viernes, septiembre 28, 2007

EL OPERATIVO LINGÜÍSTICO Hoy la Policía Anecdótica Nacional realizó un operativo con el que capturó a una banda encargada de difundir palabras de antes entre los habitantes de este país.

La mencionada banda se dedicaba a divulgar palabras como «tombo», «jamón», «panadería», «vale», «muna», «trona», «pito», «pure», «pavo» y «tripeo».

El comandante general de la Policía Anecdótica Nacional, Gumersindo Borenmeiker, declaró que con el desmantelamiento de esta banda, la ciudadanía se libró de un flagelo que estaba pervirtiendo la convivencia pública.

martes, septiembre 25, 2007

LA METAMORFOSIS DE ADRIANO
Hoy fue detenido Adriano Borenmeiker, un hombre de cuarenta y dos años de edad que era famoso en la comunidad de Chesterboro, Edo. Yaracuy, porque era el brujo que usaba sus poderes para su propio beneficio.

Adriano Borenmeiker trabajaba en complicidad con su compadre Eusebio Carpio. Ambos tenían un modus operandi muy particular con el que estafaban a los lugareños de Chesterboro, Edo. Yaracuy.

Resulta que Adriano Borenmeiker tenía el poder de transformarse en cerdo. Adriano había acordado con su compadre que él se transformaría en cochino y Eusebio Carpio lo vendería a un buen precio. Luego, cuando nadie lo viera, Adriano se volvería a transformar en ser humano y se escaparía para repartirse el botín con su compadre.

La Policía Anecdótica Nacional estuvo tras la pista de Adriano, el brujo que se transforma en cochino, desde el día en que el propio comandante del mencionado cuerpo policial fue estafado por el brujo y su cómplice.

Hoy Adriano se encuentra recluido en el retén de El Patio, en una celda de máxima seguridad. Se cree que los demás internos quieren obligarlo a transformarse en cochino para disfrutar de su carne a la parrilla.

¡Las cosas que hay que ver!

sábado, septiembre 22, 2007

DIEZ MINUTOS ANTES DEL JUICIO FINAL Esta mañana, Carlos Víctor Urrutia decidió que él es el hijo de Dios y que regresó a este mundo a destruirlo. Por eso se dejó la barba que no se había afeitado en dos semanas, se soltó las greñas, se puso una batola y se fue por ahí, a comer perros calientes.

Cuando la gente le preguntaba que qué hacía ahí, vestido de Jesucristo, él contestaba:
—Nada, flaco. Aquí metiéndome un perrito antes de desatar el apocalipsis.

sábado, septiembre 15, 2007

EL PLANETA DESCONOCIDOCuando tienes un hijo, te pasan dos cosas: la primera es que vives una conjunción de emociones que no sabes cómo definir. Al mismo tiempo, te asustas, te ríes, lloras, te felicitas y te sorprendes de que puedas sentir tanta ternura y tanto amor por alguien. La segunda supone tu expulsión del reino feliz de la gente sin hijos y tu llegada a un planeta nuevo y extraño de cuya existencia lo ignoras todo.

Ese mundo, damas y caballeros, es hermoso y hostil a la vez. Para empezar, la inocente criatura que acaba de nacer, no te dejará dormir nunca más. Primero se despertará cada tres horas, luego lucharás para que se duerma en su cuarto y no llegue al tuyo a media madrugada a botarte de tu cama. Más tarde (cuando sea un adolescente reñido con el mundo) pelearás porque llegue temprano a casa y, más adelante, pugnarás para que se vaya... Eso sí: cuando lo logres, querrás verlo todos los días.

Pero volvamos a la época que inspiró esta crónica.

