domingo, marzo 29, 2009
jueves, marzo 26, 2009
LA IGNORANCIA DE LOS GENIOS
La gasolina para producir ideas se ha vuelto escasa en los últimos tiempos. Hace un par de días terminé de leer Hombre lento, de J.M. Coetzee y debo decir que me gustó, aunque no fue una cosa así «que digan qué bruto, cuánto le gustó Hombre lento a este cuate»... La verdad es que en los últimos tiempos mis gustos se han vuelto flexibles y una novela en la que al personaje principal se le aparece el narrador y le dice que se mueva, que salga, que supere el trauma de la amputación de su pierna porque de lo contrario, no tendrá nada que contar, suena atractivo. Sin embargo, eso que parece una genialidad de Coetzee, Unamuno ya lo hizo en Niebla hace sopotocientos años.
En este caso, la genialidad del gran autor surafricano radica en haber tenido una extraordinaria idea sin saber que a otro se le ocurrió hace décadas.
Otra prueba de que la gasolina para la imaginación escacea en estos tiempos, es esta entretenida novela de Paul Auster. Aquí, en Un hombre en la oscuridad, el protagonista, August Brill, inventa una historia distópica en la que un personaje recibe la orden de matarlo. En otras palabras: Auster cuenta «Continuidad de los parques», de Julio Cortázar, en clave distópica y estadounidense.
Lo interesante es que August Brill interrumpe esa historia de la manera más abrupta y fastidiosa porque, claro, el no es Cortázar (y Auster tampoco).
Estos dos libros son una muestra de que la ignorancia produce milagros.
Pero, las respectivas ignorancias de un Premio Nobel y de un «genio de la literatura» nadie las ve.
Ah, la fotografía de la bomba de gasolina es de Ed Ruscha. Gracias.
La gasolina para producir ideas se ha vuelto escasa en los últimos tiempos. Hace un par de días terminé de leer Hombre lento, de J.M. Coetzee y debo decir que me gustó, aunque no fue una cosa así «que digan qué bruto, cuánto le gustó Hombre lento a este cuate»... La verdad es que en los últimos tiempos mis gustos se han vuelto flexibles y una novela en la que al personaje principal se le aparece el narrador y le dice que se mueva, que salga, que supere el trauma de la amputación de su pierna porque de lo contrario, no tendrá nada que contar, suena atractivo. Sin embargo, eso que parece una genialidad de Coetzee, Unamuno ya lo hizo en Niebla hace sopotocientos años.
Otra prueba de que la gasolina para la imaginación escacea en estos tiempos, es esta entretenida novela de Paul Auster. Aquí, en Un hombre en la oscuridad, el protagonista, August Brill, inventa una historia distópica en la que un personaje recibe la orden de matarlo. En otras palabras: Auster cuenta «Continuidad de los parques», de Julio Cortázar, en clave distópica y estadounidense.Lo interesante es que August Brill interrumpe esa historia de la manera más abrupta y fastidiosa porque, claro, el no es Cortázar (y Auster tampoco).
Estos dos libros son una muestra de que la ignorancia produce milagros.
Pero, las respectivas ignorancias de un Premio Nobel y de un «genio de la literatura» nadie las ve.
Ah, la fotografía de la bomba de gasolina es de Ed Ruscha. Gracias.
domingo, marzo 22, 2009
AUTORRETRATO CON CACTUS Y FLORERO AMARILLO
Hace años, imitando a Buñuel, hice una lista de las cosas que me gustan y que me disgustan. Hoy me gustaría actualizar esa relación de afinidades y desagrados que definen quién soy.
• Me fascinan los discos de Bill Evans.
• Me gusta el cuarto de libra de McDonalds.
• Me gusta visitar lugares lejanos, pero detesto los aeropuertos y los aviones.
• Me gustan los libros de Anagrama.
• Me gustan las mujeres bellas y sexys, pero eso sí: que tengan caras de estúpidas (sí, es un comentario misógino, pero quiero que sepas que si no sabes poner cara de estúpida, jamás lograrás ser sexy).
• Me gustan el queso manchego, el jamón serrano y la sobrasada, pero he renunciado a ellos (como quien renuncia a Satanás) porque el colesterol me va a matar.
