jueves, enero 29, 2009

LA ANATOMÍA OSCURA DE LA GRÁFICA POPULAR ¿Quién no ha sonreído al ver un pez gigante que lleva una corona y que te anuncia que él es el rey del pescado frito? Nadie.

Nuestras calles están repletas de letreros hechos a mano. ¿Quién no los ha visto? Hemos comido debajo de arepas gigantes moldeadas en fibra de vidrio; hemos dado cuenta de innumerables perros calientes al lado de carritos que exhiben coloridas salchichas bailarinas. Hemos arrasado empanadas al lado de pinturas que las retratan con mano segura. Hemos acudido a comer cachapas en tarantines cuya única identificación es el dibujo de un jojoto perfecto. Hemos mandado a reparar nuestros electrodomésticos en locales donde aparecen dibujadas, con todo detalle, una nevera y una lavadora. Hemos dejado nuestras camisas en lugares que se identifican con el dibujo de una plancha. Hemos comido, bebido, comprado y demás, en sitios que se anuncian al público a través de carteles, de esculturas, de rótulos y de murales en los que predominan las imágenes sobre las palabras o, si lo prefieren, los pictogramas sobre los fonogramas.
Esa preeminencia de lo pictográfico es el detalle más importante a la hora de analizar estos anuncios. Como fueron diseñados para funcionar en entornos donde hay muchas personas con carencias lecto-escritoras, son así de directos; nada de metáforas visuales ni de devaneos ni de tonterías. Si tu negocio es el pollo asado, el anuncio que recibirá a tus clientes contendrá la figura de un pollo asado. Si ves un simpático muñeco hecho con el silenciador de un auto, pues ahí deberás dejar tu carro para que le quiten ese maldito ruido que tanto atormenta a tus vecinos.Aunque nos guste y la analicemos como la versión naif del diseño visual o como una interesante y muy prolífica rama del arte ingenuo, la gráfica popular responde a las necesidades de unos comerciantes que les ofrecen sus productos a unos consumidores que, por lo general, tienen serias fallas de comprensión lectora. De ahí que el rotulista tenga que apelar a la representación fiel y detallada de los objetos. Hacer otra cosa sería arriesgarse a la incomprensión por parte del público y, por supuesto, a la ruina del negocio.La gráfica popular funciona igual que las imágenes de una cartilla escolar. En ellas, si se habla de un oso, aparece el dibujo de un oso; si se habla de una casa, aparece el dibujo de una casa y ya. Con la cartilla se le enseña al lector que existe una relación entre las palabras escritas y los objetos. Las imágenes sirven de puente entre unas y otros. Cuando el lector logra establecer esas relaciones en su mente, deja de necesitar los dibujos impresos en la cartilla.La gráfica popular es un reino en el que tanto los que la consumen como los que la conciben, necesitan establecer puentes entre las palabras y los objetos. Muchos de ellos apenas saben leer y escribir y necesitan entrar en el intercambio normal de información. Por eso una ciudad en la que abundan estos anuncios se convierte en una ciudad-cartilla. La gráfica que se expone en esos carteles no es mero adorno; es el elemento más importante del acto comunicativo que allí se produce. Eso se debe a que las imágenes literales son a la comunicación visual lo que la mímica es al intercambio de pareceres a viva voz: un conjunto de señas que pueden ser entendidos por cualquier persona en cualquier parte del mundo.A simple vista podría pensarse que ante la obligación de crear imágenes literales, al rotulista no le queda espacio para el regodeo formal o para el derroche de talento. Nada más alejado de la realidad. La gráfica popular se caracteriza por su sentido del humor siempre punzante, por la síntesis rigurosa a que somete las formas, por el establecimiento de nuevos y delirantes significados y por la creación de un discurso visual que comparte variables temáticas y conceptuales con los discursos de otras artes populares como son la música, la danza, la pintura y la literatura oral.A pesar de su amabilidad, la gráfica popular no es tan simple como parece. Sus formas esconden un drama; el drama de que en nuestro país (o en cualquier comarca que prospere) todavía existe mucha gente que no sabe leer ni escribir o que lee y escribe a durísimas penas, y por eso se comunica a través de dibujitos.

