Éste es mi regalo para todos Uds. Saludos poderosos.
lunes, diciembre 28, 2009
Y PARA TERMINAR EL AÑO
Se acerca el fin del año y es hora de sentarse a pensar en todas las barbaridades que hicimos durante estos 365 días. Es hora también de desearles cosas bonitas a los demás, de dejar la tontería y hablarle al vecino, a quien juraste no dirigirle la palabra hasta que te pidiera perdón por haberse montado en tu mata de aguacates para pegarle un cable a tu antena de Direct TV.
Se acerca el fin del año y es hora de hacer las paces con todo el mundo; en especial con la gente loca y desordenada de este país que cada año toma decisiones frívolas que hacen que vivamos en un pozo de arenas movedizas.
Es hora de sentarse junto a una botella de ron y pensar seriamente en cuanto hemos ganado y perdido, en los amigos y familiares que se fueron, en los años que pasan, en la necedad o sabiduría que acumulamos, en el ser y en la nada… ¡Salud, carajo!
Es tiempo de hacer planes, de ponerse metas, de mirar hacia adelante con optimismo, de tener ambiciones sanas, de prepararse para que el porvenir no llegue y nos agarre durmiendo en calzoncillos. Es tiempo también de establecer prioridades y de darse cuenta de que no siempre seremos jóvenes, de que la vida es una gandola sin frenos que puede pasarnos por encima u obedecernos, según si nos hacemos con el volante o nos lanzamos bajo sus ruedas (qué bella esta metáfora camionera. Sólo nos faltaron la rampa de frenado y el cargamento de cochinos para completar la imagen).
La vida es un milagro. Celebremos que estamos vivos, que podemos abrazarnos y besarnos, que podemos desearnos el bien e intentar ser menos imbéciles. Festejemos con alegría, pero sin molestar al prójimo. Miren que no estamos para excesos, que la juventud se acaba y que el infierno está lleno de idiotas que se creyeron inmortales.
El tiempo es elástico y siempre juega en contra nuestra. Por eso hay que seguirle la corriente y aprovecharlo, haciendo vainas útiles que nos hagan mejores personas. Quizás ahí esté el meollo de los meollos porque si uno no trata de ser buena gente, es muy probable que dé lo mismo tener un Mustang 2010 plateado u otro posgrado en Harvard. De nada vale cuanto acumulemos, si somos unos miserables de espíritu a los que no les importa hacer sonreír al prójimo.
Bailen, celebren, coman, gocen pero miren a su alrededor. Observen si hemos construido el presente que alguna vez nos imaginamos o si estamos en el infierno de la improvisación, en el caos producto de lo que no planificamos ni deseamos ni quisimos. Hay que bailar, beber y celebrar sin alejarse de la seriedad de la vida, de aquello por lo que hay que luchar y quemarse las pestañas leyendo y estudiando.
Hablemos de la alegría que este año no nos desborda, pero que está ahí, a pesar de todo. Abracémonos. Digámonos cuánto nos queremos, cuánto nos necesitamos, cuánto deseamos estar cerca los unos de los otros porque, en los momentos más oscuros, sólo nos tenemos los unos a los otros (Dios también está ahí, pero como él no se mete en cuestiones de economía y política, es como si no estuviera). Expresémonos nuestro fervor. Saquemos a flote lo poco o mucho que tengamos de bueno. Creámonos beatos, así sea por uno o dos segundos al día. Dejemos las groserías, las envidias, las malacrianzas, los apetitos voraces, los pesimismos ilustrados, las adoraciones ciegas, la repetición de fuegos fatuos y los malos humores. Usemos desodorante, cambiémonos los interiores todos los días, comamos con la boca cerrada, pidamos la bendición y, doquiera que vayamos, tratemos de no ser pavosos.
Mejor no sigamos por aquí. Suena a película repetida y evangelizadora. Ustedes vean lo que hacen y si se portan bien o no el año que viene. Total: ya están grandecitos.
Se acerca el fin del año y es hora de sentarse a pensar en todas las barbaridades que hicimos durante estos 365 días. Es hora también de desearles cosas bonitas a los demás, de dejar la tontería y hablarle al vecino, a quien juraste no dirigirle la palabra hasta que te pidiera perdón por haberse montado en tu mata de aguacates para pegarle un cable a tu antena de Direct TV.Se acerca el fin del año y es hora de hacer las paces con todo el mundo; en especial con la gente loca y desordenada de este país que cada año toma decisiones frívolas que hacen que vivamos en un pozo de arenas movedizas.
Es hora de sentarse junto a una botella de ron y pensar seriamente en cuanto hemos ganado y perdido, en los amigos y familiares que se fueron, en los años que pasan, en la necedad o sabiduría que acumulamos, en el ser y en la nada… ¡Salud, carajo!
