lunes, diciembre 31, 2007
domingo, diciembre 30, 2007
EN NAVIDAD TODOS SOMOS BUENOS
Un camión que transportaba mercancía navideña se estrelló contra un poste en las inmediaciones de La Candelaria. Los transeúntes vieron con satisfacción que, a pesar del aparatoso accidente, no hubo heridos y que, además, en el lugar del hecho, quedó armado de manera espontánea un nacimiento. Ahí, en el asfalto, quedaron tiradas decenas de ovejitas, casas, veinte mulas y dieciocho bueyes (dos se fueron por una alcantarilla), treinta y dos San Josés, catorce Vírgenes Marías y dieciséis Niños Jesús de plástico, además de ingentes cantidades de musgo, escarcha, luces, tres cajas con ángeles, reyes magos y camellos, aparte de tres docenas de discos de Nancy Ramos.
Nada. En navidad ocurren todos los milagros.
En esta época nos damos regalos, el tiempo se lentifica y en las oficinas se trabaja poco porque todo mundo sale a hacer compras y a pelar la pava. Eso es lo bonito de nuestra navidad; eso y tener una excusa para tomarse unos tragos.
En estos días también hay momentos extraños que surgen porque la gente siente que tiene permiso para hacer y decir tonterías. Eso le pasa a quienes no beben ni comen con moderación, a aquellos que creen que rascados manejan mejor y a esos seres extraños que creen que porque ellos están de rumba, todo el mundo está de rumba. Mención especial merecen esos bárbaros que venden, compran y queman pólvora como locos a pesar de que están prohibidos los fosforitos, los triqui traquis, los silbadores, los cohetones y todos esos artefactos que explotan y que le arruinan la navidad a más de uno. Ni hablar de los que, a estas alturas, aún juegan al «Amigo secreto», esa tontería para adultos en la que no falta alguien que termina molesto porque a cambio de un perfume o de un libro carísimo, recibió un muñeco del Hombre Araña.
Si juegan al Amigo secreto o se queman encendiendo un martillito, vayan a quejarse a la oficina de Truman Capote. Para acá no vengan.
Otro de los fenómenos que caracterizan a la navidad es el contraste que existe entre el febril movimiento que hay alrededor de los centros comerciales, y el unánime sopor que se instaura el 25 de diciembre y el 1° de enero. Ese contraste habla de cuán locos estamos, de cuán raros somos los seres humanos, de cuánto confiamos en esa línea imaginaria que es el tiempo y, por supuesto, de cuánta caña bebimos y de cuánto pernil hartamos.
Las fiestas del 24 y del 31 tienen una magia extraña que hace que cada familia se olvide de todas las peripecias que tuvo que padecer para llegar al momento de abrir los regalos o de darle un abrazo de feliz año a la vecina tetona. En esas fiestas no hay señora que recuerde que, al momento de amarrar las hallacas, el marido se fue con sus amigotes a hablar sobre filosofía o sobre los goles de Messi en una tasca y regresó demasiado borracho como para ayudarla a armar el arbolito. Tampoco hay doña, jeva o jevita que recuerde que pasó toda la tarde en la peluquería, que no almorzó y que hasta roncó mientras el estilista Wenceslao le hacía las mechitas para lucir bella en la noche, al lado del pesebre.
Y para terminar esta bella crónica, quiero comentarles algo... En otros diciembres he escrito barbaridades sobre las gaitas. Hoy quiero decirles que me arrepiento de haberlo hecho. Tal arrepentimiento no viene porque me haya dado un derrame cerebral. Viene porque no hay nada más valioso que la diversidad y porque, claro, cuando uno escribía ese tipo de cosas, era un muchacho que no sabía nada de la vida... Ahora sé menos que antes, pero igual me arrepiento de haber hablado mal de las gaitas. Ya lo saben.
Eh, eh… No canten victoria. Sigo prefiriendo a Marilyn Manson que a Neguito Borjas, y eso no cambiará.
Damas y caballeros, fue un placer y un honor escribir para Uds. durante el 2007.
Un gran abrazo para todos.
Un camión que transportaba mercancía navideña se estrelló contra un poste en las inmediaciones de La Candelaria. Los transeúntes vieron con satisfacción que, a pesar del aparatoso accidente, no hubo heridos y que, además, en el lugar del hecho, quedó armado de manera espontánea un nacimiento. Ahí, en el asfalto, quedaron tiradas decenas de ovejitas, casas, veinte mulas y dieciocho bueyes (dos se fueron por una alcantarilla), treinta y dos San Josés, catorce Vírgenes Marías y dieciséis Niños Jesús de plástico, además de ingentes cantidades de musgo, escarcha, luces, tres cajas con ángeles, reyes magos y camellos, aparte de tres docenas de discos de Nancy Ramos.Nada. En navidad ocurren todos los milagros.
En esta época nos damos regalos, el tiempo se lentifica y en las oficinas se trabaja poco porque todo mundo sale a hacer compras y a pelar la pava. Eso es lo bonito de nuestra navidad; eso y tener una excusa para tomarse unos tragos.
En estos días también hay momentos extraños que surgen porque la gente siente que tiene permiso para hacer y decir tonterías. Eso le pasa a quienes no beben ni comen con moderación, a aquellos que creen que rascados manejan mejor y a esos seres extraños que creen que porque ellos están de rumba, todo el mundo está de rumba. Mención especial merecen esos bárbaros que venden, compran y queman pólvora como locos a pesar de que están prohibidos los fosforitos, los triqui traquis, los silbadores, los cohetones y todos esos artefactos que explotan y que le arruinan la navidad a más de uno. Ni hablar de los que, a estas alturas, aún juegan al «Amigo secreto», esa tontería para adultos en la que no falta alguien que termina molesto porque a cambio de un perfume o de un libro carísimo, recibió un muñeco del Hombre Araña.
Si juegan al Amigo secreto o se queman encendiendo un martillito, vayan a quejarse a la oficina de Truman Capote. Para acá no vengan.
Otro de los fenómenos que caracterizan a la navidad es el contraste que existe entre el febril movimiento que hay alrededor de los centros comerciales, y el unánime sopor que se instaura el 25 de diciembre y el 1° de enero. Ese contraste habla de cuán locos estamos, de cuán raros somos los seres humanos, de cuánto confiamos en esa línea imaginaria que es el tiempo y, por supuesto, de cuánta caña bebimos y de cuánto pernil hartamos.