Es duro, pero es verdad.

martes, enero 27, 2009

EN AUSENCIA DE UN MANUAL DE URBANIDAD Destruyamos el posible valor de este escrito tratando un asunto que no le importará a nadie dentro de unos meses. Hablemos de política o carguémosla contra un jugador de béisbol o de fútbol… Empiezo a escribir sobre estos temas y, de inmediato, me aburro. Prefiero salir a buscar sobre qué escribir donde siempre lo hallo: en el barril sin fondo de nuestra estulticia.

Convirtámonos (una vez más) en un cañón y disparemos varias andanadas. Comencemos por la manía de la gente que vive pegada a su teléfono celular, a su Blackberry o a su Iphone.

¡Qué raras son esas personas! Estén donde estén (un bautizo, un almuerzo familiar, una reunión de trabajo, un estadio) siempre sacan su aparato y se ponen a jurungarlo. La gente así pone varias caras a saber: 1) Cara de que está haciendo una llamada muy urgente. 2) Cara de que está hablando con alguien encumbrado. 3) Cara de «qué ladilla con esta boda». 4) Cara de que la felicidad se encuentra a una considerable distancia del lugar desde donde se usa el teléfono. 5) Cara de «mira qué importante soy porque, a pesar de que estoy visitando a mi ahijada que acaba de parir, me llaman para preguntarme algo relacionado con la oficina». Eso sin contar con los rostros patibularios que exhiben quienes ponen a funcionar sus teléfonos como reproductores de música en el metro o en el autobús y les sabe a casabe la tranquilidad de los que se encuentran a su lado.

Como hoy en día los teléfonos son más que teléfonos (toman fotos, reproducen archivos MP3, se conectan a Internet, etcétera, etcétera) y, aparte de eso, vivimos en una época en la que los malandros, el trabajo, el tráfico y un sin fin de circunstancias nos exigen estar comunicados, la gente los usa más y los ha convertido en una parte esencial de su propia existencia.

No diremos aquí si eso está bien o mal. Tan sólo creemos pertinente recordarles que es de muy mala educación estar mirando la pantalla del celular mientras les hablan, imponerle el ruido del MP3 telefónico a los demás o aislarse de aquellos con quienes estamos reunidos para contestarle un mensajito de texto a un fulano que se encuentra a kilómetros de donde estamos.

Carreño no escribió sobre teléfonos celulares, pero siempre es bueno recordar que, en cuanto a los buenos modales, lo primero que se impone es el sentido común y si estás con alguien, lo más sensato es que le mires a la cara mientras te habla.

Otro asunto que clama por nuestra atención es el relativo a los grafiteros.
—¡Coño! ¿Esos grafiteros no están fastidiando más de la cuenta?
—Sí, sobre todo cuando se cuelgan de cuanto tubo, poste, reja, cuerda, muro, silla y/o taburete encuentran para pintar sus estupideces gráficas en los sitios más inusitados.

Hoy en día abunda un tipo de grafiti que colinda con el vandalismo más abyecto. Hay grafiteros para quienes no basta rayar; tienen que dejar su marca en la propiedad de otros. ¿Por qué en lugar de rayarle el balcón a una casa ajena, estos grafiteros ociosos (delincuentes gráficos, megalómanos de la pintura industrial) no se rayan sus traseritos hip hop?

Quién sabe. A lo mejor ya los tienen rayados...

En todo caso, habría que conversar con los fundamentalistas para que dejen de denigrar de la existencia de los aparatos telefónicos y de las latas de pintura en aerosol, como si los teléfonos y los potes de spray tuvieran la culpa de las necedades que cierta gente hace con ellos…

Ojalá tuviéramos más espacio. Así nos desgonzaríamos hablando de otras barbaridades que podrían corregirse cumpliendo con las normas de un manual de urbanidad o, en su defecto, respetando al prójimo.