• No me gusta el reguetón; me parece el equivalente musical de la delincuencia.
• Me disgustan el Facebook, los trencitos en las fiestas y todo aquello en lo que uno se vuelve manada en lugar de persona.
• Me encantan los cactus, las palmeras y los árboles discretos.
• Me fascinan las películas en blanco y negro.
• Detesto a la gente que saca su Blackberry mientras conversa contigo y se pone a responder mensajitos de texto.
• Me incomoda asistir a conferencias. Cuando voy, me disgusta hasta el infinito el momento en que se le ofrece el micrófono al público para que haga sus preguntas. Nunca falta el sujeto cuya pregunta es una larga disertación que ya incluye la respuesta.
• Odio a los conjuntos musicales venezolanos que incluyen una flauta entre sus instrumentos. ¡Detesto a la flauta en la música venezolana! ¡Ya está bueno de flauta!
• Me gusta oír música a todo volumen.
• Me gustan los discos de Judas Priest. Gracias a los discos de Iron Maiden nunca he sido comunista ni nada que se le parezca.
• Me fastidian Fito Páez, Andrés Calamaro, Charlie García, Gustavo Cerati y todos esos cantantes narizones. ¡Qué curioso: el único de esos cantantes sureños que no es narizón, es Jorge Drexler! ¡Y es otorrinolaringólogo!
• Me encantan el batido de mango y las franelas Ovejita.
• Me fascinan los libros de Adolfo Bioy Casares, en especial La invención de Morel, Plan de evasión y Dormir al sol.
• Detesto ir a esas tiendas donde un letrero pegado en la puerta te anuncia que a la salida «visualizarán» el contenido de bolsos y carteras. ¡Caramba! ¿Por qué «visualizar» en lugar de «revisar»? ¿Por qué los ignorantes son tan rebuscados?
• Me fastidian los fanáticos del béisbol, del fútbol, de cualquier religión o ideología. Yo sólo quiero vivir en paz.
• Me molestan los sujetos que tienen una discoteca en la cabeza y viven para la rumba.
• Me molesta vivir en sitios enrejados, llenos de cámaras y de garitas con guardias que soban escopetas. Uno no está preso y vive, tal cual, como en una cárcel.
• Me gusta el chocolate, pero me da pedorrera.
• Detesto los pisos de cerámica; prefiero los de granito.
• Me molestan el frío y el calor en exceso.
• Me encanta el Museo del Prado.
• Detesto leer parado, escribir a lápiz y no tener Internet (señores de Intercable, su displicencia hacia sus clientes es indescriptible).
• Odio tener que cambiar la clave de mi tarjeta a cada rato. Una vez más estamos ante una prueba de que el mundo es de los malandros.
• Me gusta leer acostado, ver televisión hasta tarde y tomar café antes de cepillarme los dientes por la mañana.
• Me fastidia la lluvia.
• Me gustan los áridos y solitarios paisajes margariteños.
• Abomino de ir a tascas, restaurantes y bares que tengan luces de neón. Uno se siente bebiendo en un salón de clases.
• Me incomodan los padres que les piden a los peluqueros que les hagan un corte de totuma a sus hijos.
• Detesto los bancos, las salas de espera de las clínicas…
• Detesto a los metiches y a los vendedores babosos.
Hace años, imitando a Buñuel, hice una lista de las cosas que me gustan y que me disgustan. Hoy me gustaría actualizar esa relación de afinidades y desagrados que definen quién soy.• Me fascinan los discos de Bill Evans.
• Me gusta el cuarto de libra de McDonalds.
• Me gusta visitar lugares lejanos, pero detesto los aeropuertos y los aviones.
• Me gustan los libros de Anagrama.
• Me gustan las mujeres bellas y sexys, pero eso sí: que tengan caras de estúpidas (sí, es un comentario misógino, pero quiero que sepas que si no sabes poner cara de estúpida, jamás lograrás ser sexy).• Me gustan el queso manchego, el jamón serrano y la sobrasada, pero he renunciado a ellos (como quien renuncia a Satanás) porque el colesterol me va a matar.
• No me gusta el reguetón; me parece el equivalente musical de la delincuencia.
