jueves, marzo 31, 2011

UNA CRIATURA DE LA OSCURIDAD
Max Beckmann: Muchachas jugando con perros; óleo sobre tela; 1933
Un hombre con cara de perro saca a su perro con cara de hombre a pasear. Como el perro con cara de hombre es grande, trata de olerle el culo al hombre con cara de perro y, por no tener nada mejor que hacer (puesto que dejó el vicio del tabaco), el hombre con cara de perro se pone a mirarle el culo al perro con cara de hombre. Llegados a este punto, y en medio de semejante oscuridad, el hombre con cara de perro y el perro con cara de hombre terminaron pareciendo un monstruo medieval con dos caras y dos culos.

Ya no se puede salir de noche en esta ciudad porque las cosas horribles están a la vuelta de la esquina.

EL PERRO BOMBERO
Fire Dog; fotografía de Bryan Hochman
El perro de los bomberos ayudó a rescatar a dos bebés, a una anciana, a un viejo borracho y a una Barbie calva. Entre aplausos y gritos, una voz elogió «la belleza y la fidelidad del perro blanco de los bomberos». En ese instante el dálmata se dio cuenta de que las llamas crepitantes masticaban las manchas de su cuerpo. Por eso volvió al edificio en llamas y nadie más supo de él.

DEFINICIÓN DE UN PERRO
Cave canem; mosaico romano
¿Cuál es la mejor definición de un perro? Ninguna, salvo que es una criatura que debe escoger mejor a sus amistades.

viernes, marzo 25, 2011

CRISIS DE ESPACIO
Vas en tu carro y no consigues dónde aparcarlo.

En la librería encuentras dos tomos que te interesan, pero muy pronto recuerdas que en tu casa no cabe un libro más.

Entras en la red. Te metes en Amazon, miras los discos. Encuentras uno de Tete Montoliu y otro de Thin Lizzy. Estás a punto de adquirirlos, pero cuando los pones en el carrito de la compra, decides cerrar la página. Una voz de ultratumba que suena en tu cabeza, te recuerda que no tienes dónde meter más discos.

Es increíble: la humanidad sigue produciendo objetos, pero no hay dónde ponerlos. ¿No es absurdo?

George Carlin, maestro de maestros del humor, decía que no lo sabemos, pero en verdad vivimos en clósets. Sí, en clósets. Nuestras casas son clósets llenos de peroles que clasificamos, arrumamos, usamos y tenemos hasta que un día nos morimos o nos cansamos, y nuestros corotos terminan en una venta de garaje, listos para que otras personas los introduzcan en sus respectivos clósets o los lancen definitivamente a la basura.

Suena paradójico, pero la crisis de espacio se extiende por el mundo.

En los museos no hay dónde guardar un cuadro o una escultura más. A muchos de ustedes les debe parecer bien que, ante tanta obra rara o ininteligible, es mejor que no haya hueco disponible. En una época en que cualquiera puede tener veleidades creativas y llamarse «artista», la falta de espacios para exponer y almacenar obras puede ser una bendición. Nosotros no estamos de acuerdo con ese supuesto. La falta de espacio racional es un drama contemporáneo.

El poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid habla sobre la relación entre la falta de espacio y la falta de tiempo en todo lo concerniente al mundo editorial. Palabras más, palabras menos, la tesis de su ensayo Los demasiados libros es: si no tenemos dónde poner los millones de volúmenes que se publican todos los días, ni tiempo para leerlos, ¿para qué diablos seguimos produciéndolos con tanta efusión?

Los humanos no podemos dejar de imaginar, de hacer, de inventar, de transformar… El problema es que luego no hay dónde meter los resultados de ese impulso que nos define.

Las únicas «soluciones» que se han puesto en práctica para mitigar esta crisis de espacio son tan pueriles que uno se pregunta si quien las diseñó, sabía lo que hacía.

La primera propuesta consistió en estimular la producción de objetos cuya caducidad es ley. Observen que el mundo de la moda se renueva, por lo menos, cuatro veces al año, que las computadoras y demás aparatos electrónicos tienen una vida útil muy corta, que quien tiene hoy un Blackberry o un Ipad de última generación, mañana tendrá un armatoste inútil en sus manos. Alguien se dio cuenta de que la perfección no es rentable, que un aparato que dure para siempre no estimula la economía ni abre fuentes de trabajo. Por eso descontinuaron al clásico escarabajo de la Volkswagen y vemos un montón de carros desechables por ahí, que, para colmo, cuestan miles de millones de bolívares.

