martes, febrero 23, 2010

CONSEJOS PARA ESCRITORES QUE DESEAN TENER ÉXITO
1) Si eres francés, llena tus libros de personajes que se caracterizan por su fría sensualidad, por tener problemas de comunicación con sus semejantes y por preguntarse cada tres páginas si la vida tiene sentido.

2) Si eres japonés, escribe al menos un libro donde el protagonista se haga el seppuku o, simplemente, se suicide. A los escritores japoneses les encanta llenar de muertos sus historias.

3) Si eres ruso, debes meterle cinco ladrillos en la cabeza a los personajes de tus novelas y, cuando vayas por la mitad del libro, debes tratar de introducirle siete ladrillos más.

4) Si eres checo, debes hablar sobre Praga y sobre lo dura y absurda que fue la vida durante la dominación soviética. También puedes hablar sobre Franz Kafka y su cucaracha mascota.

5) Si eres surafricano, debes escribir novelas que hablen metafóricamente sobre el apartheid y sobre el conflicto que supone el que ese país se encuentre pasando poco a poco la página de los conflictos raciales.

6) Si eres chino, puedes escribir una nebulosa novela donde haya un sabio lleno de sabiduría ancestral en un paisaje lleno de brumas y de árboles cuyas hojas están cubiertas de rocío. Eso sí: el sabio debe llevar un Rólex para que se sepa que es un sabio contemporáneo.

7) Si eres dominicano, puedes escribir novelas donde se hable de los tiempos oscuros de Rafael Leonidas Trujillo. Si eres realmente osado, podrías crear una escena donde tu protagonista vaya a Sábado de Corporán, pero eso sería demasiado pedir.

8) Si eres argentino, puedes escribir novelas que hablen sobre músicos europeos del siglo XIV o sobre fantasmas cantoneses reseñados en unas crónicas apócrifas. También puedes poner a Jorge Luis Borges bailando milongas con Maradona.

9) Si eres venezolano (y vives en 2009), puedes escribir cuentos o novelas sobre gente divorciada que trata de olvidar sus problemas bebiendo en bares oscuros. A los escritores que escriben sobre esas cosas les sugerimos que formen un movimiento literario y que lo llamen «Los Divorcistas».

10) Si eres estadounidense, trata de escribir cuentos y novelas que tengan punch cinematográfico. Incluye mucho erotismo. Mételes zombis, explosiones, dinosaurios… Si no se te ocurre nada, escribe sobre la Segunda Guerra Mundial. Ese tema siempre tiene rating.

11) Si eres chileno, no puedes dejar de hablar de Pinochet y, si ese tema no te inspira, habla sobre Roberto Bolaño. Di que lo conociste, que jugaste fútbol con él y que cuando era chiquito le encantaba la Emulsión Scott.

12) Si eres egipcio, inventa un personaje a través del cual puedas hablar sobre el eterno conflicto entre las momias del pasado y las momias del presente de tu país. No olvides que Egipto vive de sus momias.

13) Si eres español, cita diálogos de películas, nombra directores de cine y habla con tono natural sobre la cultura pop norteamericana. También puedes hacer como Javier Marías y creerte inglés.

14) Si eres colombiano contemporáneo, abjura de Dios, de García Márquez y de los hombres y quéjate de tu querida Colombia con todo tu corazón.

15) Si eres mexicano, escribe sobre las barbaridades que ocurren en la frontera con Estados Unidos; habla sobre Los Tigres del Norte, ponles ametralladoras a tus personajes y hazlos decir muchas groserías mexicanas. Hazlo rápido porque este tipo de literatura tiene mucha competencia.

16) Si eres iraní, escribe algo sobre un personaje que quiere organizar el desfile del día del orgullo gay en Teherán… Eso sí: no lo publiques en Irán porque te van a dar tu merecido.

17) Seas de donde seas, no olvides que la estupidez es la materia principal de la que está hecha la literatura. Así que no digas que no tienes sobre qué escribir.

martes, febrero 16, 2010

LOS HERRORES HORTOGRÁFICOS
Nicola Hicks: Pato
¿Saben qué aterra a las personas ligadas a las letras? Los errores ortográficos. En todo lo que he escrito, editado o corregido se han colado infinitas catástrofes gramaticales: acentos que no se pusieron, comas que no iban donde fueron puestas, cacofonías producidas por verbos que terminan igual… En fin: errores que no me dejan dormir en paz y que me hacen soñar escenas espantosas como ésta que paso a contarles.

