miércoles, junio 27, 2007

ROCANEGRAS Así se llama la nueva novela de nuestro querido amigo Fedosy Santaella, y en ella nos muestra a uno de los personajes más fascinantes de la historia venezolana: Vito Modesto Franklin, el Duque de Rocanegras, Príncipe de Austrasia, árbitro de la elegancia y vórtice de una infinita variedad de comentarios sobre su colorida y variada vestimenta. Del Franklin real es poco lo que se sabe. Casi todo lo que ha llegado hasta nosotros está teñido de la leyenda que a su alrededor creó el propio Duque de Rocanegras y que amplificaron los humoristas espontáneos y de oficio que nunca han faltado en esta ciudad. De él sabemos por lo que escribieron, dibujaron y reprodujeron Leoncio Martínez, Francisco Pimentel y toda la constelación de luminarias que publicaba sus trabajos en Fantoches, esa maravilla de periódico que circuló en Caracas en la segunda década del siglo XX.

Debemos insistir en que el Duque de Rocanegras que ha llegado hasta nosotros es una suerte de personaje dadaísta, de parodia del dandy inglés diseñada por el propio Vito Modesto Franklin para subrayar uno de los pocos recursos de que disponía el ciudadano de aquel entonces para ser feliz en medio de una durísima dictadura: como no podía cambiar ni embellecer su entorno, se embellecía a sí mismo. Eso era lo que hacía Vito Modesto Franklin: embellecerse, emperifollarse, intervenirse hasta el delirio a través de su vestimenta.

Ese Duque de Rocanegras que ha llegado hasta nuestro tiempo apenas asoma su profesión de abogado, la propiedad del teatro Olimpia y un oscuro pasado como caletero en el puerto de La Guaira. Sin embargo, y a pesar de que habla de él todo el tiempo, ése no es el Rocanegras que le interesa a Fedosy. A él le interesa el duque detrás del duque, ése del que nunca sabremos a ciencia cierta qué pensaba ni qué quería y que es perfecto para encender la poderosa máquina de la ficción.

Es así como llega a nuestras manos Rocanegras, una novela negra ambientada en una versión muy personal, muy lúgubre y muy alejada del retrato costumbrista habitual, de la Caracas de 1923, donde se sentía la omnipresencia del Benemérito y de las otras fuerzas oscuras que medraron bajo su cobijo. Es en ese escenario donde nuestro duque se vuelve un hombre de acción, un héroe que pelea a faca limpia en medio de El Silencio, se disfraza, entra y sale de edificios que parecen enfermos, de La Rotunda, del antiguo hipódromo de El Paraíso, de la Plaza Bolívar repleta de oídos ciegos y de bocas ronroneantes que extienden la verdad y la convierten en chisme.

Fedosy, haciendo gala de una fuerza verbal inconmensurable, y de una libertad única a la hora de tratar el retrato no sólo de su personaje principal y de la ciudad donde se mueve, sitúa las acciones en medio de una auténtica conmoción nacional: el asesinato del general Juan Crisóstomo Gómez, vicepresidente de la república. Lo mejor es que tal como aprovechó las sombras del olvido a que fuera sometido el Vito Modesto Franklin real, nuestro querido amigo utilizó el silencio que reinó ante el asesinato del hermano predilecto del Benemérito para crear una complicada trama de intrigas, de personajes y de posibles motivos para asesinar a tan encumbrado personaje de la vida pública venezolana. De manera que estamos ante una novela que es histórica en tanto las fechas, los lugares y los personajes existieron y existen, pero aderezada con el feliz artificio de la ficción dado
que lo que nunca se supo, lo que nunca salió la luz de aquellos hechos y de aquellos personajes, fue cubierto con el destello no siempre amable, pero sí excelentemente bien trabajado por un gran artífice de la mejor literatura, de ésa que te golpea y te deja mirando a la lona durante un buen rato, de ésa que acepta las influencias de donde vengan: de la misma literatura, del cine, de los comics, de la historia, de las conversaciones con los panas, de la investigación seria y acuciosa en la sección de manuscritos y libros raros de la Biblioteca Nacional.