La segunda salida fue la posibilidad de convertir cualquier discurso en una ristra de guarismos digitales e introducirlo en un sinfín de aparatos electrónicos de los que todo el mundo termina quejándose. Así, quienes atesoran libros, dicen que el Kindle o el Ipad no tienen la calidez ni el olor del volumen tradicional de papel o, quienes aman los discos, claman al cielo porque el formato MP3 comprime demasiado el sonido y le quita nitidez a la música.
—¿Qué más quieres? Todo lo que nos da, nos quita, papá—. Dice, con razón, Henrique Lazo.

Gástense unas neuronas buscándole soluciones a la crisis de espacio. Sólo traten de producir la menor cantidad de basura que sea posible.

Y cuando consigan algo, nos avisan, por favor.

miércoles, marzo 23, 2011

RISTRA
Estamos en un momento raro y convulso.

Tal vez sea hora de contradecir a Marilyn Manson y proponer que no es que en esta época hay más recursos para documentar la barbarie y las desgracias, sino que hay más barbarie y desgracias juntas que antes. Si no lo creen, repasen los desastres de estos días.

Un terremoto.

Un maremoto.

Cuatro reactores nucleares con las paredes agrietadas y a punto de caramelo.

Un dictador desfigurado por el mal y las cirugías plásticas ordena bombardear a sus paisanos que no lo quieren como gobernante.

Los gobiernos de ocho o nueve países deciden bombardear al país cuyo dictador desfigurado por el mal y las cirugías plásticas arrasará con todo, si no lo dejan gobernar hasta el final de los tiempos.

Unos estudiantes en quienes se funden la ingenuidad y el coraje, se cosen las bocas para acentuar la huelga de hambre que llevan a cabo desde hace veintitantos días.

La AH1N1 contraataca.

Una bomba estalla en Jerusalén y mata y hiere a un montón de personas.

Y todo en siete u ocho días.

Es mucho y sabemos que de aquí a la próxima semana, habrá más.

Apretémonos los pantalones, soportemos el peso de la adversidad y pensemos en lo frágil y triste de nuestra condición.
MONSTRUOS REALES
Las desgracias tienen el poder de hacernos mirar en retrospectiva y reordenar las cadenas de acontecimientos para convercernos de que cuanto ocurrió era inevitable. Tal es el magnetismo que tiene el horror.

La fatalidad nos hace creer que al mundo lo rige un oscuro y grotesco plan para exterminar la vida. Vemos lo que ocurre en la planta nuclear de Fukushima, en Japón, y de inmediato pensamos que el terremoto y la ola destructora se produjeron para que las paredes de los reactores se agrietaran y la muerte se expandiera aún más.

En estos momentos de dolorosa angustia los seres humanos dejamos de lado todo cuanto nos diferencia y deseamos que los esfuerzos para detener la lenta y segura corrosión que se avecina sirvan para algo.

De lo contrario el veneno flotará en el aire, invisible y se unirá a las fuerzas destructoras de la tierra y del mar que azolaron en pocas horas a un país.

lunes, marzo 14, 2011

ESTE ES EL LIBRO QUE ME ACOMPAÑA EN ESTOS DÍAS
He aquí mis impresiones a vuelo de pájaro...

Lo que más me interesó de esta novela fue su dimensión política. Como trata sobre una conspiración para asesinar a Nelson Mandela, se imaginarán ustedes la cantidad de reflexiones que trae sobre la vida en Sudáfrica, sobre la vergüenza que significó el Apartheid, sobre el proceso de cambios que se inició en ese país a comienzos de la década de los noventa del siglo pasado... Desde este punto de vista, La leona blanca tiene páginas impecables en las que quedas conmovido y reflexionando sobre lo fácil que es hablar de derechos humanos, orden y garantías en países organizados en los que todo parece aséptico.

Como al sicario que contratan lo entrenan en Suecia, parte de la acción de la novela ocurre en los predios del teniente Kurt Wallander, ese héroe gordo y cuarentón, tan sagaz como atormentado, que, como buen detective, no deja de buscar pistas ni de seguir a su presa hasta que la acorrala y logra vencerla.

Justamente, lo mejor de los episodios en Ystad, Estocolmo y otros distritos del país nórdico, es la constante pregunta que se hacen Wallander y sus compañeros sobre cómo es posible que exista gente capaz de cometer crímenes tan atroces como comete el entrenador de sicarios en Suecia, crímenes que si los ves en detalle, parecieron producirse no sólo por la crueldad del asesino, sino por la ingenuidad, poca precaución y hasta necedad de las víctimas suecas, que creían que todo el mundo era igual a ellas: asépticas, buenas personas, celosas cumplidoras de la ley, respetuosas del vecino, etcétera, etcétera.

