jueves, febrero 28, 2008

LA MUJER LOBA Melina Bradbury es una señora encantadora que se graduó en arquitectura y ha tenido una vida provechosa tanto en lo que respecta a su familia como a su profesión.

Sin embargo, Melina Bradbury descubrió una particularidad en ella que la llenó de preocupación.

Una noche de luna llena, sin explicación alguna, se subió a la azotea de su edificio y comenzó a aullar.

Sí. Melina Bradbury se transformó en la mujer loba.

Melina Bradbury comenzó a andar por ahí como la mujer loba hasta que un día descubrió que sólo tomando café con sus amigas logra evitar su transformación.

Así, cada vez que sabe que esa noche habrá luna llena, melina corre a buscar a sus amigas para tomar café.

Sin embargo, Melina Bradbury sufre. Sus amigas se están yendo a vivir a Barcelona, a Miami y a Nueva York. Cada vez tiene menos amigas con quienes tomar café y mitigar el efecto loba.

En semana santa, cuando los amigos desaparezcan y se vayan a la playa, Melina Bradbury teme que su conversión en loba se vuelva irreversible.

Melina Bradbury necesita amigos. Denle una mano para que no se vuelva loba para siempre.

miércoles, febrero 27, 2008

LA COBIJA EN LA DISCOTECA Un hombre llamado Brian Castro fue detenido por los porteros de la discoteca Melanoma, que queda en El Tucuso, por querer entrar portando dos almohadas y una cobija.

Brian Castro fue sometido por los porteros de la mencionada discoteca cuando trataba de pasar desapercibido junto a su novia, metiendo al local la cobija y las dos almohadas.

Al ser interrogado sobre qué uso iba a darle a un par de almohadas y a una cobija dentro de una discoteca, Brian Castro sólo respondió:
—Déjenlo a su propia imaginación.

domingo, febrero 24, 2008

ACCIÓN Y MORAL EN HARRY POTTER Infinitas referencias

El conjunto de novelas dedicadas a contar la historia de Harry Potter tiene aspectos que pueden relacionarse con cientos de relatos y mitologías. Podríamos pasar horas buscando las fuentes que J.K. Rowling ha utilizado para crear una obra literaria repleta de citas cuya procedencia tiene que ver con el complejo entramado de la civilización occidental. Casi todos los mitos, casi todos los seres fabulados, mitológicos y religiosos que circulan en Occidente están contenidos en Harry Potter. Ejemplos sobran: ¿acaso el origen de este niño mago no se asemeja al de héroes inocentes como Parsifal? ¿No hay en Harry Potter una especie de poder órfico al haber vencido al mal y a la muerte? ¿No subyace en el personaje de Harry Potter el carácter del elegido, del héroe cultural que viene a redimir a los de su estirpe? ¿No se parece la historia de Harry a la del joven que fue capaz de sacar la espada Excalibur de la piedra en la que fue clavada? A tales ejemplos podríamos sumar la presencia de duendes, hipogrifos, dragones, basiliscos, unicornios, elfos, gigantes, hadas, leprechauns, veelas, trols, bogarts, poltergeists, aves fénix, centauros, vampiros, centauros, licántropos, arañas, gnomos y demás criaturas de un bestiario al que J.K. Rowling agrega seres inventados por ella misma como el sauce boxeador, los escregutos de cola explosiva, las lechuzas mensajeras y los horribles dementores.

Otro aspecto presente en la serie que nos ocupa es la recreación de elementos propios de la novela gótica. El grueso de la acción de estas novelas ocurre en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, cuya sede es un viejo castillo repleto de pasadizos secretos, cámaras oscuras y frías torres. La arquitectura de Hogwarts es la de un enorme castillo rodeado de murallas y flanqueado por un bosque mágico. En estos espacios, el misterio se funde con la oscuridad que producen las viejas bóvedas de piedra. Ellas generan el ambiente perfecto para una historia de magos que recorren infinitos escalones y paredes llenas de cuadros con figuras que hablan y preguntan contraseñas.

