L
En su ensayo «Responso por la escalera» (Todo es comparable; Barcelona, Anagrama;
1998, 223 Pp.), Oscar Tusquets lamenta que, dadas las actuales normativas de
seguridad que gobiernan al mundo civilizado, la imaginación y el delirio sean
ajenos al diseño de escaleras. Quizás sean un poco más abiertas en otro tipo de
construcciones, pero la rigidez de esas normas junto con la adicción contemporánea
a la funcionalidad, nos han privado de escalinatas henchidas de ese sentido
escenográfico y monumental que tenían muchas escaleras antiguas.
Como tantos otros, las escaleras son objetos
civilizados; manifestaciones concretas que resumen un sinfín de percepciones
intangibles, de preguntas y problemas.
La naturaleza no produce escaleras.
Luego de caminar durante siglos por terrenos
agrestes y accidentados, un hombre anónimo —y genial— concibió la posibilidad
de recorrer una superficie estable, extensa y libre de ondulaciones.
Tal vez se le ocurrió al contemplar el remoto
horizonte o la superficie de las aguas. Quién sabe.
El plano horizontal es una abstracción del paisaje,
un producto perfecto comparable a la rueda o al trozo de obsidiana cuyo canto
tallaron nuestros mayores para producir un hacha.
Los primeros planos horizontales fueron lajas de
piedra cortadas, pulidas y dispuestas en el suelo, cual geométricas sombras acostadas,
cual fracciones del horizonte mil veces oteado, sobre las que se construyeron
caminos y se echaron las bases de futuras ciudades. La idea de transitar un
terreno sin accidentes encendió la imaginación de los que más tarde se
llamarían arquitectos.
Recorrer la buena tierra, andar detrás de bisontes
o delante de fieras, huir del hambre o del frío, parecieron otorgarles a las
primeras generaciones de seres humanos unas nociones bastante claras sobre los
conceptos de anchura y profundidad. El plano es el producto más depurado de una
comprensión del espacio concebida a partir de un diálogo entre los hombres y el
horizonte.
S
Un plano al lado de otro plano, una lámina al lado
de otra lámina, produce plazas para el encuentro público, largas calzadas para
unir hitos, demarcaciones para alzar monumentos u ofrecer sacrificios. Así era
el mundo hasta que a otro hombre imaginativo se le ocurrió superponer planos.
Quizás no fuese un mero acto creativo. Tal vez un
accidente insalvable del terreno impidiera la colocación de una placa junto a
otra placa y hubiese que superponerlas.
La superposición de planos es el primer paso hacia
la conquista de la tercera dimensión.
E
Más que en superponer planos, el acto creativo
radicó en superponerlos y desfasarlos, dando como resultado el escalón. Así,
una escalera es una sucesión de planos superpuestos y desfasados que permiten desplazarse
hacia arriba o hacia abajo del horizonte.
Jugar con esos planos, hacerlos interactuar con
los distintos niveles del terreno o del edificio, produjo uno de los objetos arquitectónicos
más interesantes y difíciles de definir.
S
Las escaleras se mueven; aunque no sean eléctricas,
se mueven; son artefactos contradictorios: según se miren o se recorran, sus escalones
suben o bajan, bajan o suben, hasta que algún día no haya quien circule por
ellos.
Cada peldaño es una invitación al movimiento; cada
rellano una pausa para seguir hacia arriba o hacia abajo; cada pasamanos una
línea cuyo trazo acompaña a la escalera en su recorrido ascendente o
descendente, según se mire o se vaya.
C
Algo en las escaleras guarda sus reminiscencias
con un paisaje dominado por el agua. Debe ser la diagonal que forman los
escalones de piedra y que recuerdan las lajas sobre las que corre un río. Las
escaleras verticales recuerdan cascadas y las de caracol, remolinos o eso
mismo: caracoles húmedos y solitarios.
