domingo, septiembre 27, 2009

EL EXPERTO EN HABLAR SOLO En estos días me he dado cuenta de que tengo más amigos fuera que dentro. Si lo veo con ojos optimistas, diré que es una maravilla porque cuando viaje a ciertas ciudades del mundo, no tendré que gastar plata en hoteles. Si, por el contrario, veo el asunto desde el lado trágico, pensaré lo que pienso todos los días: que me hacen mucha falta mis panas; que estoy envejeciendo lejos de gente muy querida y que, poco a poco, me he ido convirtiendo en eso que dice el título de esta crónica.

Hablar por el chat de Gmail o dejar mensajitos en Facebook es cosa de locos, pero a veces no queda más remedio que aceptar que los panas adquirieron la cara de la pantalla de la computadora. Es eso o despedirse para siempre de esas personas con las que compartiste rones, trasnochos, cuentos y peligros.

Menos mal que la vida sigue su curso.

Voy solo en el carro, oigo a Lee Morgan, tarareo partes de su música y, de pronto, comienzo a hablar en voz alta sobre que a Lee Morgan lo mató su mujer en un bar. Me digo a mí mismo (con todo y pleonasmo) que esa dama estaba loca y que cómo es posible que esas cosas ocurran… De inmediato digo que ocurren todos los días, que cualquier persona, por inocente que parezca, puede volverse loca… En ese instante señalo a una jeva que cruza una esquina. La miro y sigo con mi monólogo a lo Molly Bloom.

Claro, el loco soy yo que voy en el carro hablando solo y reflexionando en vivo y directo sobre la música y sobre lo que veo a través de las ventanas. Ahí es donde me pregunto si uno hablaría solo si tuviera cerca a los panas o a alguien divertido con quién hablar. Seguramente no. Lo más probable es que el comentario sobre la loca que mató a Lee Morgan despierte una larga disertación sobre humo, jazz y mujeres celosas.

Lo malo de acostumbrarte a hablar solo es que comienzas a creer que el mundo es como te lo imaginas, lo cual es el primer paso para embrutecer sin remedio.

Los que hablamos solos tendemos a desarrollar una lógica propia que puede tornarse obsesiva. Quienes hayan recorrido el mundo a bordo de innumerables taxis, habrán notado que a muchos taxistas les encanta narrar el camino y hablar del hueco en el asfalto cuando ven el hueco en el asfalto o del perro abombado cuando ven al perro abombado en la cuneta. En otras palabras: a falta de una amena conversación con el pasajero, bueno es charlar con la carretera. Si eso no se acerca a un comportamiento extraño, digan ustedes a qué se acerca.

La ausencia de interlocutores puede ser terrible para un hombre.

Aquello que nos gusta, nos da vida y aquello que nos gusta vive en la medida en que lo conversamos con los carnales. Sin panas aquello que nos gusta se queda en nosotros, se pasma y hasta se vuelve en contra nuestra. ¿Cuántos no dirán, cuando me ven, que por ahí viene el loco que habla solo? Menos mal que no soy taxista.

De nada valen los lamentos. Los amigos que se fueron, se fueron y ya. Ojalá que les vaya bien y que nos ayuden a contradecir esa máxima lapidaria que dice que la amistad es más frágil que la vida.

Bueno, dejemos el tono elegíaco porque no se ha muerto nadie.

Las dos o tres veces que he cruzado océanos y me he quedado en las casas de mis amigos, he vivido la felicidad de poder andar sin zapatos, de pedir comida china y de tomar cerveza echado en sus sofás. He conocido a sus nuevos amigos, me he muerto de la risa discutiendo peperas, he disimulado una que otra lágrima y, en síntesis, he sido feliz porque en cada una de esas visitas, mis amigos y yo hemos renovado los votos del afecto y del cariño que son los que mantienen viva a la amistad a pesar de las distancias y de las fronteras.

Así deben ser las cosas. A los panas hay que cuidarlos del olvido.

viernes, septiembre 25, 2009

ALFREDO ESCALANTE EN TRES CUENTOS La mentada de madre de Freddie Mercury

Cuando Queen vino a Venezuela, yo, Alfredo Escalante fui con las cámaras del canal 8 a cubrir el concierto.

Todo había salido muy bien durante los previos de la visita. Los horarios para la banda y para mi equipo cuadraron a la perfección. Cada cosa estaba en su sitio. Por eso pudimos entrevistar con comodidad a Brian May, a Roger Taylor, a John Deacon y a Freddie Mercury.

(Un detalle para la posteridad: Freddie Mercury usaba unos lentes Rayban iguales a los míos, pero rayados).

