domingo, enero 30, 2011

EL PROYECTO BLACK MASK
Literatura negra, literatura policial

Muchos lectores cultivan una interesante confusión entre literatura negra y literatura policial. La confusión quizás provenga del nombre de la revista que divulgó con más éxito esos contenidos y de que, al menos en sus dos primeros años, convivieron en sus páginas relatos policiales con relatos en los que se mezclaban erotismo, perversión, maldad y violencia. Como todas esas historias se encontraban en Black Mask (y las que no se encontraban, remedaban el estilo de esa revista), pues a todas se les llamó «negras».

Esta explicación es tan simple como convincente. Sin embargo, sería útil sospechar que las razones para que exista semejante confusión tengan raíces más profundas.

Tanto los relatos policiales como las historias de amor, aventuras y misterio que se publicaban en los primeros años de Black Mask, compartían algo que las hacía únicas: todas trataban sobre asuntos que estaban fuera de los bordes permitidos por la sociedad de los años veinte; todas contenían detalles que podían tildarse de pornográficos, grotescos, desmesurados y violentos. No obstante, aunque muchos de esos adjetivos estuvieran bien aplicados, esos relatos tenían un trasfondo social muy fuerte, un trasfondo de denuncia, de divulgación de aquello que no se difundía por otros canales más expuestos a la opinión pública. ¿Dónde se hablaba sobre ciertos temas prohibidos por «la moral y las buenas costumbres», digamos sobre sexo o sobre drogas o sobre el mundo de los extorsionadores y de los traficantes? Pues en la literatura… Y no precisamente en la literatura que se consideraba seria.

Ésa es la médula del asunto: la literatura negra trata sobre los que dejan que la vida se les salga de los rieles, sobre los que no saben (o no pueden) manejar su relación con el entorno que los rodea, sobre los que no encajan en el mundo en el que viven, sobre los que quieren o necesitan más de lo que pueden obtener, sobre los arrinconados por las circunstancias y apelan a las acciones más locas y desesperadas, sobre los que no saben mantener el equilibrio entre sus apetitos y los de los demás, sobre los perversos que no dudan en convertirse en parásitos del prójimo, sobre los que dañan, matan, roban, violan y descuadernan a los demás.

En ese sentido, la literatura policial, con sus detectives mal encarados y sus investigaciones para develar a los responsables de los crímenes más variados, podría considerarse como una de las tantas y posibles ramificaciones de la literatura negra, de esa literatura que habla sobre la cara menos amable de los seres humanos que viven, muchas veces hacinados, en las grandes ciudades, tratando de sobrevivir al caos económico y a un mundo en el que prosperan todas las formas posibles de corrupción.

Sea cual sea la razón que hace que algunos lectores no discriminen entre literatura negra y literatura policial, lo cierto es que la formación de ambos géneros va unida a la creación de un buen número de publicaciones entre las que destaca Black Mask.

Como fenómeno de la cultura popular, como punto de encuentro de grandes escritores, esta publicación marcó un hito no sólo entre las revistas de su clase, sino en la literatura norteamericana en general. Para muestra, obsérvese que las pautas de estilo que aún se replican en cada cuento, en cada novela y en cada película del género negro, son las mismas que alguna vez esbozaron los editores de Black Mask.

Una revista exitosa en la que se cuece un nuevo tipo de literatura escrita en un lenguaje parco y directo que cuenta historias que atrajeron y siguen atrayendo al gran público, no puede ser un fenómeno frívolo del que se hable a la ligera. Por eso le dedicamos estas líneas y seguimos leyendo, admirados, a los grandes maestros del género.
Los orígenes

Los escritores Henry Louis Mencken y George Jean Nathan deseaban financiar una revista de crítica literaria llamada Smart Set. Para lograr ese objetivo, Mencken y Nathan produjeron Saucy Stories, una publicación barata llena de imágenes y textos eróticos de la que extrajeron buenos ingresos para continuar con cierta holgura su proyecto literario. No obstante el moderado éxito, los editores pensaron que obtendrían mayores beneficios si diversificaban los contenidos de la publicación que les generaba mayores ganancias. Fue así como Mencken y Nathan fundaron, en 1920, Black Mask.