A
Las escaleras mecánicas son ríos eléctricos. A
pesar de su pesadez, tienen algo que excede su propia monotonía. En el universo
de los escalones, nada es más difícil para el diseñador que el comienzo y el
final de una escalera, la unión entre el piso estable y los peldaños. En el
caso de las escaleras automáticas, tales lugares son como playas en las que se
acarician dos mundos: el móvil y el estático. Ahí lo que parecía plano, se alza
sobre su nivel y muestra su volumen o, al contrario, lo que tenía volumen, se
hunde bajo su nivel y se muestra como una superficie plana, hasta que alguien
aprieta un botón y apaga las máquinas.
Sí. Las escaleras mecánicas hipnotizan.
L
![]() |
| Miguel Ángel Buonarroti: Escaleras de la Biblioteca Laurenciana; Florencia, 1520 |
Las escaleras que se hacen hoy, se parecen mucho
entre sí. Cumplir las normas antiincendios, las de circulación, ventilación y
demás, produce las mismas escaleras en distintos edificios. Si a eso sumamos el
uso de elevadores y rampas, obtenemos la
decadencia de la que se lamenta el arquitecto Tusquets. Y tiene razón de
lamentarse porque las escaleras se han convertido en un elemento tan accesorio
que ni siquiera puede tildarse de decorativo, a no ser que se produzca un
incendio, tiemble u ocurra cualquier catástrofe.
Las escaleras son hoy unos no-lugares solitarios.
Pocos, muy pocos, las transitan; sólo algunos fumadores furtivos, una que otra
pareja que discute o se besa, un ladrón agazapado en algún tramo oscuro, unos
adolescentes que las usan como sala de reuniones…
E
No faltará quien viva entre escalones, quien tenga
su lecho en un peldaño y apoye su espinazo en la contrahuella de otro.
En las escaleras de un edificio en ruinas se es
esqueleto en un esqueleto.
Por eso no es conveniente quedarse dormido en un
rellano. Allí los sueños ruedan hacia un sótano que nadie construyó.
R
En las escaleras verticales no hay planos
desfasados. Dos barras verticales y paralelas están unidas por varios
travesaños que permiten el recorrido hacia arriba o hacia abajo, hacia abajo o
hacia arriba, y nadie se pregunta nada ni repara en ellas porque de ellas lo
único que interesa es que funcionen, que permitan la elevación o el descenso de
una altura a otra.
Por su parte, las escaleras de caracol son
portadoras de un misterio. Como el recorrido dibuja un espiral, es fácil
regodearse en una fantasía matemática que habla de futuro, de viajes
interplanetarios o de las dobles hélices de una molécula de ADN. Quien baja una
escalera de caracol, se siente —aunque nunca lo diga— en un submarino nuclear o
en una nave espacial.
Y lo peor es que los submarinos nucleares y las
naves espaciales reales tienen las escaleras verticales más ramplonas del
universo.
A
Las escaleras son huérfanas que tratan de unirse
al edificio al que pertenecen, pero éste las rechaza y trata de olvidarlas como
si no tuviera nada que ver con ellas.
El día en que se dañan los ascensores o se va la
luz, los residentes circulan por las escaleras y algunos se preguntan por las
diferencias estilísticas entre el edificio y las escaleras.
La respuesta está unas líneas atrás: las normas de
seguridad son las verdaderas madres de estas huérfanas que se aferran a unas
paredes que no las quieren.
S
![]() |
| Víctor Horta: Escaleras del Hotel Tassel; Bruselas |
Por eso deben verse como respuestas
arquitectónicas al paisaje.
Aún más: las escaleras son paisajes; mapas de
granito con ríos, montañas, mesetas y accidentes orográficos abstractos.
En los pasamanos de metal y madera solía
representarse la vegetación de esos paisajes. Los herreros que trabajaron para
Víctor Horta o para Otto Wagner eran en realidad jardineros.
Con el paso del tiempo, las escaleras representan
la lejanía de los hombres con respecto al paisaje… O quién sabe si más bien reproducen
los paisajes de un planeta desierto, triste, sin agua ni vida.
Tal vez las escaleras mustias de los edificios que
se erigen en la actualidad nos estén advirtiendo algo sobre el futuro del
paisaje o quién sabe si sólo nos estén hablando sobre lo aburrido que se han
vuelto la arquitectura y el mundo en general.





