lunes, enero 25, 2010

LA CIUDAD DE LAS PISCINAS Así llama Elisa Lerner a Hollywood. ¿No es una belleza? Podría decirle «la ciudad de celuloide», pero no. Prefiere llamarla con el nombre que se le vino a la mente, cuando se concentró en un detalle que, por común, nadie ve en ese lugar.

Yo amo a Columbo o La pasión dispersa es un libro de crónicas de Elisa Lerner que nos ha dado a todos sus lectores infinitas horas de placer no exento de llamados a la meditación y al pensamiento crítico. Para mí la lectura de este material ha sido de una importancia que no puedo medir. Éstas que pergeño desde hace años, son un homenaje secreto a las crónicas que escribió Elisa hace años y que fueron publicadas en el volumen que les acabo de mencionar y en otro que se llama Crónicas ginecológicas.

La prosa de Elisa Lerner es, ante todo, elegante; elegante, bella y ágil; delicada, aguda, reflexiva y capaz de recorrer los abismos sin perder la gracia.

Esta mañana tomé Yo amo a Columbo y leí un perfil de don Arturo Úslar Pietri. Debo decir que sentí una envidia aplastante y gozosa ante las dos descripciones que del gran venezolano hizo nuestra escritora. Primero habló del rostro rozagante y optimista que don Arturo exhibía en su juventud; comparó sus ojos con un par de dados y su sonrisa con un paisaje costero. Más adelante se refirió a la faz del escritor en su vejez, y si creíamos que la descripción de la cara juvenil rozaba la perfección, lean ésta:

«…Los ojos son, ahora, sólo ojos y existe aún, una sonrisa. Pero de dimensión más pequeña que, es posible, sea añoranza de la otra de la juventud y del poder, pero sobre todo síntesis de lo vivido con aquélla. En esta boca que, al presente, sólo por intervalos asoma discretamente risueña, observo una meditación. El rostro se ha vuelto más distante, más solo. La sonrisa es educadamente irónica porque tiende a alguna melancolía. A mí me cuesta y sobrecoge un poco mirar ese semblante. Porque la soledad siempre impone respeto…». (Pág. 276).En Yo amo a Columbo hay una crónica que suelo leerle a mis alumnos. Se llama «Amor en la cafetería del Michigan League» y trata sobre un recorrido al célebre edificio que se encuentra en el campus central de la Universidad de Michigan. Entre las virtudes con que cuenta ese texto magnífico hay dos que no dejo de admirar y encarecer frente a mis semejantes. La primera es el uso puntual de una respetuosa segunda persona que crea el efecto de que, a medida que leemos, caminamos por el Michigan League, nos metemos en su librería, pasamos por el vestíbulo del Lydia Mendelsohn Theater y terminamos en la cafetería, comiéndonos una hamburguesa. La segunda tiene que ver con que esta crónica está armada a partir de hechos mínimos que se nos antojan pequeños fragmentos de una realidad. A su paso, el lector encontrará pasillos alfombrados, baños en los que suena una música discreta, parejas de enamorados que apenas se tocan y se hablan mientras comen…

La gente en general suele esperar grandes historias que nos hagan pensar en lo insondable de la condición humana. Sin embargo, una crónica como ésta contradice ese precepto y nos lleva de la mano, como si tal cosa, por un edificio modélico de la vida universitaria norteamericana, mostrándonos que los detalles inocuos pueden tener tanta fuerza y tanto interés como cualquiera de los que a primera vista consideramos importantes.

El Michigan League todavía existe tal cual lo describió Elisa.

Ojalá pueda ir algún día y quedarme en una de sus veintiún habitaciones para dejar en una mesa de noche el libro del que hablamos.

Sería como rendir un homenaje silencioso del que se enterará sólo aquél que se deslumbre por los detalles más pequeños.

miércoles, enero 20, 2010

MANUAL DE PROCEDIMIENTOS EN CASO DE MALETEO ¿A cuántos caballeros que leen esta página no los han maleteado alguna vez en su vida? El que esté libre de maleteo, que lance la primera piedra o que aprenda a comportarse como un hombre decente leyendo este sencillo manual de supervivencia.

El maleteo es un terremoto particular. Al igual que durante esos fenómenos telúricos, hay que mantener la calma. Eso sí: cuando tu mujer te esté botando de la casa, no vayas a ponerte debajo del marco de la puerta porque no te servirá para nada.

Vamos con las pautas a seguir:

1) Mantén la dignidad. No llores. No berrees. No supliques. Será inútil.

