jueves, octubre 28, 2010

LA REBELIÓN DEL CUADRADO

Abro el libro sobre la obra de Kasimir Malevich que escribió Gilles Néret y, hacia el final, veo dos fotografías en las que quedaron retratadas la genialidad y la certeza de que el arte no tiene límites.
  La primera muestra el velorio de Malevich en 1935. El cuerpo bien ataviado se encuentra en su lecho de muerte. Detrás de la cabeza del artista hay un ramo de flores y sobre éste, el famoso Cuadrado negro sobre blanco que pintó en 1915. A la izquierda del cuadro, en la misma pared, cuelgan algunas pinturas producidas en sus últimos años. A la derecha, un autorretrato debajo del cual se encuentra el féretro de perfecta madera pulida, que lleva pintados un cuadrado y un círculo a la manera suprematista.

En la segunda fotografía aparece la tumba de Malevich. En ella no hay nada especial, salvo un cubo blanco de concreto que exhibe, en una de sus caras, un cuadrado negro.
La tumba de Malevich fue diseñada por Nikolai Sutein y destruida durante la Segunda Guerra Mundial
 Hojeo otro libro sobre Malevich. Ésta vez el que escribieron Jeannot Simmen y Kolja Kohlhoff. Hacia el final de sus páginas hay otra de esas fotografías que te dejan pensando sobre la importancia del arte en la vida de las personas.
La imagen muestra un detalle de la procesión fúnebre que acompaña los restos del artista a la estación de trenes. Detrás del cortejo que porta coronas de flores y camina en silencio, se observa un camión que lleva, entre los dos faros delanteros, una imagen del Cuadrado negro sobre blanco. Era el carro fúnebre que transportaba las cenizas del difunto.

¿Qué puede ser más genial, más extraordinario, más de vanguardia, que la vida de un artista se haya fusionado con una de sus obras (tanto como para que presida su funeral, aparezca en su ataúd y luego en su cenotafio) y que esa obra sea un cuadrado? ¿No es una maravilla que tiene su punto de irracionalidad y de genio?
Kasimir Malevich falleció en Leningrado el 15 de mayo de 1935. Su cuerpo fue velado, cremado y transportado en tren, primero hacia Moscú y luego a Nemchinovka. Sin embargo, en todo ese viaje luctuoso lo más notorio fue la silenciosa presencia del cuadrado.

Las preguntas son obvias: ¿cómo llegó esa figura a la vida del artista? ¿Cómo fue que terminó acompañándolo más allá de la muerte? ¿Puede un cuadrado resumir la vida de un hombre?

Kasimir se hartó del arte figurativo; se cansó de las anécdotas visuales; no quiso continuar la senda de los que hacían de la pintura un lugar de discusión sobre cómo representar paisajes y objetos reales. Un día de 1913 se armó de valor, aprovechó la oportunidad que le brindaron sus amigos Matiuchin y Kruchenik, y pintó un cuadrado negro sobre un formato blanco para la escenografía de la ópera futurista Victoria sobre el sol. El resultado le satisfizo tanto que casi de inmediato se percató de que aquel cuadrado podía convertirse en el punto de partida de un sinfín de reflexiones que le servirían para desarrollar su propio trabajo.
En una tarde cualquiera de 1915, Malevich decidió repetir la experiencia del cuadrado. Sólo que esta vez lo trabajaría en un formato de mediano tamaño.

Al observar con detenimiento su Cuadrado negro sobre blanco, Malevich intuyó una rebelión que se abriría en distintas direcciones. En principio, mostrar un simple cuadrado sería un desafío que más de uno asumiría como una burla inaceptable. Por otra parte, y prestándole atención a lo puramente formal, exhibir el Cuadrado negro sería un acto de rebeldía contra las búsquedas del arte occidental en torno a la simulación del espacio y de la profundidad. Esa obra le diría al mundo que los logros de los artistas del Renacimiento al Impresionismo eran cosa del pasado y que nada tenían que ver con la creación del arte del futuro.