• Me disgustan el Facebook, los trencitos en las fiestas y todo aquello en lo que uno se vuelve manada en lugar de persona.
• Me encantan los cactus, las palmeras y los árboles discretos.
• Me fascinan las películas en blanco y negro.
• Detesto a la gente que saca su Blackberry mientras conversa contigo y se pone a responder mensajitos de texto.
• Me incomoda asistir a conferencias. Cuando voy, me disgusta hasta el infinito el momento en que se le ofrece el micrófono al público para que haga sus preguntas. Nunca falta el sujeto cuya pregunta es una larga disertación que ya incluye la respuesta.
• Odio a los conjuntos musicales venezolanos que incluyen una flauta entre sus instrumentos. ¡Detesto a la flauta en la música venezolana! ¡Ya está bueno de flauta!
• Me gusta oír música a todo volumen.
• Me gustan los discos de Judas Priest. Gracias a los discos de Iron Maiden nunca he sido comunista ni nada que se le parezca.
• Me fastidian Fito Páez, Andrés Calamaro, Charlie García, Gustavo Cerati y todos esos cantantes narizones. ¡Qué curioso: el único de esos cantantes sureños que no es narizón, es Jorge Drexler! ¡Y es otorrinolaringólogo!
• Me encantan el batido de mango y las franelas Ovejita.
• Me fascinan los libros de Adolfo Bioy Casares, en especial La invención de Morel, Plan de evasión y Dormir al sol.
• Detesto ir a esas tiendas donde un letrero pegado en la puerta te anuncia que a la salida «visualizarán» el contenido de bolsos y carteras. ¡Caramba! ¿Por qué «visualizar» en lugar de «revisar»? ¿Por qué los ignorantes son tan rebuscados?
• Me fastidian los fanáticos del béisbol, del fútbol, de cualquier religión o ideología. Yo sólo quiero vivir en paz.
• Me molestan los sujetos que tienen una discoteca en la cabeza y viven para la rumba.
• Me molesta vivir en sitios enrejados, llenos de cámaras y de garitas con guardias que soban escopetas. Uno no está preso y vive, tal cual, como en una cárcel.
• Me gusta el chocolate, pero me da pedorrera.
• Detesto los pisos de cerámica; prefiero los de granito.
• Me molestan el frío y el calor en exceso.
• Me encanta el Museo del Prado.
• Detesto leer parado, escribir a lápiz y no tener Internet (señores de Intercable, su displicencia hacia sus clientes es indescriptible).
• Odio tener que cambiar la clave de mi tarjeta a cada rato. Una vez más estamos ante una prueba de que el mundo es de los malandros.
• Me gusta leer acostado, ver televisión hasta tarde y tomar café antes de cepillarme los dientes por la mañana.
• Me fastidia la lluvia.
• Me gustan los áridos y solitarios paisajes margariteños.
• Abomino de ir a tascas, restaurantes y bares que tengan luces de neón. Uno se siente bebiendo en un salón de clases.
• Me incomodan los padres que les piden a los peluqueros que les hagan un corte de totuma a sus hijos.
• Detesto los bancos, las salas de espera de las clínicas…
• Detesto a los metiches y a los vendedores babosos.
martes, marzo 17, 2009
lunes, marzo 16, 2009
LOS RINCONES DIFÍCILES
Si Uds. quieren saber de cosas difíciles, pónganse a resolver problemas de cálculo con el Método de Cross. Si eso les parece simple, estudien Medicina, métanse a cirujanos oculares, dedíquense a dibujar un cactus o a explicar, por escrito, cómo se amarra una corbata.
El mundo está plagado de complicaciones que retan todos los días al material del que estamos hechos. A cada paso se nos aparece un monstruo que aniquilar, una contrariedad que resolver, un desastre del que debemos huir. La vida está llena de filtraciones…
Antes de continuar, reciban, si les parece pertinente, este consejo: jamás emprendan un trabajo de plomería después que se haya ocultado el sol. Pueden terminar con la casa inundada o pasando coleto a las dos de la mañana. Gracias.