2) Asegúrate de no atizar el espectáculo que tu mujer puede armar en el momento del maleteo. En otras palabras: si ella comienza a botar tu ropa o tus discos por la ventana del edificio, no trates de impedirlo. Deja que sea ella quien quede como una loca.

3) Busca un lugar decente dónde dormir. No hagas como el mini-hombre que, una vez maleteado, tuvo la brillante idea de irse a dormir a su carro y, a las dos horas, tuvo que darle explicaciones a un par de policías que lo confundieron con un desvalijador de vehículos.

4) Llévate tu cartera, tu cepillo de dientes y una copiosa cantidad de interiores.

5) Si te vas a un hotel, no te arrebujes demasiado. Recuerda que la cuenta va creciendo y que tú no eres Donald Trump.

6) Si vas a casa de tus papás, ten paciencia. No les contestes mal ni pongas cara de rodaballo cuando te digan por trillonésima vez que no entienden lo que pasó. Tampoco frunzas el ceño cuando te digan que eres un idiota. Recuerda que son tus viejos y les debes respeto.

7) Cuando estés con tus amigos, mantente incólume. No hay nada peor que lidiar con un imbécil despechado al que le da por hacer y decir toda clase de necedades cuando se toma unos rones.

8) Aléjate de las rockolas y de los boleros y de toda esa letanía pavosa. Inscríbete en un gimnasio, trota, cáele a carajazos a un saco de boxeo. Deshazte de toda la basura del corazón con estoicismo y grandeza.

9) Si tienes que llorar, llora con decoro. Sabemos que cuando los hombres no lloran, pueden pasar cosas horribles. Sin embargo, eso no disculpa que gimotees en público de manera indigna y borracha, como si las lágrimas ahogaran o como si el whisky no tuviera usos más decentes. Lleva tus cuitas con honor.

10) Haz un esfuerzo y trata de vestirte lo mejor que puedas. No permitas que el guayabo te aleje del barbero ni de la Gillete ni de la Skin Bracer ni de las ganas de impresionar a una milf colombiana de un metro noventa y tres.

11) Da muestras de hidalguía. Llama a tu casa y pregunta por tus hijos, si los tienes. Si no los tienes, no llames a preguntar por el conserje del edificio porque te nombrarán a tu mamacita querida y te tirarán el teléfono.

12) No dejes de alimentarte. La acidez casi siempre se produce por comer parado, por comer a deshoras, por no comer o por alimentarte a base de miserables balas frías. Ve cómo haces, pero no dejes de comer decentemente; esto es con los pies bajo la mesa, con cubiertos, masticando despacio y con la boca cerrada. Que tu mujer te haya botado del hogar no es excusa para convertirte en un jabalí.

13) Cuando tu mujer te maletee, sabrás quiénes son tus amigos y para qué sirven. Aún así, no abuses de su confianza (vuelve al ítem 7). Es cierto que las mujeres pasan y los panas quedan, pero no hay que abusar de la suerte de contar con amigos que nos aguanten durante los días morados.

14) Consigue revistas, enciende la televisión y la radio, lee las novelas que no habías podido leer. Aprovecha el maleteo para volverte más inteligente.

15) Nunca olvides que hay maleteos de maleteos y que el mundo da muchas vueltas. Así que ¿quién quita que mañana vuelvas a tu hogar por la puerta grande?
APOTEOSIS DE BILL EVANS
El 6 de julio de 1961 Scott La Faro estrelló su auto contra un árbol.

Con Scott La Faro murió algo indescriptible. Paul Motian y Bill Evans, sus compañeros en el trío, erraron durante años buscando eso que se fue al más allá con el joven contrabajista. Eso que murió con La Faro fue la fuerza invisible que unió a ese grupo y que produjo una gigantesca ola de renovación musical que se extendió en el tiempo y en el espacio a todos los tríos de jazz y a todos los pianistas del mundo. Por eso no es de extrañar que los dos sobrevivientes cayeran en una oscura tristeza de la que sólo saldrían años después.

****

Bill Evans está frente al piano; ni lo mira; se sienta en el banco; pone las manos largas como árboles sobre las teclas y el aire se llena con Alice in Wonderland. Bill no es el de antes. Ya no luce esa elegancia que se hacía una con la música. Ahí está: barbudo, abstraído e inclinado, como siempre, sobre su instrumento.