Es tiempo de hacer planes, de ponerse metas, de mirar hacia adelante con optimismo, de tener ambiciones sanas, de prepararse para que el porvenir no llegue y nos agarre durmiendo en calzoncillos. Es tiempo también de establecer prioridades y de darse cuenta de que no siempre seremos jóvenes, de que la vida es una gandola sin frenos que puede pasarnos por encima u obedecernos, según si nos hacemos con el volante o nos lanzamos bajo sus ruedas (qué bella esta metáfora camionera. Sólo nos faltaron la rampa de frenado y el cargamento de cochinos para completar la imagen).
La vida es un milagro. Celebremos que estamos vivos, que podemos abrazarnos y besarnos, que podemos desearnos el bien e intentar ser menos imbéciles. Festejemos con alegría, pero sin molestar al prójimo. Miren que no estamos para excesos, que la juventud se acaba y que el infierno está lleno de idiotas que se creyeron inmortales.
El tiempo es elástico y siempre juega en contra nuestra. Por eso hay que seguirle la corriente y aprovecharlo, haciendo vainas útiles que nos hagan mejores personas. Quizás ahí esté el meollo de los meollos porque si uno no trata de ser buena gente, es muy probable que dé lo mismo tener un Mustang 2010 plateado u otro posgrado en Harvard. De nada vale cuanto acumulemos, si somos unos miserables de espíritu a los que no les importa hacer sonreír al prójimo.
Bailen, celebren, coman, gocen pero miren a su alrededor. Observen si hemos construido el presente que alguna vez nos imaginamos o si estamos en el infierno de la improvisación, en el caos producto de lo que no planificamos ni deseamos ni quisimos. Hay que bailar, beber y celebrar sin alejarse de la seriedad de la vida, de aquello por lo que hay que luchar y quemarse las pestañas leyendo y estudiando.
Hablemos de la alegría que este año no nos desborda, pero que está ahí, a pesar de todo. Abracémonos. Digámonos cuánto nos queremos, cuánto nos necesitamos, cuánto deseamos estar cerca los unos de los otros porque, en los momentos más oscuros, sólo nos tenemos los unos a los otros (Dios también está ahí, pero como él no se mete en cuestiones de economía y política, es como si no estuviera). Expresémonos nuestro fervor. Saquemos a flote lo poco o mucho que tengamos de bueno. Creámonos beatos, así sea por uno o dos segundos al día. Dejemos las groserías, las envidias, las malacrianzas, los apetitos voraces, los pesimismos ilustrados, las adoraciones ciegas, la repetición de fuegos fatuos y los malos humores. Usemos desodorante, cambiémonos los interiores todos los días, comamos con la boca cerrada, pidamos la bendición y, doquiera que vayamos, tratemos de no ser pavosos.
Mejor no sigamos por aquí. Suena a película repetida y evangelizadora. Ustedes vean lo que hacen y si se portan bien o no el año que viene. Total: ya están grandecitos.
martes, diciembre 22, 2009
EL CLUB DE LOS OFICIOS RAROS
Hace unos días terminé de leer El club de los negocios raros, de G.K. Chesterton, y aún no sé definirlo. No sé si se trata de un libro de cuentos o de una novela inusual. Sea volumen de relatos o novela-novela, estamos hablando de una rara maravilla sobre la que me gustaría contarles algunos detalles.
Si hay algo digno de envidia en este mundo es encontrarse con alguien que ama su trabajo. No es común conseguir gente así, embebida en lo que hace, contenta y a la vez concentrada en una actividad por la que cobrará un dinero. ¡Bienaventurados sean los que se divierten trabajando!
Este libro trata sobre gente que abandonó lo que hacía, aunque le brindara riqueza y prestigio, para dedicarse a eso que le apasiona. Lo extraordinario de estas historias radica en que a sus personajes no los mueven las actividades convencionales ni aquello que se puede encerrar dentro del coto de lo normal. Estos personajes tienen motivaciones tan íntimas que, si acaso, las comparten con unos pocos a quienes consideran sus semejantes, y que están reunidos en ese club, en esa organización secreta a la que sólo puede pertenecer aquél que se gane la vida ejerciendo una actividad lícita y de su propia creación que sea tan rara como una jirafa voladora. Es así como nos encontramos con la historia del doctor de lo inútil al que creen loco cuando pone en práctica una de sus teorías; o la historia de un clérigo temeroso que retiene en su casa a un caballero para contarle que cuatro hombres disfrazados de mujeres trataron de inmiscuirlo en un truculento crimen.
