jueves, septiembre 23, 2010

MEDITACIONES EN LA COCINA
Mariana no quiere perderse su programa favorito. Por eso me da instrucciones precisas para que la ayude a cocinar.

Agarro un trozo de jengibre, lo pelo, lo corto en pedacitos, lo meto en un mortero y me dedico a machacarlo durante un buen rato. Cuando ya lo he aplastado bastante, le agrego aceite y sigo machacándolo. Pienso en lo que hago y me doy cuenta de que me agrada el verbo que define esa acción… «Machacar», ¡qué bonita palabra! Debo decirla más a menudo… Debo usarla en mis escritos.

Después que termino con el mortero, saco de la nevera una o dos (no sé cuántas eran) pechugas de pollo previamente picadas en cubos o en tiras, como ustedes y sus carniceros prefieran… Les pongo sal, pimienta, les añado salsa de soya, el jengibre machacado y dos cucharadas no muy grandes de salsa de ostras.

No abusen de la salsa de ostras porque el plato les puede quedar muy salado.

A esas alturas Mariana se aparece en la cocina. En el programa de televisión que estaba viendo, la gorda que no sabía que estaba embarazada, dio a luz, y todo bien.

Mariana saca de la nevera unos hongos Portobellos; los lava, los pica y se los agrega al pollo junto con una cebolla cortada en trozos más o menos grandes. Luego revuelve la alacena, saca unos tallarines que compramos en un abasto árabe y me pide que saque una olla, que la llene de agua y la ponga a hervir. Mientras tanto, pone el pollo en un sartén grande y sofríe esa mezcla poderosa. Yo echo los tallarines en el agua que hierve y pienso en las mujeres embarazadas del programa que ve mi esposa (¿quién se acostará con semejantes monstruos?). Pienso también en que ya no soy el mismo de antes; en que estoy aquí, cocinando con ustedes en lugar de contarles alguna truculencia; en que quisiera pasear por algún lugar frío y lejano; en que debo ir al oftalmólogo porque no veo un carajo de cerca con el ojo derecho… Y de pronto están listos los tallarines. Mariana los saca del agua, los echa en el sartén, los mezcla con el pollo, les añade cebollín, más salsa de soya, más salsa de ostras (no mucha, ya saben) y los deja al fuego uno o dos minutos más.

Y a comer.

Cuando lavo los platos, miro por la ventana. A diferencia de mi amigo Fedosy Santaella, quien usa el lavado de platos como un método de huida hacia otros planetas, yo miro por la ventana porque, al ver la vida de los otros, entiendo mejor la mía. En otras palabras, he visto vecinas en ropa interior, vecinos abriendo la nevera y tomando agua directo de la botella, señoras que duermen con una media panty en la cabeza, niños que lanzan avioncitos de papel (y vacas negras) por la ventana, novios que bucean en un mar de brazos, señoritas en shorts pasando coleto… ¿Cuántas veces no me habrán visto en interiores o corriendo para hacer un tetero, buscar agua o preparar un sándwich con jamón y queso, mayonesa y un poquito de mostaza? Quien no ande en interiores en su propia casa o no haya tenido un escarceo amoroso en el pasillo de un edificio, que lance la primera piedra.

La vida de los adultos es muy dura y, si uno no presta la debida atención, se puede tornar aburrida hasta el ridículo. Aunque, también está el caso contrario en el que tenemos a un adulto irresponsable queriendo comportarse como un imberbe, pero ésa es otra historia de estulticia y colitas de caballo que no nos interesa en este momento.

Mejor volvamos a nuestros tallarines y pensemos que la cocina es uno de esos lugares donde se prodiga el amor. A estas alturas está claro que un plato de comida tiene el mismo rango que un abrazo o que un beso.

Si lo sabré yo, que comí delicioso e imaginé ninfas de jengibre mientras machacaba platos debajo de un chorro de agua.

Así es mi vida en estos días. Así es mi felicidad.

martes, septiembre 21, 2010

jueves, septiembre 16, 2010

LOS SOÑADORES
Hay gente que no tiene sueños en la vida, pero asume como propios los sueños de otros. Con las personas así hay que tener cuidado, no sea que un día descubran que el sueño ajeno al que se aferraban era una farsa.

Hay gente que tiene sueños en la vida, pero carece de todo cuanto hace falta para hacerlos realidad, valga decir entereza, constancia, paciencia y una armadura moral para lidiar con la ristra de fracasos que acompañan a toda empresa útil y ambiciosa. Los soñadores rebasados por sus sueños suelen ser unos fracasados.

Hay gente que no duda en llevarse por delante a cuantos haga falta para hacer sus sueños realidad. A esos sembradores de pesadillas hay que despertarlos de su siesta diabólica.

Hay gente seria que sólo sueña cosas serias. A ésos la vida les tiene destinada una ingente cantidad de Preparación H.