Malevich descubrió además que su cuadrado era un símbolo abierto; que todo el que se parara frente a él podía asumir que estaba ante un cuadrado puro y simple o ante un elemento diseñado para disparar su memoria visual. Si el público asumía la primera opción, lo más probable es que lo relacionara con la tradición del arte bizantino que se concretaba en las imágenes planas y llenas de elementos geométricos de los iconos y de los mosaicos. Si los espectadores, hacían suya la segunda posibilidad, entonces tomarían al cuadrado negro como el símbolo de todas las batallas, de todos los retratos, de todos los paisajes, de todas las flores, de todos los santos que dejaron de representarse en ese formato, con lo cual Malevich decretó que el arte está más allá de la pintura y de cualquier soporte; que el arte es un asunto de sensibilidad pura y, por supuesto, de mentes capaces de procesar semejante sensibilidad.

Malevich llamó suprematismo al conjunto de sus teorías porque, desde que comenzó a reflexionar sobre las implicaciones de su Cuadrado negro sobre blanco, se dio cuenta de que su interés principal era exaltar aquello que quedaba luego de restar cuanto fuera vano y superfluo de la representación artística. Para él, el resultado de esa sustracción tenía un carácter místico, supremo, universal. Su cuadrado no representaba el vacío; representaba la huella o, más bien, el camino hacia una verdad que suponía inobjetable y total.
Entre 1915 y 1919 Malevich se dedicó a enriquecer el lenguaje suprematista. Para ello no sólo continuó investigando y escribiendo (en 1927, la Bauhaus publicaría sus ensayos bajo el título El mundo sin objetos), sino trabajando en un buen número de pinturas en las que diversificó el catálogo de formas que podían funcionar en el sistema suprematista. Así en sus pinturas comenzaron a aparecer rectángulos, cruces, círculos, triángulos, a veces en solitario, a veces en composiciones de varios elementos superpuestos o simplemente conviviendo en un mismo formato unos junto a otros. El negro dejó de ser la regla y surgió el color. Las formas surgieron en amarillo, verde, púrpura, azul... El cuadrado apareció en rojo (había que hacerle un guiño a la Historia) y pronto, muy pronto, en blanco sobre un formato también blanco porque el símbolo de la sensibilidad pura, en el universo de Malevich, se fusionó con lo simbolizado.
El suprematismo fue uno de los hitos más importantes del arte del siglo XX. Quizás gracias a su inspiración que muchos tildan de mística y de romántica, produjo un lenguaje parco, serio, coherente y, en verdad, universal, con las formas más sencillas que pueda imaginarse. También abrió el camino para que otros artistas y otros estudiosos identificaran aquellos elementos que forman parte de toda representación visual y creasen nuevas formas de concebir el arte.

El Cuadrado negro llegó a convertirse en símbolo de las más altas y sofisticadas aspiraciones del arte moderno; fue el punto de quiebre más importante con respecto a la representación tradicional en el siglo XX.

En ese sentido podemos decir que la presencia del cuadrado en el recorrido fúnebre de Malevich fue un homenaje más que merecido de sus discípulos, de sus amigos, de sus colaboradores, del público y de los críticos a un Artista con mayúscula que liberó al arte del yugo de la representación detallada y natural de los objetos, lo cual no deja de tener un significado muy especial en 1935, época en la que el aparato soviético presidido por José Stalin le apretó los goznes a todo un país e impuso al Realismo Socialista como expresión artística oficial.
Steven Holl y Solange Fabião en la tumba de Kasimir Malevich, en Nemchinovka, cerca de Moscú. Fotografía de Vladislav Kirpichev
Los cuadrados negros que aparecen en las fotos mencionadas, representan la fusión de un artista con su obra y, por si fuera poco, el reconocimiento de ese extraño fenómeno por parte del público. En lugar de retratos o del propio cuerpo de Malevich, el funeral parecía diseñado para mostrar al cuadrado suprematista, para mostrar al símbolo tan abierto y tan perfecto que podía representarlo todo al mismo tiempo, incluso la imagen de su creador.

Quizás por eso esas imágenes sean tan inquietantes y poderosas. El suprematismo que ellas muestran, se sale de lo pictórico y se introduce en el terreno de la vida cotidiana, como en un performance diseñado para exaltar la gloria del cuadrado.