Aparte de Hogwarts, el otro espacio que podemos relacionar con la arquitectura y con la novela gótica es la cárcel de Azkaban. Sus espacios, al igual que los de Hogwarts, parecen inspirados en los grabados de Giovanni Batista Piranesi, y lo que sucede en ella, el horror, la tristeza y la desesperanza, se parecen al infierno que describe William Beckford en Vathek. Mientras que los prisioneros de Azkaban están condenados a vivir sin recuerdos felices gracias a la presencia de los dementores, los condenados al castillo subterráneo que hace las veces de infierno en Vathek, deambulan por los pasadizos con la mirada vacía y con el corazón envuelto en llamas para siempre.

Elogios aparte, resulta revelador percatarse de que, en la serie Harry Potter, estos espacios tenebrosos e inspirados en el ambiente que domina obras como Drácula de Bram Stocker, Melmoth el errabundo de Charles Maturin, El castillo de Otranto de Horace Walpole o como El Gólem de Gustav Meyrinck, están gobernados por el Bien, por el deseo de superar cualquier escollo que se atraviese en el camino de la rectitud moral.

Acción, magia y moral

Sin embargo, el orden del universo que se plantea en estas novelas es complejo y fascinante. Por un lado se encuentra el mundo “muggle” o mundo sin magia. Allí los personajes son crueles, monótonos y aburridos hasta alcanzar niveles de oprobiosa caricatura. Así son los tíos de Harry: Vernon y Petunia; así es Dudley, el odioso gordito que goza humillando a su primo huérfano... Por otro lado, se encuentra el mundo de la magia. En ese espacio que es el reverso del mundo real, y donde todo lo imposible se vuelve posible, brotan valores como el honor, la amistad, la fidelidad, el compromiso, el esfuerzo, la inteligencia y el valor. El mundo “muggle” que rodea a Harry al comienzo de cada libro está lleno de una crueldad compulsiva que se ve burlada cada vez que irrumpe en su entorno algo de magia. Es como si al mundo real monotemático y malvado le cayeran unas gotas de anarquía que se vuelve salvadora en tanto logra poner patas arriba a la realidad. Pero, cuidado: advierta el lector que el mundo mágico lleno de los valores morales que se le enseñan a un joven en una escuela como Hogwarts también está expuesto a la anarquía que produce la magia, sobre todo si ésta proviene del “lado oscuro”, de Voldemort, del mago malvado cuyo nombre no debe ser pronunciado por ningún otro mago. En otras palabras, el efecto benéfico que produce la acción subversiva de la magia es relativo. Mientras sirva para subvertir el orden “muggle” que veja a Harry, la vemos con buenos ojos, pero cuando subvierte el orden moral de Hogwarts y del mundo mágico se trueca en algo destructivo. De ahí sólo podemos concluir que la magia es peligrosa; es un don que requiere ser usado con responsabilidad.

La magia, según lo que se percibe entre líneas en las aventuras de Harry Potter, no se limita al extenso catálogo de hechizos, pociones y objetos mágicos, sino a algo más: a la posibilidad creadora del espíritu humano, a su capacidad para amar y odiar, a su eterno dilema entre construir o destruir... Para ser más exactos: la magia es la vida, y la vida (que de por sí es el más impresionante acto de magia que pueda existir aquí o en cualquier otro planeta) es peligrosa. Nosotros, con nuestra lectura, asistimos al momento y al espacio en que un conjunto de personajes encabezados por Harry Potter está aprendiendo semejante lección. Eso explica la riqueza del ciclo, nuestra identificación y fidelidad lectora... Tómese cualquier episodio, cualquier aventura de Harry, Ron y Hermione y se verá que, en sus detalles más pequeños, los personajes están percatándose de que existen la muerte, la fidelidad, la traición, el engaño, la cobardía, el valor, el honor, la tristeza... En fin, todas las posibilidades del abanico sentimental que el espíritu humano puede albergar. Por eso es que en todas las novelas de esta saga hay un elemento que se repite casi en cada página: el dolor.