En cada número se publicaban cinco historias: una de gángsters, una de aventuras, una de misterio y dos de amor. Al igual que otras revistas semejantes (Parissiene, Weird Tales, la propia Saucy Stories, entre muchas otras), Black Mask se imprimía en un papel de muy baja calidad, lo que hizo que a este tipo de publicaciones se le llamara «pulp magazines» y al tipo de historias que llevaban sus páginas se le llamara tal cual: «pulp fiction» o, si se nos permite la intromisión (sobre todo después de Quentin Tarantino), «ficción cruda», ficción impresa en un papel basto y barato.
La característica principal de los relatos que se publicaban en esta primera época de Black Mask era la presencia de personajes desaforados cuyas peripecias violentas, eróticas y, en algunos casos, grotescas, mostraban una cara distinta de la moralidad severa que se exponía en la literatura y en el arte de su tiempo.

Nuevos dueños, nuevo editor

Menken y Nathan financiaron ocho números de Black Mask y la vendieron. En 1926, sus nuevos dueños, Eltinge Warner y Eugene Crow, nombraron a Joseph Shaw como editor y pronto se dieron cuenta de que habían tomado la decisión acertada porque lo primero que hizo Shaw fue analizar el producto y proponer unos cuantos cambios que, a la postre, serían cruciales no sólo para la revista como negocio, sino como espacio editorial que aglutinaba el trabajo de un extraordinario grupo de escritores.

La primera decisión que tomó Shaw fue sugerir la eliminación de las historias que no tuvieran que ver con el tema policial. La razón era muy sencilla. Entre el material que se publicaba, el mejor trabajado, el mejor escrito y el que despertaba mayor interés entre los lectores, era el dedicado a los gángsters y a los detectives. Claro, ¿cómo no iba a ser de ese modo, si los autores de esos relatos eran Samuel Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Erle Stanley Gardner y Carroll John Daly?

Shaw tuvo el tino de ver gran literatura donde otros veían sólo la ficción cruda típica de las revistas impresas en el papel más barato de su época. Por eso decidió concentrar todas las energías de la empresa en promover el tipo de escritura que sus autores más talentosos cultivaban.

Quizás el principal aporte de Joseph Shaw a este tipo de literatura fuera la redefinición de la figura del detective. Hasta 1923, la figura del detective de Black Mask estuvo inspirada en la elegante asepsia de los detectives de la literatura inglesa, en la eficiencia discreta de los miembros de la Agencia Pinkerton y en la rigidez de los efectivos de Scotland Yard. En 1923 Carroll John Daly publica «Three Gun Terry», un largo relato protagoniado por Terry Mack, el primer detective rudo y malhablado que aparece en esa revista y que sería modelo para otros que, llevados al extremo, crearían el subgénero del hard boiled, un tipo de relatos de una violencia extrema.

Joseph Shaw se dio cuenta del encanto que tenía esa clase de personajes y de la necesidad de héroes que tenía la sociedad norteamericana. Recordemos que los años veinte fueron difíciles para los Estados Unidos, que era una época de posguerra, que había una crisis financiera en ciernes, que la corrupción campeaba, que gángsters como Al Capone, Lucky Luciano y Frank Costello, crearon organizaciones criminales que burlaban las leyes antinarcóticos, que contrabandeaban alcohol, se dedicaban al tráfico de armas, a la prostitución, al juego ilegal y a cuanto produjera dinero fácil y rápido.
Shaw detectó que una buena parte del público veía con desconfianza a las instituciones públicas encargadas de impartir justicia. Por eso estimuló la creación del personaje que ejercía el oficio de detective privado, que no era policía ni juez ni fiscal y que podía moverse con libertad entre lo legal y lo ilegal para enfrentar a los mafiosos en su ley, en ese mundo paralelo del crimen lleno de matones embutidos en trajes hechos a la medida y de maletines repletos de billetes.

Moral y balas

En el estímulo que Shaw le brindó a la creación de personajes emblemáticos de este tipo de literatura (valga decir el Philip Marlowe de Raymond Chandler o el Sam Spade, de Samuel Dashiell Hammett), se percibe el deseo de hacer de la revista y de esos relatos una declaratoria moral en contra del proceso de corrosión de la sociedad que produjo la acción cada vez más abierta y desvergonzada de las distintas organizaciones criminales que prosperaron en esa época. A eso habría que añadir los editoriales que aparecían en cada número y que el propio Joseph Shaw firmaba. En ellos se hablaba de la importancia de luchar contra el crimen, de la conciencia que cada ciudadano debía tener de sus deberes y derechos y de cómo las historias contenidas en ese número podían servir para enseñarle al público cómo era (y sigue siendo) el submundo criminal.

