TENEMOS HAMBRE DE HISTORIAS
martes, julio 31, 2012
jueves, julio 26, 2012
CONTRA EL DIOS DE LOS
BOLÍGRAFOS
![]() |
| Pintura de Carlos Zerpa |
La clasificación de las personas y de los objetos
por su lugar de origen es una idea tan reaccionaria como chocante, tan inútil
como engañosa. Adjudicarles o negarles importancia a las personas y a sus obras
por su nacionalidad, son actitudes que denotan pereza de espíritu, comodidad
intelectual y tendencias discriminatorias que pueden transformarse en
auténticos horrores, si no se les pone coto a tiempo.
Clasificar por el origen topográfico quizás esté
bien para sintetizar información y usarla con fines mercadotécnicos o para
comenzar a estudiar los rudimentos básicos de una disciplina, pero de ahí a
fundar y promover teorías, hay una distancia que debería medirse en años luz.
En ese sentido, hablar con desenfado de «literatura
venezolana» supone pasarle una aplanadora mental a algo que es tan complejo
como diverso, y entrar en un juego de generalizaciones que tiene su máxima
expresión en la creencia de que existe una lista de tópicos que debe tratar
porque sí todo escritor cuyo pasaporte lo acredite como venezolano, so pena de
no tomársele en serio o, peor, de no leérsele ni considerársele como tal.
A esa lista de temas se le llama tradición, se le
considera inexorable y se le adjudica un lazo más que íntimo con la realidad
política y social de Venezuela, con su historia, su presunta filosofía de la
vida, sus tendencias, sus cambios, sus obsesiones, sus infinitos problemas…
Todo lo que se aleje de este ámbito santificado por la noción de lo literario
que ha concebido el colectivo nacional a lo largo de los años, se le minimiza,
se le aparta, se le tiene por raro y se le muestra la amable condescendencia
que se les tiene a los amigos locos.
La noticia para algunos entusiastas desmedidos es
que más allá de la lista de tópicos venezolanos existe una verdadera y gran tradición,
que es la de la literatura con L mayúscula, la universal, la que se viene
inventando desde lo más oscuro de la humanidad y que sigue su curso silencioso
hacia el futuro. Sepan que no estamos condenados a «escribir venezolano». No
tenemos por qué ser fieles a lo que los sacerdotes de la patria literaria
llaman «tradición». No tenemos por qué limitarnos a historias hiperrealistas
llenas de emigrantes pusilánimes, a descreídos flojos que juegan con pistolas,
a novelas llenas de presidentes de la república, dictadores, guerrilleros,
conjurados, nihilistas de cafetín, acólitos impulsores del todoesunamierdismo nacional que tanto daño nos hace.
Estamos intoxicados de gente que hace mal uso de
su talento y pretende convertir sus gustos en nuevos jalones de la bendita lista
de tópicos literarios venezolanos. Como ejemplo recordemos que en los últimos
años germinaron algunos «redescubridores» de la tradición literaria universal
que se dedicaron a hacer literatura a partir de la literatura, a escribir relatos
a partir de relatos hasta que abusaron del procedimiento y lo convirtieron en
una caricatura, no sin antes ofrecerlo como la mayor genialidad del universo
mundo y usarlo de rasero para medir el trabajo de otras personas. Así pasó en
su momento con las novelas documentalistas y recreadoras de la vida en las
distintas regiones de Venezuela o con las novelas históricas llenas de próceres
famosos o con las obras que hablan sobre lo ruda y absurda que resulta la vida
en las grandes ciudades.
(Si prestan atención a lo que se dice y se
escribe, pronto los hitos de la lista estarán ligados a un regreso a lo rural y
al redescubrimiento —¡oh!— del mar. Esperen los libros que vienen en camino).
Entre nosotros el prestigio que otorga opinar
sobre la realidad tiene más peso que la imaginación. Algunos dirán que escribir
implica, en mayor o menor medida, un ejercicio imaginativo y que no hay que
hacer afirmaciones tan lapidarias. Está bien. Convengamos en que, entre la mayoría
de los lectores venezolanos, pesa más la imaginación aplicada que la
imaginación pura. Las pruebas están a la vista: abundan los cuentos y las
novelas y los ensayos y los reportajes y las crónicas que ahondan en el devenir
nacional, como si la literatura tuviera el poder de organizar la realidad, de
redimir a los menesterosos, de explicar por qué somos como somos y por qué
nuestra vida pública es un garabato insoportable. Quizás ese sea uno de los
grandes rompecabezas a resolver en el futuro: el de dejar de cargar a la
literatura con el peso de la resolución (o al menos de la explicación) de los
problemas nacionales de los traumas, de los complejos, de los pequeños o grandes
dislates que no encontramos cómo resolver en la vida cotidiana y que cada vez
se hacen más grandes y peores.