Estaba yo revisando un libro que me tocó corregir y de pronto me doy cuenta de que por cada error ortográfico que consigo, se me afloja un diente. Al principio no le doy mucha importancia. Me digo que Ismael, un amigo de mi infancia que es odontólogo, puede ponerme dientes nuevos, si se lo pido. Lo malo es que, en el sueño, sigo con mi lectura y sigo topándome con errores de todo calibre. Los dientes se me caen. Primero los de abajo y luego los de arriba. Mi apariencia queda reducida a un estado tan lamentable que ni siquiera el doctor Ismael puede ayudarme a recuperarla. Ahí me despierto y me percato de que, gracias a Dios, mi dentadura está completa.

Del sueño que no era sueño, sino pesadilla, me quedan la angustia por mis dientes y la certeza de que el trabajo de corrección de un material escrito es una tarea tan engañosa como difícil. Tú te lees el cartapacio tres o cuatro veces y, sin embargo, hay errores que se quedan agazapados en la maleza de letras como el soldado de élite que se camufla en el paisaje. Las ciencias digitales tampoco ayudan. Nada menos perfecto y confiable que el corrector que incluye el software de las máquinas. Así que el escritor no puede hacer otra cosa que creer en sí mismo, en su novia o en el editor para que la nueva obra no sea un alijo de imperfecciones gramaticales, y como somos humanos, ustedes ya saben... Lo malo es que las máculas terribles que quitan el sueño y producen pesadillas dentales, a veces son inmunes a las novias letradas y a los editores graduados en alguna universidad catalana.

Claro. Hay errores de errores. No es lo mismo escribir cajón con g que poner una mayúscula donde no va. Igual este argumento no satisface a los lectores exigentes para quienes los errores no sólo son errores, sino distractores de la lectura, elementos que perturban la continuidad y la concentración que son necesarias en todo acto lector. Tienen razón de molestarse y de reclamar tanto desaguisado. ¿Qué más quieren que les diga?

Así como hay herrores de herrores, hay hescritores de hescritores que no saben usar los signos de puntuación. Si ustedes quieren saber si un escritor es un escritor de verdad (y no un hescritor), pregúntenle si sabe usar el punto y coma.

Creo que nunca les he contado que uso Constantine (sí, la de Keanu Reaves) para saber si la gente con la que hablo puede ser amiga mía o no. Tal vez algún día nos encontremos por ahí y comience a hablarles sobre esa película. Si ustedes me dicen que no la vieron, no pasará nada. Pero si me dicen que la vieron y que no les gustó, pues estaremos en problemas porque algo me dirá que ustedes y yo no tenemos eso que se necesita para que una amistad prospere. Con el punto y coma hago la misma prueba. Si ustedes me dicen que son escritores, pero que nunca aprendieron a usar el punto y coma, pues olvídense. Una alarma interna me dirá que quizás tampoco les guste Constantine.

En fin, queridos lectores, que ya estamos divagando. Creo que sólo me resta ofrecerles disculpas por los errores ortográficos que salen a la luz bajo mi responsabilidad y darles las gracias por todo. Como dicen los chinos:
—¿Quiele otla celveza, chamo?

martes, febrero 09, 2010

LA OSCURA MÉCANICA DEL MINISTERIO DEL ODIO Infinita maldad. Infinita mediocridad

El Ministerio del Odio expropia empresas, destruye empresas, toma empresas y compra empresas porque su objetivo es convertirse en el único empleador de la comarca. De esa manera cada nativo dependerá del Ministerio del Odio.

El Ministerio del Odio no invierte en infraestructura no sólo porque los encargados de las reparaciones y del mantenimiento de la infraestructura nacional son unos inútiles, sino porque, para el Ministerio del Odio, el buen funcionamiento de las máquinas dificulta el cumplimiento de sus planes de expansión.

Nos explicamos mejor: la inversión en máquinas que generan y distribuyen, por ejemplo, energía eléctrica le brinda calidad de vida a sus detractores, a la gente a la que el Ministerio del Odio pretende controlar o ver fuera de la comarca. El Ministerio del Odio asume como premisa principal el sofisma de que muchos de sus seguidores nunca han disfrutado las bondades que produce el buen funcionamiento de carreteras, autopistas, hospitales, servicios eléctricos y sanitarios, y, por lo tanto, no hay razón para apurar la inversión en tales servicios.

Al Ministerio del Odio no le interesa enfrentar a los delincuentes. Cada asesinato, cada robo, cada secuestro, vicia el aire y le mina la voluntad a los que el Ministerio del Odio considera sus enemigos, elemento que es vital para que se inhiban o se vayan de la comarca.