A muchos les resulta extraño que una revista como Black Mask tuviera una preocupación moral tan acentuada. Quizás no les cuadre esa inquietud con el tipo de historias que publicaba, llenas de ladrones, asesinos, alcohólicos, traficantes y demás modelos de mal comportamiento cívico. Al final, el problema no es la presentación descarnada del crimen ni el mal ejemplo que muchos moralistas falsos le enrostran a este tipo de literatura; es algo mucho más complejo que tiene que ver con las preguntas que se hace un grupo de editores, escritores y artistas en torno a la creación de héroes y modelos literarios que, en el fondo, tratan de poner en palabras las preguntas que se hace toda una sociedad sobre cómo combatir el mal que la corroe.

Al igual que en los años veinte, hoy vivimos tiempos difíciles. No hace falta dar ejemplos ni detalles porque todos tenemos nuestra propia experiencia de lo que la expresión «tiempos difíciles» significa. Por eso vale la pena reflexionar sobre un tipo de literatura que no sólo refleja la clase de depravaciones que germina en las épocas duras que les toca vivir a todas las sociedades, sino que plantea soluciones en las que la moral se impone así sea a golpes.

Luchar contra el mal en la vida diaria no es ni será fotogénico, pero en la ficción todo es posible. De eso trató el proyecto Black Mask hasta que, en 1951, cerró sus puertas.

miércoles, enero 19, 2011

LA MATERIA DE MIS HISTORIAS
En diciembre, una amiga me interpeló:
—¿Por qué la violencia, Roberto? Escribes muy bien, pero no puedo con tanta violencia en tus cuentos.

Fue muy raro. La gente no puede con un cuento violento, pero vive sin mayores quejas en un mundo en el que un loco armado entra a un recinto y mata a un montón de personas sin dar explicaciones. Y eso no ocurre sólo aquí, en nuestro bello país. En casi cualquier parte del mundo pasa lo mismo. Los seres humanos somos indiferentes al mal hasta que el mal nos alcanza y nos convierte en escabeche.

Por eso escribo historias violentas: para recordarle a mis semejantes que el mal, la muerte y el horror están más cerca de cada uno de nosotros de lo que cada uno de nosotros se imagina.

La vida no trata sobre estar bien ni sobre todas esas fantochadas que dicen los sabios de la televisión. La vida, como afirma Isaac Chocrón, trata sobre estar vigilantes, sobre permanecer en estado de alerta porque en cualquier momento puede aparecer el depredador que te morderá la yugular y se comerá hasta tus huesos.

No sé qué pensaría mi amiga de la respuesta que le ofrecí. No lo sé entre otras razones porque se tuvo que ir de la reunión y no pudimos intercambiar argumentos.

Ahora bien: yo no escribo historias violentas sólo para recordarle a la gente que en cualquier instante pueden joderla. Faltaba más.

Yo simplemente escribo las historias que me gustaría leer.

Nunca les he hablado sobre esto, pero a mí me interesa mucho el género negro.

El público llano confunde las literaturas negra y policial. Son dos cosas distintas. El género policial se caracteriza por la investigación que busca a los responsables de un delito. Los cuentos y novelas de Arthur Conan Doyle pueden ser los ejemplos más representativos de este tipo de literatura.

Por su parte, el género negro se basa en la exploración de la materia más oscura de la que estamos hechos los seres humanos. Porque, permítanme recordarles (ahora sí) que los seres humanos no somos angelitos de Dios ni tendemos por naturaleza a ser buenos y perfectos. Somos un amasijo de apetitos abisales que nos gobierna aunque no queramos. El programa básico de nuestra existencia es igual al de casi todos los seres vivos. Con una espiroqueta o un cheetah compartimos la necesidad de alimentarnos, de reproducirnos y de dormir en un lugar que tenga un mínimo de condiciones favorables para que podamos seguir viviendo.

El género negro trata sobre lo que sucede cuando los seres humanos nos entregamos a esos apetitos abisales y terminamos sembrando el caos y la destrucción. Los maestros de la literatura negra son (aunque algunos crean que exagero o que caigo en anacronismos) Sófocles y Shakespeare. ¿Qué más quieren?

Como sucede con todo en este mundo, estos géneros se mezclaron entre sí. Hay novelas policiales cargadas de elementos de la novela negra y novelas negras cargadas de elementos policiales. ¿Cómo no iba a suceder esa mezcla, si los dos géneros germinan en las zonas oscuras del alma humana y más en un mundo como éste, en el que encontramos malvivientes hasta en la sopa?