A estas alturas del siglo XXI no hemos entendido
que la literatura no interviene la realidad ni tiene por qué tener una
incidencia directa en nuestras vidas ni se limita a lo que un colectivo
estrambótico quiera de ella. Tampoco hemos entendido que cada quien puede
lidiar con las historias que quiera, que no hay ideas ni temas ni géneros
mejores que otros; que todo en la literatura, como en tantas cosas en la vida,
es cuestión de gustos y de intereses y de afinidades y de libertad, y nadie,
aunque se sienta ungido por el dios de los bolígrafos, debería meterse en eso.
Escribimos para algo mucho más complejo que
«formar» lectores u ofrecerles consejos sobre cómo llevar sus vidas. Escribimos
para imaginarnos mundos, para destruirnos y reconstruirnos a nosotros mismos a
través de cada oración, de cada párrafo, de cada página. Escribimos para
desaparecernos de nuestras existencias y ayudar a otros a desaparecer de las
suyas durante un rato. Por eso no tiene ningún sentido dárselas de pastor de
rebaños, cuando en verdad todo lo que tiene que ver con los libros se relaciona
con la individualidad.
En ese caso, a lo más que podemos aspirar es a
hacer algunos amigos (y unos cuantos enemigos, que también hacen falta).
En el futuro esperamos más libros y menos
farándula literaria; más comentarios, más recomendaciones, más ambición,
generosidad, grandeza… Los que nos dedicamos a la literatura no tenemos
conciencia de que formamos parte de una comunidad pequeña, obstinada y, las más
de las veces, ciega de arrogancia disfrazada de sabiduría.
Es hora de abrirse, de leer más, de inventar más,
de conocer mundos que vayan más allá de los libros y abandonar la basura que,
en forma de prejuicios, nos posee y nos hace concebir pequeñeces todos los
días.
miércoles, julio 11, 2012
COSAS QUE HAY QUE INVENTAR (o patafísica para la vida)
Un programa en Televisión Española de cotilleo filosófico.
Una barbería donde solo corten patillas.
Una onomatopeya para los suspiros.
Una señal de tránsito para avisar que hay idiotas
atravesados en la vía.
Un crucigrama en Braille.
Unos pantalones para dormir parados.
Una peluca de vellos nasales.
Una fórmula para que los niños se duerman y sus
padres puedan jugar a la lucha libre sin que nadie los moleste.
Una máquina para decir verdades incómodas.
Una cámara fotográfica que elimina del cuadro al tonto
que siempre cierra los ojos.
Un rollo perpetuo de papel sanitario.
Un método sin imágenes para explicar cómo se hace
el nudo de corbata «Príncipe Alberto».
Una próstata de acero inoxidable.
Una burka transparente.
Un GPS con la voz de Camarón de la Isla.
Una vacuna para que los libros no contraigan
hongos ni polillas.
Un lápiz que no pierda la punta nunca.
Un twitter para uno mismo.
Una pastilla-libreta que sirva para «anotar»
sabores con sabores.
Un camafeo para guardar las chuletas que nos
salvaron la vida.
Un pañal de silencio para incontinentes verbales.
Una botella de dos litros de cicuta marca Sócrates.
Un rímel para gatos.
Un guayuco-fomentera para el indio que emigra en otoño
e invierno.
Un vaso de whisky con un temario de conversaciones
impreso en su superficie.
Un repelente para espantar vendedores de bisutería
en la playa.
Una fábrica de coletos llamada Reveron’s Mop Factory.
Un robot de aguacate.
Un Rólex rodeado de alambres y púas de acero.
Una moneda llamada «El Montejo» para comprar y
vender libros de poesía.
Una corbata-Ipod de 160 G.
Una línea de zapatos con groserías impresas en
árabe.
Un desodorante marca AntiStradivarius.
Una almohada que grabe los sueños.
Un recipiente para guardar muestras de nubes.
Una T de cobre que suene como un theremín.
