martes, enero 29, 2008

LA FELICIDAD SIEMPRE ES SUBVERSIVA A veces me gusta ponerle el punto final a una comida fumando unos increíbles cigarrillos invisibles que siempre llevo conmigo en algún rincón de mis bolsillos. Los cigarrillos invisibles son tal cual: invisibles, al igual que el yesquero o los fósforos que también cargo conmigo para esas ocasiones. Después de comer algo delicioso, cuando la sobremesa atardece lentamente y veo con claridad en mi horizonte la ruma de platos que tendré que lavar, saco uno de mis cigarrillos invisibles, lo enciendo con el fuego también invisible y me arrebujo en la silla a fumar, a inspirar y expirar humo fantasmal, a hacer aros con él, a dibujar libélulas, dragones y monstruos que aparecerán ante mí durante segundos que serían eternos, si a mi esposa no le molestase tanto que yo fume cigarrillos invisibles.
—Pero, mi amor, si son invisibles, ¿no los ves?
—No me gusta que hagas eso —dice cerrando el puño frente a mi cara.
—¿Pero por qué, si estos cigarros no dan cáncer?
—No me gusta —y sube la voz, como con desesperación—. Y más te vale que lo dejes hasta ahí porque no respondo.

Ante mi silencio, y a que ve que mis dedos aún sostienen el cigarrillo invisible, añade con voz purpúrea al tiempo que me lanza un manotazo digno de Sugar Ray Leonard:
—¡Coño, que pareces un loco!

Yo me río como un camello porque no sé si el demente soy yo por jugar a que fumo o mi esposa porque se molesta ante la sola pantomima.
—Mi vida, menos mal que no te casaste con Marcel Marceau. Ese carajo no sólo fumaba cigarrillos invisibles, se sentaba en sillones invisibles, hablaba por teléfonos invisibles, hablaba con gente invisible, se ponía sombreros invisibles, encendía un televisor invisible y se sentaba en un inodoro invisible.
—Sí, pero te apuesto a que su cuenta en el banco se veía desde todas partes, como la torre Eiffel en París.

Esa respuesta acabó con la discusión y me puso frente a un Everest de sartenes. Para mitigar la derrota y restarle fastidio a la fregada, me serví un tequila que no era como mis cigarros. Emprendí la tarea, pensando, en que la vida real, pura, grosera y concreta, no me gusta ni me satisface. Por eso, cada vez que viajo, compro bigotes postizos y me los pongo para ir al banco o para lavar el carro; por eso tengo una máscara de El Santo y otra del Huracán Ramírez, una caja para disfrazarme como el hombre lobo de Lon Chaney Jr., un traje de gorila, una colección de franelas de Motörhead y, por supuesto, paquetes y paquetes de tabaco invisible.

La vida así, sola, sin pelucas de goma ni disfraces ni objetos que dinamiten su orden, es una ladilla. Pero eso como que no lo entienden (o no lo quieren entender) muchas esposas. Para ellas no hay nada más seductor que la contundencia de un apartamento propio, que la rotundidad de un carro que no sea un lanchón y que la ilusión de seguridad que brindan un quince y un último a prueba de explosiones nucleares.

A uno sólo le quedan sus cigarros invisibles; es decir: ese pequeño artefacto explosivo, esa bomba conceptual, que subvierte el orden asfixiante en el que se vive y que pone a las esposas a mesarse los pelos, preguntándose si ellas de verdad conocen al tipo con el que se casaron.
—Gonzalo, quítate eso.
—¿Por qué, si me queda bien?
—Pareces un viejo.
—Ningún viejo. Las pajaritas son elegantes.
—Son elegantes, pero pareces un viejo.
—Telly Savalas usaba pajaritas.
—Por favor, quítatela y ponte la corbata que te regaló mi mamá.
—Frank Sinatra usaba pajaritas.
—Frank Sinatra también usaba corbatas.
—Sí, pero yo quiero ponerme esta pajarita que me compré en Amazon.
—Quítatela o no salgo contigo.
—Bueno, ¿sabes qué? No salgas. Yo sí me voy con mi pajarita por ahí.
—¿Para dónde vas?
—Ése no es asunto tuyo.