Uno de los fenómenos que ocurre cuando nace tu hijo es que tu suegra queda automáticamente adosada a ti. Tú eres el papá o la mamá de su nieto (o de su nieta, para no pelearnos contra esos lelos que creen en la diferencia de géneros) y eso quiere decir que aunque te divorcies, algo te unirá a esa señora fastidiosa que siempre se te pareció a doña Tremebunda, la bigotuda suegra de Condorito. Caerán del cielo mancuernas, langostas y albóndigas, pero no te podrás deshacer de ella. Hagas lo que hagas siempre será la abuela de tu hijo y no hay fuerza que pueda romper ese vínculo. Así que tendrás que aguantarte sus desplantes, sus comentarios, sus mitos con respecto a las enfermedades infantiles, sus consejos sobre cómo bañar a tu chamo, vestirlo, ponerle los pañales, echarle crema cero en el culito y demás parafernalia.

Otro de los fenómenos que vivirás es que el televisor dejará de ser parte de tus dominios. Verás canales y programas que no sabías que transmitían. Conocerás a Jen, la belleza de Hi-5 que te hará decir «véngache con papá» cada vez que la veas. Sufrirás los capítulos repetidos de Backyardigans, Bob el constructor, Jim de la luna y te aprenderás sin quererlo la canción de Barney, ese monstruo purpúreo al que odiarás con todo tu ser, pero igual te descubrirás un día cualquiera tarareando: «Te quiero yo y tú a mí. Nuestra amistad es lo mejor. Con un fuerte abrazo y un beso te diré: mi cariño es para ti».

Trata de concentrarte en algo importante, en un libro, en una factura, en algo de veras difícil, oyendo esa canción, y entenderás porqué los curas no se casan.

Otro detalle que te hace sentir que la paternidad es otro planeta tiene que ver con que todo el mundo que te ve con tu hijo se siente con la libertad de hablarte, de decirte que no es bueno que ese muchacho ande con ese chupón, que por qué no le das un poquito de sopa todos los mediodías hasta que se acostumbre, «no importa que llore», y uno se dice en el paroxismo del fastidio: «verga, ¿por qué no se meten en sus asuntos y me dejan a mí lidiando con mi muchacho en paz?», pero no lo expresas en voz alta, sino que sonríes y hasta agradeces el consejo, porque hay una fuerza superior a ti que te hace andar siempre sonriente a pesar de que el carajito se haga pupú justo cuando no hay dónde cambiarlo con comodidad.

¿Y las idas al pediatra? Ése, amigos míos, es el abrebocas del purgatorio. Ahí verás a sopotocientos niñitos llorando… Eso sí: si te va bien, conocerás a otras mamás y, como debes saber, hay mamás que son de una belleza explosiva escondida detrás de infinitos teteros.

A pesar de todas nuestras quejas, de los trasnochos, de las suegras, de Barney (¡maldito monstruo morado!) y de lo que sea, no hay nada como un hijo.

Y conste que odio ir a una piñata, pero ésa es otra historia.

lunes, septiembre 10, 2007

HABLANDO POR LA TAPA DE LA BARRIGA Queridos amigos, lean el artículo que, de Tomás Eloy Martínez, salió publicado ayer en El Nacional, en la página 10 del cuerpo llamado Siete días. Observen las barbaridades que de Jorge Luis Borges dice Paul Auster, un ídolo de muchos de Uds.:

«…pero a Auster no le gusta Borges. En 1991 me dijo que su escritura le parecía “la de alguien que no ha madurado en la vida” Adhirió entonces el juicio de Vladimir Nabokov, para quien leer a Borges era como recorrer un palacio esplendoroso. Se avanza por los salones y no se puede creer en tanta magnética belleza. Parece un set de Hollywood. Detrás de tanta magnificencia todo está vacío.».

Luego añade:

«Le recordé esas opiniones de hace 16 años y las confirmó aunque con menos énfasis que entonces. “Borges es… no sé cómo decirlo… un escritor menor genial. Sí, es eso: un escritor menor genial. Creo que su mayor fuerza radica en el hecho de que conocía sus límites. Ni siquiera intentó escribir novelas, no podía hacerlo. En cambio, perfeccionó aquello que sí podía hacer. No hay nada en Borges que ilumine, conmueva, aflija, golpee el corazón de los hombres”…».

