viernes, febrero 27, 2009

EL IMPLACABLE AZAR Hay personas cuyas vidas transcurren frente a una máquina tragamonedas, y juegan y ganan y pierden y son felices porque «invierten» su tiempo en arriesgar su patrimonio. En todo jugador hay un adicto a las endorfinas que destilan a borbotones los que caminan sobre la cuerda floja. La gente así siente que vive más porque sabe que el azar reproduce el caos, la casualidad, el absurdo y la belleza que supone la vida.

A los jugadores la existencia se les va en planificar lo que harían, si el azar les fuera favorable. Con esa esperanza, apuestan a X caballo, se sientan en el bingo con su cartón en las manos, juegan cartas, miran al crupier que le da vueltas a la ruleta, lanzan los dados, apuestan, fracasan, vuelven a apostar y esperan sentir en sus espaldas el roce fugaz del ángel de la victoria.

Unos compran números de la lotería, se deleitan sacando cuentas extrañas, descifran sueños y permutan al derecho y al revés la fecha de la muerte del abuelo Picardo. Eso sí: Dostoievski y Mozart fueron tahúres egregios que apostaron hasta los interiores y nunca tuvieron en sus manos una Panchita.

En las ciudades donde el azar es una industria, los casinos están atestados de seres para los que el juego no es un juego, sino algo verdaderamente serio. Prueba de ello es que no hay individuo más supersticioso que un jugador empedernido. Quien esto escribe vio en Aruba a un caballero que leía una novela de vaqueros escrita en hebreo, mientras jugaba póker de lo más circunspecto. Para que se hagan una idea exacta del personaje, sepan que llevaba un reloj en cada muñeca.

¿Qué hacía con dos relojes? Pregúntenle a él. Yo sólo sé que cuando volví a verlo (esta vez fuera del casino), llevaba uno solo.

Y en vista de que comencé a hablarles en primera persona, debo decirles que en ese mismo lugar observé a un italiano que le entregaba a su esposa una bola de billetes amarrados con una liga para que se fuera adonde quisiera, mientras él se sentaba a jugar a la ruleta y a tomar café tras café tras café tras café…
Ese último dato es interesante. En lo bingos y casinos del mundo lo que más se bebe es café. Por lo visto, el alcohol y el azar sólo se llevan bien en las películas de vaqueros sudados que hizo Sergio Leone.

Todos los jugadores tienen sus manías. Los que juegan a los dados, los soplan, los soban, los menean mil veces en el cuenco de sus manos… Los jugadores de cartas no apuestan, si el mazo no viene debidamente envuelto y sellado… Los jugadores de caballos se estudian al derecho y al revés la
Gaceta Hípica… Los jugadores de bingo… Bueno… Los jugadores de bingo son de otro planeta… No sé por qué me imagino una escena en la que los pasajeros de un avión que viaja entre Miami y Maiquetía, reciben de manos de las aeromozas un cartón de bingo y un vasito lleno de caraotas. Ustedes dirán que esas cosas no pasan en la realidad, pero se han visto casos de casos, no se hagan los locos.Entre los ludópatas famosos el nombre de Pete Rose fosforesce por su desvergüenza. Recuerden que ese gran jugador de béisbol fue desterrado de las Grandes Ligas, del Salón de la Fama y de cuanto libro de estadísticas y récords haya, porque se dedicó a apostar potentes sumas de dinero en garitos ilegales. Como si eso no fuera suficiente, un día lo pillaron apostando contra el equipo del que era manager.

Peor que el vicio de Pete Rose fue el corte de totuma que le hicieron a Tom Sizemore para que interpretara en una película al excelso primera base de los Phillies de Philadelphia que devino en ludópata, pero, como dice el narrador al final de Conan el Bárbaro, «ésa es otra historia».

Abandonarse al azar, apostar con desenfreno entre tahúres de todos los colores y nacionalidades, es multiplicar la vida… Y tanta exageración acaba con cualquiera.

lunes, febrero 23, 2009

AQUÍ, EN MEDIO DEL DESASTRE
El mundo se ha lentificado; ha perdido brillo y color. Sus habitantes se buscan la vida y creen que nada que los rete y que los saque de su afán de supervivencia vale la pena. Pero se equivocan. En tiempos como éstos, se impone sacar a la luz la obra de aquéllos que nos recuerdan que la perfección es un camino del que no vale la pena apartarse.