La brutalidad tiene un tic eterno: desprecia y minimiza cuanto ignora. Por eso hay tanto infeliz que se las da de sabio o que cree que se puede hablar sin saber. A los brutos se les conoce porque opinan sobre cualquier tema que entre dentro de su pequeño mundo. Así sobran los gorditos que «saben» de política, los motorizados que recetan pastillas para la erección, las amas de casa que «conocen» de diplomacia internacional, los boquinetos que se las dan de críticos literarios o de arte. Menos mal que aún quedan especialidades sobre cuyos detalles no todo mundo puede opinar. Todavía nadie ha escuchado a un mecánico de ascensores diciendo que los científicos de la Nasa se equivocan si creen que en Marte hay organismos anaeróbicos…
El día que ustedes oigan a un raspadero diciendo que la fermentación anaeróbica es uno de los fenómenos que dio origen a la vida en este planeta, prepárense porque ese día lloverán langostas (a la Termidor) y sonarán las trompetas del Juicio Final.
En esta época rara los seres humanos creemos que el mundo es tan sencillo como aparenta y por eso nos hemos abandonado a una actitud laxa y grosera hacia el conocimiento. Fuera de las universidades o de ciertos círculos, no puedes hablar de nada complicado. No está bien visto que platiques de nada complejo en nuestra radio o en nuestra televisión. Nuestros periódicos cada vez son más esmirriados y, si quieres escribir sobre ciencia, historia, arte o literatura, te mandarán a los famélicos suplementos culturales, eso sí, con una advertencia según la cual si te pones demasiado «intenso», no publicarán tu artículo.
Vivimos rodeados de paradojas. Si quieren una prueba, observen que en esta era tenemos los aparatos más complejos que se hayan inventado jamás, pero detestamos con todo nuestro ser hablar de temas espinosos. A todos nos encanta ver televisión, pero ignoramos por completo cómo funciona el pantalla plana de sopotocientas pulgadas que tenemos ahora mismo en la sala de nuestra casa.
En fin… Que nos hemos acostumbrado a no hacernos preguntas y a simplificarnos la mente y la vida porque así estamos más cómodos y porque para qué me voy a amargar yo tratando de entender cómo funciona el Wii, si es tan de pinga enchufarlo en el televisor y jugar tenis digital durante horas.
El conocimiento exige sacrificios, pero a cambio ofrece una riqueza invisible que se expresa a través de dos actitudes de las que carece esta época apoltronada: la humildad (quien se dedica al estudio, aprende que no se pueden abarcar todas las ciencias ni todos los saberes) y el orgullo (nada como superar todas las dificultades hasta lograr resolver las más complicadas y peludas ecuaciones del universo).
Todos tenemos algo que aprender cada día. Lo importante es no permitir que la brutalidad se apodere de nosotros y entender que operar tumores cerebrales es casi tan complicado como aprender a anudarse una corbata.
Si Uds. quieren saber de cosas difíciles, pónganse a resolver problemas de cálculo con el Método de Cross. Si eso les parece simple, estudien Medicina, métanse a cirujanos oculares, dedíquense a dibujar un cactus o a explicar, por escrito, cómo se amarra una corbata.El mundo está plagado de complicaciones que retan todos los días al material del que estamos hechos. A cada paso se nos aparece un monstruo que aniquilar, una contrariedad que resolver, un desastre del que debemos huir. La vida está llena de filtraciones…
Antes de continuar, reciban, si les parece pertinente, este consejo: jamás emprendan un trabajo de plomería después que se haya ocultado el sol. Pueden terminar con la casa inundada o pasando coleto a las dos de la mañana. Gracias.
La brutalidad tiene un tic eterno: desprecia y minimiza cuanto ignora. Por eso hay tanto infeliz que se las da de sabio o que cree que se puede hablar sin saber. A los brutos se les conoce porque opinan sobre cualquier tema que entre dentro de su pequeño mundo. Así sobran los gorditos que «saben» de política, los motorizados que recetan pastillas para la erección, las amas de casa que «conocen» de diplomacia internacional, los boquinetos que se las dan de críticos literarios o de arte. Menos mal que aún quedan especialidades sobre cuyos detalles no todo mundo puede opinar. Todavía nadie ha escuchado a un mecánico de ascensores diciendo que los científicos de la Nasa se equivocan si creen que en Marte hay organismos anaeróbicos…
El día que ustedes oigan a un raspadero diciendo que la fermentación anaeróbica es uno de los fenómenos que dio origen a la vida en este planeta, prepárense porque ese día lloverán langostas (a la Termidor) y sonarán las trompetas del Juicio Final.