A pesar de que se ve que Paul Auster habla desde la más profunda ignorancia, por no decir que desde el más profundo desprecio hacia la literatura hispanoamericana, debemos reivindicar el hecho de que exprese su opinión. En otras palabras, mis queridos amigos, en este mundo no hay jueces definitivos. En el universo de las opiniones todas son válidas y lo que importa es el respeto que nos tengamos unos a los otros al emitirlas, al oírlas y al rebatirlas.

De eso trata la democracia.

viernes, septiembre 07, 2007

PUNTOS DE SUTURA
«Puntos de sutura», qué buen título para esta novela que nos presenta Oscar Marcano. Qué buen título para un libro como éste, que nos deja con el corazón arrugado y en la boca.

Puntos de sutura es, ante todo, un caleidoscopio de historias que giran en torno a un personaje que no puede callarse, que no puede dejar de contar historias porque si se calla, el silencio lo lleva a confrontarse consigo mismo, con las cagadas que ha puesto, con los hijos, las mujeres y los deberes que ha abandonado por frívolo, por débil, por pusilánime. En ese sentido, Alfonso Gabanni es una especie de Sherezade que cuenta cuentos para salvarse del verdugo que vive dentro de sí mismo, y que es su propia conciencia.

Para no quedarse en silencio, para tener a quien contarle sus historias, Alfonso busca a su hijo mayor, se lo lleva a una playa y ahí, en la arena, le vacía su alma llena de gente que no supo ser consecuente con sus talentos, de fracasos propios y ajenos, de personajes a quienes se los tragó un tremedal de estupidez y frivolidad. Ese detalle justifica la estructura caleidoscópica de la novela. Alrededor de los Gabanni las olas se van acostando una y otra vez en la arena de la playa y acompañan con su ritmo los cuentos que cuenta el viejo hasta el final, hasta que se queda sin nada que contar.

He ahí el detalle más importante para analizar esta novela que fue finalista del premio Herralde de hace dos años. Puntos de sutura es un enjambre de historias que le cuenta un padre a su hijo, un enjambre de anécdotas que, a veces, no tienen nada que ver con la historia principal, lo cual se le va de las manos a Oscar Marcano en ciertos momentos y te hace pensar en que esa obra tiene carne de elefante en el esqueleto de una jirafa. En otras palabras: la novela sufre ciertas fisuras cuando lees y lees cuentos, lees y lees las extraordinarias historias del Moj, del enano, de Kénide, de Ruth, del piloto Sayegh, del propio Alfonso y de un árabe con mal aliento, y de repente, tú, como lector te preguntas en clara, alta e inteligible voz en la sala de tu casa:
—Ya va. ¿Y Alfonso y su hijo Atenor en la playa? ¿Qué se hicieron?

Alfonso y Atenor siguen ahí, sentadotes en la playa, mientras tú viajas de cuento en cuento… Y qué conste: cada historia es mejor que la otra, más ruda, más brillante, mejor resuelta, más interesante, más conmovedora… Eso sí: en contraposición al estatismo de Alfonso y Atenor echados frente al mar, sin expresar un deseo propio, un objetivo en la vida, algo que los justifique y nos los haga tan interesantes como los personajes de los cuentos que prodiga el padre que nunca dice que viene a despedirse ni a pedir perdón ni a nada.

Ese no decir para qué vino Alfonso Gabanni ni para qué quiere hablar con su hijo —me juego la vida— es el elemento que le quita fuerza a ésta que pudo ser una novela redonda y mucho más extraordinaria de lo que ya es.