Aquí, en nuestro modesto mundo real plagado de mafias, no tenemos noticia de que se haya fundado un club que se le parezca al que nos muestra este libro extraordinario. Quizás, antes de fundar un club, tengamos que aceptar que nos sentimos solos y que necesitamos a los demás para compartir nuestras experiencias y conocimientos, como saben desde antaño los ingleses, que han fundado en la realidad y en la ficción toda suerte de organizaciones para no sentirse solos y para crear un mundo dentro del mundo, una utopía de salón regida por reglas tan sencillas como inquebrantables.
Hablando de eso, y como dato curioso, tal vez los ejemplos más parecidos al club del que hablamos, los encontremos en nuestra memoria ociosa de espectadores de películas. En The game (1997), se nos cuenta la anécdota de Conrad Van Orton, un personaje de lo más peculiar que le paga a una compañía para que enrede a su hermano Nicholas en una abigarrada conspiración que le enseñe a no ser tan idiota. Esa anécdota ya se encuentra en El club de los negocios raros. Al coronel Brown lo amenazan y le montan un tinglado con la única finalidad de sacarlo de su vida aburrida y de probar si de verdad es un hombre valiente. Los encargados de semejante tramoya fueron los dueños de una extraña compañía dedicada a tales oficios.
En The fight club (1999), también de David Fincher, un innombrado personaje y su alter ego crean una singular organización que se dedica a fomentar el caos en cualquiera de sus formas. Lo que une a esos hombres que pertenecen al club de la pelea, es el descontento que les produce la vida normal, motivación exacta a la de los miembros de otros ilustres clubs de la historia tanto real como imaginaria.
¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de abandonar eso que hacemos para dedicarnos a aquello que en verdad nos agrada y encima ser capaces de convertirlo en algo rentable? Ésa es la gran pregunta que, más allá de las reflexiones sobre la inconformidad y los clubs, nos provoca este libro grato y extraño.
Sí. Ya se dieron cuenta. Hablamos de un libro capaz de sembrarnos una gigantesca inquietud. Léanlo cuando puedan.
Hace unos días terminé de leer El club de los negocios raros, de G.K. Chesterton, y aún no sé definirlo. No sé si se trata de un libro de cuentos o de una novela inusual. Sea volumen de relatos o novela-novela, estamos hablando de una rara maravilla sobre la que me gustaría contarles algunos detalles.Si hay algo digno de envidia en este mundo es encontrarse con alguien que ama su trabajo. No es común conseguir gente así, embebida en lo que hace, contenta y a la vez concentrada en una actividad por la que cobrará un dinero. ¡Bienaventurados sean los que se divierten trabajando!
Este libro trata sobre gente que abandonó lo que hacía, aunque le brindara riqueza y prestigio, para dedicarse a eso que le apasiona. Lo extraordinario de estas historias radica en que a sus personajes no los mueven las actividades convencionales ni aquello que se puede encerrar dentro del coto de lo normal. Estos personajes tienen motivaciones tan íntimas que, si acaso, las comparten con unos pocos a quienes consideran sus semejantes, y que están reunidos en ese club, en esa organización secreta a la que sólo puede pertenecer aquél que se gane la vida ejerciendo una actividad lícita y de su propia creación que sea tan rara como una jirafa voladora. Es así como nos encontramos con la historia del doctor de lo inútil al que creen loco cuando pone en práctica una de sus teorías; o la historia de un clérigo temeroso que retiene en su casa a un caballero para contarle que cuatro hombres disfrazados de mujeres trataron de inmiscuirlo en un truculento crimen.
Aquí, en nuestro modesto mundo real plagado de mafias, no tenemos noticia de que se haya fundado un club que se le parezca al que nos muestra este libro extraordinario. Quizás, antes de fundar un club, tengamos que aceptar que nos sentimos solos y que necesitamos a los demás para compartir nuestras experiencias y conocimientos, como saben desde antaño los ingleses, que han fundado en la realidad y en la ficción toda suerte de organizaciones para no sentirse solos y para crear un mundo dentro del mundo, una utopía de salón regida por reglas tan sencillas como inquebrantables.
Hablando de eso, y como dato curioso, tal vez los ejemplos más parecidos al club del que hablamos, los encontremos en nuestra memoria ociosa de espectadores de películas. En The game (1997), se nos cuenta la anécdota de Conrad Van Orton, un personaje de lo más peculiar que le paga a una compañía para que enrede a su hermano Nicholas en una abigarrada conspiración que le enseñe a no ser tan idiota. Esa anécdota ya se encuentra en El club de los negocios raros. Al coronel Brown lo amenazan y le montan un tinglado con la única finalidad de sacarlo de su vida aburrida y de probar si de verdad es un hombre valiente. Los encargados de semejante tramoya fueron los dueños de una extraña compañía dedicada a tales oficios.