En esta época rara los seres humanos creemos que el mundo es tan sencillo como aparenta y por eso nos hemos abandonado a una actitud laxa y grosera hacia el conocimiento. Fuera de las universidades o de ciertos círculos, no puedes hablar de nada complicado. No está bien visto que platiques de nada complejo en nuestra radio o en nuestra televisión. Nuestros periódicos cada vez son más esmirriados y, si quieres escribir sobre ciencia, historia, arte o literatura, te mandarán a los famélicos suplementos culturales, eso sí, con una advertencia según la cual si te pones demasiado «intenso», no publicarán tu artículo.
Vivimos rodeados de paradojas. Si quieren una prueba, observen que en esta era tenemos los aparatos más complejos que se hayan inventado jamás, pero detestamos con todo nuestro ser hablar de temas espinosos. A todos nos encanta ver televisión, pero ignoramos por completo cómo funciona el pantalla plana de sopotocientas pulgadas que tenemos ahora mismo en la sala de nuestra casa.
En fin… Que nos hemos acostumbrado a no hacernos preguntas y a simplificarnos la mente y la vida porque así estamos más cómodos y porque para qué me voy a amargar yo tratando de entender cómo funciona el Wii, si es tan de pinga enchufarlo en el televisor y jugar tenis digital durante horas.
El conocimiento exige sacrificios, pero a cambio ofrece una riqueza invisible que se expresa a través de dos actitudes de las que carece esta época apoltronada: la humildad (quien se dedica al estudio, aprende que no se pueden abarcar todas las ciencias ni todos los saberes) y el orgullo (nada como superar todas las dificultades hasta lograr resolver las más complicadas y peludas ecuaciones del universo).
Todos tenemos algo que aprender cada día. Lo importante es no permitir que la brutalidad se apodere de nosotros y entender que operar tumores cerebrales es casi tan complicado como aprender a anudarse una corbata.
miércoles, marzo 11, 2009
CORAZÓN DE SURFISTA
El mar ruge como un león. Mientras más fuerte sea ese rugido que viene y va, los bañistas son más selectos. Para muestra basta ver las playas donde las olas le ofrecen al paisaje un rumor atildado. A ellas van los turistas con sus toallas y sus sombrillas a bañarse, a leer y a convertirse en despreocupadas milanesas humanas que buscan, por sobre todas las cosas, un rato de sol y solaz. Las playas así viven llenas de gente que asume una civilidad sin ropa; son centros turísticos con anatomías bronceadas que juegan al tenis o levantan castillos de arena de lo más familiares.
En las playas donde el león ruge con fuerza, no abundan los niños ni las señoras que pasean pringadas con menjurjes antisolares. A esos parajes van unos seres extraordinarios que aman a sus novias casi tanto como a sus tablas. Son los surfistas que se deslizan entre las olas sin importarles los tiburones ni las mareas ni los remolinos ni las piñas coladas.
Los surfistas viven para el disfrute. Su vida parece un prodigio de sensualidad. Por eso, porque parecieran andar todo el día en shorts, producen una envidia profunda en los que deben andar de chaqueta y corbata. Debe ser una maravilla vivir en un desnudo constante, preocuparse por el tamaño de las olas y tener entre los objetivos más preciados la diaria unción a su tabla, ese instrumento con el que cada surfista se labra su propio prestigio.
Las tablas de surf parecen todas iguales, pero no lo son. A diferencia de las de hace cincuenta años, que eran un tanto mostrencas, las de hoy tienen ligeras diferencias de diseño que las hacen más ligeras, más rápidas, más estables, más adecuadas para determinado tipo de playa y para el gusto de cada surfista. Que existan infinitas variaciones para un objeto tan, en apariencia, sencillo como una tabla, reputa que el surf es un complejo universo que se esconde tras la delicia de los paisajes playeros. Piensen que, dependiendo de su destreza, ustedes podrían surfear sobre una Becker o deslizarse acostados boca abajo sobre una Morey Boogey para niños.
