martes, agosto 31, 2010

AYUDA DE OTRO PLANETA
—Papá, por fin tienes tu disco de Iron Maiden.
—Sí, Rodrigo. ¡Por fin!

Así es. Tengo The Final Frontier. Me llegó hoy, al final de un día duro, como tantos, en este país antimateria, antilibertad, antilógica y antivida sobre el que aún camino.

Jódanse.

Este disco, como todos los discos de Iron Maiden me hará pasar horas infinitas de solaz, me mandará a leer libros cuya existencia ignoraba hasta hoy y me dará una razón para seguir teniendo fe en el arte y en la vida.

Mientras todo se cae a pedazos, yo oigo «Isle of Avalon».

Y soy feliz.

domingo, agosto 29, 2010

No me gusta dar consejos. La gente debe aprender por sí misma a no ser idiota. No obstante, me atrevo a decirles a quienes quieran oírme, que no está bien abandonar a los lectores normales (a la gente común que abunda en todas partes) para hacerle cosquillas a unos cuantos académicos o a unos cuantos críticos o a unos cuantos repartidores de becas o a unos cuantos editores o a unos cuantos tomadores de vino gratis.

Los árbitros del gusto sobran y no hay que hacerles caso.

Los escritores no deberían abandonar a sus lectores ni abandonarse a sí mismos para ir detrás de nadie que los bendiga o los unja o les dé permiso para escribir sobre esto o aquello. Cada escritor debe seguir su propio camino y tratar de enamorar a la mayor cantidad de lectores que sea posible. Si lo logra, bien. Si no, no pasa nada. Fracasar no es un delito.

lunes, agosto 23, 2010

ESPÍRITU DE VANGUARDIA
Llevo varios días preguntándome si todavía tiene sentido decir que algo es de vanguardia.

Quién sabe si tenga sentido preguntarse esas cosas y más en un país como el nuestro, que es un país muy bonito y todo lo que ustedes quieran, pero que cada día parece más raro.

En fin. ¿Tiene sentido o no averiguar qué es de vanguardia en este 2010 tormentoso? La pregunta viene a cuento porque mi hermano me envió tres discos del trío de Esbjörn Svensson que no tenía en mi discoteca, y cada vez que los oigo, pienso que estoy pisando territorios que suenan a jazz, a jazz nórdico, a rock, a música modal y electrónica, a una mezcla rara y a la vez poderosa… Lo peor es que los paisajes sonoros que planteaba esta formación sueca ya no pertenecen a ninguna vanguardia. Esbjörn Svensson falleció hace un par de años en un accidente de buceo y, obviamente, su trío se disolvió para siempre.

La sensación de vanguardia que generaba ese grupo, quedó atrás, pero igual, cada vez que oigo sus discos, viajo a un espacio personal en el que esa música suena a cosa nunca oída ni catalogada que me genera imágenes mentales difíciles de comunicar.

Eso no tiene precio y demuestra que vanguardia y tiempo real no siempre van de la mano.
«Vanguardia» es un término que la historia del arte tomó prestado del mundo militar para hablar de los movimientos que, a principios del siglo XX, rompieron con las tradiciones y conminaron a las audiencias a abrir sus mentes a otras perspectivas, a otros goces y a otras posibilidades de expresión. Las vanguardias vivieron su momento de gloria entre los años 30 y 40 hasta que sus discursos fueron absorbidos por otras disciplinas y los farsantes que nunca faltan, desprestigiaron el término hasta convertirlo en una cosa risible.

Es increíble que todavía, a estas alturas, crezcan (como ortigas silvestres) surrealistas, dadaístas, suprematistas, constructivistas y demás, como si Bretón, Duchamp, Malevich o Rodchenko no hubieran existido.

Dejemos las digresiones llenas de odio y vayamos al grano…
Ante la interrogante que abre este modesto artículo habría que contestar que sí, que sí tiene sentido preguntarse por la existencia o no de vanguardias en esta época mohosa. La razón es muy sencilla: los seres humanos necesitamos saber qué está haciendo esa gente cuyo trabajo le abre caminos, posibilidades y perspectivas, a los demás. Tome Ud. el ejemplo del doctor Craig Venter… ¿Sabe Ud. quién es el doctor Craig Venter? Es el biólogo norteamericano que dirigió el equipo cuyo trabajo culminó en la creación de la primera célula artificial. Mientras miríadas de nosotros nos solazamos en nuestras campuruserías habituales, ese señor que está a la vanguardia de las vanguardias médicas y genéticas, se encuentra desde hace años trabajando en el diseño de microorganismos que en algún momento se utilizarán para la creación de combustibles orgánicos mucho más limpios y seguros que el petróleo. Suena a Frankenstein, pero Craig Venter y su trabajo existen y, tarde o temprano, cambiarán nuestras vidas. ¿Cómo no prestarles atención?

Hay obras que nacen en el futuro sin que sus creadores sepan decir cómo o por qué. A veces las ideas nacen adelantadas a su época porque quienes las crean intuyen algún tipo de futuro o siguen un rastro invisible que nace en el remoto pasado y se extiende hacia territorios que nadie ha explorado jamás.