Si la vida y la magia son peligrosas, también es verdad que hacerse adulto duele. Harry Potter es un personaje consustanciado con el dolor. No sólo le arde el estigma con forma de rayo que lleva en la frente cuando se encuentra cerca de Lord Voldemort; también le duele el alma hasta el delirio cuando se topa con los dementores y éstos le traen a la mente el recuerdo de las voces de sus padres en el momento de ser asesinados. Harry Potter experimenta el dolor cuando junto a él muere Cedric Diggory o cuando Peter “Colagusano” Pettigrew le pasa un afilado cuchillo por el brazo para hacerse con un poco de su sangre. De igual modo sufre hasta el hartazgo cuando no puede desarrollar su patronus para luchar contra los dementores o cuando entiende que su padrino, Sirius Black, debe huir al no poder presentar las pruebas de su inocencia. El dolor de Harry, que es el dolor de hacerse adulto, es inmenso e inconmensurable. En todas las novelas es un elemento que se extiende a lo largo de cada página en forma de retos, pruebas, desafíos que el personaje enfrenta sin poder evitarlos. Cada juego de quidditch, cada aventura en un laberinto, cada acertijo, cada lucha contra un basilisco gigante, contra un ajedrez de piedra, contra un dragón o contra un monstruo cualquiera no son más que metáforas del dolor que produce el aprendizaje, el crecimiento, la toma de conciencia del ser que va dejando de ser niño para convertirse en adulto. Pocas veces como en Harry Potter se ha visto que el desarrollo de las aventuras del personaje tenga un trasfondo tan complejo y tan conectado a valores profundamente humanos. Quizás en este elemento educativo, en este deseo de generar una formación moral que ayude a soportar los dolores de la vida con dignidad, se encuentre el centro del éxito que ha tenido la serie de libros que nos convoca, aparte, claro está, de la creación de un sin fin de situaciones y de detalles henchidos de una admirable originalidad.

Diseño objetual, acción portentosa y magia deportiva

El ambiente en el que se desarrollan las peripecias de Harry Potter está lleno de objetos mágicos que constituyen un reto a nuestra imaginación y a algo que es mucho más complejo. Cuando leemos, generamos una conexión entre las palabras y el mundo. Eso produce, de manera casi inevitable, un cambio en nuestra percepción de lo que nos rodea. Piensen por un instante cómo puede ser ese cambio de percepción, esa sorpresa, ese cuestionamiento a nuestra medianía, cuando leemos un libro donde hay varitas mágicas, huevos que guardan mensajes que sólo se pueden oír debajo del agua, autos y motocicletas voladores, sombreros parlantes, mapas que muestran lugares y personas, escobas voladoras, calderos en los que se hacen extraños menjurjes, “trasladores” para ir de un sitio a otro sin caminar, autobuses “noctángulos”, periódicos con fotos que se mueven, recipientes para guardar los pensamientos, lentes, espejos y juguetes mágicos, adminículos que miden la animadversión entre las personas, libros que hablan, cuadros con figuras que se mueven, capas que vuelven invisibles a quienes se cubren con ellas, barcos submarinos, polvos que sirven para transportarse de chimenea en chimenea, chucherías capaces de hacerle crecer la lengua a quienes las consumen, relojes que permiten a su dueño volver al pasado, velas que se encienden solas, piedras filosofales, cervezas de mantequilla, bebidas de hidromiel y demás adminículos extraños. El mundo creado por J.K. Rowling en Harry Potter está lleno de artefactos que, a pesar de no existir, son coherentes en su diseño; tienen tanta coherencia que en algún momento uno de los personajes se atreve a afirmar que en el mundo “muggle” la tecnología sustituye a la magia... Curioso talento el de diseñar objetos imposibles, el de imaginar objetos creados para violar a través de la fantasía todas las leyes físicas de este mundo.

Tal vez el cenit de esta cualidad creadora de imposibles se encuentre resumida en uno de los elementos más llamativos de la obra: el juego de quidditch.