Con Rocanegras presenciamos el nacimiento de un tipo de héroe poco usual en nuestra literatura: uno que dejó atrás la circunspección, el carácter pusilánime y el deseo de darle orden y coherencia a su entorno, para pasar a empuñar todas las armas —las honorables y las deshonrosas— y de ese modo cumplir su objetivo de supervivencia en la vida cruel de un país como Venezuela, que es cruel en la ficción y en la realidad.

El Duque de Rocanegras de Fedosy Santaella no es un héroe melancólico; es un héroe maldito que se inscribe en la locura y la soledad de otros héroes contemporáneos que andan de capa y espada en ciudades post-tecnológicas. Así como Batman anda por los techos de Ciudad Gótica detrás del Guasón y de Ra’s Al Ghul, nuestro duque se desplaza por una Caracas bostezante donde el mal tiene muchas caras y todas son, como él, malditas.

Damas y caballeros, los invito a leer Rocanegras, a detallar la escena magistral donde conversan Juan Vicente Gómez y Vito Modesto Franklin dentro de un carro, a disfrutar la prosa deslumbrante de nuestro amigo Fedosy Santaella y a ver cuánto podemos aprender sobre nuestro pasado cuando lo miramos con humildad, interés y un deseo descomunal por obtener ahí no sólo la explicación de quiénes somos, sino las semillas de los cuentos por contar.

¡Rocanegras, Fedosy, duro contra los malos!

martes, junio 26, 2007

EL MOTORHOME Y LAS HABICHUELAS MÁGICAS Los talleres mecánicos conforman un universo paralelo al que ocupamos los seres humanos. En ese otro mundo coexisten piezas mecánicas de toda índole, grasa, afiches de baterías Duncan con mujeres en trajes de baño, más grasa, herramientas de distintos tamaños y usos, más y más grasa, cadenas, tuercas, más y más y más grasa por todas partes. En los talleres de rectificación de motores, en los de latonería y pintura, en los electroautos, en los que se dedican a la reparación de cigüeñales, carburadores y silenciadores, en los que se especializan en la alineación y el balanceo de los cauchos, la grasa es una religión en la que los mecánicos, con sus bragas azules, sus kilos de estopa metidos en los bolsillos y sus chistes llenos de gasolina, son sus sumos sacerdotes.

Llevar el carro al taller es entrar en la dimensión desconocida, un lugar donde sobran los shows porque los repuestos brillan por su ausencia —no, jefe, ahora esa manguera sólo se consigue en México—, porque el especialista en el modelo de tu motor se enfermó de dengue —vente el jueves, flaco—, porque el taller está lleno —vente dentro de dos meses, mi vida— o, simplemente, porque dos de los mecánicos que trabajan en el taller se batieron a duelo, uno llave inglesa en mano y el otro con un rache.

Los talleres también son fuente de inspiración artística. ¿Quién no ha visto esas maravillas de esculturas que fungen como anuncios de los talleres donde se instalan y reparan silenciadores? Más de un coleccionista quisiera tener en su casa uno de estos amables muñecos que reciben al atribulado conductor con su esqueleto metálico cubierto de colores poderosos para que se sepa, desde lejos, que allí se trabaja para que tu vehículo no ruja como un tigre jugando rugby.

Y hablando de arte…Desde los tiempos en que ambos compartieron el mismo salón de clases, Gonzalo y Abelardo fueron siempre grandes amigos. Gonzalo era el hijo del dueño del San Cristóbal, un taller especializado en electromecánica. Quizás eso explique por qué aquel niño vivía dibujando con todo detalle, y en tonos explosivos, ruedas, decenas de botones, una palanca y un volante que recortaba con sumo cuidado para luego pegarlos con minuciosa delicadeza en su pupitre. Era todo un espectáculo ver cómo Gonzalo iba convirtiendo su anodino asiento en el carro de sus sueños, hasta que llegaba la maestra Yolanda con toda su severidad y le decía que le arrancara las cuatro ruedas de papel que le había pegado a cada una de las patas del mueble y los puntos de colores que le había adherido a la tabla. Gonzalo obedecía, pero a la semana regresaba a lo mismo: a dibujar y a recortar los cuatro cauchos del carro en el que se imaginaba lejos de aquel salón oloroso a álgebra y a borra Nata.

