viernes, junio 29, 2012

NOCTURNO CON CHIRIPAS
Anoche, a las doce y media, fui con Joaquín Ortega a sacar plata del cajero automático que está frente a mi casa. 

Metí la tarjeta, pulsé los botones debidos y, en lugar de billetes, salieron unas cuantas chiripas asustadas que se dispersaron por toda la máquina.

Si eso no es una metáfora del absurdo económico que vivimos, no sé qué es.

lunes, junio 25, 2012

ALGUNAS NOTAS AL MARGEN DE LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO
Estamos ante un ensayo extraño. Su autor habla mal del show en que se ha convertido el mundo, pero él mismo es actor principal en ese gigantesco montaje en que se ha transformado la vida contemporánea. Doquiera que va, recogen sus opiniones, lo entrevistan, le toman fotografías, le dan doctorados, lo nombran orador de orden... Hasta quienes no han leído una línea de sus novelas, acuden a los auditorios donde da conferencias y comparte su sabiduría con generosidad.

¿Entonces?

Entonces dejemos hasta ahí esa parte de la reflexión y hablemos sobre el libro que, dicho sea de paso, a estas alturas del año, sólo se consigue en la librería Entre Libros de Los Palos Grandes, aquí en Caracas, y porque, seguramente, algún amigo del librero lo trajo escondido en alguna maleta.

Para don Mario, como para cualquiera que tenga dos dedos de frente, el mundo va mal. Va mal porque los seres humanos nos hemos entregado con regocijo a una mezcla de estupidez y falta de moral que hace que todas nuestras creaciones se caractericen por una laxitud extrema.

Atención: quien habla de estupidez y falta de moral soy yo. Vargas Llosa no. Vargas Llosa es un maestro en el arte del eufemismo porque lo que él llama «la civilización del espectáculo» no es más que esa macilenta mezcla que cargamos en lugar de alma y que produce eso mismo: productos macilentos en la política, en las artes, en las relaciones interpersonales y en todos los ámbitos de nuestras vidas.

En ese sentido, este ensayo es un llamado de atención, una advertencia sobre los peligros que corre la humanidad al abandonarse al placer, al ocio, a la diversión y convertirlos en objetivos primordiales de la vida. 

Más de un cínico prendado de sí mismo se reirá de que alguien, a estas alturas, haga las veces de Jor-El y profetice el fin del mundo, pero si algo caracteriza a este libro es pasar por encima de esos prejuicios y tocar la campana de rebato en un mundo al que le hacen falta más tañidos de emergencia, más verdades incómodas que socaven la comodidad e incineren las legañas que nublan nuestra vista.

Repito: La civilización del espectáculo es un libro extraño. Hay páginas en las que coinciden ideas que te hacen pensar que estás leyendo un gran libro e ideas que te dan ganas de salir corriendo desnudo de tu casa.

Como ejemplo de las primeras están los argumentos reunidos en el capítulo dedicado a criticar con dureza a Derrida, Foucault, Vatimo y demás por justificar que la humanidad se vaya por el barranco de la estulticia y empujarla, con sofismas y prosas enredadas, a que siga por ese camino.

Como ejemplos de las ideas que hacen que quieras abandonar el libro están la de la desaparición del intelectual como faro de sabiduría y la de la ausencia, en nuestro tiempo, de raseros que nos ayuden a medir la belleza o no belleza de las obras de arte. 

¡Dios!

Una de los postulados más controversiales de este ensayo tiene que ver con la decadencia del modelo de cultura vigente hasta hace muy poco tiempo. Según ese modelo, la cultura era una suerte de conciencia que regulaba el comportamiento de las personas, su modo de vivir, de crear, de producir, de interactuar, y ese modelo se agotó o dejó de usarse o quedó tapiado debajo de otros modelos menos circunspectos.

La cultura que se agotó se alimentaba, según Vargas Llosa, de un sentido de trascendencia que le venía de su enlace con las religiosidad de las personas o, al menos con la noción de que somos algo más que carne y mugre. Asimismo, se alimentaba de grandes obras (artísticas, literarias, musicales, filosóficas...) del pasado que, a su vez, fueron proyectadas a partir de un deseo de trascender a través de las formas y dejar un mensaje a veces explícito, a veces encriptado, a las generaciones futuras.

Por una consideración como ésa y por manifestar su terror ante la sustitución de la cultura trascendente por una cultura de lo pasajero, a Vargas Llosa lo han tildado de reaccionario, de viejo nostálgico y de meterse en el terreno de otros pensadores.