Un cuento donde
aparezcan una iguana y un soplete.
Un tatuaje para el bozo que diga «tu bigote comienza
aquí».
Una literatura equivalente a la música de
Tonbruket.
Una torre hecha con tres mil quinientas máquinas de
hacer raspados.
Una ouija con Google.
Un detector de piojos.
Un par de zapatos de suelas intercambiables.
Un servicio de barberos a domicilio.
Un repelente contra los vampiros psíquicos.
Un tinte de pelo color blanco.
Un chorizo con forma de chocolate.
Una calculadora con una tecla para mentarle la
madre a la junta de condominio después de anotar cada guarismo.
Un concierto para chancletas y orquesta (para que
Dudi lo estrene en Berlín).
Un espejo con memoria RAM.
Una amnesia selectiva para borrar malos recuerdos.
Una marca de ropa para niños que se llame Telémaco.
Una vacuna contra los estafadores culturales.
Un jarabe de hueso contra la tos de perro.
Un pijama de Papageno.
Un perfume con olor a tierra.
Un escapulario con la efigie de Ernest Borgnine.
Un parche transparente para cubrirse un ojo (sano).
Unas medias irrompibles.
Una biblioteca empotrada a un inodoro.
Un banco-bar.
Un atlas universal de groserías disponible en
ITunes.
Un caracol con forma de escalera.
Un programa de radio que comience y termine con
una cita a Séneca.
miércoles, julio 04, 2012
APOTEOSIS DE BILL EVANS
El 6 de julio de 1961 Scott La Faro estrelló su auto contra un árbol.
Con Scott La Faro murió algo indescriptible. Paul Motian y Bill Evans, sus compañeros en el trío, erraron durante años buscando eso que se fue al más allá con el joven contrabajista. Eso que murió con La Faro fue la fuerza invisible que unió a ese grupo y que produjo una gigantesca ola de renovación musical que se extendió en el tiempo y en el espacio a todos los tríos de jazz y a todos los pianistas del mundo. Por eso no es de extrañar que los dos sobrevivientes cayeran en una oscura tristeza de la que sólo saldrían años después.
Con Scott La Faro murió algo indescriptible. Paul Motian y Bill Evans, sus compañeros en el trío, erraron durante años buscando eso que se fue al más allá con el joven contrabajista. Eso que murió con La Faro fue la fuerza invisible que unió a ese grupo y que produjo una gigantesca ola de renovación musical que se extendió en el tiempo y en el espacio a todos los tríos de jazz y a todos los pianistas del mundo. Por eso no es de extrañar que los dos sobrevivientes cayeran en una oscura tristeza de la que sólo saldrían años después.
****
Bill Evans está frente al piano; ni lo mira; se sienta en el banco; pone las manos largas como árboles sobre las teclas y el aire se llena con Alice in Wonderland. Bill no es el de antes. Ya no luce esa elegancia que se hacía una con la música. Ahí está: barbudo, abstraído e inclinado, como siempre, sobre su instrumento.
Joe toca su batería. De vez en cuando mira a Bill y a Marc. Los mira porque les gusta mirarlos. Le parece un milagro estar sentado junto a ellos, tocando esa música tan delicada. Bill, en cambio, no abre los ojos. Lo más seguro es que esté a cientos de millas, jugando golf con su hermano Harry mientras sus manos ancianas tocan el piano. A Bill le encanta el golf. Todos sus compañeros músicos lo saben. Por eso cuando lo ven así, tan distante, se preguntan en qué hoyo andará.
Qué raro es ver en semejantes fachas a este hombre que fue modelo de sobriedad al vestirse. A sus cuarenta y ocho años queda poco del dandi cuya delicadeza al piano parecía una extensión de su elegancia al vestirse. La verdad es que Bill se vestía bien, pero tuvo sus malos momentos, como los tenemos todos… Cuando murió La Faro, hay quien dice que vio a un zombi exacto a Bill Evans deambulando todo sucio por el Village. Así también lo vieron los ojos del anonimato varias veces: unas, poseído por las sustancias que consume, y otras, derrumbado por el suicidio de su primera esposa y la separación de la segunda.
El golf… Sólo el golf y la música salvan. Su papá ofrecía cursos de golf para aprendices. Por eso los hermanitos Evans apreciaban tanto ese deporte. Cada semana iban una o dos veces al Gambler Ridge a jugar y a olvidarse de todo durante un par de horas. Así se hicieron adultos entre instrumentos musicales, música clásica y palos de golf.