Las fiestas del 24 y del 31 tienen una magia extraña que hace que cada familia se olvide de todas las peripecias que tuvo que padecer para llegar al momento de abrir los regalos o de darle un abrazo de feliz año a la vecina tetona. En esas fiestas no hay señora que recuerde que, al momento de amarrar las hallacas, el marido se fue con sus amigotes a hablar sobre filosofía o sobre los goles de Messi en una tasca y regresó demasiado borracho como para ayudarla a armar el arbolito. Tampoco hay doña, jeva o jevita que recuerde que pasó toda la tarde en la peluquería, que no almorzó y que hasta roncó mientras el estilista Wenceslao le hacía las mechitas para lucir bella en la noche, al lado del pesebre.
Y para terminar esta bella crónica, quiero comentarles algo... En otros diciembres he escrito barbaridades sobre las gaitas. Hoy quiero decirles que me arrepiento de haberlo hecho. Tal arrepentimiento no viene porque me haya dado un derrame cerebral. Viene porque no hay nada más valioso que la diversidad y porque, claro, cuando uno escribía ese tipo de cosas, era un muchacho que no sabía nada de la vida... Ahora sé menos que antes, pero igual me arrepiento de haber hablado mal de las gaitas. Ya lo saben.
Eh, eh… No canten victoria. Sigo prefiriendo a Marilyn Manson que a Neguito Borjas, y eso no cambiará.
Damas y caballeros, fue un placer y un honor escribir para Uds. durante el 2007.
Un gran abrazo para todos.
jueves, diciembre 20, 2007
LA AREPA DE LA SUERTE
No tengo ni la más mínima idea de cuál es el origen de la arepa, pero sé que no se come sólo en Venezuela. Cuando fui a Bogotá hace unos años, vi areperas donde te servían el popular alimento en una estructura metálica que parecía un servilletero. La función de la mencionada estructura es mantener cerrada, y en posición vertical, a la arepa y evitar que su relleno se desborde.
Nunca he estado en Centroamérica, pero sé que en Costa Rica y en El Salvador hay regiones donde se prepara y se come desde hace siglos tan versátil producto.
Pero no es de la historia de la arepa que vinimos a hablar hoy; es de la voluptuosidad y de la exuberancia que rodean a ese círculo de masa asada en nuestro bello país.
En primer lugar, echemos un vistazo a nuestras areperas. Observemos que constituyen un lugar de reunión al que se asiste en familia o con los amigos, con la jeva legal o con la jeva furtiva, estando sobrios o «alterados», a las dos de la tarde o a las tres de la madrugada. Esa posibilidad de ir siempre a una arepera es una de las principales características de estos establecimientos decorados con cabezas de reses disecadas, con paisajes que recuerdan ciénagas y cortijos llaneros y con delirios escultóricos como el de la célebre arepera llamada Doña Caraotica, en el que una suerte de friso hecho en concreto muestra a una caraota gigante halando, cual buey, a una carreta llena de frutas.
En las areperas venezolanas hay especimenes humanos que se solazan de madrugada contra la vitrina donde se exhiben las montañas de queso amarillo rallado, las lunas de guayanés, los pantanos rosados donde flotan unas salchichas gozosas o unos huevitos de codorniz, las praderas de carne mechada, pollo, cazón, perico o asado negro, los pozos donde se bañan unas pepitonas y unos pulpos añejos... Allí, frente a ellos, siempre están los oficiantes de una fiesta de colores y sabores que se mezclan con la conversación (e incluso la golpiza) entre el policía y el borracho, entre el gordito trasnochado y la chica que viene de una boda con los juanetes latiéndole. Ahí, frente a la vitrina de la arepera, hemos desfilado todos, hemos expresado nuestra venezolanidad pidiendo una reina pepeada, una de pernil con queso amarillo y un jugo de mango («con poca azúcar, flaco, si me haces el favor»).
Por cierto, y perdonen la digresión: ¿se han fijado alguna vez en las mil y un maneras que tienen los responsables de redactar los menús de los restaurantes en Venezuela de escribir el nombre de ese sandwich llamado «Club House»? En más de un restaurante y de una arepera (porque arepera que se respete, no ofrece sólo arepas ni hervidos de gallina ni mondongos) he visto escrito el nombre del popular bocadillo y siempre me sorprenden con una variante que ni siquiera había imaginado. Por ahí he leído «Club Hause», «Club Haus» e incluso «Clod Huas». ¡Cuánto horror!
Para terminar, quisiera contar una breve historia.
En una noche de hace cinco años, Mariela Celis pasó por una arepera antes de ir a su programa de radio. Después que pidió un jugo y respondió con amabilidad los elogios que le dijera el encargado de los batidos, ella miró hacia el fondo del local y vio a alguien que nunca pensó encontrar en un local como ése. Allí, melancólico y acompañado por dos gorilas y una mujer, se comía una arepa de queso telita y una ensalada de aguacate el mismísimo Gustavo Cerati.
Mariela no lo pensó dos veces. Se le acercó, le pidió disculpas y le preguntó si ella podía entrevistarlo por teléfono para su programa de radio.
Así fue como esa noche, en medio de una arepera normal y corriente, Mariela Celis hizo la entrevista de su vida.
Y luego dicen que no existe una arepa de la suerte.
No tengo ni la más mínima idea de cuál es el origen de la arepa, pero sé que no se come sólo en Venezuela. Cuando fui a Bogotá hace unos años, vi areperas donde te servían el popular alimento en una estructura metálica que parecía un servilletero. La función de la mencionada estructura es mantener cerrada, y en posición vertical, a la arepa y evitar que su relleno se desborde.Nunca he estado en Centroamérica, pero sé que en Costa Rica y en El Salvador hay regiones donde se prepara y se come desde hace siglos tan versátil producto.
Pero no es de la historia de la arepa que vinimos a hablar hoy; es de la voluptuosidad y de la exuberancia que rodean a ese círculo de masa asada en nuestro bello país.
En primer lugar, echemos un vistazo a nuestras areperas. Observemos que constituyen un lugar de reunión al que se asiste en familia o con los amigos, con la jeva legal o con la jeva furtiva, estando sobrios o «alterados», a las dos de la tarde o a las tres de la madrugada. Esa posibilidad de ir siempre a una arepera es una de las principales características de estos establecimientos decorados con cabezas de reses disecadas, con paisajes que recuerdan ciénagas y cortijos llaneros y con delirios escultóricos como el de la célebre arepera llamada Doña Caraotica, en el que una suerte de friso hecho en concreto muestra a una caraota gigante halando, cual buey, a una carreta llena de frutas.