Sobre esos epítetos no tengo nada que decir. Cada quien que se defienda como pueda, si es que es cuestión de defenderse. Sobre lo que sí me gustaría acotar algo es sobre lo raro que resulta leer estas páginas y ver cómo se nos despiertan cientos de monstruos, de quejas, de ideas que tenemos guardadas en lo más oscuro del seso. He aquí unos cuantos:

La cultura que añora Vargas Llosa nunca fue del dominio masivo. Ni antes ni ahora las masas corrieron a leer a Flaubert ni a Dostoievsky. Tampoco se mataron por leer a García Márquez ni al propio Vargas Llosa. Así que eso de que antes había una cultura brillante que se respiraba en el aire de cualquier país del orbe mundo, no es tan cierto como dice el autor de La civilización del espectáculo. Leer, escribir, oír música, estudiar, meditar, siempre fueron (y siguen siendo) actividades marginales en todas partes. Las actividades realmente masivas siempre fueron otras, ligadas a la supervivencia, al lucro y a la satisfacción de otro tipo de necesidades.

La tesis de Vargas Llosa no está bien planteada. El que la cultura-cultural («alta cultura» me suena ridículo) siga su curso silencioso y, en apariencia, siempre a punto de desaparecer, no tiene nada de raro. Así ha sido siempre. En lo que quizás debió enfocarse el autor es en el auge que ha tenido «la cultura» de los que nunca se han preocupado por la cultura. ¿Qué ha sucedido, qué volteretas dio el mundo, para que los gustos de la gente común (los carniceros, los oficinistas, las secretarias, los carteros, los vigilantes, los ferreteros, los gerentes de bancos, los burócratas) se convirtieran en los gustos imperantes de la sociedad?

En el pasado los terrenos comunes de comunicación entre las personas dependían de muy pocas instituciones o de muy pocos medios que mantenían monopolizado el intercambio de mensajes entre las personas. La iglesia, los grandes periódicos, algunas cadenas de radio y televisión, algunas casas editoriales de libros y de discos, creaban el piso de opinión sobre el que se movían los mensajes entre los seres humanos. Hoy en día eso ha cambiado. Internet multiplicó los territorios en los que pueden moverse, coincidir, disentir, antagonizar, crecer y desaparecer los gustos y los pareceres de las personas que viven en cualquier lugar del planeta. A eso habría que sumar la diversificación de la tecnología, el diseño de ordenadores, tabletas, teléfonos y demás artefactos que nos permiten la comunicación con nuestros semejantes doquiera que nos encontremos.

¿Y qué intercambiamos por esas vías tan cómodas y tan al alcance de cualquiera? ¿Mensajes en los que hablamos sobre Archibald MacLeish, Lee Konitz o Virginia Woolf? No. Intercambiamos lo que intercambiamos a diario en cualquier conversación: tonterías, chismes, chistes, rumores, consejas, opiniones de todos los calados... Les añadimos además fotografías, videos, enlaces a páginas de distinta naturaleza, canciones y basurillas gráficas que terminan por darle colorido a la experiencia. El advenimiento y desarrollo de internet ha instaurado una «cultura» a imagen y semejanza del hombre común, del hombre y de la mujer que salen de sus trabajos en los que han estado ocho horas haciendo cuanto no les interesa ni les gusta hacer de verdad, pero que lo deben hacer porque no tienen otro modo de ganarse el pan de cada día.

Esa, a grandes rasgos, es la razón de ser del entretenimiento en nuestros días. El hombre común tiene a su disposición todos los aparatos posibles para extender hacia el universo-mundo sus grandezas y sus miserias, sus frustraciones, sus logros, sus apetitos, sus vicios y creaciones. Quienes producen y controlan la información que circula por el mundo ya no son escritores ni artistas ni genios facultados o ungidos para hacerlo; somos las personas normales y corrientes, los que vivimos tratando de mantenernos en contacto con nuestros afectos a pesar de las distancias y de los husos horarios. 

Por eso, porque sólo buscamos reproducir a través de los productos tecnológicos la cercanía de los actos de comunicación que logramos cuando estamos en presencia de los demás, los mensajes que manejamos tienen ese carácter efímero y banal. 

