viernes, marzo 30, 2012

L

La naturaleza no produce escaleras.
Raúl Saavedra: Escaleras del edificio Río Torbes; Caracas, 2010
A

Luego de caminar durante siglos por terrenos agrestes y accidentados, un hombre anónimo —y genial— concibió la posibilidad de recorrer una superficie estable, extensa y libre de ondulaciones.

Tal vez se le ocurrió al contemplar el remoto horizonte o la superficie de las aguas. Quién sabe.

El plano horizontal es una abstracción del paisaje, un producto perfecto comparable a la rueda o al trozo de obsidiana cuyo canto tallaron nuestros mayores para producir un hacha.

Los primeros planos horizontales fueron lajas de piedra cortadas, pulidas y dispuestas en el suelo, cual geométricas sombras acostadas, cual fracciones del horizonte mil veces oteado, sobre las que se construyeron caminos y se echaron las bases de futuras ciudades. La idea de transitar un terreno sin accidentes encendió la imaginación de los que más tarde se llamarían arquitectos.

Recorrer la buena tierra, andar detrás de bisontes o delante de fieras, huir del hambre o del frío, parecieron otorgarles a las primeras generaciones de seres humanos unas nociones bastante claras sobre los conceptos de anchura y profundidad. El plano es el producto más depurado de una comprensión del espacio concebida a partir de un diálogo entre los hombres y el horizonte.

S

Un plano al lado de otro plano, una lámina al lado de otra lámina, produce plazas para el encuentro público, largas calzadas para unir hitos, demarcaciones para alzar monumentos u ofrecer sacrificios. Así era el mundo hasta que a otro hombre imaginativo se le ocurrió superponer planos.

Quizás no fuese un mero acto creativo. Tal vez un accidente insalvable del terreno impidiera la colocación de una placa junto a otra placa y hubiese que superponerlas.

La superposición de planos es el primer paso hacia la conquista de la tercera dimensión.

E

Más que en superponer planos, el acto creativo radicó en superponerlos y desfasarlos, dando como resultado el escalón. Así, una escalera es una sucesión de planos superpuestos y desfasados que permiten desplazarse hacia arriba o hacia abajo del horizonte.

Jugar con esos planos, hacerlos interactuar con los distintos niveles del terreno o del edificio, produjo uno de los objetos arquitectónicos más interesantes y difíciles de definir.

S
Las escaleras se mueven; aunque no sean eléctricas, se mueven; son artefactos contradictorios: según se miren o se recorran, sus escalones suben o bajan, bajan o suben, hasta que algún día no haya quien circule por ellos.

Cada peldaño es una invitación al movimiento; cada rellano una pausa para seguir hacia arriba o hacia abajo; cada pasamanos una línea cuyo trazo acompaña a la escalera en su recorrido ascendente o descendente, según se mire o se vaya.

C

Algo en las escaleras guarda sus reminiscencias con un paisaje dominado por el agua. Debe ser la diagonal que forman los escalones de piedra y que recuerdan las lajas sobre las que corre un río. Las escaleras verticales recuerdan cascadas y las de caracol, remolinos o eso mismo: caracoles húmedos y solitarios.

A

Las escaleras mecánicas son ríos eléctricos. A pesar de su pesadez, tienen algo que excede su propia monotonía. En el universo de los escalones, nada es más difícil para el diseñador que el comienzo y el final de una escalera, la unión entre el piso estable y los peldaños. En el caso de las escaleras automáticas, tales lugares son como playas en las que se acarician dos mundos: el móvil y el estático. Ahí lo que parecía plano, se alza sobre su nivel y muestra su volumen o, al contrario, lo que tenía volumen, se hunde bajo su nivel y se muestra como una superficie plana, hasta que alguien aprieta un botón y apaga las máquinas.

Sí. Las escaleras mecánicas hipnotizan.

L
Miguel Ángel Buonarroti: Escaleras de la Biblioteca Laurenciana; Florencia, 1520 
En su ensayo «Responso por la escalera» (Todo es comparable; Barcelona, Anagrama; 1998, 223 Pp.), Oscar Tusquets lamenta que, dadas las actuales normativas de seguridad que gobiernan al mundo civilizado, la imaginación y el delirio sean ajenos al diseño de escaleras. Quizás sean un poco más abiertas en otro tipo de construcciones, pero la rigidez de esas normas junto con la adicción contemporánea a la funcionalidad, nos han privado de escalinatas henchidas de ese sentido escenográfico y monumental que tenían muchas escaleras antiguas.

Las escaleras que se hacen hoy, se parecen mucho entre sí. Cumplir las normas antiincendios, las de circulación, ventilación y demás, produce las mismas escaleras en distintos edificios. Si a eso sumamos el uso de  elevadores y rampas, obtenemos la decadencia de la que se lamenta el arquitecto Tusquets. Y tiene razón de lamentarse porque las escaleras se han convertido en un elemento tan accesorio que ni siquiera puede tildarse de decorativo, a no ser que se produzca un incendio, tiemble u ocurra cualquier catástrofe.