Las cosas marcharon muy bien hasta que un par de horas antes de la presentación en el Poliedro, volvimos con las cámaras a cuadrarlo todo para filmar el concierto. Como arreglamos las cosas temprano, decidimos hacer unas tomas del ensayo, y ahí fue cuando la nota discordante afloró como el humo de un cigarrillo.

Freddie Mercury estaba ensayando frente al piano. Recuerdo que se le oía tararear muy concentrado y con verdadera entrega Somebody to love.

Nosotros lo estábamos filmando y, como es normal, conversábamos sobre ciertos ajustes. En eso se voltea Freddie Mercury muy molesto, me mira, me señala y me dice: fuck you. Lo que en español se traduce exactamente como eso, como fuck you.


Los tres pantalones de Michael Anthony

Michael Anthony, el bajista de Van Halen, se enamoró de un pantalón que yo llevaba puesto el día en que lo entrevisté por primera vez. Luego, cada vez que nos veíamos, me preguntaba que dónde podía conseguir unos bluyines como ésos. Yo siempre le contestaba que en una tienda caraqueña que se llamaba Carnaby (como la famosa calle londinense), y que en algún momento libre que le dejaran sus ensayos, iríamos juntos a comprarlos.

Pasaron los días y, por supuesto, el momento libre no llegó. Michael Anthony cumplió con sus compromisos, pero no hubo chance de adquirir los fulanos pantalones. Por eso le dije que no se preocupara, que yo mismo se los llevaría a su habitación para que se fuera tranquilo y con la impresión de que los venezolanos somos una maravilla.

Esa misma tarde fui con mi esposa al centro comercial Chacaíto a comprarle su ropa a Michael Anthony. En realidad no le compré uno; le compré tres pantalones para que dejara el fastidio.

Al llegar a la habitación del hotel, Michael Anthony nos recibió con el rostro alegre y agradecido de quien sabe que le deben algo. Él vio la bolsa de Carnaby y supo de inmediato que allí estaban sus amados pantalones. Lo único malo fue que se puso a revolver su cartera para pagármelos. Yo, por supuesto, no acepté ni un sólo dólar por aquellos pantalones que fueron el único souvenir que de aquí se llevara el bajista norteamericano.

Sabrá Dios qué fue de la vida de aquellos bluyines.


La ceguera de Edgar Winter

Un día antes de su concierto en Caracas, fui al Poliedro a reunirme con Edgar Winter, el albino bluesista, el hermano de Johnny, el mismo de Tobacco road y de otros temas poderosos.

Yo no sabía que Edgar Winter tenía una ceguera tan severa galopándole en los ojos, y cuando nos presentaron, le pedí un autógrafo. El hombre tomó un lápiz y un papel y se inclinó ante mí hasta arrodillarse en el piso para poder acercarse al formato donde estamparía su rúbrica.

Después de ese raro episodio, Edgar Winter y yo conversamos muchas veces sobre el blues, la radio, las guitarras... Curioso fue que cuando se enteró de que yo usaría una capa para presentarlo a él en el escenario, mandó a llamar a uno de sus asistentes para que me prestaran la suya. Así fue como yo, Alfredo Escalante, salí a presentar a Edgar Winter con su capa que medía como dos metros de largo... Toda una experiencia.

domingo, septiembre 20, 2009

YES, MY LOVE 0
Antes de comenzar esta crónica, quiero que se sepa que mi esposa me acusa de no ser romántico. Y todo porque no le regalé un anillo de compromiso.


1
«Sí, mi amor» es el final de un viejo chiste, pero también es una verdad inexorable de la vida. «Sí, mi amor» es lo único que tenemos derecho a responder los que ya pisamos ese cadalso disfrazado que es el altar.


2
Detesto a los tipos que llaman «pareja» a su novia y a las mujeres que llaman «pareja» a su novio. Me gustaría decir que cierta jerga homosexual se coló en el lenguaje heterosexual, pero creo que no todos los homosexuales tratan así a sus respectivos amorcitos. En todo caso, y en este contexto, «pareja» es una palabra que adquiere un dejo biológico que mata (cual Raymax) cualquier pasión.


3
De cierto os digo, oh, hermanos, que así como los niños deben saber que el Niño Jesús, el Ratón Pérez, San Nicolás y los Reyes Magos son sus papás, los adultos deben saber algún día que a la felicidad le salen pelos.

La chica hermosísima de la que hoy estás enamorado, en poco tiempo engordará y andará siempre de mal humor.