El Ministerio del Odio tiene colaboradores en todas partes, incluso entre sus adversarios. Aparte de trasegar información de un lado a otro, y de vender los éxitos de los rebeldes por una arroba de lentejas, estos colaboradores son expertos en trivializar la rabia de los habitantes de la comarca, de bajarle el volumen a las protestas y de aceptar porque sí todo lo que tenga que ver con elecciones, aunque éstas sean organizadas por un organismo-apéndice del propio Ministerio del Odio.

No obstante, y aunque parezca contradictorio, creemos que, si llegan a producirse, hay que participar en las próximas elecciones. No hay que ejecutar ninguna torpeza que libere al Ministerio del Odio de cargar con las consecuencias del caos que él mismo ha producido a lo largo de estos años. Hay que organizarse para participar en las elecciones y, al mismo tiempo, revolver el aire para que a nadie se le olvide que el Ministerio del Odio destruye nuestras vidas.

La médula del mal

Parte de la fuerza del Ministerio del Odio radica en el trabajo constante que ejerce sobre el carisma natural del Líder. El Ministerio del Odio paga a precio de oro la asesoría de unos oscuros expertos en el arte de explotar la debilidad de las personas vía control emocional, generación de esperanzas y otorgamiento de dádivas. La mayoría de los seguidores del Ministerio del Odio se caracterizan por una mezcla de ignorancia y resentimiento que los hace vulnerables a la constante transmisión de sofismas y de medias verdades fáciles de memorizar y repetir. Esto se agrava cuando a esas personas se les aplica un esquema clientelar y se les obliga a depender de un sueldo, de una beca o de unos modestos beneficios a los que esta gente mesmerizada se aferra con voluntad fanática.

Los acólitos del Ministerio del Odio son expertos en desviar cualquier invectiva o comentario que resuma el hastío que a estas alturas producen los discursos y las acciones del Ministerio. Los métodos que utilizan van desde el cambio brusco del tema de conversación hasta el uso de armas de fuego. El Ministerio del Odio produce tal estado de enajenación que torna a sus creyentes en fanáticos de un culto que se asume siempre como víctima a pesar de que es él quien reparte gases, pólvora y balas.

El Ministerio del Odio es una enorme agencia de publicidad y propaganda que le paga a sus fanáticos para que sigan siéndolo. Por un lado los acólitos ven mensajes que exaltan el carisma del Líder y, por otro, reciben algún beneficio tangible que se concreta en las formas en que el populismo sabe concretar sus dádivas. Por eso cuesta tanto debilitar al Ministerio del Odio: porque es una máquina creadora de ilusiones entre los que confunden la administración del Estado con la solución de sus problemas inmediatos de supervivencia.

De lo anterior se infiere el origen de su misteriosa fuerza, la razón por la que a pesar de su ineficiencia gerencial, el Ministerio del Odio continúa al mando de la comarca. Todos reciben. Algo reciben. Los acólitos de aquí reciben. Los de allá reciben. Los de más allá también reciben (o quisieran recibir) y por eso se callan, se hacen la vista gorda o hablan bien de lo que hace este Ministerio del Odio.

El Ministerio del Odio trabaja junto a los Ministerios del Odio de otras naciones y éstos, a su vez, quizás respondan a un Ministerio del Odio superior que trabaje desde las sombras para restituir algo parecido al gran Ministerio del Odio que gobernó a medio mundo entre 1917 y 1991.

A favor del Ministerio del Odio ha jugado la ayuda foránea, la administración de ingentes recursos, la constante repetición de una épica en la que se mezcla el discurso de los fundadores de la patria con la retórica de una ideología que trajo fracaso y miseria doquiera que se puso en práctica. En contra, el Ministerio del Odio se tiene a sí mismo, su barbarie azuzadora de monstruos, su deseo de revivir un cadáver político, su voluntad de imponer un modelo de vida y valores ajenos a los que ha desarrollado la comarca durante generaciones, su desprecio por el esfuerzo individual y su exaltación del colectivismo, sus letanías bélicas, su pésimo desempeño administrativo, su intento de hacer creer a la población que se pueden tratar temas del siglo XXI con palabras de los siglos XVIII y XIX…

Dile adiós a los enanos morales

El Ministerio del Odio es una estructura montada sobre el resentimiento y el deseo de venganza de miles de personas que consideran que una élite beneficiada por los cónsules del pasado les marginó de la prosperidad y los condenó a vivir sin esperanzas. Todo el discurso que sostiene al Ministerio del Odio se basa en exacerbar esos ingredientes que son debilidades en las almas de los habitantes de esta comarca. Por eso quienes se le enfrentan de mil maneras distintas, deben dedicar materia gris y hormonas a perfilar un sueño que se traduzca en un proyecto político que logre conjurar las pasiones oscuras de las se vale el Ministerio del Odio para mantenerse en el poder.

