miércoles, febrero 16, 2011

NOCTURNO DEL PLANETA KRIPTON
Uno

El planeta es extraño. Sus habitantes dicen que lo aman, pero en cuanto pueden, se marchan y, una vez lejos, lo olvidan. Luego, viviendo en su nuevo domicilio, tienden a sentar cátedra sobre la vida en el sitio que dejaron. Hablan con desparpajo sobre lo que debió o no debió ser del astro de sus recuerdos y después se afincan en justificar su decisión de irse.

Uno los oye y calla. ¿Para qué discutir con ellos, si no hay cómo reprocharles su decisión? ¿Para qué reírse de sus chistes, si cada broma que hacen sobre el planeta del que se fueron, esconde una bruma de dolor?

Irse, quedarse… He ahí un dilema triste.

Los que se fueron (o se van) tienen otro planeta y otro pasaporte; se van (o se fueron) porque sienten que allá sus sueños y sus arcas no corren peligro. Los que se quedan tienen un solo planeta, un solo pasaporte y sueños a los que cuesta defender.

Irse, quedarse… Quizás muchos de los que se quedaron se vayan algún día. Soñar en un planeta hostil, cansa.

Dos

Entre los que se quedaron en el planeta, hay tres clases de habitantes: los que participan en las enconadas diatribas sobre la conducción de Kripton, los que sólo sobreviven y no les da tiempo de pensar en nada, y los que están cansados de que en Kripton siempre se hable de lo mismo.

Los primeros se pelean por el poder, intercambian ingeniosas invectivas, se denuncian entre ellos y no hacen nada para evitar la destrucción. Son los menos preparados y los menos trabajadores, pero sus lenguas vuelan a la velocidad de sus escrúpulos.

Los segundos deben levantarse antes del amanecer, surcar el aire en tres vagones distintos y llegar a sus oficinas para ganarse el sustento diario. Esos ciudadanos viven tan agobiados que no saben que el núcleo de Kripton está por estallar; creen que los rumores sobre la explosión pertenecen al ir y venir de saetas verbales entre quienes detentan el poder y quienes quieren el poder. Por eso no les prestan la más mínima atención.

Los terceros se cansaron de advertirles a sus semejantes la catástrofe. Como nadie quiso ni quiere oírlos (la verdad es una legión de moscas), optaron por aplicarse a sí mismos un ostracismo que los lleva a vivir encerrados en sus propias meditaciones, redactando sus propios e inútiles ensayos sobre el devenir de la vida.

Tres

En Kripton no faltan los ilusos. Más de uno cree que la vida permanecerá por siempre y que, con las estrategias que los líderes diseñen, la felicidad de la población estará garantizada por milenios.

Pobres de ellos.

Esos mismos ilusos invocan la paz y la bondad cada vez que uno de los pensadores sale de su mutismo y dice algo sobre la corrosión que se ve sobre la faz del planeta.

Pobres de ellos una y mil veces.

Esos ilusos condenan a los científicos que salen de su exilio mental y advierten una vez más sobre el fuego que brotará de las entrañas astrales. Los ilusos los llaman alarmistas, demagogos; piden cárcel para ellos, suplicios, penas estentóreas.

Pobres de ellos y de todos los habitantes de Kripton.

Cuatro

En Kripton tiembla todas las noches.

Las arenas han perdido su color de plata y se han tornado negras.

Los árboles se secan y sus venas se vuelven de piedra.

El fuego sale de la oscuridad y se esparce silencioso, como un ejército solitario.

Cinco

La catástrofe aún no ha llegado. Los habitantes de Kripton viven sus vidas pequeñas. Unos ocupan los trenes de aire. Otros comen y charlan y comentan las unánimes transmisiones que los líderes emiten desde los salones del palacio.

Los pensadores no lo saben con certeza, pero intuyen la tragedia. Algo en el aire les dice que el esplendor y la gloria llegaron a su fin.

La desaparición de Kripton no se ha concretado, pero pronto lo hará.

lunes, febrero 14, 2011

EL BUZÓN DEL AMOR
«HOLA MIS QUERIDOS AMIGOS. QUIERO CONTARLES QUE SOY UNA PERSONA MUY, MUY, MUY, PERO MUY BIEN PARECIDA A LA QUE LE ENCANTA AGRADAR. SIN EMBARGO, TENGO 5 AÑOS SIN NOVIA. DÍGANME A QUÉ SE DEBE MI SOLEDAD. FIRMA: TOMISLAV EDUARDINI PÉREZ. POST DATA: UN DÍA SALÍ CON UNA PELUQUERA, PERO LA COSA NO PROSPERÓ».

