domingo, abril 29, 2012
miércoles, abril 25, 2012
TRANQUILIDAD DE LECTOR
Me gusta escribir sobre libros; contar mis
experiencias de lector; hacerme preguntas; compartirlas con los demás;
conversar; discutir. Eso es lo que nos hace civilizados: hablar sobre asuntos
que, por un lado, nos distancian de las contingencias cotidianas y, por otro,
nos acercan de distintas maneras a la propia vida.
Siempre me ha parecido que hablar sobre las cuitas
de Raskolnikov o sobre las andanzas de Tom Ripley no resulta muy distinto a
platicar sobre las peripecias vitales de cualquiera de mis amigos. Quizás lo
único que diferencie estas dos posibilidades (aparte de que una pertenece al
reino de la literatura y la otra al del chisme) es que en el caso de los
personajes literarios, su definición existencial se encuentra unida a las tramas
narrativas a las que pertenece cada uno, mientras que la de nuestros amigos y
conocidos se encuentra diluida en los accidentes y en las pequeñeces de sus
propias vidas.
Igual no importa. Observamos a los demás buscando
una guía para trazar el sentido de nuestra propia existencia, para ordenar el
relato de nuestra vida, para aprender cómo se llama o cómo funciona eso que
fluye dentro de cada uno de nosotros y que nos anega todos los días.
viernes, abril 20, 2012
viernes, abril 13, 2012
SOSPECHAS EN LA COCINA
La gastronomía se ha vuelto un escondite. El vasto recetario universal sirve para refugiarse de los desmanes sociales y políticos que abundan en nuestras vidas. Así, quienes más hablan sobre platos humeantes suelen ser:
a) Personas que no quieren cambiar el mundo.
b) Personas que creen (o saben) que no pueden cambiar el mundo.
Y por supuesto:
c) Personas genuinamente interesadas en la trasmutación de los productos crudos en maravillas culinarias.
También estamos los que nos encanta comer bien, pero no repetimos manierismos extraños ni usamos los alimentos como murallas contra la tristeza y la desolación.
También estamos los que nos encanta comer bien, pero no repetimos manierismos extraños ni usamos los alimentos como murallas contra la tristeza y la desolación.
Ser un gastrónomo, dedicarse a catar delicias y entender las sutilezas a las que puede llegarse a la hora de combinar y preparar los alimentos, es perfecto para circular por debajo del radar en este complicado mundo en que vivimos. En otras palabras, hablar de comida nos hace inocentes y, las más de las veces, nos libra de tener que emitir opiniones gruesas o de tener que tomar partido en una discusión. Quizás por eso la gastronomía tenga tantos adeptos.
Los comensales exigentes y dados a la búsqueda de nuevos sabores siempre han existido. Los que probaron los platos de Apicio y Vatel no deben ser muy distintos a los que hoy prueban las creaciones de Ferrán Adriá o Sumito Estévez. En mayor o menor medida, los gourmets desean que los sorprendan, que les estimulen zonas de los sentidos (y de la mente) que no encuentran estímulos en la vida cotidiana. En ese aspecto, la gastronomía puede concebirse, con todo derecho, como una de las bellas artes.
Esa es la tendencia más aceptada en la actualidad y la que más conflictos me genera.
Por un lado, acepto que hay platos que son universos, creaciones totales capaces de producir las resonancias más profundas e inesperadas, obras perfectas que reproducen el paisaje y trastocan la memoria que guarda cada uno de nuestros cinco sentidos. Por otro, no puedo negar mi disgusto ante un arte en el que se reúnen tantos árbitros del buen gusto, tantos personajes extraños que usan la buena mesa como pretexto para crear cotos de exclusividad por la exclusividad misma y no porque entiendan la importancia ni las implicaciones de lo que hacen.
Por favor, disculpen las generalizaciones. Sé que todos los gastrónomos no son así, pero no nieguen que en sus filas hay unos cuantos «almorzadores profesionales» sentando cátedra a cada momento.
En el fondo, mi desconfianza hacia la gastronomía radica en que se trata de una actividad en la que las florituras discursivas adquieren un interés desmesurado en detrimento de otras aristas del tema que pueden ser interesantes, pero, en modo alguno, fotogénicas. Ejemplo de ello es que se dan recetas, se muestran apetitosas fuentes y bandejas, se difunden las bondades de un estilo de vida refinado y hedonista, pero nunca se habla del carácter efímero de los alimentos ni de las implicaciones fisiológicas (completas) que se relacionan con la deglución. Así que siento que me están contando una película incompleta.
Pero no importa.
Sigamos comiendo. Sigamos disfrutando.
viernes, abril 06, 2012
EL ARTISTA
El Artista es una película sobrevalorada.
¿Por qué tratan de hacerme creer que El Artista es buena, si no lo es?
El Artista no se parece a Metrópolis ni a Tiempos Modernos ni a El maquinista de la General ni a El gabinete del doctor Caligari ni al Viaje a la luna. Tampoco se parece a su referente más inmediato, que es Cantando bajo la lluvia, que no es una película muda, pero, como muchos de ustedes saben, trata sobre la transición entre el cine mudo y el cine sonoro.
El Artista parece una película muda para gente que nunca vio cine mudo. Si esa era la intención de Hollywood (intención mesiánica, beatífica, educadora de las nuevas generaciones embrutecidas por los videojuegos y la televisión en HD), ¿por qué no contaron una buena historia? Ese es el punto: la historia que cuenta El Altista (así la llamaremos desde este momento) es mala, muy mala. Es un cuento plagado de lugares comunes disfrazados de «homenajes».
Hollywood, como tantas empresas del mundo, necesita crear novedades para mantenerse vivo, pero con El Altista la novedad es volver al pasado.
Visitar el pasado es una operación creativa válida, pero con El Altista se abusa, Se abusa porque se visita el pasado sin buscar nada ni querer introducir algo nuevo, algo que encuentre su propio brillo allá, donde todo fue. Así que la «novedad» de El Altista se volvió polvo en su propia concepción.
Fueron al pasado a recrear las aristas de un melodrama mil veces visto. Para eso, nos hubieran reeditado los melodramas de antes y nos los hubieran reempaquetado y relanzado con bombos y platillos.
O hubieran creado algo totalmente nuevo.
No sé por qué, pero en este instante recuerdo Enemigos públicos, la película sobre John Dillinger con Johnny Depp que hizo Michael Mann hace unos pocos años. Debe ser porque trata sobre lo mismo que El Altista. En El Altista un exitoso actor de películas mudas padece el naufragio de su carrera porque surge la tecnología del cine sonoro. En Enemigos públicos, un experimentado ladrón de bancos se da cuenta del sinsentido de su profesión, cuando otro delincuente le habla de que se puede hacer más dinero, corriendo menos riesgos, montando centros de atención telefónicas en los que se recojan las apuestas ilegales de los empedernidos jugadores de todo Estados Unidos.
Quizás y sólo quizás, con El Altista, Hollywood haya querido hablarnos de la actual crisis del negocio del cine. Ya no es el sonido el que vuelve obsoleta la tecnología del cine mudo; son internet y la piratería los que están volviendo altistas a unos cuantos ejecutivos de Hollywood, que no hallan qué hacer para mantenerse en la cresta del negocio, pero ni para hablar sobre ese asunto sirve esta película de marras.
Mejor vuelvan a lo suyo, que son las películas chorizos. Si quieren arte de verdad, déjenselo a los verdaderos artistas.
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