La mamá de Bill era rusa y, por haber estudiado piano en su juventud, tenía una respetable discoteca en la que, además de los discos, había una extraordinaria cantidad de partituras que el joven Bill leía con fruición todos los días, antes y después del golf, antes y después de la clase de teoría y solfeo, antes y después de las clases de piano. Si alguien pregunta por la fuente de la genialidad de este hombre, respóndanle que se encuentra en la lectura enjundiosa y placentera de cientos y cientos de partituras de cualquier cantidad de compositores clásicos y contemporáneos: de Bach a Rachmaninov, de Debussy a Stravinski, de Prokofiev a Duke Ellington, de Ravel a George Russell y sigan contando.
Bill Evans fue un hombre melancólico y sensible. Más de una vez la pasó mal en el quinteto de Miles Davis por ser el único blanco. Como no basaba su música en el blues y como tenía una cultura musical más amplia que la de todos ellos juntos, los hombres de color no lo trataron bien. Créanlo o no, Cannonball Adderley y John Coltrane sembraron toda clase de cizaña para que el gigante se fuera del grupo.
Y un día, sin dar demasiadas explicaciones, se fue.
Le hicieron (y nos hicieron) un gran favor porque Bill Evans se convirtió en lo que estaba destinado a ser: un titán, un monstruo inalcanzable cuya luz se acentúa con el paso de los años.
Joe toca su batería. De vez en cuando mira a Bill y a Marc. Los mira porque les gusta mirarlos. Le parece un milagro estar sentado junto a ellos, tocando esa música tan delicada. Bill, en cambio, no abre los ojos. Lo más seguro es que esté a cientos de millas, jugando golf con su hermano Harry mientras sus manos ancianas tocan el piano. A Bill le encanta el golf. Todos sus compañeros músicos lo saben. Por eso cuando lo ven así, tan distante, se preguntan en qué hoyo andará.
Qué raro es ver en semejantes fachas a este hombre que fue modelo de sobriedad al vestirse. A sus cuarenta y ocho años queda poco del dandi cuya delicadeza al piano parecía una extensión de su elegancia al vestirse. La verdad es que Bill se vestía bien, pero tuvo sus malos momentos, como los tenemos todos… Cuando murió La Faro, hay quien dice que vio a un zombi exacto a Bill Evans deambulando todo sucio por el Village. Así también lo vieron los ojos del anonimato varias veces: unas, poseído por las sustancias que consume, y otras, derrumbado por el suicidio de su primera esposa y la separación de la segunda.
El golf… Sólo el golf y la música salvan. Su papá ofrecía cursos de golf para aprendices. Por eso los hermanitos Evans apreciaban tanto ese deporte. Cada semana iban una o dos veces al Gambler Ridge a jugar y a olvidarse de todo durante un par de horas. Así se hicieron adultos entre instrumentos musicales, música clásica y palos de golf.
La mamá de Bill era rusa y, por haber estudiado piano en su juventud, tenía una respetable discoteca en la que, además de los discos, había una extraordinaria cantidad de partituras que el joven Bill leía con fruición todos los días, antes y después del golf, antes y después de la clase de teoría y solfeo, antes y después de las clases de piano. Si alguien pregunta por la fuente de la genialidad de este hombre, respóndanle que se encuentra en la lectura enjundiosa y placentera de cientos y cientos de partituras de cualquier cantidad de compositores clásicos y contemporáneos: de Bach a Rachmaninov, de Debussy a Stravinski, de Prokofiev a Duke Ellington, de Ravel a George Russell y sigan contando.
Bill Evans fue un hombre melancólico y sensible. Más de una vez la pasó mal en el quinteto de Miles Davis por ser el único blanco. Como no basaba su música en el blues y como tenía una cultura musical más amplia que la de todos ellos juntos, los hombres de color no lo trataron bien. Créanlo o no, Cannonball Adderley y John Coltrane sembraron toda clase de cizaña para que el gigante se fuera del grupo.
Y un día, sin dar demasiadas explicaciones, se fue.
Le hicieron (y nos hicieron) un gran favor porque Bill Evans se convirtió en lo que estaba destinado a ser: un titán, un monstruo inalcanzable cuya luz se acentúa con el paso de los años.
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