Ella no dice palabra, pero el ruido del carro la hace recapacitar, corre a la puerta y grita:
—¡Gonzalo! …¡Gonzalo! ¡Espérame!

domingo, enero 20, 2008

LOS PURGATORIOS URBANOS Todas las ciudades tienen recovecos que se parecen al purgatorio. Son sitios extraños y oscuros en los que el tiempo parece detenido. Ahí, el silencio reina y una que otra vez se oye un grito o un rugido. Nos referimos, señoras y señores, a los estacionamientos, a esos trozos de ciudad abandonados por la arquitectura y que tantos dolores de cabeza le prodigan a los citadinos.

¿Se ha preguntado por qué nunca hay un espacio libre en cualquier estacionamiento en el que Ud. pretende aparcar su Blazer? Seguramente sí y, además, dirá que es porque en esta época todo mundo tiene carro, y tendrá razón. No obstante, eso no justifica que Ud. se pase diez, quince, veinte minutos dando vueltas en busca de un puesto. Después de todo, si pueden levantar tremendo centro comercial, ¿por qué no pueden construir un buen estacionamiento con choporrocientos metros cuadrados para que todos los visitantes puedan dejar sus Corollas o sus Javelins e ir a hacer sus compras en paz? Me aventuro a decir que es porque, a pesar de que existen cientos de regulaciones, los aparcaderos están hechos con el remanente de los materiales con los que se construyó la edificación y en el sobrante de espacio que quedó libre al levantar el edificio. Si no, ¿cómo se explican tantas cabillas oxidadas saliendo del concreto o tantas tuberías y tantos ladrillos pelados saliendo de tanto estacionamiento horrible?

¿Cómo se explica, además, la existencia de unas rampas todas torcidas en las que el techo de tu carro y el de la edificación casi echan chispas por el roce? ¿A quién se le ocurrió generar un canal de ida y otro de venida en un sitio donde apenas cabe un carro? ¿Quién inventó ese sistema de aparcar un auto detrás de otro para tener que dejar la llave y que un «parquero» se monte en tu carro, te lo raye y te lo deje oloroso a humo y a gasolina?

Hay estacionamientos de todo calibre, pero los más populares son los que se asientan en los sótanos de los edificios dos, tres, cuatro, cinco, seis o más niveles hacia el fondo de la Tierra, junto a las bases de la construcción. La verdad es que no hay sótano bonito. Nómbrenme uno y les daré un premio… Recuerden que sótano que se respete, tiene su lado siniestro, su tasca, su bar de nudistas, su ferretería, su sala de teatro experimental y su venta de DVDs quemados. Bajar a esos lugares es ir tras la pista de Arne Saknussemm al tiempo que se corre el riesgo de perderse o de toparse con una Boa constrictor gigante que sabrá Dios cómo apareció en ese lugar.

Lo más extraño es que no hay manera de librarse de estos purgatorios urbanos. Si estacionas en la calle, expones tu carro a que se lo lleven, a que lo desvalijen o a que seis manganzones con franelas de Iron Maiden se le sienten en el capó, mientras toman cerveza y hablan sobre la batería de Lars Ulrich.

Como no hay manera de librarse de los estacionamientos, quizás lo mejor sea encomendar el LTD al Señor o escoger el aparcadero que sabes menos malo. Hay quien, por ejemplo, prefiere los estacionamientos mecánicos, ésos que funcionan en un edificio en el que dos o tres ascensores gigantes (uno siempre está dañado) suben y bajan los autos a distintos pisos y los estacionan sin daño ni perjuicio para nadie porque allá, en las alturas, ningún carro se le atraviesa al otro, a menos que el «parquero» quiera producir un desastre.

A propósito de «parqueros» (¿quién habrá inventado esa palabra?), cada vez que mi amigo Xabier Escalante se encuentra estacionando su camioneta y recibe la ayuda de uno de estos sucesores de los antiguos mozos de cuadra, él monta en cólera, se le brotan las venas del cuello y se le ponen los ojos amarillos. Tal es el efecto que en él producen los estacionamientos.