En The fight club (1999), también de David Fincher, un innombrado personaje y su alter ego crean una singular organización que se dedica a fomentar el caos en cualquiera de sus formas. Lo que une a esos hombres que pertenecen al club de la pelea, es el descontento que les produce la vida normal, motivación exacta a la de los miembros de otros ilustres clubs de la historia tanto real como imaginaria.
¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de abandonar eso que hacemos para dedicarnos a aquello que en verdad nos agrada y encima ser capaces de convertirlo en algo rentable? Ésa es la gran pregunta que, más allá de las reflexiones sobre la inconformidad y los clubs, nos provoca este libro grato y extraño.
Sí. Ya se dieron cuenta. Hablamos de un libro capaz de sembrarnos una gigantesca inquietud. Léanlo cuando puedan.
domingo, diciembre 20, 2009
EL DEL ESTRIBO
En teoría los abrazos no se acaban, pero ustedes saben cómo son las cosas. Es navidad, nos deseamos lo mejor, nos queremos, nos amamos y, de repente, cuando pasan estas fechas, nos encontramos con que no nos cierran los pantalones, las tarjetas de crédito no pueden con ellas mismas y se acabaron las excusas para expresarnos el amor que supuestamente nos tenemos. Vuelven el fastidio y la encarnizada lucha por la supervivencia.
Por eso es mejor hacerse el loco y no andar abrazando a tanta gente ni diciéndole a todo el mundo cuánto lo queremos. Cuando se acaben las fiestas, todos se pondrán sus cuchillos en sus bocas y pelearán por sobrevivir en sus respectivos trabajos, lucharán porque sea a otros a quienes boten y no a ellos, oh hermanos, que os queréis tanto y que tantos villancicos cantasteis juntos en estos días de navidad.
Así es la vida. Así (y de mil maneras inimaginables más) somos los seres humanos.
Y conste que no se trata de ser pesimistas. Se trata de llevar unos cuantos años observándonos de cerca.
Quizás lo procedente en estos casos sea, tal cual, ofrecerle cariño sincero, amistad y abrazos a la familia y a muy pocos amigos, guardarse el lomito del amor para unos pocos que en verdad lo merecen y dejarle a los demás, la cordialidad, el apretón de manos, la sonrisa normal y el respeto que todos nos merecemos. Esa vaina de tratar a todo el mundo como si fuera tu hermano del alma, sólo trae problemas. La confianza automática de la que hacemos gala cada vez que podemos, sólo engendra desastres.
La navidad es una máquina de hacer amistades instantáneas. Si no nos cuidamos, enloquecemos. ¿Cuánta gente no termina durmiendo con un cantante de gaitas por no mantener cierto grado de circunspección? ¿Cuántos no han usado la fiesta de la oficina para darle rienda suelta a sus más retorcidos deseos? ¿Cuántos no han terminado en una clínica porque se entregaron a lo que mi amigo Sergio Márquez llama «el arroyo inmundo de la vida galante»?
Lo extraño es que durante los días navideños se despliega algo —quizás sea el espíritu de la navidad— que hace que mucha gente se sienta relajada y libre para hacer lo que no haría en otra época del año. Tal vez la explicación a ese desmelenado colectivo se encuentre en las utilidades. Si tales emolumentos se otorgaran en abril, quizás tuviésemos unas semanas santas aún más «alegres» que las que tenemos en la actualidad… Como hay plata en las alforjas, nos sentimos inmortales, y ahí es cuando los que no se miden, acaban durmiendo con el hombre del furruco.
Las utilidades son maná del cielo para quienes aman la amistad instantánea, el whisky y el ruido ensordecedor de un conjunto de gaitas. Sigan bebiendo. Sigan malbaratando su patrimonio. Sigan creyendo que la vida es este desorden oscuro en el que nos sumimos cada vez que se pone el sol en nuestro país.
Nuestra sensibilidad es extraña y no cree en fechas ni en permisos para solazarse en el baile. Sin embargo, hay que reconocer que cuando se acaban las navidades, se acaban las excusas para soltarse el moño. Hay que esperar hasta carnaval y luego hasta semana santa para que surjan nuevas ocasiones de solaz. Quizás por eso estos días se vivan con tanta intensidad y con tanta desazón. No importa que la economía nos ahorque o que el tráfico en las grandes ciudades nos haga sudar ácido clorhídrico. Todos queremos participar de ese algo innombrado que traen consigo estos días que parecen más fugaces que los demás. Lo que pasa (y valga la redundancia tipo Mario Moreno) es que algunos se pasan.
Cuídense. No hagan idioteces. No se vayan con la cantante de pasodobles, si no la han visto sin maquillaje.
Y feliz 2010.
