes de darte tu perro caliente poderoso.

Ni hablar del grueso paca paca de los cajeros de banco cuando leen tu planilla de depósito o de retiro y te la sellan por delante, por detrás y hasta por el canto, antes de darte tu copia amarilla o rosada y dejar que te vayas feliz por haber esperado con un numerito en la mano en un rincón, mientras oías la campanita que hace plimplín y que te indicaba que era tu turno.

Las calles tienen su amasijo de ruidos mecánicos, pero tienen también sus andanadas de música a todo volumen. En las calles donde hay buhoneros que venden quemaditos, se forman a veces unos auténticos túneles sonoros en los que un vendedor pone un disco de reggaetón y otro, en el tarantín que está en todo en frente, le sube la mecha a una grabación impecable de Metallica, y cuando tú, de manera inocente, pasas por ahí, sientes cómo las entrañas te tiemblan ante el sonido que rebota ora en el vaso, ora en el páncreas, ora en un pulmón, ora en el diafragma, hasta que avanzas y el sonido de semejante túnel queda en el recuerdo.

Oye con atención la banda sonora del lugar donde vives y comprenderás el son al que bailas.

Y no te quejes, por favor.

miércoles, mayo 09, 2007

EL LADRILLO DE FAFRIFIA
Hola. ¿Cómo están? Aquí estoy otra vez, contándoles mis cosas para que vean que la vida es dura.

En estos días pasé una calentera horrible porque descubrí que una vecina que vive al lado de mi casa, me tenía un «trabajo».

No me preguntes cómo lo descubrí. Confórmate con saber que tengo maneras de saberlo todo… lo que sí te voy a decir es que yo misma me quité el efecto de esa brujería agarrando un ladrillo y pasándomelo por todo el cuerpo.

Sí, como lo oyes: me pasé un ladrillo por todo el cuerpo.

Cuando descubras que alguien te puso un trabajo, métete en pelota en el baño y pásate un ladrillo por todo el cuerpo. Luego, agarras el ladrillo y se lo zumbas a quien te puso esa brujería. Eso desactiva el daño y, de paso, puedes darle su carajazo al que te quiere mal.

Yo hice eso.

Me pasé el ladrillo por todo el cuerpo, me vestí, me fui a la casa de la tipa ésa… y le lancé el ladrillo por la ventana.

Por supuesto: nadie me vio. Yo soy sigilosa como una ninja.

¡Mosca y me vuelven a hacer brujería porque yo siempre estoy lista para defenderme con mi kárate espiritual!

¡Iiiiiiiiiiiiiiááááááááááááááá!

domingo, mayo 06, 2007

EL CAMIÓN DE LAS MUJERES Henrique Lazo tiene una pequeña teoría:
—Cuando tú veas a una mujer diciéndole que sí a todo lo que le dice el marido y tratándolo con demasiados «mi amores» y con demasiados besitos, es porque no lo quiere. En cambio, cuando tú veas a una mujer mandando, sin contemplaciones, al esposo a cargar botellones de agua, a pintar (otra vez) el apartamento o a comprar arroz chino a las nueve de la noche de un domingo, es porque lo adora con auténtico frenesí.

Esa tesis es tan rotunda como el cogito ergo sum de Descartes o como el Teorema de Pitágoras que debería tener tatuado Gaby Espino en la barriguita. Sobran los ejemplos que le dan sustento a tan destacada teoría que habría que grabarla en mármol para enseñanza de las generaciones futuras.

Joaquín Ortega, otro de mis amigotes, dice algo que también tendría que incluirse en nuestro panteón de palabras para la posteridad:
—El problema que hay con lo bellas que son las mujeres venezolanas es que no hay tiempo para amarlas a todas.

Y es cierto. Lo digo con conocimiento de causa. La prueba está en un juego que inventé hace un tiempo para impedir que el tráfico hiciera de las suyas con mi pobre cerebro. El juego consiste en que simulo un ataque de asfixia, y si no aparecen de inmediato las formas hermosas, retadoras, marmóreas, deslumbrantes y redentoras de una mujer hermosa (y que esté buenísima, por supuesto), me muero.

Demás está decir que nunca me he muerto. En el último instante, siempre aparece una belleza que me cura con sus ijares, en los que me imagino bailando al son de Motörhead.