Revisen cuando puedan los libros de Chester Himes, Raymond Chandler, Rubem Fonseca, Patricia Highsmith, Samuel Dashiell Hammett, Paco Ignacio Taibo, Stieg Larsson y Henning Mankell entre muchos otros autores, para que vean de qué estamos hablando.

Humildemente escribo cuentos en los que la oscuridad de un género sirve como estructura para explorar situaciones absurdas y para construir el tipo de héroes que me gustaría encontrar con más frecuencia en la literatura.

De eso trata lo que hago.

Y si les parece que mis cuentos traen muchas pistolas, pues lean a Eurípides, a ver si en sus obras encuentran el remanso que buscan.

martes, enero 11, 2011

PROPÓSITOS Y DESEOS
Somos polígonos y algunas de nuestras aristas son más agradables que otras. Tres o cuatro de nuestras caras les gustan a una o a dos personas. Las caras que no les gustan a esas mismas personas, quizás les agraden a otras y así pasa la vida y así es todo en este mundo: la gente, los libros, las piezas musicales, los cuadros...

Hago esa aclaratoria porque quiero hablar sobre mis cuatro o cinco propósitos de año nuevo y no espero que esos propósitos les agraden o les interesen a todo el mundo. Veamos:

1) En algún momento espero poder escribir algo sobre los chinos que caminan por Chacao. Para quienes no se hayan dado cuenta o no los hayan visto, el Municipio Chacao está lleno de asiáticos. Se ve que no llevan mucho tiempo entre nosotros y que son ejecutivos o ingenieros que trabajan en compañías trasnacionales recién llegadas a este país. Cada vez que los veo por la plaza Altamira o comprando en uno de los tantos Farmatodos que abundan por doquier, me provoca preguntarles sobre sus actividades: qué hacen, qué comen, qué leen... Porque si algo tiene la población asiática que vive en mi país es que, salvo en lo gastronómico, su presencia no se siente. Aquí no tenemos teatros chinos ni ópera china, ni desfiles con dragones y fuegos artificiales. Tampoco sabemos nada de escritores, cantantes, artistas chinos, japoneses, coreanos, etcétera, etcétera. Lo más cercano al arte oriental que tenemos a nuestro alcance (aparte de la colección de jarrones de cerámica que había y no sé si todavía hay, en el Museo de Bellas Artes de Caracas) se encuentra en el mercado de los domingos en el Club Chino de El Bosque y en los dragones de concreto que custodian las puertas de sus restaurantes.

Las distintas olas de inmigrantes que han venido a Venezuela han dejado su impronta en la arquitectura, en la comida, en los modos de hacer y decir de los venezolanos. Sería interesante registrar lo que dejen a su paso estos orientales que vienen a trabajar en empresas petroleras y gasíferas, si es que les interesa dejar y compartir algo con nosotros.

2) Quisiera ir a Harlem un domingo del año que comienza, y entrar a una iglesia donde se esté celebrando un oficio religioso con órgano, coro de Gospel y todo. Me encantaría ver a las señoras bien vestidas y arregladas gritando «Praise the Lord» cada vez que el Pastor le diga algo potente a su rebaño. Ésa será una experiencia que habrá que vivir para contarla en detalle.

3) Durante este año me encantaría volver a dibujar. Con el dibujo me pasó algo extraño: un día me abandonaron las imágenes o me atacó una extraña forma de ceguera que me impide ver las imágenes que antes veía con toda nitidez en mi cabeza. Espero volver a ver dentro de mí algún día. Y si es en estos próximos doce meses, mejor.

4) Dado el pantano económico en que nos movemos y al desmesurado apetito lector de mis contemporáneos, no creo que tenga mucho sentido publicar un libro de cuentos repletos de historias negras. Sin embargo, la incertidumbre monetaria unida a las cosas que quiero hacer en la vida, me llevan a asumir como propósito el dejarme llevar por las mareas a ver adónde me llevan. Si hay libro, chévere. Si no, ni modo. Mis gavetas están llenas de proyectos que algún día se concretarán.

5) Este año quiero releer El Quijote, escribir un ensayo sobre los grabados de Max Beckmann y Georg Grosz, comprar discos de Ken Vandermark, evaluar si vale la pena o no adquirir una tableta digital y pasar unos días en Margarita junto a mi familia.

6) A pesar del inmenso fastidio que me da, debo ir al médico. Es hora de ver cómo estoy y de oír discursos sobre el colesterol, los triglicéridos y la importancia del ejercicio físico.