4
Me gusta mucho una actriz porno que se llama Shyla Stylez. Esto no tiene nada que ver con el tema del que estamos hablando, pero busquen a Shyla en www.freeones.com y díganme si no valió la pena la digresión.


4,5
Hoy se produjo una singular competencia en el estacionamiento principal del Banco Power Ranger de Venezuela.

La competencia en cuestión consistió en una carrera de planchas en la cual compitieron quince señoras y tres caballeros, quienes tuvieron la responsabilidad de planchar de manera impecable treinta camisas blancas.

Quien terminara de planchar las camisas en menos tiempo, ganaba la competencia.

Eso sí: cada camisa planchada era sometida al análisis de unos jueces exigentes que tenían como misión certificar que cada camisa estuviera bien planchada de verdad.

Al competidor que entregara una camisa mal planchada, se le obligaba a plancharla nuevamente.

El ganador de la competencia fue Roberto Echeto, quien planchó las treinta camisas en 2 horas y 15 minutos, utilizando como ayuda un Ipod lleno de canciones de Marilyn Manson.

¡Felicitaciones, Echeto! ¡Enhorabuena por tu premio! ¡Por fin ganas algo!

El premio consiste en un año de lavandería y en la apertura de una cuenta corriente en el Banco Power Ranger de Venezuela con 100 mil bolívares fuertes.


5
Un hombre llamado Tirso Borenmeiker termina caminando desnudo por su cuadra cada vez que pone In rainbows, de Radiohead.

Cuando los vecinos escuchan los primeros acordes de In rainbows, ya saben que Tirso Borenmeiker terminará mostrando sus partes pudendas a toda Santa Cecilia.

Más de una vez los padres de Tirso Borenmeiker han tratado de meter en cintura al joven, pero Tirso les dice que no pasa nada, que él no está loco, que es simplemente que la música le gusta tanto que tiene que oírla en pelotas.

Hay vecinos a los que les da igual si Tirso oye Radiohead desnudo o vestido. Sin embargo, hay habitantes del sector que no pueden con El Bolero de Tirso.


6
Quisiera no tener que repetir nunca más la frase «sí, mi amor». Quisiera encerrarme en un clóset con Jessica Alba durante todo un fin de semana, pero eso es sólo un sueño adolescente.

martes, septiembre 15, 2009

CINCO FANTASÍAS CROMÁTICAS Los músicos de sombra

Este término se utiliza para designar a esos músicos que aparecen acompañando a las estrellas invitadas que salen en los maratónicos adefesios que transmiten por televisión. Como es del conocimiento general, ninguna de las estrellas que pisa esos escenarios canta o toca una simple nota. Allí, en medio de esa tarima iluminada por la fastuosidad parpadeante de cientos de bombillos bailarines, los músicos se limitan a doblar una pista y a hacer morisquetas en imitación a los sonidos que emanan de las grabaciones. Los músicos de sombra no soplan ni tañen ni pulsan ni golpean; ellos son como mimos mudos puestos ahí para montar un paro y engañar a los ingenuos que se tragan el cuento de que los músicos de sombra tocan sus instrumentos.
Los usos de la música

Con la música pasan cosas extrañas, como el uso que de temas musicales famosos hacen los creativos publicitarios. Si no lo creen, traigan a su memoria la voz de Janis Joplin en un antiguo comercial de Arequipe Alpina… Arrancaba la cuña y veías a una mujer acostada estirándose feliz de la vida. En el fondo sonaba la versión de Summertime mientras uno se preguntaba qué diablos tenía que ver el arequipe con Janis Joplin y una mujer bella sumida en un largo bostezo.

Todavía hoy no damos con la respuesta.
Cuento de un taxista agradecido

Esta historia la hemos contado varias veces, pero como la memoria es porosa, aquí va otra vez.

Nuestro amigo Enrique Enríquez estaba parado en una esquina de la 5ta avenida de Nueva York. De repente, frente a él se detuvo un taxi en el que el chofer y el pasajero discutían con encono.
—Pero ¿cómo es posible que no me vaya a cobrar, si ése es su trabajo? ¿Usted está loco? —Preguntó el pasajero.
—No. Usted me ha regalado millones de momentos de felicidad. Así que yo no le puedo cobrar. Bájese del auto y váyase, por favor.

El pasajero terminó riéndose y estrechándole la mano al taxista.

Enrique comprendió el motivo de la querella, cuando se dio cuenta de que el pasajero en cuestión era Paul McCartney.
La eterna juventud

Ya es un lugar común ver a los rockeros negarse al paso del tiempo. Ahí está Mick Jagger, todo arrugado y todo abuelo, pavoneándose como un adolescente lleno de energías. ¿Cómo hará para aguantar el trajín?