«HOLA, AMIGOS. LES ESCRIBO PORQUE TENGO UNA INQUIETUD. AMO CON TODO CORAZÓN A MI NOVIA, PERO ELLA TIENE LAS OREJAS MUY FEAS. DÍGANME QUÉ PUEDO HACER SI CADA VEZ QUE LE VEO LAS OREJAS, RECUERDO AL SEÑOR SPOCK. FIRMA: ELADIO TOWERS».

«ME LLAMO CARLOS FUFI MALDONADO. TENGO UNA NOVIA QUE ES IGUALITA A JENNA JAMESON EN SUS BUENOS TIEMPOS. LO MALO ES QUE TODO EL MUNDO ME LA BUCEA Y NO SÉ QUÉ HACER. ACONSÉJAME».

«QUERIDOS AMIGOS, MI NOMBRE ES IRENE SINGLETON Y QUIERO CONTARLES MI HISTORIA DE AMOR. RESULTA QUE A MI NOVIO NO LE GUSTA DISCUTIR CONMIGO. CADA VEZ QUE TENGO ALGO QUE RECLAMARLE, SACA UNA PISTA DE CARRITOS. EN VEZ DE DISCUTIR, MI NOVIO ME DA UNO DE LOS CONTROLES REMOTOS Y ME PONE A COMPETIR CON ÉL. ¿USTEDES CREEN QUE ESTO ES SANO PARA NUESTRA RELACIÓN? MI NOVIO Y YO NO NOS AMAMOS CON LOCURA, PERO NO SÉ SI ESTÉ BIEN QUE EN LUGAR DE PELEAR, NOS PONGAMOS A JUGAR CON UNA PISTA DE CARRITOS. ¿QUÉ ME DICEN USTEDES?».

«QUERIDOS CONTERTULIOS, A PRINCIPIOS DE ENERO SE ME OCURRIÓ PONER EL CANAL DE CINE CLÁSICO. ESTABAN DANDO UNA PELÍCULA VIEJA DE AKIRA KUROSAWA Y, A MI MUJER, POR POCO LE DA UN ESPASMO. SE BURLÓ DE MÍ, SE RIÓ DE LA TRAMA Y DE LOS ACTORES, Y, COMO VIO QUE, A PESAR DE TODO LO QUE ME DECÍA, YO NO CAMBIABA DE CANAL, ME PREGUNTÓ SI DE VERDAD YO IBA A SEGUIR VIENDO ESA PELÍCULA. COMO LE DIJE QUE SÍ, ABANDONÓ EL CUARTO Y NO HE VUELTO A SABER DE ELLA DESDE HACE UN MES. DÍGANME: ¿QUÉ DEBO HACER? ¿CREEN USTEDES QUE HICE MAL VIENDO PELÍCULAS VIEJAS? FIRMA: GERARDO "CHACHO" LOWENTHAL».

«AL HIJO DE LA MUCHACHA QUE TRABAJA EN MI CASA LE DIO POR PINTARSE EL PELO DE AMARILLO. LA MUCHACHA SE FUE HACE UNA SEMANA A UNA REUNIÓN EN EL COLEGIO DE SU HIJO Y NO HA REGRESADO. ESO ME TRAJO PROBLEMAS SERIOS CON MI NOVIA PORQUE TUVIMOS QUE PONERNOS A HACER LAS LABORES DEL HOGAR NOSOTROS MISMOS. DÍGANME QUÉ HAGO. AYÚDENME A RECUPERAR LA ARMONÍA DE MI RELACIÓN QUE SE QUEBRÓ POR UN TINTE DE PELO EN LA CABEZA DE UN ADOLESCENTE AJENO. DE ANTEMANO, GRACIAS POR SU AYUDA. FIRMA: JIM JONES CASTRO».