Joe toca su batería. De vez en cuando mira a Bill y a Marc. Los mira porque les gusta mirarlos. Le parece un milagro estar sentado junto a ellos, tocando esa música tan delicada. Bill, en cambio, no abre los ojos. Lo más seguro es que esté a cientos de millas, jugando golf con su hermano Harry mientras sus manos ancianas tocan el piano. A Bill le encanta el golf. Todos sus compañeros músicos lo saben. Por eso cuando lo ven así, tan distante, se preguntan en qué hoyo andará.

Qué raro es ver en semejantes fachas a este hombre que fue modelo de sobriedad al vestirse. A sus cuarenta y ocho años queda poco del dandi cuya delicadeza al piano parecía una extensión de su elegancia al vestirse. La verdad es que Bill se vestía bien, pero tuvo sus malos momentos, como los tenemos todos… Cuando murió La Faro, hay quien dice que vio a un zombi exacto a Bill Evans deambulando todo sucio por el Village. Así también lo vieron los ojos del anonimato varias veces: unas, poseído por las sustancias que consume, y otras, derrumbado por el suicidio de su primera esposa y la separación de la segunda.

El golf… Sólo el golf y la música salvan. Su papá ofrecía cursos de golf para aprendices. Por eso los hermanitos Evans apreciaban tanto ese deporte. Cada semana iban una o dos veces al Gambler Ridge a jugar y a olvidarse de todo durante un par de horas. Así se hicieron adultos entre instrumentos musicales, música clásica y palos de golf.

La mamá de Bill era rusa y, por haber estudiado piano en su juventud, tenía una respetable discoteca en la que, además de los discos, había una extraordinaria cantidad de partituras que el joven Bill leía con fruición todos los días, antes y después del golf, antes y después de la clase de teoría y solfeo, antes y después de las clases de piano. Si alguien pregunta por la fuente de la genialidad de este hombre, respóndanle que se encuentra en la lectura enjundiosa y placentera de cientos y cientos de partituras de cualquier cantidad de compositores clásicos y contemporáneos: de Bach a Rachmaninov, de Debussy a Stravinski, de Prokofiev a Duke Ellington, de Ravel a George Russell y sigan contando.

Bill Evans fue un hombre melancólico y sensible. Más de una vez la pasó mal en el quinteto de Miles Davis por ser el único blanco. Como no basaba su música en el blues y como tenía una cultura musical más amplia que la de todos ellos juntos, los hombres de color no lo trataron bien. Créanlo o no, Cannonball Adderley y John Coltrane sembraron toda clase de cizaña para que el gigante se fuera del grupo.

Y un día, sin dar demasiadas explicaciones, se fue.

Le hicieron (y nos hicieron) un gran favor porque Bill Evans se convirtió en lo que estaba destinado a ser: un titán, un monstruo inalcanzable cuya luz se acentúa con el paso de los años.

lunes, enero 18, 2010

LÍNEAS QUE SE REPITEN EN LOS DIÁLOGOS DE CASI TODAS LAS PELÍCULAS DE HOLLYWOOD

(y que el doblaje mexicano introdujo en nuestras mentes junto con la idea de que las personas se desmayan al menor golpecito)
Dibujo de Nicola Hicks


* «¿Estás pensando lo mismo que yo?».

* «Muévanse».

* «Tenemos compañia».

* «Sujétense».

* «Esto se va a poner feo».

* «Sólo fue un rasguño».

* «Yo te cubro».

* «Salgan con las manos en alto».

* «Creo que me lastimé el brazo».

* «Aguarda».

* «Andando».

martes, enero 12, 2010

EL CLUB DE LOS INCOMPRENDIDOS
En El club de los incomprendidos, de Gilbert Keith Chesterton. el lector encontrará seis historias: la del asesino moderado, la del charlatán honesto, la del ladrón absorto, la del traidor leal, la del iracundo forzado y la del asceta moderno.

Estamos ante un conjunto de historias de las que no se puede decir de manera tajante que traten sobre asuntos detectivescos o policiales, aunque contengan elementos detectivescos y policiales que se concretan en personajes ingeniosos y situaciones extrañas en las que no faltan las escopetas, los pasadizos secretos, las cajas fuertes y los enigmas por resolver.

Debo decir que me llamó mucho la atención la sencilla estructura de este libro brillante y divertido. Me llamó la atención porque lo único que une a las seis historias, y transforma el volumen en una novela, se encuentra en el prólogo donde se cuenta por qué se reúnen esos personajes fascinantes y, en algunos casos, entrañables.

Sobra decir que El club de los incomprendidos me produjo horas de un placer intransferible, acaso producido porque uno mismo querría formar parte de esa organización a la que pertenecen unos cuantos a quienes sus contemporáneos malentendieron y estigmatizaron de malvivientes.