El taller San Cristóbal se caracterizaba por su amplitud, porque estaba lleno de matas por todas partes y porque, en su fondo, permanecía estacionado un motorhome silencioso que alguien le dejó al papá de Gonzalo en calidad de pago por una deuda. Allí, en esa nave apretada como un barco, los dos niños hacían sus tareas, tomaban Tody casi todas las tardes e inventaban juegos en los que el encallado vehículo se transformaba en una fragata o en una nave espacial.

De esos momentos en el motorhome del San Cristóbal, Abelardo y Gonzalo no olvidan la interpretación que sobre Jack y las habichuelas mágicas les prodigó Felipe Crespo, el jefe de los mecánicos, durante una tarde calurosa.
—Ese Jack era un escribiente que el gigante del cuento contrató para redactarle las chuletas que sacaría en los exámenes para graduarse en el Liceo de las Nubes.
—¿Y las habichuelas?
—Ésas eran pastillas de Viagra que ponen gigante a cualquiera, jajaja.

Lo dicho: ¡los mecánicos son seres de otra dimensión!

domingo, junio 24, 2007

TIEMPO DE ESPERA
En estos días tengo un ataque de perplejidad. No tengo una idea muy clara de cómo evaluar el entorno que me rodea. Todas las mediciones que he realizado en los últimos días me llevan a pensar que nos encontramos en medio de una tormenta de estupidez que, por lo visto durará lo mismo que una perturbación atmósférica en Venus o en Júpiter; es decir: décadas, siglos, milenios, o, al menos lo suficiente como para que la corta vida de un terrícola normal no llegue a ver su culminación.

Por eso, he determinado tomarme las cosas con calma y esperar. Esperar con paciencia, administrando la ansiedad, el tiempo de los héroes, el tiempo en que llegará el final de las bestias de azufre.

lunes, junio 18, 2007

RAYOS CÓSMICOSLas grandes estrellas lo siguen siendo porque en la suma de su talento y su experiencia siempre se esconde la promesa de una obra deslumbrante, y quizás ahí radique el secreto del auténtico estrellato.

Hay estrellas de cartón que no saben administrar su gloria; duran poco porque se consumen en una sola rumba y en una sola arrogancia. Las estrellas de verdad saben que su brillo depende de mucho sacrificio para forjar la propia gloria. Por eso nadie impone a las estrellas. El estrellato se gana a pulso.

Que alguien sea una estrella o no depende de infinitos factores. Uno de ellos consiste en que esa persona trabaje con gente comprometida y talentosa en buenos proyectos. Si no lo creen, piensen en John Travolta. Hasta el más pintado creía que su carrera se había acabado luego de tanta Fiebre del sábado por la noche y de tanta película mala, pero llegó Quentin Tarantino y le ofreció trabajar en lo que sería una obra maestra: Pulp Fiction. Las estrellas son sólo la cara visible de una industria en la que trabajan escritores, carpinteros, editores, electricistas, directores… es decir: gente que hace posible el brillo de esos que brillan.

Las grandes estrellas son grandes siempre. Sofía Loren sigue siendo una de las divas más extraordinarias del mundo, a pesar de que tiene, por lo menos, diez años sin aparecer en una película. Las estrellas de verdad no dejan de ser estrellas porque no se les entienda o porque dejen de figurar. Ronaldo no dejará de ser una estrella del fútbol cuando se retire. A pesar de sus excesos, Maradona no dejará de ser un divo. Pase lo que pase, Pelé será siempre Pelé y García Márquez será siempre García Márquez.