Las escaleras son hoy unos no-lugares solitarios. Pocos, muy pocos, las transitan; sólo algunos fumadores furtivos, una que otra pareja que discute o se besa, un ladrón agazapado en algún tramo oscuro, unos adolescentes que las usan como sala de reuniones…

E

No faltará quien viva entre escalones, quien tenga su lecho en un peldaño y apoye su espinazo en la contrahuella de otro.

En las escaleras de un edificio en ruinas se es esqueleto en un esqueleto.

Por eso no es conveniente quedarse dormido en un rellano. Allí los sueños ruedan hacia un sótano que nadie construyó.

R
En las escaleras verticales no hay planos desfasados. Dos barras verticales y paralelas están unidas por varios travesaños que permiten el recorrido hacia arriba o hacia abajo, hacia abajo o hacia arriba, y nadie se pregunta nada ni repara en ellas porque de ellas lo único que interesa es que funcionen, que permitan la elevación o el descenso de una altura a otra.

Por su parte, las escaleras de caracol son portadoras de un misterio. Como el recorrido dibuja un espiral, es fácil regodearse en una fantasía matemática que habla de futuro, de viajes interplanetarios o de las dobles hélices de una molécula de ADN. Quien baja una escalera de caracol, se siente —aunque nunca lo diga— en un submarino nuclear o en una nave espacial.

Y lo peor es que los submarinos nucleares y las naves espaciales reales tienen las escaleras verticales más ramplonas del universo.

A

Las escaleras son huérfanas que tratan de unirse al edificio al que pertenecen, pero éste las rechaza y trata de olvidarlas como si no tuviera nada que ver con ellas.

El día en que se dañan los ascensores o se va la luz, los residentes circulan por las escaleras y algunos se preguntan por las diferencias estilísticas entre el edificio y las escaleras.

La respuesta está unas líneas atrás: las normas de seguridad son las verdaderas madres de estas huérfanas que se aferran a unas paredes que no las quieren.

S
Víctor Horta: Escaleras del Hotel Tassel; Bruselas
Como tantos otros, las escaleras son objetos civilizados; manifestaciones concretas que resumen un sinfín de percepciones intangibles, de preguntas y problemas.

Por eso deben verse como respuestas arquitectónicas al paisaje.

Aún más: las escaleras son paisajes; mapas de granito con ríos, montañas, mesetas y accidentes orográficos abstractos.

En los pasamanos de metal y madera solía representarse la vegetación de esos paisajes. Los herreros que trabajaron para Víctor Horta o para Otto Wagner eran en realidad jardineros.

Con el paso del tiempo, las escaleras representan la lejanía de los hombres con respecto al paisaje… O quién sabe si más bien reproducen los paisajes de un planeta desierto, triste, sin agua ni vida.

Tal vez las escaleras mustias de los edificios que se erigen en la actualidad nos estén advirtiendo algo sobre el futuro del paisaje o quién sabe si sólo nos estén hablando sobre lo aburrido que se han vuelto la arquitectura y el mundo en general.

jueves, marzo 15, 2012


A veces la vida nos convierte en fugitivos espirituales. No huimos ni tratamos de esconder nuestros cuerpos porque nada físico nos acecha. El miedo, la estulticia, el horror flotan por todas partes; quieren hacerse de nosotros, disolvernos, apoderarse de cuanto somos y deseamos.

No importan las caras que traigan las furias porque siempre sabremos dónde refugiarnos.

viernes, marzo 09, 2012

VIAJEROS 
1
Los amigos que se fueron se preguntan si algún día regresarán a la ciudad que dejaron. Yo no les digo nada. Creo que hay cosas que solo se pueden discutir con la almohada o con el fondo de un vaso de whisky.

Provoca aclararles que la ciudad que dejaron, estará siempre ahí, no sé si esperándolos, pero seguirá ahí, mutando, complicándose, extendiéndose. Tal vez cuando mis amigos vengan algún día, la vean cambiada y se den cuenta de que, cuando se fueron, se llevaron consigo a la ciudad que era en ese momento de sus vidas.

Las ciudades cambian y no esperan por nadie, aunque hay olores y sabores y pequeños costumbrismos que persisten, que sobreviven a los taladros y a las pistolas y al mal gusto. Esa es la ciudad que siempre recibirá a mis amigos y que les hará sentir que éste, a pesar de los pesares de la vida, también es su lugar, y que es permanente, aunque todo cambie y se vuelva distinto (y feo).


2
Los emigrantes son sensibles a que les pregunten por qué se fueron; no les gusta que los vean como fugitivos que huyeron de unos problemas que ellos no crearon y de los que, tal vez, hayan sido víctimas; también tienen razón de molestarse con quienes les recriminan porque desde donde estén, opinan sobre el desorbitado acontecer del país que dejaron, como si las opiniones tuvieran pasaporte o se disolviesen al trasponer fronteras. Aunque, en honor a la verdad, hay personajes en todas partes, y entre los emigrantes no faltan quienes establecen comparaciones indignas o deslizan burlitas funestas sobre el garabato de país en el que se ha convertido ese del que se fueron con todo derecho, olvidándose del dolor de los amigos que decidieron quedarse o no pudieron irse. En uno y otro caso, la ausencia de delicadeza y de respeto ametralla la posibilidad de un intercambio provechoso de pareceres.