El quidditch es un deporte que podría existir en la realidad. Salvo porque las escobas no vuelan y porque no existen pelotas que se mueven a voluntad, el deporte más popular del mundo mágico es un evento que tiene su propia lógica, su propio desarrollo y sus propias reglas. Tal vez su presencia en la saga de Harry Potter también responda a una cita cultural, a un guiño de ojo que nos lleve a otros libros o a otras historias. Sin embargo, en este caso, el quidditch tiene menos relación con citas librescas que con el desenfreno visual e imaginativo que manejan con toda naturalidad las nuevas generaciones.

El quidditch es un deporte, y como en todo deporte, hay entre él y la realidad un contrato firmado en torno a la ficción y a la violencia. El reglamento de cada actividad deportiva es la medida de los actos en la ficción que representa cada juego, y cada acción dentro del deporte supone un acto de violencia medida destinado a sublimar un acto de violencia real.

A pesar de sus semejanzas con eventos reales como el basketball, el polo, el cricket y el fútbol, el quidditch es un “deporte” que fluye sin problemas en el espacio de la ficción. Sin embargo, y por más semejanzas que encontremos entre la actividad más popular del mundo mágico de Harry Potter y nuestros “deportes muggles”, hay en el quidditch de la página escrita un enlace con otra actividad de la que lanzan denuestos casi todos los que reniegan de la cultura contemporánea. Me refiero a los juegos de video de los que son fanáticos los mismos lectores jóvenes que con fruición leen las aventuras del niño mago.

Cabe preguntarse (y no es el espacio para extenderse en una larga disertación) si un juego de Street Fighter o de Mario Bros califican como deportes. Visto a simple vista y con una mirada conservadora, pareciera que no. La verdad es que sonaría raro si dijéramos que jugar Nintendo produce en el practicante una mente sana en un cuerpo sano o un desarrollo muscular semejante al que produce la natación. A decir verdad, los videojuegos generan un desarrollo en los reflejos y una agilidad mental que disponen al individuo a un modo de pensamiento que se guía por impulsos rápidos y momentáneos que sustituyen a cualquier discurso pausado. Sin embargo, cualquier videojuego tiene una lógica que encierra en sus reglas la fantasía, la confrontación y la violencia, todos ingredientes que forman parte de las ansias que satisfacen en distintos niveles el deporte, el arte y el entretenimiento.

Un juego de quidditch (tal y como aparece en los libros y en las películas) es tan frenético como cualquier Gamecube o cualquier Playstation. En este particular, resulta muy interesante y muy revelador el hecho de que una obra literaria tan exitosa entre jóvenes como la saga de Harry Potter contenga elementos que provienen de discursos tan tradicionalmente ajenos a la literatura como son el deporte y los juegos de video, y esto porque en el fondo de semejantes actividades subyace la existencia de un mundo moral en el que se exige jugar, competir y ganar sin salirse de las reglas.

El quidditch en Harry Potter es un sucedáneo benéfico de la violencia y del dolor que destila toda la obra. Es un espacio de acción y suspenso ajeno al horror que desata Voldemort y a las cuitas del personaje principal. El quidditch es uno de los ingredientes del libro que mejor se conecta con la imaginación y con las necesidades de sus jóvenes lectores. Por si fuera poco, es junto con el ambiente gótico de misterio, tenebrismo y asesinatos, uno de los engranajes del libro que le permite a la industria cultural contemporánea convertir las aventuras del joven mago en un ecosistema mercadotécnico capaz de desarrollarse en el espacio literario, en la pantalla de cine, en la televisión, en álbumes de barajitas, cd roms y cualquier otro formato.

Final

El mundo retratado en este ciclo de novelas es como una lectura frenética de la Edad Media que nos cuentan las sagas artúricas y los cuentos de hadas. Todo Harry Potter es un inmenso fresco barroco en el que la literatura para niños y jóvenes se revisa a sí misma en un espejo en el que caben todas las citas y todas las referencias. Por eso es tan exitoso. Sin importar las barreras idiomáticas, todos nos sentimos de algún modo retratados en ese enorme libro que, al igual que todos los buenos libros para niños, contiene el catálogo de miedos que nos acosan y la manera de contrarrestarlos. En el fondo, los siete tomos de Harry Potter están diseñados para hacernos más agradable nuestro cruel y fastidioso mundo muggle de todos los días.