Para comenzar semejante tarea, hay que explicarle a la comarca entera que «socialismo» no significa «ayuda», «asistencia altruista a la sociedad» ni nada que se le parezca. «Socialismo» en los términos en que el Ministerio del Odio lo plantea, significa comunismo, control por parte del Estado de todo cuanto sea posible (de las empresas, del deporte, de la educación, de las libertades individuales, de los medios de comunicación, de las artes, del pensamiento) para, en teoría, repartir los trabajos y las ganancias de la república «a partes iguales» entre los habitantes de la comarca.

Dada la voracidad del Ministerio del Odio resulta fácil imaginarse cómo sería tal repartición…

Hay que volver bífida la lengua y cuidarla de no ponerla a hablar con palabras que sean espejo de las del Ministerio del Odio. Hay que contarle a la humanidad cuán chapucera y perversa es esa estructura de poder y, además, hay que hablarles con respeto a los que hoy se arropan con la capa oscura que les tiende el Ministerio del Odio. Hay que pronunciar un mensaje cálido, que contenga las semillas de la esperanza; un discurso que restañe las heridas de todos y que sirva para ayudar a diseñar un futuro promisor para esta comarca mil veces diezmada.

La labor no es sencilla. Requiere el concurso de voluntades inquebrantables que sean capaces de imponer el orden cuando haga falta, y de mantenerse ecuánimes a la hora del diálogo y de la apertura.

Quiera el destino que la comarca produzca, en su momento, semejantes voluntades. De lo contrario el Ministerio del Odio continuará su labor destructora.

lunes, febrero 08, 2010

EL ARTE TOTAL El arte total es la siesta. No se hagan cráneos. Allá Richard Wagner y aquéllos que pregonaban que la ópera era el arte total porque era una síntesis de todas las artes.

(Hagamos lo que hagamos, una cama o una hamaca siempre nos esperan).

Allá también los que dijeron y siguen diciendo que el cine es ese compendio que reúne en un mismo formato los saberes de un sinfín de artistas de la imagen y de la palabra.

(Si quieres dormir plácidamente, olvídate de ti mismo y pon tu cabeza sobre una almohada perfecta).

Repetimos: el arte total es la siesta. Y lo mejor es que es un espectáculo solitario en el que cada quien es, a la vez, actor, productor, director y espectador.

(Si quieres soñar con monstruos en tu siesta —y quedarte sin respiración durante unos segundos—, almuerza como una criatura mitológica y acaba con los cocidos y los garbanzos que se crucen en tu camino).

La siesta es un remedio infalible contra la tristeza. Quien duerme después del almuerzo, tiene la posibilidad de salirse de sus circunstancias durante unos minutos que son minutos en la vida real, pero horas, lustros o siglos en la temporalidad del sueño. Me explico mejor: en los sueños el tiempo es elástico y los cuentos que nos contamos a nosotros mismos mientras dormimos, no siguen la lógica lineal del tiempo porque tienen su propia lógica y su propio tiempo. Así, la mujer con la que soñamos está vestida ahorita, pero un segundo después está sin ropa y con la cara de otra mujer o de un caballo.

(Si pudiéramos comprar pastillas para soñar con determinados temas o personajes, la Tierra sería un planeta silencioso en el que se oiría el rumor de una sola respiración).

La siesta es el arte total porque quien sueña al mediodía, se sale de su rutina, se va de viaje a otros mundos y a otros tiempos. Todo soñador es un viajero, un dios creador de universos en Technicolor, un coleccionista de atardeceres, un personaje que se ve a sí mismo volando sobre desiertos o caminando por calles que son la suma de muchas calles conocidas.

(En el mundo de los sueños los países no tienen mapas).

La siesta es el arte total porque, quien se ejercita en ella, se pierde en meandros de placidez que vienen aderezados con visiones extáticas de las que duele desprenderse. A veces esas imágenes acompañan voces que nos arrugan el alma, olores que nos recuerdan jardines perdidos u olvidados, remansos a los que ansiamos volver algún día.

(Si sueñas con música, debes saber que estás cerca de algún tipo de beatitud. Si te despiertas con tus propios melismas o tus propios efluvios —sonoros y aromáticos—, reza para que quien te acompañe —si es que duermes siesta acompañado—, no se despierte).

Quien crea que el que duerme, no arriesga, se equivoca. Dormir siesta supone doblar en la vida la posibilidad de alborotar en nosotros ese lado melancólico que tan bien disimulamos tras la corbata. La melancolía es ese perro negro que nos espera al final de ciertos sueños en los que nos vemos libres y felices hasta que nos despertamos en un cuarto caluroso o debajo del escritorio en nuestra oficina.