«ESTIMADOS AMIGOS, EL PROBLEMA QUE VENGO A PLANTEARLES ES EL SIGUIENTE: MI MUJER Y YO NOS AMAMOS CON LOCURA, PERO NUNCA TENEMOS TIEMPO PARA HACER "AQUELLO". CADA VEZ QUE TRATAMOS DE HACERLO, SUENA EL TIMBRE, TIEMBLA O EL VECINO DE ABAJO SE PONE A PEGAR GRITOS. DÍGANME QUÉ PUEDO HACER PARA MANTENER VIVA LA LLAMA DEL AMOR. DE ANTEMANO LES DOY LAS GRACIAS POR SUS CONSEJOS. FIRMA: BRIAN TORRES PALMAREJO».

lunes, febrero 07, 2011

LA CÁRCEL DE PALABRAS
Los límites de nuestro vocabulario definen los límites de nuestra imaginación. Quizás allí se encuentre la respuesta a por qué siempre terminamos disertando sobre las mismas materias.

¿De qué hablamos los venezolanos? De malandros, tráfico, huecos y política. De ahí no salimos. Cualquiera de nuestras conversaciones recala siempre en alguno de esos cuatro temas… O en los cuatro a la vez y así tenemos un festín de ésos que le levantan el ánimo a cualquiera.

Es como si nuestros cerebros vivieran en una celda invisible.

¿Por qué nos es tan difícil hablar de otras cosas que no sean malandros, tráfico, huecos y política? De acuerdo. Ésos son los problemas más acuciantes, pero ¿no les parece que exageramos? Tome usted un periódico cualquiera. Lea las páginas de opinión, las de deportes o las que le parezcan. Observe que en todas, de manera directa o tangencial, se habla otra vez de lo mismo: malandros, tráfico, huecos y política. ¿No hay más nada de qué hablar o somos tan infelices que reducimos nuestras vidas a cuatro tópicos miserables?

Que alguien me explique, por favor.

Eso sí: no me vayan a decir que hablamos de esos asuntos porque son los que más angustias nos producen. Eso ya lo sabemos. Lo dijimos hace unas líneas y no está bien que me digan lo que ya les dije. Invéntense otra teoría. Explíquenme que el despeñadero psico-socio-político-económico que padecemos, es más bien una crisis de temas de conversación, una incapacidad para encontrar las palabras adecuadas que nos ayuden a entender nuestros problemas. Esta habladera de lo mismo todos los días por televisión, por radio, por internet o por donde sea, es un fastidio de proporciones increíbles.

No creo que exista en el mundo una sociedad que hable tanta paja como la nuestra. Todo el mundo opina, todo el mundo sabe, todo el mundo dice y habla sobre lo mismo: malandros, tráfico, huecos y política, y de ahí no nos movemos quizás porque sea más fácil (y más rentable) hablar de los problemas que solucionarlos de una buena y maldita vez.

Un momento. Hagan silencio. Oigan a su alrededor. Noten que en la mesa de al lado hablan de adivinen qué… Ahora dejen de leer este artículo. Comiencen la lectura de otro y fíjense que en ése también se diserta sobre los mismos tópicos.

Que siempre se hable de malandros, tráfico, huecos y política, demuestra que no podemos trascender el uso de las palabras dedicadas a hablar de malandros, tráfico, huecos y política, lo cual quiere decir que no podemos salirnos de nosotros mismos ni ver nuestros problemas desde otros puntos de vista ni con otras herramientas. Vivir hablando de malandros, tráfico, huecos y política denota una crisis de lenguaje, una tragedia que poca gente percibe y que se concreta en la imposibilidad de entender la complejidad del mundo o de hacernos los tontos ante ella. Es preferible hablar de lo mismo y simular que eso que llamamos «lo mismo» no tiene solución que estudiar, leer y, finalmente, pensar.

Porque ése es el problema: pensamos raquítico, pensamos en «modo spam» y nos comunicamos en consecuencia. Producimos discursos pobres en ideas, pobres en palabras y pobres en su capacidad para despertar entusiasmo; balbuceamos la repetición de un anecdotario que nos hace sentir miserables, pero seguros dentro de la gran manada triste que se solaza en sus problemas porque intuye que para resolverlos debe aprender a hablar otra vez.

No faltará quienes pretendan defenderse diciendo que en un país lleno de malandros, tráfico, huecos y política, no se puede pensar en nada que no sea malandros, tráfico, huecos y política.

Se equivocan.

En un país con un repertorio de ideas tan limitado como el nuestro, es una obligación proponer otros temas, otras lecturas, otros problemas, otras soluciones, otras historias, así no nos gusten o los sintamos demasiado distantes a nuestra pequeña efervescencia.

La cárcel de palabras está ahí, rodeando nuestras cabezas minúsculas. Por eso siempre terminamos hablando de lo mismo. Y ya basta.