En las areperas venezolanas hay especimenes humanos que se solazan de madrugada contra la vitrina donde se exhiben las montañas de queso amarillo rallado, las lunas de guayanés, los pantanos rosados donde flotan unas salchichas gozosas o unos huevitos de codorniz, las praderas de carne mechada, pollo, cazón, perico o asado negro, los pozos donde se bañan unas pepitonas y unos pulpos añejos... Allí, frente a ellos, siempre están los oficiantes de una fiesta de colores y sabores que se mezclan con la conversación (e incluso la golpiza) entre el policía y el borracho, entre el gordito trasnochado y la chica que viene de una boda con los juanetes latiéndole. Ahí, frente a la vitrina de la arepera, hemos desfilado todos, hemos expresado nuestra venezolanidad pidiendo una reina pepeada, una de pernil con queso amarillo y un jugo de mango («con poca azúcar, flaco, si me haces el favor»).
Por cierto, y perdonen la digresión: ¿se han fijado alguna vez en las mil y un maneras que tienen los responsables de redactar los menús de los restaurantes en Venezuela de escribir el nombre de ese sandwich llamado «Club House»? En más de un restaurante y de una arepera (porque arepera que se respete, no ofrece sólo arepas ni hervidos de gallina ni mondongos) he visto escrito el nombre del popular bocadillo y siempre me sorprenden con una variante que ni siquiera había imaginado. Por ahí he leído «Club Hause», «Club Haus» e incluso «Clod Huas». ¡Cuánto horror!
Para terminar, quisiera contar una breve historia.
En una noche de hace cinco años, Mariela Celis pasó por una arepera antes de ir a su programa de radio. Después que pidió un jugo y respondió con amabilidad los elogios que le dijera el encargado de los batidos, ella miró hacia el fondo del local y vio a alguien que nunca pensó encontrar en un local como ése. Allí, melancólico y acompañado por dos gorilas y una mujer, se comía una arepa de queso telita y una ensalada de aguacate el mismísimo Gustavo Cerati.
Mariela no lo pensó dos veces. Se le acercó, le pidió disculpas y le preguntó si ella podía entrevistarlo por teléfono para su programa de radio.
Así fue como esa noche, en medio de una arepera normal y corriente, Mariela Celis hizo la entrevista de su vida.
Y luego dicen que no existe una arepa de la suerte.
miércoles, diciembre 19, 2007
domingo, diciembre 16, 2007
EL RETORNO DE LOS GRANDES MONSTRUOS
El 6 de julio de 2007 The Police, la legendaria banda integrada por Sting, Andy Summers y Stewart Copeland, tocaba en el Wrigley Field de Chicago. Franklin y Diana no resistieron la tentación; organizaron un viaje para celebrar el primer año de su feliz matrimonio y se fueron a visitar a la tía de él, que vive en las cercanías de la ciudad de los vientos. El verdadero objetivo del viaje no era ver a la familia ni conocer Chicago; era oír en vivo, después de tantos años, Roxanne, Sinchronicity, Spirits in the material world, toda una variedad de canciones que conformaron y siguen conformando algo parecido a la banda sonora de sus vidas, una música que los ha acompañado en las buenas y en las malas.
Igor Escalante, un prestigioso médico caraqueño, de 41 años de edad, también vio a The Police en el mes de julio. Disfrutó de su show en el estadio de los Miami Dolphins. Cuando habla de esa experiencia, no puede evitar ponerse exultante. «Yo vi a esa gente aquí, en el Poliedro, cuando vinieron en 1981. No puedes imaginarte lo apoteósico que es verlos otra vez, y oír, en vivo, esas canciones que has oído miles de veces a lo largo de tu vida».
Cada vez que oyen sus canciones favoritas, miles de personas que han crecido arrulladas por ellas, hacen un viaje a su pasado y se ven a sí mismas jóvenes, fuertes y llenas de ilusiones. De manera que estos espectáculos tienen mucho de nostalgia y de curiosidad por ver qué tan viejos se han puesto nuestros ídolos.
«En ese concierto lo que había era puro señor calvo, en corbata y barrigón, puras señoras cincuentonas que eran igualitas a mi mamá y a mis tías», acota Diana. «Mi impresión se hizo mayor cuando empezaron a corear las canciones que cantaba Sting. Se las sabían mejor que Franklin y que yo… Claro, si llevan oyéndolas más años que nosotros…».
Con un público así de numeroso, de nostálgico y de fiel, cualquier banda se reunifica, y más en una época como la que vivimos en la actualidad, en la que, quién sabe por qué razón, las luminarias que surgen no son como las de antes, al menos a ojos de la legión de seguidores de los grupos de antes. Tal vez ése sea el motivo principal por el que se ha dado el milagro de la resurrección de varias bandas que parecían separadas para siempre. Los empresarios y las propias estrellas se han dado cuenta de que ahí hay una mina de oro por explotar.
Carlos Medina, joven y talentoso redactor publicitario caraqueño, nos cuenta alguna de sus anécdotas siguiendo a una de las bandas inglesas más importantes del mundo:
«La primera vez que vi a Queen fue en Madrid el 1° de abril de 2005. Por supuesto, la banda no contaba con sus integrantes originales. Freddie Mercury había muerto y John Deacon se había retirado del negocio de la música. Así que vi a un Queen raro en el que cantaba Paul Rodgers y Danny Miranda tocaba el bajo. Igual Brian May y Roger Taylor son lo máximo. Había que verlos en vivo. Por eso fui al concierto en el Palacio de Los Deportes y lo disfruté como nadie. Hasta lloré».
Cada vez que oyen sus canciones favoritas, miles de personas que han crecido arrulladas por ellas, hacen un viaje a su pasado y se ven a sí mismas jóvenes, fuertes y llenas de ilusiones. De manera que estos espectáculos tienen mucho de nostalgia y de curiosidad por ver qué tan viejos se han puesto nuestros ídolos.
«En ese concierto lo que había era puro señor calvo, en corbata y barrigón, puras señoras cincuentonas que eran igualitas a mi mamá y a mis tías», acota Diana. «Mi impresión se hizo mayor cuando empezaron a corear las canciones que cantaba Sting. Se las sabían mejor que Franklin y que yo… Claro, si llevan oyéndolas más años que nosotros…».
Con un público así de numeroso, de nostálgico y de fiel, cualquier banda se reunifica, y más en una época como la que vivimos en la actualidad, en la que, quién sabe por qué razón, las luminarias que surgen no son como las de antes, al menos a ojos de la legión de seguidores de los grupos de antes. Tal vez ése sea el motivo principal por el que se ha dado el milagro de la resurrección de varias bandas que parecían separadas para siempre. Los empresarios y las propias estrellas se han dado cuenta de que ahí hay una mina de oro por explotar.