En teoría los abrazos no se acaban, pero ustedes saben cómo son las cosas. Es navidad, nos deseamos lo mejor, nos queremos, nos amamos y, de repente, cuando pasan estas fechas, nos encontramos con que no nos cierran los pantalones, las tarjetas de crédito no pueden con ellas mismas y se acabaron las excusas para expresarnos el amor que supuestamente nos tenemos. Vuelven el fastidio y la encarnizada lucha por la supervivencia.Por eso es mejor hacerse el loco y no andar abrazando a tanta gente ni diciéndole a todo el mundo cuánto lo queremos. Cuando se acaben las fiestas, todos se pondrán sus cuchillos en sus bocas y pelearán por sobrevivir en sus respectivos trabajos, lucharán porque sea a otros a quienes boten y no a ellos, oh hermanos, que os queréis tanto y que tantos villancicos cantasteis juntos en estos días de navidad.
Así es la vida. Así (y de mil maneras inimaginables más) somos los seres humanos.
Y conste que no se trata de ser pesimistas. Se trata de llevar unos cuantos años observándonos de cerca.
Quizás lo procedente en estos casos sea, tal cual, ofrecerle cariño sincero, amistad y abrazos a la familia y a muy pocos amigos, guardarse el lomito del amor para unos pocos que en verdad lo merecen y dejarle a los demás, la cordialidad, el apretón de manos, la sonrisa normal y el respeto que todos nos merecemos. Esa vaina de tratar a todo el mundo como si fuera tu hermano del alma, sólo trae problemas. La confianza automática de la que hacemos gala cada vez que podemos, sólo engendra desastres.
La navidad es una máquina de hacer amistades instantáneas. Si no nos cuidamos, enloquecemos. ¿Cuánta gente no termina durmiendo con un cantante de gaitas por no mantener cierto grado de circunspección? ¿Cuántos no han usado la fiesta de la oficina para darle rienda suelta a sus más retorcidos deseos? ¿Cuántos no han terminado en una clínica porque se entregaron a lo que mi amigo Sergio Márquez llama «el arroyo inmundo de la vida galante»?
Lo extraño es que durante los días navideños se despliega algo —quizás sea el espíritu de la navidad— que hace que mucha gente se sienta relajada y libre para hacer lo que no haría en otra época del año. Tal vez la explicación a ese desmelenado colectivo se encuentre en las utilidades. Si tales emolumentos se otorgaran en abril, quizás tuviésemos unas semanas santas aún más «alegres» que las que tenemos en la actualidad… Como hay plata en las alforjas, nos sentimos inmortales, y ahí es cuando los que no se miden, acaban durmiendo con el hombre del furruco.
Las utilidades son maná del cielo para quienes aman la amistad instantánea, el whisky y el ruido ensordecedor de un conjunto de gaitas. Sigan bebiendo. Sigan malbaratando su patrimonio. Sigan creyendo que la vida es este desorden oscuro en el que nos sumimos cada vez que se pone el sol en nuestro país.
Nuestra sensibilidad es extraña y no cree en fechas ni en permisos para solazarse en el baile. Sin embargo, hay que reconocer que cuando se acaban las navidades, se acaban las excusas para soltarse el moño. Hay que esperar hasta carnaval y luego hasta semana santa para que surjan nuevas ocasiones de solaz. Quizás por eso estos días se vivan con tanta intensidad y con tanta desazón. No importa que la economía nos ahorque o que el tráfico en las grandes ciudades nos haga sudar ácido clorhídrico. Todos queremos participar de ese algo innombrado que traen consigo estos días que parecen más fugaces que los demás. Lo que pasa (y valga la redundancia tipo Mario Moreno) es que algunos se pasan.
Cuídense. No hagan idioteces. No se vayan con la cantante de pasodobles, si no la han visto sin maquillaje.
Y feliz 2010.
domingo, diciembre 13, 2009
NAVIDAD DE FARÁNDULA
En esta época la farándula venezolana sufre una crisis de estrellas. Si Uds. observan con detenimiento, notarán que a todos los programas van los mismos invitados. A veces el asunto es tan extraño que no es difícil encontrar el siguiente cambalache:
Alberto Blanco Borenmeiker es el presentador del programa «Angustias Lejanas» e invita a Alicia Michaels de García para que vaya a conversar sobre las navidades de antaño. La entrevista es tan exitosa que, a las dos semanas, Alicia Michaels de García invita a Alberto Blanco Borenmeiker a «El cañón increíble», el programa que anima en televisión desde hace quince años.
Uds. dirán que eso es un chiste, pero nuevamente los conmino a que se fijen atentamente en la radio y en la televisión de nuestro país y pillen cómo hay una escasez de personajes interesantes en nuestra farándula… En la mañana, en la tarde y en la noche, entrevistan a los mismos expertos, a las mismas actrices con las mismas obras de teatro, a los mismos organizadores de eventos, a los mismos humoristas, a los mismos políticos, a las mismas dramaturgas, poetas, periodistas, corresponsales de guerra… A los mismos cocineros, encuestadores, modelos, músicos, modistas y demás cactus de distintas espinas. Todos van a los mismos programas. Todos pasan de entrevistados a entrevistadores en un dos por tres y más si son bonitos, se depilan y tienen pico de plata.