Caracas, 6 de marzo de 2003

domingo, febrero 17, 2008

EL DÍA EN QUE A HOLLYWOOD SE LE AGOTARON LAS IDEAS Desde hace tiempo el cine nos tiene acostumbrados a los hechos más extraños. Como muestra tenemos ese tipo de películas en las que los protagonistas de distintas historias se encuentran en una nueva y poderosa superproducción. Recuerden esa cinta donde Freddie Krueger se encontraba con Jason o aquella otra en la que Alien y Depredador llenaban la pantalla de sangre fosforescente y de babas ácidas. ¿Cómo olvidar a King Kong peleando contra Godzilla o a Abott y Costello huyéndole a Frankenstein, a la Momia, a Drácula y al Hombre Lobo?

(Entre paréntesis, mi amigo Tom Monasterios me manda a preguntarles que por qué, en las películas de terror, la gente nunca corre más rápido que los monstruos que vienen a asesinarlos).

Esa estrategia según la cual unes en un mismo producto a dos o más personajes que fueron exitosos en solitario, es típica de momentos en los que los libretistas se quedan sin ideas y los productores quieren ahorrar plata, como ahora…

Pareciera que a los que trabajan en el cine de Hollywood se les agotaron las ideas. Hoy cada día hay más remakes, más partes dos, partes tres, partes cuatro, partes cinco y hasta seis, de películas viejas y exitosas. Si no fuera por el salvavidas que le lanzó la industria del cómic a la del cine, sólo estaríamos viendo versiones cinematográficas de series clásicas de televisión e historias absurdas en las que Terminator se enfrenta con Chuky o Luke Skywalker conoce a James Bond.

Quién sabe cómo se llegó a esta circunstancia, pero habría que pasearse por varias razones entre las que se cuentan la terquedad, la falta de riesgo y la miopía de los nuevos ejecutivos de Hollywood, la obligación de que casi todas las películas tengan los mismos efectos especiales y la idea siempre estúpida de que la vida humana se puede resumir a cuatro o cinco fenotipos, a cuatro o cinco situaciones que se repiten en todas las historias. Eso sin contar con esos manuales mercadotécnicos que recomiendan incluir una escena de acción cada cierto tiempo dizque para que el público no se aburra, convirtiendo a Hollywood en una fábrica de chorizos, cuya mercancía está, en los últimos tiempos, más fastidiosa que nunca. Por supuesto, siempre hay excepciones que te sorprenden y te reconcilian con esa charcutería visual.

Pero, hagamos un ejercicio y tratemos de inventar una escena digna a partir de las premisas que los ejecutivos actuales le imponen al cine hollywoodense. Inventemos una escena en la que aparezcan personajes que provengan de distintas películas y que el gran público ya conozca. Veamos el resultado.

¿Qué pasaría si un día el doctor Lecter se encontrara a la horma de su zapato?

Imaginemos que el doctor Lecter sale de su casa hambriento y que, de pronto, se encuentra en un callejón solitario por donde viene caminando a paso lento un hombre de estatura mediana. El doctor Lecter se saborea porque cree que muy pronto comerá. Sin embargo, no cuenta con que el paseante nocturno no es cualquier idiota que permitirá que alguien lo convierta en su cena. De manera que cuando el médico caníbal se lanza al ataque, recibe de inmediato nueve patadas y tres golpes en la cara.

El doctor se levanta enajenado y adolorido; aprieta los dientes y se abalanza sobre su víctima. Aquel hombre menudo lo recibe con «la garra del tigre», «el puño de la serpiente», «la parada del águila» y lo tira nuevamente al piso.