El universo surfista es diverso y complejo. Sus códigos giran alrededor de la playa y del sol. De ahí que proliferen las guayaberas con palmeras y olas, toallas con arreglos florales salvajes, tablas con luminosos mares, gorras, franelas y sombreros con motivos que hablan de un repertorio solar dispuesto para celebrar los días perfectos y cálidos de la naturaleza. Eso demuestra que en todo surfista pelipintado hay un filósofo escondido que suscribe la idea de que hay que aprovechar cada día como si fuese el último de nuestras vidas.
Al menos en el espacio de nuestra mente donde guardamos la memoria del surf, el reggae es el equivalente sonoro de ese universo. Quizás alguna vez nos hayamos topado por ahí con un jeep del que emanan la voz gangosa de Bob Marley y la atmósfera condimentada con el vapor de la felicidad botánica… En ese jeep, que lleva tres tablas amarradas al techo, viajan una jeva bellísima y dos manganzones de dreadlocks amarillos que lucen cholas negras y lentes oscuros. Ésa (¿quién lo duda?) es una de las tantas imágenes que asume la felicidad.
Y ahora que hemos llegado a este punto, quisiéramos expresarles que nunca hemos entendido por qué a los surfistas siempre se les ve la alcancía. ¿Será que compran tallas grandes a propósito? ¿Será que no les gusta usar correa? ¿Será que llevar parte de la raya al aire les recuerda la sensación de estar dentro de una ola? Quién sabe. A lo mejor es un asunto de estilo y nada más.
Deseamos de todo corazón que el jeep del párrafo antepasado no se tope con ninguna alcabala. Miren que si la policía los parara, acabaría de inmediato con la felicidad de los surfistas.
El mar ruge como un león. Mientras más fuerte sea ese rugido que viene y va, los bañistas son más selectos. Para muestra basta ver las playas donde las olas le ofrecen al paisaje un rumor atildado. A ellas van los turistas con sus toallas y sus sombrillas a bañarse, a leer y a convertirse en despreocupadas milanesas humanas que buscan, por sobre todas las cosas, un rato de sol y solaz. Las playas así viven llenas de gente que asume una civilidad sin ropa; son centros turísticos con anatomías bronceadas que juegan al tenis o levantan castillos de arena de lo más familiares.En las playas donde el león ruge con fuerza, no abundan los niños ni las señoras que pasean pringadas con menjurjes antisolares. A esos parajes van unos seres extraordinarios que aman a sus novias casi tanto como a sus tablas. Son los surfistas que se deslizan entre las olas sin importarles los tiburones ni las mareas ni los remolinos ni las piñas coladas.
Los surfistas viven para el disfrute. Su vida parece un prodigio de sensualidad. Por eso, porque parecieran andar todo el día en shorts, producen una envidia profunda en los que deben andar de chaqueta y corbata. Debe ser una maravilla vivir en un desnudo constante, preocuparse por el tamaño de las olas y tener entre los objetivos más preciados la diaria unción a su tabla, ese instrumento con el que cada surfista se labra su propio prestigio.
Las tablas de surf parecen todas iguales, pero no lo son. A diferencia de las de hace cincuenta años, que eran un tanto mostrencas, las de hoy tienen ligeras diferencias de diseño que las hacen más ligeras, más rápidas, más estables, más adecuadas para determinado tipo de playa y para el gusto de cada surfista. Que existan infinitas variaciones para un objeto tan, en apariencia, sencillo como una tabla, reputa que el surf es un complejo universo que se esconde tras la delicia de los paisajes playeros. Piensen que, dependiendo de su destreza, ustedes podrían surfear sobre una Becker o deslizarse acostados boca abajo sobre una Morey Boogey para niños.
El universo surfista es diverso y complejo. Sus códigos giran alrededor de la playa y del sol. De ahí que proliferen las guayaberas con palmeras y olas, toallas con arreglos florales salvajes, tablas con luminosos mares, gorras, franelas y sombreros con motivos que hablan de un repertorio solar dispuesto para celebrar los días perfectos y cálidos de la naturaleza. Eso demuestra que en todo surfista pelipintado hay un filósofo escondido que suscribe la idea de que hay que aprovechar cada día como si fuese el último de nuestras vidas.