Y locos no faltan en ninguna parte.

miércoles, enero 16, 2008

EL ASCENSOR DEL HORROR El mundo de los ascensores es inaudito. Para empezar, el elevador cumple, en el edificio, la función que la plaza pública cumplía en las ciudades antes de que el excesivo crecimiento urbano las convirtiera en sendos desastres. El ascensor es hoy el punto en el que todo el mundo se encuentra antes de seguir su propio camino, de montarse en el metro o en el autobús para ir a la oficina o a la escuela, para ir al gimnasio o a la reunión de Stanhome en casa de Marianela.

Los que nos queremos y los que nos odiamos, los que nos llevamos bien y los que nos llevamos mal, los conocidos, los desconocidos, los feos, los bonitos, los gordos y los flacos, nos encontramos ahí, en ese carro cuya única función es subir y bajar gente, aunque nunca falten los irresponsables que montan lavadoras, secadoras, neveras, escombros y hasta motocicletas en ese aparato que permite que lleguemos rápido a nuestra casa cuando nos estamos reventando y clamamos por un baño.

El mundo de los ascensores tiene sus detalles. Hace años, cuando trabajaba en el Centro Simón Bolívar, tuve la oportunidad de conocer a un ascensorista lector que, mientras apretaba los botones y recorría los distintos niveles de la torre norte, leía con fruición todo tipo de libros. Un día, al ver lo que aquel hombre simpático y de tez oscura leía, por poco me da un pasmo. Nunca he podido entender qué hacía un ascensorista venezolano leyendo Mein Kampf, pero de todo hay en la viña del Señor o tal vez someter al cuerpo a tardes enteras de ascensos y descensos vertiginosos produzca un desorden sináptico que lleve a la víctima a leer semejantes mamotretos.

Otra particularidad del mundo de los ascensores tiene que ver con que, al entrar, reina un silencio espectral que, a veces se ve interrumpido por la conversación entre una o dos personas que se conocen, que viven o trabajan juntas. Lo normal es que en el ascensor nadie hable, que todo el mundo mire hacia los numeritos para ver por qué piso andan, que se mire en el espejo para ver si sigue bien peinado o si la corbata no tiene una desgraciada mancha de sopa o café.

Hay miles de cuentos que ocurren en ascensores. Todo el mundo se sabe el chiste del señor al que nadie respondió los buenos días, y por eso se sintió en libertad de dejar escapar una pluma sonora ahí, en medio del gentío que bajaba hacia la planta baja del edificio. También está el de los dos sujetos que se cayeron a tiros dentro de un elevador o el de la boa constrictor que vive en el foso de un enorme inmueble caraqueño… Demás está decir que esos cuentos alimentan las leyendas urbanas y también —¿por qué no?— nuestro acervo cultural… Ah, y la enorme serpiente se alimenta de las ratas que viven en las paredes del edificio. ¿De qué creen Uds. que se alimentaba: de los usuarios del elevador?

Pero, damas y caballeros, seamos claros: no todo el mundo tiene la educación necesaria para montarse en uno de estos aparatos. Hay, por ejemplo, manganzones impresentables que se jurungan el acné frente al espejo. Hay señores atorados que entran al ascensor sin importarles los que salen de él; gente que no espera al prójimo y no mueve un dedo para que la puerta no se le cierre en la cara; señoras a las que no les importa meter a sus tres primas, a sus papás, a sus nietos, a sus perros y gatos en el mismo ascensor. Ah, pero los peores ciudadanos son los que toman el ascensor para subir al primer piso. Se les olvida que el ejercicio es bueno para la salud, pero la gordura les obnubila el seso.

¡Cuánto horror!