Con respecto a las historias que, en ocasiones sientes contadas por el propio Alfonso y, en otros momentos, por sus propios protagonistas, no puedes hacer otra cosa que quitarte el sombrero. Oscar Marcano es un gran gran gran (la repetición del adjetivo «gran» es a propósito) cuentista. Si no lo creen, observen dentro de Puntos de sutura la historia del aterrizaje forzoso del avión del capitán Sayegh o la de la monja fantasma (y con cara de guante de béisbol) que le cuenta el taxista a la mujer del Moj, mientras ella espera a su marido… Por cierto: en esta novela hasta el más pintado cuenta una historia dentro de otra historia… Por eso, en algún punto de la obra, un personaje dice que Alfonso, como narrador, es pródigo en historias-fractales que se abren y se siguen abriendo hasta el infinito.

Sobre el tema de Oscar Marcano como cuentista hay que decir que, en esta misma novela, Oscar expresa su admiración por el realismo sucio norteamericano, y en especial por William Saroyan y John Fante… Él no lo dice, pero sabemos que faltan por nombrar Charles Bukowski y Raymond Carver… La obra que conocemos de Marcano (Sólo quiero que amanezca) está marcada por estos señores, y está bien: todos recibimos influencias de otros, todos asumimos como tutores a otros grandes artistas, pero, ¡cuidado! Si algo hay que manejar con cuidado en esta vida son las enseñanzas de esos maestros. Las historias de Oscar, con sus parejas rotas, sus hijos abandonados, sus borracheras y sus ilusiones perdidas, tienen ese sabor a oxidado que ya hemos leído en esos cuatro grandes, y eso no nos entusiasma demasiado porque para leer las versiones, es preferible volver a los originales… Los originales (especialmente Saroyan y Fante) tienen además algo que no tienen las versiones (sean las de Marcano o las de cualquier otro que se quede obnubilado por la belleza del fracaso): sus historias saltan hacia otros terrenos abstractos, hacia un mundo cercano a la poesía y al misticismo. Obsérvese cualquier cuento de Saroyan de lo que están en El joven audaz sobre el trapecio volante o en Me llamo Aram y obsérvese cómo la dureza del mundo narrado siempre pasa por el tamiz de una conciencia, de una individualidad que se reconoce a sí misma en lo humano, y no se solaza en la derrota o en la rudeza del entorno. Tal es lo que debe aprender todo aquél que admira a la literatura norteamericana de Sam Shepard y Eugene O’Neal a John Fante y Brady Udall.

Puntos de sutura es una gran obra. Su desorden y su debilidad estructural no estropean su efecto caleidoscópico ni su dramatismo, pero sí el que merezca más de cuatro chocolates y el premio Herralde.

Muchas gracias.

martes, septiembre 04, 2007

MIEDO, PUDOR Y DELEITE
Miedo, pudor y deleite es el título del nuevo libro de Federico Vegas, una extraña novela que nos introduce en los complicados vericuetos del amor conyugal. La obra arranca con el viaje de un hombre y de una mujer, quienes, a la manera de los personajes de Viaggio in Italia, de Roberto Rosellini, viajan a Madrid a ver si consiguen salvar su frágil matrimonio. Mientras en la película, Ingrid Bergman y George Sanders pasean por Nápoles y Pompeya, Bernarda y Fernando van de restaurante en restaurante, de cordero en cordero, de sesos en sesos... Unos pasean su hastío amoroso entre ruinas y estatuas, y otros entre caldos y cocidos. ¡Qué belleza! Hasta aquí vamos bien y la trama se pone mejor cuando nos enteramos de que, quien organizó el itinerario por la capital española no fueron ni el hombre ni la mujer en cuestión, sino una dama despechada que ha sido el vértice escondido de un triángulo amoroso.

La novela avanza con fluidez. Tú, como lector, salivas ante tantas maravillas culinarias hasta que te das cuenta de que algo te suena raro. Sigues leyendo con una ceja levantada hasta que te percatas de que lo que no te cuadra es que el problema, la crisis, el hastío y la falta de comunicación que vive ese matrimonio que apenas tiene tres años de casado, es de gente mayor, de parejas que ya han vivido juntos durante siglos y no se soportan porque ya se conocen todas las mañas y todos los tics. Aparte de eso, hay otro detalle que te corroe y que, de alguna manera apoya el tema de la juventud de los (como diría un jefe civil) cónyuges: el personaje masculino, Fernando, es el epítome de la memez, un bueno para nada que vive contando chistes y prodigando apotegmas del tipo «alcohólico es quien bebe un trago más que su médico» o «toda melena es bella, menos las de las pelirrojas, que apestan», como si de un Groucho Marx se tratara.