3
La vida es dura en todas partes, pero hay lugares en el mundo en los que no te matan ni te vejan ni te incomodan con la facilidad con que te matan, te vejan y te incomodan en el supuesto paraíso en el que aún habito. La indiferencia ante el horror es una de las fuerzas que convierte a las personas en emigrantes. También las limitaciones del supuesto paraíso que hacen que los que tienen sueños y proyectos no puedan concretarlos como ellos quisieran.

Aunque, claro, todo puede ser peor y cada quien tiene por drama lo que considere pertinente. Hay lugares de los que las personas emigran porque no hay ni una gota de agua o porque sus vecinos pertenecen a una etnia distinta y lista para matarlas a machetazos.


4
A pesar de que sé que el hogar queda donde puedas ganarte la vida haciendo aquello que te interesa y no otra cosa, yo no quiero irme del lugar donde nací.

Una oscura terquedad me empuja todos los días contra el supuesto paraíso. No se trata de querer doblegar sus condiciones (¡tarea vana!), sino de mantenerme terco en lo que soy y quiero hacer a pesar de los accidentes.

Un día entendí que doquiera que esté, un hombre debe dar esa pelea por su individualidad, y no importa si la patria donde se encuentra es la suya o la de otros.

Porque tarde o temprano el país de origen y el país de llegada harán todo lo que esté a su alcance para que un hombre no sea lo que quiere ser.

Ahí sabremos que la única patria que importa, queda dentro de nosotros mismos.

jueves, marzo 01, 2012

LOS ÁRBOLES
There is unrest in the forest.
There is trouble with the trees…

Rush


Seres extraños los árboles; parecen explosiones verdes, titanes de brazos abiertos, colosos de innumerables dedos, bailarines mudos…

Veo maldad en todo, menos en los árboles.

Cuando no sepas de qué hablar, habla sobre ellos. Di que son los verdaderos dueños de la Tierra, que las demás criaturas vivimos porque ellos viven; que todos, de un modo o de otro, les pedimos algo prestado y lo hacemos nuestro hasta olvidar de dónde lo sacamos.

De los árboles podemos decir lo que se nos antoje (incluso que Dios es un árbol), y eso porque cada uno de nosotros es el guardián de un jardín particular en el que conviven el recuerdo y la experiencia de muchos árboles. En ese espacio situado en lo más recóndito de nuestra intimidad, se encuentran el chaguaramo debajo del que corrimos huyendo de otros niños, el mango al que trepamos para hacernos de sus frutos, el manzano que dibujamos mil veces en la escuela, el cedro en cuyo tallo roímos un corazón a navajazos, el jabillo contra el que estrellamos nuestro primer auto… Cada quien tiene su vergel, tupido o yermo, según sean su vida y su memoria.

La otra noche (una cualquiera, sin fecha ni hora determinadas) el azar trajo a la playa de tu televisor, cual mensaje cifrado en una botella eléctrica, un programa en el que el gordo Andrew Zimmern entrevistaba a uno de los chefs que trabajaba en El Bulli, ese restaurante de Ferrán Adriá que fue insignia de la gastronomía española hasta el año pasado. En la cocina o, más bien, en el laboratorio de tan ilustre lugar, el gordo Zimmern admiraba el trabajo del chef que convertía —gracias al hidrógeno líquido— un piñón normal y corriente en una delicada espuma que pronto serviría como postre en un plato libre de adornos. Cuando la síntesis de la bellota está lista, el científico-chef le da al presentador una muestra del prodigio. Zimmern la prueba, cierra los ojos, paladea, se rebulle de contento, trata de hablar, pero no puede; sólo unos segundos después su cerebro encuentra las palabras adecuadas:
—Es el sabor… Es el aroma… Es… Es como… como tener un árbol entero en la boca.

Hay ciudades que parecen abandonadas de los árboles. Los ministros del orden detestan las raíces que se salen del subsuelo, rompiendo las lajas de concreto o creando grietas y pliegues donde sólo debe haber orden. Los árboles son árboles y son salvajes; no les interesan la civilización ni la burocracia ni las corbatas. Por eso los concentran en unos paraísos específicos y no dejan que surjan a su albedrío en cualquier avenida.

Tú, aunque no lo creas, tienes la suerte de vivir cerca de los árboles. A ti están dedicados los matices de esas frondas que estallan, como nubes, sobre las calles. Para ti es el caos de las nervaduras vegetales que contrastan con la frialdad de la ingeniería y su adicción a las líneas rectas. Tuyas son las montañas que parecen un solo árbol, uno en el que viven todas las hormigas, todas las ardillas, todas las abejas... ¿Y los pájaros? Los pájaros no.

Los pájaros son los árboles pensando.