Carlos Medina, joven y talentoso redactor publicitario caraqueño, nos cuenta alguna de sus anécdotas siguiendo a una de las bandas inglesas más importantes del mundo:
«La primera vez que vi a Queen fue en Madrid el 1° de abril de 2005. Por supuesto, la banda no contaba con sus integrantes originales. Freddie Mercury había muerto y John Deacon se había retirado del negocio de la música. Así que vi a un Queen raro en el que cantaba Paul Rodgers y Danny Miranda tocaba el bajo. Igual Brian May y Roger Taylor son lo máximo. Había que verlos en vivo. Por eso fui al concierto en el Palacio de Los Deportes y lo disfruté como nadie. Hasta lloré».
El fanatismo de cierta gente no conoce límites. Recorren kilómetros y kilómetros, soportan colas interminables, pasan noches a la intemperie con tal de ver a sus ídolos.«Para mí ver a esos señores fue muy importante —añade Carlos Medina—. Fue tan importante que me coleé en la rueda de prensa de Queen en Madrid y logré tomarme una foto con Brian May. En Aruba hice lo mismo, y me retraté junto a Roger Taylor en el lobby de su hotel cuando iba hacia el Aruba Entertainment Center a dar el concierto. No me importa lo que digan. Al menos una parte de lo que soy se lo debo a la inspiración que me han dado esos señores con su música. Aplaudirlos en sus conciertos es una forma de darles las gracias».
Alfredo Escalante, locutor y promotor musical está de acuerdo. «En esa nostalgia hay demasiado dinero en juego, y por eso los miembros de bandas que hace tiempo se separaron, deciden hacer a un lado sus diferencias. Lo mismo ocurre con los hijos pródigos de ciertos grupos, como por ejemplo Rob Halford y Bruce Dickinson que se fueron de Judas Priest y Iron Maiden, respectivamente, pero regresaron a sus bandas porque se dieron cuenta de que, como solistas les va bien, pero que junto a los grupos con los que hicieron sus carreras les va mucho mejor».Las palabras de Alfredo nos traen a la memoria un par de casos interesantes. El primero de ellos se concentra en los recitales que ofreciera Cream en el Royal Albert Hall de Londres los días 2, 3, 5 y 6 de mayo de 2005, de los que salieron un extraordinario disco y un DVD para deleite de los fanáticos del mundo entero. Ese legendario material no se habría podido grabar si Ginger Baker no hubiera zanjado sus diferencias con Eric Clapton y Jack Bruce, los otros dos miembros de la agrupación. Cream, en su momento se separó dados los egos de sus tres integrantes y sólo se reunió treinta y tres años después porque sabían que obtendrían enormes ganancias con su reencuentro. Al parecer Baker no se lleva nada bien con Clapton y Bruce, pero el dinero produjo el momentáneo milagro de la reconciliación.
Todas las explicaciones de este fenómeno apuntan a las cifras mil millonarias que se manejan. Desde los años sesenta las estrellas en decadencia que movían a grandes masas de nostálgicos, iban a recalar a Las Vegas, un paraíso en medio del desierto de Nevada para la gente que no pudo ver en su mejor momento a Frank Sinatra, al gran Elvis Presley, a Kiss... «Lo que sucedió fue que alguien, un empresario con buen olfato, sin duda, se dio cuenta de que esa nostalgia no era exclusiva del público norteamericano y por eso tú ves vivos a tantos grupos que pensábamos muertos, dando conciertos por todo el mundo», propone Carlos Medina.Otra de las agrupaciones que se reunió este año fue Genesis. Phil Collins, Tony Banks y Mike Rutherford no resistieron la presión, unieron sus talentos a los de Chester Thompson y Daryl Stuermer, y, en mayo de este año, se lanzaron al ruedo con una extraordinaria gira en Estados Unidos y Europa. Steve Hackett y Peter Gabriel han asomado la posibilidad de sumarse a ese combo, pero hasta ahora sólo han sido rumores.
Lo que sí es cierto es que las presentaciones de Genesis han despertado muchísimas expectativas. Por un lado, sus conciertos han sido minuciosamente registrados, lo que significa que muy pronto nos encontraremos en las discotiendas con nuevo material en video y en CD de los autores de Selling England by the pound y de The lamb lies down on Broadway. Por otro, el despliegue técnico, las toneladas de aparatos de sonido, de amplificadores y cornetas, las instalaciones eléctricas y pirotécnicas, hablan de una ambiciosa puesta en escena que se relaciona no sólo con las primeras etapas de Genesis (recuerden la portada de Live, disco en cuya portada Peter Gabriel aparecía embutido en un disfraz que parecía sacado de una película expresionista), sino con el deseo de crear un monumental espectáculo multimedia que se vea bien tanto en vivo como a través de las cámaras de video. De ahí que los productores de estos shows contrataran a Mark Fisher, arquitecto, escenógrafo y productor general de espectáculos del Cirque du Soleil, de los Rolling Stones, de Pink Floyd, de U2 y de eventos masivos como la Exposición Mundial de Lisboa de 1998.Uno de los temores que expresan muchos de los que asisten a estos conciertos es la posibilidad de que la música no sea lo que fue, de que las voces se hayan apagado o de algo más extraño que resume muy bien Franklin Marcano: «cuando comenzó el concierto de The Police, yo tenía miedo de que le hayan hecho unos malos arreglos a las canciones y termináramos oyendo uno de esos pastichos que hace Sting cuando canta como solista, pero no. Aquello sonó como debía sonar: como Police».
El año 2007 ha sido pródigo en reuniones y se han movido millones de dólares en conciertos alrededor del mundo entero, cosa que nos hace pensar que las despedidas y los retornos a los escenarios forman parte de las estrategias de mercadeo que los músicos y los empresarios ponen en práctica para vender más discos (que lo digan Ilan Chester y Menudo).
La fiesta de la nostalgia continúa. Sus fanáticos están disfrutando el reencuentro de Soda Stereo.