Hasta entonces… Eso sí: no olviden que en este país las fuentes ornamentales terminan convertidas en criaderos de paramecios.

miércoles, enero 21, 2009

NO ES UN CABALLO; ES MI NOVIA La mujer pasó en su carro a toda velocidad. Llevaba la ventana abierta y gracias al humo que salía de su boca inflada, a Rodrigo y a mí nos pareció un monstruo.

Es probable que no fuera fea; que fuese una chica linda, perfumada, alegre, jovial, pero es que el cigarro escoñeta a cualquiera. Y conste que no hablamos de la salud (dejemos esa conversación para otro momento). Hablamos de que las mujeres ponen cara de caballo cuando fuman o, más bien, cuando se acaban de quitar el cigarrillo de los labios y expulsan el humo.

Mi pequeño hijo y yo hicimos otra observación que tiene que ver con las muecas que hacen los músicos cuando tocan sus instrumentos. No hay guitarrista que abra los ojos ni baterista que cierre la boca. Los peores son los rockeros; todos ponen cara de orgasmo. Uno podría organizar una exposición de fotografías de las bocas de los rockeros del mundo… Se llamaría «Jetas del rock» y Oral B (o Colgate) sería el perfecto patrocinante.
En cuestión de poner caras extrañas las bailarinas de flamenco están mandadas a hacer. El cante jondo es una cosa tan seria que no te puedes reír. Tienes que cantarlo con cara de que se murió tu mamá, pegar lecos y administrar tu voz para que suene algo ronca… No, no tan ronca como las voces de los cantantes italianos. De Nicola Di Bari a Ricardo Cocciante y de Paolo Conte a Eros Ramazzoti, la canción italiana es un papel de lija en el gañote.

Pero no es de cantantes italianos que estamos parlando…

Decía que hay rostros de rostros y caballos de caballos. Como suele suceder, la gente hace muecas de todo calibre sin pensar demasiado. Observen el éxtasis que se refleja en la faz del obrero que revienta una calle con su taladro mecánico. Ese rostro no tiene comparación con nada que exista en este mundo. Es muy probable que su dueño no diga «y ahorita voy a poner una cara que exprese todo el placer que me da reventar esta acera». Seguramente esa cara sale así porque sí, porque el disfrute contrae los músculos faciales y convierte su rostro en el de un caballo. Eso nos hace pensar que la chica que pasó frente a nosotros al comienzo de esta crónica, gozaba un mundo con su cigarro en la boca.

Y nosotros diciendo que parecía un monstruo… Pobrecita.Entre los pocos seres humanos a quienes el rostro no les cambia por obra y gracia del placer o del dolor, está Buster Keaton. Al Buster Keaton de las películas mudas le podía pasar cualquier cosa (verse arrastrado por un huracán, manejar un trasatlántico, disparar un cañón, correr delante de un pelotón de policías) y jamás mudaba su expresión. La alegría o la desgracia no le quitaban el control de sus músculos faciales. Ésa era una de las características de su personaje: nada lo perturbaba; nada hacía que su cara se convirtiera en la de una yegua. Por eso fue un humorista estoico (o viceversa).

Como a la gente no le gusta que le hablen de películas mudas, sigamos con nuestra disertación.

¿Se han preguntado alguna vez por qué abrimos la boca cuando la gota de solución oftálmica está a punto de caer sobre uno de nuestros ojos irritados? Ahí hay un misterio que Grisson (el bistec forense de CSI) nos explicaría en un santiamén. La relación ojos-gotas-boca es más difícil de explicar que las muecas que hacen las damas cuando se maquillan o los caballeros cuando se afeitan. Al fin y al cabo, si no mueves para allá o para acá la boca, puedes arrancarte un trozo de rostro o quedar mal afeitado. Ésos que andan por ahí con una mata de pelos colgándoles de un cachete, no hicieron las muecas pertinentes. Por eso parecen caballos sin necesidad de cigarros ni de guitarras o taladros que les produzcan orgasmos.