Como estamos en navidad, las estrellas deberían ir de programa en programa disfrazadas de Niños Jesús o de San Nicolás… Aunque pensándolo bien, ya estamos hartos de ver actores patinando o haciendo el trencito en las propagandas navideñas de todos los canales de televisión. No obstante sería una belleza ver que los locutores del noticiero estelar narran cualquiera de las barbaridades que ocurren a diario en nuestro país, mostrando una barba blanca y diciendo «JoJoJo» entre desastre y desastre.
«Un choque entre quince autos paraliza el tránsito durante diecinueve horas en el sector Mis Coquitos. JoJoJo. Un oso se escapa del zoológico de Las Hamacas y crea el caos en un mercado clandestino de escopetas. JoJoJo. Un helicóptero artillado aterrizó en los predios del parque San Timbre. Testigos presenciales declararon que los tripulantes se apearon de la nave, se comieron seis perros calientes y siguieron su camino a bordo del helicóptero. Al interrogar a los testigos sobre la bandera que llevaba la nave en cuestión, ninguno supo qué contestar. JoJoJo…».
Aparte de la repetición de invitados y de los mensajes navideños de los canales de televisión, hay dos detalles que nos enfurruñan con nuestra farándula. El primero: las nuevas estrellas no se preparan; sólo confían en su juventud, en la pericia de sus depiladoras y en su capacidad para caerles bien a sus jefes. Damas y caballeros de la farándula, nuestro respeto por ustedes aumentaría a niveles astronómicos si se leyeran Doña Bárbara cuando tengan que interpretar a Santos Luzardo o a Marisela Barquero.
El segundo ya no lo recuerdo. Creo que era algo sobre hacernos creer que ustedes sólo abren la boca para hablar bien del prójimo…
En estos días veremos otra vez a Claudio Nazoa haciendo pan de jamón en todos los canales de televisión, a Armando Scanonne disertando una vez más sobre la hallaca, a Leopoldo Castillo hablando sobre las diferencias entre pernil y paleta en «Así cocina Soucy», a Aimara Lorenzo preguntando por el precio de las aceitunas en el mercado de Guaicaipuro, a Dad Dáger diciendo que ella come de todo pero que no engorda, a Nancy Ramos cantando... Y ya.
Paciencia. La navidad y la farándula son dos películas repetidas ante las que no hay nada que hacer.
Alberto Blanco Borenmeiker es el presentador del programa «Angustias Lejanas» e invita a Alicia Michaels de García para que vaya a conversar sobre las navidades de antaño. La entrevista es tan exitosa que, a las dos semanas, Alicia Michaels de García invita a Alberto Blanco Borenmeiker a «El cañón increíble», el programa que anima en televisión desde hace quince años.
Uds. dirán que eso es un chiste, pero nuevamente los conmino a que se fijen atentamente en la radio y en la televisión de nuestro país y pillen cómo hay una escasez de personajes interesantes en nuestra farándula… En la mañana, en la tarde y en la noche, entrevistan a los mismos expertos, a las mismas actrices con las mismas obras de teatro, a los mismos organizadores de eventos, a los mismos humoristas, a los mismos políticos, a las mismas dramaturgas, poetas, periodistas, corresponsales de guerra… A los mismos cocineros, encuestadores, modelos, músicos, modistas y demás cactus de distintas espinas. Todos van a los mismos programas. Todos pasan de entrevistados a entrevistadores en un dos por tres y más si son bonitos, se depilan y tienen pico de plata.
Como estamos en navidad, las estrellas deberían ir de programa en programa disfrazadas de Niños Jesús o de San Nicolás… Aunque pensándolo bien, ya estamos hartos de ver actores patinando o haciendo el trencito en las propagandas navideñas de todos los canales de televisión. No obstante sería una belleza ver que los locutores del noticiero estelar narran cualquiera de las barbaridades que ocurren a diario en nuestro país, mostrando una barba blanca y diciendo «JoJoJo» entre desastre y desastre.
«Un choque entre quince autos paraliza el tránsito durante diecinueve horas en el sector Mis Coquitos. JoJoJo. Un oso se escapa del zoológico de Las Hamacas y crea el caos en un mercado clandestino de escopetas. JoJoJo. Un helicóptero artillado aterrizó en los predios del parque San Timbre. Testigos presenciales declararon que los tripulantes se apearon de la nave, se comieron seis perros calientes y siguieron su camino a bordo del helicóptero. Al interrogar a los testigos sobre la bandera que llevaba la nave en cuestión, ninguno supo qué contestar. JoJoJo…».