Que las columnas se caigan, que los mandarines se multipliquen. No nos importa.

miércoles, febrero 18, 2009

ALTER EGO CON GAROTA EN LA PLAYA IMPOSIBLE
Cada cierto tiempo nos da por desear lo imposible, por querer salirnos de nosotros mismos, ser otros y andar por ahí con otra cara y otro cuerpo y otros problemas y otra casa y otro marido y otro perro y otra esposa y todas esas cosas.

Cuando uno está así, lo mejor es servirse una cerveza bien fría y dedicarle unos cuantos minutos a planificar unas vacaciones. Si ustedes no beben, pónganse a hacer un crucigrama o vean Boston Legal. Hagan algo, pero no cultiven la entelequia de querer ser otros ni de concebir que sus respectivas existencias son menos interesantes que las de los demás. Recuerden que la vida de los seres humanos (aquí y en cualquier parte) se parece mucho. Por eso y porque la estupidez trasciende las fronteras, más vale que nos quedemos quietecitos siendo los que somos.

No obstante, a partir de la idea de querer ser otros, nunca han faltado inventores de historias que le han dado a ese atávico deseo las vueltas más extrañas e interesantes. Nicolai Gogol, Julio Garmendia, Jorge Luis Borges, Bram Stocker, Charles Maturin, Adolfo Bioy Casares, Alfred Hitchcock, David Lynch, Israel Centeno, Rodrigo Blanco Calderón y muchos más, imaginaron relatos en los que un personaje se encontraba con la sorpresa de que alguien exacto a él, recorría avenidas o vivía en otros mundos, mientras ese personaje se encontraba en su casa tomando café u oyendo discos de Dorothy Donegan de lo más tranquilo.

En esos casos, las reglas de la literatura fantástica justifican y, a veces, hasta explican cualquier exceso de imaginación. Sin embargo, en el mundo real no hay leyes que justifiquen el que tú estés caminando por la playa y de pronto te consigas a ti mismo papeado y sin camisa jugando tenis con una rubia brasileña, narizona y bronceada. En ese caso, la única ley que se impone es la de la genética y, claro, la sospecha de que tienes un hermano gemelo del que te separaron al nacer.

Los hermanos gemelos son los únicos que pueden jugar a que tienen otro yo. En Cien años de soledad, Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo jugaban a confundir a su mamá, haciéndose pasar el uno por el otro hasta que un día, de tanto jugar a ese cambio de identidades, se confundieron. Así José Arcadio Segundo terminó siendo Aureliano Segundo y Aureliano Segundo terminó siendo José Arcadio Segundo.

Algo parecido le pasa a Joaquín Ortega cada vez que sale a beber con los hermanos Castejón… Víctor y Freddy son gemelos exactos. Bueno, no tan exactos porque el primero es más culón que el segundo, pero en defensa de Joaquín, debo aclarar que ese detalle no se nota cuando están sentados a la mesa de una tasca, rindiéndole los honores correspondientes a un obelisco de whisky. Después de varias horas de cuentos groseros entreverados con montaditos de sobrasada y queso manchego, Joaquín comienza a acusar recibo de las rocas del whisky viendo raro a los hermanos Castejón y preguntándoles a uno primero y al otro después:
—¿Tú eres tú o tu hermano?

Juan Villoro escribió «La alcoba dormida», un cuento en el que un sujeto medio gafo se enamora de una muchacha que tiene una hermana gemela. Sobra decirles que las dos hermanitas se valen de su parecido para fagocitarse con todo y pantalones al mozo idiota. Por supuesto, el cuento es más complicado que como aquí se los refiero, pero yo no soy Juan Villoro.

Encontrarte a tu hermano perdido es una situación extraña. Mejor hazte el loco, no sea que termines preguntándote por qué él tiene una novia brasileña, narizona y bronceada, y tú una bracipeluda que no te deja ponerte tus corbatas de orquídeas hawaianas.