Por segunda vez el doctor Lecter se incorpora y va a por su cena. En esta oportunidad se lanza sobre la yugular de su víctima, cual león. No obstante, el hombre hace un extraño movimiento y, con un certero golpe en la garganta, deja tirado al doctor en medio de un oscuro desmayo.

El doctor Hannibal Lecter nunca supo que esa noche trató de comerse a Bruce Lee.

lunes, febrero 11, 2008

ENRIQUE ENRIQUEZ Y EL LENGUAJE DE LOS PÁJAROS
Enrique Enriquez continúa sus investigaciones con respecto al tarot y al uso de metáforas para hablarle al inconsciente de cada persona, lo cual ha generado interesantes mutaciones en su proyecto Poesía de la mente, que ahora pueden observarse en www.mindpoetry.com.

¿Qué nuevos elementos le has añadido al proyecto Poesía de la mente?
Quizás la novedad esté en proponerme un lenguaje más sintético, en el que las metáforas son a la vez menos extensas pero más profundas, y la necesidad de enganchar a la mente consciente se hace menos apremiante. A través de todo el trabajo en el blog he ido redefiniendo y descubriendo cómo las metáforas tienen un poder restaurador que se activa cuando la metáfora genera en quien la recibe un desplazamiento cognitivo, y también he entendido que, por un lado, ese desplazamiento no necesariamente se da a la primera de cambios, cuando la persona lee el mensaje, sino que más bien la lectura del mensaje es como una «inseminación» que transforma su percepción del mundo.

Antes trabajaba los mensajes en dos partes. En una hacía una especie de diagnóstico, diciéndole a la gente «estás aquí» y, en otra, hacía la prescripción de una metáfora destinada a movilizar a la gente. Ahora diseño mis mensajes para que las mismas metáforas sean a la vez descriptivas y prescriptivas.

¿Existe alguna relación entre tus lecturas sobre el Tarot de Marsella y la recomposición de la síntesis del proyecto Poesía de la mente?
Quizás la relación esté en algo que he estado investigando últimamente y que se llama Lenguaje de los Pájaros.

Originalmente se define como el lenguaje de los trovadores utilizado para pasar contenidos «por debajo de la mesa», sea para burlar a las autoridades oficiales o a quienes no pertenecían a cierta élite, pero también para «contar» el amor a dios con el vocabulario de la pasión humana, como hacían los poetas sufíes.

Este es un lenguaje que en algún momento fue visual, y vemos en las catedrales románicas de Europa, y en otro momento pasó a ser verbal, y aún hoy en día se practica en Francia, que es el país de origen del Tarot de Marsella, a través de juegos de palabras fundamentados sobre todo en la homofonía. He estado estudiando el lenguaje de los Pájaros para entender mejor la naturaleza única del lenguaje visual del Tarot de Marsella, y me di cuenta de que en realidad el Lenguaje de los Pájaros no es tanto un lenguaje como una forma de aproximarse al lenguaje, a cualquier lenguaje, activando en él aquellos atributos que le hablan directamente al inconsciente, que privilegia la forma (color, sonido, ritmo, vibración, etc.) sobre el significado.

Tanto mi aproximación al Tarot de Marsella como mi trabajo con la poesía de la mente hacen uso de esos atributos, porque mi interés es hablarle directamente al inconsciente, generando una «toma de fuerza», un evento cuya resonancia no es intelectual sino emocional.