Aparte de la repetición de invitados y de los mensajes navideños de los canales de televisión, hay dos detalles que nos enfurruñan con nuestra farándula. El primero: las nuevas estrellas no se preparan; sólo confían en su juventud, en la pericia de sus depiladoras y en su capacidad para caerles bien a sus jefes. Damas y caballeros de la farándula, nuestro respeto por ustedes aumentaría a niveles astronómicos si se leyeran Doña Bárbara cuando tengan que interpretar a Santos Luzardo o a Marisela Barquero.
El segundo ya no lo recuerdo. Creo que era algo sobre hacernos creer que ustedes sólo abren la boca para hablar bien del prójimo…
En estos días veremos otra vez a Claudio Nazoa haciendo pan de jamón en todos los canales de televisión, a Armando Scanonne disertando una vez más sobre la hallaca, a Leopoldo Castillo hablando sobre las diferencias entre pernil y paleta en «Así cocina Soucy», a Aimara Lorenzo preguntando por el precio de las aceitunas en el mercado de Guaicaipuro, a Dad Dáger diciendo que ella come de todo pero que no engorda, a Nancy Ramos cantando... Y ya.Paciencia. La navidad y la farándula son dos películas repetidas ante las que no hay nada que hacer.
lunes, diciembre 07, 2009
TRES REGALITOS DE NAVIDAD
Primer regalito
Carlos Alberto llevaba una barba blanca y una chaqueta roja. Él tenía la costumbre de cargar consigo un estuche con tres destornilladores. Con semejantes herramientas, este sujeto le daba rienda suelta a su convulsión vandálica; cada noche intervenía las piezas móviles de algunos de los objetos mecánicos que se topaba en su camino. Así Carlos Alberto no podía ver un camión Mack porque de inmediato sacaba sus destornilladores y no cejaba hasta que le quitaba el perrito metálico que funge de insignia a esas máquinas poderosas. A veces los dejaba así, sin pieza alguna coronando el capot, y otras cambiaba el pequeño bulldog por un San Francisco de metal o por la cabeza de una medusa de hierro.
Carlos Alberto, con su barba blanca, su chaqueta roja y su sonrisa JoJoJo, repitió esa operación miles de veces. Nunca lo atraparon porque siempre manejó sus herramientas con enorme eficacia y pulcra rapidez.
Los camioneros nunca se quejaron porque lo mismo les daba tener un perrito que una oreja de acero en el capot de su camión.
Y así, con sus destornilladores en el bolsillo, Carlos Alberto vivió feliz.
Segundo regalito
Esa noche Stewart había bebido de más. Por eso salió a la cubierta a tomar un poco de aire.
La fiesta seguía salvaje dos pisos más abajo.
Stewart apoyó los brazos en el pasamano, se desabotonó la casaca roja, se quitó la barba postiza, vio el mar que pegaba contra la blancura de aquel trasatlántico y dejó que su estómago se aligerara.
El aire le hizo bien.
De pronto, el espesor de la borrachera se hizo tan tenue que pudo ver el prodigio. Ahí, a pocas yardas del barco, se asomaron cuatro sirenas que revolotearon entre las olas, lo saludaron y desaparecieron en la espuma.
Stewart se aferró al pasamano. Estuvo así durante unos pocos segundos. Sin traza de borrachera ni de melancolía, se irguió con dignidad en medio de un largo suspiro. Luego pasó sus manos por la casaca roja y volvió a colocar la barba postiza en su sitio.
Era hora de volver a la fiesta.
Tercer regalito
Un hombre vestido de Santa Claus tocó mi puerta. Lo vi por el ojo de cristal y supuse que vino a venderme algo. Como tocó con tanta insistencia, le abrí.
El traje de Santa Claus era perfecto, pero llevaba una pistola en la diestra.
—¿Me presta el baño?
¿Qué podía decirle? Era Santa Claus y llevaba una pistola.
—Sí, claro. Pase por aquí a la derecha.
Yo me senté en la sillita que está al lado de la entrada. En esa espera que no sé si fue larga o corta, me puse a pensar que a mis años, nunca había visto algo como eso. ¿Dónde se ha visto que un Santa Claus te toque la puerta, te pida el baño y pase así, como Pedro por su casa, con una pistola en las manos? El mundo ha devenido en algo loco e incomprensible. Cuando se vaya, voy a limpiar bien ese váter porque una no conoce al hombre que está debajo de ese estúpido disfraz.
De pronto el ruido de la puerta del baño se mezcló con el del retrete y el del lavamanos.
Santa Claus salió sonriendo.
—Muchas gracias, señora. Su casa es muy bonita.