El trío argentino se separó en 1997 entre recitales atestados de gente, lágrimas, bombos y platillos. Zeta Bosio, Charly Alberti y Gustavo Cerati llenaron estadios en toda Latinoamérica, tocaron en calles y teatros e hicieron que la gente los despidiera como si se acabara un sueño. Diez años después, Soda Stereo prepara una gira igual de colosal que la de su despedida, pero esta vez para celebrar el reencuentro de la banda argentina más influyente de las últimas dos décadas. Su itinerario comenzará el próximo 19 de octubre en el Estadio River Plate de Buenos Aires (ya las entradas se acabaron) y continuará por Santiago de Chile, Guayaquil, Lima, Bogotá, Panamá, Monterrey, México D.F. y Los Ángeles.
No se quejen. El 29 de noviembre tocaron en Caracas.
La trascendencia de la reunión de Soda Stereo, la venta inmediata de unas entradas que oscilan entre los 50 y los 120 dólares, aproximadamente, nos habla de la avidez del público latinoamericano por artistas de la talla de los argentinos y nos hace pensar sobre por qué se separan los grupos, si pareciera que sus fans los idolatran y esperan por sus canciones.
«Es un fenómeno interesante —sugiere Alex Goncalves, conocido animador de radio y televisión— porque debe dar estrés que tanta gente espere que tú te la pases creando y tocando genialidades y resulta que no, que nadie es un genio las veinticuatro horas del día. Así que no me extraña que Soda Stereo haya decidido pararlo por un tiempo… Aparte, claro está, que la gente tiene hijos, se casa, engorda...».
Tal como sugiere Alex, la vida de los artistas debe ser dura. Por eso no sería raro que, en medio del éxito y de los excesos que tanta idolatría produce, surjan las bajas pasiones o, al menos, una dificultad para conciliar los diferentes puntos de vista que, sobre el hecho creativo deben tener los distintos miembros de una agrupación. Más allá de los avatares mercadotécnicos que, sin duda, entran en juego en el negocio de la música, esos pequeños imponderables que surgen en toda sociedad (envidias, rencillas, reconcomios, celos…) tienen un peso muy importante al menos en la intimidad de cada agrupación.
Otro grupo que confirmó su vuelta a las tarimas fue Van Halen. Los intérpretes de Unchained, Meanstreet y —¡cómo no!— Pretty woman, vuelven a hacer de las suyas con una gira que asocia otra vez a los Van Halen (Eddie, Alex y ahora el joven Wolfgang) con David Lee Roth.
La historia de esta banda resulta interesante. Luego de veinticinco años ininterrumpidos tocando en cientos de escenarios del mundo entero, hizo un alto en 1999. En ese período pasaron por Van Halen tres cantantes: David Lee Roth, Sammy Hagar y Gary Cherone. En 2004, la banda volvió a salir de gira y a lanzar un compilado de sus grandes éxitos. Cuando terminaron sus presentaciones, el grupo no volvió a aparecer en público hasta el pasado 13 de agosto, cuando sus representantes convocaron a una rueda de prensa para anunciar la nueva gira de la agrupación, el regreso de David Lee Roth (a quien sólo habíamos visto en un par de apariciones fugaces en la quinta temporada de Los Soprano) y la inclusión de un nuevo Van Halen: Wolfgang, el hijo de Alex, en el bajo.
Sobre esta reagrupación, el doctor Igor Escalante afirma: «Voy a hacer lo posible por ir a uno de sus conciertos. Yo los vi cuando tocaron en el Poliedro en 1983, y no quiero perderme su show actual. Por nada del mundo me pierdo a Van Halen con David Lee Roth, ese tipo es todo un personaje».
Cuando miramos al pasado y tratamos de entender los motivos que produjeron la deserción de Roth de la banda, nos damos cuenta de que ahí había una escisión que sólo el tiempo ha ido conciliando.
David Lee Roth abandonó Van Halen porque mientras él tenía un enfoque de la música más cercano al pop, Eddie Van Halen quería componer canciones más complejas y pesadas. Sólo con la llegada de otras agrupaciones y de otros artistas, como Kurt Cobain y Marilyn Manson, la brecha entre la música pop y el rock duro dejó de tener sentido.
Para concluir, las palabras de Alfredo Escalante siempre resultan esclarecedoras:
«Te imaginarás lo que significa para mí que bandas como Queen o como Van Halen sigan tocando. Yo los presenté en El Poliedro y tengo cuentos con sus integrantes. Con David Lee Roth, por ejemplo, tengo una historia violenta. No sé por qué alguien se metió con él en la puerta de una discoteca y resulta que el tipo es karateka. No te quiero contar cómo quedó el que lo insultó, cuando Roth comenzó a pegar brincos y patadas. Con Freddie Mercury, tengo otro cuento: resulta que cuando lo entrevisto, en Maiquetía, recién bajado del avión, lo veo y me doy cuenta de que sus lentes Rayban son iguales a los míos... Iguales, pero rayados. Cuando me di cuenta de eso, no pude concentrarme en la entrevista».
Y sobre los conciertos añade:
«Estas presentaciones son muy importantes. Es muy bueno que los más jóvenes, sean músicos o no, tengan la oportunidad de ver a estos monstruos tocando en vivo. Yo creo que mirar al pasado es la única forma de mirar hacia el futuro sin ingenuidad, sin creer que la historia se divide contigo y con tus gustos particulares».
Mientras los integrantes de esas bandas que hicieron historia con su música sigan vivos y con fuerzas, el sentimiento seguirá encendido, y si no lo creen, piensen en la regreso de Led Zeppelin (tocaron el pasado 10 de diciembre), otro de los monstruos del rock, otra de las grandes bandas, otros de los artistas que nos han hecho felices durante décadas.Que así siga siendo por mucho tiempo.
sábado, diciembre 15, 2007
VISIÓN APOCALÍPTICA EN LA CARRETERA A HIGUEROTE
En la mañana de hoy los camioneros de la carretera a Higuerote se encontraron con un extraño acontecimiento.
Los camioneros que rodaban por la zona tuvieron la oportunidad de ver hoy una línea de televisores acomodados en el hombrillo de la carretera a lo largo de tres kilómetros.
Tanto los camioneros como las autoridades se encuentran en las nubes porque no tienen la menor idea de quiénes se tomaron el trabajo de hacer una línea de televisores de tres kilómetros exactos.
Nadie sabe quiénes fueron ni de dónde sacaron los aparatos, pero ahí, en el hombrillo de la carretera, estaban los aparatos de televisión.
Si en este país no hubiera tanto ladrón ni tanto ocioso, diríamos que eso fue obra de unos extraterrestres.
Los camioneros que rodaban por la zona tuvieron la oportunidad de ver hoy una línea de televisores acomodados en el hombrillo de la carretera a lo largo de tres kilómetros.