Cuando las estrellas reales mueren, su brillo sigue llegando hasta nosotros dadas la distancia, la intensidad y la velocidad de la luz. Si se ponen a ver, lo mismo ocurre con las grandes luminarias del cine y de la televisión. ¿Quién dice que la luz de Marlon Brando no nos sigue iluminando a pesar de que haya fallecido hace años? ¿Quién dice que las luces de Jorge Tuero, de Tomás Henríquez, John Lennon, George Harrison, Charlie Parker, Buster Keaton, Lucille Ball e Ivonne de Carlo, no continúan brillando?

(Por cierto y que quede claro: Morgan Freeman es el Tomás Henríquez gringo).

Las estrellas de verdad sólo mueren cuando nadie recuerda su trabajo, y eso, en el caso de las que hemos nombrado, es difícil.

Así como hay estrellas de la sencillez, hay gente famosa que no tiene el «don». Gente así es la que no cuida la gloria que ha alcanzado, la que despilfarra sus éxitos, la que se abandona al arroyo inmundo de la vida galante y cree que la belleza y la juventud son eternas. The E true Hollywood Story es un bello programa de televisión que se alimenta de las historias de esos seres que creen que ellos son estrellas porque sí, porque se lo merecen, porque son chéveres y ya. ¿Cuántos de los que salen en ese programa no terminaron sus días hundidos en la depresión, en adicciones sin nombre? Ahí están Anne Nicole Smith, Kurt Cobain, Elvis Presley, James Dean, Marilyn Monroe y sopotocientos infelices que no supieron manejar su gloria.

¿Qué podemos decir de aquéllos que creyeron que su fama dependía exclusivamente de su presencia en un programa de televisión o en una película? ¿Qué decir de aquéllos que se deslumbraron con sus propios éxitos y les dio por pensar que eran ellos, y sólo ellos, los responsables del éxito de sus respectivos programas? Pregúntenle a David Duchovny por qué no ha hecho nada interesante después de los Expedientes X. Pregúntenle a Joselo por qué no ha vuelto a hacernos reír.

Pidámosles a las estrellas que si alcanzan la gloria, que por favor, no la despilfarren como si fuera chocolate.

jueves, junio 14, 2007

LA EXTRAÑA DIGNIDAD DE LAS COSAS RARAS
A veces las cosas raras ocurren sólo en nuestra mente…A veces las cosas raras ocurren en la realidad.

Venezuela es un país raro porque muchas de las cosas raras que se nos ocurren y que pensamos que nunca ocurrirán, ocurren.

* LAS COSAS RARAS NOS RODEAN TODOS LOS DÍAS.

* ¿QUIÉN NO HA VISTO CÓMO SE ROBAN LOS NOMBRES DE LAS CASAS? ¿QUIÉN NO HA VISTO CÓMO HOY EN DÍA LAS LUCES ILUMINAN MENOS QUE ANTES?

* ¿QUIÉN NO HA VISTO CÓMO CADA DÍA HAY MÁS TRÁFICO?

* VEAMOS RAREZAS A GRANEL:

* JUAN CARLOS CHIRINOS MONTADO EN UNA LAVADORA VOLADORA FLOTANDO SOBRE MADRID.

* UN HOMBRE LOBO ATENDIENDO LA BARRA DEL MOULIN ROUGE.

* UN FAKIR EXIGIENDO DESCANSAR EN UNA HAMACA DE CLAVOS.

* MONTARSE EN UN BARCO FANTASMA CON CONEXIÓN INALÁMBRICA A INTERNET.

* COMPRARSE UNA CEBRA GIGANTE DE PELUCHE.

* COMPRARSE UNOS TIGRES DE PORCELANA DE TAMAÑO NATURAL.

* DORMIR ABRAZADO A UN BOTELLÓN DE AGUA.

* BAILAR SOLO EN UNA BODA O, PEOR, BAILAR EN EL BAÑO MIENTRAS AFUERA LA GENTE HACE EL TRENCITO.