Al menos en el espacio de nuestra mente donde guardamos la memoria del surf, el reggae es el equivalente sonoro de ese universo. Quizás alguna vez nos hayamos topado por ahí con un jeep del que emanan la voz gangosa de Bob Marley y la atmósfera condimentada con el vapor de la felicidad botánica… En ese jeep, que lleva tres tablas amarradas al techo, viajan una jeva bellísima y dos manganzones de dreadlocks amarillos que lucen cholas negras y lentes oscuros. Ésa (¿quién lo duda?) es una de las tantas imágenes que asume la felicidad.
Y ahora que hemos llegado a este punto, quisiéramos expresarles que nunca hemos entendido por qué a los surfistas siempre se les ve la alcancía. ¿Será que compran tallas grandes a propósito? ¿Será que no les gusta usar correa? ¿Será que llevar parte de la raya al aire les recuerda la sensación de estar dentro de una ola? Quién sabe. A lo mejor es un asunto de estilo y nada más.
Deseamos de todo corazón que el jeep del párrafo antepasado no se tope con ninguna alcabala. Miren que si la policía los parara, acabaría de inmediato con la felicidad de los surfistas.
lunes, marzo 09, 2009
EL ÍDOLO DE LOS INTENSOS
Acabo de terminar de leer esta novela y me resulta difícil precisar qué me pareció. Quizás me haya fastidiado la intensidad de los personajes, su predisposición a enredarse y a suicidarse (¡carajo, esa gente no masca para matarse!). El protagonista de la novela es un pusilánime. ¿Por qué los protagonistas de casi todas las grandes novelas son unos mequetrefes que no saben qué hacer con sus vidas? El de ésta es el colmo...
Murakami tiene un truco: te presenta situaciones y conversaciones que son más pesadas que un trasatlántico, pero sabe que tanta intensidad fastidia. Así que cuando estás empezando a aburrirte, Murakami introduce un cuento gracioso, la referencia a un plato de comida japonesa o a un disco. Cuando nada de eso es suficiente, te muestra una escena erótica. Si agarras este libro en una librería y por casualidad caes en una escena con tetas, culos, penetraciones y demás, ya sabes que antes de ella los personajes estaban hablando sobre la muerte, la vida, el vacío y sobre otro montón de necedades que los intensos juzgan profundas y "representativas de la condición humana". ¡Cómo si un estornudo, un peo o una sonrisa, no formaran también parte de lo humano!
Igual me gustó Tokio blues. Eso sí: no me convirtió en un fanático murakamista. Dios me libre. Si es por intensidad, prefiero la de los cuentos y novelas de Yukio Mishima.
Ése sí fue intenso y coño de madre de verdad.
Acabo de terminar de leer esta novela y me resulta difícil precisar qué me pareció. Quizás me haya fastidiado la intensidad de los personajes, su predisposición a enredarse y a suicidarse (¡carajo, esa gente no masca para matarse!). El protagonista de la novela es un pusilánime. ¿Por qué los protagonistas de casi todas las grandes novelas son unos mequetrefes que no saben qué hacer con sus vidas? El de ésta es el colmo...Murakami tiene un truco: te presenta situaciones y conversaciones que son más pesadas que un trasatlántico, pero sabe que tanta intensidad fastidia. Así que cuando estás empezando a aburrirte, Murakami introduce un cuento gracioso, la referencia a un plato de comida japonesa o a un disco. Cuando nada de eso es suficiente, te muestra una escena erótica. Si agarras este libro en una librería y por casualidad caes en una escena con tetas, culos, penetraciones y demás, ya sabes que antes de ella los personajes estaban hablando sobre la muerte, la vida, el vacío y sobre otro montón de necedades que los intensos juzgan profundas y "representativas de la condición humana". ¡Cómo si un estornudo, un peo o una sonrisa, no formaran también parte de lo humano!
Igual me gustó Tokio blues. Eso sí: no me convirtió en un fanático murakamista. Dios me libre. Si es por intensidad, prefiero la de los cuentos y novelas de Yukio Mishima.
Ése sí fue intenso y coño de madre de verdad.
martes, marzo 03, 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