Tanto los camioneros como las autoridades se encuentran en las nubes porque no tienen la menor idea de quiénes se tomaron el trabajo de hacer una línea de televisores de tres kilómetros exactos.
Nadie sabe quiénes fueron ni de dónde sacaron los aparatos, pero ahí, en el hombrillo de la carretera, estaban los aparatos de televisión.
Si en este país no hubiera tanto ladrón ni tanto ocioso, diríamos que eso fue obra de unos extraterrestres.
martes, diciembre 11, 2007
EL FASCINANTE MUNDO DE LOS BANCOS
¿Quién no ha tenido la desdicha de pasar un par de horas en la cola de un banco? Es muy probable que nadie. Ni siquiera los viejitos se salvan de ese flagelo. Cada vez que van a cobrar su pensión de jubilados, los ves desde muy temprano con sus sombrillas, sus gorras y sus periódicos bajo el brazo, haciendo fila en las puertas de una entidad bancaria.
El mundo bancario es un delirio que parece salido de la mente de Groucho Marx. No importa cuán serio parezca el banco, cuán grande sea la agencia, cuán bonitos sean los cuadros, cuán grandes sean las pancartas con anuncios que te dicen lo seguro que está tu patrimonio ahí; no importa nada de eso porque cada vez que vayas a hacer una transacción, verás no menos de ocho o nueve taquillas dispuestas para que el público deposite o retire su plata, pero sólo habrá un par de cajeros trabajando en ellas.
¡Dios! ¡Sólo un par de cajeros para tanta gente! Y ni hablar de cuando haces estoicamente tu cola y de pronto, te das cuenta de que dos puestos delante de ti, está un motorizado con las alforjas llenas de cheques por cobrar o por depositar, de dinero que recibir y planillas que certificar. Peor que eso es lo que le pasó a este cronista hace un par de días… Estaba yo, de lo más tranquilo, haciendo mi cola en un banco X, riéndome del mundo porque, de primera en la fila, esperaba una señora china y, detrás de ella, venía yo, silbando y pensando que de ahí me iba a tomar un café o me iba a comprar el libro de Felisberto Hernández que desde hace tiempo me quiero comprar. Cuando el cajero se desocupó, la señora china se paró delante del mostrador y sacó de su cartera una bolsa de Central Madeirense atiborrada de fajos de billetes.
Nunca supe cuánta plata había en esa bolsa, pero el cajero tuvo que fajarse a contar real. Estando ahí parado, con lágrimas en los ojos porque mi tiempo se fue al averno, veía las manos del hombre pasando un billete tras otro a una velocidad indecible. De pronto me imaginé que aquella rapidez debía crear un efecto Walt Disney en la gráfica del papel moneda y que, de pronto, las efigies de los héroes impresas en los billetes adquirían vida gracias al milagro de la animación, y que gritarían cosas como: «¡Apúúúúúúúúrate!», con voz desesperada, aunque poderosa y varonil.
Por cierto: ¿por qué los cajeros de banco siempre tienen un llavero con la foto del hijo? Quién sabe.
El mundo de los bancos es extraño y fascinante a la vez. Son sitios públicos que cada día se parecen más a los aeropuertos. Tú estás de paso en ellos. Nada está diseñado para que te quedes horas ni te distraigas ni te apoltrones en ellos. Todo en los bancos, al menos en teoría, se diseñó para que entres y salgas en menos de un suspiro, pero por quién sabe qué casualidades del destino, el tal suspiro se transforma en bostezo que se repite una y otra vezporque se fue la línea, porque el cajero se paró para tomar agua o para ir al baño, porque alguien arma un escándalo reclamando algo de un cheque con una firma torcida… Nunca faltan los shows... Como la vez en que una señora entró a su banco de confianza y, detrás de ella, se metió una guacamaya. Fue todo un espectáculo ver cómo el pajarraco volaba en círculos y pegaba gritos, mientras la gente se agachaba arremolinada, tratando de mantener sus puestos en la cola, y los vigilantes que, a escobazos, trataban de hacer bajar al ave nerviosa que había llegado para ponerle color a la vida gris de aquella agencia bancaria. ¡Todo un show!
Y para finalizar, quisiera darles un consejo: si van al banco, no se pongan la ropa interior más ruñida que tengan. Uno nunca sabe cuándo estará en medio de una situación bochornosa con unos ladrones que te dejan en calzoncillos en una bóveda oscura.
El mundo bancario es un delirio que parece salido de la mente de Groucho Marx. No importa cuán serio parezca el banco, cuán grande sea la agencia, cuán bonitos sean los cuadros, cuán grandes sean las pancartas con anuncios que te dicen lo seguro que está tu patrimonio ahí; no importa nada de eso porque cada vez que vayas a hacer una transacción, verás no menos de ocho o nueve taquillas dispuestas para que el público deposite o retire su plata, pero sólo habrá un par de cajeros trabajando en ellas.¡Dios! ¡Sólo un par de cajeros para tanta gente! Y ni hablar de cuando haces estoicamente tu cola y de pronto, te das cuenta de que dos puestos delante de ti, está un motorizado con las alforjas llenas de cheques por cobrar o por depositar, de dinero que recibir y planillas que certificar. Peor que eso es lo que le pasó a este cronista hace un par de días… Estaba yo, de lo más tranquilo, haciendo mi cola en un banco X, riéndome del mundo porque, de primera en la fila, esperaba una señora china y, detrás de ella, venía yo, silbando y pensando que de ahí me iba a tomar un café o me iba a comprar el libro de Felisberto Hernández que desde hace tiempo me quiero comprar. Cuando el cajero se desocupó, la señora china se paró delante del mostrador y sacó de su cartera una bolsa de Central Madeirense atiborrada de fajos de billetes.
Nunca supe cuánta plata había en esa bolsa, pero el cajero tuvo que fajarse a contar real. Estando ahí parado, con lágrimas en los ojos porque mi tiempo se fue al averno, veía las manos del hombre pasando un billete tras otro a una velocidad indecible. De pronto me imaginé que aquella rapidez debía crear un efecto Walt Disney en la gráfica del papel moneda y que, de pronto, las efigies de los héroes impresas en los billetes adquirían vida gracias al milagro de la animación, y que gritarían cosas como: «¡Apúúúúúúúúrate!», con voz desesperada, aunque poderosa y varonil.Por cierto: ¿por qué los cajeros de banco siempre tienen un llavero con la foto del hijo? Quién sabe.