Pongan las caras que quieran, pero procuren deformarse cuando nadie los vea.

Luego no se quejen si mi hijo y yo los llamamos caballos.

domingo, enero 18, 2009

ADOLFO BIOY CASARES

Llevo días, fascinado y sorprendido, leyendo a Bioy Casares. Diario de la guerra del cerdo, por ejemplo, me sorprendió y me pareció un libro conmovedor. A pesar de que su anécdota central nos habla de un país en el que se produce una inexplicable escalada de violencia contra la gente mayor, el libro no constituye una distopía. Al gran Bioy Casares no le interesó explotar esa sensación de futuro posible, extraño y apocalíptico que tienen las distopías; más bien le interesó explorar distintos ángulos de la vejez, ese fenómeno natural al que todos tememos y del que no nos gusta pensar. Lo mejor de esa anécdota es que la recibimos desde dos caras: una pública, relacionada con los asesinatos y con los desmanes que se cometen contra los ancianos, y otra que podríamos llamar privada, en la que asistimos al proceso mental que supone la vejez para Isidoro Vidal, el protagonista de la novela.

Isidoro Vidal muestra sus dientes postizos, se reúne con sus amigos, se enamora de Nélida y se muda con ella, se esconde de las hordas de asesinos, reflexiona... Todo lo que hace y dice Isidoro Vidal es una demostración de cómo la vejez reta, mientras se esté vivo, la dignidad y el orgullo de cada persona. Cuando terminas de leer la novela, terminas diciéndote que aunque tu cuerpo envejezca, seguirás siendo el mismo (con todo lo que eso supone).

La literatura de Bioy Casares tiene un truco que se repite de relato a relato. Tú siempre caes en sus redes una y otra vez terminas fascinado. Ese truco consiste en que el narrador te habla de las nimiedades más absolutas: cajas de galletas, pantuflas, la dentadura postiza de un anciano, la marmita para preparar el mate, la alfombra de un hotel, un espejo, un adorno de porcelana... Y en medio de esos minúsculos detalles de la vida, introduce algo sorprendente, valga decir un fantasma, un fenómeno paranormal, un artificio mecánico diseñado por científicos locos... En Diario de la guerra del cerdo no hay fantasmas ni eventos fantásticos, pero en medio de la descripción de unas cotidianísimas galletas introduce una mujer desnuda. Ese detalle hace que Diario de la guerra del cerdo sea un libro raro, o al menos distinto, a otros de don Adolfo en los que aparecen focas telépatas, aviones que aterrizan en mundos paralelos, máquinas filmadoras que funcionan a partir de la fluctuación de las mareas, jóvenes que confunden el futuro con el pasado, gusanos gigantes que devoran gente, etcétera, etcétera.

Hasta ahora he leído las novelas El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo y La invención de Morel, además de los libros de cuentos La trama celeste y Una muñeca rusa. En líneas generales, las primeras me parecen más sencillas que los segundos. Para que se den una idea de a qué me refiero, les diré que la mayoría de sus cuentos tienen algo raro al final: explican demasiado, demuestran una necesidad un tanto forzada de hacer encajar todas las piezas, como si se tratara de armar rompecabezas... Claro, esa necesidad forma parte de la estética del relato fantástico clásico, de la estética del propio escritor y de su obsesión por escribir historias perfectas en las que nada quede fuera de su puesto.

Ya veremos cómo me va con otros libros de este gran maestro. Por lo pronto me esperan Plan de evasión y Dormir al sol.