No lo sé ni quiero saberlo.

Mick jagger anda por el mundo como si eso de ponerse viejo no fuera con él. Su oficio no se lo permite. Él es y será joven hasta que su cuerpo aguante, hasta que los Rolling Stones (que también están bien viejos) sean un negocio rentable.

Lo más loco del asunto es que en ese «estiramiento de la juventud» Mick Jagger no está sólo. Con él están Keith Richards, Steven Tyler, Gene Simmons y Angus Young. (¡Dios, cuánto vicio en tan pocas líneas!).

Quién sabe si en el futuro habrá un ancianato para estrellas de rock... Eso sería una belleza...


Otra vez la vejez

Si los rockeros se niegan a ponerse viejos, con los bluesistas pasa lo contrario. John Lee Hooker, Robert Johnson o Muddy Waters nunca se vistieron de quinceañeros.

Los cultores del blues parecen tipos pacíficos que ponen todo su esfuerzo en la música y no en la parafernalia (cree uno). Por eso es común verlos vestidos sobriamente con elegantes trajes y sombreros que no se quitan ni siquiera en el escenario.

Al ser un arte de la tristeza y de la melancolía, el blues no se solaza (al menos descaradamente) en el escándalo o en el espectáculo visual. Muy al contrario, el blues se basa en el sentimiento, en el dolor que viene de adentro, en lo rudo de una vida que sólo tiene en la música un consuelo o una palabra de ternura.

Con esos detalles, ¿quién no se va a poner chaqueta y corbata para cantar blues?

lunes, septiembre 07, 2009

LA CIENCIA DEL PAN CHINO En estos días terminé de leer El buscón de Quevedo. Quería sentarme a escribir un artículo donde hablara de la extraordinaria experiencia que viví al reencontrarme con esa novela. Quería sentarme a escribir ese artículo y citar el libro de Raimundo Lida o alguno de los ensayos que viene en el tomo dedicado al siglo de oro en la Historia y crítica de la literatura española coordinada por Francisco Rico, pero me ganó el estrés por tener en casa a mi pequeño Rodrigo de vacaciones y reclamando atención durante todo el día. Escribir agota y más si tienes que hacer un doble o triple esfuerzo para abstraerte de los desastres que con las tijeras hace un niño cuyo héroe es Mister Maker.

Decía que quería hablar de la Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, y eso haré aunque termine con dolor de cabeza.

Me fascinó releer esta novela que más que una novela parece una traca del mal, un rosario de barbaridades en las que al protagonista le pasa de todo: desde caer a una letrina hasta participar en el asesinato de un corchete; desde robarle sus respectivas espadas a unos soldados hasta ver su rostro dividido por el tajo que le propinó un sicario…
—Papá, mira.
—Caramba, ¡qué belleza!

El buscón es un palmarés de hechos violentos que espeluznan al lector de cualquier época no sólo por la propia violencia, sino por la manera como don Francisco los ordenó. Tómese como ejemplo el recorrido geográfico que a lo largo del libro realiza Pablos. Véase cómo el primer viaje (Segovia, Alcalá de Henares, Madrid, Segovia) es un desplazamiento esperanzado en el que el protagonista sale de su casa rumbo a la escuela. En ese itinerario, Pablos realiza decenas de fechorías menores, travesuras que tienen más de chusca inocencia que de auténtica maldad. Sin embargo, en el segundo traslado (Segovia, Madrid, Toledo, Sevilla, América) don Pablos aprende toda suerte de fullerías y conoce a los mil y un impostores, tahúres, tracaleros, estafadores, ladrones y asesinos de distintas pelambres.

(En este punto Rodrigo me interrumpe otra vez y me pide que vea la mano de monstruo que acaba de hacer con un rollo de cinta adhesiva y un marcador verde. Yo le ofrezco un pan chino, se lo doy y sigo escribiendo mientras él —ñaca ñaca— mastica que te mastica).

Entre los episodios de la novela que más me impresionaron hay dos que me encantaría reseñar. En uno don Pablos se encuentra con un loco que lee con fruición un tratado de esgrima. Este hombre se baja de su caballo, empieza a hacer piruetas y a nombrar cada posición que asume con la nomenclatura del álgebra, hasta que un cuchillero de verdad le da su merecido. El otro momento memorable es aquél en el que don Pablos se reúne con los cófrades de la banda de pícaros y recibe instrucción sobre cómo debe hacer para que sus ropas harapientas parezcan trajes de altísima costura…
—Papá, otro pan chino, por favor —me interrumpe Rodrigo implacable.
—Voy.