Recuerda siempre que Eddie Brock es Venom, que Peter Parker es el Hombre Araña, que tú eres tú y que no hay nada que se pueda hacer, salvo llevar la vida con dignidad.

miércoles, febrero 11, 2009

MEDITACIONES EN BARRENA
La mayoría de la gente sólo se relaciona con objetos, situaciones, lugares y personas que «huelen» a dinero. El mundo ha sido así siempre, pero en esta época esa situación es más intensa y también más perversa. Quizás sea porque somos más y porque las fuentes de riqueza y poder son las mismas de toda la vida y no alcanzan para tantos seres humanos agalludos. Al haber más gente queriéndose quedar con la mayor cantidad de riqueza posible, comienzan la competencia y el oprobio... Y, como sabemos, ese camino es infinito. Es la carretera del lado oscuro. Ahí las hienas acechan disfrazadas de gallinas y todo el mundo quiere comerse a todo el mundo. Así es la vida de los caníbales.

Cada cierto tiempo nos sorprende redescubrir semejante fenómeno. Un candor amnésico maneja nuestra mente y hace que se nos olvide cómo es todo en realidad. Nos encerramos en el trabajo y en las obligaciones de la vida, nos aislamos de esa carnicería que hay todos los días en todas partes y de la que no escapas ni encerrándote en tu casa.

No hay manera de escaparse. A juro, debes agarrar tu cuchillo y ponértelo en la boca para defenderte de esos tigres de dos cabezas que usan corbatas y hablan bonito. Tú afilas tu cuchillo leyendo, mirando obras de arte, reuniéndote con gente más talentosa que tú, entrenándote en la gramática de la sobriedad y tratando de entender que el universo es más amplio que tu propia cabeza. Ese cuchillo es invisible y consiste en crearse una visión del mundo que trate de entender otras visiones del mundo, así sea para saber que existen.

Ésa es un poco la respuesta a qué hacer en medio de este marasmo que naufraga en el vórtice de su propia necedad.

Comprarse libros y leerlos, adquirir discos y oírlos, invertir el tiempo mirando pinturas poderosas, dialogar con el prójimo y aprender de él, es lo más digno que uno puede hacer mientras las hordas se pelean por las gasas de una momia.
Vivimos un tiempo extraño en el que los edificios no tienen ventanas, los bombillos no alumbran y hay más carros que calles y avenidas. Es así. Hemos hecho de nuestra existencia algo raro. Por eso no estaría de más que nos sentáramos a pensar en las estupideces que hacemos y decimos, y que nos alejan de la rectitud con la que hay que encarar las dificultades arteras de estos días feroces.

Es de noche y el cielo fosforesce anaranjado. El bosque se incendia. El crepitar de las llamas se confunde con el clamor de los árboles que crujen. Si no sabemos dónde estamos parados ni para qué servimos, nos quedaremos muy orondos viendo el paso del verde al gris. Sabemos que la tragedia es un imán que atrae y paraliza; también que hay que librarse de su influjo, mover ese culo y evitar que el espectáculo termine como terminaría, si no hacemos nada. De lo contrario, haremos nuestra vida en un desierto desolado, y no podremos lamentarnos de nuestra lenidad. Si lo hiciéramos, mereceríamos todas las saetas del cosmos. Cargaríamos con la culpa de haber sido público, cuando debimos ser actores.La adversidad y el mal hacen que dudemos de nosotros mismos y sólo podemos dudar de nosotros mismos unos pocos minutos a la semana, aunque el dolor y la rabia vayan por dentro, como una corriente silenciosa. Demasiadas urgencias dependen de nuestras gestiones. Por eso no hay tiempo para llorar, aunque un grito no quede mal de vez en cuando.

El éxito no existe. El fracaso no existe. Seguimos adelante, ganamos plata, perdemos plata, hacemos cosas o no hacemos nada, reímos, lloramos, nos enfurecemos... Y la vida sigue. Mientras estemos aquí, la vida sigue y es muy dura.

Al final lo único que importa es que alguien, además de nuestro perro, nos quiera y se alegre con nosotros.

domingo, febrero 08, 2009

NO
Venezuela parece ser un país lleno de gente débil que cambia su opinión fácilmente a partir de una campaña electoral desmesurada y grotesca. Al menos eso es lo que se colige de las encuestas de los últimos días. ¿Cómo es posible que el SÍ tenga unos números tan altos, si quienes lo proponen llevan diez años demostrando que son unos mentirosos compulsivos, unos sembradores de odio y unos ineptos absolutos?