Y también porque el hombre común no quiere preocuparse por abstracciones. Le basta con las dificultades que tiene que vivir a diario en su lugar de trabajo, además, claro está, de las debacles que ve todos los días a su alrededor en un mundo signado por una crisis económica espantosa que exacerba, además, la crisis moral que hace que todo, incluso la vida humana, sea algo banal.

Quién sabe si todas estas impresiones dialogan o no con el ensayo de Vargas Llosa.

Sin embargo, creo que ahí está el meollo de todo este complicado asunto.

viernes, junio 15, 2012

VIERNES COMO CHEVY CHASE
El fin de semana pasado teníamos un compromiso en Barquisimeto. Una piñata sería el pretexto para reunirnos con la familia y comer y beber e intercambiar historias.

Tres semanas antes estuvimos en Barquisimeto. Fuimos en nuestro carro y, de regreso, quedamos atrapados en una cola descomunal producida por el choque entre una gandola y un autobús.

Ya llevábamos media hora detenidos en algún lugar de la carretera cuando comenzamos a oír sirenas y a ver por el retrovisor a los conductores que hacían esfuerzos por apartar sus vehículos de la vía.

En aquellos momentos creímos que venía una ambulancia a auxiliar a los accidentados, pero no. Las sirenas y la emergencia provenía de un convoy transportando a unos reos en varios camiones sellados y escoltados con toda clase de escopetas, ametralladoras y pistolas que portaban unos sujetos a los que suponemos oficiales de la policía, aunque no llevaran uniformes ni identificación alguna. Ellos simplemente pasaban con sus escopetones y tú te apartabas o te apartabas, aunque no hubiera espacio para mover tu vehículo.

Por supuesto, en medio de esa situación de absurdo extremo, Natalia se cagó... Así que a las ametralladoras, al choque, a la cola endemoniada, al miedo y a la incertidumbre, se sumó el olor a la mierda atómica de mi pequeña hija.

Después de ese episodio, Mariana y yo acordamos que, dada la cercanía en el tiempo, nuestro siguiente viaje a Barquisimeto sería en avión.

El viernes pasado busqué a Rodrigo en su colegio, nos vinimos a casa, almorzamos y, de inmediato, bajamos al estacionamiento para abordar la camioneta-taxi que nos llevaría al aeropuerto. El vuelo saldría a las cuatro.

Nada más al entrar en la autopista, nos sumamos a una cola gigantesca en la que estuvimos inmersos durante la siguiente hora y media.

Nosotros sabíamos que habría tráfico porque, al parecer, en la madrugada anterior se reventó una tubería en la autopista Caracas-La Guaira y las autoridades ya se encontraban dedicadas a su reparación. Sin embargo, el desastre en que nos metimos superó cualquier expectativa.

A las tres y  media de la tarde nos encontramos en la entrada del Túnel La Planicie rodeados de todos los automóviles habidos y por haber.

Y, cuando al paso tortuoso de la cola recorrimos la mitad del túnel, la camioneta-taxi se accidentó.

Sí. Se accidentó.

Permítanme recordarles algunos detalles: en el vehículo viajábamos Mariana, el taxista, mis dos hijos y yo. Quedamos encallados en medio del túnel, del humo, del ruido, del calor...

Así estuvimos unos minutos, dándole un brevísimo lapso de confianza al taxista para ver si lograba hacer funcionar su camioneta, pero al ver al pobre hombre haciendo lo que terminan por hacer los taxistas del mundo entero, que es hablar con ellos mismos, con las rayas de la vía, con el asfalto y con los postes del alumbrado público, le dije a mi mujer que era hora de bajarnos de ahí y buscar la luz.

En esos instantes en los que mi esposa y yo comenzábamos a discutir, mi suegra llamó unas tres veces para preguntarnos si ya estábamos sentados en el avión y cuando le dijimos que no, que estábamos en una manifestación más del sobrenatural tráfico caraqueño, nos dijo con su habitual sutileza que perderíamos el avión por haber salido tarde... Le colgué el teléfono y pensé en la suegra de Condorito.

Mariana insistía en que esperáramos ayuda.

Yo le dije que nada de esperar; que saliéramos de ahí en ese mismo instante o terminaríamos ahogados.

También le dije al taxista que se quedara con la maleta y que nos la llevara a la casa cuando pudiera.

Mariana seguía paralizada.

Hasta que me bajé de la puta camioneta, abrí la puerta trasera, agarré a mi hijo mayor que lloraba nervioso y, juro que por primera vez mi esposa me habría visto dando un espectáculo digno de un energúmeno mayor, si no se hubiera bajado con nuestra hija en brazos.