Para que el mundo de los ascensores funcione se requiere de urbanidad y de respeto hacia las formas, de paciencia y civismo, valores que no están muy de moda en esta época aciaga, pero que de vez en cuando hay que recordar.

domingo, enero 13, 2008

miércoles, enero 09, 2008

TEORÍA Y ARTE DEL BOCHORNO Pongamos que por primera vez una amiga tuya te lleva a su casa y, al abrir la puerta, sus papás, sus abuelos, sus hermanos y la tía Paquita, están comiendo. Pongamos también que la mamá de tu amiga te dice que te sientes a la mesa porque hay pollo y ensalada de sobra, y tú te ruborizas, pero haces lo que tu amiga y su madre te indican; te sientas, ves cómo te sirven, les sonríes a todos y te pones más colorado hasta que alguien, que por lo general es la tía Paquita, te dice:
—Tú come tranquilo porque «pena» son sólo cuatro letras.

Esa conseja tan repetida por las tías Paquitas del mundo y que tanto consuelo le han brindado a los jóvenes que pisan por primera vez las casas de sus amigas, no sólo tiene un error de concordancia que hace que suene mal, sino que no es verdad. «Pena» no son apenas cuatro simples letras, y ¿saben por qué? Porque entre una y otra cabe un océano de bochorno.

Una tarde X, Dakmar caminaba con Sebastián rumbo al metro. El chamo seguía a su madre, pero armando todo un show de lágrimas y gritos porque no se detuvieron en el puesto de helados que acababan de pasar. Dakmar continuó con paso estoico su caminata, pensando que si el nené seguía ofreciendo aquel show, se voltearía y le mostraría su lado de mami oscura. No obstante, la pataleta de Sebastián fue in crescendo con una rapidez inusitada y, cuando se dio cuenta de que los helados quedaban más lejos que la boca del metro, el carajito quiso apretar el freno con fuerza. Por eso se aferró a la falda de la mamá y, de un solo jalón, se la dejó en los pies.

Los gritos de los pícaros universales no se hicieron esperar. No todos los días un hijo desnuda a su madre en medio de la calle… Dakmar detuvo al mundo con un gesto —incluso Sebastián dejó la pataleta—, se subió la falda, se la amarró bien a la cintura, le agarró la mano a su hijo y siguió caminando hasta que se perdió en el metro.

Todos hemos protagonizado algún desastre o sentido en carne propia los rigores de algún bochorno. Todos hemos hablado mal de alguien que resulta ser la hermana de nuestro interlocutor. Todos hemos nombrado la soga en casa del ahorcado o, como le sucedió a Mariela Celis, que una vez fue a cenar donde un amigo cuyo padre tenía años desempleado y lo primero que hizo para romper el hielo en la mesa a la que había sido invitada fue preguntarle al dueño de la casa:
—¿Qué? ¿Y cómo va el trabajo?

Está demás decirles que Mariela no volvió a visitar esa casa.

Hay personas que no actúan, que no gritan, que no se ríen, que no se mueven o que no hablan porque temen hacer el ridículo. Sepan Uds. que el mundo está como está por culpa de tanta gente «seria» que no actúa porque cree que cualquier cosa que haga, la hará quedar mal. Aligérense, disfruten, pásenla bien. Los bochornos, como todas las desgracias, llegan en el momento menos esperado y nos convierten en el centro de atención de los demás. Del cómo reacciones en ese momento dependerá que salgas airoso o que termines de embarrarla. A pesar de que quedó en pantaletas en medio de la calle, Dakmar triunfó sobre el naufragio de su falda porque su amor propio y su dignidad de madre le restaron fuelle al bochorno y a los gritos de los malandros.

También hay individuos que hacen el ridículo de manera consciente y sistemática… De cómo administren el jolgorio y la sorpresa que producen en los demás, dependerá el que los llamen comediantes o gorditos fastidiosos.

Pero el verdadero problema comienza cuando hacemos el papel de tontos sin saberlo o creyendo que nos la estamos comiendo. Ahí sí se acabó todo, como cuando vas por primera vez a la casa de una amiga y, sin que te inviten, te sientas a la mesa, te comes todo el pollo, cuentas cuentos groseros y te acuestas en la cama de los dueños de la casa.