Ya veremos cuánto de todo esto podré cumplir en los próximos doce meses.

jueves, enero 06, 2011

GUÍA BREVE PARA RECONOCER CIUDADES ENFERMAS
Simon Ungers: Cube House; 2000

«…El hombre sólo puede sobrevivir por su mente. Llega desarmado a la tierra. Su cerebro es su única arma…».

Ayn Rand: El Manantial.

La satisfacción de unas necesidades elementales (alimentación, reproducción, vivienda y supervivencia) moldea la relación de los seres vivos con su entorno. Los seres humanos no escapamos a ese designio de la naturaleza. Al igual que las formas de vida más sencillas, las variables básicas de la supervivencia nos modelan como individuos, y, por supuesto, como individuos que vivimos en comunidad. Por muy elegantes que nos creamos, es preciso recordar que vinimos a este mundo a comer, a reproducirnos y a buscar un lugar seguro donde dormir.

La ciudad es la concreción más estilizada del deseo de todo ser vivo de habitar un territorio en el que existan las condiciones adecuadas para ejecutar el programa básico de la existencia. También es el resultado de un proceso lento que comenzó cuando nuestros antepasados más remotos se asentaron en un lugar y se dieron cuenta de que debían crear un conjunto de reglas para regir su vida en comunidad.

El conjunto de reglas que forman parte del código de conducta de cualquier asentamiento humano se basa en el respeto a la integridad, al espacio vital y a las pertenencias del vecino. Ése es el principio básico que inspiró a los legisladores que redactaron el Código de Hammurabi, los Diez Mandamientos y tantos otros cuerpos legales desde la antigüedad hasta hoy.

La ciudad es el invento más ambicioso de los seres humanos. Sólo en la ciudad pudimos pensar acerca de nosotros mismos, sobre nuestra naturaleza mortal, nuestros talentos y nuestras posibilidades. En la ciudad trazamos planes, construimos futuro. Eso se pudo hacer no porque hubiera ágoras ni plazas ni liceos ni mojones de piedra donde sentarse a filosofar sobre el éxtasis de la vida, sino porque la ciudad creó un entramado de relaciones y de normas que le permitió a la gente ser eso: gente, gente normal que podía planificar sus actividades, trabajar, partirse el lomo, descansar y vivir. En la ciudad los seres humanos dejamos de ser seres humanos en el sentido biológico de los términos y comenzamos a ser ciudadanos, a ser partícipes de una trama de intercambios y costumbres cuyo hilo maestro es el código de respeto que regula las hambres y el flujo de información entre lo individual y lo colectivo.
Donald Judd: Sculptures; Marfa, Texas.

Lo anterior nos lleva a afirmar que lo más importante de una ciudad no está en sus muros físicos. Lo más importante radica en la solidez de esa trama invisible que modera a los ciudadanos, que les da límites y coordenadas a sus actos, sentido de pertenencia, seguridad y el deseo de extender en el tiempo y en el espacio tanto los muros reales como la trama invisible que hace a cada ciudad ser como es.

Pero no nos engañemos. Ninguna ciudad es perfecta. Todas tienen problemas; todas generan procesos que ponen a prueba la trama omnipresente que las mantiene unidas y en crecimiento. Lo importante es que sus habitantes sean capaces de renovar sus compromisos con la ciudad, que se formulen preguntas y reinventen su relación con el entorno. Las ciudades enfermas se reconocen porque sus habitantes no pueden (o no quieren) ver los problemas ni reinventar sus relaciones con la urbe, lo que genera hendiduras, verdaderos hoyos en las tramas de compromisos y costumbres, huecos que impiden la fluidez en el intercambio que debe existir entre lo colectivo y lo individual, entre lo público y lo privado.

La superpoblación (con todos sus males aledaños), la riqueza mal distribuida, la existencia de gobiernos mediocres, corrompidos y corruptores, así como la irresponsabilidad de sus propios habitantes, representan unos pocos ejemplos del tipo de grietas que se abren en el entramado conceptual de una ciudad. Esas fisuras que comienzan siendo pequeñas, se agrandan con el paso del tiempo e inician procesos terribles como el de la progresiva desciudadanización de las personas, devolviéndolas con implacable lentitud a un estado salvaje en el que los individuos viven para sobrevivir y para satisfacer sin orden ni concierto sus apetitos elementales.

He ahí la tragedia de una ciudad enferma y la de sus habitantes que, sin quererlo ni saberlo, pierden aquello que los hace humanos en medio del caos, hasta que un día se descubren depredándose unos a otros.