* CALENTAR LA LECHE PARA COMER CORN FLAKES.

* JUGAR BINGO CON CARAOTAS EN UN AVIÓN.

* COMPRARSE UN ALTAVOZ Y SALIR POR AHÍ, MONTADO EN EL CARRO, GRITANDO TODAS LAS GROSERÍAS DEL MUNDO (ESO LIBERA A CUALQUIERA DEL ESTRÉS).

* QUE ALGUIEN TE PIDA UN CALENDARIO PARA VER UNA FECHA Y TÚ, ABRES TU CARTERA, Y LE ENTREGAS UN CALENDARIO AZTECA.

* IR POR TAZÓN Y VER UN PLATILLO VOLADOR CHOCANDO CONTRA UN AUTOBÚS O TRATANDO DE DETENERSE EN LA RAMPA DE FRENADO.

* COMERSE UN DIENTE DE AJO Y SALIR A LA CALLE.

* OÍR UNA DISCUSIÓN SOBRE WERNER HEISENBERG EN UNA AREPERA.

* DECIR QUE EL TOSTIAREPA ES UN INVENTO DEL DEMONIO.

* HACERSE UNA PARRILLERA CON PIEZAS TOMADAS DE LA CALLE. POR EJEMPLO: CUATRO LADRILLOS Y UNA ALCANTARILLA.

* ESCRIBIR UN GRAFITI QUE DIGA: “CRISTO VIENE EN GUAYABERA”.

* SER UN GOURMET DE LAS CLÍNICAS QUE HAY EN TU CIUDAD.

* LLEGAR A TU BODA BIEN VESTIDO, PERO CON EL ROSTRO CUBIERTO CON UNA MÁSCARA DE LA LUCHA LIBRE.

* GRABAR EL RUIDO DE LA POCETA DE TU CASA Y COLOCAR ESA GRABACIÓN EN TU CONTESTADORA TELEFÓNICA.

* ATRAPAR ZANCUDOS EN UN FRASCO Y METERLOS EN LA NEVERA PARA LUEGO LANZARLOS A UN HORMIGUERO.

* DISPARARLE A UN MURCIÉLAGO CON UNA ESCOPETA.

* LANZARSE POR LA BAJADA DE LOS NARANJOS EN UN CARRITO DE SUPERMERCADO.

* HACER UNA PELÍCULA DE CIENCIA FICCIÓN EN TURUMO.

* INVENTAR UNA LEYENDA URBANA SEGÚN LA CUAL EN ORIPOTO HAY UN HOMBRE LOBO QUE SALE A LEER LOS PERIÓDICOS VIEJOS Y A COMER AGUACATE CADA VEZ QUE HAY LUNA LLENA.

* COMPRARSE UN CAMIÓN NADA MÁS QUE PARA TENERLO LISTO PARA CUANDO TE QUIERAS MUDAR DE UNA CASA A OTRA O DE ESPLENDOR A ADROSA.

* LLAMAR A LA ALCALDÍA DE BARUTA Y DECIR “PICO Y PLACA”, NADA MÁS.

* HACERSE UNA PANCARTA CON LA CARA DE RON JEREMY Y SALIR A MARCHAR POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN.

* COMPRARSE UNA MULETA, UN MANIQUÍ Y UN COLLARÍN… NO SABEMOS PARA QUÉ, PERO CÓMPRESELO.

* ANDAR EN UN JEEP DESCAPOTADO OYENDO ÓPERA A TODO VOLUMEN POR LA AVENIDA SUCRE DE CATIA.

* SOÑAR CON QUE ERES UN CAMARÓN EN MEDIO DE UN CEBICHE Y DESPERTARTE CON UN INSOPORTABLE ARDOR DE OJOS.

* ESTA IMAGEN DA MIEDO: UN JAVELIN MORADO LLENO DE PROPAGANDA DEL PSUV.