Si en los episodios que transcurren en Suecia, Henning Mankell nos entrega lo mejor de su pericia para narrar hechos sangrientos, para mezclar el thriller policial con las peripecias de las novelas de espías y las reflexiones de un inspector que se pregunta por la naturaleza del mal en el mundo contemporáneo, en los capítulos que transcurren en Sudáfrica, el autor nos entrega los detalles de una conjura que pretende crear un caos para que los blancos boers  mantengan sus privilegios en medio de una sociedad que decidió cambiar para mejor.

En resumen: La leona blanca es dos novelas atadas con hilos muy delgados que, en ocasiones, se hacen muy muy delgados y hasta se rompen dada la truculencia de algunos hechos y la presentación un tanto estereotipada, sobretodo, de los delincuentes internacionales y de los cerebros de la conspiración contra el proceso de cambios que lideraron Frederick De Klerk y Nelson Mandela.

Sea como sea, pasé horas de felicidad encerrado en este estupendo libro.

viernes, marzo 04, 2011



Seremos los aguafiestas de los estúpidos, los azotadores de los ingenuos y los pesimistas de costumbre.

Pondremos caras de que no sabemos quiénes son los ladrones.

Nos mantendremos ocupados y lejos de la pesadumbre.

Nadie verá los monstruos que vemos todos los días, lo cual no será impedimento para que hablemos de ellos todos los días.

Intentaremos pensar por nosotros mismos y ver más allá de la niebla de palabras vanas que flota en el aire.

De vez en cuando sacaremos a pasear a la mula que vive en cada uno de nosotros, no sea que la mula comience a masticar nuestra propia alma.

Enmascararemos nuestros pensamientos y nadie sabrá lo que en verdad deseamos.

Nos quedaremos solos mientras nuestros amigos se largan a otros países.

Nos quedaremos con los bárbaros y con los idiotas que esbozan las explicaciones más extrañas a los hechos más bizarros.

Soportaremos que los amigos que se fueron, «nos expliquen» lo que pasa aquí.

Veremos la degradación de las cosas, el esfumato de los espíritus, el cierre de todo cuanto existía y su sustitución por una nube de mediocridad.

Nos acostaremos a dormir temprano y encontraremos en el sueño la única redención posible.

Seremos parcos y sólo nos reiremos lo necesario, aunque al mundo lo mueva la máquina de halar bolas.

Seguiremos advirtiéndoles a los incautos el futuro que se avecina, aunque nos tilden de locos y de exagerados.

Inventaremos historias protagonizadas por nuestros ombligos.

Nos encerraremos en la música, en los libros y en todo cuanto nos haga creer que existen otros mundos.

Azotaremos a los repetidores de lugares comunes.

Nos aferraremos a las manifestaciones más sencillas de la belleza y del amor.

Seremos cuidadosos con las palabras y con los hechos.

Tendremos fe en Dios y en el azar porque cualquier día, sin explicaciones, el panorama puede cambiar para mejor.

Seguiremos viendo y leyendo las opiniones flojas que los imbéciles de otros países tienen sobre lo que pasa aquí.

Haremos lo posible por ayudar al prójimo, aunque el prójimo no sepa que necesita ayuda o no quiera recibir ayuda (porque la ignorancia siempre es arrogante).

Congelaremos una parte de nosotros mismos y aprenderemos a moderar nuestros deseos.

Seguiremos siendo refractarios a los sofismas que dan por bueno lo malo y lo malo por bueno.

Viviremos aferrados a nuestros sueños y trataremos de hacerlos realidad cueste lo que cueste.

Seremos maestros en el arte de hacernos los estúpidos.

No nos desgastaremos en cruzadas inútiles.

Miraremos para otro lado cuando el injusto caiga.

Mentaremos madres en público y en privado.

Alimentaremos ilusiones apoteósicas a las que daremos apariencias modestas.

Mantendremos cerrados los postigos de nuestras casas y abiertas las ventanas de la fe y de la razón.

Haremos lo posible por confiar en los demás, pero a la menor traición o fisura, cortaremos las amarras.

Haremos esfuerzos gigantescos para impedir que a nuestra autoestima le salgan lombrices.

Sospecharemos de los apóstoles del optimismo y de los que creen que las estatuas se derrumban solas.