No es el momento de hacer disquisiciones sobre la moralidad de los demás (y menos de las encuestadoras). Es la hora de concentrarse en lo que hay que hacer y ya. Recuerden que si votan SÍ o no votan, será lo mismo. Le estarán dando un espaldarazo a este desastre mayúsculo que nos rodea.

Dejen la cobardía, la sinvergüenzura y la necedad que los hace dudar o abstenerse y el próximo domingo hagan lo que deben hacer para cortarles las alas a estos energúmenos que quieren ayudar a su líder a quedarse hasta sabrá Dios cuándo en el poder.

jueves, febrero 05, 2009

EL DOCTOR MANHATTAN Y LA LAVADORA DE ENRIQUE El doctor Manhattan es el único de los Watchmen que tiene superpoderes. Él se agranda, se achica, se aparece donde quiere, materializa objetos, traspasa paredes, teletransporta gente y le fascina andar desnudo por ahí. Quién sabe por qué, pero al escritor de estas crónicas le ha dado por pensar que cada vez que leemos, nos convertimos en una versión del doctor Manhattan.

Tal vez ustedes no tengan esa sensación porque no cultivan el hábito de la lectura, pero cuando lees, te desapareces del sofá donde te encuentras sentado, te teletransportas a otras tierras, te conviertes en un gigante o en un ser microscópico, viajas a Júpiter, sales del siglo XXI y entras al siglo XII, luchas contra jirafas asesinas, besas a Cameron Díaz y la dejas exánime (y enamorada) con tus artes vampirescas... Todo lo puede y todo lo hace el lector porque tiene los poderes del doctor Manhattan.

Eso sí: a este superhéroe de carne y hueso no le faltan los aguafiestas que creen que, mientras lo vean ahí, sentadote y en plena lectura, se le puede pedir que haga favores de todo calibre, que vaya al abasto, que traiga lumpias del restaurante chino, que pase coleto o que le prepare un tetero al niño. En este planeta pleno de iniquidades y estulticia abundan quienes creen que la lectura es la presentación más refinada de la flojera.

Los que sostienen semejante necedad ignoran que cada lector hace un pacto secreto con el futuro. La lectura se realiza en un aquí y en un ahora, pero sus efectos se ven siempre en un tiempo que aún no ha llegado. Por eso no tienes que angustiarte si se te olvida el argumento de tal o cual novela o si el ensayo equis o zeta desaparece de tu memoria a los pocos días de terminarlo. Lees para entretenerte o para pasar un examen, pero lees también para remover tus recuerdos y tu imaginación, para hacerte de un vocabulario extenso, para detectar ritmos, para tratar de entender a los seres humanos y el mundo en el que vivimos, para saber qué piensan, qué ven, qué opinan, qué sienten y qué quieren los demás.

Leemos para darnos cuenta de que no estamos solos.

Según mi amigo Enrique Enríquez, la mejor manera de entender cómo funciona nuestra imaginación es representándola como una media a la que metemos en una lavadora. Al sacarla del aparato, la media puede salir encogida o estirada; puede haberse desteñido o lucir el nuevo color que se destiñó de otra prenda; pudo desaparecer o tal vez aparezca junto a otra que, a su vez, desapareció en otra lavada. Así es nuestra imaginación: agranda, encoge, aparece, desaparece, decolora, tiñe, ruñe, limpia y transforma, todo lo que cae en ella.

En esa estupenda parábola, la lectura podría formar parte de la energía que mueve a la lavadora. Mientras más depurada sea esa fuerza, se diversifican las formas que podría asumir el bendito calcetín. Así tenemos que la lectura podría verse como una actividad que amplía la vida, que le da opciones, que la abre y le ofrece múltiples posibilidades. Eso sí: para acceder a sus dones hay que incendiarse las pestañas, pasar horas achicándose y expandiéndose como el doctor Manhattan o como la media dentro de la lavadora… Quien no lee, en lugar de lavadora tiene en su cerebro un «tobo chaca-chaca» como el de la antigua cuña de Ariel. Hay que aspirar a que nuestra mente se convierta siempre en una morocha de las que lavan y secan a la vez…

Sepan ustedes que la lectura le permite a cada persona algo muy importante que tiene que ver con ajustar cuentas consigo misma… Leer renueva las palabras con las que examinamos nuestra propia conciencia, lo cual es decisivo para continuar felices y contentos en esta vida llena de momentos aciagos y estúpidos.