(Si duermes entre zancudos, trata de no darte golpes ni de tropezarte con la mesa de noche, cuando te levantes a matarlos. Se han visto casos de individuos con brazos fracturados y chichones por dedicarse a matar mosquitos antes de salir de un sueño).

Dormir. Dormir doquiera que sea, bajo las estrellas o sobre el mar, dentro de un tanque de guerra o frente a una hoguera, en el regazo de un tigre o en la cúspide de un rascacielos… Dormir. Dormir sin remilgos, dormir en paz. ¿Qué más se le puede desear a alguien?

Quizás un sofá.

miércoles, febrero 03, 2010

TRES HISTORIAS DE HOSPITAL La última merienda

La versión exacta de esta anécdota se encuentra en Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Midori le pide a su amigo Watanabe que la acompañe al hospital a visitar a su padre.

En determinado momento, el joven se encuentra a solas con el enfermo que duerme el sueño de morfina que precede a la muerte. Watanabe siente hambre; remueve las viandas que Midori trajo de su casa; consigue un par de pepinos y, cuando está a punto de darles un mordisco, siente que el enfermo le clava en el rostro sus ojos de papel.

Watanabe le pregunta si necesita o si le molesta algo. El hombre se mueve y se agita hasta que por fin se hace entender.

Para hacerles el cuento corto, el señor se comió un pepino entero y murió en paz esa misma noche.
E.R.

A las dos y treinta y siete de la madrugada, un hombre entra al vestíbulo vacío de la sala de emergencias del hospital Peña Fajardo; va sobre su motocicleta, lleva una ametralladora portátil y avanza sobre las dos ruedas hacia una puerta de color gris.

El motorizado no se arredra ante el vigilante que le saca una escopeta gorda. La moto permanece detenida y en equilibrio durante unos instantes hasta que su dueño acelera y entra a una sala amplia donde dos médicos y una enfermera le reparan la pierna a un hombre triste.

El cirujano deja el bisturí y toma el revólver que puso debajo de la camilla antes de la operación.

El anestesiólogo se mete la mano en la cintura y saca una pistola.

La enfermera suspira, se agacha y, cuando se levanta, lleva una pajiza en las manos.

El paciente abre los ojos y de la bata azul que le pusieron cuando entró al quirófano, saca una pistola.

El jinete queda paralizado bajo el marco de la puerta. Sus ojos galopan por la sala y terminan concentrados en el rincón de la chaqueta donde vuelve a guardar la ametralladora portátil. Luego da las buenas noches, retrocede, hace rugir su motocicleta y se pierde en la oscuridad.El paciente Ronnie

A Ronnie le diagnosticaron un tumor en el estómago. Su médico le dijo que debía comenzar inmediatamente el tratamiento porque su enfermedad se encuentra en una etapa inicial.

Hace años, en sus presentaciones y conciertos, Ronnie James Dio popularizó un gesto que se hizo santo y seña de los rockeros del mundo entero: el de la mano que dibuja un par de cuernos.

En Metal, a headbanger journey, el documental de Sam Dunn y Scott McFadyen, Ronnie James Dio cuenta que él no inventó esa seña; que cuando su abuela italiana y él salían a pasear, la señora le hacía los cuernos a la gente que, según ella, le lanzaba el malocchio a su nieto o le tenía ojeriza a su familia. De ahí que el puño del que sobresalen los dedos índice y meñique extendidos, sea a la vez una señal de protección y de ataque, de beneficio y de maleficio, que adquiere una lectura muy especial en el contexto de un concierto de rock.

Hoy, cuando el gran Ronnie James Dio se encuentra en pleno trance por recuperar su salud, pensamos una y otra vez en el malocchio, en que si alguna vez vale la pena dibujar los cuernos es ahora, cuando el mal y el dolor acechan en forma de tumor.

Pienso en los caminos de radio y quimio que debe estar surcando Ronnie. Pienso en él y recuerdo la única vez que lo vi en vivo, en la Concha Acústica de Bello Monte; cantaba con voz clara y potente; se movía por el escenario; abría y cerraba los ojos, se doblaba, se estiraba e iba de acá para allá hasta que, de pronto, una luz roja lo iluminó de abajo hacia arriba, dándole un aspecto diabólico y absoluto. Era el momento culminante de su canción Heaven and hell. Era el momento de mostrarles a todos sus manos convertidas en cuernos.

Ponte bien, Ronnie y hazle el malocchio al cáncer para que se vaya a la mierda.