¿Cómo funciona el Lenguaje de los Pájaros?
El Lenguaje de los Pájaros opera al «borde» del lenguaje, es decir, cuando el lenguaje operativo se disuelve y nos quedamos sólo con las formas, que son las que afectan directamente al inconsciente. Por eso yo no creo que sea un lenguaje, sino una forma de activar algunos atributos de cualquier lenguaje, para obtener revelaciones. La comparación perfecta entre el Lenguaje de los Pájaros y el Tarot de Marsella es la metáfora del tarot como alfabeto. No podemos hacer calzar las cartas con las letras, eso seria como meter al pájaro en la jaula. Pero podemos aprender a ver al Tarot como signos en lugar de símbolos, si nos detenemos a mirar a las letras como si no las hubiésemos visto nunca: la P es una I que saca el pecho, está henchida de si misma. La G es una O que se revisa el ombligo. La U eleva los brazos hacia el cielo, se hace receptiva a las instancias superiores del mundo, pero no puede, como la V, utilizar lo que recibe para afincarse en la tierra. Nosotros no vemos el lenguaje así. No vemos la T del nombre Tomás y decimos «mira, tú mismo vives poniéndote techos intelectuales», porque la T es una I que decidió taparse la cabeza para limitar su crecimiento vertical. Pero cuando aprendemos a detectar esos otros atributos en las letras, aprendemos a ver los mensajes que nuestro propio nombre le ha venido dando a nuestro inconsciente toda la vida. Ahora, si extrapolamos eso al Tarot, y el lugar de perder el tiempo tratando de buscar correspondencias entre las 28 letras del alfabeto y los 22 arcanos mayores, miramos al mago como un indicativo de «pararse derecho», o a La Estrella como un indicativo de «dejar que el agua corra» aprendemos a ver aquello que en las cartas es intuitivo, porque rebasa los condicionamientos de la mente consciente para darnos una impronta que, en la mayoría de los casos, se entiende sin expresarse con palabras.

Y ese entendimiento cambia, porque ya no se trata tanto de establecer significados como de encontrar sentido, y el sentido no depende de las unidades, cada letra, cara carta, sino del contexto.

Una de las razones por las cuales el Lenguaje de los Pájaros se llama Lenguaje de los Pájaros es precisamente porque vive «en el aire» sin posarse nunca definitivamente. En ese sentido es un lenguaje de eterna poiesis, de eterna creación de sentido, en oposición a la idea de «definir», porque «definir» es precisamente «de», «fin», «ir» ir al fin de las posibilidades de algo, enjaulándolo.

Ahora, piensa en cómo, así cómo uno puede mirar a las cartas ignorando los significados que histórica y culturalmente se le han impuesto para obtener una revelación, uno puede mirar a una persona sin reparar en su raza, sexo, edad, etc., y poner en palabras el modo en que esa persona impacta a tu inconsciente. Eso es la Poesía de la Mente

¿Les has añadido nuevas variables a tus lecturas del tarot?
Lo más relevante es que he comenzado a detectar en el proceso de la adivinación aquellas cualidades que lo equiparan a la inducción hipnótica y estoy trabajando más conscientemente en transformar cada sesión, sea personal o a través del blog, en un trance inspirador.

sábado, febrero 09, 2008

SUEÑO CON MONSTRUO Y PAELLA He huido de bestias horribles. He llorado como no lloraba desde que era un niño. He visto colores que no existen en la realidad. He visto amigos muertos hace años. He hablado con mujeres hermosas que no sé si caminan en este mundo o en otro. He recorrido pasillos interminables. He volado y he caído por barrancos sin fin. Si nunca has soñado o no recuerdas lo que soñaste anoche, no sigas leyendo esta crónica porque te parecerá una tontería.

Hace casi un año soñé con que en un lugar de nuestro planeta se estrelló un meteorito habitado por unos gigantescos tigres de dos cabezas. Como la imagen me gustó tanto y no se esfumó de mi memoria, me he dedicado a la tarea de escribir un cuento basado en esa bella exageración que sólo es posible en un sueño.

Hay gente que tiene la mala fortuna de ver cómo las anécdotas y los temores que pueblan su vigilia, se transfiguran en situaciones la mar de absurdas en el sueño. De manera que esas personas no descansan; se despiertan sudando y gritando a media madrugada o riéndose de las barbaridades que vieron en esa otra vida que comienza cuando nos dormimos. Y es que la mente trabaja de la manera más extraña. A veces, el cajero de banco se acuesta y sueña que está contando billetes y más billetes. En otras oportunidades, el mismo personaje se va a la cama y empieza a soñar con cuatro australianos tatuados que salen del interior de un rinoceronte. ¿Por qué una noche la mente continúa enfrascada en lo mismo que estuvo enfrascada durante la vigilia y otra noche la mente se descarrila hacia lugares insospechados? Quién sabe. Quizás mi tío Ricardo Vidovič tenga razón:
—Uno no debe comer tanto antes de dormir porque sueña muchas güevonadas.