Sigamos creyéndonos el doctor Manhattan.

domingo, febrero 01, 2009

EL DÍA EN QUE HERNÁN AMANECIÓ CONVERTIDO EN MARIO VARGAS LLOSA Apenas salió de su sueño más profundo, se dio cuenta de que sus dientes crecieron durante la noche. Eso no lo sorprendió tanto, pues desde hacía tiempo se despertaba abrumado por pesadillas odontológicas que podían interpretarse como un claro aviso para que visitara al dentista. Lo que más lo sorprendió fue el rumor que oía en su mente. Aunque cubriera su cabeza con la almohada, no lograba silenciar a la multitud que hablaba en su cerebro.

Hernán se levantó de la cama y fue directo al espejo. En lugar de su cara de plomero, vio el rostro serio de Mario Vargas Llosa. Hubiera seguido contemplando su nueva fachada, si la fisiología no le hubiese impuesto su autoridad.

Mientras orinaba como un autómata, puso atención a las voces que hablaban en su cabeza. Al principio le pareció que eran muchas y que discutían, pero pronto se dio cuenta de que no hablaban entre sí y que cada una decía algo distinto e importante. Una disertaba sobre la libertad y la democracia; otra emitía enjundiosas opiniones sobre libros, procesos políticos, hechos noticiosos y demás. También oyó una voz que se preguntaba por qué Saramago es tan famoso, si sus novelas son tan aburridas.

Si Hernán no hubiese sentido el dolor de cabeza que sintió en ese momento, se habría sentado a escribir el décimo quinto capítulo de una nueva novela.

Nelly, una mujer fuerte de las que no se arredran por nada, vio a su esposo convertido en Mario Vargas Llosa y, sin mover una ceja, le preguntó:
—Tú vas a seguir trabajando como plomero, ¿verdad?
—¿Por qué lo preguntas, mi amor?
—Porque tú ni tu nombre escribes bien.

Hernán le dijo que dejase la preocupación, que él con su cara o la de Vargas Llosa, cambiaría la poceta que se comprometió a cambiar. No obstante, pasaron dos minutos desde que había pronunciado esas palabras, cuando tocaron a la puerta de su casa y aparecieron una dama y un caballero, requiriendo la presencia de don Mario. Nelly iba a decir que ahí no vivía ningún don Mario, cuando ya el caballero y la dama le estrechaban las manos a su marido y le decían que ellos estaban ahí para llevarlo al paraninfo universitario donde recibiría su doctorado honoris causa.

A Hernán no le dio tiempo de abrir la boca. Un huracán de elogios lo puso en el Camry que lo llevaría a la universidad donde debía ponerse una toga y ofrecer un discurso magistral. En el camino le hicieron infinitas preguntas sobre La fiesta del chivo, Conversación en la catedral y La casa verde. Por cortesía y porque ahora era un dientón, Hernán no dejaba de sonreír, lo que le permitió contestar con un «sí» o un «no» sin que sus interlocutores lo creyeran un divo antipático. Aún así, pronto se vio conminado a responder porque le hicieron una pregunta muy precisa sobre el erotismo en su obra y, en particular, en Elogio de la madrastra. Hernán dudó unos instantes, pero pronto comenzó a hablar de lo único que sabía: de llaves inglesas, de alicates de presión, cinceles, martillos, sacos de cemento, extensiones de plástico, uniones universales…

El caballero y la dama asintieron muy serios; no entendían un carajo, pero mientras pensaban para sus adentros que la teoría literaria contemporánea es muy parecida a la plomería, ponían cara de entendidos en la materia.

Hernán llegó a la universidad seguro de sí mismo; recibió el doctorado honoris causa, dictó cátedra sobre grifería y sacos de arena, firmó libros y fue feliz porque nunca lo habían adulado tanto en su vida.

A esa misma hora, el verdadero Mario Vargas Llosa sufría en Madrid porque había amanecido con la cara de Hernán. Al contrario del plomero, don Mario se daría cuenta muy pronto de que no importa quién seas en verdad ni cuánto sepas de literatura. Si no eres famoso, nadie te prestará la menor atención.