Hay gente seria que sueña con cosas serias y a pesar de todo, nada les impide soñar de vez en cuando con una pista de carritos Hot Wheels y una botella de vodka.

Hay gente que dice que sólo sueña en blanco y negro. Nadie puede saber si esas personas dicen la verdad o si tratan de hacerse las interesantes.

Hay gente que vive soñando y le da lo mismo estar dormida que despierta. Las personas así suelen desarrollarse profesionalmente en garitas, alcabalas, camiones, bancos, autobuses, ministerios y discotecas de todo el orbe.

Hay panaderos que son soñadores de semanas sin domingos.

Hay gente que sueña con números aunque no haya abierto el Álgebra de Baldor ni una sola vez en su vida.

No estoy de acuerdo con quienes dicen que la literatura es un sueño dirigido. En mi modesta opinión, los productos de la literatura son simulaciones de sueños, meros remedos que en ocasiones son extraordinarios y que les sirven a las personas para distraer sus mentes ávidas de información y entretenimiento.

La literatura es un sueño traducido a palabras, corregido, editado, empaquetado y listo para ser consumido por alguien que necesita soñar despierto.

El cine es un sueño simulado con imágenes producidas, editadas y empaquetadas en máquinas cada vez más precisas. Quienes manejan tales artefactos son soñadores que cobran por ofrecerle a la humanidad un catálogo interminable de sueños llenos de explosiones y hombres en mallas colgados de cables elásticos.

Quienes sueñan con música, sepan que están cerca de la beatitud. Aunque sería bueno revisar esta cláusula… Si en sus sueños abunda el reguetón, quizás Ud. se encuentre al borde de una crisis nerviosa o esté pasando demasiado tiempo con eso que las mamás de antes llamaban «malas juntas».

Los sueños tienen su banda sonora natural hecha de cuescos y ronquidos. Eso es igual aquí y en Australia.

Hay gente que necesita que le den permiso para soñar. Por cierto: hay un vínculo extraño entre necesitar esa autorización y el miedo a hacer el ridículo.

Los surrealistas y el psicoanálisis acapararon el diseño de cualquier discurso que hable sobre los sueños. Hay que acabar con ese monopolio. Hay que soñar con oficinas vacías donde no haya ni un solo ser humano disfrazado de tigre.

Dios quiera que algún día inventen sueños comprimidos en pastillas de 20 miligramos que uno pueda ir a comprar a Farmaborenmaker. Veo estanterías completas divididas por géneros oníricos… Imagino pastillas con sueños románticos, con sueños cómicos y de acción. Supongo que habrá un anaquel con sueños húmedos. No creo, eso sí, que alguien compre sueños trágicos ni apocalípticos. Aunque nunca falta un loco.

Si tienen alguna duda, consíganse un ejemplar de La vida es sueño o cómprense un Orbitrek.

miércoles, septiembre 08, 2010

UN INESPERADO PORTENTO
The Final Frontier es un gran gran gran álbum lleno de sorpresas.

El disco arranca con dos canciones normales y corrientes que no tienen la densidad que uno espera en un álbum nuevo de Iron Maiden. Cuando las oí por primera vez, no entendía bien qué hacían ahí, pero, al escuchar la tercera canción, me percaté de que el álbum retador y complejo que esperaba, arranca justo en ese punto. «Satellite 15... The Final Frontier» y «El Dorado» representan el pórtico amable de algo mucho más grande.

Los tres temas que siguen («Mother of Mercy», «Coming home» y «The Alchemist»), contienen algo difícil de definir que se basa en la convivencia en cada canción del Iron Maiden que ha sido y del Iron Maiden que es y que apunta al futuro. En cada uno de estos temas oyes algo nuevo que a la vez te suena a algo conocido porque hay ecos de canciones de otras épocas, en especial de ésa que comienza con Piece of mind y termina con Seventh son of a seventh son. Citar su propia obra, visitar su propio pasado y, a la vez, apuntar hacia el porvenir, es un concepto evidente a lo largo de todo el disco.

El otro detalle que, para felicidad de todos, se muestra en estas primeras canciones, y se mantiene en el resto del disco, es el definitivo acoplamiento de las tres guitarras. Nunca antes, de Brave New World para acá, los tres guitarristas habían trabajado de manera tan coordinada ni tan presta a aprovechar las infinitas posibilidades que semejante formación puede ofrecer. Aquí los solos y los ritmos se alternan y se solapan, creando un sin fin de capas y de texturas que le dan a esta obra una densidad particular que se aleja de las convulsiones sonoras propias de otras bandas menos preciosistas.