Pelearemos en silencio para que nuestro pequeño mundo no desaparezca.

Leeremos una y mil veces la escena en la que Odiseo arma su arco y les da su merecido a los pretendientes que querían quedarse con su casa.

Les diremos mequetrefes a los mequetrefes y sinvergüenzas a los sinvergüenzas, doquiera que estén.

Beberemos y reiremos cada vez que podamos porque la vida tiene miles de caras y porque un millón de cuitas no valen un momento de solaz.

No orbitaremos alrededor de soles muertos.

Viviremos atentos porque cualquier día ladrará la jauría invisible.

martes, marzo 01, 2011

EL PUENTE BLANCO
Leí Extraños en un tren, de Patricia Highsmith, en los bordes de una cancha de fútbol y en mi cama, acostado y con una linterna en las manos.

Los lugares donde lees, marcan lo que lees. Los árboles, la grama, el frío, la textura de la almohada, el calor, el viento, el olor a pintura o a flores, se introducen en el libro y forman parte de él. Por eso, y porque nos llenamos de experiencias, sentimos que el contenido de los libros muta con el paso de los años. Sin embargo, hay libros que tratan sobre asuntos eternos.

Extraños en un tren me pareció una película… ¿Qué? ¿Cómo dice? Sí, claro... Claro que sé que Alfred Hitchcock dirigió la versión cinematográfica, pero no es a eso a lo que me refiero. Me refiero a que, al leer la novela, lo que yo veía en mi teatro mental era una película de mil novecientos cincuenta y tantos. Las actitudes de los personajes, la fumadera y la bebedera, la sofisticación de los espacios que describe, el vestuario y otros detalles estimulaban esa sensación.

La impronta de mi lectura es de 2011, pero el libro tiene el aire de una película en blanco y negro, lo cual me lleva a pensar que mientras me encontraba sumergido en Extraños en un tren, vivía en un «tiempo fuera del tiempo», en un continuo que no se pueden medir con el reloj de gallinita anaranjada que marca las horas en mi casa. ¿Qué tiempo era ése? ¿Cómo se miden esos momentos en los que no «estás» ni aquí ni allá, sino en un limbo placentero cercado de sombras? ¿Qué justifica el que uno se salga de su tiempo y entre en el de un libro publicado en 1950?

Al ser una estupenda novela negra, Extraños en un tren es un catálogo de situaciones complejas. Dos desconocidos (el arquitecto Guy Haines y el buenoparanada Charles Bruno) se encuentran en un expreso que va rumbo a Texas. Entre whiskies y bistecs con papas fritas, le dan fuelle a una conversación de la que sale un predicamento que termina por obsesionar a Bruno: el asesinato perfecto existe. Dos personas que no se conocen, pueden ponerse de acuerdo y cada una eliminar a la víctima del otro. Como no hay nada que conecte a los implicados, la cacería de los culpables se hace extremadamente difícil.

El buenoparanada se toma tan en serio lo platicado en el tren, que termina asesinando a la ex esposa del arquitecto y obligando al arquitecto a que cumpla con «su parte del trato». De ese modo, Haines concreta el asesinato del papá de Charles Bruno.

Lo mejor de Extraños en un tren no radica en el suspenso ni en la investigación que sigue a los homicidios; radica en el diseño de los personajes. Charles Bruno es, quizás, el mejor gay de clóset que se haya trabajado en la literatura de todos los tiempos y Guy Haines es un ser contradictorio en el que conviven el empuje profesional y el carácter pusilánime, la felicidad hogareña y la miseria moral más profunda.

Quizás el rasgo más importante de este libro (el que hace que surja el puente blanco que une los mundos de la novela con el de mi lectura en la cama y en la cancha de fútbol) sea el trabajo sobre la culpa que les genera a los protagonistas el haber asesinado a sus respectivas víctimas. La conciencia inmunda hace que Charles Bruno tiemble y se ahogue todas las noches y que Guy Haines viva encerrado en sus propios remordimientos, tal como le pasó a Raskolnikov en Crimen y castigo.

Sí. Así es. Dostoievski está escondido en lo más hondo de estos personajes…

Acabo de terminar Extraños en un tren y debo confesar que me alegra corroborar que los criminales de éste y de cualquier otro mundo nunca estarán tranquilos porque sus conciencias los azotarán hasta el cansancio. Y así será mientras sigamos siendo humanos.

Ése es el detalle que justifica el tiempo que pasé perdido en las sombras de este estupendo libro.