* COMPRARSE CUATRO CONEJOS Y PONERLOS EN LAS PUERTAS DE CUATRO APARTAMENTOS DE TU EDIFICIO... YA VEREMOS QUIÉNES COMEN CONEJO Y QUIÉNES CRÍAN MASCOTAS.

* COMERSE UNA AREPA RELLENA DE PASTICHO (ESO LO HACEN EN MARACAIBO).

* TENER MILES DE HERRAMIENTAS Y NO SABER USAR NINGUNA.

* IR CON TU JEVA EN TU CARRO, QUE SE TE ESPICHE UN CAUCHO Y QUE SEA ELLA QUIEN LO CAMBIE PORQUE TÚ NO SABES CÓMO HACERLO.

* QUEDARTE DORMIDO EN UN EXAMEN.

martes, junio 12, 2007

LA CIUDAD MÁS HOSTIL
Hoy leí un pequeño reportaje en El Universal, en el que se contaba la historia de dos chamos de Medellín que vinieron a Venezuela a realizar sus actos circenses en los semáforos de nuestras ciudades como parte de su proyecto artístico y de su deseo de conocer mundo. Los chamos en cuestión llegaron a Caracas hace una semana, están hartos y quieren irse lo más rápido que sea posible porque les ha parecido la ciudad más inhóspita del mundo.

¿Qué podemos decirles: que es mentira, que Caracas es el cielo en la tierra, que no es verdad que sea inhóspita, que aquí todo es bonito y que la violencia que reina por todas partes es de utilería? Yo no sé qué pensarán Uds., pero yo creo que a nosotros nos cayó Ra's Al Ghul y ya ni siquiera los maromeros internacionales soportan venir para acá.

Damas y caballeros que desean venir a Venezuela, sépanlo: éste es un país violento. Si creen que éste es el paraíso terrenal, vengan y compartan con nosotros el miedo.

El miedo de no saber cuándo nos tocará.
La pintura es de Jean Michel Basquiat y se llama El ángel caído.

lunes, junio 11, 2007

PUBLICIDAD RUSA
COMO VIVIMOS EN UN PAÍS QUE SUEÑA CON LA UNIÓN SOVIÉTICA, AQUÍ TENEMOS PUBLICIDAD RRRRUSA. AQUÍ TIENEN UN EJEMPLO DE CÓMO SERRRRRÁ LA PUBLICIDAD EN NUESTRRRRO FUTURRRRO CERRRRRCANO.

* Yuri Gagarin e Hijos SRL, mayor y detal de aves beneficiadas.

* Panadería-Pastelería Rimsky Korsakov.

* Mantequilla Andrei Rubliov, ¡divina!

* Horchata Gorbachov, ¡sabrosa!

* Conservitas de coco Kalashnikov, tan dulces como las de la abuela.

* Café Rodchenko.

* Chicha Tarkovski, ¡mmmm! ¡Prúebala y verás!

* Morcillas Yeltsin. ¡Intoxicantes!

* Fiambres Troski C.A. Todo para su mesa.

* Mortadela Laika. ¡Te pone en órbita!


* En la Charcutería Glasnot oíremos:
—Dame un poliburó de salchichones El Kremlin, flaco, y medio kilo de queso Eisenstein rebanado… Y ponme ahí medio kilito de mantequilla Sputnik, que ando antojao.

—¿Algo más, jefe?

—Sí. Que no se te olvide el kilo y medio de butifarra Lenin. ¡Ésa dura una eternidad sin refrigerarla!

miércoles, junio 06, 2007

UNA MODESTA REFLEXIÓN En estos momentos me encuentro leyendo dos libros: El viento de la luna, de Antonio Muñoz Molina, y Los cien días, de Patrick O’Brian.

Ambos me tienen MUY contento.

Cuando lees novelas, terminas cargando contigo un montón de «códigos encriptados» que no sabes cuándo saldrán a flote; aprendes sin darte cuenta un subtexto que llevarás contigo sin estar consciente de él, como quien carga un virus que, en este caso, enriquece la vida, en lugar de apagarla. Al igual que en Karate Kid, ese saber escondido sale a la luz cuando menos te lo esperas y eso es fascinante.