El reconocimiento a la fusión entre este artista y su obra más importante se mantiene hasta el día de hoy. Su cuadrado es a la vez símbolo de sí mismo, del propio Malevich y del arte moderno. De manera que cuando Piet Mondrian, Josef Albers, Marc Rothko, Jesús Soto y Sol LeWitt, entre tantos otros artistas, trazan cuadrados en sus respectivas obras, establecen una relación con un hito de la modernidad a la vez que nos traen a la memoria la imagen del gran artista que fue Kasimir Malevich.

Un cuadrado negro en una procesión fúnebre… Una rebelión silenciosa en un mundo hostil… Unas fotos que dicen más de lo que parece…

BIBLIOGRAFÍA

Néret, Gilles: Malevich; Taschen; Colonia, 2003; 96 Pp.

Seuphor, Michel: El estilo y el grito; Monte Ávila Editores; Caracas, 1970; 297 Pp.

Simmen, Jeannot y Kohlhoff, Kolja: Kasimir Malevich, vida y obra; Könemann; Colonia, 2000; 96 Pp.

domingo, octubre 24, 2010

EL PAÍS ES DE LOS MALANDROS
Todo lo que viene a continuación demuestra que la existencia de más malandros que gente en venezuela, ha producido usos y costumbres que chocan con la lógica más elemental.

1) No hay casa o edificio, sea público o privado, que no esté rodeado por una reja o por un muro gigante.

2) Aunque te salgan raíces por lo mal que te atienden, no puedes usar tu teléfono cuando estés en un banco. Tampoco puedes usar gafas oscuras ni gorra ni sombrero.

3) En los estacionamientos se está instaurando la rara costumbre de aparcar los carros en retroceso. Como si eso espantara a los malandros.

4) No hay edificio público (monumental o modesto) que no tenga a una pandilla de desdentados tomando tus datos, tomándote fotos y preguntándote que para dónde vas.

5) En muchas tiendas de ropa, ponen a un armatoste humano a revisar las bolsas y las carteras de la gente para ver si se llevan mercancía sin pagarla.

6) Si, por casualidad, te topas con un malandro que te baja del carro a punta de pistola, todos te dirán, como si fuera normal: «Pero estás vivo».

7) Los bancos te obligan a que cambies tus claves de acceso electrónico y a que memorices contraseñas para acceder a lugares donde, a su vez, te piden otras claves y otras contraseñas. Cualquier día de estos días uno terminará con una aneurisma en el cerebro de tanto memorizar combinaciones alfanuméricas.

8) En todas partes instalan cámaras que muchas veces no funcionan (porque se acabó el presupuesto o porque se dañaron y nadie las arregló). Los que mandan a instalarlas creen que no importa si esas cámaras funcionan o no porque supuestamente su presencia disuade a los malandros de cometer cualquier fechoría.

9) A partir de las seis y media de la tarde, la mayoría de los ciudadanos se encierra en sus casas, abandonando las calles hasta el otro día.

10) Los encargados de resolver la grave crisis eléctrica venezolana no le dan importancia a la relación oscuridad-delincuencia. Así las noches venezolanas son un paraíso para los malandros de toda pelambre.

11) Si tomas un autobús para recorrer una ruta larga, otro armatoste humano te pasará un detector de metales por todo tu cuerpo, revisará tu maletín, tu cartera o tu bolso de mano y, cuando todo el mundo haya abordado el vehículo, se montará con una cámara de video a filmar los rostros de los viajeros.

12) Si vas por carretera y tienes un accidente, procura desmayarte (o morirte) agarrándote la cartera porque pronto vendrá un gentío a ayudarte y a mirar el espectáculo. Entre la multitud siempre habrá unos tíos listos para saquear la maleta del carro y tus bolsillos sin que nadie proteste ni diga nada. En estos días, un camión lleno de cerdos chocó en Yaracuy y una turba feliz no dudó en llevarse los animales.

13) La gente tranca puertas y rejas con llave, y no abre las ventanas sin importar que viva en un piso 25. Los ladrones venezolanos tienen poderes casi sobrenaturales: traspasan paredes, escalan muros, rompen barrotes y, algunos, son inmunes a las balas.

14) Si viajas en tu carro, pasa el seguro y no abras las ventanas porque pueden robarte el reloj, la pulsera, el teléfono o a tu hijo... Claro, aunque andes con los vidrios arriba, los ladrones te robarán lo que les dé la gana, cuando a ellos les parezca, porque, en medio del tráfico descomunal, ¿quién va a salir corriendo detrás de unos malandros?