Lo que sigue es indescriptible. Se trata de cinco extensas composiciones que te llevan, te traen, te mecen, te muelen, te hacen correr a la biblioteca, leer, saltar, cantar, gritar y decir una y otra vez «¡maldita sea! ¡Esto no es posible! ¡Esto no es posible!». Son canciones duras y melancólicas a la vez; llenas de guiños a «Rime of the Ancient Mariner», a «Alexander The Great», a «Brighter than a thousand suns» y a todas sus piezas épicas y largas que se ríen de la dictadura de las emisoras de radio del mundo entero. Con «Isle of Avalon», «Starblind», «The Talisman», «The Man Who Would Be King» y «When the wild wind blows», Iron Maiden llegó a un tipo de expresión musical semejante al que llegó en los setentas otra banda poderosa: Rush.

Esas cinco piezas pueden oírse como un monumento, como una descomunal sinfonía contemporánea que, por si fuera poco, termina con una versión del apocalipsis que, por atildada y plena de melancolía, no deja de ser aterradora.

Por todo esto no puedo sino concluir que The Final Frontier es una obra de arte de la que Uds. pueden decir lo que quieran, mientras yo sigo aquí sorprendido y feliz.

jueves, septiembre 02, 2010

IMÁGENES QUE SE REPITEN
Me gusta escribir sobre temas extraños y preguntarme sobre asuntos que no le interesan a nadie.

No sé por qué, pero ése es mi sino.

La semana pasada leía Las tres hermanas, una de las magníficas obras de teatro de Anton Chejov, y en una de sus páginas encontré una imagen que me dejó cavilando. La imagen en cuestión es la de Vasili Vasílievich Solioni, un personaje que vive lavándose las manos con perfume. Hacia el final de la obra, Solioni mata a otro personaje en un duelo a pistolas. En ese momento entiendes la razón de ser de las manos perfumadas: Solioni llevaba en su cuenta más de un muerto y las manos le olían a difunto.

Al leer ese pasaje, me vino a la memoria la aterradora escena en que Lady Macbeth se levanta dormida de su cama y comienza a restregarse las manos debajo de un chorro de agua imaginaria para quitarse las infinitas máculas de sangre que lleva consigo.

También recordé un cuento de Paco Ignacio Taibo II titulado «Los maravillosos olores de la vida». En sus páginas aparece Marcial, un policía corrupto y de malos modales que vive obsesionado porque las manos le huelen a muerto. Marcial se da friegas con perfume, jabón y cloro; se rocía gasolina, se quema... Hasta que, al final, en medio de la desesperación, toma un machete y se corta de un tajo la mano izquierda.

¿Habrá leído Taibo II a Shakespeare y a Chejov? Seguro que sí. Aunque nunca podremos asegurar que su detective le fuera inspirado sólo por Lady Macbeth y por Solioni, es evidente que Marcial pertenece a esa línea de personajes cuya conciencia se les manifiesta a través de un deseo desmesurado de pulcritud.

Lo que me llama la atención de este trío de asesinos irredentos y manisucios es que los tres intentan lavar sus faltas y acallar sus conciencias con agua y perfume. Y lo peor es que, a pesar de las abluciones, siguen sin poder salir de su mundo de asesinatos ni dejar de esparcir la muerte doquiera que pasan. Ninguno de los tres finaliza bien. Lady Macbeth enloquece y muere. Solioni acaba solo y sin el amor de Irina. Marcial termina manco y muerto. Guardando las distancias y haciendo un uso laxo del término, los tres son personajes trágicos y, cada vez que aparecen en escena, representan la imposibilidad que tiene todo ser humano de quitarse fácilmente de encima una culpa. Por esa razón no los olvidamos y cada uno se enlaza con los otros, a través de las páginas, de los años, de los idiomas y de las culturas.

En nuestra memoria de lectores, estos tres personajes son uno.

Hay ideas que flotan solas en la corriente silenciosa de los siglos y que se manifiestan de libro en libro y de generación en generación porque viajan a través de símbolos y de tópicos que están en lo más hondo de la humanidad.

Por eso siempre veremos la repetición de ciertos elementos en las historias más disímiles. En los libros de aquí, de allá, de antes, de ahora o del futuro, leeremos historias sobre paraísos terrenales, fuentes de la eterna juventud, resurrecciones, hombres invisibles, soldados gloriosos, hombres nacidos de vírgenes perfectas, muertes enamoradas, hombres trocados en bestias, ángeles caídos, amores imposibles...

De manera que el agua (perfumada o no) siempre servirá para purificar las almas que lo requieran en las letras de cualquier época.

Este oficio, entre muchas cosas, supone un diálogo entre presente y pasado, entre ideas con fecha de caducidad e ideas que funcionan en cualquier tiempo y lugar. Quien escribe nunca está solo. Detrás y al lado de cada autor están todas las bibliotecas, todos los símbolos y todos los autores, esperando el enlace que conectará a una obra con otra para construir eso que llamamos literatura.