Cuando los lea, les contaré mi experiencia.

lunes, enero 12, 2009

LA VELOCIDAD DE LA SOMBRA
1
Dolores invitó a Arturo a una pequeña fiesta en su casa. Él acudió feliz de la vida no sólo porque le encanta una kermés, sino porque sentía un cariño muy especial por su amiga.

A las ocho en punto de aquel sábado, Arturo y su esposa Valentina hicieron acto de presencia en casa de Dolores. Después de los saludos habituales, los esposos se adentraron en aquel apartamento radiante y ordenado; conocieron gente, elogiaron la decoración de la mesa de los quesos y comentaron con los amigos algo sobre la música que sonaba desde la base de un ipod. Al rato, cuando ya habían probado los abrebocas y conversado con una rubia de tetas operadas que vive en Phoenix, sucedió algo que dejó atónito a Arturo.

De pronto, el tuqui-tuqui se detuvo. Parada junto al ipod, la dueña de la fiesta les sonrió a sus invitados y les pidió su atención porque ahí, junto a todos ellos, se encontraba una enóloga muy prestigiosa —y señaló a una gordita de metro y medio de altura— que venía a compartir sus conocimientos sobre el vino con todos los presentes.

Arturo y su esposa se miraron las caras, al tiempo que la gordita iniciaba su discurso sobre las distintas cepas, los diferentes bouquets, y los diversos cuerpos de este licor ancestral. Arturo alternaba su mirada entre Dolores, la gorda metro y medio, y la sala del apartamento donde se encontraban… En eso estuvo durante un largo rato sin prestarle la menor atención a las disquisiciones sobre tintos, blancos y rosados, hasta que dio con lo que le parecía raro de aquella trampa en la que él y su esposa habían caído cual conejos…
2
Carlos tenía un iphone a pesar de que su cuenta de ahorros estaba en rojo, de no tener trabajo y de vivir alquilado en una habitación con derecho al baño y a las cucarachas que traía consigo el baño. Para nuestro amigo el iphone es un tesoro que le recuerda que más allá de las privaciones a las que está sometido, hay una vida bella y agradable que vale la pena.

El otro día lo botaron del trabajo como parqueador de autos porque le dio su merecido a un cliente que quiso birlarle su aparato telefónico. El tipo creyó que Carlos había metido la mano en el bolsillo de su chaqueta y le había sacado su iphone. No preguntó antes ni se le pasó por la cabeza que el parquero tuviera también un artefacto idéntico al suyo. El cliente vio el iphone en manos del sujeto que le estaba entregando su carro, y de inmediato se imaginó que era su súper teléfono. Por eso dijo lo que dijo. Por eso le dejaron la cara como se la dejaron. Por eso —porque no se coñacea a los clientes— botaron a Carlos de su trabajo.

El detalle que faltaba
¿Qué vio Arturo? ¿Qué fue lo que le pareció extraño de aquella fiesta trocada, de súbito, en cata de vinos? ¿Qué diablos hace un sujeto como Carlos con un iphone? No es que los que los que trabajan estacionando carros no tengan derecho a tener un iphone, pero ¿por qué les da por ahí? ¿Por qué no se compran algo más necesario? ¿Por qué adquieren un teléfono tan caro en lugar de ahorrar y buscarse un baño sin cucarachas?

Arturo vio algo muy sencillo: en la casa donde disertaba la gorda, no había un sólo libro. Donde no hay libros, no hay cultura. Y el vino es cultura. Que lo digan los griegos... Arturo armó su silogismo a la velocidad de la sombra (que es más rápida que la de la luz) y concluyó que una cata de vinos en una casa sin libros, era una frivolidad mayúscula. Su amiga Dolores le había revelado la cara nueva rica de su personalidad.

¿Qué une a estas dos historias? El carácter ingenuo y a la vez perverso de sus personajes. Si a ver vamos, no existe una gran diferencia entre poseer un iphone aunque vivas entre chiripas, y dártelas de exquisito a pesar de que no cultivas tu intelecto ni tu espíritu.