15) Los malandros venezolanos matan dos veces. Primero matan a una persona y luego se aparecen en su velorio para acribillar nuevamente al muerto y al que se atraviese.

16) Las balas perdidas son tan comunes que deberían aparecer en la bandera y en el escudo nacional.

17) Un hombre rajó con una navaja a dos o tres personas en un vagón del metro de Caracas. Cuando le preguntaron que por qué había hecho eso, dijo que él estaba defendiendo sus derechos. ¿Qué habrá querido decir?

18) En venezuela están prohibidos los juguetes y los videojuegos «violentos». En las aduanas, las autoridades revisan los cargamentos de juguetes y de artículos de informática previendo que llegue al país mercancía de esa naturaleza. Eso sí: nunca hemos oído hablar de un operativo organizado por esas mismas autoridades para quitarles las armas reales a los malandros reales del mundo real.

19) Las cárceles venezolanas son un infierno en el que los reos pueden darse por satisfechos si los otros presos no les cortan sus cabezas y juegan fútbol con ellas.

20) No importa cuántos Blackberrys roben al día porque siempre habrá un Blackberry (robado o legal) que comprar.

sábado, octubre 16, 2010

VIDA DE CARACOL
I

Los papás de Nico fueron al supermercado y, cuando arreglaban las legumbres para guardarlas en la nevera, descubrieron que el brócoli traía un pasajero que vino a Caracas desde otras galaxias. Ahí, entre las averrugadas ramas, se encontraba un caracol feliz que había cruzado la geografía hasta llegar a esa cocina donde lo esperaba un niño curioso que, de inmediato, lo asumió como su mascota.

Desde esa hora el caracol viviría en una caja de plástico donde no le faltaron agua, lechuga, hojas de brócoli y un nombre con la sonoridad que sólo los niños saben manejar: «Chucu Chucu Chocolate».

Cada dos días, Juanita apartaba tiempo de sus quehaceres para limpiar el hogar de Chucu y para darle el largo baño que hacía que extendiera sus cuernos y que se estirara con absoluta placidez.

A Nico le fascinaba ver los desplazamientos silenciosos de su caracol por toda la caja. Le parecía que había algo mágico en ellos, que si practicaba lo suficiente, algún día podría flotar o caminar como se arrastraba su querido Chucu. Así se lo hacía saber a quienes conocían su mascota.

Pero la felicidad no duró mucho. Casi un año después de su llegada, Chucu Chucu Chocolate pasó (si es eso posible) a mejor vida.

La tristeza no fue muy honda ni muy larga porque los papás de Nico le acotaron desde el principio que los caracoles son frágiles, que su tiempo de vida es mucho más corto que el de los seres humanos y que ése que estuvo con ellos, fue más que feliz.

Paz a sus restos y a guardar la caja de plástico.


II

Miguel, el abuelo de Nico, se consiguió dos caracoles en su ensalada.

Como sabía que su nieto tenía en alta estima a los gastrópodos, se quedó con los dos invertebrados y muy pronto comenzó a hablar de ellos en su programa de radio. El auditorio disfrutaba con esos cuentos en los que el señor salía a trotar, se tomaba un whisky o jugaba tenis en compañía de sus caracoles.

Así pasaron el tiempo y las risas hasta que un día Nico le dijo a su abuelo que a él le gustaría conocer a sus dos mascotas y que, si él se los regalaba, él a su vez, le regalaría uno a su primo Rodrigo.

El abuelo accedió. Sin embargo, como nadie quiso transportar semejante carga, él mismo tomó su carro y condujo de Puerto La Cruz a Caracas.

Uno de los caracoles manejó entre Puerto Píritu y Boca de Uchire; el otro entre El Guapo y Guatire.

Dios, Frank Sinatra y Keith Jarrett los acompañaron a lo largo del camino.

Y de no haber sido porque tuvieron que cambiarle un caucho al carro en Caucagua, el viaje habría sido perfecto.


III

Nico le regaló a Rodrigo una caja de plástico en la que venía un caracol con su provisión de brócoli y un pequeño envase lleno de agua.