Ya íbamos a caminar hasta la salida del túnel cuando un pequeño autobús cargado de señores en camisas rojas se detuvo a nuestro lado y el conductor nos ofreció su ayuda.

Sobra decir que nos montamos, que fueron muy amables con nosotros, que fueron nuestros salvadores.

A Rodrigo le dieron un caramelo.

A Mariana le ofrecieron agua y conversación sobre el caos caraqueño.

A Natalia y a mí nos regalaron aire y tranquilidad.

Y con esos músicos (porque eran músicos que trabajan en el Ministerio de Educación) que tocarían en Maiquetía, si es que llegaban algún día, salimos del miserable túnel.

Ya a esa hora no teníamos nada que buscar en el aeropuerto y el tráfico seguía igual. Así que avanzamos en el autobús hasta la parada que queda frente al Parque del Oeste. Nos despedimos de nuestros benefactores, les dimos las gracias, les deseamos buen viaje y caminamos hasta la avenida Sucre y la estación del metro de Gato Negro.

Media hora después estábamos en nuestra casa sucios de túnel, tristes y contentos a la vez, además de cansados de Caracas. 

jueves, junio 07, 2012

EJERCICIOS DE MINIMALISMO
I
Hay novedades en las licorerías. Hay prosperidad en las licorerías. Hay optimismo en las licorerías. Las cajas de licores nuevos son la promesa de la felicidad en las licorerías. En las licorerías la felicidad es líquida.

II
Ya no hay tiendas de discos. Las tiendas de discos que sobreviven son mausoleos de la música. En las tiendas de discos ya no hay discos. En las tiendas de discos no se reúnen los coleccionistas ni los amantes de la música. ¿Qué se hicieron La Media Nota, Eltron, Archivo Musical y Discotienda de Oro?

III
En las librerías de mi país hay muy pocas novedades internacionales; hay muchos libros: algunos escritos y editados por venezolanos (lo que está muy bien), otros que son antiguos o importantes, pero no son novedades. En las librerías de mi país hay muy pocas novedades internacionales, lo que ralentiza el negocio y hace que los libreros quieran cambiar de ramo y trabajar en una licorería. En las librerías de mi país hay muy pocas novedades internacionales. En las licorerías de mi país hay más novedades internacionales que en las librerías de mi país. En las licorerías deberían vender novedades literarias, además de licor.

IV
Veo a un transformista al que le falta un brazo discutiendo con el conductor de un autobús. Veo a un mochito tratando de tumbar un mango con la muleta que sustituye la pierna que le falta. Veo a una sorda pegándole una cachetada a un sordo (más adelante el sordo besará a la sorda y la sorda sonreirá feliz y sorda). Veo al mismo pana en silla de ruedas que he visto en los conciertos de Dio y Motörhead, tomando café cerca de mi casa. Veo a una cojita entrando a un carro y besando al conductor que es un gordo. Veo a un chingo hablándole sobre Christian Boltanski a un cieguito que se arregla el nudo de la corbata sin inmutarse.

V
Una arepa con queso a la que se le añade queso crema o crema de leche es un objeto sobrediseñado. Un perro caliente con aguacate es un objeto sobrediseñado. Una hamburguesa con huevo y aguacate es un objeto sobrediseñado (y un peligro). Una persona con un Blackberry y un IPhone en cada bolsillo es una persona con el alma sobrediseñada. Un trozo de carne con sal, ajo, comino, pimienta y salsa inglesa, es un objeto sobrediseñado. Un pop up book siempre es un objeto sobrediseñado. Una vieja con tatuajes es un ser sobrediseñado.

VI
Quien no tiene trabajo, anda solo; siente envidia de quienes ocupan sus horas en los afanes de una empresa de la que forman parte y que depende de sus empleados, de esas personas que hablan y comparten y se visten como cófrades, como miembros de una misma feligresía. Quien no tiene trabajo, vive fuera del tiempo en días que son largos e iguales, culposos, terribles. Hernán (el maestro que pinta, yergue y derriba paredes en mi casa) lo sabe. Por eso, al final de cada jornada, pronuncia su discurso enaltecedor de la moral que comienza con su célebre «Porque el trabajo es el trabajo…». Quien no tiene trabajo, sueña con pistolas; habla con caballos salvajes; se muerde a sí mismo en la oscuridad; envejece diez años cada domingo.

VII
¿Y las licorerías? Prósperas, como siempre.