Ahí nadie dirá que «pena» son cuatro letras.

sábado, enero 05, 2008

CADA MANIÁTICO TIENE LA CAMA QUE SE MERECE Le Corbusier era un artista extraordinario. Quién sabe cuál de los meandros de su talento le hacía decir que una silla era una máquina para sentarse o que un sombrero era una máquina para cubrirse la mollera. Según esas definiciones hermosas y tautológicas, la cama es una máquina para dormir, pero también para ver televisión, para hacer cositas, para nacer, para morir, para meditar y hasta para comer, si no te importan las boronas… La cama, señoras y señores, es uno de los grandes inventos de la humanidad. ¿Quién lo duda?

Que la cama sea un espacio definido para solazarse en el placer o para sudar una fiebre malhadada es una muestra de civilización que hoy cubrimos con edredones y mullidas almohadas. Lo que en un pasado remoto fue una capa de hojas y de paja en el rincón más sabroso de la cueva prehistórica, hoy es un colchón semiortopédico montado sobre un jergón y presidido por un extraño copete de madera. Esa historia, la de cómo nuestros tátara abuelos decidieron que debía existir un mueble sobre el cual dormir, siempre me ha intrigado (también me intrigan los hábitos reproductivos de las hormigas, pero eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando).

El invento de la cama fue obra de unos seres que dejaron de errar por el mundo y de dormir donde les cayera la noche. Esa misma gente no sólo decidió que debía dormir bajo un techo, sino que en medio de esas cuatro paredes, no se podía dormir tirado en el suelo. Había que acostarse sobre algo que estimulara el reposo. Así definió que en esta o en aquella estancia del refugio se dormiría y que en ese preciso lugar habría un objeto para ello. Así, la cama es la definición de un espacio (que hoy es rectangular, cuadrado, circular, acorazonado como en los moteles caros…) dentro de otro espacio.

Pero, dejemos el delirio. Solacémonos en el cuento del señor Morales, un hombre de bien, fiel cumplidor de sus obligaciones como ciudadano, como esposo y como padre, que, como todos los seres humanos, tiene sus manías. La de él, tiene que ver con que un día fue con su esposa a comprarse una cama nueva. La señora se enamoró de una que era alta y con unos adornos que recordaban frisos neoclásicos. El señor Morales aceptó a regañadientes adquirir aquel mueble, pero a los tres días, después de haber pasado dos noches de insomnio, fue hasta el cuarto de las herramientas, tomó un serrucho y le rebanó las cuatro patas a su cama nueva. Cuando su esposa lo vio, se puso como una gárgola de ojos incendiados y lengua bífida. Ni hablar de las muecas que hizo cuando su marido arguyó:
—Mi vida, no te pongas así. Las corté porque la altura me mareaba.

La señora terminó en una ambulancia.

Hay gente maniática en todas partes. A Roberto, por ejemplo, no le gusta dormir más allá de las siete de la mañana. Si lo hace, le da dolor de cabeza. Tampoco le gustan las sábanas de figuritas, florecitas ni bichitos porque le pasa lo mismo que al señor Morales: se marea, y no hay nada peor que marearse en una cama. Si lo sabrán los borrachos… Fue un bebedor profesional (y no un marinero) el que inventó el método de «echar el ancla»; es decir: sacar un pie de la cama y apoyarlo en el piso para evitar que aquel mar de alcohol borrascoso se lleve al más allá todo lo que el bebedor consumió esa noche.

Y para que no quede duda de cuán diverso es el mundo de las camas, aquí tienen una bella historia digna de Groucho Marx:

Cuando Lela llegó del hospital, en su cuarto la esperaba una cama-clínica. Esa madrugada habría dormido bien si, de pronto, no hubiera sentido un espeluznante corrientazo.
—No puede ser, mamá. Usted está muy sensible por la operación. Quédese tranquila.
—No. Esa vaina me pegó corriente. Ayúdeme a bajar de aquí o no respondo.