Los papás de Nico y de Rodrigo conversaron sobre cómo cuidar y mantener a la nueva mascota. Mientras tanto, los dos primos conversaban sobre cómo se llamaría el animalito.

Nico dijo que su nuevo caracol se llamaba Gary, como el de Bob Esponja. Rodrigo se quedó pensando y dijo que el suyo se llamaría Chucu Chucu Choco Coco, en claro homenaje al primer caracol de su primo.

«Cuchurrumín» (que así le dicen cariñosamente al caracol) se adaptó con rapidez a su nuevo hogar. Cada dos días, el papá de Rodrigo limpia la caja, le pone nuevas hojas de lechuga y llena el pequeño envase de agua para que la criatura viva contenta y no pase penurias de ninguna clase.

Un día la familia organizó un viaje a Barquisimeto y Rodrigo dijo que él no iría a ninguna parte sin Chucu Chucu Choco Coco. Además, sus abuelos debían conocer también a su mascota.

Y así este caracol ha ido recorriendo kilómetros y kilómetros junto a su familia.


IV

La vida, en cualquiera de sus formas, es extraña.

Y maravillosa.

martes, octubre 12, 2010

LA CUCHARILLA
Escultura de Olaf Holzapel
Un día, R fue a un restaurante italiano y el servicio fue tan malo que decidió robarse una cucharilla.

El cubierto estuvo décadas en su casa, pero un día la esposa de R decidió cambiar la vajilla.

Al ver el movimiento de gavetas, R decidió devolver la cucharilla. Así que se puso su chaqueta de cuadros y se fue hasta el restaurante italiano que, milagrosamente, aún existía.

R pidió una sopa de cebolla y tardaron tanto en tráersela, que la cucharilla regresó a su casa con una hermanita.
—Mi amor, haz lo que quieras con la vajilla vieja, pero estas dos cucharas no me las toques.

Y así termina esta historia en la que un hombre de espíritu volátil usó la cleptomanía para vengarse de un mundo mediocre y hostil.

jueves, octubre 07, 2010

No estamos solos... Un titán nos acompaña.
EL MISTERIO CHÉJOV
En estos días me dediqué, por puro gusto, a leer La gaviota, El jardín de los cerezos, Las tres hermanas y El tío Vania, todas de Anton Pavlovich Chéjov.

Fue una experiencia grata e inquietante.

Grata porque en cada una de estas obras el autor maneja con extrema sabiduría unas estructuras que de tan sutiles parecen invisibles. E inquietante porque cada una contiene algo que golpea hondo y deja cavilando al espectador.

Las cuatro obras están repletas de personajes que viven de las glorias de un pasado feudal, de herencias que se extinguen en un mundo cada vez más práctico, por no decir tosco. También contienen un catálogo de sabios inútiles, de doctores que no curan, de académicos cuya sabiduría no se refleja en la felicidad de nadie, de militares ociosos (¿cuándo no?), de soñadores que no tienen fuerza para convertir en realidad sus sueños, de estudiosos que hacen del estudio un fetiche mientras todo se corroe a su alrededor. Es curioso porque estas tipologías contrastan con otras tres: la de los trepadores groseros, la de los arribistas honestos que hacen fortuna trabajando e inventando nuevas formas de hacer negocios, y la de los sumisos que no saben hacer otra cosa que respirar y trabajar.

Cuando nos enfrentamos a estas piezas teatrales, es fácil identificar tales tipologías, pero en ningún momento podemos afirmar que tal personaje se repite de una obra a otra o que tal rasgo de carácter se nos presenta en la forma de un lugar común o de una caricatura. He ahí el primero de los grandes logros de la dramaturgia chejoviana: todos (tanto personajes como situaciones) aparecen ante nuestros ojos de una manera tan normal como la propia vida. Cada personaje es como es y cada situación en la que se ve envuelto, no sólo se desarrolla con la dinámica natural de los hechos, sino que parece una extensión o una consecuencia directa de la forma de ser de cada uno de los personajes. Eso parece un galimatías (y quizás lo sea), pero enfocarse en ese tipo de detalles, hace que veamos de distinta manera al aporte más acendrado en la memoria de críticos y lectores del teatro realista: la célebre regla de la cuarta pared.