Ricardo Vidovič es de los que, sin razón aparente sueña siempre lo mismo: una carretera de noche por la que viaja a doscientos kilómetros por hora en una camioneta azul, mientras oye un CD con las mejores canciones croatas de todos los tiempos.
—Cuando se acaba la última canción, me despierto y voy al baño. Siempre que estoy frente al retrete, medio dormido, me pregunto cuándo irán a poner un baño en esa carretera.

Cuando eres chamo, tienes la pretensión de que puedes conducir tus sueños a voluntad, pero pronto te das cuenta de que la mente viaja sola. Muy rápido aprendes que los sueños se controlan sin tu ayuda, que son como una película que alguien proyecta para ti, que tienes una salita de cine particular en algún lugar de tu cabeza, y que no puedes hacer nada distinto a maravillarte, alegrarte o morirte del susto.
—Uno sólo controla los sueños que tiene despierto —dice Ricardo Vidovič—, y por un ratico nada más... Ah… y frente a un whisky.

Luis Buñuel decía lo mismo y añadía que la barra silenciosa de un bar oscuro era el lugar ideal para llevar a cabo esa operación por medio de la cual puedes dirigir tus ensoñaciones hacia donde quieras y armar pequeñas y fugaces historias. Hacer eso es todo un arte. Que lo digan los que lo usan para relajarse, para quedarse dormidos o para terminar haciendo cosas que no referiremos aquí…

Cuando la vida te ha dado varias veces tu merecido, aprendes que los sueños son algo así como el documento en D.O.S. de la narrativa de tu vida; que por muy locos que sean, siempre te hablan (a través de símbolos y metáforas) de lo que piensas sobre tu propia experiencia vital.

Lo raro es que uno siga soñando con tanto monstruo... Igual les recomiendo que guarden una libreta y un bolígrafo en su mesa de noche. Quién sabe qué quieran decirnos esas fieras con las que soñamos, y es mejor estar preparados.

Nunca sabremos si los sueños son la versión cerebral del salvapantallas de nuestra computadora o si son otra cosa. No pensemos mucho en eso. Mejor disfrutemos nuestros sueños y roguemos que a Ricardo Vidovič le pongan un baño en la carretera.
Jean-Michel Basquiat: Famous moon king; 1984

martes, febrero 05, 2008

LOS INVENCIBLES Hace un par de años, Rodrigo Blanco Calderón nos sorprendió con Una larga fila de hombres, su primer libro de relatos. En esta oportunidad, con Los invencibles, lo que ha hecho es confirmar la razón por la cual comenzamos a prestarle atención a su nombre y a esperar con interés su nueva producción.

Los invencibles es un libro muy (y subrayo con deleite el muy) bien escrito, con unos cuentos poderosos llenos de subtramas, de citas y referencias a otros cuentos y a otros libros. Es un volumen que muestra la huella de un trabajo literario muy bien pensado, ambicioso y fruto de horas y horas no sólo de lecturas, sino de reflexiones sobre lo leído. Los invencibles es un libro que, además, supone un paso adelante con respecto a su antecesor en cuanto a búsquedas y a problemas literarios por resolver. Este joven y gran narrador se planteó un gran reto con la escritura de estos cuentos, cosa que aplaudimos con el mayor entusiasmo y con la mayor admiración porque creemos que los artistas en general no deberían repetir aquello que les sale bien; deben plantearse siempre otros problemas y asumir desafíos que pongan a prueba sus talentos y el material del que está hecha su voluntad creadora.

El ser producto de la asunción de ese reto, lo impecable de su escritura y el innegable talento para diseñar historias que conmueven y sorprenden a los lectores, son los extraordinarios logros de este libro complejo y entretenido que no dudamos en recomendar.