Palabras más, palabras menos, como a uno en este país que es faro de oscuridad en todos los sentidos.

Leer es un privilegio que no se agota.

martes, enero 05, 2010

DETALLES QUE DEMUESTRAN QUE CRIASTE A UN MANGANZÓN 1) Tu hijo tiene cuarenta años y todavía pretende dormir contigo y con tu esposa en tu propia cama.

2) Tu hijo tiene treinta y siete años y sólo usa bermudas y pantalones a la canilla.

3) Tu hijo no se levanta antes de las nueve de la mañana a menos que tiemble.

4) Tu hijo tiene más de una novia y ellas lo siguen llamando a pesar de las mentiras que él les inventa.

5) Tu hijo no sabe cambiar un caucho ni manipular el surtidor de gasolina.

6) Tu hijo se pasma, si le pides ayuda para pintar la casa o para cambiar la canilla de la poceta del baño.

7) Tu hijo tiene treinta y tantos años, no tiende la cama ni llena las botellas de agua de la nevera.

8) Tu hijo vive comprando consolas de videojuegos, Blu-Rays, BlackBerries y demás artefactos de última generación que muy pronto subastará en «corotosusadoseinútilespuntocom».

9) Tu hijo tiene cuarenta años y no se ve la menor señal de que quiera irse de la casa. Si te ves envuelto en esta situación, te sugerimos seguir el siguiente consejo del ilustre Marqués de Sade de Palo Verde: observa con detenimiento a tu muchacho para saber si está más cerca de Miguel Bosé que de John Wayne. Pase lo que pase, no te preocupes. Recuerda que es tu retoño.

10) Tu hijo tiene cuarenta años y vive comprando muñequitos de Star Wars y Star Trek.

11) Tu hijo no quiere contribuir para pagar el teléfono, la luz, el gas y el cable.

12) Tu hijo acaba en una sola sentada (y sin ayuda) con doscientos cincuenta gramos de queso uruguayo rebanado y trescientos de jamón.

13) Tu hijo te reclama porque ya no compras tocineta.

14) Tu hijo se molesta si le pides la cola a la farmacia o plata para comprar tu caja de Plavix.

15) Tu hijo trae a los amigotes a la casa para que jueguen póker, beban cerveza, fumen, asen un pernil en el horno y, luego, tienes que fajarte a lavar los platos.

16) Tu hijo se compra un plasma de setenta y dos pulgadas y lo mete en su cuarto.

17) Tu hijo compra arroz chino, lumpias y costillitas, y se encierra a comérselos él solo, mientras ve Naruto.

18) Tu hijo se larga de viaje en Carnaval, Semana Santa, Navidad y Año Nuevo, y no te lleva ni a la esquina.

19) Tu hijo tiene treinta y siete años (o más) y quien lo lleva y trae a todas partes es la esposa y/o novia o tú, por supuesto.

20) Tu hijo de cuarenta años no te ha dado nietos ni tiene cara de querer dártelos.

21) Tu hijo se relaciona sólo con sujetos que, al igual que él, viven del cuento y la melodía.

22) Tu hijo lleva quince años estudiando Economía.

23) Tu hijo vive hablando con los pavos-viejos de la cuadra que tienen sus Harley Davidson, pero él no tiene una Harley Davidson ni cara de poder comprarse una con sus propios medios. No te extrañe que un día de éstos te pida su herencia.

24) Tu hijo está enterado de cómo van las ligas española, inglesa, italiana, alemana, holandesa, brasileña, árabe y argentina de fútbol, gracias a que mira todos los partidos sentado frente a su televisor, mientras fuma y pide pizzas por teléfono.

25) Tu hijo es incapaz de reclamarle a ningún abusador que se estaciona en tu puesto en el sótano del edificio.

26) Tu hijo es experto en saberes inútiles; se sabe los nombres de los directores de todas las películas de Hollywood, de todos los bateristas que tocaron con Elvis Presley y de todos los participantes en el Rally París-Dakar de 1993.

27) Tu hijo acaba con dos rollos de papel sanitario al día y no los repone.

28) Tu hijo le sigue diciendo «chamo» o «pana» a su mejor amigo del liceo que ya tiene cuarentitantos años, dos divorcios y tres nietos.

29) Tu hijo tiene la fijación de querer ver a U2 por tercera vez.

30) Tu hijo quiere irse a vivir a Barcelona. (Él no sabe, pero tú sí, que esa ciudad se ha convertido en un imán de buenosparanadas).