Sí: la cuarta pared invisible por donde Ud. y yo nos asomamos a un escenario donde están ocurriendo hechos que parecen extraídos de la vida cotidiana de unos personajes que parecen personas.

Los personajes de Chéjov no tienen nada de especial; no viven en medio de cataclismos, no padecen enfermedades terminales, no son superhéroes… Se trata de gente normal y corriente con líos económicos y familiares; gente que se enamora, que sufre, trabaja y cultiva, en algunos casos, ilusiones que encuentran su cauce hacia la fortuna o hacia la definitiva desintegración… Es decir: como somos todos, como vivimos todos, como vamos y venimos y vivimos y morimos los seres humanos de cualquier tiempo y lugar. Lo interesante (lo grandioso diría sin mayores ambages) de Chéjov como autor es que nos muestra a esos personajes normales discutiendo entre galletas y samovares humeantes, mientras en el aire se mueve una corriente silenciosa que, aunque se exprese a través de pequeños detalles, nos permite intuir el peso y la volatilidad de los cambios sociales que se estaban gestando en la Rusia de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Ése quizás sea el gran secreto de estas obras, el núcleo que las une y que las mantiene vigentes a pesar del tiempo y de los huracanes políticos: el diseño sutil, minucioso y detallado de esos personajes incluye la desazón espiritual que se palpaba en la época en que fueron creados. Chéjov tuvo el genio, de abstraer esas emociones de su contingencia temporal y de unirlas a las circunstancias pasajeras de sus personajes que en escena aparecen tan empantuflados, tan fumadores, tan jefes de hogar.

Por eso, cien años después, un espectador se enfrenta a estas obras y termina conmovido. Como la desazón es universal y nadie está exento, y menos en esta época de naufragio económico, de perder algo muy preciado (su casa o su empleo o su familia o su libertad) a manos de unos acreedores o de unos arribistas sin nombre, es fácil acercarse a cualquiera de estos dramas y terminar llorando.

El misterio principal de las obras de Chéjov es ése. Sus personajes están tan bien trabajados que incluyen los miedos de su época en su propio diseño.

Y los miedos humanos siempre son los mismos.

Al menos hasta nuevo aviso.

lunes, octubre 04, 2010

MUGRE Y POLVO EN EL DESIERTO
Acabo de terminar de leer El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letelier. Terminé sudado y lleno de mugre siguiendo al Cristo de Elqui por la pampa chilena.

Lo que más me gustó de esta novela fue la recreación del paisaje y el equilibrio precario entre los elementos que forman parte de su historia; valga decir: humor, religiosidad, realismo, surrealismo, sexo, locura, ternura, esperpento y polvo y más polvo del desierto.

Quien se acerque a este relato, notará que el aglutinante de todo cuanto en él aparece, es el ritmo vertiginoso con el que se cuenta lo que ocurre en la oficina salitrera donde coincide la mayoría de sus personajes. Ese pulso hace que todo cuanto se nos cuenta, por muy extraviado o loco que sea, parezca normal y más en una geografía extrema como ésa que se describe en este libro. En un desierto en el que nunca llueve, en el que no hay pueblos, sino campamentos mineros llamados «oficinas», cualquier cosa puede pasar. Por eso, y porque, en principio, están muy bien trabajados, no nos extraña la presencia de personajes tan raros y a la vez tan comunes como el iluminado itinerante, la «puta santa» o el loquito barrendero.

Sobre ese punto habría que decir que, por muy conocidos que nos parezcan, estos personajes típicos de los pueblos más olvidados de cualquier país suramericano, tienen una complejidad que los hace únicos. Sus respectivas historias están llenas de contradicciones y paradojas. El Cristo de Elqui, por ejemplo, parece un asceta, un Simeón Estilita, un Simón del desierto (como el de la portada del libro), pero no duda a la hora de comerse dos platos de porotos, de acostarse a dormir la siesta y de refocilarse con una dama en algún recodo del camino. Algo similar ocurre con Magalena Mercado, la prostituta a quien los habitantes de la Pioja ven como una suerte de beata porque tiene en su cuarto una imagen de la Virgen del Carmen ante la que reza, antes y después de ejercer su oficio.

En síntesis: estamos ante una muy buena novela cuya lectura se disfruta a pesar de la resolución un tanto extraña y rápida de algunas de las historias que la conforman.