…Ese capítulo es una obra maestra de la literatura. La descripción de cómo los doctores de la trácala pespuntan los cuellos de sus chaquetas, encajan los rotos y bordan con hilos de distintos calados es sólo superada por la escena en la que los corchetes allanan la guarida de los predadores mal cosidos y, al tratar de prenderlos, no hallan de dónde asirse porque cada vez que agarran la pernera, la manga o la gorguera de un ladrón, éstas se les quedan en las manos sin los cuerpos a las que pertenecen.

Rodrigo me interrumpe nuevamente y me pregunta si quiero compartir con él su pan chino. Yo le digo que sí y pienso que el hambre es uno de los grandes temas de la picaresca española, pero sólo me queda espacio para repetir que El buscón de Quevedo es una maravilla.

Y ojalá ustedes puedan leerlo algún día.

martes, septiembre 01, 2009

EL NIÑO JET Un matrimonio tuvo un varoncito muy sano y muy mono. Lo único que enturbiaba su felicidad era que el chico se despertaba de su plácido sueño y de inmediato comenzaba a soltar unos sollozos iguales a los de un motor de 747 capaces de sacar de su cama a media ciudad. Para colmo, la madre del Niño Jet comenzó a notar que la leche que producía, no era alimento suficiente para su hijo.

Los doctores de distintas especialidades —pediatras, otorrinos, internistas y fisiólogos— examinaron al niño y no encontraron nada extraño en sus cuerdas vocales. Los mecánicos de American Airlines también trataron de diagnosticar lo que aquejaba al bebé, pero terminaron prodigando cientos de elogios ante lo armoniosos que les parecieron los ruidos que salían de la garganta del Niño Jet. Dijeron que aquéllos eran los sonidos de una obra maestra de la ingeniería aeronáutica, y que un motor que sonara así no podía sino volar a la perfección.

Decía que la mamá del Niño Jet comenzó a notar que su leche no era suficiente alimento para su hijo, y entonces probando y consultando, concluyó que lo mejor sería prepararle a su retoño un alimento que mezclara leche y gasolina de aviones. Desde ese momento comenzó el calvario para el pobre matrimonio. El combustible aeronáutico es la cosa más cara del mundo y ellos no tenían cómo pagar ni siquiera un litro. Para solucionar el problema alguien llamó a la televisión. Pronto organizaron una gran colecta en beneficio del Niño Jet. Su padre se sintió muy contento de la iniciativa y desechó los planes que ya había empezado a fraguar para hacerse con unas cuantas gandolas de combustible aeronáutico.

Los padres del Niño Jet comenzaron a salir en la televisión, en revistas, en la radio, en el cine y en internet. Curioso fue que ninguno de los dos pidió ayuda para comprar combustible ni para impedir que, mediante una cirugía, su hijo continuara sonando como un Airbus. Ambos pidieron dinero para mudarse a una casa que estuviese muy cerca de un aeropuerto porque no era posible que continuasen molestando a sus vecinos.

De todas partes del mundo comenzaron a llegar donativos para que esta familia solucionase los múltiples problemas que les ocasionaba su criaturita. Los gobiernos más disímiles del orbe enviaron sus donativos. Hasta el Vaticano mandó su contribución y declaró que orarían para que el Niño Jet se convirtiera en un cohete de bien.

Y parece que las oraciones hicieron efecto…

El chico creció y comenzó a trabajar en Avensa como jefe del departamento de calibración digital de motores aeronáuticos. Sin embargo, como todos Uds. saben, la compañía quebró. El Niño Jet no se puso con remilgos. Pronto comenzó a trabajar en el circo de los hermanos Razzore, diseñando las piruetas de los trapecistas… Claro, ¿cómo no iba a hacerlo si la trapecista principal se convirtió primero en su novia y luego en su esposa? Entre ambos diseñaron una rutina que se convirtió en un éxito desde que comenzaron a llevarla a cabo: ella se lanzaba al vacío con los ojos vendados mientras él hacía ruidos de avión desde la cornisa más alta de la carpa. Durante cinco años el público miró a la mujer más bella del mundo saltando de un trapecio a otro y jugando al avión supersónico desde las alturas hasta que quedó embarazada y el trapecio se convirtió en plácida mecedora.

Hoy en día el Niño Jet maneja su propia compañía. Entre sus clientes se cuentan Airbus, McDonell Douglas y Boeing. Hoy está feliz porque muy pronto comenzará a trabajar para la NASA. Alguien lo recomendó para que trabajara en la remodelación de los motores del Endeavour.

La vida del Niño Jet no ha sido fácil, pero ha tenido sus compensaciones.