Yo no le respondí. ¿Qué iba a decirle: que sí, que yo misma decoro mis cuatro paredes y dirijo la limpieza? Siempre he detestado decir tonterías.
El Santa Claus estaba parado frente a mí. Ya no llevaba la pistola a la vista. Pude haberme callado, pero como soy como soy, le pregunté:
—¿Y su… herramienta?
—Ay, perdone —se fue al baño y regresó acomodándose los pantalones.
Santa Claus repitió que mis cuadros y mi pesebre eran muy hermosos. Después dijo otras palabras de cortesía que ya no recuerdo, y se fue.
Yo saqué el cloro, el coleto y mis trapos, y limpié hasta que el hambre hizo que me sentara a la mesa.
¡Ya ni Santa Claus se salva de la erosión!
Primer regalitoCarlos Alberto llevaba una barba blanca y una chaqueta roja. Él tenía la costumbre de cargar consigo un estuche con tres destornilladores. Con semejantes herramientas, este sujeto le daba rienda suelta a su convulsión vandálica; cada noche intervenía las piezas móviles de algunos de los objetos mecánicos que se topaba en su camino. Así Carlos Alberto no podía ver un camión Mack porque de inmediato sacaba sus destornilladores y no cejaba hasta que le quitaba el perrito metálico que funge de insignia a esas máquinas poderosas. A veces los dejaba así, sin pieza alguna coronando el capot, y otras cambiaba el pequeño bulldog por un San Francisco de metal o por la cabeza de una medusa de hierro.
Carlos Alberto, con su barba blanca, su chaqueta roja y su sonrisa JoJoJo, repitió esa operación miles de veces. Nunca lo atraparon porque siempre manejó sus herramientas con enorme eficacia y pulcra rapidez.
Los camioneros nunca se quejaron porque lo mismo les daba tener un perrito que una oreja de acero en el capot de su camión.
Y así, con sus destornilladores en el bolsillo, Carlos Alberto vivió feliz.
Segundo regalito
Esa noche Stewart había bebido de más. Por eso salió a la cubierta a tomar un poco de aire.
La fiesta seguía salvaje dos pisos más abajo.
Stewart apoyó los brazos en el pasamano, se desabotonó la casaca roja, se quitó la barba postiza, vio el mar que pegaba contra la blancura de aquel trasatlántico y dejó que su estómago se aligerara.
El aire le hizo bien.
De pronto, el espesor de la borrachera se hizo tan tenue que pudo ver el prodigio. Ahí, a pocas yardas del barco, se asomaron cuatro sirenas que revolotearon entre las olas, lo saludaron y desaparecieron en la espuma.
Stewart se aferró al pasamano. Estuvo así durante unos pocos segundos. Sin traza de borrachera ni de melancolía, se irguió con dignidad en medio de un largo suspiro. Luego pasó sus manos por la casaca roja y volvió a colocar la barba postiza en su sitio.
Era hora de volver a la fiesta.
Tercer regalito
Un hombre vestido de Santa Claus tocó mi puerta. Lo vi por el ojo de cristal y supuse que vino a venderme algo. Como tocó con tanta insistencia, le abrí.
El traje de Santa Claus era perfecto, pero llevaba una pistola en la diestra.
—¿Me presta el baño?
¿Qué podía decirle? Era Santa Claus y llevaba una pistola.
—Sí, claro. Pase por aquí a la derecha.
Yo me senté en la sillita que está al lado de la entrada. En esa espera que no sé si fue larga o corta, me puse a pensar que a mis años, nunca había visto algo como eso. ¿Dónde se ha visto que un Santa Claus te toque la puerta, te pida el baño y pase así, como Pedro por su casa, con una pistola en las manos? El mundo ha devenido en algo loco e incomprensible. Cuando se vaya, voy a limpiar bien ese váter porque una no conoce al hombre que está debajo de ese estúpido disfraz.
De pronto el ruido de la puerta del baño se mezcló con el del retrete y el del lavamanos.
Santa Claus salió sonriendo.
—Muchas gracias, señora. Su casa es muy bonita.
Yo no le respondí. ¿Qué iba a decirle: que sí, que yo misma decoro mis cuatro paredes y dirijo la limpieza? Siempre he detestado decir tonterías.
El Santa Claus estaba parado frente a mí. Ya no llevaba la pistola a la vista. Pude haberme callado, pero como soy como soy, le pregunté:
—¿Y su… herramienta?
—Ay, perdone —se fue al baño y regresó acomodándose los pantalones.
Santa Claus repitió que mis cuadros y mi pesebre eran muy hermosos. Después dijo otras palabras de cortesía que ya no recuerdo, y se fue.
Yo saqué el cloro, el coleto y mis trapos, y limpié hasta que el hambre hizo que me sentara a la mesa.
¡Ya ni Santa Claus se salva de la erosión!
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