El mundo de los bancos es extraño y fascinante a la vez. Son sitios públicos que cada día se parecen más a los aeropuertos. Tú estás de paso en ellos. Nada está diseñado para que te quedes horas ni te distraigas ni te apoltrones en ellos. Todo en los bancos, al menos en teoría, se diseñó para que entres y salgas en menos de un suspiro, pero por quién sabe qué casualidades del destino, el tal suspiro se transforma en bostezo que se repite una y otra vezporque se fue la línea, porque el cajero se paró para tomar agua o para ir al baño, porque alguien arma un escándalo reclamando algo de un cheque con una firma torcida… Nunca faltan los shows... Como la vez en que una señora entró a su banco de confianza y, detrás de ella, se metió una guacamaya. Fue todo un espectáculo ver cómo el pajarraco volaba en círculos y pegaba gritos, mientras la gente se agachaba arremolinada, tratando de mantener sus puestos en la cola, y los vigilantes que, a escobazos, trataban de hacer bajar al ave nerviosa que había llegado para ponerle color a la vida gris de aquella agencia bancaria. ¡Todo un show!Y para finalizar, quisiera darles un consejo: si van al banco, no se pongan la ropa interior más ruñida que tengan. Uno nunca sabe cuándo estará en medio de una situación bochornosa con unos ladrones que te dejan en calzoncillos en una bóveda oscura.
martes, diciembre 04, 2007
FIRMIN, AVENTURAS DE UNA ALIMAÑA URBANA
Firmin, aventuras de una alimaña urbana, de Sam Savage, es una extraordinaria novela. Su protagonista, una rata que nació en el sótano de una librería y cuyo nombre le da nombre a la novela, es un personaje triste y encantador que en más de una ocasión logra arrancarnos lágrimas. La soledad en la que vive no es lo único que nos conmueve de este personaje; es también la autoconciencia que adquiere de sí mismo, de su naturaleza, de su lugar en el mundo y hasta de su fealdad, gracias a la lectura. Firmin, queridos lectores, es una rata lectora que literalmente devora libros. No sólo se los come, sino que los lee, lo cual la convierte en un individuo raro para los de su especie y hasta para los de su propia familia. He ahí uno de los detalles que golpea al lector con mayor fuerza: esta novela lleva encriptada una reflexión sobre la lectura, sobre cómo esa actividad nos cambia, nos vuelve exigentes con nosotros mismos y con los demás, y nos ofrece siempre una revisión crítica del mundo en el que vivimos. Esa reflexión solapada se materializa en la medida que avanza el relato. A Firmin no le satisface el hoyo cálido que comparte con su madre y sus hermanos, y se lanza a explorar su mundo. De esa manera pasea por los intersticios que dejan las tuberías en las paredes del edificio viejo donde vive y llega hasta sitios que se convertirán en todo un privilegio para lograr los que más desea: entender cómo es y cómo funciona el universo que lo rodea: el de la librería con sus clientes habituales, su dueño y sus fascinantes libros.
A la par de esas exploraciones realizadas por propia voluntad, Firmin acompaña una que otra vez a su madre y a sus hermanos a deambular por la plaza Scollay, en Boston. A diferencias de los suyos en solitario, aquellos paseos tenían como finalidad que las ratas jóvenes aprendieran los rudimentos para defenderse en la vida: roer un trozo de algo por aquí, lamer un refresco regado por allá, escudriñar basura de aquel lado... Sin embargo, en lugar de prestarle mayor atención a la medra, Firmin observa con fascinación los anuncios de las beldades desnudas, la fachada del cine, el banco en la plaza y todo cuanto la clandestinidad de un momento al aire libre puede ofrecerle a un animal que vive siempre entre las sombras... La rata, envenenada por la lectura, se ha entrenado sin quererlo en el arte de ver belleza en todas partes, tal como le sucede a la persona sensible que somete su espíritu al fuego de las palabras que traen los libros.
Lo malo de ver belleza en todo cuanto nos rodea es que muchas veces esa capacidad nos aísla de aquéllos que ven la vida como una sucesión de momentos que deben invertirse en la propia supervivencia, y ese aislamiento puede ser mortal. Firmin es una muestra de ello. Sus congéneres lo ven como un bicho extraño y los humanos, con quienes podría hablar de tú a tú sobre libros, lo ven como lo que es, como una rata. No en vano el dueño de la librería llega a tratar de envenenarlo. Sólo un escritor llamado Jerry Magoon, alguien tan enfermo de sensibilidad como Firmin, alguien tan raro como esa rata que se mueve a lo largo del libro como una rata y no como un ratoncillo humanizado tipo Mickey Mouse o Bernardo y Bianca, llega a asumirlo como mascota y a darle un poco de cariño.
Firmin, aventuras de una alimaña urbana tiene páginas memorables, como aquéllas en las que la rata se escabulle de su madriguera y se introduce al cine a ver películas de vaqueros y musicales fastuosos. Allí no sólo alimenta su cerebro con las fantasmagorías del séptimo arte, sino que rebusca en las alfombras del lugar para conseguir barras de caramelo, trozos de pizza o bocadillos a medio comer. Juan Carlos Chirinos, hombre serio y principal promotor de esta novela entre su grupo de amigos, dice que después de haberla leído, cada vez que va al cine, riega palomitas de maíz y trozos de chocolate en el piso, por si acaso en esa sala madrileña anda Firmin o un émulo de sus pequeñas hazañas.
El mundo de Firmin es tan tranquilo como puede ser el mundo de una rata hasta el día en que comienzan los trabajos de demolición de la plaza Scollay, de los edificios que la rodean y del barrio donde se encuentra. Ese proceso en el que van llegando los bulldozers, los tractores, los obreros, las máquinas fumigadoras, los picos y las palas, es el apocalipsis para las alimañas que pueblan los viejos y cariados edificios de ese punto de Boston. Sin embargo, Firmin, en lugar de irse, reafirma que ese sitio que están derrumbando es suyo porque sí, porque allí nació, y no se va; no abandona el espacio donde fue feliz y donde están todos sus recuerdos reales o literarios, no importa su naturaleza porque son suyos y están ligados a un edificio, a una cuadra, a un barrio al que no importa si destruyen o cambian.
Firmin es una gran obra; es triste, desoladora y muy bella a la vez, aunque estemos hablando la historia de una rata solitaria y cabezona.