Las teorías sobre las mujeres abundan, pero ninguna logra explicar su comportamiento. A lo más que llegan es a describir una acción específica que, por lo general, derrite la tranquilidad de los caballeros. Por ejemplo: a las mujeres les fascina que su novio y/o marido se parezca a un león. Eso sí: cuando conviven juntos, la mujer se dedica día y noche a hacer que el novio y/o marido se convierta en un mini gato entelerido. Cuando eso sucede, la mujer bota al tipo porque extraña al león y desprecia al gatico que ella misma ha formado. ¿Quién las entiende?

Otro ejemplo del poder de las damas se pone de manifiesto cuando sacan a la luz su fijación por jugar a la casita. Tú, amigo mío, que aún no vives con tu novia, debes saber que, cuando te mudes con ella, te acordarás de esta crónica y verás cómo a cada rato querrá tumbar una pared, renovar los muebles o cambiarle el color a las paredes. Ahí es cuando te preguntarás si no hubiera sido mejor quedarte en casa de tus papás o suscribir las palabras que nuestro amigo Enrique Enríquez nos envía desde Nueva York:
—Yo he descubierto que quiero vivir en un hotel.

Es cierto que los hombres somos unos niños eternos que antes jugábamos con carritos Matchbox y que hoy jugamos con ipods, Playstations, computadoras y demás parafernalia; que sólo pensamos en tener sexo, en ver partidos de fútbol y de béisbol, en hablar pendejadas con los amigotes y en oír discos de Jimi Hendrix a todo volumen en el carro, pero somos un libro abierto, un pozo de intenciones cristalinas. Nuestros deseos se ven a lenguas y cuando mentimos, lo hacemos tan mal que siempre nos pillan en el intento. En cambio, una mujer siempre es impredecible, insondable, contradictoria, bella. Su mirada siempre te descubrirá. Su voz se superpondrá a la tuya y la hará decir lo que ella quiera. Su esqueleto te hará temblar mil millones de veces y te hará sentir que el vértigo también está ligado a la felicidad.

Mujeres, miles de mujeres, ríos de mujeres, enjambres de mujeres, miríadas de mujeres que andan por ahí, saltando, revoloteando, alborotándonos, perturbándonos con su sola y febril presencia.

¡Gracias!

jueves, mayo 03, 2007

EL SEÑOR DE LOS TABURETES En «El Señor de los Taburetes», Saurón construyó un taburete mágico en la Carpintería del Destino.

Un día, en medio de una reyerta por un juego de dominó, Isildor, vecino de Saurón, le robó el taburete y se sentó en él, volviéndose loco de inmediato. Con el paso de los años, el taburete pasó de fondillo en fondillo, dementando a todo aquel que se sentara en su asiento hasta que alguien lo dejó escondido en un garaje.

El taburete del poder estuvo escondido hasta que Gollum lo descubrió y se sentó en él, quedando demente de inmediato.

Pasados los años, los enanos, los elfos, los hobbits y los venezolanos fundaron «La comunidad del taburete» con el objetivo de comisionar a alguien para que cargara el taburete hasta La Carpintería del Destino y lo destruyera.

El elegido por «La comunidad del taburete» fue Frodo Bolsón. Él, con su fiel amigo Sam, pasó las de Caín llevando el taburete.

Frodo y Sam se metieron en La Ferretería de los Enanos. Ahí pelearon contra un troll borracho y contra los Círculos de los Orcos en una tasca llamada El Abismo de Helm. También pelearon contra una araña mona gigante, contra unos zamuros a los que les faltaba una pata y contra unos funcionarios del Seniat.

Todo eso lo hicieron cargando el taburete.

Cuando por fin llegaron a La Carpintería del Destino, pasó algo inesperado: Frodo también se volvió loco. Tuvo que llegar Gollum con un serrucho a quitarle el taburete. En medio de esta pelea, Gollum y Frodo cayeron en una sierra Black & Decker encendida en medio de la carpintería… Así, cuando Gollum le arrebató la mano con todo y taburete a Frodo, la sierra cortó en pedacitos tanto a Gollum como al taburete.

De ese modo, Saurón quedó aniquilado para siempre.

Esta fue la versión venezolana del Señor de los Anillos llamada «El Señor de los Taburetes».

Muchas gracias.