He ahí la raíz de todos los males. Hasta la próxima.

miércoles, enero 07, 2009

AIRE ACONDICIONADO El aire acondicionado es uno de los grandes inventos de la humanidad; que lo digan quienes, a esta hora, duermen en Cabimas, Ciudad Ojeda, Puerto Ordaz, Maracaibo o Maturín…

El calor embrutece. Las células de nuestros débiles organismos no pueden con las altas temperaturas; se postran, se lentifican, se alelan, de derriten. No hay poder que te abstraiga del calor. Somos uno con el ambiente; formamos parte de él. Si el sol aprieta, sufres; tu piel comienza a arder, tus neuronas se aflojan, pierden su agilidad habitual para trabajar en cuestiones importantes. Por eso el aire acondicionado es tan necesario. Nadie aprende nociones elementales de trigonometría en medio de un vaporón.

Es horrible oír hablar de Crimen y castigo o de cualquier otra maravilla literaria en medio de un salón de clases en el que el aire casi se pone en llamas. Es inútil tratar de concentrarse mientras uno se achicharra. El cerebro se cierra. Por eso hay tanto bruto en nuestro país. Por eso hay tanta gente impermeable al saber… El calor en las aulas de las escuelas y de los liceos venezolanos genera algo, quizás una marca indeleble, en la mentalidad de muchas personas. Sus espíritus terminan fritos. Por eso cada vez que oyen hablar de Doña Bárbara o de El pasajero de Truman, comienzan a sudar.

Visto así, el aire acondicionado no es apenas un refrescador de ambientes; es un recurso que sirve para facilitar la transmisión del conocimiento. Por tanto, no está bien que sigamos viendo a estos aparatos con ojos indiferentes o como si fueran máquinas expelidas de la fábrica universal de las frivolidades.

Al aire acondicionado le sobran los detractores. Unos dirán que, por mantenerlo encendido mucho tiempo, la cuenta de la electricidad aumentará a niveles astronómicos. Otros se aferrarán a que es antiecológico, que su uso enfría el aire de una habitación, pero estimula el calentamiento global. No faltará quien abogue por la ventilación natural, por el uso de las viejas y nobles ventanas o por la belleza de los muros calados… Es muy probable que quienes denigran del aire acondicionado tengan razón (aunque no se pueden dejar las ventanas abiertas porque se te meten los ladrones y los zancudos en tu casa). Sin embargo, no hay nada como dormir arrullado por el ronroneo de una de estas máquinas… Uno entra en alfa con ese sonido. Tu sueño se desliza feliz por la línea monótona y perfecta de ese motor que enfría el aire. No te despiertas sino hasta la mañana, arropado, feliz, contento… La línea sonora que te llevó de la noche al día, es la misma que separa el calor del frío, la brutalidad de la inteligencia.

Los nuevos «mini-splits» no hacen ningún ruido. Es muy probable que la próxima generación de usuarios de aires acondicionados no sepa lo que es dormir con ese delicioso ruido de fondo y con esos momentáneos estremecimientos que tienen estos aparatos cuando llevan mucho tiempo encendidos… Es como si suspiraran o como si alguien les apretara el cloche y aumentara o redujera su velocidad.

Ya estoy delirando…

El aire acondicionado crea atmósferas maravillosas. Aunque nunca faltan los fanáticos que ponen a congelar ambientes porque sí, porque les da la gana, como sucede en los autobuses ejecutivos… Ahí uno viaja congelado y a oscuras. Si dices algo, te dicen que es política de la empresa poner el termostato en «modo Polo Norte» y listo: a titiritar a tu asiento o a otra línea de autobuses.

Llévate una cobija del Hombre Araña para que no te congeles.

En cuestión de temperatura (como en todo en esta vida), los extremos enferman… Igual hay que dar gracias por la invención del aire acondicionado.

Y que a los ecologistas se los coman los zancudos…