Firmin, aventuras de una alimaña urbana, de Sam Savage, es una extraordinaria novela. Su protagonista, una rata que nació en el sótano de una librería y cuyo nombre le da nombre a la novela, es un personaje triste y encantador que en más de una ocasión logra arrancarnos lágrimas. La soledad en la que vive no es lo único que nos conmueve de este personaje; es también la autoconciencia que adquiere de sí mismo, de su naturaleza, de su lugar en el mundo y hasta de su fealdad, gracias a la lectura. Firmin, queridos lectores, es una rata lectora que literalmente devora libros. No sólo se los come, sino que los lee, lo cual la convierte en un individuo raro para los de su especie y hasta para los de su propia familia. He ahí uno de los detalles que golpea al lector con mayor fuerza: esta novela lleva encriptada una reflexión sobre la lectura, sobre cómo esa actividad nos cambia, nos vuelve exigentes con nosotros mismos y con los demás, y nos ofrece siempre una revisión crítica del mundo en el que vivimos. Esa reflexión solapada se materializa en la medida que avanza el relato. A Firmin no le satisface el hoyo cálido que comparte con su madre y sus hermanos, y se lanza a explorar su mundo. De esa manera pasea por los intersticios que dejan las tuberías en las paredes del edificio viejo donde vive y llega hasta sitios que se convertirán en todo un privilegio para lograr los que más desea: entender cómo es y cómo funciona el universo que lo rodea: el de la librería con sus clientes habituales, su dueño y sus fascinantes libros.A la par de esas exploraciones realizadas por propia voluntad, Firmin acompaña una que otra vez a su madre y a sus hermanos a deambular por la plaza Scollay, en Boston. A diferencias de los suyos en solitario, aquellos paseos tenían como finalidad que las ratas jóvenes aprendieran los rudimentos para defenderse en la vida: roer un trozo de algo por aquí, lamer un refresco regado por allá, escudriñar basura de aquel lado... Sin embargo, en lugar de prestarle mayor atención a la medra, Firmin observa con fascinación los anuncios de las beldades desnudas, la fachada del cine, el banco en la plaza y todo cuanto la clandestinidad de un momento al aire libre puede ofrecerle a un animal que vive siempre entre las sombras... La rata, envenenada por la lectura, se ha entrenado sin quererlo en el arte de ver belleza en todas partes, tal como le sucede a la persona sensible que somete su espíritu al fuego de las palabras que traen los libros.
Lo malo de ver belleza en todo cuanto nos rodea es que muchas veces esa capacidad nos aísla de aquéllos que ven la vida como una sucesión de momentos que deben invertirse en la propia supervivencia, y ese aislamiento puede ser mortal. Firmin es una muestra de ello. Sus congéneres lo ven como un bicho extraño y los humanos, con quienes podría hablar de tú a tú sobre libros, lo ven como lo que es, como una rata. No en vano el dueño de la librería llega a tratar de envenenarlo. Sólo un escritor llamado Jerry Magoon, alguien tan enfermo de sensibilidad como Firmin, alguien tan raro como esa rata que se mueve a lo largo del libro como una rata y no como un ratoncillo humanizado tipo Mickey Mouse o Bernardo y Bianca, llega a asumirlo como mascota y a darle un poco de cariño.Firmin, aventuras de una alimaña urbana tiene páginas memorables, como aquéllas en las que la rata se escabulle de su madriguera y se introduce al cine a ver películas de vaqueros y musicales fastuosos. Allí no sólo alimenta su cerebro con las fantasmagorías del séptimo arte, sino que rebusca en las alfombras del lugar para conseguir barras de caramelo, trozos de pizza o bocadillos a medio comer. Juan Carlos Chirinos, hombre serio y principal promotor de esta novela entre su grupo de amigos, dice que después de haberla leído, cada vez que va al cine, riega palomitas de maíz y trozos de chocolate en el piso, por si acaso en esa sala madrileña anda Firmin o un émulo de sus pequeñas hazañas.
El mundo de Firmin es tan tranquilo como puede ser el mundo de una rata hasta el día en que comienzan los trabajos de demolición de la plaza Scollay, de los edificios que la rodean y del barrio donde se encuentra. Ese proceso en el que van llegando los bulldozers, los tractores, los obreros, las máquinas fumigadoras, los picos y las palas, es el apocalipsis para las alimañas que pueblan los viejos y cariados edificios de ese punto de Boston. Sin embargo, Firmin, en lugar de irse, reafirma que ese sitio que están derrumbando es suyo porque sí, porque allí nació, y no se va; no abandona el espacio donde fue feliz y donde están todos sus recuerdos reales o literarios, no importa su naturaleza porque son suyos y están ligados a un edificio, a una cuadra, a un barrio al que no importa si destruyen o cambian.Firmin es una gran obra; es triste, desoladora y muy bella a la vez, aunque estemos hablando la historia de una rata solitaria y cabezona.
Sabrá Dios si los autores de Ratatouille leyeron esta bella novela y convirtieron a la rata lectora en chef... Hicieron bien porque cocinar siempre ha tenido más rating que leer.
lunes, diciembre 03, 2007
MALDICIÓN ETERNA
Hace ocho años el pueblo venezolano se lanzó a sí mismo una maldición, entregándose ingenuo y desnudo en manos de un demagogo inescrupuloso. Ayer, no sin sufrimiento, comprobamos cómo una buena parte de ese mismo pueblo logró zafarse del influjo devastador de esa maldición. Sin embargo, aún queda una parte de la población mesmerizada por el discurso y las promesas del mandarín y otra que no se movió, que no decidió, que no votó.
Esos que ayer no se movieron de su casa, que se fueron a la playa o que no se pararon de su cama y que conforman un 44% de la población, suponen un gigantesco grupo en el que el efecto de la maldición mutó y se transformó en una inmovilidad rara signada por la apatía.
Sabrá Dios si esa gente despertará algún día.
Ojalá que sí.
Hay gente que nunca se quitará de encima esta maldición, pues carga consigo un resentimiento y un hambre brutales. Ésos son poco menos que irrecuperables. Su maldición es y será eterna. No obstante, hay que luchar para que la gente-hueco, la gente-vacío, adquiera otra vez cuerpo y voluntad.
Esos que ayer no se movieron de su casa, que se fueron a la playa o que no se pararon de su cama y que conforman un 44% de la población, suponen un gigantesco grupo en el que el efecto de la maldición mutó y se transformó en una inmovilidad rara signada por la apatía.
Sabrá Dios si esa gente despertará algún día.
Ojalá que sí.
Hay gente que nunca se quitará de encima esta maldición, pues carga consigo un resentimiento y un hambre brutales. Ésos son poco menos que irrecuperables. Su maldición es y será eterna. No obstante, hay que luchar para que la gente-hueco, la gente-vacío, adquiera otra vez cuerpo y voluntad.
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