Los personajes principales de Miedo, pudor y deleite lucen acartonados, pero no por su caracterización, sino por la calidad de sus acciones. Ella es tímida y poco comunicativa; él, como hemos sugerido, hablachento, cómodo y ligero. Hasta ahí su dibujo nos convence y hasta nos emociona, pero en el momento en que los ves frente a ti, hablando, diciéndose medias verdades, pensando en lo que el otro diría y, sobre todo, haciendo estallar pequeñas crisis mudas a partir de detalles nimios (como el de la verruga o como el de la señora de la cofa en el restaurante) tú, como lector, te retuerces. Ella no se expresa, no dice cuánto le molesta lo que le molesta, él se hace el que no pasa nada, que todo está bien y «nos queremos mucho, mi amor» y ya. Federico Vegas trabajó a una pareja constituida por dos personas que no deciden lo que les pasa, sino que se ven arrollados por ello, como dos frágiles veletas. A él parecieran «sucederle» las mujeres, como si él no escogiera acostarse en sus camas. A ella pareciera «sucederle» el fastidio, como si el tedio vital fuera algo inevitable. Por eso parece un chiste que explote una crisis entre estos dos personajes cuando uno de ellos decide mandarse a quitar un lunar... Los lunares sólo son detonantes de explosiones cuando dentro de la gente bulle algo poderoso y mal contenido, cosa que no sucede con los integrantes de esta pareja en crisis.

A pesar de que los dos personajes principales lucen acartonados, Miedo, pudor y deleite tiene momentos brillantes. Uno de ellos sucede durante un paseo por las atildadas calles madrileñas. Allí Bernarda y Fernando se llevan una sorpresa violenta. Ese hecho no sólo es uno de los más interesantes de la obra en lo que a dramatismo y al uso efectivo del lenguaje se refiere, es también una suerte de sumidero, de boquete a través del cual sale a flote el óxido que corroe esa relación, y los esposos terminan, por fin, diciéndose lo que piensan uno del otro... Y cuando nos enteramos de eso, suspiramos y decimos «ahh, ¿esto era todo?».

Al contrario de los personajes principales, los personajes secundarios de esta novela lucen mejor diseñados. La jefa de Fernando, con su soledad, sus cuarentitantos años a cuestas, su casa-oficina, sus pies descalzos en el jardín y su galgo conforman un mundo mucho más delicado, mucho más triste y también más intenso que el de los protagonistas. Lo mismo puede decirse de la esposa del pintor. Ella, con su trastocamiento del lenguaje, dinamita su mundo, lo pone patas arriba, le da belleza. Y otro tanto podemos acotar del tío de Fernando, con su donjuanismo y su capacidad para resumirlo todo a las sentencias tipo Groucho Marx de las que se copia su sobrino.

Miedo, pudor y deleite no es lo mejor de Federico Vegas. Stephen King aconseja en Mientras escribo que todo libro debe pasarse un buen tiempo guardado en una gaveta, añejándose. No sé por qué, pero se me hace que Federico anda apurado por publicar. A esta obra le faltó gaveta, le faltó algo poderoso que tienen Falke, El borrador, La ciudad sin lengua y Amores y castigo.

Miedo, pudor y deleite es una novela floja. Entretenida, pero floja. Y a alguien que ha escrito una obra maestra como Falke, hay que exigirle más.

Aún recuerdo Cuánto vale el show infantil. Ahí, por su performance, a los concursantes les daban chocolates en lugar de dinero. Adoptemos aquí ese sistema y otorguémosle a Miedo, pudor y deleite tres chocolates.

Muchas gracias.