Así funciona el espíritu de vanguardia, el que es de verdad, el que abre los caminos más insospechados y que es un misterio porque se encuentra por igual en la música del trío de Esbjörn Svensson y en las incandescencias experimentales de un alga creada en un laboratorio.

martes, agosto 10, 2010

ESCRITURA, MEMORIA E IMAGINACIÓN
Cuando tratamos de ordenar nuestro pasado, nos damos cuenta de que las lagunas son inevitables y que llenamos los vacíos que encontramos en el relato de nuestra propia experiencia, con detalles que nos provee nuestra imaginación. Es curioso porque también funciona a la inversa: aquello que nos imaginamos, encuentra vanos en su camino, huecos que cubrimos con aquello que guardamos, para bien o para mal, en nuestra memoria. Esa operación que parece tan sencilla, es la fuente de la que emana eso que les permite a los escritores crear sus historias. La materia prima del arte de contar historias surge del diálogo constante entre la memoria y la imaginación.

Nuestra memoria guarda el registro de nuestra vida, de aquello que vivimos como protagonistas o personajes secundarios y también de aquello que simplemente percibimos a través de los sentidos y que unas veces nos llega en su forma natural (valga decir un paisaje desértico o montañoso) y otras en la forma tratada e intervenida de una novela de trescientas páginas. A veces nos cuesta reconocer que nuestra memoria no guarda sólo recuerdos de situaciones que vivimos junto a familiares y amigos; que nuestra memoria atesora películas, canciones, cuentos, poemas, imágenes visuales, olfativas, táctiles y gustativas que adquieren nuevas definiciones en tanto las asociamos a momentos de placer o dolor. Somos seres memoriosos de carne y nervios. Somos el recuerdo de lo que hicimos hace diez o quince años. Somos también las canciones de Metallica, los cuadros de Matisse, las películas de Scorsese, los juegos que disfrutamos junto a nuestros amigos, las novelas de Flaubert, las sonatas de Bach, las fotografías de Sebastiao Salgado…

Cuando nos sentamos a contar una historia, nuestra imaginación se mezcla con todo lo que guarda nuestra memoria, sea esto un conjunto de vivencias divertidas o una tonelada de imágenes extraídas de la historia del arte, del cine, de la música, de la literatura y de quién sabe cuántos lugares más. Ésa es la principal razón por la cual un escritor necesita alimentar su memoria: el arte se alimenta de la vida y del arte. Eso sin contar con que los seres humanos nos acercamos con devoción y humildad casi unánimes a muy pocas obras diseñadas por otros seres humanos. Lo hacemos porque sentimos la necesidad de confrontarnos con aquello que intuimos bello y perfecto, de medirnos con obras que son el producto de talentos mucho más cultivados que los nuestros. Una persona que mira una bailarina de Degas , que oye con atención una pieza de Brahms o de Lee Konitz, tiene la oportunidad de vivir experiencias únicas e intransferibles a la par que conformar su propia personalidad según estándares de perfección que poco se encuentran en la vida cotidiana.

Si damos crédito a los argumentos hasta aquí expuestos, entonces cabría preguntarse por la naturaleza de aquello que alimenta tanto nuestra memoria como nuestra imaginación, lo cual sería como formular una gran pregunta en torno a la posibilidad de ampliar, diversificar, enriquecer e intensificar nuestro propio concepto de la vida.

jueves, agosto 05, 2010

ELOGIO ENCENDIDO DE LA FELICIDAD
«Tengo tiempo sin escribir nada que me parezca especialmente interesante. La vida se torna difícil y las derrotas comienzan a pesar más que las esperanzas».
Así escriben los que creen que la literatura debe ser una traca de desgracias o que en el mal y el horror se encuentra la única definición de lo humano, como si lo humano se limitara a eso: al dolor, y la risa o el ridículo pertenecieran a otras especies. Sólo para que estemos claros: un estornudo o una carcajada también forman parte de la condición humana. Lo horrible no es lo único que nos define; la bondad, lo fullero y lo escatológico también lo hacen y muy bien. Así que tranquilos. Además de las obras graves de grandes autores serios, lean obras que los hagan orinarse de la risa o pararse de la emoción, de la felicidad, de la alegría. Celebren. Piensen que la vida es, además de un valle lacrimoso, una fiesta.
Escribo estas líneas en respuesta a quienes creen que el alma sólo se deja retratar en la solemnidad de la tragedia, que en lo alegre, en lo cómico, en lo feliz, sólo hay frivolidad, ganas de pasar el rato y evadir las grandes preguntas de la vida, como si la validez de una obra se concentrara en el tipo de emociones que retrata, como si hubiera emociones más válidas que otras y como si las grandes preguntas no se pudieran formular entre chistes. Así como lloramos o nos compadecemos de alguien, podemos reírnos a carcajadas. Así como leemos a Eurípides, a Sándor Marai o a J.M. Coetzee, podemos leer a Plauto, a Luciano o a Enrique Jardiel Poncela. Llorar y reír no se contradicen.
La literatura es una forma de retratar lo humano. De ahí que no haya una razón que justifique la necesidad de validar lo dramático sobre lo risueño, de suponer que se es mejor lector o mejor escritor si se aprende o se fabula sobre asuntos graves en los que abundan la sangre y las lágrimas. Quizás la salida a este embrollo se encuentre en la certeza de que la literatura habla sobre la incomodidad de estar vivos, sobre el viaje que supone cambiar de una situación a otra o de un momento a otro, y no importa si eso se hace desde la risa o desde el llanto porque, al final, el retrato que quedará será el de una agonía que puede ser dulce o amarga, placentera o dolorosa, como la propia vida.
No hay razón para seguir repitiendo que no hay literatura de la felicidad ni arte de la alegría ni nada que «valga la pena» que tenga que ver con carcajadas. Los que eso mantienen no saben lo que dicen ni de lo que se pierden.