Y cuando lo hizo, la cama explotó.

viernes, enero 04, 2008

LA MANO DE LA GLORIA Hubo un capítulo de Seinfeld que trataba sobre una chica hermosa que tenía manos de hombre. Jerry, George y Kramer le huían a la dama porque no podían con aquellas manos nudosas y largas a las que les faltaba una cremita. Era como si las extremidades no le pertenecieran a su dueña, como si unos extraterrestres, en un experimento demencial, le hubiesen puesto las manos de un plomero o de un mecánico. Por supuesto, el error en la anatomía de aquel personaje femenino era el centro de los chistes y de todas las situaciones de aquel episodio memorable.

Yo no soy como los maniáticos de aquella serie. Yo creo que las manos son perfectas aunque sean feas. Obsérvense las suyas. Mírenlas con atención (si están sucias, por favor, lávenselas). ¿No son una maravilla? ¿No se sienten felices de tenerlas, de poder agarrar con ellas el tornillo de un reloj o el caucho de una gandola? ¿No es una felicidad tener diez dedos y moverlos y jugar a que dirigimos una orquesta o a que dibujamos un dinosaurio en el aire?

No hay nada más sugerente que las manos de una mujer bailando. Otros que le vean los pies, las piernas o las caderas. Yo les veo las manos a las bailarinas. Ahí se concentra un extraño misterio que se parece —no sé por qué— al de las luciérnagas. Una mujer que baila y agita las manos, está a punto de volverse luz.

No se asusten. No estoy delirando. A partir de esta línea vuelvo a ser el de siempre.

Para que me crean, les voy a contar que tuve un tío que sustituía el brazo que le faltaba por otro de madera. Ese tío nunca demostró el menor resentimiento por aquella ausencia. Al contrario. Era un hombre pulcro que aprendió a amarrarse los zapatos y a hacerse el nudo de la corbata con una sola mano. Sólo se quejaba cuando quería hacernos reír a mi hermano y a mí con un cuento escatológico.
—Una vez me monté en un autobús y no había puesto. Tuve que ir de pie, agarrado a un tubo y rodeado por un montón de caballos. Iba incómodo, pero bien, hasta que alguien (un maleducado, sin duda) tuvo la ligereza de dejar escapar de su cuerpo… ¿cómo decirlo de manera elegante?… «un regalito de aire».
—Tele, Tele —mi tío se llamaba Telésforo—, ¿y qué hiciste tú?
—Nada. Ver cómo los demás se tapaban la nariz con una mano y se aferraban al tubo con la otra, mientras yo tenía que aguantar la respiración… Llegué verde a mi casa.

Y nosotros nos reíamos a carcajadas.

Fíjense qué importantes son nuestras manos. Si queremos demostrar que nos gustó la actuación de alguien que está en el escenario, aplaudimos. Si algo nos enciende la curiosidad, lo tomamos, lo vemos de cerca, lo olemos, lo saboreamos y, si no nos satisfizo (o es muy caro) lo devolvemos a su puesto con cuidado. Las manos son tan importantes que cuando mantenemos una conversación con los demás, las movemos para arriba y para abajo, las abrimos, las cerramos, las ponemos a decir o a subrayar aquello que necesita declararse con mucho énfasis, a sostener un cigarro que deja su estela de humo en cada movimiento, a abrirse, a cerrarse, a convertirse en puño o en palma que termina amoratándole la cara a alguien que se interpuso en su camino.

Una vez leí una novela de Patrick O’Brian en la que el doctor Stephen Maturin abordó en Portsmouth una de las naves de su majestad británica, llevando en su equipaje una mano humana disecada a la que estudiaría con fruición. Nunca como en esa oportunidad, los marineros ingleses se sintieron tan protegidos. Para ellos, aquélla era «la mano de la gloria» y nada les podía pasar.

Lo malo fue que doscientas páginas después, en medio del océano Atlántico, el perro del capitán de la Infantería de Marina se comió la mano de la gloria.

Y ya se imaginan Uds. lo que sucedió.

¡Cuántos cuentos! ¡Cuántas manos! ¡Cuántos aplausos!