Cada vez me convenzo más de que de eso es que trata la literatura, de algo que va más allá de la conciencia.

lunes, junio 04, 2007

LAS GUAYABERAS DE DIOS La moda venezolana ha dado pasos muy importantes en la pasarela internacional. ¿Quién lo duda? Sin embargo, una de las deudas que todavía tienen los diseñadores criollos con sus coterráneos es la creación de un tipo de elegancia acorde con el clima devastador que tenemos en nuestro país. ¿Quién no ha ido a comprarse un traje y vivir el absurdo de que todos los que ofrece la tienda son de lana o de materiales aún más calurosos? ¿Quién no ha visto a galanes embutidos en un esmoquin o en una chaqueta oscura, sudando como caballos en una fiesta o en una notaría? Hay algo raro en el hecho de que en casi todas las ciudades de nuestro país haga un calor monumental y los grandes almacenes sigan vendiendo ropa diseñada para usarla en los inviernos de otras latitudes.

Todo diseñador debe cumplir con múltiples premisas antes de producir un objeto cualquiera. Una de ellas tiene que ver con el estudio del entorno en que se utilizará la pieza en cuestión. En nuestro caso, esa premisa se cumple de la manera más extraña: si bien es cierto que vivimos en un país signado por un sol que aplasta, que embrutece y que, en muchísimos casos, obliga a la gente a vivir sin camisa y en pantalones cortos, también es cierto que los criollos nos hemos vuelto adictos a los inviernos artificiales que a nuestro alrededor crean los aparatos de aire acondicionado. Quizás eso explique la proliferación de prendas calurosas en los mostradores de las tiendas. Que lo digan en Maracaibo.

Es fácil creer que vestirnos para el invierno trae en sí el germen de la elegancia. Como tenemos que ponernos muchas prendas —chaquetas, sombreros, sobretodos, suéteres, botas y demás— tenemos la oportunidad de combinar colores y texturas, materiales, formas, estilos…Cuando la gente se quiere «ver» elegante, usa ropa invernal. Por eso no le pesan tanta lana, tanto poliéster ni tanto rayón.

Eso explica por qué, desde tiempos remotos, los diseñadores de moda han concebido una elegancia para el invierno y no una para el bochorno de las regiones equinocciales. Para la ropa que se usa en invierno el diseñador puede y debe diseñar cientos de adminículos, en cambio, como en el trópico no se puede usar esa variedad de formas (porque la persona se achicharraría), se le abandona a su suerte o, lo que es lo mismo: a la falta de distinción. Pareciera que elegancia y jamuga van de la mano, y esa yunta no funciona en las calles del trópico.

La moda en las zonas calurosas se ciñe a un modelo de sencillez que encuentra su punto más elevado en la clásica guayabera, prenda de vestir que resultó de la evolución de las frescas y antiguas camisas que usaron nuestros antepasados europeos en estas tierras y que se caracterizaban por sus gorgueras, sus puños alechugados y sus pespuntes que dibujaban motivos de diferentes naturalezas. Las alforzas verticales que van a cada lado de las guayaberas clásicas son una reminiscencia de esos antiguos detalles ornamentales que traían con naturalidad las camisas de antaño.

La guayabera tradicional, con sus mangas cortas o largas, con sus cuatro bolsillos y su corte recto en los bajos, guarda un perfecto equilibrio entre la forma y la función, armonía que, sin duda, le confiere garbo a quien la lleva con orgullo.

Existe una relación no declarada entre las camisas hawaianas y las guayaberas. Tal vez su parentesco sea evidente sólo para quienes creen que la elegancia radica en la tranquilidad de espíritu que se siente cuando se tiene encima una de esas prendas, tenga o no pistilos estampados en colores de fuego.

Si Jesús vuelve a la tierra, como dice el grafiti, traerá puesta una guayabera de patillas y piñas… Y así le dará sus cuerazos a los malos.

Amén.